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martes, 17 de abril de 2012

MARIA ESTELA MONTI: Mis nuevos aires queridos.




¿Para dónde va el tango? ¿Va para algún lado? ¿Se puede revisitar el pasado sin entrar al museo? ¿Se puede llevarlo hacia adelante con algo más que jeans y zapatillas? María Estela Monti responde todas las preguntas sin responder ninguna: con un disco doble en el que reparte una selección de viejas glorias sanamente caótica y nuevas canciones de nuevos compositores. Y si le insisten con cómo renovar el tango, contesta: Elis Regina, Joni Mitchell, Nancy LaMott.

 Por Mariano del Mazo

¿El tango es el género más olvidado? ¿O, todo lo contrario, el más saludable? ¿Por qué circulan mes a mes decenas y decenas de discos de tango? ¿De dónde salen tantos compositores, cantantes e instrumentistas? ¿Hay público? ¿Hay público argentino? ¿Qué tango hay que cantar? ¿Existe el nuevo tango? ¿Habrá que hablar de Facebook o profundizar, como dice amargamente un crítico, “la estética del medio melón en la cabeza”? El tango se muerde la cola y, endogámico como es, se mata a preguntas.
Pasan las décadas y no hay caso: no fluye como mera música; choca contra el blindaje ideológico que encierra palabras demasiado espesas como “identidad” y que derivó en la temeraria declaración de Patrimonio de la Humanidad. Algo así, tan marmóreo, expulsa. Nada grave: finalmente, lo peor que puede ocurrir con el tango es que siga el derrotero de la ópera, un género de origen popular reformulado elitista con el transcurso de los siglos. En tanto, como un secreto o un código, Buenos Aires es testigo de un tránsito subterráneo y fervoroso de artistas que se movilizan obstinadamente alrededor del género desde la evocación o la innovación, desde la ironía o la cita, con pisos de calidad que alguna vez serán evocados con nostalgia. Los augurios pesimistas (ya hacia 1920 la revista Caras y Caretas hablaba de la muerte del tango...) suenan insultantes para esa gente.
María Estela Monti se metió tal vez sin buscarlo decididamente en uno de los aspectos de esta encrucijada cruzada por paradojas. Sacó un álbum doble titulado Tango de dos siglos: el primer disco, Siglo XX, parte de la experimentación y la libertad jazzística de Nicolás Guershberg (director de La Camorra, arreglador de Escalandrum) para llegar a clásicos como “Fruta amarga”, “Garúa”, “Volvió una noche”, “El corazón al Sur”; el segundo, Siglo XXI, tiene una dirección musical compartida entre Guerschberg, Armando de la Vega y Alejandro Manzoni y la singularidad de que se trata de un repertorio nuevo.
Es el cuarto disco de la cantante y la decisión de que sea doble sugiere una intención: poner blanco sobre negro el pasado glorioso –que suele funcionar como un piano sobre la cabeza de cualquier intento de novedad– y el presente. “Rodolfo Mederos dice que el tango es una lengua muerta. Yo no lo creo. En todo caso, al tango lo están matando los tangueros. Hay todo un costado vetusto, lleno de clichés, que habría que desterrar. Yo tengo mi propia mirada, que tiene que ver con un estilo interpretativo menos gritado, menos llorón. En los arreglos lo único que les pido a los chicos es que le falten el respeto al tango, que para eso está. Mi parámetro viene de otras músicas, de Elis Regina, de Joni Mitchell.”
Monti dice que eso que llama “mirada propia” no proviene de un proceso intelectual sino de una premisa un tanto más prosaica: “Me gusta hacer lo que se me canta”. Tal vez se note en la caótica elección del disco 1, el de temas conocidos: no hay criterio que agrupe esas canciones más allá del deseo de hacerlas. Ahí aparece, como sapo de otro pozo, “El loco Antonio” de Alfredo Zitarrosa, a los codazos con “Sueño de juventud” (Enrique Santos Discépolo) o la bellísima “Después”, de la misma dupla compositiva de “Fruta amarga”: Hugo Gutiérrez y Homero Manzi. Lo que sorprende de este Siglo XX es el piano de Nicolás Guerschberg: un romanticismo que logra sortear el lugar común de tangos transitadísimos como “Garúa” o “Niebla del Riachuelo” a través de arreglos que encuentran precisamente en “Después” su instancia más audaz, deudores del jazz y de los Postangos de Gerardo Gandini.
Siglo XXI intenta lo que en tiempos de mp3 por celular parece una utopía: imponer nuevas canciones. Hay decenas de discos de tangos nuevos olímpicamente ignorados. Aquí destaca la factura de varias canciones, sobre todo las escritas por Raimundo Rosales. El poeta se luce en “División de bienes” (música de Héctor Dengis) y en “Milonga de los arroyos” (música de Marcelo Saraceni). “Rosales, y también Alejandro Szwarcman, son mis poetas de cabecera. El segundo disco empieza con ‘División de bienes’ porque me pareció importante que la temática sea bien de este siglo. Es decir: renovar el tango no pasa por escribir sobre Internet o por cantar en jean. El tema del divorcio casi no fue tratado.”
Monti trabaja además en el Sindicato Argentino de Músicos (Sadem) con dos objetivos: defender los espacios de trabajo y lograr que ningún músico deba pagar para tocar. “Los chicos del rock, sobre todo, actúan en condiciones miserables. No puede ser.” Da clases de canto en el sindicato y particulares. “Enseño a tener en cuenta los silencios, manejar el énfasis, respetar la melodía. Parece fácil, pero no lo es. Y menos en el tango. En el jazz todo está permitido, el tango tiene una densidad que... ¡mama mía! Creo que hay que olvidarse un poco del tango... para cantar tango. Cuando me quedo sin palabras, a mis alumnos les digo que escuchen un disco: Come Rain, Come Shine, de Nancy LaMott. Es un álbum con todas canciones de Johnny Mercer.”
Curioso: mientras el tango se mata a preguntas, María Estela Monti –50 años, autodefinida “una border”– responde con un disco. Un disco que ni siquiera es el propio, un disco que ni siquiera es de tango. Un único disco: Come Rain, Come Shine, de Nancy LaMott. “Ahí está todo. ¿Para qué hablar tanto? Mejor escuchar. En algunas disquerías todavía se consigue.”

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