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martes, 17 de marzo de 2009

RECITAL DE LIZA MINNELLI EN EL ESTADIO LUNA PARK


RECITAL DE LIZA MINNELLI EN EL ESTADIO LUNA PARK
Una diva de las de antes

La cantante presentó un espectáculo basado en Liza’s at the Palace. Carisma y fuerza interpretativa fueron sus herramientas para cautivar al público.


Por Karina Micheletto

Arrolladora, sorprendente, envidiable. Si Liza Minnelli, como buena diva, hace uso y abuso de un abanico de adjetivos superlativos cada vez que habla, resulta difícil evitarlos para referirse a su show. Su voz, su fuerza interpretativa, su carisma con el público, su banda de doce músicos (¡con un piano de verdad!), todo combina a la perfección. El domingo pasado, ante un Luna Park repleto y eufórico (unas siete mil personas presas de una repentina Lizamanía), la Minnelli mostró un espectáculo basado en Liza’s at the Palace, el éxito que presentó a fines de 2008 en el Palace Theatre de Nueva York, guiada por el espíritu de Broadway, el lugar que dice sentir como verdaderamente propio.

Liza Minnelli trae consigo la carga del mito: es una de las últimas estrellas en actividad del Hollywood y el Broadway de la vieja escuela, una suerte de icono viviente de la cultura popular norteamericana. Que porte flamantes 63 años (los cumplió el 13 de marzo, y el Luna Park soltó un espontáneo “cumpleaños feliz” en medio del show), que haya sobrevivido a una encefalitis que la obligó a aprender a hablar y a moverse de nuevo, a dos operaciones de cadera, tres de rodilla, a un alcoholismo que descubrió “genético”, a intoxicaciones varias, a un cuarto y escandaloso matrimonio son detalles que no vienen al caso al verla moverse sobre el escenario. Se la ve realmente en forma, brillante. En las entrevistas promocionales explicó su secreto: trabajar duro, ensayar todos los días, no interrumpir las clases de danza, seguir buscando la versión de Cabaret. Aunque seas Liza Minnelli.

No tiene esta vez caballeros trajeados que bailan a su alrededor, ni le hacen falta: Liza canta y actúa cada tema, los vuelve cuadros de un music hall en la que la protagonista absoluta es Liza Minnelli. “Liza con una Z”, como dice la canción que presenta en la segunda parte del show, en la que se ríe de los equívocos que provoca su nombre en inglés. Será lo de menos a la hora de reírse de ella misma: “¿Se acuerdan de cuando me sentaba en el segundo acto? Bueno, ¡ahora me siento en el primero!”, arranca, arrastrando un sillón del tipo de director, antes de entonar uno de sus clásicos, “Maybe this Time” (uno de los temas que canta el personaje de Sally Bowles en Cabaret). En “If you hadn’t, but you did” termina sacando una pistola para ultimar imaginariamente al bien amado y mal correspondido, con el guiño de por medio. No será la única de sus mujeres asesinas. Vuelve a Chicago con “I am my own Best Friend”: Roxie, la protagonista que ella encarnó en 1975, mató a su pareja y acaba de enterarse, ya en la cárcel, de que las mujeres también pueden ir a la horca. Desesperada, esgrime su alegato.

Fueron unas dos horas de show, con un corte de veinte minutos, los suficientes para que Liza se repusiera del tremendo esfuerzo –vocal y físico–, cambiase su trajecito de lentejuelas por otro de la misma tela, y volviese al ruedo con “But the World goes Round”. El resto del tiempo, como se dice en contextos menos glamorosos que Broadway, transpiró la camiseta, tema tras tema, sin ahorrar aliento para el siguiente. Y gritándole cada vez que podía al pianista, en un castellano excitado: “¡John, estamo en Buenosaire!”. Pidió disculpas por no poder hablar en castellano, pero prometió hablar lento como para poder ser seguida en sus muchos parlamentos.

La primera parte del show siguió el orden exacto del Liza’s at the Palace original, registrado en un doble CD aún inédito en la Argentina. Incluyó un tema vuelto emblema de Charles Aznavour, “What Makes a Man a Man”, una toma de postura sobre la condición gay, con el detalle de que fue escrito treinta años atrás. Minnelli lo cantó resaltando en el final: “Nadie tiene derecho a ser el juez de lo que está bien para mí”. “El año pasado concreté el sueño de cinco semanas a sala llena en el Palace Theater de Nueva York. Les voy a proponer un juego: cierren los ojos e imaginen que estamos en Nueva York, y que estamos en el Palace”, pidió antes de presentar el “Popurry Palace”, con fragmentos de diferentes temas de aquel show. Quizá costaba la traslación imaginaria desde Corrientes y Bouchard, pero el fervor del público –verdaderamente demostrativo– zanjó las distancias.

Para el final del primer acto llegó el esperado “Cabaret”. Y, al igual que en “New York, New York”, que aparecería en la segunda parte del show, quedó en claro cuál es la gran potencia de la intérprete, por qué es una artista vigente y no un mero refrito de éxitos. Minnelli no renuncia a sus hits, como es lógico (al fin y al cabo, son buenas canciones, explica ella). Lo que hace es mostrar que puede aparecer una nueva versión, cada vez, aunque los haga una y mil veces. Ese plus es el que hace la diferencia.

Hubo más: una banda nutrida e impecable, un sonido muy bueno (mucho más que la media, tratándose del Luna Park). Después de los dos temas emblema el bis estaba cantado, y la baladita romántica de rigor, sola junto al pianista, llegó con “Everytime we Say Goodbye”, de Cole Porter. Liza volvió para agradecer con una última sorpresa: convocó al escenario al bailarín de tango Juan Carlos Copes, anunciándolo como “un sueño cumplido”, en lo que pareció ser más bien un regalo para el tanguero. Fin de fiesta con un amague de dos por cuatro.

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