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martes, 24 de marzo de 2009

FESTIVAL INTERNACIONAL DE FOLKLORE


FESTIVAL INTERNACIONAL DE FOLKLORE

Divididos por la felicidad

En la primera edición del encuentro, en La Plata, hubo dos festivales: uno para Los Nocheros, otro para Kerpel, Semilla y Arbolito.

Por Cristian Vitale

Primer festival internacional de folklore. La Plata. Gaby Kerpel y Los Nocheros. Dos puntas. Dos escenarios. Dos formas –extremas, distintas– de ver o sentir el género. Y sus consecuencias en el llano: 11 de la noche en punto, el sábado, estaba previsto que, como los anteriores días, el escenario principal desactivara luz y sonido para activar –lo mismo– en el alternativo. En el primero, claro, Los Nocheros. En el segundo, claro también, Kerpel. Once de la noche y los salteños, dulces con el contexto, deciden dos, tres bises: la masa, chocha. El recital se retransmite por la pantalla del alternativo y aquellos que no habían conseguido entradas para el principal –agotadas– los escuchan en vivo pero los ven como en el cine. Kerpel cumple: sale puntual, pero Los Nocheros no se van y entonces decide por voto. “¿Prefieren verme a mí o a ellos?”: un coro de señoras en éxtasis le vota en contra. Otro, menos populoso y más diverso, a favor. El, consulta, define y finalmente arranca. Breve pero rotunda demostración. Recorte. Otra forma de verlo: ser de Los Nocheros es algo así como casarse, tener hijos, comprar un auto, rutinizarse y hacer –casi– todo lo que hacen los que se casan, tienen hijos y se compran un auto. O separarse y hacer –casi– todo lo que hacen los separados: ir a los mismos lugares de diversión, usar Internet para conocer gente, cantar tontas canciones de amor y volver a la adolescencia.

Ser de Kerpel –o algo parecido– no. Es –casi– como arrojarse al mundo, libre, y ver qué pasa, más allá de cualquier estado emocional. Es búsqueda. Y siempre son más los primeros: cuando los salteños terminan, la enorme mayoría enfila hacia casa: el living, la tele y la cama calentita son mejores... más si garúa. Los otros, muchos menos, prefieren arrojarse a este mundito en forma de bosque (El anfiteatro del lago y su hermosa naturaleza) y ver más allá del árbol. Riesgo vs. previsibilidad. Folklore en búsqueda vs. folklore melo (melódico-meloso), que resulta insostenible si la idea es entrarle por el lado de la magia. Fórmula asegurada vs renovación. Kerpel es todo lo segundo: un ermitaño joven amante del género que hace todo sólo. Toca bombo y teclados, canta, trae de casa loops mántricos que le sirven de base, ¡se autofilma! –el show se retransmite por la pantalla de atrás– y reinterpreta chacareras, huaynos y vidalas muy a su forma. Cuelgue ambient que hurga en las raíces. Música alucinógena y, por definición, no apta para seres con pocas millas de vuelo.

Al hombre le toca en suerte abrir la tercera jornada de la peña eléctrica, un interesante espacio que la organización del festival –el Instituto cultural de la provincia– puso a disposición del folklore no mainstream, por donde ya habían pasado, el día anterior, Semilla y Arbolito. Y pasarían, después de Kerpel, Doña María y esos locos lindos de Orozco-Barrientos. Doña María: excelente sexteto acústico con suficiente entidad para tomar clásicos del folklore latinoamericano (“La jardinera”, Violeta Parra; “Los ejes de mi carreta”, Yupanqui; “Vidala del monte”, anónimo del NOA) licuarlos con rap, dub o power pop según demande el tema –sin jamás perder el sentido de raíz– y entregarlos en forma de futuro: chacareras para que bailen los nuevos hippies, vidalas para que evoquen los viejos y fiesta para los sentidos... nuevos y viejos. Y Orozco-Barrientos: embajadores plenipotenciarios de Cuyo. Tonadas y cuecas reanimadas. Odas al vino. Guitarras con talento. Bellas canciones, ni tan “arriesgadas” ni tan aburridas, como “Camino a Maipú”, “Pulpa”, “Celador de sueños” –ésta en especial– o “El vampiro chupador”, y una reformada versión de “Maturana”, la sublime zamba de Cuchi Leguizamón y su alter ego, Manuel J. Castilla.

Vuelta atrás. Escenario principal. Antes de la lluvia y después de Francisco Giménez –notable arpista paraguayo– y Yamila Cafrune, Horacio Guarany permanece en escena 40 minutos. Canta –“La villerita”, “Si se calla el cantor”– y divierte. Panzón y barbón. Profunda e históricamente popular. ¿Qué decir de este hombre, al borde de cumplir 84 años, que se ríe de sí mismo y que arqueó ideas o posiciones políticas durante 30 años, sin que ello lo desautorice del todo como icono popular? Se ríe y difunde lo adelantado que está el teatro de Luján que está construyendo para legarles a sus “paisanos”. Se ríe y le dice a la gente antes del bis: “Masoquistas, sordos, ¡cállese la jeta, hombre!”. Se ríe y la pega con la lógica simple y sin bemoles que legitima la concreción de su obsesión: “Basta de mujeres desnudas en los teatros; son muy lindas en la cama, pero los teatros son para otra cosa: para darle arte a las nuevas generaciones”... faltaban minutos para que Los Nocheros copen el escenario, justo ellos... brazo musical de la revista que Carmen Barbieri, la reina de la taquilla, expuso en el Teatro Atlas de Mar del Plata para casados, separados o solteros previsibles: Vedettísima.

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