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sábado, 1 de agosto de 2009

COMO SUENA EL MUNDO DE LOS PIBES DE HOY



Para crecer con música de fondo

El mapa de la oferta musical infantil se caracteriza, desde hace unos años, por la diversidad: están los que proponen canciones para niños muy pequeños, los que buscan fusiones varias o revalorizan lo étnico y los que hacen música con historias y cuentos. Todo para descubrir.

Por Karina Micheletto

¿Cómo suena el mundo de los nenes del siglo XXI? ¿Cuáles son las músicas de fondo posibles para esa película fantástica, desopilante, misteriosa, que emprenden día a día los más chicos? Las mismas, algunas, nanas que existen desde siempre, melodías populares pasadas de generación en generación. Distintas, otras, muy distintas, de las que musicalizaron los días y las tardes de los padres, allá lejos y hace tiempo. Con una diferencia importante, al menos: son canciones que se subieron al escenario, canciones para ser disfrutadas como espectáculo por un público que ya no está segmentado como exclusivamente infantil. Y si en tiempos de gripe A y consiguiente malaria de espectáculos de vacaciones la oferta de invierno fue escasa, lo que quedó, pasada la hecatombe de las vacaciones extendidas, fue la música que sonó en las casas, en los autos, en las compus, en los mp3. Y que suena en los oídos y los corazones de chicos y grandes por igual.

¿Música para chicos?

Mariana Cincunegui es una de las atentas buscadoras de las nuevas perlas del arte musical hecho para chicos, esas que no demarcan cercos etarios estrictos y que disfrutan chicos y grandes por igual. Es, también, una de las exponentes posibles de este tipo de músicas para oídos sin edad. Para comprobarlo, basta remitirse a discos como el reciente Alasmandalas, o a la recopilación de Mariana y los pandiya editada por este diario. O al ya legendario Piojos y piojitos 2, que será próximamente reeditado. ¿Quién dijo que los padres –o los tíos, o los vecinos– de los niños se tienen que perder esa versión coral de “Across the universe” de Lennon y McCartney, a cargo de los chicos de su taller, o la “Canción del garbanzo peligroso”, o la versión libre de “Tontos”, de Billy Bond y la Pesada del Rock and Roll, con Fito Páez como invitado?

“En algún momento los nenes vivían al margen del mundo de los adultos, les armábamos un mundo separado del nuestro –razona Cincunegui–. Regía eso del horario de protección al menor. Por ejemplo, a mí me mandaban a dormir. Hoy estamos todos más mezclados, los pibes se meten en un bar y toman un café. No sé si eso está bien o mal, digo que es lo que pasa. Grandes y chicos hacemos de algún modo una vida común, y eso incluye a la música. Lo mismo pasa con los programas de tele, con las películas. Ponyo es para todos, las pelis de Pixar también. Ahí es cuando se vuelven más potentes, cuando pueden ser compartidas, más allá de la edad.”

Claro que hay determinadas pautas que una música infantil debería cumplir, según la definición de Cincunegui. En principio, ser concebida como un hecho artístico. Como toda música, claro. “La música infantil es de gran riqueza, tiene que tener calidad, por supuesto, debe ser capaz de hablar sobre lo que le puede pasar a un nene y a un grande. Tiene que compartir vivencias”, define la cantante y pedagoga. De allí en más, las posibilidades son infinitas. Por eso sorprende que sigan apareciendo en el mercado, anunciados como gran lanzamiento infantil, discos que ponen una voz más o menos famosa sobre una pista básica con los clásicos de María Elena Walsh, en un “lo atamo con alambre” melódico en el que se escucha de fondo un marco teórico potente: “Total, son chicos...”

Es entonces cuando dan ganas de ir a desempolvar ese viejo long play (o clickear hasta encontrarlo en Internet, el lugar en el que viven los discos descatalogados) y recuperar aquel precioso María Elena de nosotros que grabó en 1981 MIA –Músicos Independientes Asociados–, con las voces de Verónica Condomí y Liliana Vitale, uno de los bellos homenajes a la gran señora de los chicos. O volúmenes como los Cuentopos de María Elena Walsh, donde música y relato guían la escucha en un viaje alucinante. Tanto, tanto más modernos que los “lanzamientos” actuales.

No seas ñoña

Para esas canciones del “total son chicos”, la música, docente y comunicadora Susana “Coqui” Dutto tiene un nombre justo: “canciones ñoñas”, las define. Son las que consideran que un chico tiene una capacidad de escucha menor y en esa subestimación dejan de lado el valor artístico y estético de la canción. Más provechoso que detenerse en los ejemplos –que están al alcance del oído entre los sonidos cotidianos que ofrece el mundo actual– resulta prestar atención a lo que debaten los intérpretes más interesantes de la música argentina actual para chicos (gente como Cincunegui, Dutto, Luis María Pescetti, Magdalena Fleitas, María Teresa Corral, Mariana Baggio, Raúl Manfredini, Malena Sosa Sacchi.) –y siguen ¡por suerte! las firmas– cuando se juntan para poner en común su preocupación básica: ¿cómo suena el mundo de los chicos de hoy?

El Momusi (Movimiento de Música para Niños), fundado por grupos como Los Musiqueros, Mariana y Los Pandiya y Caracachumba, y coordinado por María Teresa Corral y Daniel Viola, es la entidad que agrupa en la Argentina gran parte de las buenas propuestas infantiles, y que también genera espacios de formación y debate. El Movimiento Latinoamericano y del Caribe de la Canción Infantil trabaja en el mismo sentido, a partir de encuentros en distintos puntos del continente (el próximo se hará en México, en octubre). El Foro Latinoamericano de Educación Musical (Fladem) es otro espacio de debate y enriquecimiento en el que “militan” muchos músicos y pedagogos locales.

Música, maestro

Dutto, profesora en la Licenciatura en Composición Musical de la Universidad Nacional de Villa María e integrante de estos tres espacios, narra la evolución de la música pensada para los chicos. “Originalmente la canción infantil está vinculada con el mundo del juego y con la posibilidad de enseñar cosas por medio de esa música y ese juego: sonaban para realizar determinadas tareas. Estas canciones eran sencillas desde el punto de vista rítmico o melódico, porque estaban en función de otra cosa, no era música para ser escuchada”, explica Dutto, haciendo una salvedad: “La mayor complejidad o simplicidad tiene que ver con las características mismas de la cultura, hay canciones que cantan los niños en Africa, y que tienen una gran dificultad rítmica para un adulto que nació en la Argentina, por ejemplo. Las canciones infantiles, como todo el arte, son una expresión de la cultura de cada pueblo y cada civilización”. “Cuando se comienza a hablar de canción didáctica, de música para enseñar, se intenta preservar aquellos valores de sencillez. Y en muchos casos lamentablemente se deja de lado el aspecto artístico, para priorizar sólo lo didáctico. Se olvida que la canción tiene que tener ante todo belleza, y el objetivo secundario desplaza al principal”, sigue explicando Dutto.

El punto de inflexión ineludible en la historia de la música para chicos es, por supuesto, la inmensa obra de María Elena Walsh. La señora de los chicos le dio vida a la mesa del té, le puso un sombrero de marinero al perro salchicha, un vestido de lata a la reina batata y sumó a esa poesía bellísima arreglos y orquestaciones a cargo de músicos “de grandes”, como Oscar Cardozo Ocampo o Castiñeira de Dios. Hubo otros que marcaron hitos en el mismo sentido, en otros lugares: Francisco José Gabilondo Soler, más conocido como Cri-Cri, en México; Teresita Fernández en Cuba. Artistas que ampliaron el panorama con una vuelta de tuerca, una mirada claramente distinta, proponiendo para el mundo infantil un tratamiento musical y estético del mismo nivel de profundidad que el de los adultos.

