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lunes, 5 de agosto de 2013

NILE RODGERS SOBREVIVIO A TODO Y REGRESO A LA CIMA







   

“Siempre tuve buena suerte”

“Get Lucky”, su colaboración con los franceses Daft Punk, significó el vigésimo número uno en los charts para el factótum de Chic, y productor y músico de David Bowie, Madonna y Duran Duran. Aquí, vida y obra de un optimista incansable.

 Por Fiona Sturges *

En sus 61 años de vida, Nile Rodgers ha superado más de un trauma. Su madre y su padrastro eran adictos a la heroína y propensos a dormirse en mitad de una oración; una adolescencia sin hogar que lo llevó a dormir en estaciones de subte; sus propias adicciones al alcohol y a la cocaína, que provocaron que su corazón se parara ocho veces; y, más recientemente, el diagnóstico de un cáncer de próstata. Y sin embargo, solamente una vez se preguntó si valía la pena vivir: fue en los primeros tiempos de Chic, cuando él y su socio y cocompositor Bernard Edwards estaban buscando un contrato discográfico. Habían mandado demos, varios ejecutivos habían ido en rebaño a sus shows, el underground neoyorquino enloquecía por sus canciones. Y sin embargo, nadie picaba. “Fue frustrante, porque habíamos trabajado muy duramente y sabíamos que nuestra música era realmente buena”, recuerda Rodgers. “Hicimos un pacto suicida. Dijimos que si no conseguíamos un contrato, íbamos a darnos las manos y a saltar del puente George Washington. Si hubiéramos llegado al punto de pararnos ahí, estoy seguro de que Bernard me hubiera dicho: ‘¿Viste esa parte de guitarra que estabas tocando? Deberíamos volver al estudio y arreglarla’. Así que no estoy seguro, en retrospectiva, de que fuera en serio. Y, de todos modos, firmamos contrato.”

Rodgers está sentado en el trailer convertido en camarín, en el backstage del Magic Summer Live Music Festival en Surrey, Inglaterra. Afuera hace 31 grados; adentro, solamente un poco menos. Vestido con su habitual atuendo para shows de traje blanco y sombrero al tono, Rodgers acaba de bajar del escenario tras completar un set de una hora con Chic, con una triunfante versión de “Good Times” mezclada con “Rapper’s Delight” de Sugarhill Gang (que tenía un sample... de Chic). Mientras la banda dejaba en fila el escenario, el público empezó a cantar espontáneamente “Get Lucky”, de Daft Punk, el hit disco y funk que este año devolvió a Rodgers, su co-autor, de nuevo al centro de la escena. El guitarrista es, por supuesto, el legendario hacedor de hits detrás de algunas de las mejores canciones pop jamás escritas, un hecho subrayado por la lista de temas de hoy, que incluyó “Everybody Dance”, “We Are Family”, “Upside Down”, “Le Freak”, “I’m Coming Out” y “Dance, Dance, Dance”. Todos están incluidos en el flamante “grandes éxitos” The Chic Organization: Up All Night, que tendrá edición argentina.

Con este rutilante catálogo, que continuó en los ’80 cuando tocó y produjo algunos de los más grandes álbumes de esa era –incluyendo Let’s Dance, de David Bowie; Like a Virgin, de Madonna; y Notorious, de Duran Duran–, Rodgers puede permitirse estar relajado acerca de su reciente éxito. “Lo disfruto”, dice y se encoge de hombros, secándose la transpiración del rostro con una toalla. “Tener un hit es bárbaro y te pone en el candelero durante un tiempo. Pero después eso desaparece. Quiero decir: éste es mi vigésimo tema número 1. Así que sé que es sólo cuestión de tiempo hasta que no sea gran cosa otra vez. En este negocio todo es fugaz.”

Musicalmente, Rodgers ciertamente ha tenido sus altas y bajas. A mediados de los ’70, él y Edwards fueron los reyes de la escena disco de Nueva York. Habían craneado un nuevo sonido R&B y funk simple, jubiloso y deliberadamente repetitivo que, como dijo Johnny Marr, guitarrista de The Smiths, en un documental reciente de la BBC, “uno tenía que ser de madera para no moverse”. Ellos estaban en la cima. Pero entonces llegó el contragolpe: un “¡Disco apesta!” que ganó ímpetu entre los fans del rock’n’roll y que culminó en la legendaria “Disco Demolition Night”, en la que montones de álbumes de música disco fueron destruidos en medio de una cancha de béisbol de Chicago. Tras renguear durante algunos años, Edwards se retiró, impactado por cuán rápida y ferozmente Chic había pasado de moda; Rodgers absorbió el golpe y siguió adelante. Su próximo colaborador sería David Bowie.

