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sábado, 30 de octubre de 2010

BUDDY GUY: SU ODISEA.






La odisea de Buddy Guy, el último héroe del blues sureño: del delta del Mississippi a cualquier lugar donde pueda enchufar su guitarra.











El año pasado, buddy guy, uno de los ultimos grandes del blues de Chicago, estaba de pie en medio del salón de fiestas del Waldorf-Astoria de Manhattan, donde, pocas horas después, sería declarado miembro del Salón de la Fama del Rock & Roll. Si bien Buddy es blusero hasta la médula, su obra es material de cabecera para los músicos de rock. Aun hoy pueden escucharse a lo largo del dial reminiscencias de los discos que grabó en Chicago en las décadas de 1950 y 1960: en esos temas épicos de los 70, con esos solos de guitarra que duran ocho minutos; en esas power ballads de los 80 que te dan ganas de tomarte una cerveza; y hasta en el hit de 2005 de los White Stripes. "Buddy fue para mí lo que fue Elvis para otros", declaró Eric Clapton en la ceremonia."Yo me había trazado un rumbo, y él era mi piloto."

Mientras los plomos preparaban el escenario (tenía que ensayar para la ceremonia), Buddy preguntó tiritando: "¿Podemos esperar en algún lado? Me estoy congelando".

Un guardia de seguridad condujo a Buddy y a su entorno (su representante, su encargado de prensa, su técnico de guitarras, un fotógrafo y yo) a un cuartito trasero. Allí pudo finalmente sentarse, en una silla plegable. Buddy tiene 69 años, es delgado y apuesto, y, sorprendentemente, calvo. En Chicago, durante mucho tiempo, Buddy fue conocido por su cabellera alisada a fuerza de productos capilares, un look que lo caracterizó por muchos años, incluso después de que pasara de moda, hasta convertirse en un símbolo de la ciudad, tan reconocible (para los fanáticos del blues) como la Sears Tower. Tenía la costumbre de tocar en mameluco, como señal de autenticidad rural, aunque su origen es, de hecho, urbano. Incluso de civil, como ahora, vestido con un buzo Nike, zapatos negros, medias blancas y jeans, hace pensar menos en una pick up Ford que en un auto tuneado, protegido por un cobertor. Tomó prestado el look de Guitar Slim, un bluesman de Nueva Orleáns al que admiraba en su infancia. Después de cada show, Slim salía a la calle con un traje rojo. "La gente se reía, pero a Slim no le importaba", me contó Buddy. "Sabía que tenía una pinta espectacular."

Al referirse al Salón de la Fama, usa palabras como "honor" y "emoción", pero uno se da cuenta de que, para Buddy, que creció en una época más pintoresca, no fue más que otro show en una vida de shows. Accedió a recibir la distinción y sonreír sólo para llegar al momento de tocar la guitarra, porque ésa es la hora de la verdad. No bien comenzó a hablar sobre la ceremonia, se remontó a los viejos tiempos, en Chicago, cuando sus amplias avenidas se encontraban salpicadas de juke joints, donde los negros se reunían para cantar y relacionarse. Buddy tiene el aura de un sobreviviente, el último azteca, el guardián de la memoria de un pueblo desaparecido, esos bluseros del South Side que tomaban Chivas y fumaban porro: Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Willie Dixon. "Llegué a Chicago el 25 de septiembre de 1957", me decía Buddy, cruzándose de brazos. "No tenía casa, ni trabajo, e iba por toda la ciudad con mi guitarra a cuestas. Tenía 21 años. Se venía el invierno. Estuve tres días sin comer."

Mirando a su representante, dijo: "Tres días sin comer, y ahora mi mayor problema es elegir entre mi Thunderbird y mi Ferrari".

"Quería llamar a mi mamá y que me mandara la plata para el tren de regreso a Louisiana", continuó. "Pero ni siquiera tenía diez centavos para hacer una llamada por cobrar. Cuando te atiende la operadora, te devuelve los diez centavos, pero nadie me quería prestar diez centavos. Al final, le pedí a un tipo por la calle. El tipo me mira, ve la guitarra y me pregunta: «¿Sabés tocar blues?»."

