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domingo, 20 de septiembre de 2009

KANSAS, UN CURIOSO SHOW EN EL TEATRO TANGO



Casamiento de lo progresivo y lo pop

La banda estadounidense, siempre eclipsada por sus colegas británicos, visitó Buenos Aires en el marco de una gira por sus 35 años de carrera. Mostró su virtuosismo y su coros muy FM.

Por Cristian Vitale

Es pequeño y breve el lugar que la historia del género le reserva a Estados Unidos. El rock progresivo, dicho así para resumirlo en una categoría de fácil rastreo, siempre fue cosa de europeos. Hace años, los ingleses fueron los más finos e inspirados motores. Hechizaron los oídos del mundo a través de sus grandes héroes: el Genesis de Peter Gabriel, Yes, The Nice, Pink Floyd, Procol Harum, Gentle Giant, Jethro Tull, Marillion, King Crimson, Emerson, Lake & Palmer... todos británicos. Y algunos vecinos de la isla, claro, como los italianos de la mítica Premiata Forneria Marconi, los franceses –más el argentino Pinchevsky– de Gong, o los alemanes de Triumvirat. Pero en el nuevo imperio –diccionario básico del rock– la marea siempre fue otra. De ahí que Kansas, yanquis y sinfónicos, aparezca como una rara avis dentro del género. Se originaron en Topeka, una aldea del condado que dio nombre al grupo; se espejaron en sus congéneres ingleses y edificaron una trayectoria que los sacó del molde. De su tradición geográfica y sonora. Kansas, en rigor, cumple con los cánones establecidos del género: improvisa y delira, viaja, cambia ritmos y estructuras en una misma pieza; pauta y se desmarca; es perfecta en la ejecución, conceptualiza y genera una sensación de traslado sin llegada, y siempre vuelve. Pero –como contracorriente– le gustan demasiado el pop, los estribillos dulces.

Quedó demostrado en el show que dieron el jueves en el Teatro Tango –ex cine Metro–, como parte de una gira por Latinoamérica cuyo fin es festejar sus 35 años de carrera. Kansas bajó del avión con el único integrante que la fundó (en 1970) bajo el nombre de White Clover, el baterista Phil Ehart, más otros dos que se integraron al toque, antes de que el nombre mutara (el tecladista–cantante Steve Walsh y el guitarrista del ojo tapado, Richard Williams); el bajista Billy Creer y el más nuevo entre los viejos: David Ragsdale, el del violín mágico. Los cinco, ataviados de rígido negro, resolvieron en dos horas redondas un show a la medida de lo esperado. Kansas, claro, no rankea entre las bandas-monstruo que brillaron en los setenta, pero tampoco llega al calificativo de banda insípida. Es un gris tirando a negro en la constelación sinfónica. Un quinteto en que las partes operan en función del todo y en el que los años no parecen haberle atentado en contra... casi lo contrario. Más allá de los clásicos propiciadores de recuerdos, naturalmente los más festejados por la platea (“Carry on wayward son”, “Song for America” o “Dust in the wind”, entre ellos), la banda evitó recrear sus peores momentos, el de discos olvidables como Drastic Measures, Power o In the Spirit of Things –todos de los ’80– y ancló en su cosecha de los ’70, la mejor. La que el paso del tiempo no ha corroído.

Y un estado físico, no menor cuando los años pasan determinada barrera, que contribuye al bien estético. La velocidad de movimiento de Walsh –un petiso, flaco y pelilargo, cuyo tono de voz recuerda a Ronnie James Dio– que va y viene trotando del sintetizador al centro del escenario; el aire suficiente de Creer para vocear baladas que hicieron historia; la energía –acompañada de un virtuosismo afín– de Ragsdale que convierte al violín en central dentro del todo; el toque siempre preciso del fundador Ehart en batería y la estrella encendida del huraño pero fenomenal Williams, que debería pensar tal como toca la guitarra, en vez de quejarse de los inmigrantes latinos que cruzan la frontera para “invadir” su imperio –la xenofobia del guitarrista, vale acentuarlo, casi impide que el grupo pudiera encarar una gira por los países de sus “invasores”–.

En suma, Kansas mostró en Argentina lo que siempre fue: una banda con dos o tres éxitos que se convirtieron en vox populi allá por fines de los setenta, capaz de generar climas alucinantes en cada show, pero con ciertos vicios que sus primos ingleses jamás se hubiesen perdonado: la tendencia a generar ensambles corales prolijos, demasiado FM; cierto tufillo pop en medio de una estructura musical que no puede digerirlo (¿por sinfónico, tal vez?); alguna que otra canción de discoteca, algún que otro estribillo previsible. Al cabo, contrapesos dentro de un todo abrasador. Eso que le sigue impidiendo a la banda lo de siempre: trepar al trono de los indiscutibles.

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