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sábado, 3 de julio de 2010

CARLOS GARDEL: El fantasma en Medellín



La ciudad donde murió Gardel parece homenajearlo en cada rincón, a tal punto que el tango se convirtió en su banda sonora.










Por: Juan Carlos Garay

Gardel en llamas, de la artista plástica Dora Ramírez, la muestra más representativa del pop-art de Medellín, telón de boca del Teatro Pablo Tobón Uribe.

En Medellín se encuentra la silla de barbero donde a Carlos Gardel le hicieron su último corte de pelo. Y también la llave de su casa, ésa que abría originalmente el portón sobre Jean Jaurés, en el Abasto, donde su madre se quedó esperándolo. Pero más allá de estos curiosos souvenirs, Gardel dejó en el ambiente de la ciudad el gusto arrebatado por sus canciones y, en extensión, por todo el lenguaje tanguero. Leonardo Nieto, el fundador de la Casa Gardeliana de Medellín, resume su legado en dos ítems: "Un gran amor y muchas fotos". Está siendo modesto, pues gracias a él la ciudad tuvo la primera de dos estatuas del Zorzal Criollo que hoy adornan la ciudad.

Más expresivo fue el bandoneonista Rodolfo Mederos en su reciente paso por Colombia. Grabó, con la orquesta sinfónica colombiana, unos arreglos de tangos clásicos como "El porteñito" de Angel Villoldo (para un disco que saldrá a finales de este año) y aprovechó para confiarle a este periodista sus remembranzas de Medellín: "Están muy bien ubicados, creo que conocen más de tango que nosotros. Me subo a un taxi y me sacan un repertorio nombrando intérpretes y compositores; hablan de tango con conocimiento verdadero".

Hay un par de diferencias con el entorno porteño, que no son pequeñas. En Medellín el tango no se acompaña con vino tinto sino con aguardiente; la ebriedad es otra. Y el paisaje cambia, también: la ciudad está rodeada de verdes montañas, lo que produce una agradable resolana durante todo el año que le ha valido el mote de "ciudad de la eterna primavera". Esa condición topográfica pareció obligar a que la pista de aterrizaje fuera relativamente corta. Al menos, eso es lo que uno siente cuando desciende en gradual descolgada al Aeropuerto Olaya Herrera, en lugar de utilizar la pista de Rionegro, que permite un aterrizaje más cómodo porque no está enclavada en el valle. Imposible no pensar en Gardel y el miedo que endosa a sus músicos en la última carta que le escribiera a Armando Defino, con fecha 20 de junio de 1935: "Ahora la vamos viajando en avión y ya te imaginarás el fierrito de los guitarristas... elogian la comodidad y la rapidez del avión pero no ven la hora de largar".

Lo que pasó en el Olaya Herrera, hace 75 años, cambió para siempre la banda sonora de toda una ciudad. El abogado Jaime Jaramillo Panesso, presidente honorario de la Academia Colombia del Tango, ha reconstruido ese proceso apoyándose en documentos históricos: "Los tangos de Gardel venían a Medellín más por las películas de la Paramount que por la realidad musical", explica, "pero el tango sí se había promovido mucho por medio de las revistas musicales de España. Por eso el tango que se escuchaba aquí tenía más que ver con el cuplé: Juan Pulido, Imperio Argentina. Pero entonces vino la muerte de Gardel, creó un impacto emocional en la ciudad y ésa es la razón por la que el tango se quedó".

El abogado Jaramillo Panesso es una enciclopedia generosa de referencias tangueras, no todas ligadas a un pasado nostálgico: en su discoteca personal se mezclan desde Aníbal Troilo hasta Andrés Calamaro. Pero, tal vez, los documentos más llamativos son los 466 folios, empastados en dos tomos, que registran la investigación de la Prefectura Judicial de Medellín sobre el accidente. El dictamen, firmado por dos peritos en ingeniería y un aviador militar, es concluyente y no deja lugar a otras hipótesis: "El accidente se debió, única y exclusivamente, a dos causas, íntimamente ligadas entre sí, pero de distinta naturaleza. La primera es de carácter permanente y se debe a las deficiencias topográficas y aerológicas propias del Aeródromo Olaya Herrera de la ciudad de Medellín. La segunda es de carácter ocasional y se debe a un fenómeno aerológico, propio del mencionado Aeródromo, y que consiste en la aparición súbita de una corriente de aire precedida de vientos débiles, corriente que se ha registrado generalmente durante las horas de la tarde y que dura apenas unos pocos minutos, pero cuya dirección no guarda relación con la de los vientos que la preceden o siguen, y cuya intensidad es muy superior a la de éstos. El 24 de junio ese fenómeno se presentó unos diez segundos antes de ocurrir el choque".

La estatua de
"Cuesta abajo"


Pero el impacto emocional fue de ida y vuelta: también Medellín llegó a fraguarse en el inconsciente colectivo de los melómanos del mundo. El compositor puertorriqueño Rafael Hernández tiene unos versos bastante ingenuos que imaginan a Medellín como si fuera un pueblito. Evidentemente no la conocía:

"Entonces voló a Colombia
y allí fue que tuvo fin.
El cantor de bella historia
murió en el pueblo de Medellín"

Medellín se volvió La Meca para afiebrados del tango como Leonardo Nieto, quien llegó a finales de 1959 "por veintiún días, a conocer el lugar donde había muerto Carlos Gardel". Nieto es nacido en Vedia (provincia de Buenos Aires) y tiene sueños tan poderosos que los convierte en realidad. Uno fue quedarse en Medellín y fundar la Casa Gardeliana y otro regalarle a la ciudad la primera estatua del cantor. Se propuso buscar un buen escultor y consiguió a un artista que había conocido a Gardel en el Circo Teatro España, en su presentación del 12 de junio de 1935. La estatua sería fiel a como él lo recordaba: "Bajo y muy en silueta". En cuanto a la sede para su Casa Gardeliana, Nieto la encontró en el barrio Manrique, cerca de una calle a la que llaman, con mucho acierto, Cuesta Abajo.

