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miércoles, 22 de septiembre de 2010

MATURANA: “Vendemos lo que somos”




Inspirados en León Gieco, los integrantes de esta banda apuestan al folk con espíritu rockero.






Por Cristian Vitale

“Vendemos lo que somos”, lanza el baterista Mariano Valado, con una seguridad que excede las palabras. ¿Qué son? ¿Qué venden? En principio, sí, Maturana se llama Maturana por la bellísima zamba que el Cuchi Leguizamón y Manuel Castilla entregaron al mundo mediando los ‘70 y León Gieco inmortalizó, con su autor al piano, en el Volumen II de De Ushuaia a La Quiaca. Pero no, no es, como pudiese preverse, un grupo de zamba, ni de zamba-rock, ni siquiera de folklore –amplio– con nervio de rock como Arbolito. Maturana es Maturana no porque el aura del salteño mágico se cuele entre sus corcheas sino porque a Tonga (Gastón Galván, guitarrista, cantante y compositor de todos los temas) se le ocurrió que el nombre sonaba más a banda de rock que a desterrado que rueda la tierra con toda la tierra adentro. “Igual, el folklore no nos es ajeno. Cuando armé el grupo, yo andaba en una tropa de sikus y hacía canto andino. Hay una influencia. Hay, de vez en cuando, algún huayno contaminado por el riachuelo”, determina el cantante.

Y entonces, vende, Maturana es un quinteto básicamente de rock, en el que el folklore corre por los lindes y –a veces– en forma de otra cosa. De huayno y carnavalito. O de cosa uruguaya, rioplatense. De candombe y murga. Encendámonos, disco debut que la banda suburbana presentará el 23 de octubre en Roxy Live, es claramente un reflejo de la intención. De llenar la botella de rock con tambores, tumbadoras, charangos, zampoñas, quenas, zankas, violines o bombos legüeros, un ensamble vital que parte de los jóvenes de hoy se están apropiando como una forma de acercar mundos. “Yo creo que la impronta del Cuchi aparece en forma de irreverencia. El fue un irreverente del folklore y nosotros lo somos en lo nuestro. En la idea de fusionar ritmos sin vergüenza, pero con respeto. Maturana puede ser alguien como el Flaco Apenitas –tema clave del disco–, alguien que no es nadie y es todos”, sigue Tonga. “Hay muchos músicos de rock que no se atreven a esto. Se quedaron en la onda rolinga o reggae, y ya. León fue muy influyente para nosotros, porque no le escapa a ningún ritmo con tal de que le sirva para decir lo que quiere decir.”

Lo que dice Maturana es también poemas de Juan Gelman musicalizados en una onda entre rock progresivo de los ‘70 y chacarera; es giros quebradeños a través de otro de los rescates emotivos del disco (Rosa y Benito); o es frases del tipo “Mateando sueños / al amanecer emergemos / Desatar bailando, cantar opinando / Tierra, amor y libertad”. “Son cosas que pensamos todos –dice Valado–. Más allá de un ritmo, una murga, un huayno o un candombe, que son pegadizos, también es importante que la gente se detenga en los mensajes, en las letras. Esto también hace a nuestra identidad, le damos la misma importancia.” La banda nació y se crió en zona sur hace un lustro y, luego de un demo que nunca llegó a salir, consolidó la formación de quinteto con tres hermanos (Tonga, más Juan Manuel en guitarra y Lelo en percusión), Valado en batería y Tuby en bajo, más el coro “inflamable” que no son más que los amigos que les aguantan cada fecha. “Esto una pyme en todo sentido. En los gastos, en la organización, en la música. Cada uno es un 20 por ciento que va atado a otro. Es la única manera de trabajar en quinteto y crecer, siendo independientes”, señala Valado, también manager.

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