"«Más vale que sé tocar blues», le digo. El tipo me dice: «Tocate una canción». Le digo: «Toco si me comprás una hamburguesa». «Si te compro una hamburguesa, vas a perder motivación», me dice. Así que me convidó un trago de vino. Hacía tres días que no comía. Ese vino casi me tumba. Así que toqué para él, y me dijo: «Hijo de puta, sí que sabés tocar». Me llevó en su auto al Club 708, donde tocaba Otis Rush, y lo llamó y le dijo: «Ey, Otis, acá te traigo a un chico que te va a volar la cabeza». Otis dijo: «Que suba al escenario». Subo al escenario, y ahí me volví loco. Toqué como toca alguien que no comió en tres días. Alguien llamó a Muddy Waters y lo hizo escucharme por teléfono, y Muddy salió de la cama y fue para allá. Mientras tocaba, la gente me tiraba monedas de cinco y diez centavos. Alguien gritó: «¿Qué vas a hacer con esa plata?», y yo dije: «Voy a comprarme una hamburguesa». Se rieron, pero yo no entendía qué era tan gracioso. Entonces vino un tipo y me palmeó la cabeza, y me dijo: «Me llamo Muddy Waters, y nunca te vas a olvidar de mí». Me preguntó adónde quería ir. Le dije: «Donde quiera que haya una hamburguesa». Me llevó a su casa y me hizo un sándwich de salame."

Mientras hablaba Buddy, se produjo un tumulto en la puerta, y entró un hombre de anteojos. El encargado de prensa me codeó y me dijo: "Es Eric Clapton". Junto con B.B. King, Clapton le franqueó la entrada a Buddy en el Salón de la Fama. Clapton y Buddy se conocen desde hace años. Tocaron en el Alpine Valley Music Theater de Wisconsin con Stevie Ray Vaughan, en el que resultó ser el último show de Vaughan. Poco después del bis ("Sweet Home Chicago"), murió al estrellarse el helicóptero en el que viajaba. "La niebla estaba tan espesa", contó Buddy, "que el piloto tuvo que limpiar el parabrisas con su propia camisa". Clapton se paró para la foto junto a Buddy, pero yo interpreté lo que su gesto quería decir: que en realidad su vida había comenzado en 1965, cuando vio por primera vez a Buddy en el Marquee de Londres. "Hacía todo lo que después uno asoció con Jimi Hendrix: tocaba con los dientes, con los pies, detrás de la espalda", contó Clapton más tarde. "Cada vez que lo veo, me desarmo, y vuelvo a ser el mismo adolescente fascinado."










Once de la mañana. clapton y Guy ensayaban sobre el escenario del Waldorf, rasgueando sus guitarras, junto a B.B. King, sentado en una silla ante un micrófono. King, un hombretón enorme, saludó a Buddy con una sonrisa: "George Guy", le dijo. Fue uno de los primeros modelos de Buddy. Buddy me contó cómo se conocieron. B.B. había ido a un club en el que tocaba Buddy, quien lo imitaba al detalle. Luego, Buddy se disculpó: "Perdoname, no tengo nada propio. Por eso toco cosas tuyas".

King le respondió: "Yo también toco cosas de otros, Buddy. Todos sacamos cosas de otros".

En la ceremonia, la banda del Late Show With David Letterman acompañaría a los guitarristas. Paul Shaffer debía dirigirla, y tocar el órgano. Buddy miró a la banda, y le dirigió rápidamente unas palabras. Esto es lo que el joven Clapton tomó de Buddy: no sólo el sonido, sino también la autoridad del hombre de la guitarra. Cuando llegó el momento de su solo, uno se daba cuenta de que no importaba que fueran las 11 am, ni que fuera un ensayo. Buddy estaba en ese espacio sagrado que se había hecho con su música, los dedos deslizándose rápidamente, y las notas suspendidas alrededor de él. En un momento dado, tocó una nota que sonó como el aullido de un generador que se apaga dejando a la ciudad sumida en una espesa oscuridad, y a merced de los saqueos. A diferencia de tantos otros, Buddy nunca se encasilló en el estilo que lo hizo famoso. Se ha reinventado a sí mismo, volviéndose cada vez más atrevido con los años. Su último disco, Bring ‘Em In, cuenta con participaciones de Carlos Santana, Tracy Chapman, y su más reciente socio, John Mayer. "Sigo escuchando a los jóvenes, tratando de robarles cosas, intentado mantener el blues con vida", me dijo Buddy. "Cada vez que agarro la guitarra, digo: «Señor, por favor, dejame tocar algo nuevo que no haya tocado antes»."