Mucho más acá en el tiempo, otro hito fue Piojos y Piojitos: música hecha por chicos y grandes –los chicos del Jardín de la Esquina junto a músicos como Fito Páez, Liliana Herrero, Daniel Maza o Beto Caletti–, de chicos y grandes (María Elena Walsh, Luis Alberto Spinetta o Moris) para chicos y grandes. De ese tipo de proyectos en adelante, hubo un mundo en constante crecimiento. “En este momento se considera que las propuestas para niños no son exclusivamente para ellos –sigue diciendo Dutto–. Hay una intención de captar a la familia de manera completa, con una gran diversidad de propuestas: los que proponen música exclusiva para niños muy pequeños, los que hacen fusiones con música folklórica, los que intentan revalorizar la música étnica, los que hacen rock para chicos, los que proponen ponerse en el lugar del niño con el lenguaje que ellos usan hoy, los que hacemos música con historias y cuentos”, enumera.

En ese gran abanico de propuestas hay brillos históricos como el del grupo Pro Música de Rosario, el conjunto dirigido por Cristian Hernández Larguía, que desde hace un par de décadas trabaja con el rescate de los cancioneros tradicionales. Y hay, también, un gran número de músicos “de grandes” que cada tanto hacen música “para chicos”. Leo Maslíah, por ejemplo, grabó junto con Pichi de Benedictis El tortelín y el canelón. ¿Canciones para niños?, en estilo Maslíah, claro. Del lado del Brasil, la lista de intérpretes da un poquito de envidia. Adriana Calcanhotto es una de las más conocidas –cuando graba para chicos se llama Adriana Partimpín–. Hay ejemplos históricos: los dos volúmenes de El arca de Noé, de Vinicius de Moraes, donde participa Jobim, por ejemplo. O la ópera para chicos Saltimbancos, de Chico Buarque. Y también Rubén Rada, y Joan Manuel Serrat, y Miguel Bossé, y Bob Dylan, por citar algunos, se han puesto a cantarles a los niños. Para eso son músicos.

Música de escenario

De un tiempo a esta parte, la música para chicos se subió al escenario. La idea de ir a un concierto para niños no existía pocos años atrás. “El teatro para niños está más instalado, pero ir a escuchar música para niños.. . Eso sí es nuevo, de no más de diez años a esta parte”, describe Dutto, desde su experiencia en el grupo La Chicharra o su actual búsqueda solista. La música cordobesa pone un ejemplo que ilustra cierto estado de la cuestión: “Las editoriales tienen especialistas en literatura infantil, es una rama que tiene su tradición. En las discográficas, en cambio, no existen especialistas de música para chicos” (nota de la cronista: de la música para grandes tampoco hay mucho, pero ése es tema de otra nota).

En la Argentina, el sello Gobi Music es el único que tiene un catálogo de música para chicos desarrollado (editó a Pescetti, Fleitas, Dutto, el Pro Música de Rosario, Al Tun Tun, Teresa Usandivaras, El Murgón de la Esquina, entre otros). Otra opción es hacer uso del “Delivery de Música” que ofrece el sitio del Momusi (www.momusi.org.ar), con envíos a todo el país. Con trabajos editados en la mayoría de los casos en forma independiente, los mejores discos para chicos no siempre se encuentran en las bateas de las cadenas. Lo cual es un simple detalle: si hay algo que los chicos tienen de sobra es curiosidad. El desafío, para los grandes, es largarse a buscar con ellos.

SONAR_Por Eduardo Fabregat



Sonamos, pese a todo.

Les Luthiers, 1971.

Entre tantas cosas que suenan por ahí, se dice que el primero que tuvo la idea de un aparatito que permitiera dibujar un “mapa” instantáneo utilizando el sonido fue un tal Leonardo Da Vinci, que en 1490 metía el extremo de un tubo en el agua y aplicaba la oreja al otro extremo para detectar el movimiento de los barcos. Suena raro, pero tiene asidero. El italiano es bastante célebre por menudencias como La Gioconda y La última cena, pero también fue un científico loco de esos con los que Zemeckis hace toda una saga de Volver al futuro. Así, la idea del loquito de Leonardo, tan Emmett Brown, tan Gandalf el Gris, metiendo un tubo en el Arno, resulta simpática: si se le ocurrían cosas como aparatos para volar y aparatos para navegar bajo el agua, ¿cómo no iba a darse cuenta hasta qué punto estamos rodeados de sonido, y cómo seguir al sonido puede ser tan natural como abrir los ojos y ver el mundo que nos rodea, probar una bebida con la punta de la lengua, palpar una piel?

Vemos, hablamos, escuchamos, saboreamos, tocamos. Y sonamos.

- - -

Hay un viejo chiste de Quino en el que un militar alemán pasa revista a la banda de música: se enorgullece con el bombo y su “BOUM-BOUM”, la tuba y su “POROM-POROM” y el legüero y su “RATAPLUM-RATAPLUM”. Cuando llega al pobre miliquito que sostiene un triángulo, se limita a bajarlo de un bife. No va a descubrirse aquí y ahora la genialidad de Quino, sólo celebrar una vez más su capacidad de síntesis y las múltiples lecturas que puede disparar con sus obras mudas. Es cierto, los milicos no entienden de sutilezas, tan cierto como que son lo suficientemente machacones como para habernos legado un Himno en el que juramos con gloria morir por la patria. Eso suena seguido: en la Argentina, a cada cual lo seduce su estribillo, pero cuando hay que ponerse las pilas y dejar de darse banquetazos en la cabeza un rato, aunque sea para la galería, nos ponemos de pie y cantamos el Himno y juramos con gloria morir. Seán etérnos los lauré, suena y resuena y todos sonamos en celeste y blanco, y a más de uno le suena tan fuerte que se le pianta el lagrimón.

¿Qué es lo que nos hace sonar? Los que llevan años y años de subterráneo de Buenos Aires saben reconocer el fantasma del sonido del tren que está saliendo de la estación anterior. Aun con el fondo del analgésico de “Sí, Miguel” saliendo de las teles, aun con el indescifrable farfullar de los altavoces, los metales de los molinetes y el retintín desprovisto de graves que sale de los auriculares del vecino, que a juzgar por el volumen de su iPod está a punto de inaugurar su propia autopista de ocho carriles oreja derecha-oreja izquierda. Así suena el Apocalipsis, la Tormenta Perfecta, el Katrina, adentro de un huevo Kinder. Todo el que haya trabajado alguna vez con archivos de audio sabrá reconocer la fecha aproximada de grabación de un tema determinado con sólo ver su gráfico en el editor: hace cierto tiempo que los picos y profundidades del sonido conforman simplemente una oruga rectangular que ocupa todo el ancho del campo. Dale rosca que hay que competir con el tema siguiente, parecen decir los productores de la gran industria, eliminando de un plumazo la ecuación artística, los matices, los quiebres del sonido, los valles y los montes tan de artesanía analógica. El archivo comprimido resultante es como un enanito con una bomba de diez megatones ahí cerca del tímpano.

(De todos modos, tampoco hay que echarles la culpa de todo a las necesidades de la industria: a veces lo que parece una oruga es el cerebro del compositor.)

Tronará el escarmiento, dice alguien cuando quiere sonar convincente, determinado, incorruptible.

Algunos años después del Caño de Da Vinci (lo dicho: no sabemos si efectivamente don Leonardo anduvo haciendo esas cosas, pero sigámosle dando la derecha: ya estamos sonados), el hundimiento del Titanic provocó que algunos pensaran que quizás era necesario algún sistema de detección de icebergs medianamente eficaz. Pero fueron los militares –con sus bombos y sus tubas– los que perfeccionaron el sonar para los tiempos de guerra. El sistema en esencia es sencillo (un aparato emite un sonido, otro recibe el rebote, una serie de cálculos matemáticos le da forma al mapa), ni los delfines ni los murciélagos podían presentar una demanda por robo de patente y había que ubicar urgentemente a esos malditos submarinos alemanes. Aun hoy, en tiempos de tecnologías que hacen caer la mandíbula, el sonar se sigue utilizando. Es simple, es barato, es confiable. Tiene un solo problema, sobre el cual vienen alertando diversas organizaciones ecológicas: utilizado a alta potencia, enloquece a las ballenas, les hace perder el sentido de orientación, sufrir descompresiones por ascensión brusca, encallar y morir. Pero vamos, que los balleneros japoneses son peores. Y los militares tienen que hacer sonar sus tambores y sus tubas también en las profundidades del mar.

