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miércoles, 20 de julio de 2011

EL RETORNO DE MALON. TOCARA EN OBRAS SANITARIAS BUENOS AIRES.













El cuarteto O´Connor-Romano-Strunz-Kuadrado vuelve a los escenarios el 10 de diciembre luego de 12 años de silencio. Y lo harán en el Templo del Rock que cerró sus puertas hace dos años. Su baterista revela que habrán más shows, gira por el interior y grabarán un nuevo disco.

Por Pablo Raimondi

MALON. Strunz, O´Connor, Kuadrado y Romano.

ENSAYO. Primera foto de la vuelta del grupo en acción.

En medio del retorno de varias bandas a nivel internacional, el heavy local no se queda cruzado de brazos y anuncia la vuelta de una de las bandas más importantes del metal criollo: Malón, formado en 1995 de las cenizas de Hermética con excepción de Ricardio Iorio que le dio vida al exitoso Almafuerte.

El show será el 10 de diciembre en el Estadio Obras Sanitarias que reabre sus puertas a los conciertos luego de un impasse de dos años por remodelaciones. El cantante Claudio O´Connor, el guitarrista Antonio "Tano" Romano, el baterista Claudio "Pato" Strunz y el bajista Carlos Kuadrado editaron Espíritu combativo (1995), Justicia o Resistencia (1996) y Resistencia Viva (1997) grabado en el Microestadio Ferrocarril Oeste. "Aparte de Almafuerte y Rata Blanca hay un vacío muy grande en la escena local y creo que Malón podría ocuparlo. Los reuní a los cuatro en el Asbury de Flores y les planteé volver a lo grande. Y como no hay ninguna aspereza entre ellos se concretó. Este show será la vuelta del metal a Obras", expresó al Sí! Ariel Costa Vigo, promotor del show y representante de Volumen 4 Agency.

"Quiero aclarar que la banda no se reúne por un show sino que también haremos conciertos en marzo y abril por Capital, giraremos por el interior en 2012 y grabaremos un disco nuevo. Y quizás también toquemos en el exterior. Es un sueño cumplido porque desde hace mucho tiempo quiero volver a tocar con ellos. Reuní al Tano Romano y Claudio para que charlen, está todo bien. Y sin problemas se sumó mi amigo Carlitos Kuadrado. Es más, la banda O´Connor hoy ensaya en Asbury, lugar de mi propiedad", reveló el Pato Strunz, baterista del grupo.

Desde que el cantante Claudio O´Connor anunció en 1998 la creación de su proyecto solista (O´Connor), el cuarteto metalero no realizó más shows oficiales excepto un concierto en Cemento en 1999 a beneficio de uno de los ex manager del grupo. En 2001 el grupo se reunió pero sin su cantante quien, abocado a O´Connor, no se sumó a la banda. En su lugar lo hizo Eduardo Ezcurra, con un registro vocal similar al del anterior cantante, y con quien editaron en 2002 un EP con las canciones Razones conscientes, Deshumanizado, Pálidas noches, Tendencias y una nueva versión de Nido de almas.

BOOM BOOM KID














Sí voy en tren. Boom Boom Kid pega afiches de sus shows en las estaciones
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"Aunque parezco muy activo, soy bastante vago"

Luego de editar un libro con sus fanzines y mientras prepara DVD de clips, el ex Fun People Y referente del hardcore punk nos muestra en vivo cómo aplica su espíritu DIY.
Por Nicolás Igarzabal

Sabés dónde puedo comprar una plasticola?”, pregunta Boom Boom Kid y un rato después ya está pegando afiches de sus shows por las calles y repartiendo volantes a la gente. Dice que las estaciones de Once, Retiro y Constitución son los puntos más estratégicos. Ahora está en una de esas, entre olor a chipá y a garrapiñada, como un escenario salido de un cuento de Washington Cucurto. Algunos lo reconocen y se acercan a saludarlo. Lleva el skate en una mano y a veces junta cosas del piso, como esa motherboard de CPU tirada que se guarda en la mochila para usar luego (“Parece una ciudad chiquita, le voy a poner muñequitos”). En un kiosco de diarios revuelve libros viejos y consulta por cómics Vampirella . Suena Flema de fondo desde un viejo grabador. Después se cuela un tema suyo ( Kitty ) y se pone incómodo. Y se va.

Nacido como Carlos Rodríguez hace 39 años, BBK se mueve fuera de la manada rockera, trazando su caminito al costado del mundo, con el espíritu romántico del DIY (Do It Yourself) metido entre la dermis y la epidermis. Maneja su propia van cuando gira, distribuye sus discos y se consigue fechas para tocar por todo el planisferio (de Estados Unidos y Europa ¡a Japón!). “Anesthesia fue mi preescolar, Fun People el primario y la secundaria, Boom Boom Kid es el nivel terciario”, resume. “La mayoría de mis días me dedico a divagar, componer melodías para desconar parlantes, inventar recetas de comida, estar tirado leyendo un libro, pintando paredes o rasgando la guitarra. Aunque parezca muy activo, soy bastante vago, ¿sabés?”.

–¿Cómo es la rutina de un día normal en tu vida?

–Pongo música, como nueces y cítricos de la casa de mi abuelo, una taza de café, me preparo el té verde del día, y me lavo la cara, acaricio a mis gatos, me fijo todas las tareas del día y voy una por una haciéndolas arriba de mi tabla, la Vespa o mi camioneta. Trato de que todas las tareas mundanas me roben la menor parte de mi tiempo y siempre hago un stop en librerías, algún point para tirarme al sol o comer algo.

–¿Cuántos gatos tenés? Hay una canción que titulaste “Sólo mis gatos me comprenden, así que sayonara, adiós”…

–Tengo dos gatos, Debbie y su hijo el Cholo, que cuando pongo discos viene y hace muy buenos scratchs. Tengo un vinilo de Herbie Hancock que compré todo hecho pomada para que juegue. Aparte es adicto a las bolsitas de plástico que crujen y a Debbie le gustan el pan, las aceitunas y la poderosa sopa de miso.

–Nekro, Il Carlo, Miss Muerte, Boom Boom Kid… ¿Cómo te manejás con tantos alter egos?

–Los pibes de la banda ahora me llaman El Duke, porque me copé con el logo de un jabón que se llama así (risas). Me encanta Lee Perry, que también se cambiaba de apodo en cada LP. La única carrera que corro a veces es con Perry para ver si puedo tener tantos como él.

Este año recopiló todos sus fanzines en un libro de ¡600! páginas y está preparando su primer DVD (ver Incendios de un pitecántropo sin iutub ). También reeditó su disco Frisbee (2009) en vinilo: 35 canciones de dos minutos y medio, que pueden pasar de un hardcore asesino a la balada más tierna. Sus shows siguen siendo un caos hermoso, con invasión de fans mosheando sobre el escenario, disputándole el micrófono. Y él, transformado en un demonio de tasmania, que revolea los dreads rubios y barrena arriba de la gente con su tabla de surf. “Es un mar que tiene olas muy locas y grandes y muchos pozos también, mucha adrenalina”, grafica esos momentos. “Salió como algo espontáneo: una vez se me pinchó mi cocodrilo inflable, el clásico de todos los recis de Fun People, entonces miré al costado y agarré el estuche del bajo. Lo puse sobre las cabezas y las palmas del público, me subí y… ¡guauuu!”.

–Llevás ya 20 años en la ruta ¿te sentís referente del hardcore punk argentino?

–Soy referente de todo lo que uno no debe hacer en su vida. Desde hace más de 20 años, lo único que hago es sacar discos, escribir canciones y girar. Indie o mainstream no son más que etiquetas para vender algo, la cosa pasa por ser un loco, un apasionado, jugado por tus sueños y defender lo que sos. Disfruto como un enamorado que cocina para su amante la mejor comida. Todo lo que es el proceso de hacer un tour o un álbum, pero si el día de mañana hubiera algo que no me divirtiera, lo dejaré de hacer. Si no soy yo, no me siento auténtico.

–¿Volverías a juntar a Fun People?

–Volver con la banda sería de lo más berreta de nostalgia y muy careta. Cuando nos juntamos a tocar con algunos la última vez fue porque nos pintó, lo hicimos bajo el mote de BBK y sin anunciar nada porque estoy harto de todas esas vueltas paletas, salvo la de Los Mockers y la de los Cadillacs, que fueron una maravilla. Estoy tan ocupado por el futuro y por cómo van las cosas que no tengo tiempo para pensar en esas frivolidades. Me gusta ser un forajido y no un príncipe que vive para cuidar su jardín. Me gusta la acción, me gusta de verdad mucho el rock, lo quiero tanto, es tan sagrado, que no lo puedo ensuciar así.

THE FOUNDATION de DETROIT .

















