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miércoles, 4 de abril de 2012

MADONNA: MDNA SU DUODECIMO DISCO.



Aunque la cantante se aferre demasiado al truco de poner al día su pasado glorioso con una mirada rápida al estado del dancefloor global, lo cierto es que todavía les pasa el trapo a todas las aspirantes al trono de Reina del Pop.

Por Roque Casciero

En 1998, Madonna cumplió 40 años y publicó su mejor disco, Ray of Light, que supuso una reinvención para la Reina del Pop y también sentó la base de lo que sería su obra durante la década siguiente. El productor de ese álbum, William Orbit, fue llamado para colaborar en el flamante MDNA, lo mismo que el francés Martin Solveig. El mensaje parece claro: una puesta al día del pasado glorioso (apoyada en numerosas citas, desde el rezo inicial en “Girl Gone Wild”) y una mirada al presente del dancefloor (a propósito del título, el éxtasis es noticia de ayer). Nada novedoso en Maddie, por supuesto. Y en ese terreno uno empieza a encontrarse con escollos: el disco en sí no ofrece demasiadas sorpresas. Y aunque le pasa el trapo a la mayoría de las aspirantes al trono, también da la sensación de cálculo extremo, como si cada gancho, cada invitado (las raperas M.I.A. y Nicki Minaj, por caso) o cada frase respondieran a un estudio de mercado.

Se supone que éste es el “disco de divorcio” de Madonna, ése en el que prende el ventilador contra su ex, Guy Ritchie, y deja entrever sus propios sentimientos (“Levántate, ex esposa/ ésta es tu vida”, canta en “I Don’t Give A”, de lo más logrado del álbum), pero no se puede dejar de pensar en que la Ciccone alguna vez se autoproclamó como “chica material”. Entonces, ¿cuánto de genuino tiene esta supuesta “apertura” si se piensa que el disco abre un contrato multimillonario y la Reina tiene la obligación de seguir ostentando su corona? Por otro lado, ¿hace falta que esta señora de 53 años siga refiriéndose a sí misma como “girl”? ¿No recuerda demasiado a las abuelas que mencionan a “las chicas” para hablar de sus coetáneas? Si a eso se le agrega que el disco cuenta con el peor single de la cantante desde “La isla bonita” (“Give Me All your Lovin’”: “L-U-V, Madonna/ Y-O-U, you wanna!”, como para la generación Glee) y que buscar letras brillantes en un disco de la Ciccone equivale a rastrear influencias tecno en la obra de La Renga, se llegará a la conclusión de que los “problemas” del álbum son bastantes.

Pero eso tampoco es nuevo si se trata de la Reina del Pop: incluso Ray of Light presentaba varios “escollos”. Y, sin embargo, una vez más la señora sale adelante con su rubia ambición: aunque desparejo, MDNA se sostiene por sus mejores momentos (el cierre con las bellas baladas “Masterpiece” y “Falling Free”, el uso del material tarantinesco como el de su ex para pegarle en “Gang Bang”) y porque, de algún modo, la reescritura de sus propios hits (“I’m a Sinner” no está mal, pero es básicamente “Ray of Light” travestido) no hacen tanto ruido cuando se trata de ella. Lejos de haber pegado un volantazo como el de 1998, Madonna se aferra precisamente a la fórmula que puso en práctica desde entonces. Y aunque eso se le note mucho más que el paso de los años, todavía le da buenos resultados.


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