El sonido puede ser tan volátil como un Hammond con parlante Leslie o tan continuo como las chicharras de un enero a las tres de la tarde. Nos suena un violín y tiene sabor a tarde gris melanco, el loco de enfrente pela un theremin y se nos antoja que en cualquier momento aparecerá un marcianito de Tim Burton gritando: “¡Venimos en son de paz!”, mientras achicharra gente a diestra y siniestra con su sonorísima pistola láser. Los sonidos hacen todo un paisaje, y el sonar somos nosotros: hablando de láseres, uno se encuentra sonriendo como un pelotudo cuando el pequeño padawan en casa escucha el zumbido del sable de luz y ya reconoce si es el de Luke Skywalker o el de Darth Vader.

Y mientras atravesamos las calles de Aires Dudosos, registrando videoclips efímeros con lo que suena en los auriculares, todo lo demás también suena. Suena la maldita alarma del auto a las tres de la mañana y nadie la apaga y es un soundtrack de pesadilla, contrapunteado con el perro de la terraza de enfrente que ladra y ladra persiguiendo el sonido de los motores en la avenida, los fantasmas de sonidos que atraviesan el aire sobre su cabeza. Dice el amigo, músico e ingeniero de sonido Diego Sánchez Rivera que los metales son una fuente inagotable de energía. Adrenalina chorreando del parlante: de ahí tanto baterista de heavy metal pegando duro con el hi hat abierto, electrizando a todo un Obras repleto, que cruzando Avenida del Libertador y subiendo por los balcones de los edificios de lujo, cobra el aspecto sonoro de un elefante practicando malambo a unas diez cuadras. El runrún de un infiernito ahí nomás.

¿Qué nos hace sonar, qué nos hace resonar? ¿El berreo de bebé con gases en la casa de al lado, el subwoofer cubriendo con graves el aburrimiento del último de Black Eyed Peas, el estallido lejano de una tribuna completa bramando gol, las inolvidables entradas de David Gilmour en “Shine on you Crazy Diamond”, el mionca que frena con el semáforo en rojo a diez centímetros de nuestra jeta, el silbato del juez, el silbato del poli, el silbato de la murga practicando en la plazoleta de la esquina?

La cara, el nombre, la voz de ese tipo nos suena de algún lado. Cuando el río suena, algo trae. El delicado sonido del trueno, los sonidos del silencio, dinero contante y sonante, asonadas militares, escuchar caer las lágrimas. Celebramos a la banda que suena bien y se lo contamos a alguien y hasta le decimos tenés que ver cómo suena, otra vez el concepto del sonar, del caño de Da Vinci. Cuando todo está perdido sonamos, sonamos pese a todo: en Lutherapia el formidable quinteto de smoking hace resonar carcajadas en un teatro repleto gracias al texto, pero también recuerda que lo primero que les interesó fue sonar, y pone sobre el escenario un órgano de pelotas de goma tan afinado como el Yerbomatófono d’amore, la Violata o el Calefone Da Cazza (“Abrí más la caliente”). Les Luthiers conjuga el verbo sonar en dos o tres tiempos desconocidos para el resto de los mortales.

En estos días, el Comité Federal de Radiodifusión desclasificó viejos documentos que detallan las listas negras, las canciones de difusión prohibida, lo que no podía, no debía sonar en la Argentina. Los primeros seis facsímiles, disponibles en www.comfer.gov.ar/web/blog/, hacen un recorrido que no arranca en 1976 sino en 1969 (lo que demuestra que no sólo Videla y sus secuaces gustaban de poner mordazas), y cierra en octubre de 1981: están, claro, León Gieco, Pink Floyd, Queen, Charly García, Aquelarre, Alfredo Zitarrosa, Luis Alberto Spinetta, Armando Tejada Gómez, Víctor Jara, María Elena Walsh, Moris, Horacio Guarany, Eladia Blázquez, Juan Falú, Eric Clapton, The Doors, Daniel Viglietti y John Lennon. Pero también Donna Summer, Katunga, Nicola Di Bari, José Luis Perales y Cacho Castaña, hoy tan amigo de la mano dura. Una palabra sospechosa alcanzaba, una metáfora medio traída de los pelos era suficiente para aplicar sordina por si las moscas. A ver, un cachetazo para el del triangulito.

Sonar puede ser una cosa encantadora, una cosa peligrosa. Y ahí vamos, con el sonar incorporado, rebotando frecuencias para no andar con los ojos ciegos, tímpanos y yunques y martillos sensibles, a veces con la impresión de que todo suena a lo mismo, todo nos suena conocido, a veces con el azoramiento de que un sonido mil veces escuchado de pronto parezca nuevo. Con el secreto temor de que aparezcan las tubas y los bombos, el aparato de alta potencia que desbarate el sentido de la orientación, nos haga ascender bruscamente a la superficie, dejarnos encallados. Luchando por una última bocanada de sonido.

Cuando un gigante como YOU TUBE socorre a músicos independientes

El miércoles pasó por Buenos Aires Ricardo Blanco, el director de comunicaciones de YouTube Latinoamérica. Frente a productores y músicos independientes explicó las claves para posicionar a las nuevas bandas en el universo 2.0.

RICARDO BLANCO. El director de comunicaciones de YouTube para América latina deja en claro los tips para difundir música a través de la plataforma de videos más grande en Internet.


Cada sesenta segundos se suben a YouTube 20 horas de video. En seis meses, la plataforma de video online más grande del mundo genera la misma cantidad de horas de películas que en 60 años de vida produjeron todas las cadenas estatales de televisión norteamericanas juntas. Un número casi obsceno, como buena parte de sus contenidos.

Con una cifra, con una frase, el director de comunicación de Youtube Latinoamérica, el mexicano Ricardo Blanco, insinuó el cambio paradigmático que significa el monstruo multimedia por el que el gigante Google desembolsó alrededor de 1650 millones de dólares en diciembre de 2006. Lo escuchaban atentos el miércoles en el ciclo de capacitación organizado por la Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas (CAPIF) en la sala Batato Berea, del Centro Cultural Ricardo Rojas; productores musicales, periodistas, y –fundamentalmente- músicos independientes, con la expectativa de dar el salto, de que su música rebote de usuario en usuario, y hacerse escuchar, hacerse visibles. Es que hace tiempo que la plataforma de videos más grande del mundo se convirtió en una catapulta para un sinnúmero de artistas de las más diversas disciplinas. La música, claro, no es la excepción. Y como la piratería y los intereses están a la orden del día, YouTube debió cerrar acuerdos con los principales sellos multinacionales de la industria discográfica en los países donde funcionan sus oficinas. (En América latina sólo está localizado en Brasil y México).

Por eso, no se vio dando vueltas por el Rojas a ningún pope de los sellos locales. La mayoría del público, de los músicos y de los managers independientes, escuchaba los consejos de Blanco para saber cómo lanzar a un artista en YouTube, y cómo potenciar los canales de distribución y promoción de contenidos.

Las respuestas del especialista –que pueden verse en el video- fueron muy concisas. Inquietud, interactividad, especificidad y honestidad en las palabras claves que ordenan las búsquedas (tags), canales específicos y mucha información a disposición del usuario. Información útil que todavía los responsables de YouTube no logran decodificar del todo.

El primer taller del ciclo organizado por Capif y la Oficina de Exportación musical, del gobierno de la Ciudad, en mayo pasado, contó con la presencia de Martín Kogan, y Federico Pérez, director y gerente de marketing de MySpace Argentina. El segundo encuentro tuvo lugar en junio y contó con la presentación de Diego Antista, Sales Manager de Google para los mercados de habla hispana en América. La próxima cita, luego de la visita de Blanco, será el turno de los responsables de la red social Sonico.

jueves, 16 de abril de 2009

La peor cantante de la historia




Pop Life sigue ganando amigos
No señores: pese a lo que muchos creen y sostienen, la música horrible no es un flagelo de la modernidad. Los cantantes que juntan dólares con pala pese a no pegar una sola nota en toda su carrera no se inventaron en los 90. La vocalización nefasta pero redituable, esa que te induce al automartirio mientras le mete la mano en la billetera a las nenitas y los dueños de Regattas tuneados, no surgió a partir de Enrique Iglesias: es muy, muy anterior. La mejor prueba de ello es la historia de Florence Foster Jenkins, la soprano que no podía cantar, pero igual llenaba estadios.