n el waldorf, buddy tocó con una Stratocaster blanca con lunares negros. También tiene una Stratocaster negra con lunares blancos. Todas sus guitarras tienen grabado el número 92557 [25 de septiembre de 1957], la fecha en que Buddy llegó a Chicago. También había llevado su Stratocaster de 1958; era la primera vez que la llevaba de gira. La Stratocaster del 58 reemplazó a la guitarra que originalmente había llevado cuando se fue de casa, una Stratocaster del 57 que le robó un vecino. Para Buddy, ninguna guitarra puede imitar el sonido de una vieja Stratocaster, porque "las guitarras viejas son como los autos viejos; ya no los hacen de la misma manera". Luego del robo, Buddy temió que nunca pudiera reemplazarla. Pero una noche, un chico fue a verlo a un club con una Stratocaster del 58 para que la firmara. "No quiero firmarla", dijo Buddy. "Quiero comprarla". A cambio, Buddy le dio al chico 150 dólares, una de sus guitarras a lunares hechas a medida, y una botella de coñac que Buddy llama "Connie".

En parte se debe a Buddy que, cuando uno piensa en el clásico guitar hero del rock, se lo imagine con una Stratocaster. Clapton declaró que compró su primera Strato después de ver tocar a Buddy. En el libro Hendrix: Setting the Record Straight, Eddie Kramer, un ingeniero de sonido, relató que Jimi Hendrix tocaba una Stratocaster porque era el modelo que tocaba Buddy Guy.













Una tarde, seguí a Buddy por el Waldorf. Mientras atravesaba los salones cuya perfecta simetría podría volver loco a cualquiera, la gente le palmeaba la espalda. A veces equivocaban su nombre. "Mirá, es Bo Diddley". "Uy, está B.B. King". Pero, aunque no lo sepan, tienen razón. Buddy es Bo Diddley. Buddy es B.B. King. Buddy es cualquiera que haya tocado blues. Un provecto estadista, sereno y reflexivo, el hombre que vivió una alocada juventud y logró sobreponerse a ella. Los 50 fueron extraños y eléctricos. Los 60 fueron lisa y llanamente locos. (Buddy contó que solía comprar porro, para que Hendrix y Clapton se lo fumaran y quedaran desmayados, así él podía llevarse sus chicas a su cuarto. "Hoy en día, cuando veo una pendeja linda, sonrío", me contó. "Parezco un viejito bueno, pero en realidad estoy pensando: «Si te hubiera conocido en el 68, te habría echado un polvo».") Los 70 fueron un mal momento, demasiados amigos murieron, y la gente nueva del ambiente a duras penas conocía a Buddy. Cuarenta días en el desierto. Cuarenta millas de camino defectuoso. Se refugió en el bar que regenteaba en el South Side de Chicago, el Checkerboard Lounge. Dos dólares la entrada, dólar cincuenta las bebidas. Tenía una guitarra detrás del mostrador. A los que se creían buenos, los desafiaba. Los 80 no fueron muy propicios para los visionarios, pero en los 90, comenzó a sentirse el tremendo impacto de la obra de Buddy. El tiempo lo había rescatado de la marginalidad, incorporándolo a la tradición. Lo único que quedaba de ese joven sedicioso eran su característico sonido y sus prodigiosas acrobacias con la guitarra. Su transición hacia la madurez ha sido extrañamente exitosa. Se lo ve iluminado y desapegado de sí. No le importa si la música la hace él, lo único que quiere es que se haga música.