En una ciudad devastada y con impronta masculina, un movimiento de hip hop femenino ha crecido a partir de un ciclo que ya lleva dos años.
  • 14.07.2011 | Por Rob Boffard The Guardian

Ellas tienen las palabras

Ellas tienen las palabras

Ellas tienen las palabras

Hay un barrio en Detroit conocido como Corktown. Era originalmente un barrio de irlandeses, con una mezcla de restaurantes, casas y calles de varios carriles. Allí, en un squat, funciona la 5E Gallery, y es el centro de un movimiento musical extraordinario que casi no tiene precedente.

Lisa y llanamente, hay un enorme movimiento de hip hop femenino en Detroit. La ciudad se ha transformado en una cuna de talentos en ebullición, que dejó atrás a Los Angeles, New York y Atlanta. Probablemente no exista otro lugar menos apropiado para el surgimiento de un rap femenino: Detroit es sinónimo de fútbol, chimeneas de humo, acero y motores, una ciudad profundamente masculina y en decadencia. Pero en una época en que Nicki Minaj es la única rapera comercialmente exitosa, Detroit va contra la corriente. Invincible (Ilana Weaver, de nacimiento) es una de las figuras clave en todo esto. Miembro de las Anomolies, ha sido decisiva a la hora de construir el movimiento. “Detroit pone adelante a las mujeres en el movimiento hip hop de manera exclusiva”, expresa. “Hay varias ciudades que tienen mujeres en el hip hop: Seattle, Los Angeles, N.Y., Chicago, todas tienen sus nichos. Pero Detroit está haciendo un esfuerzo para sacar voces femeninas”.

La 5E Gallery presenta todos los martes (desde mayo de 2009) The Foundation , una de las noches más exitosas de la historia de la ciudad. Lo inició Piper Carter, una fotógrafa que antes había trabajado para la revista Vogue francesa y para la Elle británica. Al regresar a Detroit para atender a su madre enferma, Carter descubrió un espacio en el mercado.

“He sido una gran seguidora del hip hop y siempre me gustó la música y su cultura”, explica Carter. “Me conecté con las artistas mujeres que estaban creciendo, y había muchas”. Carter juntó fuerzas con Invincible y su amiga de Detroit, Miz Korona. The Foundation fue (y sigue siendo) una noche dedicada a las mujeres, con actuaciones debut, DJs y breakdancers todas mujeres, y un micrófono abierto.

Según Korona (Paula Smiley, de nacimiento), una cosa estaba clara desde el principio: había muchas mujeres artistas en Detroit, simplemente no tenían la confianza necesaria para subirse a un escenario. En lugares como Lush Lounge y el Hip Hop Shop, surgieron personajes como Eminem, pero Korona dice: “Siempre hubo una buena cantidad de mujeres” dice, “pero tenían miedo porque los eventos estaban dominados por varones”.

L as chicas de The Foundation han estrenado un reguero de discos, algunos aclamados por la crítica como Brown Study de Boog Brown (con el productor Apollo Brown) y The Injection de Miz Korona. También han contribuido a inspirar otras iniciativas como la de Glennisha Morgan que inició Fembassy, un sitio web dedicado a poner en catálogo y a promover a las raperas, dentro y fuera de Detroit.

Boog Brown (Elsie Swann) ahora vive en Atlanta pero le alegra ver la cantidad de talentos femeninos surgidos en Detroit: “Es una convocatoria a la acción. Es el momento. Creo que es eso, si no, no habría tantas mujeres emergentes. Y Detroit es un lugar difícil para vivir, independientemente del tiempo que hayas o no vivido allí. Es duro pero es hermoso: siempre surge algo nuevo”.

¿Qué es lo que tiene Detroit para que haya aparecido ese enorme grupo de raperas? Piper Carter habla de las circunstancias sociales de Detroit. “Es una economía deprimida”, dice Carter. “Hay historias para contar. Y hay un montón de mujeres que tienen historias, es una suerte de lugar en que sólo sobreviven los fuertes. Es una ciudad dura, y tenés que ser bueno en lo que hagas”.

ZAKK WYLDE Y BLACK LABEL SOCIETY PRONTO EN BUENOS AIRES.





"Lo triste es cuando se acaba la cerveza"

El guitarrista y cantante, sucesor de Randy Rhoads, tocó con Ozzy Osbourne durante 20 años y vuelve el 9 de agosto junto a Black Label Society para distorsionar el Teatro de Flores.

Por Pablo Raimondi











De película. En Rockstar tocó junto a Steel Dragon.


"Yo era un gran fan, así que fue un sueño hecho realidad, para un chico como yo, que tenía pósters de ellos en la pared. Fue una de las cosas más grandes de mi vida. De no haber sido por eso, no estaría al teléfono ahora contigo. Lo único que hice en estos últimos 30 años fue crecer y crecer”.

Esta frase, más cercana a un adolescente con devoción metálica, pertenece al eximio violero que se tuvo que calzar en 1987 las botas de Jake E. Lee (quien a su vez sucedió a dos guitarristas temporales de gira) para reemplazar al gran Randy Rhoads, quien falleció prematuramente a los 25 años luego de un accidente en un helicóptero. Zakk Wylde, un mix de rockero, vikingo y motoquero, derriba su aguerrido look con un toque de humor. “Me visto como los jugadores de bowling profesional (risas). Hago música de bowling”, dice quien volverá en plan solista (teloneó a Ozzy en River en 2008), pero esta vez el 9 de agosto en el Teatro de Flores.

Cuando el guitarrista ya tenía en mente dejar las filas de Osbourne, coqueteó de más con los Guns ‘n’ Roses (grabó algunos demos) y esto impacientó al Príncipe de las Tinieblas. “Estaba viendo si me echaba. Trabajé 20 años con ellos y quería probar con otros músicos. Y me planteó: ´O estás con ellos o conmigo. No me puedo quedar sin guitarrista a último momento´. Lo entendí y me fui. Los Guns iban y venían hasta que me dijeron que no me necesitaban. Yo tenía que trabajar, no me gustaba estar sin hacer nada. Entonces me dediqué de lleno a Black Label Society”.

Así Mr. Wylde, fanático del disco Bark At The Moon de Ozzy, mantuvo su hacha indeleble, voz aguardentosa y mechó varios matices en Order Of The Black : de la rockera Crazy Horse hasta la melodramática Darkest Days . “Para escribir me fijo en las etapas oscuras. Hablo de religión, guerra, noticias del mundo o cuando murió mi padre”.

Desde 1999, Zakk editó nueve discos con Black Label Society, el último, The Songs Remains Not The Name , que incluye versiones acústicas del reciente Order Of The Black junto a material adicional de las sesiones grabación.

Aparte de palanquear y distorsionar cuerdas como pocos, este violero de 44 años (que realizó la banda sonora de la peli Rockstar y aparece en un show junto a Steel Dragon), mata el tiempo levantando pesas, leyendo libros biográficos de sus bandas preferidas y compartiendo aventuras junto a su esposa, hijos y mascotas. Relajá Zakk, porque en Black Label Society, no parás. “Dejo la vida, pero lo amo. Estoy con el arte de tapa, merchandising, el escenario. Meto mano en todo. Es un trabajo 25x7, 366 días al año y 13 meses y 8 días (risas). Siempre hay algo para hacer”.

–Aparte de ser un violero muy bueno, sorprendiste al cantar. ¿en cuáles voces te inspirás?

–La performance de Ozzy en Sabotage (Black Sabbath) es la mejor de todos los tiempos. Me gusta Robert Plant, Neil Young, Paul Rodgers. Soy fanático del rock clásico. Me encanta Mick Jagger.

–¿En algún momento Ozzy te dijo por qué te seleccionó a vos para ser parte de su banda?

–Fue gracioso, tiempo después de tomarme, me contó que de todas las fotos que recibió de otros violeros, la mía fue la única que le impresionó. “A este tipo le debe gustar mucho Randy Rhoads”, pensó. Y la sumó a las demás.

–¿Y cuándo te conoció?

–Cuando fui a audicionar, él me vio y dijo: “Eyy, vos ya viniste”. Y le dije que no. Luego reconoció que se había confundido: “Tenés razón, a vos te conozco, sos el de la foto”. No lo pensó y me subió a bordo. Fue muy loco y un honor estar tocando con Ozzy, quien además es el padrino de mi hijo. Así que todo queda en familia.

-¿Seguís en contacto con él?

–Sí, y estuve en dos de sus shows hace poco. Gus G. es asombroso, ya es amigo. Les está yendo bien.

–¿Cuál fue tu mejor momento junto a él?

–Si tuviera que elegir alguno, diría la grabación de No More Tears .

–¿Y el peor?

