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martes, 6 de noviembre de 2012

LA ESTOICA FRAGILIDAD DE CAT POWER: HERIDA PERO ENTERA




LA GATA SOBRE EL TEJADO DE ZINC CALIENTE

 

Por Mariana Enriquez

Nadie era tan triste como ella. Hay que escuchar otra vez What Would The Community Think (1996) o Moon Pix (1998), esa voz flotante, un fantasma sensual, una chica loca cerca de la muerte, romántica y perdida. A la música de Cat Power, en los ’90, se la llamaba sadcore: tristísima y lenta, letanías, guitarras del desierto, un paisaje de desolación. Al mismo tiempo, se hacía famosa por su fragilidad insostenible: shows interrumpidos porque no podía terminar canciones, demasiado alcohol, problemas emocionales, internaciones por episodios psicóticos, timidez patológica, novios-desastre.

Y, lentamente, Cat Power –Chan Marshall, hija de un blusero de Atlanta, Georgia, siempre hermosísima, extraordinaria ahora a los 40– fue cambiando. Despojándose de ese dolor abusivo, de a poco haciéndose fuerte. Hubo un disco muy sólido, You Are Free (2003) menos improvisado –quizá menos atractivo por eso mismo, porque algo del caos de Cat Power es muy bello y es peligroso para ella, ser mejor cuando todo es peor, eso es la desdicha–. En cualquier caso, encontró más fuerza en el soul de Stax, en su lectura del sonido sixties de Memphis, The Greatest (2005): groove depresivo y espíritu de lucha, continuado en Jukebox, los covers de sus héroes –de Joni Mitchell a James Brown, pasando por Highwaymen y Janis Joplin–. Después de un EP que incluía canciones de Otis Reding y The Pogues hubo un silencio. Se enamoró de Giovanni Ribisi, el actor, y se mudó a Los Angeles. Mientras tanto, escribía canciones, pero parecía –y se mostraba– dedicada a su pareja, a la vida familiar con la hija de Ribisi; parecía haber encontrado una suerte de dicha conyugal angelina, al borde de la celebridad chismosa, de la satisfacción rica y aburrida.

 

De pronto, la catástrofe. Giovanni Ribisi decidió terminar la relación. Y, para agregar saña, cuatro meses después de la separación se casó con una modelo británica. Chan Marshall se cortó el pelo –esa señal de cambio y duelo atávica de las mujeres– y se fue a París, a terminar su disco, Sun, el noveno de su carrera, editado hace menos de un mes, muy diferente de todos los anteriores. La separación del famoso y la triste cantante indie llegó a las revistas, parecía que ella no podría manejar esa exposición, que todos los derrumbes emocionales del pasado serían un chiste comparados con el terremoto de este drama. Pero Cat Power lo soportó bien. Increíblemente bien. No se hundió, no se escondió. Aclaró los tantos, eso sí: “No es un disco ‘de separación’. Nos separamos cuando las canciones ya estaban terminadas. Siento que se invalida el disco si es leído en esa clave”. Ahora mismo da entrevistas donde habla del rollo Giovanni, a quien llama “el hombre que amo”, pero no se derrumba. Más bien se burla: dice que no tener el sueño burgués de hijos y casa la liberó, que por fin se consiguió un manager para que la ayude a pagar hipotecas, y que su gran problema es tener más entrañas que cerebro. Toma tequila en bares de Miami, fuma y nadie se asusta, como antes: se la ve divertida, sobrellevando, bah.

 

Y está Sun, el disco nuevo. En la foto de tapa Chan lleva su pelo corto y una expresión mística, una intencional Juana de Arco. Pero las canciones tienen muy poco de dolor y locura y pasión. En todo caso, es una pasión apagada, tenue, en algún sentido similar a sus minimalistas primeros discos, como Myra Lee o Dear Sir. Lo más sorprendente, claro, es que se trata de un disco dominado por los sintetizadores, por las máquinas de ritmo –Sun es un disco de pop electrónico otoñal, mezclado por Philippe Zdar, de los franceses Cassius, incluso vagamente cercano al hip hop que Chan escucha fanáticamente (adora a Mary J. Blige)–. También es una declaración de independencia: no más la reina del indie mínimo y desolado, no más la búsqueda de las raíces sureñas. Sun no es tan hermoso como Moon Pix, un disco compuesto durante una noche de alucinaciones en una casa de Carolina del Sur –que suena como una pesadilla grata y tóxica al mismo tiempo– pero es más gentil: parece que registrara, por primera vez, el mundo a su alrededor, parece que al fin es capaz de salir al sol sin anteojos oscuros. Se atreve a usar el temible autotuning en “Silent Machine” y sale bien. Invita a Iggy Pop para hacer un cameo en la ¡optimista! “Nothing But Time”. Están sus habituales colaboradores Judah Bauer (Jon Spencer Blues Explosion) y Jim White (Dirty Three) pero es ella la que toca todos los instrumentos; en “Manhattan” recibe influencias del feminismo y Brian Eno; en “Sun” envuelve con etéreos sintetizadores su voz intocable y en “Ruin” invita a bailar, puro groove y alguna guitarra. “Es muy diferente de lo que hice antes –dice–, porque a los 40 años, finalmente, tengo ganas de cumplir 42 y 49 y 55 y 68. Quiero dejar de sobrevivir.” Y en Sun no suena como una sobreviviente: suena como una compositora completa, que sabe lo que quiere, una mujer que se encoge de hombros, sigue adelante y puede salir de su cuarto y bailar en la calle, triste pero entera.

 


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