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miércoles, 28 de abril de 2010

JIMI HENDRIX: Un enviado de Neptuno



La reciente reedición remasterizada de la discografía esencial de Jimi Hendrix vuelve a ponerlo en un primerísimo plano y permite reflexionar otra vez sobre su genialidad.



Por: Jorge Fondebrider

MAS ALLA DEL ROCK. La posta de Hendrix ha sido recogida por muchos jazzeros.

Fue como Charlie Parker, como John Coltrane –dice Chas Chandler, ex bajista de los Animals y temprano productor de los dos primeros álbumes británicos de Jimi Hendrix–, fue Mozart, fue Beethoven y Brahms". A quienes hoy, a unos meses del 18 de septiembre, fecha en que se cumplen los cuarenta años de la muerte del guitarrista, los dichos de Chandler les parezcan exagerados, no tienen más que recurrir a la serie de 7 cd's (4 de ellos con sus respectivos dvd de unos 15 minutos de duración) y al doble dvd grabado en Woodstock para comprender por qué, al menos en el uso de la guitarra hubo un antes y un después de Hendrix. Y esto, en el hoy limitado y trivial campo del rock, ya no sucede. Mucho menos en el mundo un tanto circense de los virtuosos, donde Steve Morse, Steve Vai, Joe Satriani o Yngwie Malmsteen tocan técnicamente mejor que Hendrix una música infinitamente menos interesante que la de él.

La edición, lanzada por Sony gracias a un arreglo con la familia Hendrix, forma parte de un proyecto en gran escala. Los Hendrix luego de haber ganado una serie de juicios, recuperaron los derechos y se propusieron poner un poco de orden en la vapuleada discografía del hijo pródigo, muerto a los 27 años. Lanzamiento mundial mediante, también se propusieron obtener algo de los beneficios de explotación que durante años tuvieron Reprise en los Estados Unidos y Polydor en Europa y Japón, antes de pasar a MCA, más tarde absorbida por Universal, sin hablar, claro, de las innumerables ediciones piratas. Para ello Are you experienced? (1967), Axis bold as love (1967), Electric Ladyland (1968) y First rays of the new rising sun (que contiene los temas aparecidos en los póstumos The cry of love, Rainbow bridge y War heroes, todos de 1971) vienen con valor agregado. Tal vez el menos importante sea el dvd, donde el sudafricano Eddie Kramer –el ingeniero de grabación original– junto con Chas Chandler, los contrabajistas Noel Redding y Billy Cox, y el baterista Mitch Mitchell, cuentan cómo fueron grabados los discos y cómo fue trabajar en el estudio con Jimi. Si bien se trata de material muy interesante, no es nuevo (considérese que Chandler murió en 1996, Redding, en 2003 y Mitchell, en 2008). Pero sí asombra la calidad del sonido, fruto de una nueva masterización a cargo del mismo Kramer, nuevamente contratado por la familia para trabajar sobre las cintas originales. La labor se extendió también a Band of Gypsis (1970) –acá, a diferencia de la edición inmediatamente anterior que era doble, en versión simple, como cuando salió el lp original para Capitol Records– y Valleys of Neptune, una serie de 12 temas de estudio que habían permanecido inéditos hasta la fecha. En todos los casos, las palabras no bastan para describir la música extraordinaria de estos discos que, si uno no supiera que tienen más de cuarenta años, bien podría decirse que fueron grabados ayer o, lo que es mejor, mañana.