Los documentos fotográficos de la apertura de la Casa Gardeliana sobre la carrera 45 (hoy Avenida Carlos Gardel) muestran una estatua ligeramente distinta a la que se exhibe hoy. La figura es la misma, pero el monumento de la foto es en granito blanco, no en bronce. Nieto me cuenta que la primera versión fue destruida por accidente en mayo de 1973, en un episodio que, de no ser por la prudencia, hubiese desatado perfectamente un conflicto entre países: "Una noche cualquiera, dos borrachitos se abrazaron a la estatua y la tumbaron y la destruyeron. A las once de la noche recibo yo la llamada en casa de que han destruido la estatua. Cuando llegué, habría pasado una media hora, no había quedado nada: todo el mundo se llevó los pedacitos. Al otro día empiezan las llamadas de Puerto Rico, de Venezuela, todo el mundo preguntando si había sido un atentado. Al siguiente día me llama Lanusse de la Casa de Gobierno, que quería hablar personalmente conmigo: 'Quiero que me diga con toda franqueza qué fue lo que pasó. ¿Fue un atentado?' Y yo: 'No, no pasó nada, simplemente que acá hay pasión por Gardel'. ¡Figurate el lío que yo pude haber armado si fuera fantasioso!".

Cantándole al Mudo

La noche cae y hace un frío incipiente: todo llama a sumar tango con aguardiente. En el centro hay varios lugares para vivir la experiencia, que abarcan todos los estratos. Jaime Jaramillo Panesso afirma que la afición tanguera tiene en Medellín "una variedad social, de conocimiento intelectual pero también pragmático". La cosa puede herir susceptibilidades: un turista se frunció al descubrir que en el sitio al que había ido estaban esas muñecas nocturnas que localmente se conocen como "prepago". ¡Pero el tango que se escucha es bueno! Hay coleccionistas que ponen a sonar sus tesoros discográficos, hay bailarines y cantores y jóvenes bandoneonistas de mucho talento.

El salón Málaga, ubicado en la carrera 51, es uno de los lugares más interesantes porque ha sabido llevar una estética de nostalgia hacia el futuro. Las paredes están repletas de fotos y el aficionado puede quedarse horas reconociendo a sus ídolos: Osvaldo Fresedo, Lucio Demare, Juan de Dios Filiberto..., los mismos que suenan a través de los parlantes para el público local y de Internet para el resto del mundo. El salón ha abierto una página web conectada a la barra, una especie de emisora virtual [www.salonmalaga.com] con programaciones tan arrabaleras como imaginativas. Los lunes, por ejemplo, sólo se oyen discos de 78 revoluciones.

En el subsuelo del Málaga se reúnen semanalmente los cantores de tango de Medellín, que se han asociado para recibir beneficios como clases de perfeccionamiento vocal. Tengo la fortuna de llegar en plena clase y me siento en uno de los pupitres, rodeado por un coro de lo más heterodoxo: voces líricas, voces nasales, voces roncas, voces dramáticas. Cada uno va pasando al lado del piano y tiene que cantar un tango completo. A mi lado, el cantante Hugo Sosa va recitando en voz baja las fichas técnicas de todas las canciones: "Esa es 'Lágrimas de sangre', que cantaba Oscar Larroca con la orquesta de Alfredo De Angelis... Esa es 'Tu corazón', que grabó Carlos Dante, también con la orquesta de Alfredo De Angelis... Esa es 'Las cuarenta'... Esa es 'Mala suerte', que cantaba Ernesto Famá con la orquesta de Francisco Canaro".

Es claro ahora a qué se refería Rodolfo Mederos cuando hablaba del "conocimiento verdadero" de los medellinenses. El 24 de junio de 1935, como sugiere el periodista e historiador Horacio Vázquez-Rial en su libro Las dos muertes de Gardel (2001), el hombre murió para nacer como mito en Medellín. De paso, dejó para los citadinos una marca de fuego que hoy es parte importante de su identidad. Con una radio que pasa al menos tres programas diarios y dos semanales dedicados a la música porteña, el valle cafetero se arrulla en ondas de tango, lo canta como propio, recibe a sus cultores con una generosidad provinciana y sincera, y se preocupa por preservarlo a través de festividades oficiales y constantes conciertos. Sabemos que Aníbal Troilo llenó la Plaza de Toros bajo la lluvia en 1968. Hay otras músicas, claro; de día atacan los parlantes con las canciones de moda, pero en las noches el corazón vuelve a mirar al Sur.

En el subsuelo del salón Málaga continúa la clase de perfeccionamiento vocal. Un alumno pasa, se ubica al lado del piano y se arriesga con "Sus ojos se cerraron". Desde lo alto de una radiola Philips, una foto del Troesma enfundado en su frac pareciera aprobar sonriente la interpretación.


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