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jueves, 12 de enero de 2012

MIGUEL CANTILO PUBLICO SU LIBRO !QUE CIRCO !


El músico publicó el libro ¡Qué Circo!, en el que recorre y comenta el camino seguido por el rock argentino. Cantilo señala que a partir de la década del ’90 se desnaturalizó el movimiento rockero, “a la par de la desarticulación de gran parte de la cultura nacional”.

Por Mariano Domino

Luego de medio siglo de vida, el revisionismo literario es aún deudor de un recorrido que abarque, con el mayor rigor posible, esos cincuenta años de historia del rock nacional. ¡Qué Circo! (Editorial Galerna) propone una línea de tiempo azarosa e irregular, cuyo vector principal son las anécdotas que Miguel Cantilo (Pedro y Pablo, entre otras formaciones) logra compendiar como testigo presencial del período de consolidación, censura y posterior crecimiento exponencial del rock vernáculo.
La protohistoria del rock nacional encuentra su génesis en la tira televisiva adolescente conocida como El Club del Clan, más precisamente en el conjunto Red Caps (“Gorras Rojas”), integrado por Johnny Tedesco, Nicky Jones, Lalo Fransen y Palito Ortega, no en su faceta de cantante de gesto angelical sino en la de novato baterista. Con este insólito veredicto se abre el primer capítulo de ¡Qué Circo!, tercera producción editorial de Miguel Cantilo, el hombre encargado de echar luz sobre esos primeros balbuceos del cancionero joven hasta arribar a la maquinaria montada en la actualidad en torno del género.
Detrás del ánimo recopilatorio, y más allá de las vivencias personales, el libro encuentra plena justificación en esa máxima que reza que todo tiempo pasado fue mejor: “De Miguel Abuelo, Jorge Pinchevsky o el propio Pappo me quedé con las ganas de ver qué podían seguir haciendo; los que se fueron, dejaron un hueco imposible de llenar”. Cantilo no deja lugar a dudas: el sustrato de virtuosismo y poesía desde donde se cimentó el rock fue apagándose de a poco. “Mucha gente está engañada creyendo que aquello que se escucha hoy es una consecuencia de lo que se vino haciendo antes”, sentencia y, a pesar de que algunos pasajes de ¡Qué Circo! llevan ciertas interpretaciones de fenómenos sociales y culturales complejos motivados por este movimiento a cierto reductivismo naïf, Cantilo se erige en observador implacable con la debida nostalgia por aquello que ya no es.

–En su libro siempre merodea la idea de músicos idealistas, comprometidos con su trabajo, versus sellos discográficos que manejan a voluntad el producto final. ¿Por qué existe una dicotomía tan tajante entre una y otra instancia?

–Es cierto que la industria musical impone sus propias reglas, pero del otro lado juegan un papel preponderante el público y su capacidad de exigencia frente a determinados productos, que en muchos casos no responden a un nivel siquiera aceptable, pero que la propaganda y otros mecanismos lo llevan a la aceptación masiva. Así, tanto los productores, pero también los artistas, logran de alguna forma confabularse para que esta caída de nivel suceda; por supuesto que aquellos que llevan la batuta de la historia son los que hacen de esto un comercio y mueven dinero, que es el medio que finalmente se impone como un fin. Los músicos se han ido dejando llevar por las seducciones monetarias y empresariales y, como contrapartida, han ido abandonando los niveles de composición que el rock nacional supo enarbolar en una época. Obviamente, las reglas del juego de la industria influyen, como en el resto de los ámbitos, pero ha sido en este terreno en donde lo ha hecho negativamente, socavando ciertos estándares y haciendo que los ideales filosóficos y los patrones musicales de antaño se hayan perdido. El horizonte auditivo se fue deteriorando de tal forma que finalmente el oyente no sabe si está escuchando rock o cumbia, bailanta o reggae.

–¿En qué proporción sintió ese accionar despiadado de sellos y productores a lo largo de su carrera?

–En muchos tramos de mi carrera lo he sentido, e incluso lo he visto ejercer sobre mis colegas en innumerable cantidad de veces. A pesar de que este manejo forma parte de las reglas del juego, el accionar irresponsable trajo como consecuencia que ese movimiento que pudo haber seguido creciendo, e incluso haberse internacionalizado, fuera gestionado con miras tan cortoplacistas que la idea de una expansión al exterior quedó trunca. Hubo pocos conjuntos que lograron llegar a otros mercados –Los Abuelos, Los Enanitos Verdes–, pero no hubo una circulación masiva de grupos por el resto de Latinoamérica o Europa, salvo excepciones.