–No tengo ninguno en mente, Creo que lo más triste era cuando se acababa la cerveza.

FERNANDO SAMALEA: REPORTAJE.






El baterista acaba de publicar Al limiti del mondo, un álbum a dúo con el guitarrista Fernando Kabusacki, en el que participa como invitado Tony Levin. Hace poco salió también el disco del Sexteto Irreal, del que forma parte, y tocó en el último hit de Calle 13.










Por Matías Córdoba

“Difícilmente hubiese podido ser el cantante de una banda de rock y estar ahí en primer plano, buscando los flashes. Pero sí disfruto de un rol más tranquilo y discreto al mando de mis discos instrumentales. Será que ese don de la suerte, sumado a mis propias ganas, me fue llevando a alcanzar las metas”, responde el músico Fernando Samalea ante la pregunta sobre cómo construyó una carrera –aunque a él no le guste hablar en esos términos– que ya lleva más de veinte años y en la que tocó con algunos de los más prestigiosos artistas de la escena local e internacional. Este baterista tiene tiempo para todo: viaja por el interior del país en cada rato libre, toca batería, percusión y bandoneón, compone, es parte del Sexteto Irreal (que recientemente publicó Jogging), colabora actualmente con diversos músicos (Rosario Ortega y Pablo Dacal, entre otros), tocó la batería en “Calma pueblo”, una de las últimas canciones de Calle 13, grabó discos instrumentales, tocó con Andrés Calamaro, Tony Levin y decenas de artistas a los que se fue acercando en el transcurso de su vida. Y ahora, para no perder la costumbre, acaba de publicar Al limiti del mondo, el nuevo disco que Samalea firma en conjunto con su “hermano”, Fernando Kabusacki, y que aquí explica.

–Se encuentran algunas diferencias entre su obra solista y la de sus proyectos en los grupos de rock. ¿Cómo se alimentan entre ellas?

–Diría que tuve siempre esa dualidad, participando de proyectos enormes con artistas súper populares y a la vez en esos para minorías, como el mío de bandoneón. Así se dieron determinadas alianzas, algunas en plan miniatura. La que tenemos con Kabusacki en Al limiti del mondo es un buen ejemplo. Uno es lo que es. No podés forzarlo. Venís de antemano con una señal y la llevás adelante, o no sucede nada. Casi todos realizamos muchas actividades en paralelo, no sólo dentro de la música. El filósofo Gurdjieff se cansó de aseverar que “no somos uno, sino ocho”, con facetas bien diferentes dentro. Así se explicaría el frecuente oscilar de nuestros gustos, a veces alarmante. Vamos de fiestas esnob a obras de teatro o a películas conmovedoras sin escalas. De lo trágico de Stendhal a las memorias de Groucho Marx, que te hacen descostillar de la risa. ¿Por qué algunos días querés escuchar las bossa-novas de Vinicius y Jobim y otros a The Who, o tal vez a MGMT, Luis Alberto Spinetta, Kings of Convenience o Frank Sinatra? Claro que al componer música hacés lo que te sea posible, con tus limitaciones, y supongo que el secreto de lograr algo pasa por aceptar esa pauta.

–En su discurso y en sus discos interactúan la literatura, la música, el cine y la pintura con mucha asiduidad.

–Es que muchas veces la idea original deviene de un caos sensorial. Algunos tienen cierta fluidez, dicen tres o cuatro frases y ya entendiste todo. A mí me cuesta más ser preciso o encontrar las palabras e imágenes apropiadas. Cuando hablás de algo, soñás determinados colores, temperaturas, texturas. Todo queda envuelto en ese juego creativo: la energía, la respiración, el movimiento del pecho al entrar o salir oxígeno, los gozos, alegrías, añoranzas o dudas. Hay dos palabras que evito cuando hablo de mí: trayectoria y obra. Sólo intento sumarme a proyectos ajenos o generar propios que conlleven sinceridad e ilusión. Y los acepto como un pequeño fotograma del momento.

–¿Cómo nació su relación musical con Fernando Kabusacki?

–Con Kabusacki se da una alianza que roza la hermandad. Nos conocimos a través de María Gabriela Epumer y desde el primer segundo ya estábamos predispuestos a compartir música, chistes u ocurrencias. El me mostró el mundo del Guitar Craft –el de los discípulos de Robert Fripp–, y yo debo haberlo acercado un poco más al ambiente del rock. Lo llamativo es que sus discos y los míos son completamente antagónicos, ya que suelo usar armonías cercanas al sentir de Buenos Aires o al exhalar bandoneonístico; mientras él genera temas y atmósferas inclasificables dentro de un contexto geográfico.

–Mucho de lo que dice está presente en Al limiti del mondo. ¿Cómo se gestó el disco siendo ustedes musicalmente antagónicos?

–Hace unos meses estábamos en el Festival de Cine de Montaña de Ushuaia y nos propusimos realizar este disco a dúo. Apenas regresados pautamos las siete piezas. Hubo estructuras, progresiones de acordes y melodías desde el vamos, evitando las improvisaciones como eje. Les dimos gran protagonismo al vibrar de las cuerdas y al ondular de los parches y usé bastante el vibráfono. La premisa fue conservar ese halo de aire y espacio que tiene la música cuando coquetea con el silencio.

–Además participa Tony Levin, bajista de King Crimson y Peter Gabriel, que ya había grabado con usted. ¿Cómo fue el acercamiento?

–Le pedimos que sea nuestro invitado de lujo. Que se haya sumado a dos músicos ignotos del Cono Sur como nosotros, siendo quien es dentro de la música internacional, habla de su grandeza. Es una de las grandes sorpresas que te da la vida verlo interesado por el sonido del bandoneón, participando en varios de mis discos desde hace años y ahora también en éste. Y que podamos compartir otras cosas como cafecitos y salidas por ahí, charlas, complicidades, humoradas... intentaremos hacer un disco de trío a futuro.


“Soy cultor de la vagancia"


Si bien está en permanente movimiento, afirma entre risas que es “cultor de la vagancia y el ocio contemplativo, actividades tan devaluadas para la sociedad”. Pero más allá de esos ratos libres, que de hecho deben ser pocos, Samalea pasa su tiempo rodeado de música. El mismo lo detalla: “Normalmente comparto con personas que quiero y simpatizo, sean jóvenes, de mi generación o mayores aun. Este año se publicó Jogging con el Sexteto Irreal, que me dejó más que feliz: todos los integrantes nos conocemos desde la adolescencia y estoy seguro de que seguiremos yéndonos de juerga musical cada tanto. En lo personal, preparo un nuevo disco de bandoneón, con tintes de jazz antiguo, woodyallenesco de alguna manera. Y espero la edición de mi primer DVD, que rescata shows en el Teatro Alvear y el ND/Ateneo e incluye clips y cortos filmados especialmente. En breve tendré conciertos con Rosario Ortega y me encanta estar en su banda. La princesita ha escrito muy buenas canciones, tiene con qué. Respecto del mundo del cine, sigue atrapándome. Estoy componiendo la banda sonora de la ópera prima de Martín Piroyansky titulada En Nueva York, simple y lúdica, y pienso que dará que hablar. Y como broche, grabamos junto a Daniel Melingo y Willy Crook las músicas incidentales de Verano maldito, film del genial Luis Ortega basado en un cuento de Yukio Mishima”.

PRINCE ABANDONA LOS ESTUDIOS DE GRABACION.














Por Eduardo Fabregat

Se acabó el juego de la industria discográfica para Prince Roger Nelson. “La industria cambió. Hicimos plata online antes de que la piratería fuera realmente una locura. Hoy los únicos que hacen plata son los de las compañías telefónicas, Apple y Google. Supongo que tendré que ir a la Casa Blanca para hablar de la protección de derechos de autor. Ahí afuera hay como una fiebre del oro, o un robo de autos. No hay límites. He estado en varios encuentros y me dicen ‘Prince, vos no entendés, es una cosa de perros comiéndose a perros’. Con lo que decidí dejar de grabar”, dijo en una entrevista realizada por el diario británico The Guardian. “Personalmente, no soporto la música digital, el sonido convertido en bits: afecta a un lugar diferente de tu cerebro. Cuando lo ponés, no sentís nada. Somos gente analógica, no digital.”

Como sucedió con algunas movidas fuertes ensayadas por Prince en el pasado, varios en el medio interpretarán el gesto como una nueva excentricidad del músico estadounidense de 53 años. Pero, más allá del extremismo de la decisión, hay puntos atendibles. Hace ya varios años, en el sello Warner sonrieron con esa locura de pasar a llamarse “Simbolito Impronunciable”, hasta que descubrieron que el contrato que los unía con “Prince” no decía nada sobre posibles discos grabados con otro nombre y por un sello independiente. Así, a fines de los ’90, Prince, Simbolito o The Artist Formerly Known as Prince tuvo una hemorragia creativa que se tradujo en discos y más discos, fuera por Warner, NPG Records o aun otros subsellos. En enero de 1998, el petiso de Minneapolis abrió caminos que la industria luego agradecería, al convertirse en el primer artista en comercializar un disco solo por Internet. El triple Crystal Ball se adquiría a través de la web y se enviaba por correo: todavía subsistía el plano físico, cierta cosa de negocio al viejo estilo.