A principios del siglo XX en Philadelphia, Jenkins daba recitales para unos pocos espectadores que no dejaban de descostillarse ante el sonido de gato violentado que emitía la "artista" de marras. No obstante, la concurrencia crecía y crecía: todos querían ver a esa señora tan chistosa que se creía Maria Callas pero parecía Ricardo Montaner. La cuestión es que ella no se daba cuenta de que apestaba: siempre decía que cantaba mejor que Frieda Hempel y Luisa Tetrazzini (famosas vocalistas líricas de aquellos años) y atribuía las risas del auditorio a los "celos profesionales".

La señora le entraba tupido a genios como Mozart, Verdi y Strauss, destrozándolos sistemáticamente uno tras otro. Una vez chocó mientras viajaba en taxi, y en vez de demandar a la empresa le mandó una caja de cigarros al tachero: según ella, el accidente le había permitido cantar un Fa más alto del que jamás había alcanzado. Era una trastornada linda.

En 1944, con 76 años, después de decenas de recitales en el salón de baile del Ritz-Carlton de Nueva York, Jenkins pudo cumplir con el sueño de su vida: cantar en el Carnegie Hall, un teatro con capacidad para tres mil personas. Las entradas volaron: el lleno fue total, y la ridiculez aún mayor. Pero Florence no acusó recibo: ella estaba feliz con su performance. Un mes después estiró la pata.

Con el tiempo salieron a la luz grabaciones suyas, que algún turro bautizó como The Glory (????) of the Human Voice (sic, con los signos de interrogación y todo) y Murder on the High C´s ("el asesinato de los Do agudos"). Y sí, la señora era a la música lo que Migliore al fútbol, pero jamás se dio por enterada y vivió como una duquesa, gastando los morlacos que dejaban en boletería los piolas que se burlaban de ella.

Homenaje a la tatarabuela artística de Britney Spears ofreciéndoles su versión de "Queen of Night", aria de Wolfgang Amadeus Mozart. Disfrútenla, si pueden.







miércoles, 15 de abril de 2009

Oliver Sacks

La lección de Sacks
Por Jordi Ballo (LV)

"Tony Cicoria tenía cuarenta y dos años, hacía deporte y era fuerte." Así empieza Musicofilia,con un lenguaje preciso que se acerca muchísimo a las formas expresivas de los guiones para el cine. Sólo con este detalle ya podríamos entender por qué la obra de Oliver Sacks se ha adaptado tan bien a la literatura dramática, sea al cine (Despertares, A primera vista),al teatro (L'homme qui...con Peter Brook) o a la ópera, con Michael Nyman musicando también esta última obra. Sacks convierte el comportamiento humano en algo visible, un detalle que las artes del drama siempre agradecen. Y donde no llega la razón científica, procura dejar abierta la puerta del misterio.

Pero además la obra de Sacks siempre tiene en cuenta el humor del público, su curiosidad por conocer las alteridades del lenguaje. Peter Brook lo entendió perfectamente en L'homme qui...,donde se adaptaba el relato El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Vi esta obra teatral en París, en Les Bouffes du Nord, con un público silencioso, impresionado por la descripción de las disfunciones cerebrales que provocaban jocosas perversiones del lenguaje. Pese al silencio, las situaciones eran cómicas. Pero el público sólo se liberó cuando Brook, con un artilugio genial, nos hizo comprender que otros públicos anteriores se habían reído sin problema ante lo mismo. Y con esta risa liberadora comprendí la lección de Sacks: no olvidar la ingenuidad cuando se viaja a la zona oscura del comportamiento humano.
Dicha u horror
A.L.
Para este profesor de Psiquiatría en la Universidad de Columbia lo más cerca que ha estado de comunicarse con Dios ha sido escuchando una sonata de Bosch, pero encuentra en la burbuja sonora que crea enchufarse un iPod un riesgo potencial de accidentes gravísimos. Esta dualidad de la música, a la vez proveedora de momentos sublimes y resultados trágicos, atraviesa Musicofilia.Al comparar el cerebro con una "orquesta con un número inabarcable de instrumentos", Sacks ve en la música un terreno abonado para hablar de desórdenes neurológicos, tras los que hay pacientes atrapados en realidades sensoriales paralelas del todo marcianas e inconcebibles para alguien sano. Por un lado, se nos muestra la música como pesadilla, ya sea fuente de alucinaciones auditivas, de una obsesiva reiteración de notas, de ataques inesperados, generadora de imágenes horrendas o, en su reverso, la completa inmunidad para descifrarla sensitivamente. Por otro lado, su capacidad sanadora o terapéutica, ya sea accionando los recuerdos, resucitando la capacidad motriz o rehabilitando la comunicación afectiva, una bendición para los aquejados de parkinson, síndrome de Tourette o encefalitis, al tiempo que una forma de estimulación atlética prodigiosa. Y luego están las curiosidades, como que el Che Guevara era incapaz de seguir ningún ritmo o que Freud no obtenía ningún placer del virtuosismo de Orfeo.
Sacks Básico

Londres, 1933. Neurólogo


Sacks es el célebre neurólogo que logró "despertar" a pacientes dormidos durante décadas (inspiración del filme "Despertares"). Ha trabajado con –y escrito sobre– las más variadas enfermedades mentales. Dicha u horror

"La música tiene poder sanador"


Oliver Sacks: "La música tiene poder sanador"


El neurólogo británico Oliver Sacks, que publica historias médicas sobre el impacto del fenómeno musical en la mente humana, señala que el "ritmo es exclusivo de los seres humanos", que le preocupa "la promiscuidad" de la música y sueña en voz alta: "Ojalá los hospitales se parecieran más a un jardín botánico que a un asilo".

Por: Antonio Lozano*

ATURDIDOS. Ahora en semana escuchamos más música que una persona del siglo XV en toda su vida. Me preocupa que la recibamos por imposición", advierte Sacks.

La vida de Oliver Sacks (Londres, 1933) dio un vuelco cuando sus ojos toparon con una tabla periódica. Transcurridos sesenta años, sigue llevando una diminuta en la cartera, donde el resto atesora las fotos de su prole. Coqueteó con la química y la biología, pero se decantó por la neurología, lo que le permitió desarrollar su don para tratar con los pacientes. Sabe más que nadie sobre las trampas y engaños que tienden los cerebros dañados o enfermos. En obras didácticas que se leen con la fruición de un relato detectivesco o fantástico, como Despertares (1973) o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985), ha ido recolectando casos clínicos que desafían a las mentes más incrédulas. Desde Nueva York contesta las preguntas de este cronista.

-¿Cómo ve la omnipresencia musical hoy en día?

-Uno ahora tiene a su disposición más música en una semana que una persona del siglo XV en toda su vida. Me preocupa un poco la promiscuidad de la música, que la recibamos no por elección propia sino impuesta. Inevitablemente la devalúa y la convierte en un elemento depravado. La música nació como una forma de celebración tribal, para practicarse en grupo, luego llegó la especialización con compositores y audiencia. Los servicios religiosos también entendían la música como experiencia comunitaria, pero ahora se está separando del contexto y nos lleva al aislamiento social. Escuchar música se ha convertido en una experiencia muy individual y existe el peligro de quedarse sordos al subir el volumen para bloquear la realidad exterior. El índice de sordera prematura en América es actualmente el más preocupante de su historia.

-En su libro "Musicofilia" argumenta hasta qué extremos la tecnología cotidiana, llámese móviles o iPods, acarrea un riesgo individual y social.

