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lunes, 12 de abril de 2010

BEATLES; Causas y cronología de una separación




Por: Marcelo Cases.

El 10 de abril de 1970, como promoción del lanzamiento de su primer disco solista, Paul McCartney emitió un comunicado de prensa en forma de cuestionario, en donde respondía preguntas sobre dicho álbum y deslizaba algunos comentarios sobre la actualidad de Los Beatles.

Textualmente, decía Paul:

Pregunta: "¿Estás planificando un nuevo álbum o simple con los Beatles?"

"No."

P: "¿Este álbum es un descanso de tu trabajo con los Beatles o el comienzo de una carrera solista?"

"El tiempo dirá. Siendo un álbum en solitario significa el comienzo de una carrera solista, y no haber sido hecho con los Beatles significa que es un descanso de ellos. Así que es ambas cosas."
P: "¿Es tu distanciamiento de los Beatles temporario o permanente, debido a diferencias musicales o personales?"

"Diferencias personales, de negocios, musicales, pero más que todo porque la paso mejor con mi familia. ¿Temporaria o permanente? Realmente no lo sé."

P: "¿Pensás que Lennon-McCartney volverán a ser una sociedad musical activa nuevamente?"

"No."

Estas revelaciones cayeron como una bomba, ya que el malestar existente dentro del grupo se había mantenido en secreto durante varios meses.

Paul aparecía como el responsable de la ruptura. Además, acto seguido entabló juicio contra John, George y Ringo por el manejo de Apple records. Era evidente para la opinión pública que Paul era el culpable de terminar con el Sueño, estigma que lo persiguió durante muchos años.

Sin embargo, si tuviéramos que resumir los motivos de la separación de los Beatles en una sola causa, esta sería sin dudas la perdida de interés de John Lennon en el grupo y el comienzo de su nueva vida con Yoko Ono.

Menos de 3 años antes de estos hechos, en junio de 1967, los Beatles habían maravillado al mundo con la aparición de Sergeant Pepper´s lonely hearts club band, considerado por muchos analistas como la mayor obra del rock, y la más influyente, de todos los tiempos. ¿Qué ocurrió en esos 34 meses para llevar al grupo desde la más alta cumbre de la creatividad a una ruptura tan amarga, agresiva y deprimente?, ¿qué cambios experimentó John?

El origen del distanciamiento entre los Beatles se remonta a varios años antes de su ruptura. ¿Cuándo comenzaron y cuáles fueron las tensiones que llevaron a la separación? Podríamos empezar por 1966...

Agosto de 1966: Los Beatles dan su último concierto poniendo punto final a las giras debido al hartazgo, sobre todo de John y George, por los efectos de la Beatlemanía. Pasan los siguientes 3 meses sin actividad grupal, dando lugar a rumores de separación. Sin embargo, en noviembre de ese mismo año y tonificados con la libertad y el tiempo de que disponían sin giras, los Beatles comienzan la grabación de Sergeant Pepper's.

Agosto de 1967: Muere en forma accidental (algunos especulan que fue suicidio) Brian Epstein, su manager desde los primeros tiempos de Liverpool. Muchos expertos en Beatles coinciden en señalar este acontecimiento como el comienzo del fin del grupo. Además de encargarse de manejar todos los aspectos administrativos del negocio, Brian era de las pocas personas que gozaban de una relación estrecha y de mucha confianza con los Beatles. Su muerte golpeó especialmente a John, quien se sintió asustado y desprotegido sin su presencia; tanto que años después declaró que luego de la muerte de Brian, pensó que los Beatles estaban terminados. Es así que Paul, tratando de suplir la ausencia de Brian y para mantener vivo el espíritu del grupo, comienza a tomar las riendas, intentando ejercer el liderazgo tanto en cuestiones artísticas como de negocios. Con la perspectiva que nos da el tiempo, está claro que las intenciones de Paul eran buenas y que estaba intentando salvar al grupo. Sin embargo, podía ser arrogante y poco contemplativo con las opiniones de los demás, y además, sus interlocutores no eran músicos principiantes sino los otros tres Beatles. Resultaba lógico que sus compañeros comenzaran a sentirse molestos con sus actitudes.

Mayo de 1968: A poco de volver de la experiencia grupal de meditación en la India, John se separa de su esposa, Cynthia, y comienza su vida con Yoko Ono. John pasó momentos especialmente vacíos a lo largo de su carrera con los Beatles. Ya en 1964 y 1965 había escrito canciones autobiográficas (como "I'm a loser" y "Help"). Estaba casado con Cynthia, compañera desde sus días de adolescencia en Liverpool, una chica muy convencional para las inquietudes de John. Vivían en un suburbio de clase alta de Londres, frente a un campo de golf y rodeados de casas de agentes de bolsa. Posteriormente, John se referiría a ese momento de su vida como su período de "Elvis gordo". En eso estaba, cuando conoce a Yoko, una artista japonesa de vanguardia quien literalmente le voló la cabeza. John se sacude la modorra de todos esos años, y experimenta una sensación de libertad y de nuevos intereses que comienzan a alejarlo de sus compañeros de grupo. A partir de aquí todo se desmoronaría, a pesar de que increíblemente seguían produciendo genialidades en sus discos. La grabación del Álbum Blanco, entre mayo y octubre de 1968, llevó la tensión entre ellos a un límite. La presencia de Yoko en el estudio se hizo habitual y además, el resto de los Beatles, sobre todo Paul, tenían que soportar los comentarios y sugerencias musicales de Yoko, con el beneplácito de John. La antigua camaradería y colaboración prácticamente habían desaparecido. Incluso Ringo, aburrido y hastiado de ese ambiente, abandonó el grupo durante un par de semanas, pero fue convencido de volver.

Enero de 1969: Sin embargo, las sesiones de su nuevo proyecto Get back / Let it be serían todavía peores. Yoko seguía en el estudio e inseparable de John. El nuevo grado de tensión entre ellos produjo la renuncia de George luego de una discusión musical con Paul, pero también al poco tiempo volvió convencido por los otros.

Junio de 1969: Los Beatles, desencantados con los resultados de las sesiones de Let it be, contra todos los pronósticos deciden volver a grabar un nuevo álbum. Entre junio y agosto de 1969 graban la joya que resultó ser su último disco, "Abbey Road". Si bien la idea era volver a grabar como en los viejos tiempos, esto se frustró ya desde el comienzo. John, junto con Yoko, sufrieron un accidente de tránsito. Al no poder participar del principio de las sesiones, el resto de los Beatles comenzaron a grabar sin él. Esta modalidad de trabajo continuó con la llegada de John; como resultado, fueron raras las oportunidades en que los cuatro Beatles coincidieran en el estudio durante las sesiones. Para colmo, como Yoko estaba todavía convaleciente, a John se le ocurrió hacer llevar una cama, provista de un micrófono, al estudio, para que ella pudiera estar presente y hacer sus comentarios. Parecía que John intentaba irritar deliberadamente a sus compañeros, lo que efectivamente lograba. Sin embargo, hacía más de un año que John había pasado de las drogas psicodélicas a drogas más duras, como la heroína. Estas actitudes de no poder separarse de Yoko (a veces, hasta iban al baño juntos) y los violentos cambios de humor que inhibían a sus compañeros, eran síntomas de los efectos de la droga.

Septiembre de 1969: Un mes después de finalizar la grabación de Abbey Road, los Beatles vuelven a reunirse para firmar un nuevo contrato con Capitol Records. John acababa de superar su adicción a la heroína. Paul, esperanzado e infatigable tratando de entusiasmar a sus compañeros, piensa que su alejamiento del público los estaba perjudicando y les propone regresar a las raíces, volviendo a hacer actuaciones en lugares chicos. A lo que John le responde: "Bueno, ¡y yo creo que estás loco!", y ante el estupor general les dice directamente que se va del grupo. Esta fue la última ocasión en que los cuatro Beatles estuvieron juntos.

Existen otros hechos que contribuyeron a la ruptura; la situación financiera de Apple Records y las discusiones por su nuevo apoderado, Allen Klein, entre Paul y el resto. Pero incluso estos problemas podrían haberse manejado, si John no le hubiese soltado la mano al grupo.

Años después, John explicó muy gráficamente sus sentimientos de la época: "Cuando conocí a Yoko fue como cuando conocés a la primera mujer y dejás a los muchachos en el bar y ya no vas más a jugar al fútbol... una vez que yo encontré a "la" mujer, para mi los muchachos dejaron de encerrar cualquier interés... Mi viejo grupo quedó atrás en el instante en que conocí a Yoko. En ese momento no lo sabía en forma consciente, pero eso era lo que estaba pasando. En cuanto la conocí, fue el fin de los muchachos, pero ocurrió que los muchachos eran famosos, no eran sólo los tipos del bar del barrio".

Resulta mucho más agradable recordar y escribir sobre la genialidad artística de los Beatles y sobre la alegría y las emociones que transmitieron y siguen transmitiendo a millones de personas. Pero esta fecha "impone" recordar su ruptura.