eorge "buddy" guy nacio el 30 de julio de 1936 en una casucha sin electricidad ni agua corriente, en un pueblo llamado Lettsworth, en Louisiana, sobre el Mississippi, al norte de Baton Rouge y a pocos kilómetros de Angola, una prisión estatal ubicada junto a una curva del río. Buddy trabajaba en los campos con sus padres, que eran aparceros; una labor que lo conecta con el mundo brutal de los primeros músicos de blues. Negros recolectores de algodón, como un cuadro en un museo, un lejano cielo rojo, hombres estremeciéndose bajo una pesada carga. El blues es la música de esos campos; el blues eléctrico es la vida que esa música debió sobrellevar en la ciudad.

Los viernes y los sábados a la noche, Buddy iba a escuchar música a los juke joints de los embarcaderos, en los que los hombres llevaban amuletos vudúes de la buena suerte, y los locos tomaban Sterno filtrado en un pañuelo. Más adelante, volvió a escuchar la misma música en grabaciones y en la radio. Lightnin’ Hopkins, o T-Bone Walker, o Muddy Waters. La guitarra hablaba como con voz humana, los acordes se arrastraban, al deslizar una botella de Coca-Cola sobre el mango de la guitarra, fragmentos de palabras que caían desde el cielo.

Going down in Louisiana, baby, behind the sun

Going down in Louisiana, honey, behind the sun

Cuando tenía 6 años, Buddy construyó con sus propias manos su primera guitarra. "Saqué unos alambres del mosquitero de mamá", me decía. "Hice la guitarra con una lata [de insecticida]. Le hice un agujero en la parte de adelante, y le até unos alambres para que sonara como una guitarra." Solía tocar sentado en el porche. Una tarde, un hombre que venía caminando por la calle le dijo: "Apuesto que si tuvieras una guitarra de verdad, aprenderías a tocar".

Buddy dijo que sí, que aprendería.

"Bueno, estate acá este viernes", dijo el hombre. "Así que ese viernes el tipo me dijo: «Voy a comprarte una guitarra». Fui al centro con él, y me compró una Harmony F-hole."

Buddy hizo una pausa y dijo. "Acabo de mandar esa guitarra al Salón de la Fama."

Este hombre es el primero de una serie de desconocidos que aparecen en el relato de la vida de Buddy. Ya sea el tipo que le compró su primera guitarra, o el que lo llevó en su auto al Club 708 en Chicago, una y otra vez, en un momento clave, siempre intervino un desconocido. Esto le confiere a su historia un halo de predestinación. Como si hubiera sido cosa del destino. Como si hubiera estado escrito. "Yo creo que venimos al mundo para algo, no solamente para pasar una temporada", me confió Buddy. "Yo recibí un don. Creo que me lo dio Dios. Yo vine al mundo para ser exactamente lo que soy."

Cuando Buddy tenía 16 años, le pidieron que hiciera una audición para Big Poppa, un cantante de blues de 120 kilos, cuyo verdadero nombre era John Tilley. Cuando subió al escenario, estaba tan nervioso que se paralizó, y tuvieron que bajarlo como a una estatua. Meses después, obtuvo una segunda oportunidad. Aquella vez, sus amigos le hicieron beber tanto alcohol que todas sus inhibiciones se desvanecieron. Le dieron el trabajo, que resultó ser un entrenamiento indispensable. Fueron meses de gira, tocando para públicos aficionados a la bebida. Obtuvo un empleo como portero en la Louisiana State University. Después del trabajo, recorría los cafés. Tocó con algunos de los viejos maestros: Lightnin’ Hopkins, Lazy Lester, Slim Harpo. "La música de guitarra y armónica no daba mucha plata", me contó Buddy. "Uno tocaba para divertirse. Tocaba y tomaba. La gente tiraba monedas de uno y diez centavos adentro de un sombrero, y el guitarrista decía: «Si tenés suficiente, comprate una botella». Eso era todo lo que se sacaba."