-Puedo tomarme a mí mismo como ejemplo. Hace un año me encontraba en los Pirineos paseando con mi bici frente al río y vi a lo lejos a una mujer hablando por el celular, que se disponía a cruzar el camino reservado para los ciclistas. Toqué el timbre, no me oyó, se atravesó en mi trayectoria, apreté los frenos y salí disparado. El resultado, créame, no fue nada bueno para alguien que ya rondaba los 70. Las relaciones sociales y la vida en la calle se han visto profundamente afectadas por la tecnología. Sospecho que en Nueva York muy especialmente la gente camina tan concentrada en las voces que le llegan por el teléfono o los auriculares, o absorta por las imágenes que le salen constantemente al paso, que se juega el físico. Sin ir más lejos, asomándome a la ventana de mi casa he sido testigo de más de un atropello. Creo que es algo por lo que preocuparse.

-¿Cuáles son los beneficios de la terapia musical?

-Puede ser clave para un espectro de pacientes muy amplio, aquejados de demencia o alzheimer, entre otras enfermedades. Lo descubrí por primera vez durante el tratamiento de mis pacientes que reflejé en mi libro Despertares, los cuales sólo se liberaban y adquirían movilidad cantando y danzando bajo el estímulo de las notas musicales. Creo que los beneficios de la música a veces se exageran y otras se niegan. Lo que es evidente es que puede hacer la vida más tolerable para muchos, impulsando la comunicación.

-¿Qué le reporta la música en lo personal?

-Me produce estados de ánimo muy intensos, es capaz de despertarme emociones profundísimas. Sin embargo, soy incapaz de convocar imágenes visuales al escucharla. Me sorprendió hablar con el pianista Alfred Brendel, después de su último concierto en EE. UU., y descubrir que él tampoco podía.

-¿Cuál de los casos expuestos en "Musicofilia" le impresionó más?

-El de Harry, cuyo cerebro resultó dañado tras un accidente de bicicleta que lo hizo entrar en un coma. Salió del mismo incapacitado para cualquier emoción, excepto cuando escuchaba música. Entonces su rostro se llenaba de gozo y lloraba de alegría. Con anterioridad había visto casos similares en autistas, a quienes la música despertaba emociones y les dotaba de la capacidad de moverse y articular palabras.

-En su último libro sólo la música clásica tiene poderes terapéuticos,¿quéme dice del pop o del rock?

-Podría ser que también ayudara al enfermo, reconozco mi ignorancia al respecto. Lo que sí sé es que ello significaría un sacrificio de la melodía en beneficio del ritmo. Aunque provoca una respuesta muy primaria, el ritmo es exclusivo de los seres humanos, no ves a los chimpancés bailar. Dudo que posea la narratividad y el poder emocional de la melodía. Una canción pop es capaz de rompernos el corazón, pero desconozco si puede sernos de alguna ayuda.

-¿Cuál diría que es la disciplina artística que se acerca más al poder sanador de la música?

-La danza con la que obviamente está relacionada. Además, a quienes padecen alzheimer pueden resultarles útiles las artes visuales. El contacto con la naturaleza y los jardines resulta muy recomendable para todo tipo de pacientes. Ojalá los hospitales se parecieran más a un jardín botánico que a un asilo.

-¿Qué tipo de relación suele establecer con sus pacientes?

-Paso mucho tiempo con ellos de cara a comprender a fondo sus problemas. A veces conozco a las familias y me apunto a celebraciones íntimas, o acudo a funerales. Entro en sus vidas hasta cierto punto, pero siempre con una cierta reserva, respetando unos límites de formalidad.
Resulta extraño, ya que se produce al mismo tiempo una mezcla de cercanía y distancia. Lo que es sagrado es que tu paciente no llega a ser tu amigo, se ha de levantar una frontera emocional.

-¿No es éticamente delicado escribir sobre personas enfermas?

-A lo largo de mi trayectoria profesional, he trabajado en diversos hospitales y residencias de ancianos y he constatado que las cosas han cambiado mucho con los años. Ahora, para evitar problemas legales, antes de escribir una sola palabra, hablo con el paciente para ver si se sentirá cómodo con ello y una vez tengo el texto se lo dejo leer para buscar su aprobación. No guardo secretos, procuro ser una persona completamente honesta y abierta. Musicofilia cuenta con una lista de agradecimientos compuesta de unos ciento cincuenta nombres.

-Sus textos son muy literarios, ¿tiene algún escritor en mente a la hora de escribirlos?

-Creo que de una manera inconsciente estoy influenciado por novelistas decimonónicos como
Trollope, Dickens o Thackeray. También por las aventuras de Sherlock Holmes, pues encuentro que las historias médicas tienen muchos vínculos con las historias detectivescas. Procuro conciliar la dimensión científica con el toque humano. Eso sí, sería incapaz de escribir una novela, ni he tenido nunca el menor interés. Ahora apenas leo ficción, me limito a las memorias y las biografías.
-¿Cómo le gustaría ser recordado?

-Mi legado es haber intentado no perder de vista la dimensión humana de la medicina y la ciencia.

martes, 24 de marzo de 2009

SOLANGE PRAT: Una voz, entre la euforia y los ídolos


Esta cantante profesional que recorrió el mundo también se luce como actriz con su trabajo en Hairspray

Una voz, entre la euforia y los ídolos

De mujer a niña, la cantante interpreta a la aniñada Penny Pingleton
Sonia Suárez

La realidad, a veces, imita a la ficción. En Hairspray abundan los jóvenes talentosos que buscan expresarse a través de la música, entre audiciones y concursos, ídolos y fanatismos. En esta obra, Solange Prat brilla como Penny Pingleton, la mejor amiga de la protagonista, que encarna Vanesa Butera.

Cuesta creer que Solange, una bonita pelirroja, sea la misma que le presta el cuerpo y la voz a la aniñada e ingenua Penny. "Mi personaje no es nada tonto. Es puro, no tiene prejuicios y es súper optimista. Todo la sorprende y le da vergüenza. Y bastante bien lidia y lucha para autoafirmarse con esa madre que la aplasta [interpretada por Laura Oliva]. Y además, quiere tanto a su amiga, que todo lo que venga de ella le causa fascinación", dice la artista, que comenzó a estudiar canto desde muy pequeña.

Luego de terminar el colegio, Prat inició una carrera universitaria, hasta que se presentó en una audición para participar del elenco de un crucero que recorre el Caribe. Y ganó. Fueron seis meses lejos de tierra firme, mientras ella, en cambio, daba sus primeros y certeros pasos sobre los escenarios. Gracias a esta experiencia pudo además cruzar el Atlántico y conocer el Viejo Continente, donde regresaría varias veces, también gracias a la música, pero en avión. De vuelta en Buenos Aires, dejó la facultad e ingresó en la Escuela de Música Contemporánea. "Ese fue mi clic. Ya no tenía dudas de que había encontrado mi camino" y entre congas, clases de piano, y cuerdas, Prat asistió a otras audiciones.

Una de las más arduas fue aquella de 2001, para un programa que prometía ser una sensación y cuyo trofeo sería integrar un quinteto pop femenino. Prat fue una de las 20 finalistas de Pop Stars , donde surgieron las Bandana. "Dance, dance, dance" inundaba las radios y se convertía en un éxito de masas.

La cantante admite que fue duro no aprobar aquella prueba, pero al poco tiempo se embarcó en otro éxito, no pasajero: Natalia Oreiro. Como corista de la uruguaya, conoció Rusia y la devoción que los ídolos despiertan en la multitud. "Cuando salía a escena, sabía que esa gente no había ido por mí, pero de todos modos no podía evitar emocionarme". Lo mismo le ocurrió cuando viajó a Israel de la mano de Erreway, la banda de la tira adolescente de Cris Morena que protagonizaban Luisana Lopilato, Benjamín Rojas, Camila Bordonaba y Felipe Colombo. "Pensaba: «ojalá algún día me pase a mí; sentirme tan querida por el público»", recuerda.

Y luego vino el segundo clic. Esa cantante a secas empezó a desafiar a la actriz y a la bailarina. Otra vez, audicionó y obtuvo un lugar en Rent , el musical bohemio que arrastró al Abasto a tantos espectadores. Sin embargo, Prat fue por más, más alto que el agudo por el cual la aplaudían en las funciones. Se presentó en las pruebas para integrar el elenco de Hairspray y logró un papel, el de la mejor amiga de la heroína, el mismo papel que la ídola adolescente Amanda Bynes interpretó en la versión cinematográfica. En esta oportunidad tendría que sostenerse en escena, primero como actriz, antes que como cantante. Y hoy es una de las intérpretes jóvenes más destacadas de ese musical de la avenida Corrientes.

