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miércoles, 21 de marzo de 2012

SINEAD O’CONNOR, DOLOR, FELICIDAD Y DIOS: 20 AÑOS NO ES NADA





Hombres necios que acusáis

 

 Cuando grabó una canción de Prince mirando a cámara, rapada, sola y con dos lágrimas finales, el mundo la convirtió en una estrella. Cuando, poco después, rompió una foto del Papa en cámara, la cosa se complicó y nada volvió a ser igual. Aunque muchos le perdieron la pista, y ella hizo mucho para que así fuera, el talento rara vez abandonó a Sinéad O’Connor. Y ahora, 20 años después de aquella cima desde la que se precipitó, edita un disco sobre el matrimonio y las posibilidades de la felicidad.


Por  Micaela Ortelli 

Pongamos la excusa de la efeméride y vayamos directo al año ’92. Para entonces, Sinéad O’Connor había sacado tres discos y se había hecho famosa en todo el mundo gracias a –entre otras cosas– su versión de “Nothing Compares 2 U”, el tema que terminó de hacer rico a Prince. Entonces, año ’92, Bob Dylan cumplía 30 años en la música y lo homenajeaban en el Madison Square Garden. Varios artistas se presentaban para hacer alguno de sus temas, de lo que luego surgiría el álbum The 30th Anniversary Concert Celebration. “Me enorgullece presentar a la próxima invitada, cuyo nombre se convirtió en sinónimo de coraje e integridad”, dijo Kris Kristofferson cuando Sinéad –flaquísima, rapada a cero, hermosa– salió al escenario. El público estadounidense no opinaba lo mismo. Era esa irlandesa hereje la que, semanas atrás, había roto la foto del Papa ante la cámara en Saturday Night Live, uno de los late shows más vistos de ahora y de siempre. Años después tendrían que agachar la cabeza: el Vaticano sabía de los casos de abuso sexual infantil por parte de sus curas y nunca había abierto la boca. Eso en su país se conoció antes, aunque tampoco allí le perdonaron fácilmente el exabrupto.

Al principio, el abucheo se confundió entre gritos y aplausos (había quienes aplaudían también), pero mientras arriba del escenario se preparaban para hacer “I Believe in you”, estaba clarísimo: la odiaban. Ella se quedó inmóvil –la más digna de las Magdalenas–, los brazos cruzados en la espalda y la mirada fija en el público que la apedreaba. Kristofferson se acercó y le habló al oído; dijo algo así como “no dejes que estos boludos te pongan mal”. Su respuesta se oye perfecto: “No estoy mal”. Entonces hizo callar a los músicos, se sacó los audífonos y cantó a capella lo mismo que aquella noche en televisión: “War”, de Bob Marley. “Hasta que la filosofía, que pone una raza por encima de otra, sea para siempre desacreditada y abandonada, en todos lados hay guerra”, gritó y los miró desafiante. Después sí, les dio lo que querían: se fue llorando y se abrazó con Kristofferson. Veinte años después, esos cuatro encrespantes minutos de filmación todavía la representan, porque en ese video está casi todo: la voz, las convicciones, la locura, la sensibilidad.

Es que, con el tiempo, Sinéad pareciera haberse iconizado. Mencionarla activa una memoria visual que, en principio, tiene dos paradas imborrables: aquel videoclip que la muestra en primer plano (¿cómo olvidar esas dos lágrimas?) y el famoso episodio en SNL (para muchos, poco menos que un suicidio). Quizá por tratarse de momentos tan condensadores y significativos, lo que vino después pasó más o menos desapercibido. Al menos lo referido a su música porque, claro, de todo lo demás –matrimonios fallidos, delirios místicos, intentos de suicido también fallidos y gordura (¿es realmente algo tan asombroso que los famosos engorden con los años?)– nunca se dejó de hablar. Pero algo pasó recientemente: un nuevo álbum, tan simple, agradable y poco pretencioso que ni el más emperrado chimentero puede empañar la buena nueva. En How about I Be me (And you Be you)? (¿Qué tal si yo soy yo (y vos sos vos)?), Sinéad es la misma de siempre –intensa, confesional, crítica, conmovedora–, pero con la entrega y la determinación de los primeros discos.