Buddy se sentía perdido en Louisiana. En septiembre de 1957, decidió irse a Chicago, por varias razones: porque ahí vivían todos los grandes del blues; porque allí era donde se acuñaba el futuro; y porque era la última parada del ferrocarril. Subió a un tren llamado City of New Orleans, que lo llevó a emprender una travesía de 48 horas por la columna vertebral de los Estados Unidos. El tren se puso en marcha, y Buddy vio por la ventanilla cómo los lugares de su infancia iban quedando atrás. A la noche, cuando todos dormían, él se quedaba entre un vagón y otro, mirando el paisaje. "El tren atravesó todo el estado de Missi-

ssippi por el bosque", me contó. "Yo había estado cerca de los límites estatales, pero nunca los había cruzado, y no conocía ningún otro estado, y miraba las vías, y no sabía si iba a volver o no. ¿Sabés? Veo eso cada vez que cierro los ojos."

uddy me conto todo esto en el Buddy Guy’s Legends, el club de blues que abrió en Chicago en 1989, luego de que el Checkerboard cerró. Cuando abrió, el Legends estaba un poco demasiado al norte para los aficionados, y un poco demasiado al sur para los turistas, aunque la zona se ha ido aburguesando. Seguro, y aun así, descarnado. Allí es donde te manda el conserje del hotel si le decís que querés ver blues de Chicago. Todos los años, en enero, Buddy hace dieciséis shows en el club.

Cuando no está tocando, está en el bar, con una botella de Connie, y saluda a la gente cuando llega. Al darle la mano, uno siente que entra en contacto con toda la tradición: Muddy Waters, Robert Johnson, Son House. El Legends es cavernoso, con una larga barra de madera. La mayoría de las noches, el público es casi exclusivamente blanco, como lo es la mayoría de los fanáticos del blues. (Eso era justamente lo que quería Buddy cuando puso su club en esa zona.) Es terrible para los viejos músicos de blues ver su música, que otrora fuera un arte lleno de vida, convertirse en una pieza de museo. Buddy inició su carrera sobre los escenarios junto a Son House y Howlin’ Wolf. Ahora la concluye con John Mayer y Paul Shaffer. Esa es la historia del blues.

Para llegar a la oficina de Buddy hay que subir unas escaleras. Buddy habla con un agradable cantito, una voz del sur moldeada por cuarenta años en la nasal región del centro de los Estados Unidos. Ese día tenía puesta una camisa negra y una boina. Me dijo que cuando llegó a Chicago, lo sorprendía la velocidad a la que se vivía. "Cientos de miles de personas trabajando 24 x 7 en las fundiciones de acero, estaciones de servicio en todas las esquinas, abiertas también durante todo el día, toda la semana... y en todas partes bares con dúos o tríos que tocaban blues. En Baton Rouge, teníamos shows los viernes, sábados y domingos a la noche; después, había que volver a trabajar. En Chicago, las calles estaban tan atestadas que ya no sabía cuándo era domingo. Una vez, en la mitad de la semana, le dije a un tipo: «Voy a ir a la iglesia», y él me respondió, «¡Pero si hoy es miércoles!»."

El primer coqueteo de Buddy con el éxito tuvo lugar en el invierno de 1957, cuando, con sólo 21 años, compitió con Otis Rush, un guitarrista nacido en Mi-

ssissippi, a quien se le atribuía la invención del "estilo del West Side", y Magic Sam, otra leyenda del West Side, en la "Batalla del Blues". El premio era un cuarto de litro de whisky. Antes del concurso, Buddy compró treinta metros de cable de guitarra. "Hasta el dueño del negocio me preguntó: «¿Qué vas a hacer con treinta metros?»", me contó Buddy. Primero tocó Otis Rush, después lo hizo Magic Sam, y finalmente presentaron a Buddy. Se escuchaba su guitarra pero no se lo veía. Por varios segundos, sólo se oyó un instrumento incorpóreo que tocaba "Sweet Black Angel". Luego Buddy salió del baño, se subió a la barra, la recorrió de un lado al otro, saltó hacia donde estaba el público, tiró la guitarra al piso, la pisoteó, la levantó, la arrojó por el aire y la atrapó, y acto seguido salió a la calle y desapareció al doblar la esquina. "Todo el mundo decía, «No, man, qué va a estar ahí en medio de la nieve»", cuenta Buddy. "Después, salieron todos. Y yo estaba ahí afuera tocando ese yeite, man... ¡Mierda!"














