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viernes, 9 de septiembre de 2011

PAQUITO D’RIVERA VUELVE A BUENOS AIRES PARA PARTICIPAR DE GUITARRAS DEL MUNDO


















En el festival, el genial saxofonista cubano será parte de un homenaje al guitarrista paraguayo Agustín Barrios. El show será esta noche en el Coliseo. Su último álbum se llama Tango-Jazz y fue grabado con músicos argentinos y uruguayos en el Lincoln Center neoyorquino.


Por Cristian Vitale

Desconoce en detalle el Festival Guitarras del Mundo, pero sabe que será el marco para homenajear a Agustín Barrios. También sabe que será en el Teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125), esta noche, porque fue el mismo que albergó sus vientos cuando vino por primera vez al país, hace casi treinta años, como parte del Quinteto de Carlos Franzetti. Paquito D’Rivera, cubano, genial saxofonista, dúctil clarinetista, anticastrista contumaz, está descansando en un cuarto de hotel. Es la media tarde y, recién llegado de Nueva Jersey –donde reside hace 31 años–, acerca sus primeras reflexiones: “No sabía que iba a ser parte de un festival así, pero no importa: el lenguaje de la guitarra clásica y latinoamericana contemporánea ha sido parte de ‘mi canción aquella’, me encanta su sonoridad”, arranca. La enésima visita de Francisco de Jesús Rivera Figueras –tal es su nombre real– tiene como fin poner algo de sí para sostener en presente el legado musical de Barrios, compositor y guitarrista paraguayo muerto en 1944. El espectáculo, ideado por la guitarrista paraguaya Berta Rojas y apuntalado para la ocasión en las cuerdas de Agustín Luna, Carlos Martínez y Carlos Moscardini, se llama “Tras las huellas de Mangoré” y se enmarca dentro de lo que los organizadores del festival han denominado “Conciertos Especiales”.

“Sé de su historia y su música, pero nunca tuve la oportunidad de trabajarla. Es algo que tenía apuntado como tarea para hacer. Siempre lo dejaba para mañana y ahora, por fin, Berta lo hizo posible. Espero que sea un disparador, porque Barrios fue un personaje muy significativo y emblemático de la cultural latinoamericana”, refuerza D’Rivera sobre el homenajeado, un músico considerado un transgresor en su época. Un “disidente” de las reglas del “buen gusto” que osó, entre muchas cosas, cambiar las cuerdas de tripa por otras de alambre de acero e, incluso, algo peor para la intelligentzia estética de los años ’20: fundir en una misma intención –decididamente improvisadora– la música popular paraguaya y latinoamericana con las herencias barrocas y románticas y adherirle a ello su orgullo de sangre indígena. Ganó la partida, porque John Williams –pasados años y prejuicios– lo pensó como el más grande compositor de guitarra de todos los tiempos y porque ha dejado 300 piezas para guitarra, que un cúmulo importante de guitarristas han defendido. Y D’Rivera, desde su perfil, piensa hacerlo. “Un lujo tocar a Barrios, y un lujo volver a este país, porque he crecido escuchando a Hugo del Carril, a Libertad Lamarque, a Gardel y a Pia- zzolla... El tango fue parte de mi niñez y de mi educación musical”, señala.

–Y de su último disco...

–Claro. Se llama Tango-Jazz y lo he grabado en vivo en el Lincoln Center con un mix de músicos argentinos y uruguayos. Es cierto que mi vida musical está cruzada, centralmente, por Duke Ellington y Benny Goodman. Yo crecí entre esos dos mundos, porque uno enriquece a otro; pero el tango está en mí, y también este gusto por la guitarra latinoamericana que expresa Barrios.

El tributo al guitarrista guaraní es apenas un heterodoxo mojón más en el intenso periplo musical del versátil vientista nacido en Marianao, La Habana, en 1948, que consagró su vida a fundir el jazz con la música de cámara. Autoexiliado de Cuba desde 1981, una apretada síntesis curricular da que fundó la Orquesta Cubana de Música Moderna junto a Chucho Valdés, que derivaría en uno de los grupos de fusión más significativos de la década del ’70, Irakere. Que, luego de la fuga, se transformó en figura nodal del jazz neoyorquino amparado en –y por– Dizzy Gillespie, Arturo Sandoval y Bruce Lundvall; que recibió siete Grammy y que fue un “mimado” de la Berklee School of Music, donde lo nombraron Doctor Honoris Causa. “Desde que mi padre, cuando yo tenía 8 o 9 años, trajo a casa un disco de Goodman en vivo en el Carnegie Hall, no paré de pensar que mi futuro estaba ahí, en la música y en tocar en el Carne y frijol”, despista.