Sin embargo, hoy, en homenaje a su legado y para emocionarse una vez más, uno puede sentarse en un sillón cómodo y disfrutar del tema que más guste. Por mi parte, elijo "A day in the life", "Eleanor Rigby" o "Here comes the sun". O los tres juntos...

domingo, 11 de abril de 2010

40 AÑOS SIN LOS BEATLES





Hace cuatro décadas, el gran fenómeno musical y cultural que protagonizaron los Beatles llegó formalmente a su fin. Todas las innovaciones que introdujeron en la música popular se desvanecieron o adocenaron. Pero su existencia marcó el comienzo de una nueva época, en la que predomina el gran mundo urbano pop.



Por: Jorge Fondebrider





VERTIGO. En apenas 7 años, desde 1963 hasta 1970, los Beatles mutaron desde un latoso sonido beat a melodías más experimentales.

Los Beatles se separaron en abril de 1970, lo que significa que, aunque cada uno haya desarrollado su propia carrera solista, ya llevamos cuarenta años sin ellos. Ahora bien, ¿es realmente así? ¿Su rastro puede seguirse únicamente en el mero epigonismo de grupos tales como Tears For Fears o, más cerca en el tiempo, de Oasis, o trasciende incluso la música y sus modos de producción para instalarse de manera palmaria en la esfera de nuestra propia y personal intimidad?

Una primera alternativa es pensar la historia en estos términos: Los Beatles empezaron siendo un grupo de rock entre tantos otros. En sus primeros discos –vale decir, Please Please (1963), With The Beatles (1963), A hard days night (1964) y For sale (1964)– alternaron versiones del rock ´n´roll negro (Little Richard, Chuck Berry, Larry Williams), blanco (Carl Perkins, Gene Vincent, Buddy Holly) y adaptaciones del rhythm & blues (Ray Charles, los Isley Brothers, The Coasters, The Miracles) con temas propios, por cierto, muy básicos. Estos últimos, sin embargo, a partir de Help (1965), Rubber Soul (1965) y, sobre todo, Revolver (1966) fueron ganando en complejidad y, al mismo tiempo, planteando lo que por entonces constituyó una gran novedad porque, de manera progresivamente excluyente, las composiciones de los Beatles fueron desplazando a sus versiones de temas ajenos. Dicho de otro modo, las canciones salían del seno del grupo, costumbre que, ya sea por motivos estéticos o puramente financieros, terminó por imponerse en el ámbito del rock y de la música popular. No importa aquí si ellos fueron realmente los primeros o no.

Lo que sí es importante es que, debido a su éxito y a la necesidad de emularlos, otros músicos empezaron a hacer lo mismo, primero, en ambas márgenes del Atlántico y, luego, en el mundo entero. Entonces, aunque hoy nos parezca lo más normal del mundo, ésta es una importante costumbre que gracias a ellos se volvió la norma de una parte sustantiva de la música popular.

Luego, en 1967 –año de la edición de Sgt. Pepper's Lonely Heart Club Band y Magical Mistery Tour –, los Beatles dieron un salto cualitativo produciendo, con el primero de esos dos álbumes, una verdadera revolución: un disco de música popular que era algo más que una mera colección de canciones y que se constituía en una serie conceptual la cual, además, de la dignidad artística brindada al objeto gracias a la tapa de Peter Blake, por primera vez en la historia ofrecía las letras de las canciones para su lectura. La música –que no fue unánimemente aclamada– apelaba a toda la tecnología disponible en el momento, comenzando de ese modo a hacer que el estudio de grabación fuera el verdadero instrumento de los músicos. Esa circunstancia se convertiría en otra personalísima marca de fábrica, repetida tanto en el White Album (1968) como, fundamentalmente, en Abbey Road (1969). El impacto para la mayoría de sus contemporáneos fue tremendo. De hecho, inmediatamente después de Sgt. Pepper´s... The Times del 29 de mayo de 1967 publicó en su portada que el disco alentaba "la esperanza sobre el progreso de la música pop", que efectivamente se produjo cuando ese mismo año tanto Pink Floyd, como los Rolling Stones, The Kinks, The Zombies y muchos otros grupos británicos trataron de copiar esa idea con muy buenos resultados.

En tercer lugar, considérese que, al tratarse de ingleses, la influencia de la música estadounidense –en el caso de los Beatles, el rock ´n ´roll, el rhythm & blues, el country & western– fue filtrada y sometida a una lectura particular: acentos cambiados, síncopas diferentes, arreglos cargados con elementos ajenos a la tradición norteamericana. En una rápida enumeración, los de la música de vodevil y la ópera ligera (género al que son afectos los británicos desde que Gilbert y Sullivan lo impusieron a fines del siglo XIX), los de la música de cámara y orquestal (acá no queda más remedio que hablar de la influencia del productor y arreglador George Martin, cuyas ideas y conocimiento musical lo convirtieron, sin la menor duda, en un quinto integrante del grupo –cfr. temas como "Yesterday" y "Eleanor Rugby", con sus respectivos cuartetos de cuerda, o la utilización de la trompeta barroca en "Penny Lane", o el uso de la orquesta en "A Day in the Life"), los de la música electroacústica y de vanguardia (McCartney, en sus memorias se refiere explícitamente a John Cage y son más que conocidos los experimentos de John Lennon para la composición y grabación de, por ejemplo, "Strawberry Fields Forever"), los de la música de la India (George Harrison, gran admirador y discípulo de Ravi Shankar, la popularizó en Occidente), etcétera.

Con todo ello, los Beatles crearon un sonido de fondo que ya estaba muy lejos del rock tradicional, sobre el cual pusieron melodías fácilmente reconocibles que, notablemente enriquecidas por los arreglos de voces, les permitieron ponerse a la cabeza de la mayoría de sus contemporáneos. Estos, en más de una ocasión, debieron recurrir a otras tradiciones –principalmente, las del jazz, la música sinfónica, el blues y otras músicas folclóricas– para distinguirse de los Beatles, quienes, en cierto modo se convirtieron en una suerte de síntesis enciclopédica de varios tipos de música, algo que, más adelante podrá corroborarse en otros grandes músicos populares, como, por ejemplo, Richard Thompson, Elvis Costello y, más cerca en el tiempo, Beck.













Está claro que, por más originales que hubieran sido musicalmente, eso sólo no habría bastado. Deben entonces agregarse otros elementos, en su mayoría externos: el carisma del grupo, el hábil manejo que hicieron de su imagen, la publicidad en torno de sus vidas, las operaciones de prensa y, por encima de todas las cosas, las particulares condiciones de la época.












Aquellos fueron los días

Decir una vez más que el mundo, en la década de 1960, era otro es una perogrullada. Pero no hay otro remedio que repetirla y rendirse a su melancólica evidencia. Barry Miles en su excelente autobiografía a cuatro manos de Paul McCartney (Hace muchos años, espléndidamente traducida por Rosa Gorgatelli y originalmente publicada por Emecé en 1997), recuerda que "en 1963, el affair Christine Keeler-John Profumo pondría fin a trece años de gobierno Tory ( ...)", lo cual significó el acceso al poder del Partido Laborista de Harold Wilson, con su correlato de ascenso social de la clase trabajadora. Muchos jóvenes pertenecientes a ese estrato, beneficiados por lo aprendido en las escuelas de arte –creadas para que los hijos, cuyos padres habían muerto en la Segunda Guerra, se formaran y les dejaran tiempo para trabajar a las madres–, accedían así a una nueva época, donde "todo lo moderno era in y todas las cosas y las personas viejas eran out" y donde además, por la inmensa corrupción existente tanto en el mundo de los negocios como en la policía, había dinero fácil. "La otra cara de la moneda –anota Barry Miles– era la libertad personal y la fiesta constante que era el Londres de la década de los 60".

Había empezado el "Swinging London", termino acuñado por la revista Time para designar al lapso de efervescencia cultural que vivió la capital británica a partir de la segunda mitad de la década de 1960, convirtiéndola en el centro mundial de la cultura y la moda. "Fue como vivir en el siglo de Pericles, en la Francia de la Belle Epoque", me dijo en una entrevista Ian Anderson, el líder de Jethro Tull, y agregó: "Ese tipo de creatividad de la que estamos hablando ocurre una vez por siglo en cada dominio del arte. Tuvimos la suerte de que ocurrió cuando nosotros éramos jóvenes. Fuimos testigos y protagonistas de ese fenómeno. Tuvimos a los Beatles, a los primeros Stones, a Traffic y, por el lado de los EE.UU., a Frank Zappa y sus Mothers of Invention, a Captain Beefheart, quizás a los Grateful Dead. Fueron seis o siete años de mucha creatividad. Se hicieron cosas que nunca antes habían sido hechas y después, se acabó. Nunca más va a haber nada tan interesante en los dominios del pop y del rock".

Para corroborar estos dichos, a principios de los años setenta, cuando los Beatles ya se habían separado, John Lennon, a punto de cumplir los 30 años, señaló que el sueño se había acabado. Algo más tarde, Bob Dylan llevó esta afirmación a un extremo paradójico: cuando se perdió el "roll", el rock se terminó. Dylan se preguntaba: "¿Qué son todas esas pavadas de glam rock, rock sinfónico, new wave, grunge? ¿Estrategias de las compañías vendedoras de gaseosas? Es posible que dentro de algún tiempo la música ya no dependa de los músicos, sino de los departamentos de extensión musical de Coca Cola o Pepsi". Ese tiempo del que en los años 90 hablaba Dylan ya llegó. Hoy, más que nunca, el rock y, sobre todo, el pop son músicas adocenadas, que carecen de ideología o, a lo sumo se resuelven en eslóganes del tipo "liberen a Willy" o "no se puede vivir sin amor". No hay nada comparable a la versión que Jimi Hendrix hizo del himno de los Estados Unidos en Woodstock, imitando con su guitarra el sonido de las bombas que por esos mismos días caían en Vietnam. Ese lugar ahora lo ocupa Bono, quien después del catering, le pide a la gente en los recitales que use el celular para donar plata para una siempre hambreada Africa. ¿Es de extrañarse entonces que la poca revulsión que se le pide al género apenas esté presente en las crueles y magníficas criaturas de Diego Capusotto, a veces más reales que los propios satirizados?


