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miércoles, 2 de junio de 2010

YO-YO MA: Y 6 SUITES PARA CELLO SOLO, DE JOHANN SEBASTIAN BACH



El canon para medir la belleza

El notable cellista nacido en Francia y formado en los Estados Unidos grabó dos versiones de esta obra. La segunda de ellas, registrada en 1998, integra el CD doble editado aquí por primera vez. Es una auténtica joya de perfección técnica y poderosa introspección.





Por Diego Fischerman

Las obras de arte son lo que fueron y lo que la historia ha construido con ellas. Y en pocos casos resulta tan evidente como en el de la música de Johann Sebastian Bach, entronizada como el ejemplo más alto de la música pura y compuesta en una época en que la idea de la música pura aún no se le había ocurrido a nadie. No es que no hubiera eso que hoy se identifica con la abstracción, con el lenguaje recorriendo su cresta más alta para hablar tan sólo de sí mismo, sino que esa condición de absoluto se integraba, por necesidad –o por inexistencia de otra cosa– a los rituales religiosos o sociales y a la didáctica.

Esa especie de doble condición alcanza a todas sus composiciones. Las Pasiones, las cantatas, sus conciertos, las piezas para clave o para órgano. Pero es en una de las series de suites que Bach compuso para instrumentos solos, las escritas para cello, donde la tradición interpretativa –y también la de la escucha– edificó la tensión más extrema. Grupos de danzas estilizadas, acompañadas de un preludio que en cierto modo remedaban el gesto de lo improvisado, y escritas para lucimiento de las posibilidades de quienes las tocaran, estas suites se convirtieron, con el tiempo, en un monumento. Mstislav Rostropovich, por ejemplo, siendo ya un intérprete famosísimo y habiendo estrenado obras compuestas para él por compositores como Prokofiev, Britten o Shostakovich, aseguraba no estar maduro aún para grabarlas.

Si hay un comienzo para la idea de las 6 Suites para cello solo como summa musical de Occidente tal vez se sitúe en el magistral registro realizado por Pablo Casals entre 1936 y 1939. No hay gran cellista que no las haya abordado, desde Pierre Fournier o Janos Starker hasta las recientes –y deslumbrantes– de Jean-Guihen Queiras para el sello francés Harmonia Mundi. Pero son las dos versiones grabadas por Yo-Yo Ma, en 1983 y quince años después, en 1998, las que fijaron el canon –un canon de absoluta perfección técnica, expresividad contenida y poderosa introspección– de finales del siglo XX. El notable cellista nacido en Francia y formado en los Estados Unidos es, él también, un símbolo. Dueño de un virtuosismo y una musicalidad inusuales –interpretó la obra de Piazzolla como si hubiera sido un integrante más de sus conjuntos–, Ma grabó además junto a Stéphane Grappelli a músicos de distintas partes de Oriente, a artistas folklóricos de los Apalaches y a músicos brasileños, además, obviamente, de recorrer todo el repertorio de su instrumento.

Ambas versiones son superlativas. La diferencia entre una y otra es que, entre las dos, se fue a Amsterdam para tomar lecciones con un especialista en el Barroco, Jaap Ter Linden. La segunda versión es la que acaba de ser editada localmente por Sony. A pocos días de una nueva actuación en Buenos Aires –actuará el próximo viernes 11 para el Anono Bicentenario del Teatro Colón, junto a la pianista Kathryn Stott–, este álbum doble es una oportunidad inmejorable para acercarse a su arte. Concebida originalmente como parte de una serie de videos, esta grabación, sencillamente, marca la cota con la que, de ahí en más, habrán de medirse las otras.

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