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martes, 26 de julio de 2011

CHICO BUARQUE: NUEVO DISCO.


























Mientras su novela Leche derramada sigue ganando lectores y halagos, Chico Buarque sacó su primer disco en cinco años de un modo atípico para alguien como él: por Internet y a cuentagotas. Pero no para hacerse el moderno, dice, sino para recrear el efecto de revelación paulatina que antes tenía la radio. La semana pasada, finalmente, salió completo en formato CD. Y es una joya.

Por Mariano del Mazo

A los 67 años, y casi como una concesión a una de las formas de la vida contemporánea –Internet o, mejor dicho, el intercambio social por Internet– que él soslaya por puro desdén, Chico Buarque decidió someterse a la estrategia de su sello Biscoito Fino para el singular lanzamiento de su nuevo disco en cinco años, Chico. Buarque, un artista que ha transfigurado su conservadurismo estético en una obra de un clasicismo incorruptible, en los antípodas de los megalómanos floreos psicodélicos y provocadores de los tropicalistas, dio a conocer su disco por Internet y hasta ofreció una conferencia de prensa virtual el miércoles pasado en la que habló de lo que quiso, se rió de lo lindo de su propia “vanguardia” y hasta cantó algo del flamante material. “Es moderno usar Internet, aunque creo que la manera con que mostramos el disco retoma lo que ocurría antiguamente con la radio. Lanzar las músicas poco a poco favorece el entendimiento de las canciones”, dice.

La cosa fue así: desde el 20 de junio, a cambio de 29,90 reales, los fans del brasileño obtuvieron una clave para ingresar al sitio www.chicobastidores.com.br y así recibir periódicamente videoclips del backstage de la grabación del álbum, declaraciones de Buarque, fotos inéditas y, por supuesto, las diez canciones nuevas. Un Chico Buarque en cómodas cuotas distribuidas a lo largo de 30 días. El 20 de julio, finalmente, el disco fue publicado con el tradicional soporte físico de disco compacto.

Mientras su novela Leche derramada (Salamandra) continúa recibiendo elogios y premios, y ya casi no quedan rastros del obsesivo seguimiento del cantante de las diferentes traducciones que supervisa con rigor, Chico se entregó a la música como quien se echa a descansar. No hay relación entre el sacrificio que le representa la literatura y la ropa cómoda que es, ya, después de 45 años de trayectoria, su condición de músico popular. “La gente va a mis shows sin esperar grandes performances. Soy un compositor que canta. El material de este disco es todo post-Leche derramada. Comencé a tocar un poco el piano y a buscar alguna cosita en la guitarra. Necesité un año para escribir la primera música de esta nueva colección. Y nada está allí por casualidad o porque lo creí bonito. El disco tiene una lógica musical”, cuenta y se planta con más franqueza que arrogancia en una cuestión que él experimenta de un modo fragmentado: las facetas diferentes que aborda, en un arco que va de la esforzada destreza a lo insuperable. “Lo literario lo puedo discutir con cualquiera. Si un músico me habla de armonía, me callo la boca. Yo soy intuitivo, sé lo básico de la teoría. Si alguien se acerca y me dice que tal acorde de tal canción es absurdo, lo considero. Pero con la letra no: ahí no transo. Discuto, discuto y discuto, y no me gana nadie.”







La idea se puede escudriñar en el disco. “Rubato” (Buarque-Jorge Helder), “Essa pequena”, “Tipo um baião”, “Se eu soubesse”, “Sem voce nº 2”, “Sou eu” (Buarque-Ivan Lins), “Nina”, “Barafunda” y “Sinhá” (Buarque-Joao Bosco) y el corte de difusión, “Querido diario”, giran alrededor de un puñado de marchinhas, sambas, valses y hasta un blues, con letras que vuelven a exhibir la precisión poética y matemática (una de las formas de la poesía) de este intelectual que de pequeño quería ser arquitecto. De hecho esa vocación sostiene la estructura de parte de su obra letrística y tiene en “Construcción” su cenit: una catedral de la canción popular. Con invitados como el legendario baterista Wilson das Neves y el propio Joao Bosco, sobresale en Chico una dupla con la cantante Thaís Gulin, a quien la prensa del corazón de Brasil sindica como su nueva novia, en la bellísimo y susurrada “Se eu soubesse”. Pero es en “Querido diario” donde se condensa el prosaico estilo compositivo de Buarque: “Hoy al final conocí un amor / y era el amor una oscura trama / que no pego ni con una flor. / Pero si ella llora, me enciende el deseo. / Hoy el enemigo me vino a espiar, feliz. / Montó guardia allá en la curva del río / trajo unos palos (uno, que me puede quebrar); / pero yo no me quiebro porque soy blando”.

En la conferencia del miércoles, Buarque dio un minishow en dúo con Joao Bosco. Cantó “Sinhá”, un samba que cuenta la historia de un negro encadenado a un tronco que es torturado luego de ver a su mujer desnuda en un estanque, y el vals “Nina”. “Una música trajo a la otra... Cuando me di cuenta de que tenía las canciones para un nuevo disco, me parecieron demasiado pocas... Eran diez. Justo en ese momento leí una crítica de un disco de Radiohead, The King of Limbs, que tenía ocho temas. Me dije: ‘Ya está... ¡hasta me sobran dos!”

Pese a lo que declama, nada parece resultarle sencillo a Buarque. Pesa sobre sus espaldas la cruz de los obsesivos. Hace algunos meses supervisó una tarea titánica: la digitalización de toda su obra y su incorporación en la web del Instituto Tom Jobim (http://www.jobim.org/chico). La empresa costó unos 200 mil reales (500 mil pesos) y giró alrededor de 1044 imágenes, 7916 letras y partituras y 26.152 textos entre cuadernos, entrevistas, correspondencia, libretos de películas y obras de teatro, y puso a disposición del público unos 600 archivos de audio y video con la discografía y más.

Ahora sólo piensa en descansar. “Pretendo desconectarme por un tiempo. Todo esto fue muy intenso. No sé lo que va a ocurrir con el disco, ni si voy a presentarlo en vivo. Tampoco tengo ninguna novela nueva pensada. Mis nietos me reclaman, quiero retomar la rutina de los partidos de fútbol, mis caminatas, y ya.” Lo dice el hombre que alguna vez escribió “Cotidiano”. El que reparte su año entre Río y París. El que se deja llevar por el azar que sugiere, por caso, leer en un periódico la crítica de un disco de Radiohead y determinar que ya tiene su propio disco. El que no se quiebra porque es blando.











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