Nuestros Beatles

Con todo, más allá de las razones técnicas y de aquéllas que se explican por el momento en que irrumpieron, resta todavía saber por qué además de haber marcado a fuego las últimas cuatro décadas de la música y de haberse convertido en clásicos, se constituyeron, directa o indirectamente y prácticamente en el mundo entero, en la banda sonora de al menos cuatro generaciones. , de donde salió enteramente convertido a la causa beatle.

Seguramente no tengo una respuesta que valga para todos, pero sí una intuición plausible que me indica que muchos de nosotros hemos hecho de los Beatles parte de nuestra propia intimidad. Todos recordamos cuándo los escuchamos por primera vez, cuál fue el primer disco que nos compramos, cómo reaccionamos cuando nos enteramos de que se separaban y, para ponerle punto final a la cosa, en qué circunstancias nos enteramos de que habían asesinado a John Lennon, con lo que terminaba la fantasía de una hipotética reunión. De hecho, con todos esos recuerdos ajenos alguna vez me propuse hacer un libro que nunca se publicó. Allá estaban, por ejemplo, Gabriel García Márquez, que decía: "Tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles empezaron a cantar. Todo cambió entonces". También el delirante Timothy Leary, quien había declarado que los Beatles eran mutantes, "prototipos de agentes evolucionados enviados por Dios, dotados con el misterioso poder de crear una nueva especie humana, una raza joven de hombres libres y sonrientes". Recuerdo igualmente la conversión de Tomás Eloy Martínez, por entonces en Primera Plana, quien decía haberlos detestado hasta que lo mandaron a cubrir el estreno cinematográfico de A hard day´s night, de donde salió enteramente convertido a la causa beatle.

O el testimonio de Ric Caddel, un muy buen poeta británico ya fallecido, quien me contó que, de adolescente, su hermana mayor lo había llevado a verlos en vivo en un teatro de Durham y él, al día siguiente, se gastó todos sus ahorros para comprarse algunos de sus Lp, los cuales en algún momento heredó su hija y que ahora atesoraban sus nietos igualmente fanáticos de los Beatles y de sus ediciones premium. O el magnífico relato de Hanif Kureishi, en el que contaba cómo, a los 13 años, los descubrió, en una clase de música de la secundaria, cuando el profesor le hizo escuchar a la clase "She's Leaving Home", en un intento de demostrarle que los Beatles no podían haber compuesto algo así. O el testimonio del poeta francés Yves Di Manno, que escribió que Sgt. Pepper... "contribuyó a sacarme de la infancia, pero aunque en aquel momento lo escuchaba sin cesar, estaba lejos de comprender las letras", por lo que empezó a tratar de traducirlas, dando así comienzo a una carrera que lo llevaría a ser traductor de Ezra Pound, William Carlos Williams y George Oppen. O el entusiasmo del pianista Keith Jarrett cuando se editó Abbey Road, un disco que, según declaró, se llevaría a una isla desierta ...

Y todavía mucho más acá, compartiendo experiencias análogas, los que esperamos que después de "Hey Jude" pusieran "Don't Let Me Down", para así poder permanecer abrazados un rato más con la chica que nos gustaba; los que nos indignamos cuando esa otra chica perdió en Odol Pregunta por no saber que la actriz de Maravilloso agujerito - la primera película producida por George Harrison– era Jane Birkin; los que comprábamos las figuritas de los Beatles –la número 50, los "Beatles pelados", era la más difícil–; los que discutimos cada tapa desde Revolver en adelante
; los que descubrimos que "Her Majesty" estaba al final de Abbey Road, escondida; los que discutimos airadamente con los fanáticos de los Rolling Stones, porque, así como había que elegir entre Boca y River también había que hacerlo entre unos y otros; los que en la cancha cantamos usando la melodía de "Ob-la-di Ob-la-da" y los que la oyeron en el jardín de infantes, alternada con "Yellow Submarine"; los que en tiempos de dictaduras militares supimos que era cierto que los Blue Meanies se habían mudado a la Argentina; los que descubrimos que a nuestros hijos también les gustaban y un día empezaron a sacar las canciones en la guitarra, exactamente como habíamos hecho nosotros, transmitiéndoles ese gusto a sus propios hijos para llegar al punto en que, cuando Paul McCartney tocó en River, se podía ver a tres generaciones de una misma familia compartiendo la música.

Todo eso y muchas otras cosas son los Beatles: melodías que uno siempre reconoce y que nos acompañan en la versión mono o en la estéreo, ya se trate de discos analógicos, o de digitales, o de inmateriales MP3. Y así transcurrieron estos cuarenta años desde que se separaron y no hubo ya Beatles.

domingo, 7 de febrero de 2010

Rachel Masters: Redes sociales y grupos de fans: ¿el futuro de la música?


Rachel Masters, considerada "gurú" de la industria informática, disertó hoy en el Midem, el congreso que reúne en Cannes a gran parte de la industria musical del mundo. Por qué las pasiones compartidas pesarán sobre el devenir del mercado discográfico.

EXTRAVAGANTE Y PROFETICA. Masters, cuya ponencia ya suma adeptos en Twitter.

Una red social es la clave del actual mercado de la música, según dijo Rachel Masters, co-fundadora de la consultoría Red Magnet Media, en el Midem 2010, que se celebra del 24 al 27 de enero en el Palacio de Festivales. La clave, según afirmó hoy, es "la comunicación directa entre los fans a través de una web que facilita que se hagan amigos porque les une la misma pasión": un artista. Para Masters, que ha colaborado en el lanzamiento de más de 300 webs, hay una serie de pasos que se han de seguir para tener éxito con la web y otros evitar rotundamente.

Masters considera que las redes son el camino natural del negocio musical en el que "cada vez hay más compañías discográficas que son más pequeñas y lo cual refuerza aún más el papel de los mánagers con los artistas".

En su taller "Creating a successful social artist website. What works. What doesn't" (Crear una red social de artista con éxito. ¨Qué funciona?. ¨Qué evitar?) que impartió hoy en el MidemNet, detalló sus "cuatro secretos para conectar con el fan por internet" en dos segundos.

Ni un segundo más ni menos se dispone actualmente para captar la atención del usuario de internet con la página web, según aseguró esta consultora, que trabaja en Silicon Valley (EEUU) desarrollando estrategias para atraer y fidelizar a los internautras.

Por ello reveló la regla más importante que ha aprendido, según contó: "hay que ofrecer una página deliberadamente muy atractiva a nivel visual".

La gurú estadounidense de webs que consiguió abarrotar la sala del "MidemNet Academy", actividad que ha organizado por primera vez la feria más importante del negocio musical en Europa, insistió en dos características del diseño de las redes sociales para los fans de artistas: la simplicidad y la limpieza de las páginas.

El acceso a la información de los artistas o los grupos por parte de sus seguidores así como la intercomunicación entre los fans tiene que ser muy eficaz, los iconos de la web tener impacto visual y ser explícitos, y además colgar muchas, muchas fotos.

Ello facilita, como dijo a Efe, la conexión de esa red social de fans por telefonía móvil. De esta manera los seguidores pueden seguir contestando a sus amigos desde y en cualquier lugar.

Asimismo, recomendó al dueño de la web: "Alardear del capital social de su web", ya que "tu web -añadió- es una marca con una identidad que está en activo" y por medio de ella la gente se reúne para tener una conversación "on-line".

Como consecuencia desde la web hay que cuidar a esa audiencia como si cada uno de ellos fueran "estrellas" para que los fans se sientan dentro de una comunidad y manden "fotos, mensajes, emails."

Todo ello sin olvidar "programar las previsiones de contenidos de la web alrededor de la pasión" y las costumbres de los fans de la red social y así lograr que "el fan llegue a ser un miembro de tu red social, que esté en tu espacio (de internet)", remarcó Masters.

Y para que el usuario localice esa red social y se fidelice llamó la consultora la atención sobre unos errores. El más grave: el uso y abuso de los vídeos y las animaciones creadas con el programa "Flash" ya que la visita a una web depende del número de clips que haya que ejecutar para ver fotos o vídeos o chatear.

También, indicó que había que tener en cuenta unos límites: que "la web no pretenda ser el artista", "ser legal y crear una conexión imponente" y no intentar vender a través de la web sino crear siempre conexión entre los fans y después ya vendrá el "merchandising".

Masters confirmó a Efe su fe en las redes sociales como medida a tomar por las discográficas grandes y pequeñas pero yendo más allá del estilo de Facebook porque es entre amigos que ya se conocen y ella apuesta por webs sociales de fans en los que haces nuevos amigos que les une un fuerte interés: el artista o el grupo.


