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viernes, 4 de junio de 2010

EL PIANISTA CRISTIAN ZARATE y EL GUITARRISTA CESAR ANGELERI: DINAMICA TANGUERA DE LO IMPENSADO



Jóvenes pero experimentados, el pianista y el guitarrista se juntan cada tanto para darse algunos gustos que el trabajo diario los obliga a postergar. Hoy y mañana demostrarán por qué reivindican el valor de la improvisación.






Por Carlos Bevilacqua

Los dos son músicos de excepción. Dúctiles engranajes en diversas formaciones, acompañantes oportunos para cantantes de primera línea y hasta directores musicales de espectáculos de danza, el pianista Cristian Zárate y el guitarrista César Angeleri son además exquisitos arregladores de casi toda la música que tocan. A ambos les cabe el “tocó con todos” que canta León Gieco. Si sus nombres no son más conocidos fuera del ambiente del tango, puede ser por el perfil bajo de sus personalidades o acaso por haber sido más sesionistas o directores musicales de grupos ajenos que líderes de alguno propio. El trajín del arte de combinar los horarios los cruzó hace unos años durante la grabación de un disco de la cantante María Graña. La química que se dio entre ambos se prolongó primero en una amistad y luego en una sociedad artística por demás interesante, pero que sólo cada tanto se concreta en público. Por eso conviene agendar los conciertos gratuitos que darán como dúo hoy y mañana, a las 19, en el hall del Teatro San Martín (Corrientes 1530).

“Este dúo es producto de las horas que compartimos buscando el mejor acorde para determinados pasajes. Es un gusto que nos damos. Surge de nuestras ganas de pasarlo bien”, arranca el pianista a puro entusiasmo. “La vida es una balanza: si va todo para un solo lado, no funciona. Acompañar a una figura o tocar en una orquesta está fenómeno, pero necesitamos también esto, que es lo que nosotros tenemos para decir”, justifica el guitarrista. El repertorio del dúo combina clásicos del tango (“El abrojito”, “Danzarín”, “La trampera”, “Milonga del ángel”, entre otros) con temas propios, como la zamba “Paloma” y la baguala “Hay una niña”, ambos de Zárate. Como rareza anuncian un aire de vidala compuesto entre los dos y que tiene la particularidad de haber sido armado con sólo tres acordes. También preparan “Desde Lima”, una especie de vals peruano escrito por Angeleri.

Sin embargo, es en el tratamiento de esas piezas donde reside el principal valor agregado del dúo: “Hay pautas dadas por arreglos propios, pero dejamos también una parte importante librada a la improvisación, que es diferente en cada concierto. Es algo que nos da libertad y nos hace felices”, destaca Cristian, avivando el fuego sagrado de César, quien acota: “Si es sorpresa para nosotros, es sorpresa también para el público, y eso es fundamental. Cuando estás ‘pelando’ en el momento, según lo que surge, el espectador lo nota. Por eso sentimos que a la obra vamos formándola lentamente, como si fuese una escultura. Prefiero equivocarme, pero sintiendo la adrenalina del precipicio ahí nomás”.

A su vez coinciden en diagnosticarle al tango un bajo nivel de improvisación. Argumenta Zárate: “La mayoría de los músicos de tango están demasiado metidos en la partitura o tocando con cara de enojados”. “¿Por qué tocar con cara de culo, si la música es alegría?”, intercala su crítica Angeleri. Y sigue Zárate: “Esos son lugares comunes del género. A veces se justifican en nombre de la concentración, pero la concentración no tiene que ver con un gesto. Lo que sí es importante es la conexión. La nuestra es música de cámara, no tenemos un director que nos guíe. Entonces, si no estamos conectados entre no-

sotros, no funciona”. “Tocar es como conversar. Para que salga una buena charla, cuando uno habla, el otro tiene que escuchar con atención. Además, en el tango puede darse una improvisación más dinámica que la habitual del jazz, donde cada instrumento tiene ocho o dieciséis compases para improvisar, mientras el resto hace la base. Ahí se prende fuego uno solo. Acá improvisamos los dos y más basados en lo que está haciendo el otro. Por eso también se parece a una conversación”, observa el guitarrista, quien acredita experiencia en agrupaciones mínimas con Eduardo Lagos, Daniel Binelli, Pablo Maine-tti y Gustavo Beytelmann.

A excepción de la maravillosa dupla Horacio Salgán-Ubaldo de Lío, la convivencia entre piano y guitarra no registra antecedentes ilustres en el tango. Tal vez sea por la competencia que suponen dos instrumentos esencialmente armónicos y rítmicos. Pero ése no es un asunto que los complique demasiado. “La verdad es que no sé cómo lo resolvemos, pero nunca nos pisamos. Creo que de nuevo pasa por escucharse durante la interpretación. Si bien detrás de cada concierto hay mucho ‘taller’ previo, sobre esa guía que es la partitura volcamos después toda la experiencia adquirida en nuestras carreras. Recién estábamos tratando de adaptar para el dúo un arreglo para sexteto. Obviamente, por una cuestión de potencia, no podemos sonar como un sexteto... ¡aunque no sé, eh!”, desafía Zárate, generando una risotada de su compañero. “Lo que busca un arreglador es el equilibrio –agrega después, más serio–. Por ejemplo, cuando algo está cerca de un extremo agudo, debe aparecer algo en los graves como contrapeso. Algo que muchas veces hacemos sobre la marcha. Por eso creamos arreglos en el momento.”

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