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jueves, 19 de febrero de 2009

DISCOS: GRANDES BANDONEONISTAS ARGENTINOS



UNA COLECCION DE GRANDES BANDONEONISTAS ARGENTINOS

Escrito en el aire

Una colección llamada El arte del bandoneón muestra a algunos de sus mejores intérpretes a solas con el instrumento. Leopoldo Federico, Walter Ríos, Néstor Marconi y Julio Pane dialogan, cada uno a su manera, con una historia musical en que, casi todo, se escribió en Buenos Aires y entregan cuatro de los mejores discos publicados últimamente en la Argentina.

Por Diego Fischerman

El deslumbrante juego entre las voces, de Néstor Marconi, y la reconcentrada intimidad murmurada por Leopoldo Federico marcan los límites. De un lado el virtuosismo, la exposición, las certezas. Del otro, el instrumento como un territorio personal y solitario; las dudas y las preguntas sin respuesta. Y entre ellos una serie que incluye a cuatro de los discos más importantes –y bellos, que no siempre es lo mismo– publicados últimamente en la Argentina. Marconi, y Federico, y también un impecable Julio Pane y un brillante Walter Ríos, grabaron cada uno un álbum a solas. Son algunos de los mejores en un instrumento absurdo, inventado en Alemania pero naturalizado en el puerto de Buenos Aires. Un instrumento sin lógica y, también, casi sin música y sin estética propia fuera de esta ciudad. No hay prácticamente historia para el bandoneón que no sea una historia porteña. Y cada uno de estos bandoneonistas entabla con esas historias, y con las suyas propias, un diálogo distinto, único, extraordinario.

La colección, producida por Ignacio Varchausky y publicada por EPSA con presentación tan sobria como cuidadosa, lleva el nombre El arte del bandoneón. Y es que, en efecto, hay un Arte, una especie de Summa, que se configura en la medida que los cuatro volúmenes son leídos como partes de un relato más amplio. En ese sentido, los arreglos y piezas propias que Marconi fue escribiendo a lo largo de los años para sistematizar un método para el bandoneón funcionan como versión condensada del todo. Estas obras son la literatura básica para un instrumento que siempre se aprendió de boca en boca. Y ésta es la primera vez que es el propio Marconi quien las toca. Si El arte de la fuga era, para Bach, un compendio de todo lo que un artista podía hacer con esa forma, hay aquí un Arte del bandoneón que desarrolla, explora y expone un universo documentado –o por lo menos codificado– hasta el momento casi exclusivamente en la tradición oral. Pero, el tango no es sólo una música escrita. Es una música a la que la práctica le confiere ni más ni menos que su espesor y trascendencia. Es esa práctica, lo que cada uno hace con notas más o menos similares, las pausas imperceptibles. Los aceleramientos repentinos, los silencios, los matices, la calidad del timbre, la que escribe –en el aire o, mejor, en los discos– lo mejor del tango. Como en un juego de muñecas rusas, o en fractales, dirían los matemáticos, el inventario estético de Marconi se amplía en un nuevo catálogo, al incorporar los estilos de Federico, Pane y Ríos.

El disco de Marconi se llama Tiempo esperado, que es, a la vez, el título de una de esas piezas en que la didáctica, más cerca del ensayo reflexivo que del ejercicio, se convierte en el territorio de exposición de los anhelos más abstractos y ambiciosos del arte. Esa pieza, junto a “Cameratango Nº 1”, se agrupa con las relecturas de “Pablo” –un tema que cautivaba a Troilo–, “La bordona”, “Lo que vendrá”, “Adiós Nonino”, “El arranque” y “Mi refugio”, entre otros clásicos del repertorio. La figura de Troilo es, desde ya, central, y Walter Ríos, que titula su disco Mi refugio y lo comienza con ese tema que Pichuco grabó varias veces, con orquesta y con el cuarteto que incluía a Grela, le dedica, explícitamente, una especie de suite con una selección de sus tangos. El otro nombre con una presencia nuclear en el canon dibujado a través de la colección es el de Piazzolla. Sólo Pane, que curiosamente es el único que fue integrante de un grupo suyo, cuando participó de la primera formación del sexteto, omite en su disco, Instantáneas, sus composiciones. Federico, que bautizó a su CD, como no podría haber sido de otro modo, Mi fueye querido, interpreta una cadenza de “Adiós Nonino” y Ríos hace “Invierno porteño”. Quien se anima más en los márgenes es Marconi, con una notable versión de “Insensatez”, de Jobim. Ríos, por su parte, se aventura en la que podría ser la otra gran tradición del bandoneón, la de los grupos salteños y santiagueños que lo incluyen como instrumento “folklórico”. Sus lecturas de “Chacarera de un triste” y “Zamba de la Candelaria” y su propio chamamé “El Juancho” son memorables.

Cualquiera de los discos por separado es una maravilla, aunque, desde ya, cada uno de los que los escuchen establecerá, inevitablemente, su propio cuadro de posiciones. Pero uno de los placeres de contemplarlos en conjunto es poner, una al lado de la otra, las distintas lecturas que aparecen de un mismo tema: “Mi refugio” por Ríos y por Marconi, “Adiós Nonino” por Marconi y por Federico, “Flores negras” por Pane y por Marconi. Y, también, las diferencias. Aquellos puntos en que uno y otro jamás se podrían haber encontrado. El “Pablo” de Marconi, el “Caminito” de Federico, “Chiclana” por Pane o “Nada” en la mirada de Ríos. Grabados con gran fidelidad y mezclados con amorosa dedicación por un equipo que incluyó a Fabiola Russo, Osvaldo Acedo, el portugués Da Silva, Javier Mazzarol, Varchausky y, en los casos de Federico y Ríos, de los propios bandoneonistas, la edición incluye detalles poco usuales, empezando por los sobrecitos internos para los cd, toda una delicadeza. Pero, además, las detalladas notas incluidas en el interior, con comentarios de otros sobre los músicos convocados –el más espectacular es el que, sobre Marconi, hace Martha Argerich– y de sus propias reflexiones, cuando las hay, consignan el instrumento que cada uno de los artistas utiliza. “AA” para Marconi y Ríos (en su caso uno que le fue regalado por Piazzolla), “Premier” para Pane y “3B” para Federico. Y, simplemente a título de antología personal, una pequeña lista de indispensables: “Caminito”, “Cabulero”, “Un fueye en París” y “El africano” por Federico; “Boedo”, “Chiclana” y “Cuando llora la milonga” por Pane; “Nunca tuvo novio”, “Zamba de la Candelaria”, “Invierno porteño” y “Nada”, por Ríos; y “Pablo”, “La bordona”, “Fuimos” y “Flores negras” por Marconi.

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