Fuente: EFE

viernes, 22 de enero de 2010

ELVIS PRESLEY: HABRIA CUMPLIDO 75 AÑOS



Cuando era todavía un fenómeno local, pero a punto de explotar para partir la cultura del siglo XX en dos, Elvis Presley se presentó en televisión. Era 1956, el año en que sería bautizado “Elvis la Pelvis”, batiría records de audiencia y se convertiría en el primer cantante popular de cantar con todo el cuerpo y poner en llamas a la juventud del mundo. Un joven fotógrafo llamado Alfred Wertheimer y que no lo conocía fue contratado para retratar a esa figura en ascenso. Las fotos, inéditas durante años y desempolvadas para su muerte en el ’77, se exhiben ahora todas juntas en Estados Unidos a partir del 8 de enero, fecha en que habría cumplido 75 años.

Por Maria Gainza

¿Elvis quién?, preguntó Alfred Wertheimer cuando la jefa de prensa Anne Fulchino le pidió que tomara unas fotografías de una joven estrella en ascenso que venía de Memphis y que esa noche daría un show en la televisión. Wertheimer nunca había escuchado hablar de Elvis pero necesitaba el dinero por lo que aceptó la oferta. El fotógrafo que había comenzado su carrera profesional hacía tan sólo un año cargó en su bolso dos Nikon S2. Estas fueron las cámaras que usó –35 mm, lentes de 105 mm– para fotografiar al cantante durante los siete días que pasó junto a él en marzo, junio y julio de 1956: el año en que Elvis se volvió “Elvis la pelvis” y pasó de sensación regional a fenómeno nacional, sacudiendo las inhibiciones sobre raza, sexo y género de una Norteamérica puritana.

Starburst: la pelvis empieza a sacudir el mundo.

Elvis tenía por entonces tan solo 21 años, su belleza intacta, su talento a punto de explotar. Los retratos íntimos y honestos que Wertheimer hizo del joven Presley en el umbral exacto de su carrera se exhiben ahora en una muestra en el Grammy Museum de Los Angeles. Wertheimer recuerda aquella temporada que haría historia: “Llegué al estudio de televisión y Anne me condujo hasta un camarín donde vi a un hombre joven y a un anciano. ‘Elvis, quiero que conozcas a Alfred, él tomará tus fotos’, dijo Anne. Y Elvis murmuró algo como: ‘Ah, bueno, todo bien’. Y siguió en lo suyo. Estaba preocupado por algo. Resulta que el anciano era un joyero y que Elvis había encargado un anillo de la suerte con una herradura en diamantes y en eso estaban cuando llegué”.

Elvis tenía la concentración de un puntero láser, hiciera lo que hiciera. Ya fuera cepillarse el pelo frente al espejo, ensayar un tema o explicarle al padre por qué la plomería de su pileta no funcionaba. Esa noche no haría una excepción porque alguien a quien no conocía decía estar dispuesto a fotografiarlo hasta en el baño. Elvis habrá pensado: si algún día voy a ser muy famoso está bueno que haya alguien cerca para registrarlo. Prefirió enfocarse en lo suyo y olvidarse de la mosca en la pared.

Cuando volvieron del show Elvis se fue al Hotel Warwick y Wertheimer, convertido en su sombra, lo siguió. “Elvis se puso a leer absorto su correo de fans, cartas de seis páginas, y no levantó la vista. Después se tiró encima de las cartas y se quedó dormido. Yo también me dormí. Me despertó el ruido de una afeitadora. Estaba en el baño. Me acerqué y le pregunté: ¿puedo entrar? ‘Sí, claro’.”

una postal americana de los ’50: elvis y una mujer negra en el mostrador racista de america.

Las fotos del show capturan la sensualidad animal de una performance de Elvis. Su magnetismo descomunal sobre y fuera del escenario. Todo su cuerpo está comprometido. Pero gran parte de lo que hace, lo hace con su mirada, con esos ojos azules y melancólicos que piden a gritos que lo salves. Esa noche canta “Blue Suede Shoes” y “Heartbreak Hotel”. Por entonces las estrellas cantaban de la cintura para arriba pero Elvis se mueve. Y cómo. Sus caderas dan latigazos como un cable de alta tensión en el suelo. Todo vibra. Se sarandea epiléptico. Tuerce su labio, ese labio esponjoso como un bizcochuelo. Ataca el micrófono. Es un hombre blanco con un sonido y un sentimiento negro, el de la música que baja por el Mississippi. Los adultos se alarman ante semejante descaro pero los jóvenes lo aman y son los jóvenes quienes compran los discos.

La televisión le dio el empujón final. En 1958 hizo once apariciones incluyendo dos en The Ed Sullivan Show que fueron vistas por más de 60 millones de personas. “Sin ningún talento y vulgar”, dijo el crítico del New York Herald Tribune y la Asociación de Padres y Maestros lo acusó de promover la delincuencia infantil.

The kiss: quiza la gran foto de wertheimer: elvis y una fan en un callejon robandose un beso.

Pero esa primera noche junto a Elvis, Wertheimer vio lo que muchos se negaban a ver: el imparable poder que ejercía el artista sobre las personas. Entonces llamó a Fulchino y le dijo: “Me gustaría quedarme un poco más”. Se venían nuevos shows.

Elvis se relacionaba con las mujeres de una manera muy particular. De la manera en que los grandes conquistadores suelen hacerlo: con una mezcla de necesidad maternal y deseo en carne viva. “A él le gustaba la idea de la mujer, no importa si tenía seis o sesenta. Las mujeres parecían calmarlo”, recordó después Wertheimer.

Un día Elvis da un show en el Mosque Theater. Los camarines están en el piso de arriba y Elvis sube a cambiarse. Wertheimer lo sigue pero en un momento se distrae y lo pierde. Se desespera. Entonces baja por las escaleras de incendio y al final de un largo pasillo iluminado por una lamparita de 50 watts ve dos siluetas. Una es una chica en puntitas de pies, la otra es Elvis. Se pregunta si es ético o no fotografiarlos pero se dice qué importa. Comienza a apretar el gatillo. Se sube a una escalera que está cerca y ahora está muy cerca. Elvis le está negociando un beso. Ha tratado de besar a esta chica toda la tarde. En el hotel, en el taxi. Ahora le pone los brazos alrededor del cuello y la aprieta de un modo muy amoroso. Luego le revuelve el pelo y ella le dice: “A que no podés besarme, Elvis” y saca su lengua, apenitas. El le dice: “A que sí”. Y muy suavemente saca su lengua. Se tocan por una décima de segundo. Y después la besa. Mientras esto ocurre se escucha al público gritando: “Queremos a Elvis, queremos a Elvis”. Cuando termina el beso, Elvis sale de la oscuridad del pasillo y se coloca tras bambalinas listo para subir al escenario.

Elvis escuchando musica con Barbara, una de sus nenas.

Ese beso ha sido considerado el beso más sexy que jamás haya sido atrapado por una cámara. Wertheimer creía que cuanto menos luz se usaba para la foto más cerca de la verdadera personalidad se podía llegar. Y ahí está la foto, apenas iluminada por la lamparita, bellísimamente privada, un muchacho y una chica franeleando en un zaguán después de una fiesta de graduación. Hace que el beso tan posado y hecho póster de Doisneau parezca de cartapesta. La mujer de la foto nunca fue identificada. Muchas se acercaron a Wertheimer insistiendo que ellas eran la chica pero cada vez que el fotógrafo les hacía preguntas sus historias no cerraban.

Como buen periodista, Wertheimer sabía que para tener una cobertura interesante debía seguir a Elvis hasta sus raíces. Cuando Elvis regresó a Memphis en tren, él lo acompañó. El viaje duró 27 horas. Todo el trayecto Elvis escuchó música en su tocadiscos portátil. Al llegar lo esperaba su abuela y su novia del colegio, Barbara Hearn. Elvis se sentó con ellas a escuchar más discos. No llevaba camisa. Barbara estaba impecable con su vestido blanco con lunares. El la sacó a bailar, estaba muy transpirado. Pero no importó, bailaron el Lindy con la abuela todo el rato allí sentada.

volviendo a casa, escuchando discos solo en el viaje.

En 1958 Elvis había alcanzado el nivel de fama que sólo John Kennedy o los Beatles alcanzarían. Y luego todo cambió. En marzo de 1958 fue llamado al ejército. En la Armada Elvis se cortó el pelo, enderezó su espalda y su labio ladeado dejó de subir y bajar. La bestia adolescente se trasformó en un lindo gatito. A su regreso sus agallas parecieron esfumarse de su música: dejó de rockear para hacer películas comerciales sobre patriotismo y decencia. Pero como escribió Tony Parsons en el Daily Mirror: “Durante su pico Elvis cambió el espíritu de la música moderna. Sin él, Madonna sería una maestra en Detroit. John Lennon dijo ‘Antes de Elvis no había nada’”.

Con el tiempo Wertheimer se puso a trabajar en cine (fue una de las cámaras detrás de la filmación del festival de Woodstock). Las fotos fueron olvidadas y durante 19 años nadie llamó a pedirlas. Hasta que en 1977 murió Elvis. Entonces la revista Time le pidió una foto y una revista llevó a otra. Hoy una copia de esas fotos vale unos 9000 dólares. Ese año bisagra en la vida del joven Presley, Wertheimer había intuido que el cantante, como Marilyn o Jackie, se volvería un icono en el verdadero sentido de esa vapuleada palabra, un objeto de adoración pagano, un santo en llamas para un rebaño secular.

