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domingo, 28 de marzo de 2010

B. B. KING TOCO ANTE UN LUNA PARK REPLETO.



Por siempre Rey del Blues

Armado con su guitarra Lucille y sentado en el centro del escenario con su expresión beatífica, el músico de 84 años hechizó una vez más a los bluseros argentinos. El show fue de entrecasa, muy conversado y cálido, con varios recuerdos para Pappo.


Por Cristian Vitale

El 19 de septiembre de 2006, tres días después de cumplir 81 años, B. B. King daba lo que, muy en teoría, iba a ser el último concierto de su vida. Era en el Estadio D’Coque, de Luxemburgo, y la función –emotiva, por cierto– marcaba también el epílogo de una tournée que él mismo había bautizado con olor a premonición: Gira Despedida. No duró mucho la idea: a fines de ese año, Brasil lo recibió seis veces y Riley, hijo pródigo del Mississippi, volvió sobre sus pasos: “Nunca digas nunca jamás”, dicen que dijo. Anteayer, la aparición de su enorme y sonriente figura en medio de un Luna Park atiborrado de gente no hizo más que reconfirmar, por si hiciera falta, lo que trasciende como un secreto a voces: el rey del blues seguirá tocando hasta el mismísimo día de su muerte. Era la llegada a Buenos Aires –tras doce años de ausencia del músico– del One More Time Tour, especie de excusa-presentación de la joyita retro que B. B. lanzó al mundo bajo el nombre de One Kind Favor. “Estoy muy feliz de estar nuevamente aquí, en este país hermoso. Los he extrañado”, lanzó el carismático negro, comprándose a la platea de un soplido. “Quiero decirles también que nunca olvidaré a Pappo, un guitarrista maravilloso”, siguió de loas B. B., que nombró al Carpo más de una vez.

Así fue, de entrecasa, cálido y muy conversado, el show que superó por unos minutos la hora cuarenta pactada de antemano. Se vio a un King vital, lejano del devenir ruin –efecto de revientes y disgustos– que se cargó a muchos de sus contemporáneos; un gordo divino, expresivo, clavado en una silla, con traje floreado y chaleco gris. Lo rodeaba un séquito de músicos –ocho ya es big band– que se encendían y fugaban al ritmo de la demanda: un baterista exacto, un guitarrista al que B. B. no dudó en “comparar” con Pappo, teclas al tono y un ensamble de caños, con precisa ubicuidad para mostrar su lado más rhythmandbluesero. King, pese a los 84 años que lo separan de su cuna de Itta Bena, conserva cada uno de los atributos que lo impulsaron hasta llevar el cetro en el loco reino del blues. El principal: la axiomática y nítida claridad de Lucille, su legendaria guitarra. La sensación es que cada nota mágica que le saca empapa el alma. No hay quien meta, en la dinastía negra del género, el dedo así en las cuerdas. Tan preciso y sublime, tan económico en recursos en esos bluses aletargados y adrenalínicos, pero también en los otros que, por swing y sonar colectivo, se ubican más en la superficie.

Otro atributo: el manejo de silencios y climas. La precisión en este vaivén típico que identifica al total de su obra quedó muy expuesta en esa joyita llamada “I Need You So”, el cuarto tema de la noche, o más solapada en el que lo siguió: “Blues Man”. Tercero: el tacto de rhythm and blues que nace cuando al gordo le da por reemplazar ritmo por sentimiento, entretenimiento por magia. Eso quedó exhibido, y acompañado por un manejo de escena divertido, en aquel clásico de mediados de los ’50 que pasó de ser el lado B de otro –“Sneaking Around”– a convertirse en uno de los temas al que más versiones le hizo en su historia: “Every Day I Have the Blues”. También en otro que nació para mostrar que el blues no era sólo prisionero de su sufrimiento original, sino que también puede divertir cuando hace amistad con géneros como el boogie-boogie y el rock and roll: “Let the Good Times Roll”, registrado por primera vez en 1976 y “consagrado” en aquel concierto inolvidable de 1991 en San Quintín. Y, finalmente, en otros dos temazos que se contaron entre los más hechizantes de la noche: “The Thrill Is Gone” –imposible no claudicar ante su groove envolvente, ante el estiramiento infinito de las cuerdas de Lucille– y el infaltable “Rock Me Baby”, siempre con gran interacción con el público.

