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martes, 7 de junio de 2011

BETTINOTTI-FERNANDEZ Y SU NUEVO DISCO FUMIGANDONOS











Aunque empezaron tocando juntos en una banda de rock, finalmente constituyeron un dúo tanguero que ya lleva publicados seis álbumes. Y aseguran que el más reciente “está centrado en la manera en que te pegan personalmente las injusticias”.


Por Cristian Vitale

El vínculo empezó vertical y derivó horizontal: Alejandro Bettinotti enseñaba música en la escuela municipal 7 de Palermo, y Hernán Fernández no era más que un alumno regular. El maestro, además, cantaba y tocaba la guitarra en una banda de rock llamada Señores Monos, y el aprendiz le ponía mucha onda al bajo. Faltó que el bajista de los monos se fuera para que Bettinotti “horizontalizara” la relación: llamó a Fernández, Fernández se le pegó y, tras una efímera existencia rockera, la banda derivó en dúo. “Mutó”, sentencia el hombre calvo de inconfundible apellido italiano. “A partir de ese momento le pusimos fueyes y poesía tanguera al rock, y nos fuimos quedando los dos solos.” Era 2001 y, ya como dúo, el foco de las primeras giras por los bares porteños estuvo puesto en una nueva especie de fusión entre tango y rock. No a la manera del experimento de Alas ni a los acercamientos, más lejanos en el tiempo aún, de Almendra e Invisible, sino a la manera de Bettinotti y Fernández. “No sé, el rock de hoy está padeciendo la del tango en los ’60. No era así cuando bandas como Invisible intentaron la fusión”, sostiene Fernández.

–Otro más que opina que el rock está en decadencia...

Hernán Fernández: –Se institucionalizó, digamos.

El primer mojón para el afianzamiento “tanguero” del dúo llegó en 2003. Invitados por la Cancillería argentina, ex maestro y ex alumno encararon un viaje a Barcelona para mostrar lo suyo en el festival Argentina Nueva Mente. El don y contradón música-aplausos con los españoles fue tal que no sólo sorprendieron en el festival, sino que fueron contratados sobre la marcha para hacer una gira por Andalucía y varios de sus pueblos satélites. “Volvimos insuflados por esa recepción... Pensábamos que si hacíamos nuestros temas nos iban a tirar de todo, porque uno cree que en otros países la gente quiere escuchar versiones de los clásicos, pero la cosa fue al revés: después de recrear a Piazzolla, Troilo y Gardel nos pedían bises con nuestros temas. Entonces dijimos: ‘Hagamos lo nuestro y el resto dejémoslo para escuchar en casa’”, reseña Bettinotti.

El resultado fue que a un primer disco determinado por una impronta gardeliana (Los porteños de Gardel, 2004), le siguió un derrotero prolífico de discos enmarcados en una tendencia ascendente de irreverencias tangueras: Tangolpeados (2005), Rezongando rezongar (2007), El hombre muere del hombre (2008), Matemos al televisor (2009), y el reciente Fumigándonos, un trabajo basado en crónicas urbanas con el eje puesto en las injusticias cotidianas y una construcción musical que, pese a su esencia tanguera, no se ciñe estrictamente a su ABC instrumental. “Respetamos mucho lo que la canción demanda, si demanda una trompeta la incorporamos, si no es a guitarra pelada”, define Bettinotti. “Y si hay que poner un didgeridoo lo metemos, aunque no tengamos nada que ver con la música australiana”, se ríe Fernández.

–Más allá de este intento de flexibilidad instrumental, los temas del dúo están unidos por una impronta muy porteña: captan y traducen a música la atmósfera de esta ciudad, sin dudas.

Alejandro Bettinotti: –Sí, pero no fue algo buscado. Y nos permitimos muchas mixturas. Creemos que lo que hacemos es una expresión de hoy con mucho elemento tanguero, ciudadano y rioplatense.

–Con letras jugadas y viscerales que en general enfocan a problemáticas sociales, algo no muy usual en el tango histórico.

A. B.: –Son miradas urbanas. Veo las plazas públicas que se van cercando con rejas y ese hecho me genera incomodidad, no me gusta, es como una injusticia sobre mi persona. Me invade y en algún momento me sale escribir sobre eso. No es algo pensado previamente, me surge naturalmente. El caso de Fumigándonos fue así: estaba en un bar con una amiga ecologista que me contó un hecho concreto de Ituzaingó, un pueblo de Córdoba donde un chico subido a un árbol entró a la casa con los ojos caídos a causa del glifosato. Eso me afectó muchísimo y, cuando llegué a casa, escribí el tema.

–Y le sirvió de matriz conceptual para nombrar el disco, de paso...

A. B.: –Sí, porque Fumigándonos es un disco centrado en la manera en que te pegan personalmente las injusticias: “El grito del coyote”, “Gatillo fácil”, “Insectos”...

–Dada la impresión que tienen sobre el género, ¿piensan que desde el rock ya no se puede dar respuestas estéticas a este tipo de problemáticas?

A. B.: –No podría dar una respuesta generalizada, pero en nuestro caso nos hemos nutrido de un rock poéticamente tanguero que no es fácil detectar hoy.

–¿Manal?

H. F.: –Y Charly, Spinetta y Fito.

A. B.: –Y el tango como una herencia colateral, inevitable. Los rockeros argentinos, por más que hayan negado al tango en algún momento, llevan inevitablemente su impronta.

–De todas formas, el tango era más cerrado al rock que al revés. Recién en los últimos años se está “abriendo”...

A. B.: –Claro, porque es un espacio de expresión mucho más libre, mientras que el tango obedece más a una estructura.

–Con sus excepciones: Alchourrón, Mederos, Binelli o Mosalini han tenido muchos acercamientos al género.

A. B.: –Claro, alguien decía que el tango se había quedado porque se negaba a lo eléctrico. Creo que era Leopoldo Federico, ¿no? La negación era casi total. Cuando apareció Piazzolla con los sintetizadores, o con batería o con la guitarra eléctrica de Malvicino, al que llamaban para putearlo, la cosa empieza a cambiar.

H. F.: –Y hoy nosotros tenemos una gran ventaja generacional... Es cierto que el espíritu expresivo que generaron Los Beatles fue una gran mano para la libertad creativa y que hoy es casi imposible prescindir de ella para componer, pero fue un proceso que llevó su tiempo y recién en los últimos años muchos músicos se están animando a naturalizarla. Es lo que marca la época en la que nosotros, inevitablemente, estamos inmersos.

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