30 AÑOS DEL NOTABLE DISCO LONDON CALLING DE THE CLASH



El último testamento

Entre finales del ‘79 y comienzos del ‘80, The Clash lanzaba su manifiesto, que encapsuló un momento particular del rock & roll, le dio un nuevo sentido a la banda en su abrazo con géneros y banderas, e hizo llegar su mensaje a latitudes impensadas. Su tapa emblemática y la influencia en el diseño es desmenuzado por TTM, Attaque 77, Los Violadores, NormA y Karamelo Santo. Y exclusiva Don Letts –documentalista del punk– cuenta la cocina del disco.

Por Federico Lisica

El último 21 de septiembre, Paul Simonon debería haber llegado en andas al Palladium de New York. Allí donde 30 años antes partió a la mitad el mango de su bajo Fender Precision con un golpe certero contra el escenario. Y que repitiera la gesta. Lo mismo que hace la hinchada de Rosario Central con Aldo Pedro Poy y su “palomita”. El actual pintor podría haber frenado el bajo a centímetros del suelo y dado comienzo a los festejos con las diecinueve gemas que conforman London Calling. Si el homenaje suena ridículo, allí están las estampillas con la fotografía tomada por Pennie Smith y que ahora circulan en Inglaterra, obra del Royal Mail. En ese país se lanzó una versión en vinilo calcada de la original y la Argentina tendrá la suya (en CD más el DVD The Making of London Calling, obra del histórico documentalista del punk Don Letts).

Reconfiguración del pop y de la manera en la que la música puede ser memorabilia y/o algo real. No es insólito. Una de las mayores ironías de The Clash es que, justamente, fue un ejecutivo discográfico quien los llamó “la única banda que realmente importa” y que ese lema se asemejó a la verdad. Si bien con London Calling se llevaron por delante todo, y a todos, la industria que lo contiene (¿el mundo?) ya no es la misma. No se avistan eras nucleares como bramaba Joe Strummer en la canción homónima, al menos no con los nombres de la Guerra Fría. Brixton tampoco es centro de revueltas sociales y raciales (de allí el himno que le dedicó Simonon): hoy es un pujante barrio, como lo demuestra el O2 Academy (epicentro del rock business británico). Pero hoy esas canciones tienen por qué ser oídas. Si hay algo puro en London Calling es su impureza. Su desacralización de todos los preceptos que habilitaba el punk y el rock en general. Su mezcla de géneros. Su revisionismo del rock and roll primigenio. Su radicalidad y sus capas, con un mensaje atento a brindar una cuota de esperanza. Y su sonido abierto en manos de una banda consecuente con su prédica.

Londres llamando, The Clash grabando

1979. A más una década del arribo de The Beatles a New York, The Clash tuvo su periplo del otro lado del Atlántico. El tour de varios meses influye con sus texturas, sonidos y aromas a un disco cuyo título, paradójicamente, proviene de un programa de la BBC durante la Segunda Guerra Mundial. A la vuelta del viaje, Inglaterra los recibe con la flamante primera ministra Margaret Thatcher lanzando recortes sociales y medidas guerreras. Un espaldarazo de política conservadora que atormenta a Joe Strummer.

No es un hecho menor que rompieran lazos con Bernard Rhodes, su manager. Por este desbarajuste, y con el jetlag a cuestas, se mudaron de sala hasta el Vanilla Studios, donde compusieron (Jones, la mayor parte de la música; Strummer, las letras), ensayaron y tocaron sin parar covers de Bob Dylan y Bo Diddley, se lanzaron en jams interminables de géneros y jugaron mucho al fútbol (parte de esa insurgencia creativa quedó registrada en The Vanilla Tapes). En menos de un mes se mudaron con sus demos al Wessex Studios y convocaron a Guy Stevens, mezcla del poeta beat Allen Ginsberg y Phil Spector, reconocido por sus técnicas poco convencionales de producción y por haber grabado con Mott The Hopple y Procol Harum.

“Hasta hoy nadie le da el crédito que se merece a Guy”, asegura Don Letts al NO. Stevens podía lanzar sillas alrededor de los músicos, gritar al oído de Strummer “Jerry Lee Lewis... Jerry Lee Lewis” invocando el espíritu del rock and roll, e irse a las trompadas con el ingeniero de sonido Bill Price por el control de la consola. “Guy era muy inusual... –señaló Price–. Creía que su trabajo era maximizar las emociones y los sentimientos de un artista frente a un micrófono mientras grababan. El método lo llamó ‘direct injection’. Funcionaba mejor en algunas personas. Lo hizo perfectamente con Joe.”

Grabado el disco, volvieron a girar y a pelearse con CBS (el primer escollo había sido la elección de Stevens). En cierta forma, The Clash sembró la semilla que, ayer nomás, retomó Radiohead con In Rainbows. Lograron algo inédito: que el doble fuera vendido como un solo disco (lo repitieron con el triple Sandinista). La artimaña fue acompañar la placa con un vinilo de 12 pulgadas que incluyó nueve temas. Fue lanzado el 14 de diciembre de 1979 en Inglaterra. La repercusión de la crítica, la buena venta, su gran momento en vivo, su aura pre-MTV, todo sirvió para colocarlo en el pedestal de clásico, aumentado con los años por un dato: por haber sido editado en Estados Unidos en enero de 1980, la Rolling Stone lo desempolvó como el mejor disco de esa década, superando a gigantes como Thriller de Michael Jackson y Back in Black de AC/DC.

Con canciones de orfebrería, semejante historia, urgencia y la nostalgia metiendo la cola, el status es lógico y merecido. Y las encuestas y premiaciones posteriores no tardaron en llegar. “Muchos dicen que ésa fue nuestra hora cúlmine. London Calling demandó un montón de trabajo, trabajo sin parar”, recordó antes de partir Strummer en Westway to the World, el documental filmado por Don Letts, quien vino a la Argentina para un Bafici.

Argentinian Bombs

“Creo que fue una bomba que explotó con el tiempo, mediante Sumo, Los Violadores, Los Cadillacs, bandas que tomaron de allí casi todo. No me imagino a León Gieco, Charly García o Raúl Porchetto escuchando el disco ni bien salió. Fue carcomiendo por debajo, subterráneo, subliminal.” Las palabras de Chivas Argüello, líder de NormA, resumen cómo sedimentó London Calling en la Argentina. Tal vez se equivoque en un punto: Charly García puso su ojo ácido y perspicaz en los británicos. Esa estrofa de Mientras miro las nuevas olas en la que ve a Simonon como un copión de Pete Townshend y una segunda estaca en No bombardeen Buenos Aires, ya en plena Malvinización del rock. Uno de esos pibes de barrio que “curtía mambos, escuchando a Clash” era Pil de Los Violadores. Así lo evoca: “Fuimos pocos los que lo escuchamos a tiempo; la música argentina joven, digamos de rock, pop y folk, estaba a años luz del sonido, pensamiento y actitud de una banda como The Clash”. Al vocalista lo sigue “atrapando por completo” como la primera vez que lo escuchó en una disquería en Belgrano.

Eran tiempos de dictadura, y nacía una escena incomprendida en la que habitaban, entre otros, Los Baraja y Alerta Roja. Gamexane, de Los Laxantes, evoca los días en los que compartir un vinilo era tarea enriquecedora. El Todos Tus Muertos se “estremeció” cuando lo oyó en la casa de Hari B, fundador de Los Violadores. El guitarrista se hincha de orgullo cuando cuenta que conoció a Strummer en Japón y su sorpresa de que supiera de la obra de TTM.

London Calling también fue iniciático para una segunda camada de músicos que lo conoció en tiempos de secundaria. Goy de Karamelo Santo lo conoció en Chile (“Joe Strummer es mi amigo indiscutible. Sin conocerlo”); Chivas en La Plata; lo mismo para Luciano Scaglione de Attaque 77: “Comencé a entender más la música y especialmente el movimiento de la new wave, donde el punk era algo en plena transformación”, señala el bajista, quien aún gruñe por haber tenido en sus manos un original, pero no las libras suficientes para comprarlo en Londres. La sensación sigue firme sin que medie el tiempo. Chivas rescata: “El ahora, la potencia, la frescura, la oscuridad, tanta direccionalidad, energía pura”. Todo eso quiso transmitirse en los volúmenes de Buenos Aires City Rockers, dos discos de homenaje a la banda. Un párrafo aparte para Los Fabulosos Cadillacs, quienes versionaron dos temas de London Calling (Revolution Rock y Guns of Brixton) y además grabaron Mal bicho junto a Mick Jones. Unos y otros trastrocados por un disco que resumió el sentir de una banda política, pero con una p minúscula, como alertó Simonon, de una política personal. La frase sigue: “Y cuando alguien dice: ‘No pueden hacer eso’, creo que tenemos que pararnos y preguntar: ‘¿Por qué?’”.