Porque hubo un momento, durante la primera mitad de los ’90, en el que había, por un lado, un personaje que daba letra sin parar a los tabloides; y por otro, una artista sin todavía suficiente obra –ni edad– como para impedir que se la vendiera como una estrella loca y fugaz. Todo empezó en el ’87, con The Lion and the Cobra, álbum que produjo ella misma, a los veinte años, embarazada del que entonces era su baterista de estudio y después productor, John Reynolds. A todo esto, ya había tenido sus roces con la discográfica: le pidieron que abortara, que se dejara crecer el pelo (tenía cresta en ese momento) y que usara minifaldas. Ella tuvo al hijo, se rapó y salía a cantar de jeans gigantes y top. Hasta acá, nada más que una jovencita rebelde y con una gran voz entre otras cantautoras que se abrían camino o se consolidaban en el momento. El gran salto se da en 1990 con I Do not Want what I Haven’t Got que, además de incluir ese cover inmortal, es un disco maravilloso (“I am Stretched on your Grave” y “The Last Day of our Acquaintance” son canciones entrañables), y resultó uno de los más vendidos del año a nivel mundial (con todo lo que eso implica). Pero Sinéad estaba creciendo y los principios se asentaban cada vez más. Lo de rechazar las nominaciones a los Grammy “porque la industria musical es materialista”, o negarse a tocar en un concierto en Nueva Jersey si antes pasaban el himno nacional (a lo que un muy correcto Frank Sinatra amenazó con “pegarle una patada en el culo”), fueron simples pataleos contestatarios; pero frente a las denuncias por pedofilia en las iglesias y las así llamadas guerras religiosas no pudo hacerse la distraída. Entonces pasó lo que pasó en televisión. En el backstage pidió que le hicieran un primer plano al finalizar la canción porque iba a mostrar la foto de un chico desnutrido; la imagen terminó siendo la del Papa, y el resto, bueno, lo saben todos: en la escena más rockera de los últimos tiempos, no aturdía un solo de guitarra sino un silencio total.
 


 “Muchos dicen que destruí mi carrera al romper la foto del Papa. Pero yo podría cantar en la calle y juntar lo suficiente para sobrevivir. No necesito millones de dólares. Por eso lo hice: sabía que tenía suficiente dinero y que no necesitaba casarme con un tipo con el pito chico para pagar las cuentas. Y para mí eso es ser exitosa.”
 

Es que todo lo que estaba sucediendo en el momento le tocaba nervios demasiado sensibles. Primero estaba su propia religiosidad: Sinéad es una creyente apasionada en Jesús y la Santísima Trinidad, y está convencida de que hay que salvar a la Iglesia de los “demonios” que dicen representar a Cristo. Y después, la memoria del maltrato que sufrió de chica. Según contó en todas partes, la madre la golpeaba, la agredía verbalmente y hasta la incitaba a robar. En una carta abierta (descarnada, más bien) publicada en el Irish Times en el ’93, pedía por favor a los medios que dejaran de lastimarla, que cargaba con mucho dolor por los efectos de la violencia en su vida, y que necesitaba liberarlo para que no se volviera autodestructivo: “Sólo cuando pueda espantar las voces de mis padres y adquirir un mínimo de autoestima, voy a poder cantar realmente”. Cantar para borrar el dolor, para sanar, fue lo único que le interesó siempre a Sinéad O’Connor, no lo que pasara después con el disco en la calle. Y aunque nunca faltan los escépticos (la película del art pour l’art ya la vimos), o los del discurso de que “ser controvertido” garpa, lo cierto es que no sólo ninguno de sus discos posteriores fue tan exitoso como el segundo sino que ella misma se encargó de hacer siempre todo lo contrario para que sí lo fueran.