Pero los tiempos, como apunta Prince y como lo sabe cualquiera que esté medianamente atento a las mutaciones del mercado, han cambiado, y mucho. En la extensa gira que lleva adelante desde el año pasado, con entradas bolsillo friendly y un repaso de éxitos de su carrera, el multiinstrumentista desarrolló una especial efectividad para evitar que se filtre en la red cualquier audio o video. Lo que se sabe por relatos de quienes estuvieron en cada show no puede comprobarse: todo audiovisual que logra colarse desaparece en poco tiempo, perseguido por los sabuesos del entorno principesco. Después de abrir caminos en la era digital, Prince está decidido a cerrar todos los pasadizos que comunican con Paisley Park.

Por supuesto, en el rock ninguna promesa es inquebrantable, y hasta el Beach Boy Brian Wilson un día dejó el encierro. Lo interesante de esta rabieta de Prince contra el estado de las cosas, ese “si no dominan al mostro de la piratería, no sigo”, es que viene acompañado de un planteo que merece al menos una mínima atención, como ese cuestionamiento de la chatura e hipercompresión digital frente a la naturalidad de lo analógico o, según dijo en otro pasaje de la entrevista, el interrogante acerca de si la escena musical de hoy está protagonizada “por gente con verdadera sustancia, o simplemente personajes con ropas locas encima”. Lady Gaga, teléfono.

Chet Baker: El ángel exterminado





















"Let´s get lost", un documental del fotógrafo Bruce Weber sobre Chet Baker, una leyenda del jazz.


Por Santiago Giodano 09/07/2011

Una voz de lirismo opaco y dulzura cansada canta apenas cuatro notas y se interrumpe. Pide disculpas, discute. Respira con un color y frasea con un tono en los que es posible escuchar el reflejo de una vida vivida con la intensidad del desencanto, sin bien ni mal. Chet Baker canta y caen los títulos de apertura de Let's get lost, el documental que el fotógrafo Bruce Weber realizó sobre una de las grandes figuras de la mejor época jazz.

Let's get lost es el retrato en blanco y negro de un querubín maldito. Del muchacho blanco que con la pinta de rebelde inocuo de James Dean y el talento curtido en la admiración por Fast Navarro, Dizzy Gillespie y Red Rone, le dio pulso cool al jazz cuando despuntaba la década de 1950. Del trompetista y cantante de carita dulce y fotogénica que entre autos fabulosos y mujeres que nunca lo perdonarán por no haberlas amado, interpretó desde el inconformismo el estado de ánimo de la cultura norteamericana de su época, el tedio de una juventud que de pronto se encontraba, sin arte ni parte, alucinada por el chantaje de la Guerra Fría.

Última gira


Bruce Weber es uno de los mejores fotógrafos de moda del mundo. El entusiasmo de una sesión de fotos con Chet para una exposición que preparaba en el Whitney Museum, mediados de la década de 1980, se prolongó por más de dos años y terminó con este relato documental que detiene al músico en una gira que será la última. En 1987, poco antes de que a los 58 años Chet Baker diera su último vuelo desde la ventana de un hotel de Amsterdam -donde por supuesto hay una placa que lo recuerda- Weber completó la película.

El cuento de Let's get lost se construye con material de archivo, testimonios de productores, colegas, amigos, hijos y mujeres que acompañaron al músico en algún momento de su vida. Pero es la mano de un fotógrafo y el aura de Chet lo que definen una belleza que no roza la sordidez. La película es Chet que se deja fotografiar por Weber, por dentro y por fuera.

Chesney Henry Baker Junior, Chet, nació en 1929 en una granja de Oklahoma. Su padre fue un guitarrista que no le enseñó nada, pero a los 13 años le compró un trombón. A los 16 Chet dejó la escuela y se enroló en el ejército. Nutrido entre bandas militares y los arrebatos del bebop, en 1952 Charlie Parker lo eligió para una gira por California. A los pocos meses Chet conoció al saxofonista Gerry Mulligan, con quién formó uno de los cuartetos más originales de la historia del jazz: saxo barítono, trompeta, contrabajo y batería, sin piano, dejarían sentados los principios del cool jazz.

Poco después, el trompetista se unirá al pianista Russ Freeman, con quien, entre otras cosas, grabará en 1954 Chet Baker Sings, para el sello Pacific Jazz. Si este no fue su disco más importante -seguramente los cuatro volúmenes de Chet in Paris (1955) son de mayor espesor artístico y emotivo-es el más conmovedor. Simplemente porque de allí en más su voz se sumaría a su arsenal expresivo.

Plegaria imposible


En 1955 Baker es famoso y heroinómano; su estilo encanta e influencia. Viaja. Cae preso por tráfico de drogas. En Italia permanece un año y medio adentro y cuando sale, en 1962, graba Chet is back!. A fines de ese año lo arrestan en Alemania, lo expulsan de Suiza, de Francia, de Inglaterra y, en 1963, otra vez de Francia. Más problemas con las drogas. Tras ser arrestado en Alemania, lo deportan a Estados Unidos en 1964.

Poco después en San Francisco, un ajuste de cuentas lo deja con la boca destrozada y sin dientes. Hacia fines de la década de 1960 sus presentaciones son esporádicas y a inicios de 1970 el que toca y canta es su mito consumado. En 1974 se reencontrará con Gerry Mulligan en un concierto en el Carnegie Hall y después volverá a Europa.

Tierno y reventado, Chet representó el sonido de una época en la que la esperanza podía parecer un gesto ingenuo y de mal gusto. El tono intimista, lírico y femenino de su trompeta -una marca que pocos lograron imitar sin caer en la sensiblería trillada- se prolongaba en esa voz transparente, de expresión fría y acentos contenidos: el contraste de esa forma de indiferencia cantando "My funny Valentine, sweet, comic Valentine/ You make me smile with my heart...", desarmaba cualquier lógica expresiva.
Banal e introspectivo, Chet sonaba como la plegaria del que ya no espera nada. Sin melancolía posible, cada nota suya era un adiós.


jueves, 14 de julio de 2011

FACUNDO CABRAL: LA DESPEDIDA A UN TROVADOR.






Frente al féretro se amontonaron longplays de su cosecha, mensajes y poemas. Fue en el teatro ND/Ateneo, donde sus seguidores se juntaron con los viejos amigos del mundo de la cultura y la canción.









Por Karina Micheletto

Los restos de Facundo Cabral fueron velados, en el mismo lugar en el que sonaron sus canciones en vivo, por última vez en Buenos Aires, el teatro ND/Ateneo. Desde el mediodía hasta las 22, miles de personas desfilaron por la capilla ardiente, con flores, imágenes de Cabral, mensajes escritos a mano, reproducciones de sus poesías, y también con longplays que fueron dejando bajo el féretro. La frase que lanzó el autor de “Vuele bajo” en la última de sus presentaciones en este teatro porteño, el 7 de mayo pasado, también apareció como un posible símbolo místico de los que abundaron en su vida: “Si ésta es la última vez que subo a un escenario, pinten el cajón de rojo y celebren, porque mi vida es una fiesta”. Hoy por la mañana los restos partirán desde el teatro hasta el cementerio Jardín de Paz, donde serán cremados.

Ayer temprano en la mañana, los restos llegados de Guatemala fueron recibidos por la esposa del cantautor, Silvia Pousa, el canciller Héctor Timerman y la embajadora de Guatemala en Argentina, Rosa María Mérida de Mora, entre otras autoridades. Al mediodía, la calle Paraguay al 900 fue cortada y decenas de personas comenzaron a hacer fila frente al teatro, para luego ir pasando a lo largo del día, en un desfile incesante. Entre ellos, personalidades de la cultura y la política como Nacha Guevara, Víctor Laplace, Lino Patalano, Jean Franco Pagliaro, Leonor Benedetto, Marcelo Simón y Daniel Filmus.