Las canciones

London Calling. El pulso marcial anuncia uno de los grandes himnos del punk o cómo el género puede ser agresivo, dejando de lado la rapidez. Según Chivas Argüello: “El arranque es tremendo, tiembla todo, es salvaje la justeza, las palabras, la forma en que canta Strummer. Emociona”.

Brand New Cadillac. Uno de los dos covers del álbum (Vince Taylor) con el que revisitan su versión de América montados a un rockabilly humeante. Favorita de Gamexane por “su potencia punk-rocker”.

Hateful. Por algo los Clash sembraron a Mano Negra, una melodía con órgano incluido y dientes tensionados. Para Goy: “Si hoy escuchás el punk rock, el reggae y el ska que se hace en el mundo, suena a esta banda”.

Rudie Can’t Fail. Un reggae homenaje a los rude boys de la isla. Demostración, como dice Pil, de que “se largaron al ruedo con todas sus influencias”.

Spanish Bombs. La más bella canción dedicada desde el rock a los republicanos de la Guerra Civil Española, García Lorca incluido. Pil destaca: “Toda su música adornada con líricas apocalípticas, como en London Calling, o la real crudeza y las referencias históricas en Spanish Bombs”. Elegida también por Scaglione: “La actitud, el modo de plantear las temáticas sociales y políticas. Sin duda, a partir de este disco se empieza a tomar al punk en serio”.

Lost in the Supermarket. La voz de Mick Jones tiñe de melancolía una melodía suave y de tempo para la disco. Fue escrita por Joe Strummer, quien pensó en su compañero creciendo con su madre en un cuarto minúsculo. Las referencias a la comercialización del rock tampoco faltan.

The Guns of Brixton. ¿El mejor tema reggae de la historia escrita por un chico blanco? Para Pil, “Simonon nos describe su barrio de una manera simple e inigualable”. El bajista se probó a sí mismo, y a los demás, que podía componer, cantar y llevar el género a su propia costa.

Wrong ‘Em Boyo. Tema propio del ska two tone. “Me gustaba para saltar y bailar. Mucho inglés no sabía. Me transmitía algo que sólo Los Beatles habían hecho, sin entender su idioma”, recuerda Goy.

The Card Cheat. Elvis Costello hubiera dado sus anteojos por ese piano que diluvia entre épico y new wav e.

Revolution Rock. Clásico de Jackie Edwards y Danny Ray que la banda se apropió para bailar (in)consciente de su gesta musical. “Amaban el reggae y fue movilizante ver mi cultura teniendo impacto en la suya. Me puso contento, ya que tocaban un reggae honesto, bien adelante. No era una moda. Joe y Paul estaban muy metidos con el género. Y las canciones eran un reflejo de eso”, asegura Letts.

Train in Vain. Canción que iba a un compilado de la NME. Les gustó tanto que decidieron colocarla escondida cuando ya habían terminado el álbum. Por eso no aparece en la primera cubierta.


jueves, 17 de diciembre de 2009

FELIZ AÑO NUEVO!!!


Se termina el año y comienza uno nuevo,
y desde este humilde blog agradezco a los visitantes,
a quienes comparten este espacio de comunicación.
Muchas gracias y felicidades para todos!!!
En cuanto a la situación de nuestras vidas,de nuestro planeta
Ojalá no hayamos perdido definitivamente el rumbo
(estoy seguro que no).
Nuestros dirigentes son los que estan perdidos y esperemos
que recapaciten,tomen conciencia. Mejor dicho conciencia tienen,
lo que no tienen es sensibilidad sobre ser un humano,sensibilidad
sobre los otros seres que habitan este planeta.Necesitamos un cambio auténtico
material y espiritual.
Todo se entremezcla, se confunde y se funde a la vez.
Desde la condena a Menendez,la desilución con esta presidenta nuestra,
la como siempre omnipotencia de EEUU y demás paises poderosos,
la llamada Tinelización de la paupérrima TV nuestra,
el gran concierto de Spinetta y las Bandas eternas.
"La tenemos" que luchar dese adentro hacia afuera.Pero no aflojar.
de lo contrario perdemos y esta vez perdemos TODO.
Me despido con una frase poética de el gran Luis Alberto:
"Dios es un mundo en el que amar es la eternidad que uno busca"

Beto Pincetti

lunes, 7 de diciembre de 2009

SPINETTA y LAS BANDAS ETERNAS: Todos los fuegos, el fuego





ALMENDRA VERSION 2009 EMILIO DEL GUERCIO, RODOLFO GARCÍA, SPINETTA Y EDELMIRO MOLINARI JUNTOS DE NUEVO.


Luis Alberto Spinetta dio un largo, intenso y emotivo concierto Reunió a viejas bandas como Almendra, Pescado, Invisible y Jade y tuvo de invitados a Charly, Fito Páez, Gustavo Cerati y Juanse. Duró casi seis horas, hizo covers y alcanzó momentos de profunda belleza. Una noche histórica del rock argentino.


MOMENTOS CON CHARLY, TRAS UNA VERSIÓN COREADA DE "REZO POR VOS".

Qué aguanten tienen. Un aplauso para ustedes mismos, por favor. Aproximadamente a las 2 y media de la mañana, tras haber transcurrido más de 4 horas de show con un break nomás, Luis Alberto Spinetta refracta un poco del homenaje a sus más que fieles seguidores. Vélez carga con 37.000 rockeros de todas las edades que vinieron al doble cumpleaños (60 del músico en enero; 40 del disco debut de Almendra ahora) que se convierte en una auto-retrospectiva maratónica, la cual empezó a las 22 de un viernes y terminó a las 3:30 de un sábado. Pero en términos más históricos, la cosa arrancó en el presente (con el grupo actual del Flaco) y pasó por "las bandas eternas" (Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Jade, Los Socios del Desierto, la actual), con desfile de tributos e invitados incluido. Todo, hasta cerrar, 50 canciones después, con una orquesta compuesta por miembros de la red solidaria Conduciendo a Conciencia y Ricardo Mollo para 8 de octubre (compuesta con Gieco) y Retoño, ambas dedicadas a los chicos de la Escuela Ecos fallecidos en un accidente. No te alejes tanto de mí fue la última canción, luego del hit Seguir viviendo sin tu amor y Yo quiero ver un tren.

Como le regaló un Cerati copadísimo: "Si hay un sueño cumplido es éste". Sí, cuántos esperamos este momento toda la vida: ¡Una noche en Spinettalandia! El concierto se dividió en dos secciones. Una por la que pasaron Charly García, Fito Páez, Juanse y Cerati, además de tecladistas de Jade (Diego Rapoport, Juan Del Barrio, "Mono" Fontana) y tres Spinettas (Gustavo, Dante y Valentino), entre otros. Otra que coordinó el regreso de "las bandas eternas".

La primera parte dejó claro cómo Spinetta sería el eje conceptual del rock argentino, incluso por trayecto histórico. Y como sucede con Borges, a Spinetta se lo puede enfrentar, pero es insoslayable. El cover de Mariposas de madera (Miguel Abuelo) fue revelador: "Yo creo que existe Muchacha porque existe Mariposas de madera", reconoce. Al toque sale con El rey lloró de Los Gatos, tras presentar a Litto Nebbia como "el padre de todos". En minutos más, vendrá el líder de Soda para Té para tres y Bajan (con Cementerio Club, lo único que oiremos del gran Artaud). Y ahí está: si Luis tomó de El rey lloró una cadencia melódica y un tipo de fábula, detecta a su vez, en Té para tres, su propia influencia. Cuando hace una rapera Necesito un amor (Manal) con sus hijos, busca unir generaciones.

En esta primera parte, el cumpleañero logró hacer suya Filosofía barata y zapatos de goma con identificación melódica, antes de que su autor, Charly subiera al escenario para Rezo por vos y la tribuna a puro coro. Con Fito, subió el cricket beatle en Las cosas tienen movimiento y Asilo en tu corazón. Uno de los picos de intensidad llegó con Juanse. Vocalista irremplazable para Adónde está la libertad (Pappo's Blues I), el Ratón paranoico sacude su cuerpo a cada verso. Aquí hay rock. Y está el merecido homenaje al guitarrista que le cedió al Flaco sendos bajistas y bateristas para Pescado e Invisible. Habrá que esperar hasta Me gusta ese tajo (Pescado, con Bocón Frascino) y Color Humano (Almendra), con un Edelmiro Molinari sacachispas, para temblar tanto de rock táctil. La fragilidad piel-de-gallina descansó en Umbral y ¿No ves que ya no somos chiquitos? "Perdido en el mundo/ tu ser te dolerá al fin": en ese dolor existencial, íntimo, pega la poética spinettiana. Y qué fuerte compartir tanta intimidad con tanta gente...