Buddy estaba perfeccionando trucos que luego pasarían a integrar el repertorio del rock: Jimi Hendrix tocando con los dientes, Pete Townshend rompiendo la guitarra en mil pedazos... todo se lo deben a Buddy Guy y a sus yeites en la nieve. "No sabía un carajo", me cuenta. "Sólo sabía hacer monerías. Y eso era una novedad ahí: agarrar la guitarra, ponérsela detrás de la espalda o de la cabeza, y tocar. Y de un momento a otro, los guitarristas decían: «¿Quién es este tipo?». Antes de eso, los músicos de blues se sentaban en una silla, ponían el sombrero en el piso, al lado de ellos, y tocaban así nomás."

Buddy me contó que aprendió esos trucos de su héroe de la infancia, Guitar Slim. "Trajeron a Slim a Baton Rouge", me dijo. "Lo presentaron: «Damas y caballeros: Guitar Slim». Y uno escuchaba una guitarra, pero no había nadie. Quince o veinte minutos después, alguien venía por la puerta llevando a Slim en brazos, como un bebé. Con un traje rojo. Estaba así de loco. Y yo dije: «Quiero tocar como B.B. King, pero quiero actuar como ese tipo»."

Poco después del concurso, Magic Sam llevó a Buddy a Cobra Records, una empresa dirigida por Eli Toscano, uno de los tantos empresarios discográficos independientes que rondaban los antros del West Side. Buddy grabó sus primeros discos para Cobra; y, lo que es más importante, se asoció con Willie Dixon, que había renunciado a su trabajo en Chess Records. Dixon es menos famoso que algunos de sus contemporáneos, pero era el padrino del ambiente. En Chess, compuso canciones que ayudaron a delimitar el género: "Hoochie Coochie Man", para Muddy Waters; "My Babe", para Little Walter; "Wang Dang Doodle", para Koko Taylor. Estaba permanentemente en guerra con el dueño del sello, Leonard Chess, un inmigrante polaco que había empezado regenteando un club nocturno, el duro comerciante a quien uno podía ver cerrar el Macomba Lounge con una pistola en la cintura, y los bolsillos llenos de billetes manchados de Chivas. Para Dixon, Leonard Chess era esencial (era ingenioso para los negocios, y un apasionado de la música; no es azaroso que su sello, que codirigía con su hermano Phil, haya reunido el mayor catálogo de la historia del blues eléctrico), pero era un sinvergüenza. Manipulaba los créditos de composición, y hacía trampa con los royalties. Con los años, el nombre de Leonard Chess llegó a representar, injustamente, las peores cualidades del disquero tramposo.

Chicago estaba lleno de gente como Chess, pequeños empresarios a quienes suele señalarse como los villanos del mundo del blues, sin los cuales, sin embargo, la música nunca habría encontrado su público. En 1959 Eli Toscano, el presidente de Cobra, desapareció. Poco después, su cuerpo fue encontrado en el lago Michigan. Lo habían asesinado a la manera de la mafia. De modo que Dixon regresó a Chess, y se llevó consigo a dos artistas de Cobra: Otis Rush y Buddy Guy. Buddy permaneció en el sello de 1960 a 1967, formando parte de uno de los más grandes ambientes de la historia de la música de los Estados Unidos: Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Jimmy Rogers, Little Walter, Sonny Boy Williamson II y Otis Spann pasaban tiempo juntos, bebían Hennessy y grababan en el estudio del 2120 de South Michigan Avenue.










Fue en estos años que Buddy se asoció con Junior Wells, el artista que, por muchas décadas, sería el compañero y socio de Buddy.

