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viernes, 25 de febrero de 2011

CLAUDIO O’CONNOR PRESENTA RIO EXTRAÑO.






“Mi mundo es más grande que el corral del metal”







Uno de los baluartes del heavy argentino se asentó en las profundidades del Tigre y cada tanto trepa el delta, río adentro, para encontrarse consigo mismo. No es poco.

Por Juan Ignacio Provendola

“Uy, hay ratas acá. Pasó una a las chapas. Ahora estoy en lo de un vecino, le vine a sacar el perro”, avisa, agitado. Son las nueve de la noche y por el auricular se cuela un sostenido grillerío. A Claudio O’Connor hay dos formas de ubicarlo: por celular, si la señal acompaña, o yendo al puerto del Tigre y trepar el delta con alguna lancha colectiva hasta llegar a su nuevo bunker, en plenas aguas del río Paraná. “Descubrí que este lugar existía y que estaba a mano de la ciudad”, cuenta por celular el nuevo vecino de la misma zona del delta que alguna vez describió Haroldo Conti en Sudeste. “Es muy loco eso de salir a la puerta de tu casa y que tu calle sea un río. Hay gente a la que no le gusta, por los mosquitos o porque estás aislado, y yo no sé si a los 30 me hubiese venido. Pero hoy tengo 47 años y tenía la necesidad de un lugar así. Me vino bien porque me encontré mucho conmigo mismo. Estoy mucho tiempo solo, con mis cosas, enfrentamientos, cuestiones por mejorar o cosas que ni sabía que estaban y es bueno vivirlas, como levantarse temprano.”

Restos y rastros de esa experiencia abundan en Río extraño, su séptimo y reciente disco solista, aunque ya todos sabemos que el asunto no se desprende de un arresto individual sino más bien de la sociedad creativa que O’Connor selló con el bajista y compositor Hernán García ni bien los presentó el ex sonidista de Hermética en 1998. “Si la banda fuese una mina, él sería la cara y yo el culo. Es por eso que me miran más a mí, pero él hace un trabajo importante; por empezar, la música”, banca Claudio, quien no escatima en florear a su compañero: “Encontré la persona que necesitaba para desarrollar las inquietudes que tenía. Es un tipo muy abierto y, además, no competimos entre nosotros pese a llevar tantos años juntos, así que todo lo que sale es producto del esfuerzo por buscar cosas lindas. Ya me conoce y sabe para dónde puedo agarrar”.

Como dos enamorados que miran fotos asepiadas de una luna de miel lejana, ambos revuelven viejos recuerdos y proponen regrabar, en vivo, Hay un lugar (1999) y Yerba mala nunca muere (2000), discos incunables con los que O’Connor canalizó angustias artísticas contenidas en Hermética y Malón, cuando decidió cortarse por su cuenta. Será este fin de semana, en La Trastienda, pero el material saldría recién a fin de año para darle aire a Río extraño, una propuesta directa y agresiva que afianza el bloque Claudio O’Connor-Hernán García-Pablo Naydon e incorpora a Darío Casciario, uno de los tantos guitarristas que prestaron sus servicios al proyecto.

–Pese a que se insiste con que seguís abriéndote del metal, en Río extraño sonás más pesado que nunca.

–Creo que tiene que ver la incorporación de Darío, que tiene un toque muy personal y es el más heavy de todos los que violeros que estuvieron. Me encanta el impulso musical que tomamos, si no, el disco jamás hubiese salido. La mayoría de las voces las grabé engripado, porque no podíamos postergar las sesiones. Por eso no hay tanto de mi voz clásica y eso hizo que el disco tomara otro rumbo. Al principio me hice un poco de problema y empecé a cabecear, pero me terminé convenciendo. Soy cantante y quiero demostrar que canto, por eso fui explorando otros colores con mi voz, ya que en otras épocas la idea era bastante resistida. De hecho, recuerdo que cuando hice la primera prueba para entrar a Hermética, canté con una voz más grave, pero me pidieron que lo haga como finalmente lo terminé haciendo.

–Se cumplen 20 años de Acido argentino. ¿Te despierta algo esa efeméride?

–Es lo mismo que me digas que cumple 20 años un pibe que vive a diez cuadras. ¿A quién le importa? Mi respuesta es que saqué un disco nuevo hace dos meses.

–En Trinchera cantás cosas tales como “arde el fragor del metal en mí”, “vuelvo a entrar, nunca me fui” y “regresar al campo de batalla”. ¿Todo tiene que ver con todo?

–No, no, no. Todos se van al carajo, chicos. Mi mundo es más grande que el corral del metal. La canción la hice pensando en un amigo que fue a Malvinas. Nada que ver con el heavy. Tiene que ver con la guerra, y habla del metal porque se refiere a las balas de cañón que pasaban silbando por arriba de las trincheras. Yo escribo, y cuando me convence, queda. No especulo con eso, pero tal vez tendría que intentarlo buscando frases para que luego me pregunten.

–¿Entonces?

–Yo me abrí de los dogmas berretas, de la pedorrada de verdulería. La cosa de que “cuanto peor, mejor” o “loco, está bueno tener los zapatos llenos de barro”. Son cosas que no le hacen bien al ser humano y, por lo tanto, no las quiero para mí. Prefiero transmitir que si te preocupás, laburás y te rompés el culo para comprarte unas zapatillas nuevas, hay que felicitarte, en vez de decirte “sos un cheto porque ahora tenés plata”. ¿Y cuál es el problema? ¿Acaso está bueno no tenerla? Pareciera que hay que subir al escenario con las mismas cuerdas de hace cuatro años para no ser un careta. A esos que dicen “aguante, la concha de tu madre” yo les pregunto: ¿qué es el aguante? Yo no quiero estar aguantando, prefiero vivir bien. Tenemos el cerebro más evolucionado del planeta y no podemos permitirnos ser tan pelotudos.

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