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martes, 17 de febrero de 2009

MUSICA › ANDRA BORLO, CANTANTE Y ACTIVISTA DE AMNESTY


“Me interesa la fusión de músicas”

Nació en Chicago, creció en Suiza y a los 24 años recorrió América desde Alaska hasta Ushuaia, lo que le resultó musicalmente revelador. Algo de eso puede rastrearse en su segundo CD solista, grabado en la Argentina y definido por la artista como “pop acústico alternativo”.

Por Cristian Vitale

Mujer trotamundos, Andra Borlo. Ahora está en un locutorio de Uruguay, con una tarjeta cuyo límite marca diez minutos, pero lleva más minutos (una vida, casi) pateando mundos: nació en Chicago, EE.UU.; creció en Lucerna, Suiza, y empezando los noventa encaró un viaje revelador. Fue de Alaska hasta Ushuaia, surcando todas las regiones del medio. Tenía 24 años y la travesía duró dos. “Me sirvió para conocer música que no conocía: salsa, cumbia, andina, tango. Descubrí mi amor por América latina”, dice ella, cuando la tarjeta marca un minuto treinta. Fruto de ese viaje iniciático y un par de cruces por los confines del sur –conoció a Diego Frenkel en Neuquén, por ejemplo–, ella, que también es activista de Amnesty Internacional, decidió grabar su segundo disco en Argentina, Pieces of Buenos Aires, cuyo contenido abarca once canciones cruza de tango, bossa, blues y folk –ella lo llama “pop acústico alternativo”–, con acompañamiento de seis músicos argentinos. “Son canciones simples con melodías lindas”, resume, en la previa de las dos presentaciones que hará en esta ciudad de pobres corazones: mañana en Gandhi (Corrientes 1743) y el próximo sábado en Perro Andaluz (Bolívar 852).

Borlo armó una miniselección afín a sus pretensiones de música universal, mediante un mix de contactos personales, seguidillas por My Space, amigos de amigos y concurrencia a recitales. “Con Frenkel pasamos 15 años sin hablar, y lo encontré por My Space. Me dijo que no podía grabar, porque se tenía que ir de vacaciones, pero cuando conocí los estudios Ion, Osvaldo Acedo me presentó a Walter Ríos. Yo no sabía que era una leyenda del bandoneón. Cuando lo escuché, me hizo llorar”, cuenta. Después, Axel Krigier le recomendó a Santiago Castellani, el trombonista; éste a Alejandro Terán, y Terán a Fernando Samalea. “Me encontré con Samalea y me dijo ‘¡Paul Dourge!, me encantaría hacer un proyecto con él`. Lo llamé y después llegó Fernando Kabusacki. No sólo buscaba músicos brillantes, sino también artistas. Preparamos arreglos abiertos en las canciones, para que los músicos pudieran integrar sus ideas.”

Samalea, Terán y Ríos serán parte de la banda que acompañará a la estadounidense-suiza en la presentación de su disco, un mojón de la carrera que inició, casi por azar, a los 20 años. “Empecé un poco tarde”, se ríe. Tarde y a instancias de un ex novio que había caído preso por negarse a hacer el servicio militar en los Alpes. “El compartía celda con un guitarrista, que me descubrió cuando empecé a verme con mi novio a través de la ventana. El guitarrista dijo ‘¡guau, qué buena voz tiene!’. Con él formé mi primera banda”, cuenta en un español que, exceptuando ciertos usos verbales, es casi perfecto. Fue, aquélla, una banda de blues y rock que la cantante usaba para encontrar respiro artístico entre sus estudios de Ciencias Políticas. “Tocábamos temas de Jimi Hendrix y Janis Joplin por los bares de Berna.” Más tarde, se transformó en activista de Amnesty Internacional, y en el 2003 decidió grabar su primer disco. Se instaló en Nueva York, vivió cuatro años y debutó en bateas con New York Diary, que determinó un contrato con el sello Universal. A la par, comenzó a trabajar parejo en derechos humanos y se transformó en algo así como la “niña mimada” de la prensa de izquierda, por artista y por militante. “Después, quise grabar un nuevo álbum pero no tuve mucha inspiración. Es mucho trabajo grabar un disco.” La suerte cambió en 2007. Verano fulminante en Nueva York y una idea clave: mudarse a un país donde todos hablaran español. “Argentina me interesaba mucho, por su historia relacionada con la dictadura y eso. Y como un lugar de fusión entre las músicas de allí, el tango y lo brasileño. Por eso vine.”

–¿Qué rol ocupa como activista de Amnesty?

–Hace diez años visito condenados a la pena de muerte en EE.UU. Fundé una asociación para apoyar a gente en esa situación. Yo nací en Chicago y mis padres siempre me contaron las historias del racismo allí. Nací en el ’68, cuando había casi una revolución en las calles y eso me quedó. Apoyo a los detenidos mentalmente, porque el sistema carcelario trata de destruir el espíritu de esas personas, le saca la individualidad y la transforma en un número. Y si en la cárcel saben que hay activistas fuera, dejan de torturarlos. Es cierto que no es un tema atractivo para activistas, hay poca gente haciendo este trabajo, porque la sociedad apoya la pena de muerte. La gente que trabaja en este campo está marginada, no tiene dinero ni influencia.

–¿Ha tenido problemas con la “inteligencia”, después de la paranoia que desató el atentado a las Torres Gemelas?

–No, pero cada vez que hablaba con amigos por teléfono, ellos no querían tocar el tema por temor a que escuchara alguien. En EE.UU., los activistas saben que la privacidad está controlada por teléfono y por Internet.

–¿Y en Suiza cómo está la situación respecto de los derechos humanos?

–Hace unos años está creciendo un partido de la extrema derecha (Partido Suizo del Pueblo) que es antiextranjero, y el diseño gráfico de sus campañas políticas copia mucho el modelo nazi. La gente del mundo no lo sabe porque Suiza no es importante, pero hay un resurgimiento fuerte de la derecha, y quiero que se sepa. Por eso lucho. Los derechos humanos se pueden poner en un papel, pero si no son integrados en la sociedad de otra manera, no se meten en la realidad. La gente tiene que vivir esos valores. Por eso, doy muchas charlas a profesores acerca de cómo formar a sus alumnos en este sentido. Igual, Suiza es un país mejor porque no hay pena de muerte y la gente se enoja con Estados Unidos. He juntado mucho dinero a través de mi asociación para apoyar a la organizaciones de Texas.

En Argentina, Andra se llevó cierto disgusto. Cuando llegó para grabar el disco, se dedicó a tomarle el pulso a la sociedad ¡hablando con taxistas! Justo. “A diferencia de otros países del continente, no vi gente con piel negra. Creo que el racismo en Buenos Aires es contra los descendientes de indios. No puedo decir más, pero estoy tratando de contactarme con organizaciones de derechos humanos.”

–¿De qué manera traslada este ideario a su música?

–En un tiempo casi todas mis canciones eran políticas, pero hace un tiempo tuve ciertas tormentas en mi vida personal y entonces empecé a componer temas de amor. Igual, tengo canciones políticas subidas a Internet. En Suiza, ir a los talk-shows es una buena oportunidad para hablar de estos temas tan candentes, porque la gente escucha hablar a una artista y no a una funcionaria. No te pueden poner en una caja, y eso está bueno.


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