Jorge Mazzini, productor y director de los últimos espectáculos que dio Cabral en la Argentina, recordó la alegría que le producía al cantautor cada posibilidad de estar sobre un escenario, la forma en que este espacio “lo energizaba”, aun en momentos en que su salud estaba deteriorada, como en los últimos tiempos, en que padecía un cáncer en la vejiga y las vías urinarias. “Cuando me enteré de su muerte sentí, como todos, una mezcla de dolor e impotencia. Pero después de un rato, conectándome con la forma en que funcionaba su cabeza, pensé que acababa de hacer su último gran acto de servicio, haciendo visible la violencia que existe en Centroamérica, y particularmente en Guatemala”, estimó el productor. “Creo que tuvo una muerte cercana a la que hubiera deseado. No lo imagino pasando sus últimos días en un hospital, sin poder moverse. El no le tenía miedo a la muerte, pero sí a la decrepitud. Le fue concebida la posibilidad de evitar lo que imaginaba como un final infeliz.”

Una vida intensa, trashumante, la imposibilidad de fijar raíz en un lugar, la capacidad de cortar con todo en momentos de éxito, para empezar de nuevo en otro lado fueron los rasgos de la personalidad de Cabral que destacaron quienes fueron a darle el último adiós. Discos como Pateando tachos, Entre Dios y el Diablo, El mundo estaba bastante tranquilo cuando yo nací también fueron recordados, mientras sonaba amplificada su voz grave recitando sus textos. También libros como Borges y yo, Ayer soñé que podía y hoy puedo, Cuaderno de Facundo, o la autobiografía que tenía planeada y dejó sin publicar.

La Presidenta dispuso decretar tres días de duelo nacional, durante los cuales la bandera permanecerá izada a media asta en todos los edificios públicos. En los considerandos de la medida se destaca “la larga e importante trayectoria en la escena musical nacional e internacional” de Cabral, y que “su infatigable labor como mensajero de la paz y unidad de los pueblos del mundo le valió el reconocimiento, no sólo como cantautor, sino también como promotor de los valores pacíficos”. Cabral fue nombrado Mensajero Mundial de la Paz por la Unesco en 1996. La bandera de Naciones Unidas, de hecho, cubría junto con la argentina el féretro, ubicado en el foyer del teatro. Se vieron coronas enviadas por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, Sadaic, la Secretaría de Cultura de la Nación y el teatro que abrió sus puertas para la capilla ardiente.

En la página de Facebook que abrieron sus seguidores, cientos siguieron despidiendo a Cabral, contando la vigencia que tenían sus canciones en sus vidas cotidianas. Las historias, relatos, anécdotas se acumularon. Muchos volvieron a escribir aquellas frases que el hombre de anteojos negros lanzaba como aforismos. “Si los malos supieran qué buen negocio es ser bueno, serían buenos al menos por negocio.” “El día que yo me muera no habrá que usar la balanza. Pues pa’ velar a un cantor... con una milonga alcanza.” Bajo la tierra, en el subte B, un espontáneo homenaje sonó en la ciudad de Buenos Aires. Un guitarrero y cantor anunció que no estaba allí “para amenizar el viaje”, sino para despedir a quien sentía como un amigo, aun sin conocerlo. Allí mismo invitó al coro compartido: “No soy de aquí, ni soy de allá...”.


















El mercado no mata a balazos


Por Fernando D´addario

Fueron necesarios 25 balazos para sustraer a Facundo Cabral del silencio mediático que lo envolvió en las últimas dos décadas. La despedida de sus restos, transmitida ayer prácticamente en cadena nacional, consolidó la idea de que ya no alcanza con los pergaminos artísticos para asegurarse minutos de televisión. Para algunos, ni siquiera alcanza con la muerte. Es necesario un asesinato espectacular, ambientado en paisajes exóticos, rodeado de especulaciones sobre mafias centroamericanas y ajustes de cuentas del submundo criminal.

Si de visibilidad mediática se trata, Facundo Cabral ya estaba muerto desde hacía rato. Su arenga juglaresca y su retórica heterodoxa habían quedado obsoletas para el estándar 2.0 que rige las comunicaciones actuales. El trovador autodidacta hablaba demasiado, se iba por las ramas pero no era hipertextual, no tenía glamour, no daba ni para Showmatch ni para YouTube. Era pura historia. Necesitaba una muerte violenta, de película de Oliver Stone, para que esa historia fuera contada otra vez.

Y ayer, entonces, Facundo Cabral volvió a ser el gran cantautor que a principios de los ‘80 cautivó a miles de argentinos con su oferta sincrética de misticismo y melancolía barrial. Llegó a ser inclusive –hasta dentro de unas pocas horas, cuando el caso policial languidezca y el olvido, entonces sí, sea irreversible– uno de los grandes referentes de la música popular argentina. Sus canciones sonaron en las radios. Los figurones de turno ensalzaron su riqueza poética y su compromiso con la humanidad sufriente. Pasó a ser el profeta incomprendido que –valga el cinismo– eligió caminar en silencio para desparramar su sabiduría por todo el continente. Un outsider que se desligó del corset de la industria cultural para transmitir mejor su mensaje.

Nunca se sabrá si ese nomadismo romántico que cultivaba era producto de su filosofía existencial o de la imposibilidad de anclar su propuesta en el sistema. Lo que sí se sabe es que las discográficas, las productoras y los medios le cerraron el camino hace muchos años, incorporándolo a una lista negra que no respondió esta vez a la intolerancia política sino a la libertad de mercado. Vaya paradoja: en el caso de Cabral, “la mano invisible” del mercado fue más cruel que la censura tangible sufrida en los años de plomo; así como la prohibición explícita ayudó sin querer a cimentar su leyenda y terminó potenciando su figura, el sistema se valió luego de una herramienta más sutil –el marketing– para bendecirlo con la invisibilidad. La industria cultural modeló otro arquetipo de “cantautor”, televisable, progre y políticamente correcto. Cabral no podía competir en ese terreno con los Kevin Johansen y los Jorge Drexler. El mercado no mata a balazos: excluye, ningunea y condena a la errancia como última estrategia de supervivencia. Genera cartoneros de la cultura.

Sin embargo, el azar y la necesidad terminan alterando esa normalidad aparentemente inexorable. Una muerte espectacular, regada en sangre, le devolvió a Facundo Cabral la centralidad que había perdido su música. Fue un ratito, nomás, porque enseguida el caso Solange lo volvió a postergar. Pero el asesinato le concedió el raro privilegio de revivir sus días de gloria.
















El trovador de sus aventuras

Nació en la pobreza más baja y ganó una fama muy peculiar y duradera con sus canciones de un estilo autobiográfico.


Por Karina Micheletto

Trovador, juglar, poeta, admirado cantautor. Trotamundos, aventurero de guitarra al hombro. Suerte de gurú espiritual de la música, “maestro”, según le decían sus miles de admiradores. Entre las muchas definiciones que podían caberle a Facundo Cabral, la más precisa fue quizá la que él mismo se dio: “Un narrador de historias, viajes, sueños, pesadillas”. Cabral perteneció a una raza de artistas de las que no abundaron: aquellos cuyo arte estaba en directa relación con la experiencia vivida y acumulada, o más precisamente, se nutría de ésta. Las circunstancias de su muerte muestran la vigencia que mantenía el cantautor en toda Latinoamérica. Será recordado por temas que fueron himnos unas décadas atrás, canciones con la capacidad de transmitir un mensaje humano amplio y abarcativo, contendor de las diferencias: “No soy de aquí, ni soy de allá, y ser feliz es mi color de identidad”. “Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”. “Vuele bajo, porque abajo, está la verdad”.

En los ’80, Cabral alcanzó el lugar de figura mítica del espectáculo y también de la cultura, que en su caso ambos mundos le cabían. Cumplía con las condiciones simbólicas que impone ese lugar mítico. Un origen muy humilde, una infancia de exclusión, una marca de vida sufriente. Una carrera que lo llevó a alcanzar reconocimiento internacional. Y un don diferencial: el de componer y cantar canciones a partir de sus reflexiones y también para narrar historias que lo tenían como protagonista. Era un hombre que se había hecho a sí mismo, que de la nada había llegado al reconocimiento de muchos. Y que, como otras figuras míticas de distintos momentos de la cultura argentina –Yupanqui podría ser un ejemplo– tuvo a su propio cargo el relato de esa construcción.

Sus shows eran como extensas entrevistas que él mismo se formulaba, entre canción y canción. Un hombre solo con su guitarra, una silla y un micrófono. Ya no hay muchos, tampoco, que puedan sostener una función con estos únicos elementos. En los últimos conciertos que dio en Buenos Aires, en abril en el teatro ND/Ateneo, le pidió a su amigo el periodista especializado en música popular Marcelo Simón que lo relevara en el rol de entrevistador. “Facundo Cabral comparte el escenario con un amigo dilecto”, anunciaba el show Canciones conversadas. Quienes lo vieron (fue a sala llena) siguieron sus aventuras de vida con entusiasmo, en el clima íntimo que siempre sabía crear.

