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jueves, 5 de abril de 2012

FOO FIGHTERS CERRO LA PRIMERA JORNADA DEL QUILMES ROCK EN BUENOS AIRES.




Apología de lo simple y directo

 

La banda liderada por el ex Nirvana Dave Grohl no parece tener conflictos consigo misma, por eso disfruta y se divierte en el escenario y hace que cada canción suene como si fuera la última de la noche. También tocaron MGMT, Band of Horses, Crosses y Joan Jett.

 Por Leonardo Ferri

En su gran abanico de posibilidades, el rock puede ser más o menos elaborado, o más o menos simple, y aun así seguir siendo rock. Entre el rudimentario encanto del punk y la compleja armonía sonora del rock sinfónico o del rock progresivo, poco nuevo queda por hacer, y quizá sea suficiente con darse por satisfecho cuando eso que suena sobre el escenario está bien hecho. Luego de haber transitado diferentes alternativas y matices dentro de una misma propuesta sonora –discos que fueron exorcizantes, clásicos, experimentales, pretenciosos, desparejos o reveladores–, Foo Fighters parece haber elegido el camino de lo seguro, entendido esto no como una manera de repetir una fórmula de eficacia comprobada, sino como una forma de autocrítica que le permitió concentrarse en hacer lo que mejor le sale. Dicho de otra manera, Wasting Light –su último disco, a 16 años del primero– es una apología de la simpleza y lo directo, y es ése el mismo concepto que la banda de Dave Grohl mostró el martes, en la noche inaugural del Quilmes Rock.

Que en medio de tantas visitas de reciclaje una banda llegue en su momento de mayor popularidad no es un dato menor, como tampoco lo es que el estadio de River haya estado a medio llenar. ¿Habrá sido la sobreoferta de conciertos lo que perjudicó la venta? ¿O la grilla de bandas? ¿O que el público se cansó de pagar altos precios de entradas para ver shows con problemas de sonido y sin siquiera tener baños químicos en el campo? Sea cual fuere el motivo, lo cierto es que Foo Fighters tocó con la misma sangre e intensidad de siempre, y no defraudó en absoluto a sus fans. La simpleza antes mencionada se traduce en una banda sin conflictos consigo misma, que disfruta y se divierte en el escenario y hace que cada canción suene como si fuera la última de la noche. Mientras que ninguna madre querría ver a su hija en manos de (por ejemplo) un Mötley Crüe, Grohl encarna al rockero buen tipo y sano, al frontman carismático que cumple su papel de líder de masas a la perfección: aun con muchos clichés, cada gesto, cada ida y vuelta con la gente se convierte en un motivo de celebración. El bueno de Dave tiene, ante todo, mucho cerebro.

Más atrás, aunque no oculto tras su batería, está Taylor Hawkins, el responsable del otro 50 por ciento de intensidad de la banda. Si las máquinas de ritmos no fallan, Taylor tampoco: su golpe no decae jamás, ni siquiera después de más de dos horas y media de show. Y aunque gran parte de la responsabilidad de llevar adelante el concierto recaiga en la parte central del escenario, el resto de los músicos tiene espacio para el lucimiento personal, y dar la sensación de que Foo Fighters es una banda. Desde el comienzo con “Bridge Burning” y “Rope”, el bajista Nate Mendel (el único estable junto a Grohl en los 17 años de historia del grupo) deja en claro que lo suyo es ser funcional a la música, al igual que los guitarristas Chris Shifflet y Pat Smear, que aportan diferentes dosis de armonías y distorsión. Esa sumatoria de individualidades da sus mejores frutos en canciones redondas como “The Pretender”, “Learn to Fly”, “Arlandria”, “This is a Call” o “All my Life”. El resto de las canciones se vieron expuestas a la dispersión, dada la costumbre de la banda de zapar y hacer variaciones en torno a cada una de ellas, un recurso que, de tan repetitivo, termina por cansar.

Dentro de la sencillez planteada como premisa –ser una banda de rock que toca canciones, sin una gran puesta en escena–, es un punto a favor que Foo Fighters pueda armar un setlist completo sólo con hits, incluido algún jugueteo (¿innecesario?) con “Rockaway Beach”, de Ramones; “Feel Good Hit of the Summer”, de Queens of the Stone Age, e “In the Flesh”, de Pink Floyd. Quizás el caso más justificado haya sido “Bad Reputation”, con Joan Jett como invitada. Pero, ¿quién puede evitar saltar o mover el piecito con canciones como “Breakout”, “Walk”, “Monkey Wrench”, “Best of You” y “Everlong”? Esa es la apuesta de Grohl y compañía: impactar, aplastar y sacudir, sin sutilezas ni sentimentalismos. Y a juzgar por cómo les va, se puede decir que les funciona perfecto.

Mucho antes de Foo Fighters, cuando todavía el día implicaba tener en alto un sol bastante más fuerte que el típico del otoño, Crosses (o el seudónimo de una banda que no tiene nombre, sino tres símbolos con forma de cruz) irrumpió en escena con su propuesta intensa y asfixiante, conformada por Chino Moreno como cantante, bajo, guitarra, programaciones y... ¡dos baterías! Con claras influencias de Nine Inch Nails y el metal de los noventa, Crosses mostró en vivo las canciones de sus dos EP editados (llamados 1 y 2), que exponen más matices y melodías que Deftones (el proyecto principal de Moreno), aunque eso no signifique un gran salto estilístico. Un rato antes –y durante escasos veinte minutos– Joan Jett and The Blackhearts había dado una muestra de que poco más de un metro y medio de estatura y una guitarra por las rodillas son suficientes para dar cátedra de onda y actitud arriba de un escenario. Hits inoxidables como “Bad Reputation”, “Cherry Bomb”, “I Hate Myself for Lovin’ You” y “I Love Rock’ n’roll” dieron cuenta de que el paso del tiempo corre para algunas personas, pero no para las canciones. Y quedó gusto a poco.

Sí se sintió la diferencia cuando Band of Horses subió al escenario. La propuesta de country-pop-rock americano ofrecida por esta banda de Seattle no hizo más que entretener con sus canciones digeribles, pegadizas y casi infantiles. Sorpresa: a esos temas que parecen pensados para musicalizar cualquier comedia romántica de factoría hollywoodense se le sumaron algunos agregados de hammond y moog bien bluseros y otros power chords con reminiscencias grunge que bien se explican con el origen geográfico de la banda. Esas canciones y el sentimiento –y la cara de sorpresa del cantante Ben Bridwell por estar tocando en un estadio tan grande– justificaron su visita y dejaron ganas de verlos en algún ámbito que combine mejor con su música.

MGMT fue la última banda que formaba parte de este festival en el que casi todos fueron a ver a Foo Fighters, y fue quizá en la que más se notó eso de ser “sapo de otro pozo”. Es probable que MGMT sea la banda ideal para animar una tarde en la playa (de hecho, en su visita anterior al país tocaron en Mar del Plata), pero su propuesta flashera, psicodélica y bastante colgada no es muy apta para festivales donde hay un plato fuerte tan marcado y donde tampoco hay lugar para armar la puesta en escena que de seguro merecían y que hubiera acompañado mejor sus canciones. Con sólo dos pantallas que los acompañaban desde los costados con animaciones que deben haber sido muy efectivas para los que miraban bajo efectos de algún alucinógeno, el grupo formado por Andrew VanWyngarden y Ben Goldwasser se mostró lúdico y predispuesto, aun con un público que por momentos permaneció indiferente. En esta ocasión, el sonido más esperado no era el de un sintetizador loco, sino el de una guitarra distorsionada.

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