De la segunda parte, todos esperábamos ver a Invisible y Pescado, claro, bandas que, en otro momento más subcultural de nuestro rock, no hubieran imaginado esta escala de estadio. El macizo Machi (bajo) y el sutil Pomo (batería) consiguieron que Spinetta urdiera sus notas sobre Durazno sangrando, Jugo de lúcuma, Lo que nos ocupa es esa abuela... y Amor de primavera (de Tanguito, con Lito Epumer). Eran nuestros King Crimson: se notó en la exigente, en términos vocales e instrumentales, Perdonado. Llega Pescado: Lebón, de coleta gris y bufanda Duncan, recordaba mucho la sinuosa figura del pescado de la tapa del doble. De éste salieron Poseído del alba, Credulidad y el highlight: la aún fresca Mañana o pasado (u Hola, dulce viento) de Lebón. Por supuesto, no faltaron los riffs de Despiértate, nena y Post-crucifixión. Y volver a cuchichear con el compinche del parque Rivadavia eso de "Loco, qué parecida es La serpiente viaja por la sal a Chico Puntual de Purple". La sabiduría cana de un Edelmiro y un Rodolfo García hizo del Almendra 09 una ratificación de que la experiencia cuenta. Del Guercio cumplió con gran entusiasmo su papel de Paul McCartney criollo. Atravesaron con una fuerza increíble para la hora la suite jazz-pop de A estos hombres tristes, Fermín y el proto-punk de Hermano Perro.

Esto fue más que un rewind de nuestro rock. Es el reconocimiento a una extensa obra cuyo nivel artístico no ha sido superado aún. Cada uno de los que hemos vivido personalmente el "rock nacional", el viernes repetimos adentro las palabras que cantó Fito: "Siempre estarás, Luis Alberto, en mí".«

domingo, 6 de diciembre de 2009

SPINETTA y LAS BANDAS ETERNAS: LAS SENSACIONES DE UN PUBLICO DE TODA EDAD



“Me selló el alma”

Desde una muy joven emocionada porque su padre le cantaba esas canciones para dormirla, hasta otro que recordaba cuando las estrenaron en vivo, un público muy peculiar para el recital.

Por Cristian Vitale

“El genio sos vosss, Flaco.” El grito de Nancy, con las dos manos encerrando su boca pequeña, sintetizaba con sabiduría del corazón lo que estaba pasando por la vena vital de las casi 40 mil almas restantes. Era la enésima vez que Spinetta ungía con tal adjetivo a uno de los tantos músicos que le adobaron su noche, tal vez la más maravillosa del rock en estos tiempos. En todos los tiempos. Era para Marcelo Torres, el bajista que lo acompañó en la etapa Socios del Desierto, y era, por decantación, la premonición exacta de lo que los tres (él, más Torres, más Malosetti en batería) darían: “San Cristóforo”, “Bosnia”, “Nasty People”, un torbellino sonoro, una joya pulida y sin pulir. El hombre, cercano y feliz, había colgado su nutrido diccionario para englobar y convertir a todos los músicos en deidades... todos eran genios para el genio mayor. Y la reproducción de esa sensación se impregnó con velocidad de luz en todos los rincones de la cancha de Vélez. “¿Cómo puede ser que este flaco lindo los ponga a todos en su umbral...? Es demasiado generoso”, comentaba, con cierta sorna, un viejo rocker cuando, después de la contundente versión de “A dónde está la libertad” (Pappo), subía Cerati para entrelazar “Té para tres” con “Bajan”. “Cerati mata, che”, contraatacó otro, no tan rocker pero igual de spinetteano, pegado al lado. La escaramuza zanjó por inapropiada.

De ese eclecticismo, sólo posible de existir bajo la impronta de un músico que supo hacer de la alteridad (genuina) un eje natural de su devenir, estuvieron impregnadas las relaciones humanas, anónimas, de la noche. Magia y mística. Emociones cruzadas y aquellos que suelen mensurar el pasado –recontar sus vidas– a través de las canciones y los discos del Flaco. Un gordo entrecano y cincuentón no pudo contener el grito cuando Invisible puso en órbita “Jugo de lúcuma”. “Pensé que me iba a morir sin volverla a escuchar, loco. Es indescriptible. ¡Yo estaba cuando la tocaron por primera vez! –se sobresaltó–. Ese día no dormí en toda la noche por la adrenalina, y hoy seguro repito.” Sandra, dos butacas más allá, recién cambió lo triste de sus ojos cuando el anfitrión sumaba a Juan del Barrio (otro ex Jade) para retomar una de esas canciones inmortales: “Alma de diamante”. “Me la cantaba mi viejo para hacerme dormir, todas las noches. Me selló el alma. Mirá esa luna...” comentaba, señalando el inmenso satélite amarillento que, a esa altura –once de la noche– asomaba por detrás de la visitante de Vélez, abajo del tablero electrónico.

Flashes y palabras. Reminiscencias. Historias cortas. Alguna que otra lágrima. Uno que, al menos de la boca para afuera, había visto a Almendra en los carnavales del ’70 en este mismo lugar, pero adentro. “Fue la única vez que escuché ‘A estos hombres tristes’ en vivo, antes de hoy. Me parece estar viviendo un sueño”, le dijo a una mujer que, sumergida en el clímax, cantaba la letra entera en voz baja. Otro, parado, medio doblado pero ajeno al dolor, evocaba su debut en recitales con Pescado Rabioso mientras nadie podía sustraerse a la emoción extrema que significaba escuchar “Poseído del alba”. “Lo que hubiese sonado Pescado aquella vez con este sonido”, murmuró desde la platea, donde el sonido llegaba mejor que en la parte de atrás del campo. “Lo que está sonando ahora, boludo”, le aclaró su amigo, trayéndolo al presente de un golpazo. Una chica volaba a través de “Seguir viviendo sin tu amor”; un hippie viejo que clavó la mirada en la estrella más cercana cuando Pescado desempolvó una divina turbación (“Serpiente viaja por la sal”), 40 mil extasiados ante “Post Crucifixión” y una sensación final que conllevaba la misma verdad colectiva que el veredicto de Nancy.


GRACIAS ETERNAS

Por Roque Casciero

Dale gracias (al Flaco) por estar, por crecer y engendrar cerca del bien que gozaste. Dale gracias por esa noche que no imaginabas porque, ¿para qué ibas a perderte en semejante cuelgue? Si es imposible, impensable, insospechable que puedas ver a Invisible sobre un escenario. Mirá si Spinetta va a enfocar hacia atrás de semejante manera, por más que intuyas que si eso alguna vez sucede vas a encontrarte con una banda moderna, que habla en tiempo presente porque ayer era futuro. Un triángulo perfecto en el que Luis Alberto es sólo el ángulo de arriba, el que más concita las miradas, pero que se sostiene en esas alturas por la maravillosa inventiva de Pomo Lorenzo y Machi Rufino. Pero si se te cruza la idea delirante por la cabeza, seguro vas a pedir que toquen “Durazno sangrando”, “Jugo de lúcuma” y “Perdonado (niño condenado)”, porque ni siquiera a un sacado como vos puede ocurrírsele que hagan “Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula al mundo”.

¿Y Pescado Rabioso? ¡Qué bandaza! De la poesía de “Credulidad” a la crudeza de “Me gusta ese tajo” en un instante, un cuarteto para soñar y para energizarse. Black Amaya sosteniendo la pared, el Hammond de Carlos Cutaia poniendo los ladrillos... ¿Te acordás de la primera vez que escuchaste “Post crucifixión”? El Flaco era un pibe en el celuloide gastado y rayado de Hasta que se ponga el sol, pero tu corazón adolescente saltó cuando lo viste entrar con esa luz en la espalda, y mucho más cuando contaron cuatro y sonó ese ruido de magia arrollador. Pero qué van a tocar, si David Lebon y el Bocón Frascino no agarran un bajo hace años, sabedores de que su mejor forma está en las seis cuerdas... Claro, intuís que sería genial, que el rock argentino en pleno se pondría de pie para aplaudir, pero en el fondo sabés que no va a suceder, ¿no?

Dejá, eso te pasa por haber nacido tarde, vos nunca lo oíste en tiempo a Luis Alberto. ¿En serio vas a jugar con la idea de ver a Almendra sobre un escenario? Hace poco, cuando viste un concierto del inmenso Edelmiro Molinari, se te piantó el mismo lagrimón que al pibe con el pañuelo a rayas cuando subieron Emilio Del Guercio y Rodolfo García... No, si esa noche no apareció el Flaco, olvidate de una reunión de Los Beatles... Perdón, de Almendra. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a gritarle “Flaco, tocá ‘Muchacha...’”? ¿Vas a soñar con voces que engranan mágicamente como si los Beach Boys hubieran caminado el Bajo Belgrano y hubieran confluido en el Instituto San Román? Dejá los alucinógenos, chabón...

Y entonces es 4 de diciembre, estás en Vélez, y lo imposible, impensable, insospechable, sencillamente sucede. Todo junto, además. Como si el corazón pudiera bancárselas sin enviarles a los lagrimales el mensaje de que está todo bien si quieren abrir las compuertas. En tu calendario, de aquí en más, el día de Las Bandas Eternas, el día para recordar que si sos el tipo que sos, es porque fuiste el adolescente que escuchó a todos esos señores músicos que están sobre el escenario.

Por eso, dale gracias al Angel. Gracias eternas.

SPINETTA Y LAS BANDAS ETERNAS, UNA NOCHE QUE QUEDARA POR SIEMPRE EN LA MEMORIA COLECTIVA



Ese problema de intentar definir a la belleza

37 mil personas dieron testimonio: la extensa velada fue un encuentro con la obra de uno de los creadores más grandes del rock, que dio una lección inolvidable que conjugó pasado y presente.

Por Eduardo Fabregat

¿No ves que la luna nos mira?

Inenarrable.