Cabral había nacido el 22 de mayo de 1937 en La Plata y contaba que este nacimiento se había producido, literalmente, en la calle. El relato que hacía de su infancia variaba en los detalles, pero mostraba que todo le había sido dado para que su vida fuera otra cosa. Su padre lo abandonó antes de nacer, junto a su madre y siete hermanos. La familia emigró a Tierra del Fuego, donde vivió sus primeros años. Fue un chico de la calle, analfabeto y alcohólico, pasó por reformatorios y cárceles. Contaba que a los nueve años escapó de su casa para llegar a Buenos Aires. Quería conocer al presidente, porque sabía que “les daba trabajo a los pobres”.

Los detalles de aquella travesía que duró cuatro meses son un relato épico que llegó a las puertas de la Casa Rosada, a burlar el cerco de seguridad presidencial, a una charla con Juan Domingo Perón y Eva Duarte. Finalmente había logrado que su madre obtuviera empleo y que el resto de la familia se trasladara a Tandil. “Evita me brindó su afecto y se preocupó para que tuviéramos una casa con mi madre y hermanos en Tandil. Allí comenzó la buena para los Cabral”, contaba.

Hubo otra figura importante en su relato de vida, y fue la de un sacerdote jesuita que conoció estando preso, cuando era un adolescente. El cura le enseñó a leer y escribir, lo impulsó a estudiar, a amar la literatura. Estaba también aquel vagabundo que siempre mencionaba: “El 24 de febrero de 1954, un vagabundo me recitó el sermón de la montaña y descubrí que estaba naciendo. Corrí a escribir una canción de cuna, ‘Vuele bajo’, y empezó todo”. La idea de Dios era recurrente en su obra, aunque él se declaraba librepensador, sin adscripción a ninguna iglesia en particular.

Su figura estaba también hecha en base a las amistades que había cultivado, tan amplias como para abarcar a la Madre Teresa de Calcuta y Fidel Castro, Jorge Luis Borges y Pablo Neruda, entre otros notables a los que siempre se refería en sus espectáculos. A lo largo de su carrera editó decenas de discos con títulos como Cabralgando, Pateando tachos, Entre Dios y el diablo, El mundo estaba bastante tranquilo cuando yo nací, Recuerdos de oro, además de los que resultaron de sus multitudinarias presentaciones de Lo Cortez no quita lo Cabral y Ferrocabral. También escribió los libros Conversaciones con Facundo Cabral, Mi abuela y yo, Salmos, Borges y yo, Ayer soñé que podía y hoy puedo, el Cuaderno de Facundo, entre otros.

ADIOS A FACUNDO CABRAL (1937 - 2011)










Lo que vieron en mí

Por Pipo Lernoud

“En la época de los café concerts, yo era cantante de protesta para señoras con tapados de visón –define Facundo entre mate y mate–. Ahora estoy sumergido en la gente, y eso me hace feliz.” Y algo de eso debe haber, porque el galpón de Arrecifes en el que actuó anoche estaba lleno de gente de campo, gauchos de bombacha y boina, mujeres con caras curtidas por el sol. Todos coreaban “Vuele bajo” con los ojos cerrados, como rezándolo para adentro. Había algo de ceremonia religiosa en el aire, aunque después dijera que “Yo quiero hablar de Jesús o Buda como rebeldes, como personas libres, no como parte de una religión organizada”. Todos sus cuentos, que se hilvanan uno detrás del otro entre canción y canción, a veces dentro de las canciones mismas, tienen algo de realismo mágico latinoamericano. Un desfile de personajes extraños y grandes nombres (Borges, la Madre Teresa, Atahualpa, Lennon, Whitman, García Márquez...) enhebrados con bromas que parecen espontáneas y rematados con moralejas “edificantes”.

Estamos en 1984, Facundo disfruta su momento más popular, con un éxito arrasador después de los recitales masivos de Ferro, que fueron posteriormente registrados en el disco en vivo Ferrocabral, que se vende como pan caliente. Con el reciente regreso de la democracia, sus historias que mixturan ritmo de milonga con misticismo han encendido los ojos de un público que despierta a la libertad de expresión y la alegría de volver a juntarse.

En esos días yo vivía en el campo, cerca de Junín, y cuando supe que tocaba en la cercana Arrecifes me fui a verlo y saludarlo. No lo había visto desde el ‘68 o ‘69, cuando circulábamos con Miguel Abuelo curioseando en los circuitos de café concert, en La Botica del Angel y otros lugares de la noche top porteña, y veíamos a una Nacha Guevara de protesta, a unos I Musicisti que se convertirían en Les Luthiers, a Piazzolla, a Mercedes Sosa. Con ellos, Facundo, que venía de ser el Indio Gasparino, estaba saliéndose de los moldes de la “industria del entretenimiento” con canciones como “John Parker Dimitrinsky”, una burla a los imperialismos americano y soviético, o “Dale, dale, Federico” que lo hizo muy popular.

Facundo tenía una especie de monólogo permanente, como si estuviera siempre en el escenario, y yo quería sacarlo de sus carriles y hablar de su papel de rebelde, algo que lo acercaba a la actitud el rock.

Te estás volviendo una especie de líder o profeta religioso a los ojos de la gente. ¿Cómo te sentís en ese papel?

–Creo que la gente me escucha porque soy un triunfo de la fe. Se me acercan y me dicen: “Yo tenía miedo a la muerte, y a través suyo perdí el miedo. Cuando me siento mal escucho sus cassettes”. Vienen a verme en sillas de ruedas, porque saben que yo fui paralítico. Los ciegos saben que tuve desprendimiento de retina. Y soy como un mal ejemplo de triunfo de la fe, porque en mi vida hice las peores cosas, y con todas las enfermedades que tuve estoy vivo y tengo muchas ganas de vivir. Antes era inmensamente desdichado, porque no había compuesto una gran canción como “Eleanor Rigby”, de Los Beatles. Después me di cuenta de que yo estoy acá para dejar una experiencia: una vida desastrosa que se pudo recuperar hacia la felicidad. Yo he cambiado porque me he dejado invadir por cosas que antes sólo respetaba en los libros y no creía posibles en la vida cotidiana. Quiero salir con más fuerza a decir todo esto, por eso me compré una viola eléctrica (saca una Fender Telecaster, típica guitarra de rock and roll) y si le agarro la mano voy a hacer el Apocalipsis con una banda de rock a toda potencia, invitando a Pappo y a Moro, mostrando cómo se está cayendo el mundo de la ambición y el autoritarismo. Y terminar con una música calma, porque la vida siempre vuelve a empezar, renovada.

Vos decís que sos anarquista, y te tirás contra los poderes terrestres y contra los dogmas, no te hacés el santito como te pinta la gente...

–La gente me ha ido poniendo en ese lugar. Y la gente fue eligiendo, de lo mío, lo religioso. Yo creía que lo más fuerte de mi trabajo era esa rebeldía de cagarme en las formas sociales y ser un francotirador. Pero la gente no escuchó la parte de odio que había en mi mensaje. Eligieron el diez por ciento de amor a Dios, lo que tiene que ver con la armonía. ¿Qué pasó? Yo no subí al escenario para hablar de Dios, subí para cagarme en todo. Siempre cuento que llegué a Jesús a través de una puta de mi pueblo, la Cardo Seco. Mi lenguaje sigue siendo rebelde y violento. Porque yo no le veo salida a este mundo. Veo al socialismo como castrando al individuo y al capitalismo convirtiendo a todos en ovejas consumidoras. Los ciudadanos sueñan con la jubilación y la televisión del fin de semana, están atrapados. Hemos perdido virilidad, hemos perdido la fuerza de hacer nuestra vida a nuestra manera. Los hombres hoy son timoratos y cobardes. Y no encuentran satisfacción, porque por más cosas que tengan, sus vidas son pobres. Y están dejando que los gordos destruyan el mundo. Yo quiero volver a la vida simple, a las verdades humanas básicas. El campesino de aquí, de Arrecifes, es el mismo campesino de Polonia. Es la gente que está cerca de la tierra, de la vida, de las cosas simples.













sábado, 9 de julio de 2011

FEDERICO LLACH UN CONTRABAJISTA DE JAZZ...



CONTRABAJISTA “MIS INTERESES VAN MÁS POR EL LADO DE HACER MI PROPIA MÚSICA”.


Entrevista. Federico Llach. Se dedicó a la música tras abandonar Letras. El 21 presenta su disco.

Por Sandra De La Fuente

No es muy habitual que en la charla con un jazzero surjan nombres de la más nueva composición académica. Pero así son las cosas con el contrabajista Federico Llach. Los nombres de Helmut Lachenmann o Gerard Grisey se entremezclan con los de Ornette Coleman o Ellington no sólo en la conversación distendida, franca y sencilla que Llach sostiene en un bar palermitano, sino también en la música que compone.