Wells (su verdadero nombre era Amos Blakemore) nació en 1934 en Memphis, donde, en su adolescencia, aprendió los rudimentos de la armónica con Junior Parker, la figura local que, entre otros temas, compuso "Mystery Train", uno de los primeros hits de Elvis Presley. Cuando Wells tenía 12 años, lo enviaron a vivir con su madre a Chicago, donde adaptó su estilo al de visionarios como Sonny Boy Williamson y Little Walter, que fueron los primeros en electrificar la armónica, dando origen al sonido de la quejumbrosa ciudad. En 1952, cuando Little Walter abandonó, enojado, la banda de Muddy, convocaron a Wells para que lo reemplazara. Tenía 18 años. El benjamín del ambiente. Era Buddy el otro benjamín del ambiente. Se hicieron amigos. Buddy Guy y Junior Wells comenzaron a tocar juntos en 1958; ése fue el inicio de una gran sociedad. Cada uno sacaba lo mejor del otro; esto se puede ver en los numerosos discos que grabaron: Hoodoo Man Blues (1965); Buddy Guy and Junior Wells Play the Blues (1972); Alone and Acoustic (1981); la sabia voz de Wells en contrapunto con los melodiosos aullidos de la guitarra de Buddy, y el barítono de Buddy realzado por la fuerza arrolladora del arpa de Wells. Por muchos años, podía vérselos noche tras noche, hasta bien entrados los 90, como los últimos sobrevivientes de una escena alguna vez candente. En 1998, con la muerte de Wells, Buddy pareció súbitamente más viejo, como si lo hubieran empujado al fondo del retrato familiar. No habla de su amigo desaparecido con tristeza, ni tampoco con nostalgia, sino con entusiasmo, como si aún viviera y estuviera por ahí, tocándose la vida.

ara mediados de la decada de 1960, el estudio de Chess en el 2120 de South Michigan Avenue se había convertido en uno de los santuarios del rock, y recibía las visitas, como una suerte de peregrinaje, de los Rolling Stones, Paul McCartney, John Lennon y Jeff Beck.

"Yo solía ir a Chess y ponía el amplificador a todo lo que daba, como lo hago ahora", me cuenta Buddy. "Pero Chess me echaba del estudio. Me decían: «No nos vengas con eso». Pero cuando descubrieron lo que hacían en Londres, le pidieron a Dixon que me fuera a buscar. «Andá y traé a ese hijo de puta». Dixon me dijo: «Ponete el traje». Así que me puse un traje azul que tenía, y, nunca me voy a olvidar, pensé: «Este debe de ser el final de mi carrera en Chess». Y cuando entré (yo nunca había estado en la oficina de Chess), se sacó de la boca un gran cigarro que estaba fumando y se agachó y me dijo: «Quiero que me pegues una patada en el culo». Y yo le dije: «¿Qué mierda te pasa?». Y me dijo: «Dale, hijo de puta, dame una patada en el culo». Yo le dije: «¿Para qué, man?». Y él me dijo: «Oíme, desde que llegaste que nos venís cantando la posta, y nosotros fuimos unos boludos que no te hicimos caso». Me tenían un trago preparado y todo. Me hicieron sentar en la silla del jefe, y me dijeron: «Man, queremos que hagas lo que se te ocurra»."











Y allí fue cuando Buddy Guy se transformó en Buddy Guy.

unque buddy se aproxima a los 70, pasa más de la mitad del año de gira. Es como si viajando se encontrara más cómodo, como si permanecer en movimiento fuera el único modo de mantenerse quieto. De gira, él es sólo carreteras y aeropuertos, ciudades que van quedando atrás, rostros que se desdibujan, un celofán que envuelve la perla del instante del concierto. En casa, se siente menos cómodo, fuera de lugar en su hogar suburbano al sur del South Side. Uno se da cuenta de que sus días son preciosos y escasos, como la vida de un boxeador entre round y round. Se acuesta tarde, maneja rápido, toca en vivo, se relaja en el Legend, o pasa las tardes en su jardín, tratando de cultivar verduras como las que comía en Louisiana cuando era chico.