–¿Puede identificar un período a partir del cual comenzó a producirse este fenómeno?

–Creo que fue a partir de la década del ’90, cuando se desarticuló gran parte de la cultura nacional en muchos de sus aspectos esenciales: educacional y ético. El rock como manifestación próspera y creciente también sufrió los embates de ese vaciamiento: hasta finales de los ’80, que Miguel Abuelo llamó de levantamiento de cachetes, fue una época muy pródiga en ideas y salieron grupos excelentes como Soda Stereo o Los Redondos, que crecieron a pesar de lo que vino después. Pero, quizá porque se privilegiaron otras formas artísticas y se les brindó promoción en exceso, se redujeron los espacios para el crecimiento de ese rock que venía dando muestras de madurez; la entrada seductora del neoliberalismo influyó también como matriz determinante en los nuevos músicos.

–¿Es posible entender hoy al rock desde un purismo o, como la historia también lo indica, su existencia depende del cruce y la combinación con otras formas?

–Esa es la gran salvación que puede tener el rock: crear una vía étnica que conjugue las corrientes folklóricas, tangueras o latinoamericanas. Grupos como Arbolito y autores como Lisandro Aristimuño están uniendo dos puntas de un mismo lazo, como diría Fito, cerrando así un círculo muy interesante. Por otro lado, desde las formas puras sólo parece haber una imitación de la imitación y no se logra la originalidad que sí existió en otras épocas.

–A partir del advenimiento de la democracia, marca una fuerte separación desde lo discursivo en el rock nacional, que pasa de ser contestatario, ideologizado, a festivo. ¿Por qué hace esa diferenciación tan marcada?

–Porque creo que ocurrió de una forma natural, era una necesidad de la gente tras haber cantado tanta canción de protesta; se trató de un movimiento pendular: el público comenzó a demandar otras temáticas, más ligadas con vivir la vida, divertirse. Lo digo sin ninguna connotación peyorativa. La expansión de estas nuevas temáticas, a la par de la aparición de un público más joven en los conciertos, fue desplazando el punto de vista nuestro, que era quizás el de gente un poco mayor, más identificada con todo lo que había pasado en el país respecto de las postergaciones impuestas por la dictadura. Por eso es que a partir de la primavera alfonsinista, con el regreso de muchos músicos exiliados, ya en el año ’85 había otra música en todos lados y también otra postura de los músicos frente a ciertos temas.

–¿Por qué le adjudica a la denominada “trova rosarina” el último mojón de creatividad del rock argentino?

–Como cantautor que soy, cuando evalúo la obra de algún grupo o músico, siempre trato de sopesar la ecuación existente entre letra y música; los rosarinos fueron los últimos que le dieron mucha importancia al texto. Compositores como Adrián Abonizio, Jorge Fandermole o Silvina Garré son auténticos poetas, aunque ya no militantes del rock actual porque no se sienten convocados por el género, al que en su momento supieron inyectarles interpretación y altura a sus letras. En este panorama, creo que Fito Páez fue el último gran compositor que engendró la escena local; luego de él existieron sólo intermitencias, pero no esa continuidad autoral que supo tener la trova rosarina.

–En el panorama musical actual, ¿qué compositor solista cree que recoge la posta que en su momento supo cultivar?

–El solista, que o bien lideraba un grupo o actuaba solo con su guitarra y su armónica, ha ido perdiendo terreno en este país, desplazado por las megaproducciones, la amplificación del volumen, los videos. Eso hizo que fuera de-sapareciendo esa unidad mínima del hombre con su instrumento, que en su momento era considerada una institución autorizada para tocar temáticas políticas, eróticas o humorísticas por igual. Esta pérdida de terreno ha ido a la par del socavamiento de la creatividad, en buena parte perjudicado por una invasión de la información envasada en los videoclips y los enlatados musicales de moda. Francamente, en la escena actual no veo un solista que se anote en la onda en que estábamos embarcados nosotros; lo que sí veo son individualidades muy interesantes como el mencionado Aristimuño, el misionero Gastón Nakazato o Cecilia Zabala, gente joven que de a poco abreva en las fuentes del solista. En la realidad de todos los días, y salvo a través del acceso a medios alternativos, existe un divorcio absoluto entre la información y la existencia de esas figuras.

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