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sábado, 20 de abril de 2013

LA CANTANTE Y COMPOSITORA REGINA SPEKTOR REGRESO A BUENOS AIRES





El sutil arte de la contradicción

 

Cualquiera de las partes de sus canciones, por separado, parecerían poca cosa. Pero juntas configuran pequeños universos perfectos. Durante dos horas y con frío, la artista ruso-neoyorquina cautivó al público.



Por Diego Fischerman

“Azul, el color más humano; labios azules, venas azules; azul, el color de nuestro planeta, desde muy, muy lejos”, canta, aniñada, Regina Spektor. Pero esa ingenuidad en el tono, como los acompañamientos de canción infantil en el piano y los ah ah ah y oh oh oh de las letras son un engaño. O un señuelo. Si una canción es una gran canción cuando letra y música y gesto del artista dicen lo mismo, Spektor conoce el secreto que sostiene a las mejores de ellas. Que la letra, la música y el gesto de la artista (ella) se contradigan. Que cada cosa inquiete a la otra. La torne imprevisible. Y que convierta a la apariencia pop en una densa niebla poblada de significados.

En su nueva presentación en Buenos Aires, la particular intimidad que ella logra a su alrededor, apenas con sonrisas y mohínes, estuvo lejos de resentirse con el paso del teatro a un estadio lleno. El frío que, en el transcurso de la presentación se fue adueñando de la noche, fue algo que unió a la cantante con el público, todos parejamente congelados. El chiste judío de la velada fue cuando, para los bises, Spektor, judía, rusa por nacimiento y neoyorquina por adopción, apareció en escena con un saquito de esos que, por consejo de su madre, toda buena chica lleva por si refresca. El peinado de ama de casa de Nueva Jersey a comienzos de los ’60, ese vestido (“debería haber elegido uno más largo”, bromeó, casi al principio) de inmigrante en domingo, sus grandes ojos azorados, todo forma parte de la trampa. Y de ella se vale para empezar cada canción de una manera para seguir de otra, para recurrir, como quien pone un cuchillo frío sobre la piel caliente, a los tonos inesperadamente oscuros de su voz, para cantar cosas como “Allá en el bronxiano Bronx/ los chicos van deslizándose en los trineos/ por las pendientes cubiertas de nieve/ y con las narices y los dedos de los pies helados/ la helada ciudad empieza a brillar/ y sí, saben que se va a derretir/ y sí, saben que Nueva York va a deshelarse/ pero si sos alguna clase de amigo entonces jugá con ellos/ y resfriate/ Ne me quitte pas mon cher/ Ne me quitte pas/ amo a París en la lluvia”.

 


El principio fue con una canción a capella, casi un spiritual, “Ain’t no cover”, que no figura en ninguno de sus discos de estudio sino en un EP en vivo de 2005 llamado Live at Bull Moose. Luego vino “The calculation” (del disco Far), “On the radio” (de Begin to hope) y “Small town moon” (del ultimo disco, What we saw from the cheap seats). Algunas canciones extraordinarias, a las que se sumaron “Hope”, “Blue Lips” y “Molitva”, o “La balada de François Villon”, que cantó en ruso. El acompañamiento instrumental resulta mínimo y aparece comandado por su piano, donde más allá de un peso en la mano izquierda que delata algo de una formación clásica, y de ciertos acordes sorpresivos, todo transcurre en el universo que podría estar contenido en el libro de ejercicios de una joven estudiante. Una percusión sumamente eficaz, un cello que apenas en algún momento toma el papel melódico y se desprende de la función del bajo, y un órgano eléctrico que se limita a seguir la secuencias de acordes, renuncian explícitamente a cualquier cosa que se aleje de la sencillez extrema. El centro de las canciones de Spektor está puesto exactamente en esa tensión entre la puerilidad aparente y otra cosa que sólo se revela en el transcurso mismo. Sus canciones, en todo caso, no son ninguna de las partes que la constituyen sino la extraña contradicción que se produce entre ellas y, desde ya, esa estructura cristalina, casi mágica, donde nada está exactamente en el lugar en el que se lo hubiera imaginado de antemano. El cambio de registros, de una octava a la otra, los frenos repentinos, las secciones que tornan asimétricas a estrofas que parecen sacadas, casi (pero casi es la palabra fundamental en este caso) de rondas de niños, son algunas de las sorpresas que pueblan estos pequeños universos impredecibles. Antecedida por Jack Dishel, quien cantó acompañado por una guitarra y por un I-Pod que colocó sobre una silla, y también subió durante su show para interpretar con ella “Call Them Brothers”, Spektor sostuvo una presentación de dos horas sin otra arma que sus pequeñas y sorprendentes canciones, incluyendo algunas joyas como “Small Town Moon” y “Open” y, ya en los bises, “Fidelity”, “Hotel Song”, que debió empezar de nuevo por un desentendimiento con el tecladista, y “Sanson”.

 

REGINA SPEKTOR

Regina Spektor: canto y piano. Matthias Kunzli: percusión. Yoed Nir: cello. Brad Whiteley: teclados. Artista invitado: Jack Dishel.


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