“Ese fue un ejemplo perfecto”, dice Rodgers. “Esas cosas no duran. No pueden durar. La música tiene que seguir moviéndose. Pero tuve buena suerte. Siempre había algo esperándome a la vuelta de la esquina.” Rodgers es magnífico cuando habla, saltando felizmente de una anécdota a la siguiente, cada una con una impactante sucesión de nombres famosos: Bowie, Diana Ross, Bryan Ferry, Debbie Harry, Grace Jones... Ahora habla del extraño magnetismo de Madonna: “Incluso antes de ser enorme, ella era muy interesante. Si me decía qué había desayunado, yo pensaba que era fenomenal. Tenía esa cosa mágica. Cuando entraba a alguna parte con ella, todo lo que escuchaba era: ‘¿Quién es ella? ¿Quién es la chica que está con Nile?’”.

Rodgers es uno de los optimistas de la vida. En persona, su forma habitual de ser es radiante. Su espíritu infatigable es evidente en su enormemente cautivadora autobiografía Le Freak, en la que cada nuevo golpe, ya fuera en su vida o en su carrera, es recibido con el ademán de c’est la vie. “Ha habido una extraña ironía en toda mi vida”, dice Rodgers animadamente. “Todos mis compañeros originales de banda murieron, cuando yo era el más salvaje e imprudente de todos (Edwards murió mientras dormía después de un show de Chic en Japón, en 1996). Pero yo sigo acá. ¿No es loco? No soy religioso, pero siempre le agradezco a los elementos del Universo por permitirme un día más de mi vida, porque es increíble.”

Pero el diagnóstico de cáncer de hace dos años debe haberle marcado una pausa. “En realidad, no”, replica, todavía sonriendo. “Ese día tenía trabajo que hacer. Recibí el llamado un jueves y tenía que ir a Roma para hacer un show el sábado. Le dije a mi doctor que iba a simular que no había recibido su llamado e iba a llamarlo cuando volviera. El me gritaba: ‘¡No, no, no, Nile! ¡Esto es realmente serio!’. Y yo le dije: ‘Vamos, doc, si no lo hubiera atendido, ¿usted realmente se esforzaría para que yo volviera antes del fin de semana? Por supuesto que no. Así que hablaremos el lunes’.”



¿Era negación? “Para nada”, contesta Rodgers. “Porque sabía cuál era la realidad. Sus palabras exactas fueron: ‘Cáncer de próstata extremadamente agresivo’. Pero yo no sabía lo específico, y ni él ni yo teníamos toda la información, así que no iba a preocuparme por algo que no estaba claro.” Un par de días antes de esta entrevista, Rodgers vio a su oncólogo para un chequeo post-operatorio, una cita que fue largamente pospuesta debido a la agenda de giras del músico. “Justo antes de llegar acá, recibí un e-mail de mi doctor.” Hace una pausa y sonríe: “Y hoy estoy libre de cáncer”.

Pero, ¿alguna vez piensa en aflojar el ritmo? ¿Se detiene un poco con las giras? ¿Se toma vacaciones? “De ningún modo”, se ríe a carcajadas. “Si hiciera eso, probablemente me enfermaría y moriría.”

La madre de Rodgers, Beverly, quedó embarazada cuando tenía 13 años. Su familia la persuadió para que se casara con el padre, Nile Rodgers Sr, pero cuando llegó el día, ella cambió de idea y su familia la repudió. Bobby, el padrastro de Rodgers, era blanco, judío y “muy pintón”. El y Beverly eran inusualmente progresistas: fueron una de las pocas parejas interraciales del Greenwich Village neoyorquino. Fumaban en pipa, se vestían impecablemente e instruyeron a Nile para que los llamara por sus nombres. También se drogaban mucho. “Mi infancia fue agridulce en muchos sentidos”, dice. “Nos mudamos mucho. Para cuando tenía 10 años, había viajado miles de kilómetros, a menudo solo. Mis padres eran como mis amigos, así que se sentía como no tener padres. Pero en un modo loco eso fue muy liberador. Me forzó a ser independiente, quizás un líder, y ciertamente un sobreviviente.”

El vio muy poco a su padre biológico, un percusionista beatnik, aunque le da todo el crédito como proveedor de los genes musicales que iban a llevar a Rodgers a vender un estimado de 100 millones de discos. Nile Sr no disfrutó del mismo éxito. Devastado por su rotura con Beverly, se convirtió en esclavo de la heroína e incapaz de mantener un trabajo. Un día, su hijo de 8 años lo vio desnudo y aparentemente con ánimo suicida en el techo de un albergue para indigentes en el Village, con una gran multitud mirándolo. Nile se presentó ante el policía a cargo y fue despachado para que le dijera a su padre que bajara.