El tercer disco, Am I not your Girl?, de 1992 –el que podría haber compensado la atención puesta en sus arrebatos ideológicos del momento–, fue un rejunte de covers algo disparatado que turbó las expectativas de la mayoría. En ese momento amenazó con retirarse –y no era la primera vez que lo hacía–, pero volvió en el ’94 con Universal Mother, al que la prensa también le pasó más bien de largo entre más declaraciones, separaciones, nuevo embarazo y supuesto intento de suicidio. Le siguió un período de inactividad, aunque no libre de momentos Sinéad, como hacer de la Virgen María en una película (The Butcher Boy, de Neil Jordan), convertirse en sacerdotisa de una iglesia católica independiente, o declararse lesbiana (y después desdecirse). Regresó recién en 2000 con Faith and Courage, que produjeron Brian Eno y Wyclef Jean, entre otros, y que estuvo a la altura compositiva de I Do not Want..., aunque es más místico y sofisticado que aquél. Este álbum cierra la etapa más pop y accesible de su carrera. De las rarezas que vinieron después, prácticamente no se tuvo noticias: un álbum de folk tradicional irlandés, Sean-Nos Nua, de 2002; otro de reggae clásico, Throw your Arms, de 2005; y un tercero (doble) inspirado en el Antiguo Testamento, Theology, de 2007.

Es probable que, hasta acá, muchos fans de las primeras épocas se hayan quedado en el camino, que le hayan perdido el rastro a mediados de los ’90, o que ni siquiera hayan pasado del segundo disco. “Muchos dicen que destruí mi carrera al romper la foto del Papa”, dijo en una entrevista con The Guardian hace poco. “Pero yo defino el éxito de otro modo en este negocio desalmado. Yo podría cantar en la calle y juntar lo suficiente para sobrevivir. No necesito millones de dólares. Por eso lo hice: sabía que tenía suficiente dinero y que no necesitaba casarme con un tipo con el pito chico para pagar las cuentas. Y para mí eso es ser exitosa.” Pero hay algo más: la pregunta por el lugar del artista, que Sinéad responde –como todo– a su manera: “El artista siempre fue el vocero de su gente. Ahora alimentamos la superficialidad de MTV, enseñándoles a los jóvenes a soñar con bienes materiales. Te diré lo que es un verdadero V.I.P. Es un rostro que nunca fue ni será besado”, canta en “V.I.P.”, el cierre de protesta de How about... El artista exitoso no es el que sacude más Grammy, según Sinéad, sino el que tiene las agallas como para comprometerse política y espiritualmente: “Es muy difícil cantar con el pito de alguien en la boca”.

Pero ella se puede quedar tranquila porque el día de mañana va a saber, y sus nietos van a saber, que fue una artista que no miró para el costado, que habló de lo que molestaba y tomó partido. Porque el artista es el apoyo espiritual que necesitan las naciones moralmente corrompidas (y cómo lo estarán si el propio Vaticano le miente a Dios en la cara. ¿O acaso el Papa y sus ministros no creen en un Dios que todo lo ve?). Todo eso lo dice en cuanto espacio tenga para hablar –columnas de diarios, entrevistas, Twitter, blogs–, exposición que refritan después los periodistas para seguir diciendo que está loca. Y ella no entiende. Si todos creen que está loca, ¿por qué en lugar de ayudarla la lastiman? “¡Todos dicen que necesito ayuda, pero nadie viene a ayudarme!”

En definitiva, lo sorpresivo del nuevo álbum no es la noticia de su lanzamiento después de casi cinco años sin novedades de Sinéad O’Connor, más allá de cartas abiertas al Papa, búsqueda –fructífera– de novio online (casamiento en Las Vegas, separación a los quince días y reconciliación incluidos) y pedidos de ayuda psiquiátrica a través de Twitter. Tampoco el reencuentro con la Sinéad clásica, con su voz y pluma intactas. Lo verdaderamente sorprendente es que se trate de un álbum alegre, con sus momentos de bajón y berrinche (pierde el pelo, pero no las mañas), aunque, en general, optimista. Sinéad quiere ponerse linda para su chico, fantasea con un amor prohibido, y deja atrás un pasado gris: “El lobo se casa y nunca volverá a llorar. Tu sonrisa me hace sonreír, tu risa me hace reír. Tu alegría me da alegría, tu esperanza me da esperanza”, canta en “The Wolf is Getting Married”, el primer single del disco, que ya tiene videoclip. Allí, en una habitación vacía, hay una mujer sentada en una silla, cubierta de pies a cabeza en encaje blanco. De a poco, el tejido se va deshilachando y deja ver la piel blanca, dibujada, de alguien que, pareciera, ya cicatrizó las heridas.


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