–¿Carne y frijol?

–Sí, cuando mi padre me dijo Carnegie Hall, yo entendí “Carne y frijol”, y le dije: “¿Qué tiene que ver eso con lo que cocina mamá (risas)?”. Fíjate las vueltas de la vida, porque el Carnegie con el tiempo se ha convertido en una parada frecuente en mi vida musical. La verdad es que he tenido una muy buena acogida por parte del gremio de los músicos en Nueva York. Igual es una palabra más dentro de mi música, toco allí unas cuatro veces al año, porque el resto del tiempo estoy de gira.

D’Rivera no vive en Nueva York, pero le pisa los talones. La casa que comparte con su mujer, la cantante uruguaya Brenda Feliciano, está en North Bergen, Nueva Jersey, a sólo diez minutos de la gran urbe, y la razón es que le resulta muy caro sostener un espacio grande en la gran aldea. “Me hubiese gustado vivir allí, pero para tener un espacio te tenés que conformar con una piecita y yo, como tengo tantos instrumentos y me gustan los autos antiguos, no podría vivir ahí... Me conformo con estar cerca de la jungla.”

–¿No volvería a vivir en Cuba?

–No, mientras haya una dictadura.

La cosa se pone espesa cuando aparece, inevitable, la palabra revolución. D’Rivera decidió no volver a Cuba un día de 1981 y aprovechó una gira con Irakere por España para pedir asilo en la Embajada de Estados Unidos, y desertar. “No pienso volver mientras haya un dictador, mientras tenga que pedir permiso para entrar a mi propio país. Viví ahí, ésa es mi casa, es humillante tener que pedir permiso. Ahora que tú me preguntas por mi primera visita a la Argentina, recuerdo que fue en 1984, y estaba volviendo la democracia. Fue muy bonita esa visita porque, además de disfrutar de la música del Quinteto de Carlos Franzetti del que yo participaba, se notaba un país feliz. Ojalá pueda ocurrir así en el mío”, sentencia. El tema político es escabroso para el músico. El toca el saxo con tanta pasión como rechaza la revolución cubana. “He vivido más afuera que adentro de mi país y lo quiero, pero no voy a volver”, insiste.

–¿Qué piensa de aquellos músicos de su tierra que han avalado la esencia de la revolución a través de tan bellas canciones como “Playa Girón”, de Silvio Rodríguez, o “La vida no vale nada”, de Pablo Milanés? Ellos han dicho otras cosas, y poéticamente.

–Para mí es vergonzoso todo eso. Igual, Pablo se cayó de la cama después de 52 años. Por fin se decidió y dijo que era un abuso lo que estaban haciendo con las damas de blanco. Pero eso no es nada nuevo: todo eso sucede desde el día que Lenin tomó el poder en Rusia. Lo que llaman socialismo real no es No-ruega o Suecia, es un sistema paternal donde tú no decides nada. El cubano es como un niño: no puede decidir por sí.

–Su visión se contrapone con otras, que tienen que ver con los avances que ha tenido la isla, pese a un enorme bloqueo económico, en los sistemas de educación, salud, cultura... Es el país con menos analfabetismo en América latina, por ejemplo.

–Esas son verdades a medias, porque, por ejemplo, el sistema de educación no es tal, sino que es un sistema de instrucción. Ellos te instruyen de acuerdo con su mentalidad. Y si no estás de acuerdo con ellos, eres un gusano.

–¿Le contestó Carlos Santana cuando le envió una carta protestando por haber salido con una remera del Che Guevara en la entrega de los Oscar en 2005?

–No me ha contestado. Ninguno me contestó jamás, porque no hay nada que contestar. Lo único que me dicen es que soy un gusano, y eso me hace sentir cómodo. Para mí la revolución, que ha nacido con mucha ilusión, terminó en fracaso. Mi madre fue una de las pocas que rechazó a Fidel cuando dio su primer discurso, pero la inmensa mayoría de la gente creyó en ellos.

Viernes, 9 de septiembre de 2011

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