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domingo, 6 de septiembre de 2009

CRIO_WESTERN URBANO



Esta banda del oeste, agrupada en el pre-Cromañón, sigue abriéndose camino en la tierra de Sabbatella. Dios los cría.

Por Cristian Vitale

El salón de fiestas estaba silencioso y despoblado. Tenía una decoración de pelotero: ositos, guirnaldas, flores, casitas de todos los colores. Todos dibujados sobre la pared. Afuera, tras el portón de acceso principal, se desplegaba una guardia de policías pertrechados con la tarea de despojar a los músicos de todo lo que podría ser objeto de problemas: celulares, relojes, billeteras. Primero entraron ellos, los músicos; después, algunos internos de buen comportamiento con el fin de trasladar equipos de sonido. De repente se abrieron los pabellones del penal y el salón se llenó de gente condenada a las sombras. Eran como 300. “Se ve que tenían la orden de no hacer quilombo. Y nosotros la de no decir nada que los incite. Te daba cosa verlos tan ordenados, callados. Mi mujer y las de otros se sentaron entre ellos, y robaron cámara a full. Ven una mina y mueren. Pero las trataban muy bien.” El dueño del relato es Hugo Carrizo, un cantante, y la secuencia, una banda de rock tocando en una cárcel: la de Ituzaingo. La banda es Crío, cuyo peso en el Oeste va mucho más allá de tocar o grabar discos, y el recital –atípico– terminó siendo uno de los momentos clave de su devenir. “¿Cómo no vamos a querer tocar en la cárcel?”, sentencia el hombre, con cero duda.

–¿Pero la pasaron bien?

–Bueno, uno va con un prejuicio, ¿no? No es que llegás sin miedo y decís: “Soy rockero y me la banco”. De hecho, ninguna banda quería ir, pero todo terminó bien... Incluso del montón salió un grito llamando a Sergio, el guitarrista. Eran unos amigos del barrio, de Villa Tessei, que estaban en cana (risas). La policía y los músicos, tensionados al principio, terminaron relajados e incluso un grupo de internos se animó a saltar y a bailar. Eran los que ya salían, porque los demás tenían que conservar un buen comportamiento y, además, les habían dicho que si había problemas, la cosa no se iba a repetir. Y para ellos un momento así es importante, porque sienten que no están en la cárcel sino en una plaza, en un teatro, en otro lado. Cuando terminamos, venían y nos abrazaban fuerte.

Fue un paso más de una banda comprometida con el todo que hace a la música. Crío, que acaba de debutar en bateas con un buen disco grunge-hard de nombre homónimo, lleva siete años rodando en el under de la región. Desde la base de operaciones (Ituzaingo) se irradia hacia los aledaños y ha logrado, junto a un puñado de rockers amigos, organizar festivales, conseguir espacios, juntar bandas de distintos estilos, fundar un movimiento similar al MUR –se llamó Músicos En Lucha– y mover el avispero ante el látigo de quietud que agitó Cromañón en el movimiento de rock. “Hubo que laburar mucho, porque es muy difícil organizar al músico. Pero algo se hizo”, reflexiona Carrizo. Al principio fueron como fogoneros del Festival Under del Oeste, 17 fechas en la Sociedad Italiana de Morón, por donde pasaron casi todas las bandas en gestación de la región. “Fue una cosa bastante hippie, alquilábamos el salón y cobrábamos la entrada tres pesos ¡con consumición! Claro que jamás nos quedamos con plata, pero lo copado era que en una misma fecha entraban bandas de pop electrónico, otra de new metal, otra tipo Doors y nosotros. Muchos chicos debutaron ahí”, extiende.

Las fiestas tenían animadores, sonidistas en pogo y chicas haciendo malabares con fuego, pero duraron hasta el día en que a Callejeros se le escapó la tortuga. Después nació el MEL. El primer paso fue juntarse y exigirle a la Municipalidad espacios para el rock: una mañana, temprano, se juntaron unos 50 músicos y se movilizaron para hablar con Martín Sabbatella, intendente de Morón. “Imaginate lo que fue esa movilización”, todos tipos vestidos de negro, a la mañana, hablando con Sabbatella. Pero el tipo se portó bien. Discutimos el tema y conseguimos varios espacios para el rock: el Paseo de las Artes, la Plaza del Vagón de Castelar, incluso habíamos conseguido baños químicos, buen sonido, una carpa. Hicimos bastante, y todavía hay bandas que siguen aprovechando los espacios que abrimos.”

Crío es una banda de la clase trabajadora. Hugo trabaja en una fábrica de tinta. Del resto, uno es albañil, otro radiólogo, otro pulidor de joyas, y también hay un desocupado por opción. La idea, redunda aclararlo, no es ganar dinero. “Para mí, el músico entretiene, pero no gana plata. Hemos asumido esa cuestión”, determina el cantante. El disco se hizo bajo esa consigna.

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