Sin el imán de la televisión ni el poder del márketing, Prat empezó a advertir que la platea gritaba su nombre y que algunos espectadores la esperaban a la salida de la función. Hoy, Prat tiene su banda, con la que grabó Voy , un EP con temas propios, y un club de fans. Responde los mails de sus admiradores personalmente y acepta en el Facebook a aquellos que quieran compartir sus fotos y algunos rincones de su vida. Es que graduada en la escuela de los dioses e ídolos internacionales, aprendió mucho de esas lecciones, pero sobre todo que no existe el Olimpo.

Laura Ventura

martes, 3 de marzo de 2009

JANE BIRKIN: El eterno ronroneo de la musa

El eterno ronroneo de la musa

Jane Birkin

Biografía

Jane Birkin nació en Londres el 14 de diciembre de 1946, siendo la segunda hija del Mayor David Birkin y de la actriz y cantante Judy Campbell.

En la primera mitad de los sesenta se introduce de lleno en el ambiente pop del Swinging London y debuta como actriz a los 17 años. En esa época conoce al compositor John Barry, quien le anima a debutar como cantante y con el que acaba casándose a los 19 años.

En la película "Blow Up" de Michelangelo Antonioni protagoniza su primera escena polémica (aparece desnuda), lo que provoca un gran escándalo en su ciudad natal.

Tras el fracaso matrimonial y el nacimiento de su hija Kate en 1967, Jane desembarca en Francia. Allí conoce a Serge Gainsbourg, con quien forma una de las parejas de moda en la escena parisina, donde se hacen célebres en 1969 con Je t'aime... moi non plus, canción sensual y provocadora que convierte en un éxito mundial los suspiros de Jane haciendo el amor con su compañero. En 1971 nace su hija Charlotte Gainsbourg, una actriz y cantante reconocida.

Una voz frágil, tenue, siempre a punto de romperse permaneció como su marca distintiva y fue utilizada con inteligencia por Gainsbourg, que adaptó sus canciones al timbre de voz de Jane. Compuso para ella y la moldeó según sus deseos. Permanecieron juntos durante 12 años, convirtiéndose en una pareja popular para el público y los medios.

A principios de los años 1980, su vida personal y profesional sufrió un duro revés debido a la separación de Serge Gainsbourg y Jane Birkin.

En 1982 tuvo otra hija, Lou Doillon, también actriz, con el director de cine francés Jacques Doillon.

Serge Gainsbourg continuó componiendo para ella, pero sus canciones se volvieron solemnes, complejas y sutiles. Su disco "Baby alone in Babylone" fue un gran éxito en 1983. En 1987, dio su primer concierto en el Bataclan. Hizo una actuación en el Casino de París en 1991 dos meses después de la muerte de Gainsbourg y le dedicó el concierto. También le rindió homenaje en Londres en septiembre de 1994 para darle reconocimiento en su tierra natal.

En 1998, publicó su primer disco sin Serge Gainsbourg, A la légère, con canciones escritas por 12 compositores contemporáneos franceses.

En 1999, Jane Birkin conoció al músico Djamel Benyelles que orientalizó algunos de los temas de Gainsbourg como Elisa, Couleur Café o Comment te dire adieu. Entre sus últimos discos destacan Arabesque (2002), Rendez-vous (2004) y Fictions (2006).

Filmografía parcial

Discografía

  • 1969 - La Chanson du Slogan
  • 1973 - Di Doo Dahs
  • 1975 - Lolita Go Home
  • 1978 - Ex-Fan des Sixties
  • 1983 - Baby Alone en Babylone
  • 1987 - Lost Songs
  • 1987 - Jane Birkind au Bataclan
  • 1990 - Amours des feintes
  • 1992 - Jane Beak.
  • 1992 - Intégrale au Casino de Paris
  • 1996 - Versions Jane
  • 1996 - Intégrale à l'Olympia
  • 1998 - The Best Of the floor
  • 1999 - À la legère
  • 2002 - Arabesque
  • 2004 - Rendezvous
  • 2006 - Fictions
  • 2008 - Enfants d'Hiver

Video

  • Arabesque. Voyage (1DVD + 1CD). Capitol, 2002-2004.

Condecoraciones

  • En 1989 rechazó la Légion d'honneur (Francia).
  • En 2001 fue condecorada como Caballero de la Orden del Imperio Británico por la reina Elisabeth II (Reino Unido).
  • En 2004 fue nombrada Chevalier de l'Ordre national du mérite por el ministro francés de Asuntos Exteriores.
  • También fue nombrada Chevalier des Arts et Lettres (caballero de las Artes y las Letras) (Francia).

JANE BIRKIN EN ESPAÑA

Para todo hay que servir. Cualquier otro que apareciera en escena con ese pelo corto enmarañado, el chaleco gris y la corbata a medio anudar quedaría a un paso mismo del ridículo, pero Jane Birkin acumula demasiadas horas de vuelo como para incurrir en tal peligro.


No es que cante gran cosa, pero su estilo es sinónimo de sensualidad

Más andrógina que nunca, nuestra londinense criada en París puede meterse las manos en los bolsillos, flexionar las rodillas con gesto pizpireto y practicar esos andares suyos tan desangelados sin que el público deje de admirar su elegancia. Es lo bueno de contar con una pléyade de seguidores lo bastante entregados como para satisfacer 45 euros por una butaca en la platea del teatro Rialto. Paco Clavel, sin ir más lejos, las tarareó todas. Sin excepción.

El tiempo parece jugar a favor de quien ya en 1969 triunfaba con Je t'aime... moi non plus. Nadie aseguraría de esa mujer reincidente en la sonrisa, esa muchacha que pasea con aire de colegiala despistada, hace poco cumplió 62 primaveras. Parece imposible escribir sobre Birkin sin recurrir al apelativo de musa. Ella lo sabe y le saca partido. Se deja querer, besa a sus músicos durante las presentaciones, chapurrea un castellano indescifrable entre canción y canción. Tiene a los fieles en el bote. Pero sólo a los fieles: cuesta imaginar la aparición de algún converso después de un concierto tan plano, monótono y reiterativo como el de anoche.

Birkin servía como señuelo en el arranque del quinto Ellas Crean, una apuesta cada vez más ambiciosa de los ministerios de Igualdad y Cultura para saludar la creatividad femenina y la llegada de los aires primaverales. Nadie le discutirá el pedigrí a la ex compañera de Serge Gainsbourg, pero su permanente apelación a la candidez puede terminar con la paciencia hasta de los hombres de buena voluntad. Seducen la ternura y la inocencia, de acuerdo, pero tan redundante apelación a la ingenuidad parece a ratos la banda sonora para un manual de autoayuda. Cuando creíamos haberlo visto todo, la Birkin aún tuvo tiempo de canturrear entre el público mientras mecía un paraguas de lucecitas. El paseo aconteció, eso sí, por la platea y el anfiteatro, para que todo resultara más igualitario.

Un cuarteto sobrio, aburrido y paritario (como corresponde) acompañaba a la gran dama. La escenografía era escueta, pero, ay, esas cuatro enormes bombillas de filamentos habrían puesto de muy mal humor al ministro Sebastián.

Jane no necesita mucho más ropaje para su música elemental. No es que cante gran cosa. Incluso podría discutirse si lo suyo es canción o un ejercicio recitativo con tenues entonaciones puntuales, pero ese ronroneo eterno y perezoso acumula cuatro décadas como sinónimo de sensualidad. Así son las cosas.

La velada transcurrió entre el recuerdo a Gainsbourg, maestro de la chanson galante, pícara y decadente, y las canciones de Enfants d'hiver. Su más reciente entrega es un disco confesional (y autocomplaciente) sobre la nostalgia de una niñez siempre inaprensible.