Hendrix y los otros

En su autobiografía, Miles Davis (o Quince Troupe) escribió que con Hendrix había coincidido en el festival de la Isla de Wight de 1970: "Se suponía que él y yo íbamos a reunirnos después en Londres para hablar de un álbum que finalmente habíamos decidido hacer juntos. Ya en una ocasión habíamos estado a punto de grabar uno con el productor Alan Douglas, pero el dinero no nos pareció suficiente, o ambos teníamos otros compromisos. Mientras tanto, habíamos tocado mucho juntos, en mi casa, aunque sólo en jams improvisadas. Pensábamos los dos que probablemente el momento era adecuado para hacer algo juntos en un disco." Las afirmaciones de Davis hablan a las claras de que Hendrix empezaba a ser considerado como mucho más que mero rock'n'roll. De hecho, para cuando murió, ya había estado trabajando con Gil Evans, el gran arreglador de jazz y director de orquesta, quien, en 1974, editaría The Gil Evans Orchestra plays the music of Jimi Hendrix, un disco fantástico que no asombró a nadie porque las ideas de Hendrix ya se habían hecho carne en toda una nueva generación de grandes guitarristas de jazz. John Scofield, por ejemplo, declaró que había ido a oír tocar a Jimi Hendrix "y abandoné la idea de ser un guitarrista de blues. Aun cuando la música fuera rock psicodélico, todo ese asunto tan difícil de estirar las cuerdas y hacer que la guitarra cantara de manera tan expresiva me hizo desistir". A Bill Frisell lo que le interesó especialmente fue el punteado y rasguido de Hendrix en los temas lentos. Pat Metheny nada dijo, pero incorporó a su repertorio varios temas de Jimi. Y Nguyen Lê, el guitarrista vietnamita instalado en París –quien, de hecho, ya grabó dos discos con temas de Hendrix–, al igual que el francés Marc Ducret, acusó claramente recibo. Antes que todos ellos, el británico John McLaughlin había dicho: "El podía hacer con la guitarra cosas que nadie había hecho antes. En otras palabras, fue un revolucionario, pero con todo tenía mucho corazón y eso es lo que hace que las cosas funcionen. Si uno no tiene eso, no se puede hacer que nada funcione. Creo que Jimi tuvo un efecto en la mayoría de los guitarristas contemporáneos". Años más tarde, David Harrington, violinista del Kronos Quartet, una formación ecléctica dedicada a la música más allá de toda división genérica, señaló: "Para mí, la música de Hendrix siempre me pareció una parte muy natural de lo que nosotros hacemos. Y es realmente interesante que, cuando uno vuelve a escuchar, por ejemplo, la música de Xenakis o de alguien así y luego uno pasa a Hendrix, advertimos que, en muchos sentidos, el mundo sonoro de Hendrix no es demasiado distinto del de otros músicos que están sucediendo en diferentes partes del mundo y en otros extremos de la música".

Sin embargo, el descubrimiento que de Hendrix hicieron el jazz y otras músicas fue precedido por el fortísimo impacto que había causado en los grandes músicos de rock de su misma generación y sobre todo entre sus pares.

Pete Townshend, compositor, guitarrista y líder de The Who, quien, como Hendrix, tenía la costumbre de culminar sus shows destruyendo su guitarra, después de haberlo visto en el festival de Monterrey de 1967 dijo: "Jimi le hacía realmente el amor a la guitarra. Comparado con él, lo mío era apenas una violación callejera". Y agregaba: "Me da lástima la gente que tiene que juzgar a Jimi Hendrix sobre la única base de sus grabaciones y de sus filmaciones, porque en vivo era extraordinario. Tenía el tipo de habilidad de los alquimistas; cuando estaba en el escenario, cambiaba. Cambiaba físicamente. Se volvía increíblemente grácil y hermoso. No era por el LSD, aunque éste circulaba. Pero él tenía el poder de volverte sobrio. Era más fuerte que el LSD. (...) Jamás se me pasó por la cabeza que pudiera acercármele ni un poco". Por su parte, Eric Clapton –quien con Hendrix y Jeff Beck constituía la santa trinidad de los guitarristas del Londres de los años sesenta– escribió en sus memorias: "Lo que me resultó fantástico en él era que tenía una actitud intensamente autocrítica respecto de su propia música. Tenía un don enorme y una técnica fantástica, como la de quien se pasa todo el día practicando, aunque no parezca consciente de hacerlo".