Sin ir más lejos, La urgencia de lo incierto , el último disco que Brote, la agrupación que integra junto al trompetista Sergio Wagner, el saxofonista Misael Parola y el baterista Pedro Ahets Etcheberry, contiene un homenaje a Gÿorgy Ligeti bajo el poco rimbombante título Jorgito . Pero no sólo Jorgito puede enlazarse con la producción de los autores que Llach menciona sin petulancia. La libertad que da al grupo la ausencia de un instrumento armónico se complementa con la incansable búsqueda de timbres y combinaciones métricas, un eco de la producción contemporánea que repica en sus composiciones, pero también en las de los otros integrantes de Brote.

El apellido Llach tiene resonancias en el mundo de la política, de la economía y también de las letras. Juan, el papá, cuya melomanía seguramente influyó en la vocación de Federico, fue ministro de educación. Felipe, el ingeniero, trabaja en Mentira la verdad , en el canal Encuentro; Lucas es economista y tiene un blog visitadísimo dentro del diario La Nación ; Santiago es un reconocido poeta. “Yo ya tocaba la guitarra, había estudiado en el conservatorio Juan José Castro, pero cuando terminé la escuela secundaria me anoté en la carrera de Letras, tal vez un poco influenciado por Santiago”, cuenta. “No duré mucho ahí. En esos tiempos había una tensión con mi apellido porque mi papá era ministro de educación. Pero no me fui por eso. Aunque tengo que reconocer que ver esos carteles en contra de mi viejo no me resultaba lo más cómodo del mundo”.

Encontró un ámbito de aprendizaje en Berklee Buenos Aires, la escuela de jazz que dirige Jodos. Luego entró al IUNA, donde estudió composición y recibió premios por una de sus obras.

La Sinfónica Nacional te estrenó “Talampaya”.

Sí, fue bastante impresionante estar en el Auditorio de Belgrano con tanto público. Mi relación con mis obras escritas cambia todos los días, pero creo que Talampaya suena bien, creo que tiene un sonido bastante personal.

¿Y cómo congeniás la vida de un compositor serio con la del músico de jazz? Como músico de jazz estoy un poco corrido de la escena. Soy contrabajista y sin embargo toco en un solo grupo. En el jazz el contrabajo es un instrumento requerido y oportunidades laborales no me faltan, pero a mí no me gusta andar atrás de diferentes agrupaciones. Mis intereses van más por el lado de hacer mi propia música

EL ARRANQUE CUMPLE QUINCE AÑOS: ENTREVISTA







Ante el recital por los 15 años de la orquesta El Arranque, uno de sus fundadores, Ignacio Varchausky, habla sobre la busca de un sonido propio.







ANIVERSARIO. El Arranque cumple 15 años y lo festeja con un concierto con invitados de lujo.

Una de las más renombradas orquestas de tango de la actualidad, El Arranque, ya es referencia obligada. Tocó en 250 ciudades de todo el mundo y, claro, en toda la Argentina. Por eso, ahora que el grupo cumple 15 años y, a modo de festejo, sus integrantes decidieron realizar un concierto. que tendrá lugar el miércoles próximo. No es un concierto más y contará con invitados de lujo, como los bandoneonistas Leopoldo Federico y Julio Pane y del músico y cantante Juan "Tata" Cedrón. La circunstancia ofrece una excusa perfecta para conversar con Ignacio Varchausky, contrabajista de la orquesta y uno de sus fundadores.

-¿Cómo empezó El Arranque?

-Cuando Camilo Ferrero, y yo, en 1995, nos conocimos en el Conservatorio Manuel de Falla. Nos hicimos amigos y ese mismo año nos vinculamos con otros compañeros que tenía Camilo en la EMPA y se armó la primera versión de El Arranque, cuyo único objetivo era aprender a tocar tango. Era un quinteto y tocaba desgrabaciones de las orquestas que admirábamos: Salgán, Maffia, Troilo... Debutamos en 1996 y en 1997 agregamos un bandoneón, un violín y yo me pasé definitivamente al contrabajo. Allí nos propusimos tocar sólo arreglos propios.

-¿Qué sabían de tango en ese momento?

-Mucho y nada. Teníamos años de escuchar obsesivamente las grabaciones de todas las orquestas famosas, de los cantores... Yo era un pequeño coleccionista.Habíamos leído mucho sobre la historia del tango y conocíamos a varios maestros. Lo teníamos muy incorporado en nuestra oreja y en nuestro corazón. Pero nunca lo habíamos tocado y no teníamos ni la menor idea de cómo hacían esos tipos que tanto admirábamos para sonar como lo hacían. Comprendíamos el lenguaje, pero no éramos capaces de hablarlo.

-¿Cuántos de los músicos originales quedan?

-Camilo (primer bandoneón y arreglos) y yo somos los dos únicos miembros fundadores en el El Arranque. Pero hay otros como Ariel Rodríguez (piano y arreglos) que está desde 1997, o Martín Vázquez (guitarra eléctrica y arreglos) que está desde hace 10 años. El grupo se completa con Marco Antonio Fernández (que es el segundo bandoneón), Guillermo Rubino (primer violín), Gustavo Mulé (segundo violín) y Juan Pablo Villarreal (voz).

-Uno de los problemas de los grupos de tango surgidos en los últimos años es cierta tendencia a tocar en el estilo de tal o cual, según arreglos originales del pasado. ¿Esa música le habla a la gente de hoy?

-No hay que olvidarse de que el tango tuvo un bache generacional de, al menos, 30 años. El tejido de transmisión se rompió y hubo que recomponerlo. En nuestro caso, pasamos todo un año tocando la música de aquellas orquestas que nos gustaban antes de escribir un arreglo propio o de ponernos a componer. El objetivo fue estudiar a la orquesta típica para entender de qué estaba hecha. Tocando ese tipo de material uno se acerca a lo mejor de la literatura musical del tango y tiene la oportunidad de incorporar los distintos elementos constitutivos que definen al género para ir apropiándose de aquéllos que siente más cercanos o mejor le quedan. Una vez que se conocen las formas y los acuerdos estéticos de cada época, uno elige y comienza el desafío (posible, pero no por eso obligatorio) de buscar un lenguaje propio o, al menos, un acento o pronunciación que no signifique copiar a otros. Por otro lado, están los que recrean por el placer de tocar y escuchar su estilo favorito; yo lo compararía con el que toca el repertorio clásico de Brahms o Ravel... ¿Por qué uno debería desestimar tanta música hermosa?

-Otra tendencia consiste equipara el tango con la música de baile, descuidando lo conquistado por quienes compusieron tangos para escuchar. ¿Cómo se paran ustedes ante eso?

-En algún momento nos propusimos hacer música bailable, un poco para aprender el lenguaje de origen y para poder trabajar. El grupo fue encontrando un estilo menos forzado y un sonido más personal con el que pudimos explorar las posibilidades de una formación como la nuestra, que es una pequeña orquesta típica. No encuentro conflicto entre el tango bailable y el de "concierto", de hecho no existiría un Salgán sin un Di Sarli, ni un Marsalis sin un Ellington. Lo triste (o peligroso) es la ortodoxia, la mirada dogmática de un lado o del otro.

-¿Cuáles son los caminos que le falta trajinar a esta música?

-El mayor déficit del género está en la falta de reflexión sobre el objeto. Se discute poco sobre la música, su estética y sus problemas. Deberíamos pensar al tango como un arte dentro de la historia del arte; lo más común es la mirada endógena y la eterna autorreferencia. Esa es la apertura que hace falta y no la modernización sin concepto.

jueves, 7 de julio de 2011

BARTOLOME PALERMO: UN GRANDE DE LA GUITARRA EN EL TANGO















“El secreto está en la mano derecha”


Por Cristian Vitale

“Todo es larguísimo de contar si empezamos por donde empecé”, desliza Bartolomé Palermo. Y un flash en fuga hacia atrás lo recorre como un film que empieza en blanco y negro, deviene sepia y llega en colores. “Yo nací en el norte de Santa Fe ¿sabe?, pegado al Chaco. Nací en Villa Guillermina y me pusieron así por el médico que atendió a mi madre y porque nací el día de San Bartolomé”, relata, intentando calibrar a punto una memoria que parece intacta. Don Bartolomé tiene 74 años y, apresurando una definición, podría presentárselo –por si hace falta– como una de las glorias de la guitarra aplicada al tango. Como un emisario que trae en su sino de años y rutas, el latido de un tiempo que fue. Tenía 10 cuando empuñó por primera vez una viola, y 17 cuando se mudó a Buenos Aires. 19, 21 o 22 cuando hizo las inferiores en peñas y clubes de la agitada Reina del Plata de entonces, y 24 cuando Ariel Ramírez, azorado por su versatilidad, lo convocó para ejecutar una versión entera de La Misa Criolla. Pero fue a través de Alfredo Gobbi, ninguneado y magistral por entonces, que ese apellido con olor fuerte a barrio porteño empezó a circular en serio por las arterias centrales del 2 por 4. “Gobbi fue fundamental en mi vida”, sentencia Palermo, cuya vigencia refrendará pasado mañana en La Bohemia (Yerbal y Morelos), junto a su grupo Palermo 5.

