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lunes, 21 de marzo de 2011

CAIO VIALE, AUTOR, CANTANTE Y DIRECTOR DE ORQUESTA



“Los ritmos me encuentran a mí”

Nació en Rosario, se crío en Leones (Córdoba) y atravesó un exilio de ocho años en España. Publicó recientemente su cuarto disco, Sobre la vida, en el que conviven zambas, chacareras, cuecas, huellas, milongas y chamarritas.





Por Cristian Vitale

A los cinco años, cuando Caio Viale agarró por primera vez una guitarra, la advertencia de su abuela Nana no tardó en llegar. “¡Mmm, ya sabés que los que andan con la guitarra terminan siendo unos borrachos!”, dice que le dijo a su madre. No hay registros en su prontuario de un hábito etílico consistente, pero sí –y muchos– de un devenir que lo ubica inquieto, productivo y ecléctico en el amplio mundo de la música popular argentina. Caio –Carlos según DNI– nació en Rosario, se crío en Leones (Córdoba), atravesó un largo exilio de ocho años en España y edificó, rebotando entre límites, estilos y fronteras, un ser estético a dos márgenes: el de cantautor, mediante el cual editó cuatro discos a la fecha (Caio Viale, Quiénes somos hoy?, Pueblo sin tiempo y el flamante Sobre la vida) y el de director de orquesta, que lo ubica en infinidad de proyectos: fundador y director del coro Canto Vivo, en Madrid; la obra para orquesta de cuerdas Tres ausencias; Paranaseando con Chaplin, para arpa, flauta y cuerdas; o Las ideas de marzo, para tenor, coro y grupo de cámara–, entre ellas. “Y tengo varias sin estrenar, como Guarania, porque cuando me presento frente a algún director de sinfónica y les digo que mis obras se basan en ritmos criollos suelen responder que ése no es el estilo que desarrolla tal o cual orquesta”, dispara, con impronta de queja simulada bajo una sonrisa.

–También tiene en su haber una versión del Himno Nacional en guaraní. ¿Fue en respuesta a algo?

–Sí. En un principio y estando lejos de Argentina se me había ocurrido hacerlo en base a géneros rítmicos criollos o folklóricos. Luego, cuando pasaron algunos años y vi la aceptación que tenía la versión en ritmo de rock, me desilusioné mucho. Pasó algún tiempo más y por pedido de Nélida Zenón, cantante de raigambre guaraní, me dieron ganas y lo presentamos en un Cosquín. Por último, se me ocurrió grabarlo de puro caradura, ya que me lo aprendí todo por fonética. Mi hija Martina, que por aquel momento era chiquita, lo aprendió antes en guaraní que en castellano.

–¿Es de los que rechazan al rock? En las tapas de sus primeros discos parece una especie de Jim Morrison a la criolla...

–(Risas) A ver, cuando tenía quince años viví el furor de los Beatles de un modo casi enfermizo. Me sabía todos los temas y los cantaba en inglés de la misma forma en que años más tarde canté en guaraní, es decir sin entender nada de lo que decía y sólo por fonética. Hoy, pese a tener una postura muy crítica respecto de esa época, no dejo de reconocer todo lo que influyó en mí y en mis composiciones. Yo entiendo por rock a las canciones basadas en ritmos anglosajones con una dosis de ciertos colores afro que, de la misma manera que ocurrió con tantas cosas, nos han invadido hasta transformarse en los ritmos representativos de los jóvenes de cualquier punto del mundo.

Caio nunca vivió en Buenos Aires. Sí en Córdoba, donde experimentó una de las secuencias más intensas de su vida al integrarse al Movimiento Canto Popular de Córdoba, en pleno ’73. “Llegar a Córdoba fue introducirme en los ecos cercanos al Cordobazo, imbuirme de cambio, solidaridad y alegría. En lo personal también fue descubrir mis potencialidades como artista... era estar inmerso en un ambiente de fábula, lucha y esperanza, rodeado de escritores, actores, pintores, cineastas, obreros, gente de barrios, maestros, en fin...”

–¿Algún punto de contacto con lo que años después representó la ebullición de la música de raíz con los Coplanacu, Raly Barrionuevo o Peteco Carabajal en las peñas universitarias?

–No le encuentro contacto, a no ser que estos artistas logran darnos un producto (perdón por esta palabra) serio y de calidad. Es probable que de haber continuado desarrollándose el movimiento Canto Popular hubiéramos terminado algunos haciendo algo parecido y otros... qué sé yo. De lo que no tengo dudas es que no lo podremos saber, porque a los que se subieron al carro del golpe del ’76 se les ocurrió desmantelar toda expectativa de sueños que pudiera modificar en algo sus cómodos privilegios.

–Que para usted implicó un exilio forzado a España. ¿Qué pasó en esos ocho años?

–Comenzaría por decir que a España le debo el estar vivo y seguiría diciendo que fue muy duro... como una lección: aprendí que uno pertenece fatal y necesariamente a un lugar. Todos mis sentimientos, al igual que mis pensamientos, son de acá. Los proyectos, la perspectiva con la que uno encara cada paso, cada decisión, tienen una geografía, un perfume bien definido. Llegué a envidiarles a los españoles el amor que sienten todos por la música de cada región de ese país.

En España, el guitarrista y director musical le arregló el disco El loco de la vía, a Rafael Amor; y encaró trabajos con Cayetano Morales y Angel Carril. También fue guitarrista de Alfredo Zitarrosa y “corista” de Mercedes Sosa, cuando la tucumana mágica recaló en Madrid, también víctima del exilio. “Mercedes por aquellos años venía a cantar a Madrid, donde finalmente se quedó después de residir en París, y quería hacerlo acompañada por un pequeño coro masculino. Por ese entonces yo cantaba en Toldería, un boliche en donde recalábamos algunos músicos sudamericanos. Me lo propusieron y, por suerte, acepté. Lo más inolvidable fueron los ensayos, ya que Mercedes se colocaba muy cerquita de mí oído derecho y yo no hacía más que gozar”, evoca.

–Entre las composiciones de Sobre la vida hay huellas, zambas, chacareras, cuecas, milongas, triunfos, chamarritas, etc. ¿En qué género navega más cómodo?

–Me enorgullece pensar que donde me crié, la Pampa gringa, al menos durante mi niñez llegaban todos los géneros rítmicos criollos y nativos del país con mucha fuerza. Cuando, pasados los años, necesité contar cosas que me importaban profundamente, encontré en esos géneros nuestros el puente sensible más adecuado. De modo que suele ser el ritmo quien me encuentra antes de que yo lo busque... los ritmos me encuentran a mí.

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