Jeff Beck, a su vez, comentó que la primera vez que lo vio fue a instancias de una novia: "Cuando lo oí no podía creerlo. Era como si él solo estuviera bombardeando el lugar. Estaba tan adelantado respecto de todos los demás... Hasta hoy es una fuente de inspiración". Otro tanto señaló Carlos Santana: "La música de Hendrix hace que la gente vea que hay otras posibilidades". En cambio, el irlandés Rory Gallagher señaló: "Vi a Jimi dos veces, en Belfast y en Londres. Una noche estuve con él en el mismo cuarto y le di la mano, pero no nos llegamos a conocer realmente. Daba miedo. Creo que, después de Guitar Slim –que era realmente salvaje– y, claro, de Buddy Guy –quien también tuvo lo suyo en su momento– es el showman supremo de la guitarra". Frank Zappa escribió a su respecto: "La música de Hendrix es muy interesante y extremadamente metafórica: gruñidos orgásmicos, gritos torturados, gemidos lascivos, desastres eléctricos y otras innumerables curiosidades auditivas que se le ofrecen a los sentidos del público a un nivel de decibeles extremadamente alto. Durante sus actuaciones en directo, es sencillamente imposible escuchar lo que hace el grupo de Hendrix... te come vivo". En una línea similar, el texano Johnny Winter dijo: "Nunca vi a nadie a quien le gustara más tocar. Siempre tenía una idea nueva". Y entre los guitarristas de la siguiente generación Stevie Ray Vaughan –quien hacía sus propias versiones de "Little Wing" y de "Voodo Chile"– dijo: "No tiene sentido que nos comparen. Yo no cuento, él fue único". Adrian Belew sostuvo que "la manera de encarar una melodía con acordes tal como Jimi hacía en su tema 'Little Wing' es un tipo de arte hoy perdido". Para Vernon Reid, de Living Colors, nadie hizo algo como la versión de Hendrix del himno nacional de los Estados Unidos: "Para mí es el más importante solo de guitarra de todos los tiempos, porque su interpretación de 'The Star Spangled Banner' estaba completamente en sincro con lo que estaba pasando en el país. Hizo lo mismo con 'Machine Gun' ('Ametralladora'). Uno siente la guerra de Vietnam, uno siente lo que es caminar por un arrozal y ver cómo los compañeros de uno van cayendo". Las opiniones podrían multiplicarse así al infinito, pero probablemente todas se sinteticen en el veredicto de la revista Rolling Stone, que en su edición del 27 de agosto de 2003 ubicó a Hendrix a la cabeza de los 100 mejores guitarristas de todos los tiempos. Y aunque la fiabilidad de la compulsa sea relativa –ya que la mayoría de los críticos que participaron de la encuesta procedía del rock– marca al menos una tendencia sostenida en el tiempo.



La última cuerda

Nadie llevó la experimentación y el virtuosimo tan lejos en el rock. Nadie encontró un sonido tan perfecto para la violencia de los ’60. Y nadie volvió al límite que él marcó. La reedición de toda su discografía, con bonus tracks y documentales en dvd con la palabra de quienes tocaron y grabaron con él, más la edición de Valleys of Neptune, un disco inédito de grabaciones inéditas realizadas en estudio en 1969, son una oportunidad impecable para repasar la obra del hombre que hizo sonar la guitarra eléctrica de todas las maneras posibles.

Por Diego Fischerman

En uno de sus chistes más famosos, Jorge Luis Borges aventura que son los grandes artistas los que crean a sus precursores y no a la inversa. Algo similar asegura en una conferencia acerca de los poetas alemanes de la época de Bach. La literatura, “más generosa que los lectores”, dice, reconoce la existencia de esos autores sólo porque hicieron posible la posterior aparición de Schiller y Goethe. De la misma manera, podría pensarse que son los finales los que construyen las historias y las obras tardías las que revelan a las tempranas. Es la muerte de Jimi Hendrix, ahogado en su propio vómito el 18 de septiembre de 1970, y su actuación en Woodstock, el 19 de agosto del año anterior, lo que suele colocarse en el punto de partida. Eso o su iluminado Electric Ladyland, publicado un mes después.

Para entender la importancia de Hendrix, sin embargo, para captar su originalidad, conviene hacer la operación contraria. Imaginar que nada se sabe de él. Olvidarse de su muerte trágica y del mito romántico y del malentendido según el cual sería esa muerte la fuente de la genialidad misma; olvidarse, incluso, hasta de la palabra “genialidad”, tan atada en esos años a la rebeldía, a lo imprevisible o a la mera indisciplina. Conviene escuchar “Hey Joe” como se la escuchó el 16 de diciembre de 1966. Es decir: escuchar allí el comienzo de una carrera que, todavía –es decir tres meses antes de “Purple Haze” y cuando aún faltaban seis para que actuara en Monterrey e incendiara su guitarra– no se parecía a nada existente. La propia idea del solista virtuoso era bastante ajena al rock salvo para Grateful Dead, que incorporaría improvisaciones en sus temas, y para grupos cercanos al blues, como el Blues Project de Al Kooper, Blues Incorporated de Alexis Korner, los Bluesbeakers de John Mayall, y sus dos derivaciones más importantes, Cream –que comenzó apenas unos meses antes del debut de Hendrix en Inglaterra pero que fue, sin duda, una de sus fuentes– o el Peter Green’s Fleetwood Mac, que empezaría oficialmente en 1967. “Hey Joe”, con la inusual presencia del bajo y la batería en el frente y esa guitarra espesa que comienza a bordear la melodía de la voz después de la tercera estrofa, acabaría convirtiéndose en un modelo posible de canción para el rock pero, en 1966, cuando los solos eran, todavía, esos modestísimos punteos de guitarra de George Harrison o Brian Jones que podían llegar a sonar en un puente o en la presentación de una nueva estrofa, fue como la aparición de un meteorito, tan inesperado como definitivo en sus efectos. Cuarenta y tres años después de aquel comienzo, la que posiblemente acabe siendo la edición discográfica más importante del año pone en escena nuevamente esa contundencia.