El discurso puede resultar a ratos entrañable y permite esbozar muchas de esas características sonrisas soñadoras, pero será difícil convencernos de su originalidad. Tanto da. A fin de cuentas, nadie dijo que las musas tuvieran entre sus costumbres la de complicarse la vida.

lunes, 2 de marzo de 2009

MUSICA: VICTOR HEREDIA: EL GRAN GANADOR EN VIÑA DEL MAR


Canción con todos

Su tema "Ayer te vi" se llevó el premio mayor del Festival.

LA LIRA Y LA GAVIOTA HEREDIA CON LOS DOS TROFEOS EN SUS MANOS... LA LIRA DE ORO -GALARDON ORIGINAL DEL FESTIVAL-, FUE "REVIVIDA" PARA CELEBRAR LOS 50 AÑOS DEL FAMOSO CERTAMEN.
La canción Ayer te vi, de Víctor Heredia, ganó el trofeo más importante de la 50 edición del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar: la Lira de Oro, revivido para conmemorar el aniversario del Festival, que hacía competir a las ganadoras de los últimos años. Interpretada por Emiliano del Río, este tema de 2001 se llevó también la Gaviota de Oro.

El jurado también otorgó el premio como mejor intérprete al argentino Guillermo Fernández, quien defendió la canción Soy tu ángel, compuesta por Ricardo Pald y Valeria Lynch.

El cierre de esta edición, por la que pasaron desde Juan Manuel Serrat y Juanes hasta Daddy Yankee o Simply Red, fue con la actuación del puertorriqueño Marc Anthony, celebradísima por "el Monstruo", como se llama al público del Festival.

"En realidad se dió un caso insólito, porque llegué a la final con dos temas míos, Ayer te vi y Bailando con tu sombra en el rubro folclore", explicó Víctor Heredia en conversación telefónica desde Chile y agregó: "La verdad es que fue algo impensado, porque no me presento desde hace tiempo como compositor y ahora salió esto, estoy feliz".

Heredia recordó su relación con el festival, al que calificó de "muy serio y muy importante": "Vine por primera vez en el 72, luego invitado en un show de Mercedes Sosa y la otra, seis años atrás, ya con mi repertorio. Tengo una relación muy apretada con Chile por mis canciones. Algunas como Coraje, Sobreviviendo y Razón de vivir son himnos aquí. Por eso me emocionó ver cómo todos se pusieron de pie cuando dijeron que mi canción era la ganadora".

VINICIUS DE MORAES: SU TORMENTO


Una compilación de poemas revela las angustias del autor brasileño

FRANCHO BARÓN - Río de Janeiro - 02/03/2009


Vinicius de Moraes (Marcus Vinícius da Cruz de Mello Moraes, Río de Janeiro, octubre de 1913 - julio de 1980), aún usaba pantalón corto cuando recorría los pasillos del colegio católico Santo Inácio con versos de su autoría escondidos en los bolsillos del uniforme. Varios elementos apuntalan la poco conocida tesis de que Vinicius de Moraes fue, en realidad, una persona profundamente atormentada, ciclotímica y de complejas dudas existenciales, frente a la imagen de showman parlanchín, bromista y propenso a las copas, las mujeres bonitas y la noche que existe de su persona desde hace décadas.


La editorial brasileña Companhia Das Letras ha publicado recientemente una nueva selección de poemas del que fuera íntimo amigo del compositor Antonio Carlos Jobim, que viene a profundizar en la teoría de que Vinicius de Moraes, más allá de un icono de la bossa nova, fue un hombre eternamente angustiado. Poemas Esparsos (Poemas sueltos) incluye algunos versos inéditos, anotaciones y textos explicativos de grandes figuras de la cultura brasileña, como los poetas Ferreira Gullar y Carlos Drummond de Andrade, o el compositor y músico Caetano Veloso.

El coordinador del volumen, el también poeta Eucanâa Ferraz, inaugura el epílogo de la siguiente manera: "Los dramas de Vinicius de Moraes nunca fueron los propios de la poética. Desde Camino a la distancia, su primer libro (...), los problemas de expresión de una inquietud existencial estuvieron en un primer plano y allí permanecieron instalados, ineludibles como un destino".

Efectivamente, en los dos primeros poemarios rubricados por Vinicius, Camino a la distancia (1933) y Forma y exégesis (1935), una atmósfera de culpabilidad y desasosiego se apodera de los versos. Según explica Castello en un extraordinario ensayo publicado el pasado enero en la revista cultural brasileña Bravo!, la mujer surge en este periodo del poeta incipiente como una figura inocente e intangible, mientras que el hombre cobra la categoría de ser inferior y sucio, indigno del amor y la compañía femenina.

En ambos volúmenes, catalogados por Castello como "poesía metafísica", la masculinidad se presenta como "un lastre que mueve a los hombres por impulsos carnales y arrobos de violencia". Vinicius, a todas luces, sentía repugnancia de su propia condición masculina, pero no por ello renunció a ella.

En Brasil, a Vinicius se le conoce cariñosamente como "o poetinha" (el poetilla), un diminutivo que viene a enfatizar su faceta más primaveral o, más preocupante aún, que con no poca condescendencia rebaja su porte y solvencia como intelectual a una categoría inferior. "Vinicius rompió con la imagen de los grandes poetas y narradores de su época. Mientras Guimarães Rosa o Clarice Lispector eran figuras consagradas de la literatura brasileña, Vinicius entraba más y más en el folclore de Río de Janeiro, algo que dañó profundamente su imagen de gran intelectual", comenta José Castello, crítico literario y autor de la más completa biografía de Vinicius de Moraes, O Poeta da Paixao (El poeta de la pasión).

Vinicius de Moraes simultaneó su intensa producción literaria y periodística con una maltrecha carrera diplomática que lo llevaría a Los Ángeles, París y Montevideo. Nunca soportó las rigideces del protocolo propio de las embajadas y los consulados. Cuentan que cuando no estaba de humor para ponerse el traje y la corbata e ir a trabajar, el autor de la letra de Garota de Ipanema despachaba y recibía visitas en calzoncillos en sus dependencias de la residencia oficial. En París, las mesas de Le Bar Anglais hacían las veces de oficina en horarios de trabajo y fue allí donde continuó su descenso a los infiernos del whisky y los romances furtivos (fue en este lugar donde cultivo la infidelidad a su tercera esposa, Lila Bôscoli, con la mismísima Marlene Dietrich).

En un intervalo de 41 años, desde su primera boda hasta 1980, año en que falleció, Vinicius vivió una serie de nueve matrimonios, unos más tempestuosos que otros, sin contar con los innumerables affaires paralelos con que intentaba camuflar su eterna insatisfacción emocional. "El amor sereno significaba la muerte para él. Si no vivía en una permanente euforia amorosa entraba en depresión. Sufría lo que los psicólogos actuales denominan bipolaridad", explica Castello.

Saboreó la miel del éxito y de la fama en Brasil y en el resto del mundo, pero nunca obtuvo el respeto de los círculos intelectuales de su época. Según Caetano Veloso, el propio Vinicius le dio la clave en una conversación privada en su casa del barrio carioca de Jardim Botânico: "Yo prefiero la musiquita, las mujeres bonitas... de esta manera la poesía fluye. No quiero aquello (el trabajo disciplinado y meticuloso del poeta serio y comprometido)".

Precisamente ésa es la imagen que quedó del gran Vinicius de Moraes en el imaginario popular: la de un hombre ebrio, con un vaso de wisky en la mano, rodeado de amigos y mujeres hermosas, tarareando canciones que exaltaban la felicidad y la ligereza de los veranos eternos de Río de Janeiro.Según un biógrafo, el poeta sufría un trastorno de bipolaridad

La industria musical


El futuro será primitivo

Qué cansinos son los profetas. Pienso en los que proclaman la extinción de las discográficas, el fin del copyright, el eclipse del CD. Entiendo que son frases rotundas, que tienen garantizado el titular y que llenan de orgullo bíblico a sus autores. Los apocalípticos se deleitan extendiendo el certificado de defunción al CD, pensando que eso supone un golpe mortal a las odiadas disqueras.