B. B. ha sido ungido con justicia, como suma y compendio de una historia, como el King entre los Kings. No por haber ganado 15 Grammy, sino por lucidez. No por ser mejor que muchos de sus congéneres, sino por permanencia. No por hablar mucho en los shows, sino por tocar mucho más. Y el blusero argentino medio, exigente pero expresivo, le ha sumado legitimidad a su condición... tal vez por última vez en la vida. ¿Habrá que decir nunca jamás?


-UN CONCIERTO CON GUSTO DESPEDIDA.

B. B. King. en el Luna Park El veterano blusero dio un buen show, donde primó el humor y la diversión cómplice.


Por: Marcos Mayer




Cuando nadie lo esperaba, B.B. King sacó un enorme reloj de pared de debajo del asiento y lo mostró mientras explicaba. "No es que esté cansado, simplemente me han puesto un plazo para tocar y ya me he pasado de la hora." Y señaló con un enorme sonrisa las agujas que marcaban una hora improbable. Detrás de la humorada -que no fue la única en una noche en la que abundó el buen humor- acechaba una verdad puesta en escena tras la clave de lo que ha sido su marca de estilo y seguramente la palabra más repetida de la noche: "diversión". Ese fue el signo que convocó a un Luna Park que se llenó a bote en lo que todos intuían como el último adiós sin melancolías a un músico que estableció raros vínculos con la Argentina.

El más evidente y copiosamente aludido durante el concierto, fue su amistad con Pappo ("estaría contento, si no fuera por la ausencia de mi amigo"), cuyas continuas menciones fueron siempre saludadas por un público dispuesto a la ovación permanente, por otra parte fomentada con entusiasmo y gestos desde el escenario.

Es notable la devoción que conquista este blusero, cuya propuesta estuvo siempre más cerca del boggie y del rock que de las tradiciones más melancólicas del blues, como quedó demostrado en su versión de Every Day I Have the Blues, cantada y tocada con una marcada inflexión rítmica y sin dar lugar a las tristezas que sugiere la letra. Y es claro que esa devoción -incansable, gozosa- generó el espacio que precisaba B.B. King para transformar un recital en una ceremonia de despedida. Fue mucho lo que habló, fueron muchas las alusiones a sus 84 años, quedó en claro que piensa que el tiempo de las giras ha llegado a su fin y que no importa tanto lo que diga la música sino la corriente que pueda establecerse entre espectadores y artista.

En función de esa comunicación el despliegue es permanente, desde el mismo ingreso de B.B. King: con un saco de colores sobre un chaleco dorado, con las solapas llenas de medallas, antes de sentarse en la silla de la que no habrá de levantarse nunca, lanza uñas al público con rostro entre impasible y amenazante.

Antes de eso, una banda de efectivos veteranos -en la que se destacan el bajista Reginald Richards y el baterista Anthony Coleman- había tocado una extensa introducción que sonó a una bluseada fanfarria para anunciar la llegada del gran prócer de la noche. Como una especie de muestra de los músicos antes de que el protagonismo excluyente de King se quedara con todas las miradas y las escuchas.

Tampoco hubo demasiada presencia de la mítica Lucille -su guitarra- y sólo muy de vez en cuando aparecieron esos punteos al borde lo imposible que le ganaron un lugar en el universo de los guitarristas. El B.B. King de aquella noche prefirió cantar antes que tocar y poner al público a sus pies sabiéndolo seducido de antemano. Para redondear esa actitud, promediando el recital, armó una especie de set con el bajo, la segunda guitarra y la batería, que tuvo por primeras destinatarias a las mujeres (con besos al micrófono incluidos) con el tema You are my sunshine, y luego, con mucho menos entusiasmo, encaró Rock me baby para los varones. Todo pidiendo a los asistentes que cantaran con él, exigiendo más compromiso cuando las voces sonaban débiles e intercambiando amenazas con sus músicos ("tengo un cuchillo por si no tocan como les digo").

La despedida fue planteada como un homenaje a Nueva Orleáns -a la que encontró familiar en muchos aspectos a Buenos Aires- y a Louis Armstrong. Pero se podría pensar que Los santos vienen marchando, con esa imaginación de un paraíso en perpetuo movimiento, fue lo que desea para sí mismo un artista que eligió decir adiós con una carcajada y a pura diversión. «


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ante todo quiero felicitarte por la gran calidad de los contenidos de tu blog, a propósito de lo cual, te invito a pasar por "El Coleccionista de Momentos" a recoger unos merecidos premios para tu estupendo blog.
Un cordial saludo

Unknown dijo...

Gracias por tus conceptos.Entrê a tu blog esta muy bueno y me puse como seguidor del coleccionista de momentos. Saludos!!!