Tal como sucede con la mayoría de los músicos cuyas carreras se frustraron por muertes tempranas, en el caso de Hendrix la producción discográfica postmortem–con infinitas antologías e innumerables tomas en vivo que el guitarrista jamás hubiera pensado en editar– superó ampliamente al fulminante cuerpo de cuatro álbumes, tres grabados en estudio, el último de ellos un álbum doble, y un cuarto registrado en vivo en el Fillmore East de Nueva York. Hasta que la empresa creada por la familia del músico, Experience Hendrix, tomó las riendas y acordó con Sony Music la reedición cuidadosa de los tres discos “de estudio” (Are You experienced?, Axis Bold as Love y Electric Ladyland) más First Rays of the New Rising Sun, el disco póstumo con registros dispersos que había inaugurado, en 1997, sus actividades editoriales, respetando en todos los casos los ordenamientos de canciones que figuraban en los planes iniciales, la unidad conceptual de cada disco, y agregando a cada cd un dvd donde productores, sonidistas y músicos que trabajaron con Hendrix cuentan su experiencia y en que se insertan numerosas tomas en vivo. A ellos se agrega Band of Gypsys, que ya había tenido una republicación anterior, con numerosos bonus tracks, y que aquí reproduce la forma primigenia, un dvd con la actuación completa en Woodstock, una antología (Experience Hendrix) y un hallazgo: un disco nuevo llamado Valleys of Neptune. Conformado por grabaciones inéditas hasta el momento, realizadas en estudio en 1969 –entre ellas las últimas registradas con Experience, el trío con Noel Redding en bajo y Mitch Mitchell en batería– incluye, por ejemplo, la única grabación realizada fuera de los escenarios de “Sunshine of your Love”, un tema de Cream que Hendrix convirtió en uno de los caballitos de batalla de sus actuaciones en vivo y que en este caso cuenta con la participación del percusionista Rocki Dzidzornu, que había tocado las congas en “Sympathy for the Devil”, de los Rolling Stones.

En rigor, la mayoría de los temas del disco son bien conocidos aunque nunca se escucharon exactamente como aquí. Y es que el período elegido por quienes idearon la edición –Janie Hendrix, el legendario Eddie Kramer, que fue el ingeniero de sonido original de todas las grabaciones de Hendrix, y John McDermott– cubre la transición entre los dos tríos del guitarrista –Experience y Band of Gypsys–, y en algunos casos la presencia del bajista Billy Cox, un viejo conocido de los comienzos de su carrera en los Estados Unidos, en lugar de Noel Redding, da una perspectiva bastante diferente a temas como “Stone Free”. El material circulaba, desde ya, en discos piratas pero el sonido (y la accesibilidad, obviamente) no es comparable ni por asomo con el de esta edición. Dicen que fue Frank Zappa, cuando aún la historia ni había comenzado, quien, luego de haberlo conocido por casualidad, le mostró a Hendrix las posibilidades del pedal wah-wah. Si no es verdad casi ni importa. Los pedales existían. Y también la palanca de vibrato y la posibilidad de acercar una guitarra a un parlante para producir un acople. Aunque fuera nuevo –y en un punto quizá demasiado radical– el rociar una guitarra con gas líquido y prenderle fuego para ver cómo sonaba, Hendrix, en gran medida, no hizo otra cosa que llevar hasta el abismo unos cuantos recursos que andaban dando vuelta. Nadie, antes que él, los había convertido en material. Y muy pocos –antes pero también después– fueron capaces de entender la experimentación sonora no como decoración sino como núcleo expresivo y estructural. En cualquier caso, de lo que se trataba era de dar al virtuosismo instrumental –un virtuosismo inédito en el rock de ese entonces– un lugar que nada tenía que ver con el exhibicionismo frívolo. En una época en que la violencia se pregonaba como virtud –aun entre los epígonos del flower power–, Hendrix la convirtió en sonido. Encontró, en todo caso, no sólo la única música posible para la guerra de Vietnam sino el verdadero límite de una tímbrica y de un estilo. Un límite al que, además, nunca nadie se atrevió a llegar de nuevo.

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