–¿Gobbi fue más importante que Alberto Ortiz, el guitarrista de Agustín Magaldi que lo llevó a conocer el circuito tanguero cuando usted recién había llegado de Villa Guillermina?

–Los dos. Pero lo de Ortiz fue más efímero. Cuando me lo presentaron, él ya había tocado con Magaldi y era director del conjunto estable de La Querencia. Tocamos en el camarín después de una actuación de él, quedamos amigos, pero la conexión fue de amistad: no me dio trabajos. Gobbi, a quien llegué poco después, había terminado con su orquesta y estaba medio en decadencia y con poca plata, entonces empezó a trabajar de noche con su piano, porque él era un gran pianista, y yo lo acompañaba con mi guitarra.

–Pero Gobbi pasó a la historia como violinista, incluso le decían “el violín romántico del tango”.

–Es cierto que en la historia figura como violinista, pero fue un gran pianista. Incluso, yo lo conocí tocando ese instrumento. Fui al club a acompañar a un cantante, y él se quedó asombrado conmigo, porque yo metía muchas tonalidades. Iba todas las noches, lo esperaba y nos íbamos a tomar un café o a comer de madrugada. Me interesaba ese personaje tan grande, que no era muy reconocido en ese tiempo. No era tan famoso como D’Arienzo o Troilo, digamos.

Es Gobbi, entonces, un personaje central para desandar esta historia bañada de músicas y giros que aún tiene para decir. Porque fue vía Gobbi que Palermo logró grabar su primer disco (todo instrumental), pudo pasar del orgullo de ser autodidacta y orejero a la seguridad que da el estudio de la escritura musical y la armonía; ponerse a punto, nada menos, para acompañar a Edmundo Rivero durante todo 1975 en El Viejo Almacén o, más acá en el tiempo, arreglar los 14 temas y dirigir la agrupación con que Nelly Omar grabó su disco de 1997, a los 86 años. “Ojo, yo ya venía con un feeling porque Villa Guillermina no era en los ’40 lo que fue después como pueblo del litoral. En mi época casi no existía el chamamé. Había algunas pocas cosas que venían de Paraguay, pero los compositores correntinos todavía no primaban. Cocomarola, Montiel, todos esos muchachos estaban tocando pero no tenían la trascendencia que tuvieron después. Lo que dominaba era el tango y a uno, más cuando sos un pibe de 12 años, se le pega lo que suena”, dice.

Trazando una elipsis hasta el presente, Palermo es uno de los guitarristas guía, un referente clave para la generación contemporánea de guitarristas aplicados al tango. A través de sus diferentes formatos y formaciones (Palermo Trío, solista, Palermo 5) ha ocupado la década pasada mostrando sus tangos con ruido a púa por el país y por el mundo. “Es impresionante. Cuando estuve en Holanda me aparecían guitarristas holandeses muy jóvenes que tocaban tango. Tocamos en el teatro principal y, cuando fuimos al hall, había al menos cien parejas bailando tango, y chicas argentinas que hacían empanadas para vender y bancarse los estudios allá. Esa movida me hizo acordar mucho a mis principios, porque yo, cuando llegué a Buenos Aires viví una bohemia tremenda. Había mucho trabajo nocturno, y yo hacía dobletes en boliches, boliches estables, salidas con cantores, en fin...”


–Terminaba destruido.

–Pero bien, porque era joven, estaba solo y podía estar en la bohemia, en la pilcha, esas cosas. El tango había invadido el país completamente en los ’40, como después lo hizo el rock. Se bailaba y se respiraba tango en todas partes. En Guillermina, que no superaba los cinco mil habitantes, había una orquesta con cuatro bandoneones, cuatro violines, cantante y pianista... era completa. El tango me agarró en la adolescencia y se me metió para siempre.

–Volvamos a la centralidad que tuvo Gobbi para su trayectoria. Usted dijo que cuando lo conoció estaba en decadencia. ¿No alcanzaba con que Piazzolla lo “legitimara” como referente principal del género a través de aquella conmovedora pieza (“Retrato de Alfredo Gobbi”) que registró en 1967 con el Quinteto?

–Tal vez sí, pero eso fue más bien después de su muerte. En verdad, Piazzolla no le daba mucha bola. Eran amigos, se conocían, sí, pero no estaban tanto en el bar. Astor no tenía mucho tiempo, estaba en plena lucha.

–¿Y usted cómo miraba esa lucha de Astor?, ¿en qué “bando” se ubicaba?

–Yo soy un admirador de Astor Piazzolla, me parece que soy el más fanático.

–¿Lo era en ese momento o lo asumió después?

–No, desde ese momento. Yo tengo dos ídolos grandes: Astor y Frank Sinatra. Son mis ídolos máximos. Ahora, lo que nunca hice fue tocar Piazzolla.

–¿Por respeto?, ¿porque es difícil?

–Por respeto, porque es un estilo tan completo que no podés sacarle nada. Hay que hacer lo que él hizo, no podés pasarte. Es como la grabación de Troilo-Grela, un disco que es como un cuadro intocable: todo lo que puedan hacer un bandoneón y una guitarra juntos ya está hecho. Piazzolla es lo mismo.. Es como Gardel, o como Rivero ¿no?

–Rivero tendría hoy 100 años. ¿Recuerda cómo empezó a trabajar con él?

–Estaba trabajando en el boliche de Tania y Discépolo, Cambalache, todas las noches, y cerrábamos el show acompañando a Tania. Yo tocaba la guitarra eléctrica...














–¿Como Malvicino y López Ruiz?

–No, en realidad no era eléctrica; era una criolla con pastilla y se enchufaba a un equipo. Por esos días, entonces, yo había grabado un disco con el hijo de Rivero, con el Muni, en el que también había participado José Colángelo con el cuarteto. El Muni se lo hizo escuchar al padre y Edmundo dijo “qué bueno está esto”. Muni lo cuenta siempre como anécdota porque pensó que el elogio iba para él, cuando en realidad el elogio de Edmundo era para las guitarras (risas). Edmundo era un fanático de las guitarras. Igual, Muni fue el que me presentó al padre, justo en el momento en que se le habían ido todos los guitarristas de El Viejo Almacén por un juicio laboral. Entonces, yo llevé al trío y, como con el trío conocíamos todo su repertorio, “Sur”, “Malón de ausencia”, “Trenza”, en fin, quedé como guitarrista. Incluso grabé en el disco que Rivero hizo sobre el lunfardo, porque yo creo que Edmundo y De La Púa son los padres del lunfardo, aunque Edmundo fue quien lo proyectó, lo cantó, lo estilizó y le hizo la música.

–Generó y desarrolló un estilo.

–Y hoy los chicos están locos con eso. Los pibes de 34 Puñaladas son amigos míos. La verdad es que me llevo muy bien con las nuevas generaciones y les doy clases de tango a muchos pibes que vienen del rock... ellos hacen las tonalidades como tiene que ser, usan bien la mano izquierda, pero el problema lo tienen en la derecha, en el rasgueo. Y yo les digo que el gran secreto está en la mano derecha, porque es la que tiene que dar con la síncopa y el swing del género, es una cuestión de práctica y costumbre. Hay que usar la yema y no la uña del pulgar para darle el color del género. Ese es el secreto.

Palermo está jubilado pero aún da clases en su casa. Ya no trabaja de noche, ni toca con púa porque perdió fuerza en las manos, pero señala que los dedos “andan muy bien”. Agradece a EPSA haber recuperado los 31 temas que registró en su tercer disco editado en 1971 (De aquí y de ahora) y allí anida el material que muestra en público cada vez que puede. “Fue ese trabajo, editado aquella vez en vinilo y ahora en CD, el que me permitió poder girar con mi grupo por Europa y el que me permite seguir trabajando hoy. Todavía estoy tocando las versiones del ‘68, y hay trabajo porque el guitarrista que sabe cómo acompañar a un cantante (Palermo ha acompañado a Floreal Ruiz, Alberto Podestá, Roberto Goyeneche, Roberto Rufino, Héctor Pacheco, Jairo y Oscar Ferrari) siempre tiene trabajo. Incluso entre los ’70 y los ’80, cuando no había nada y habían desaparecido las orquestas, yo pude arreglármelas bien”, evoca.