Buddy es un fanático perdido de Chicago. Como un verdadero fanático, sabe que no basta con repetir elogios; además, uno tiene que creérselos. Buddy cree que Chicago es el mejor lugar del mundo; allí es donde él encontró su lugar. Por consiguiente, aceptó muy orgulloso llevarme a recorrer la ciudad, no para conocer los lugares turísticos sino los más significativos en la vida de Buddy.

Una mañana, partimos del estacionamiento detrás del Legends. Ibamos en una 4 x 4. Buddy iba en el asiento del acompañante, y su asistente conducía. Fuimos hacia el oeste por la avenida Roosevelt, pasando por debajo de las vías elevadas, por sobre la autopista y los playones de transporte, la ciudad extendida sobre la pradera como una mancha. El sol se había puesto, detrás de nosotros el lago resplandecía como un heliógrafo. Me mostró el andén donde bajó del tren en 1957; las calles del gueto se arremolinaban debajo como una hélice. Me mostró el negocio donde solía comprarse trajes. "Había que dividir la plata, la mitad en el bolsillo y la mitad en el zapato", me cuenta. "Así, después de hacer la oferta, uno se daba vuelta los bolsillos y decía: «Mirá, man, es todo lo que tengo»."

Prendió la radio satelital, que tiene todo el tiempo sintonizada en la estación de blues. Me contó que también le gusta otra música, pero que siente que todavía le falta mucho para agotar su estudio del blues. Cada vez que empezaba una canción, hacía algún comentario, o simplemente subía o bajaba el volumen. Cuando empezó "Hide Away" de Freddie King, un guitarrista texano, dijo que esa canción había sido el tema que Hound Dog Tylor, un guitarrista nacido en Mississippi, conocido por sus salvajes actuaciones, tocaba para abrir y cerrar sus shows en Mel’s Hideaway. Hound Dog nunca le dio mucha importancia hasta que Freddie King lo tomó y lo convirtió en un éxito. "Pero estafaron a todo el mundo", me contó Buddy. "Así fue. Pensábamos que Chess nos estaba estafando a todos, y así era, pero a Chess también lo estaban estafando."

Doblamos en la avenida Homan (Roosevelt y Homan quizá sea la esquina más peligrosa de Chicago), y atravesamos calles de casas bajas, con una intrincada red de salidas de emergencia al contrafrente. Las calles estaban vacías, los bares cerrados. Soplaba un viento del Oeste. Pasamos por la oficina de Cobra y el depósito en el que Sears almacenaba la mercadería que podía ordenarse del catálogo: de ahí obtuvo Muddy Waters su primera guitarra.

Nos dirigimos al Sur por la calle 47, alguna vez la principal de Bronzeville, el gueto construido por cientos de miles de inmigrantes afroamericanos que inundaron la ciudad desde Mississippi y Louisiana. Desde el auto, Buddy me iba señalando los lugares de interés: el edificio donde había estado el Blue Flame Club; el edificio del 708 de la 47 donde funcionaba el 708 Club; el lugar donde había estado el Pepper’s Lounge; el edificio donde se encontraba Theresa’s. En muchos de estos boliches, el escenario estaba detrás de la barra. (Buddy se hizo conocido como el primer músico en saltar del escenario a la barra.) En los más chiquitos, no había escenario, tan sólo una escalera que los músicos subían. Pasamos frente a unas hermosas casas de ladrillos, muy venidas a menos, que estaban siendo recicladas por empresarios inmobiliarios del North Side. Buddy frunció el ceño y dijo: "Ya no queda nada del gueto".

Seguimos con rumbo Norte, y llegamos a un pequeño barrio; las calles estaban desoladas, y tenían un aire somnoliento y burgués. Estacionamos frente a una modesta casa, en el 4339 de South Lake Park Avenue. Había un cartel pegado en la ventana, que decía "Se alquila". "Es la casa de Muddy", dijo Buddy. Nos quedamos ahí sentados un rato largo. Empezó una canción en la radio. Buddy subió el volumen. Era una canción de Muddy Waters, llamada "I Love the Life I Live, I Live the Life I Love". Buddy reclinó la cabeza y se dedicó a escucharla con los ojos cerrados.

Fuente: Rich Cohen R.S.

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