La industria musical todavía depende mayoritariamente de los compradores de CD

Ignoran que ése es el sueño húmedo de los ejecutivos más despiadados. Para ellos, la desaparición del soporte físico significaría prescindir de fábricas, almacenes, transportistas, vendedores y tiendas. Recortan gastos, adelgazan plantillas; nada de lidiar con proletarios gruñones o regatear con minoristas. ¿Un paraíso empresarial? Sí, lástima que les arrollara el tren de Internet antes de establecer un sistema de pago.

Las discográficas siempre aspiraron a simplificar su modelo de negocio. Conspiraron para cargarse el single por poco rentable. Y reemplazaron el disco de vinilo por el CD. Felizmente, el vinilicidio no se consumó. Los dj se resistieron a perder su soporte favorito y la demanda creció con las tropas retro, los amantes del beat, el soul, el punk. Ahora el vinilo es tendencia. Hasta las multinacionales vuelven a prensar y comercializar vinilos.

Para los diseñadores de futuros, conviene recordar que no suele ser "esto o lo otro". Más bien tiende a "esto y lo otro". Convivirán los soportes por comodidad, calidad sonora, fetichismo, hábitos. Leo una crónica del Digital Music Forum East, conferencia neoyorquina de profesionales donde se presentan datos y se intenta retratar al mercado. El reportero se muestra boquiabierto. Creía que la gran mayoría de los estadounidenses era como él: la música le llega vía iPods, móviles, ordenadores. Resulta que dos terceras partes de los consumidores de música en EE UU sólo escuchan CD y radio. Ignoran las descargas legales o ilegales, pasan del streaming. De hecho, la industria musical todavía depende de los compradores de CD, mucho más numerosos que los que pagan por descargas, compran entradas para conciertos o adquieren objetos de merchandising (las otras fuentes principales de ingresos). Parece que periodistas y disqueros hablamos de boquilla: tenemos poca información sólida sobre los modos en que el público consigue, usa, conserva la música.

Un experto avisa además de que tampoco son tan fiables las encuestas, los estudios de mercado y los focus groups, reuniones donde se exprime a consumidores supuestamente representativos.

Descubrió que había un abismo entre lo que contaban y su práctica real. Sus declaraciones no coincidían con lo que había en sus reproductores personales, sus coches, sus casas. Un ejemplo: los más jóvenes, siempre conscientes del factor cool, aseguraban que preferían el sonido del vinilo, por su "autenticidad", pero eso no significaba que tuvieran giradiscos activos o que ampliaran su colección más allá de lo heredado de padres y hermanos mayores.

Ah, el título de esta columna esconde un guiño a Les Primitifs du Futur, simpática orquestina francesa que suena como si nunca hubiéramos pasado de las pizarras de 78 rpm. Benditos sean los raros y los que van contra corriente.

martes, 24 de febrero de 2009

LA MUERTE DE LAS ALTA FIDELIDAD: Volumen, compresión y MP3

La muerte de la alta fidelidad

Volumen, compresión y MP3 contra la profundidad y la emoción musical. ¿Por qué en la era de los mayores avances tecnológicos la calidad sonora empeoró como nunca?




No tengo nada contra los MP3. Por un lado, sería como remar contra la corriente, y además la ventaja de almacenar 11.345 canciones en mi iTunes es insuperable. Lo único que debo pensar es qué tengo ganas de escuchar. Pero es innegable la desmejora de fidelidad que provoca esta conveniente compresión. Al plantearme qué se pierde al cambiar de formato pasé una semana completa escuchando música en vinilo, CD y iTunes (archivos a una compresión baja de 128, “una mierda”, según el iPod).

Empecé con uno de mis discos favoritos del año, Sound Of Silver, de LCD Soundsystem. Era la primera vez que lo escuchaba en vinilo y al principio pensé que no había tanta diferencia. Pero luego, en el tema “All My Friends”, la noté: las baterías, reales, no electrónicas, sonaban con una claridad que nunca antes había escuchado. El CD sonaba bien, aunque estaba convencido de que los bajos suenan más cálidos en el vinilo. Ni yo ni cualquier otra persona que lo haya escuchado habría notado la distinción entre el CD y los archivos comprimidos.

Una copia en vinilo de Crooked Rain, de Pavement, resultó una revelación. Nunca sonó tan vital. Los fetichistas del vinilo siempre hablan sobre lo que “estuvo ahí”: esta es música que fue hecha por gente en una habitación, no por una computadora. Quizá sea porque conozco el disco de cabo a rabo, pero los archivos AAC sonaban terrible, con la compresión empujando los bajos al fondo y aplastando los agudos hasta algo latoso e insufrible. Tanto los archivos comprimidos (AAC o MP3) como el CD son el equivalente a escuchar una copia de esta música, aunque si uno no escuchara el original quizá nunca se daría cuenta.

La más grande diferencia, ciertamente un resultado de la remasterización, la descubrí en Imagine de John Lennon. En el vinilo, el track que da título al disco era tal cual lo recordaba, con el foco en Lennon y mucho espacio para la instrumentación. Pero el CD me metió de lleno adentro del piano, en donde pude escuchar con mucha claridad; aunque seguramente esto no era lo que él y Phil Spector habían pretendido de la grabación. Pasé a los archivos comprimidos, donde las cuerdas sonaban como un sintetizador tratando de emular cuerdas. ¿La canción sonaba arruinada o apenas empobrecida? No exactamente, pero me sentí incómodo por los cambios que imprimió el formato digital. Este es el modo en el que la música sobrevivirá: como una lámina de ilustración en un libro de arte, mientras el original se guardará en un museo por aquellos que aún conservan sus bandejas giradiscos.

Desanimado, retorné a LCD Soundsystem, dejando que iTunes reprodujera un álbum adoptado por la era digital. Quizá sea el poder de la sugestión, pero me quedé pensando si los archivos comprimidos no inspirarán la fatiga auditiva de la que habla Rob Levine en su nota. Con el vinilo, tenía que levantarme para dar vuelta las caras del disco, pero haciéndolo me sentía excitado. Ahora, ansío un cambio del sonido y me contenté pulsando la opción aleatoria “shuffle”. Y sentí que, de todos modos, todo estaba bien.

Por Joe Levy

lunes, 16 de febrero de 2009

ROBERTO CARLOS y CAETANO VELOSO


Roberto Carlos y Caetano Veloso - E a música de Tom Jobim

El año del 50° aniversario de la bossa nova produjo el encuentro de dos de las figuras perdurables de la música brasileña para rendir homenaje al más grande sus compositores, Antonio Carlos Jobim. Los conciertos, realizados los días 25 y 26 de agosto de 2008 en el Auditório Ibirapuera de San Pablo, se editan ahora en CD (y al menos, en Brasil, también en DVD). Seguramente hubiera sido más interesante la unión de estos grandes en torno a sus respectivos orígenes musicales (la Jovem Guarda en el caso de Roberto, el Tropicalismo en el de Caetano), pero esta exploración del repertorio de Jobim, aunque elude cualquier tipo de atrevimiento, constituye una plácida delicia para el oído. El emprendimiento compartido en realidad no lo es tanto: cada uno tiene su propio grupo y arreglador (Eduardo Lages y el omnipresente Jacques Morelenbaum), y se reparten el show en partes iguales, uniéndose para cuatro canciones –dos al principio, dos al final–, a lo que hay que agregar una gran versión de "Aguas de março" a cargo de Daniel Jobim, nieto de Tom y pianista de Veloso. Ya se sabe que Caetano es un intérprete sublime –ahí está Prenda minha como cabal demostración–, y su segmento es especialmente disfrutable. Consumado admirador y estudioso de la bossa nova, encara clásicos como "Ela é carioca" y "Meditação" explotando al máximo la musicalidad de las palabras, arropado en los melodiosos arreglos de Morelenbaum. Roberto Carlos aboleriza sus interpretaciones, llevándolas un poco hacia su estilo (hace incluso una versión en castellano de "Insensatez"), pero con swing y musicalidad, y alcanza su mejor momento en "Corcovado". Los himnos "Garota de Ipanema" y "Chega de saudade", con que abren y cierran el recital, quedan más en un plano anecdótico.

Por Claudio Kleiman

domingo, 15 de febrero de 2009

ROWAN ATKINSON-THE PIANO PLAYER

ROWAN ATKINSON-Invisible Drum