“Para ese momento yo me arreglaba por las mías, esencialmente. Todavía dormía en casa de mi madre y tenía una llave para la puerta de calle, pero hacía la mía.” Su presencia en la escuela era intermitente; prefería aprender de ver películas por televisión. “Era fan de los Hermanos Marx”, recuerda. “Uno de ellos tenía un personaje con el que simulaba no poder hablar, pero después escribió una autobiografía llamada ¡Harpo habla! Escribió acerca de cómo abandonó la escuela a los 9 años para convertirse en profesional. Leí eso cuando tenía 8 y pensé: ‘Guau, no puedo esperar a tener 9 para poder abandonar la escuela y conseguirme un trabajo’.”

Rodgers empezó a tocar la guitarra a los 16, y rápidamente terminó tocando durante algunos períodos en bandas de jazz y música latina. Al mismo tiempo, no tenía casa; dormía en casas de amigos o en el subte de Nueva York. “En realidad me gustaba vivir en el subterráneo. Era optimista incluso entonces. Prefería ser un indigente, aprender música y conocer a toda la gente interesante que conocí, antes que quedarme en casa, que en ese momento me parecía más peligroso para mí.”

El primer trabajo pago de Rodgers en la música llegó con las giras de la banda de Plaza Sésamo, tras el cual consiguió un lugar en la banda residente del teatro Apollo de Harlem. Y entonces, en 1973, conoció a Edwards. En la superficie eran agua y aceite: para entonces, Rodgers era un hippy politizado vestido con pantalones acampanados y amante del LSD, mientras que Edwards era un fan del R&B conservador y de vida limpia. Pero, tras un par de pasos en falso, se convirtieron en una de las duplas más intuitivas, exitosas y –durante un tiempo– prolíficas de la música popular.



Rodgers dice que su integración a la escena disco se sintió como llegar al hogar. “La apertura me permitió encontrarme a mí mismo”, explica. “Hasta entonces, yo era una ficha cuadrada en un agujero redondo. Cuando fui a mi primera disco, que no era Studio 54 ni nada sofisticado sino un lugarcito en el barrio, vi algo que se parecía a mis primeros años con mis padres. El público estaba mezclado: había negros, blancos, gays, puertorriqueños, de todo. Y todos se llevaban bien.”

Cuando las ventas de Chic se dispararon, también lo hicieron sus ingresos. El libro de Rodgers detalla, con cierto deleite, su flamante gratificación con ropas de diseñadores, autos y barcos. Y además estaba la cocaína. En retrospectiva, dado el ambiente de su infancia, Rodgers reconoce que las drogas fueron inevitables. “No había fobia en mi casa. Si llegabas a casa de mi madre y no te drogabas, eras el raro. No iban a reírse de vos, pero ibas a verte como el bicho raro, sentado ahí mientras todos los demás fumaban porro y se inyectaban heroína.”

Una fiesta en la casa de Madonna, a mediados de los ’90, finalmente trajo la conclusión de que él era un adicto completo. Rodgers había estado tres días dado vuelta y empezó a escuchar voces dentro de su cabeza. Fue su primer y único brote de psicosis cocainómana. Cuando las voces finalmente recularon, él mismo se anotó en rehabilitación. Desde entonces no ha tocado drogas, ni alcohol.



Ahora, en las raras ocasiones en las que está en su casa –en el Upper West Side neoyorquino–, vive una vida tranquila con su novia. Nunca quiso tener hijos. “Supe desde muy joven que no quería hijos, ni casarme. No había nada en toda mi vida que reforzara positivamente esos conceptos. Pero no es gran cosa. Es por eso que tengo la novia que tengo. Ella tampoco quiere hijos, así que ‘fantástico, sos mi chica’.”

El plan a largo plazo de Rodgers es seguir haciendo exactamente lo que ha hecho durante el último par de décadas: salir de gira, colaborar con colegas y salir de gira otra vez. Hay rumores de otra colaboración con Daft Punk, esta vez con el dúo francés trabajando sobre un tema inédito de Chic, aunque los detalles son exiguos. También se avanza en un musical de Broadway basado en el extenso catálogo de Rodgers. “Yo no busco trabajo”, reflexiona Rodgers. “Me gusta esperar hasta que me llega. Sólo escribo canciones por pedido. No puedo escribir música hasta no saber la historia. Siempre digo que mis canciones son non fiction con elementos de ficción. La gente piensa que son livianas, pero hay verdad y profundidad en todas ellas.”



Ahora sólo tiene una pequeña lista con la que le gustaría trabajar. “Aunque en mis verdaderas fantasías me gustaría juntar a Hendrix y a Miles Davis otra vez, y zapar con ellos”, suelta. “He hecho muchas cosas copadas en mi vida, pero, ¿trabajar con esos tipos? Eso hubiera sido lo más copado de todo.”

* The Independent de Gran Bretaña.


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