Estimado lector, no espere encontrar aquí eso que llamamos “crónica de concierto”. Algo de eso hay, pero si a Spinetta le llevó 50 canciones y cinco horas y cuarto conseguir un recorte de sus 40 años de carrera (y en ese recorte dejó lugar a las lamentaciones por alguna inevitable ausencia), pretender que eso pueda ser aun resumido en estas líneas es una quimera. Una quimera como la que soñaba la Logia del Flaco hasta no hace tanto, la de qué lindo sería que...

El “sería” abandonó el modo condicional. Fue. La Historia grande del rock argentino dirá que Luis Alberto Spinetta conjuró a las Bandas Eternas en Vélez el 4 de diciembre de 2009, y que 37 mil personas abarrotaron el lugar (¿quién tuvo el atrevimiento de decir que una cancha de fútbol le quedaba grande?), y que la organización tuvo sus flojeras y las pantallas le servían de poco al de la popu, pero el sonido fue perfecto. Y a partir de ahí, el imposible: el adjetivo que se repite, la emoción intraducible en letras, la lágrima viva, el alma feliz al desnudo. Los ejemplos de música, de arte, de poesía, de sensibilidad, de belleza: ¿qué espíritu tan generoso habita a este tipo para que nos dé tanto, pero tanto?

La noche de Vélez fue un vaivén que deja tela para cortar por mucho tiempo. Hubo una primera parte en la que Luis fue del presente al primer Jade, y de allí a fines de los ’80, y de allí a los orígenes del rock argentino (Abuelo, Nebbia, Pappo), y al Jade de Bajo Belgrano, y un desfile de duetos con nenes como Fito Páez, Charly García y Gustavo Cerati (“Baaaajan”, se unían las dos voces hermanas, y el estadio se venía abajo: “Si hay un sueño cumplido, es éste”, cerró el ex Soda), canciones y más canciones de estatura inmensurable. Hubo una segunda parte que fue la conquista del corazón y del nervio, con Los Socios del Desierto preparando el terreno para la descomunal resurrección de Invisible y Pescado Rabioso, para volver a ver a Almendra, para cerrar cantando a los gritos que no hay razón para seguir viviendo sin tu amor, que yo quiero ver un tren, que no te alejes tanto de mí.

Pero como la descripción no alcanza hay que recurrir a los ejemplos, a algo que sirva para la vana intención de definir tanta magia. Detenerse un momento en el Spinetta más íntimo, el que de sobrepique nomás, apenas después del incendio rockero de “Tu vuelo al fin”, llamó a Diego Rapoport. Y el dúo de Kamikaze soltó “Ella también” y “Umbral” y provocó el silencio más profundo, más estremecedor, para escuchar caer las lágrimas, para que la luna quisiera asomarse al Amalfitani y mojarse los pies. O al Spinetta que convocó a otro socio de las teclas, el Mono Fontana, para reeditar la experiencia con “Al ver verás” y “¿No ves que ya no somos chiquitos?”; o a Leo Sujatovich, para detener el tiempo otra vez con “Era de uranio”, “Vida siempre” y “Maribel se durmió”. O conceder un segundo al recuerdo de “Alma de diamante” con Juan Del Barrio y “Cementerio Club” con Gustavo Spinetta a la batería, y seguir llenando casilleros de deseos íntimos cumplidos.

La belleza en estado puro: Luis Alberto Spinetta, casi 60 años, entero, la voz con el terciopelo de siempre y la rugosidad que supo conseguir. Alto, flaco y con una guitarra roja, cada vez más enorme en un escenario que se iba empequeñeciendo a medida que dejaba caer canciones.

¿Y no deberían muchos integrantes de la patria rockera tomar debida nota de lo que sonaron Invisible y Pescado? Apenas repuesto de los cachetazos sonoros de Spinetta / Marcelo Torres / Javier Malosetti –que cerraron con un “Nasty people” hendrixianamente contundente–, el público vio subir a Machi Rufino y a Pomo Lorenzo y no terminaba de asimilar la idea cuando ya sonaba “Durazno sangrando”, y el bajista sumaba una voz en perfecta sintonía con la de Luis. Si ése era un número puesto, lo que vino tuvo el sabor de las elecciones acertadas: “Jugo de lúcuma”, “Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo” y “Niño condenado”. Ya era demasiado. No sólo por los temas elegidos, sino por la contundencia y elegancia con la que el trío saltó 33 años de silencio, ganó el escenario y mostró una presencia en toda la regla que aun ahora, horas después, crispa la piel.

Y crispación eléctrica era lo que Pescado tenía para ofrecer, el set más largo, con siete títulos que visitaron la soñadora psicodelia de “Hola dulce viento” y “Serpiente (viaja por la sal)”, la urgencia dramática de “Poseído del alba”, la sutileza de “Credulidad” y un bloque demoledor, con “Despiértate, nena” y David Lebon descosiendo la viola y Cutaia sacándole humo al Hammond, y “Me gusta ese tajo” y “Post crucifixión” convertidos en Posgrado de Rock. La banda del alba de los ’70 llegó al siglo XXI como un tanque de distorsión, furia y adrenalina.

“Hay más, ustedes tienen un aguante...”, dijo el Flaco, con el humor que correspondía a semejante noche, que le hizo admitir la repetición de “genio” y “capo” al presentar a los invitados y reírse de ello. “No te mueras nunca”, gritó uno. “Vos tampoco –respondió Luis, que ya no se enoja por esas frases–. Si no, nunca te vas enterar de que no me morí.” Y Edelmiro, Rodolfo y Emilio ya estaban subiendo al escenario, como a fines de los ’60, como a fines de los ’70, a fines de los 2000. Para volar con “Color humano” y “A estos hombres tristes”, para que Del Guercio se luciera con “Fermín”, para honrar a “Hermano perro” como única ajena al debut de 1969 y cerrar con un círculo íntimo para “Muchacha (ojos de papel)” a cuatro voces.

Para qué seguir. Usted, lector, que estuvo allí, sabe que es difícil encontrar las palabras para describir lo vivido. Usted, lector, que no estuvo allí, también lo sabe. Saben que semejante combinación de belleza, vuelo, emoción, excelencia musical, compromiso con el arte entendido como pura pasión, terminan fluyendo a la misma palabra que cierra todo.

Inenarrable.

sábado, 5 de diciembre de 2009

SPINETTA Y LAS BANDAS ETERNAS, EN LA CANCHA DE VELEZ



El poder alquímico de la música

Ante unos 37 mil espectadores y con invitados de lujo, el Flaco celebraba y revisaba anoche sus 40 años de impecable carrera artística.


Dos puntos cardinales, dos vibraciones inolvidables: anoche, los estadios de River Plate y Vélez Sarsfield eran sendos epicentros de ceremonias musicales de ésas que dejan huella. En Núñez, AC/DC cargaba de electricidad al Monumental en la segunda presentación porteña del Black Ice Tour, una potente cabalgata por cuatro temas de su disco más reciente y todos los hits que el fan quiere escuchar. En Liniers, 37 mil fans que no escondían la emoción se rendían ante Spinetta y las Bandas Eternas, el espectáculo en el que el Flaco celebra y revisa sus cuarenta años de carrera. Y lo de no esconder la emoción no es una metáfora: cuando tras “Mi elemento” y “Tu vuelo al fin”, el dueto de canciones que abrió la noche, ganó el escenario Diego Rapoport –ex integrante de Jade– y Spinetta empezó a cantar la bellísima “Ella también”, aparecieron las primeras lágrimas de una velada que, al cierre de esta edición, prometía la seguidilla de golpes emocionales que todos fueron a buscar.

Spinetta se había encargado de recordar, apenas se asomó al escenario a las 21.55, los nombres de los músicos que hubiese querido que estuviesen allí y no pudo ser (Pedro Aznar, Lito Vitale, Rodolfo Mederos, Litto Nebbia, entre otros) y las figuras de las que hubiera deseado versionar algún tema (Moris, Calamaro, el Indio Solari y “el genio más grande del Río de la Plata: Hugo Fattoruso”). Empezaba una noche en que, más que las ausencias, se corporizaban sueños y leyendas amparadas en una historia riquísima. Todo Spinetta en un mismo show.

¿Qué otra cosa podía esperarse, si el Flaco tiene para armar tres o cuatro setlists impecables? A “Ella también” le siguió “No te busques ya en el umbral”. Fueron unos minutos que podrían definirse como de magia pura, cerca de esa utopía de perfección que encierra la música de Spinetta. El silencio absoluto del público, en estado de éxtasis, parecía corroborar la sensación de estar viviendo un momento único. Esa perla de Los niños que escriben en el cielo sirvió como confirmación de tanta expectativa: no se trataba de un afiebrado sueño del spinettófilo. Allí estaban Guille Vadalá y el Mono Fontana para recrear los tempranos ’90 de Luis, primero con “Fina ropa blanca” y después con ese himno que en aquella época sirvió como poética denuncia de la irracionalidad en las canchas, y en el pasado reciente cobró nueva actualidad con la tragedia de Cromañón: “La bengala perdida”.

Y de la primera fila del “campo vip” con sillas –detalle nada menor para una porción de público al que, aun con todo su amor por Spinetta, le cuesta afrontar un concierto en una cancha de fútbol– hasta el último rincón de las populares se estremecieron cuando el invitado fue Juan del Barrio, compañero de Rapoport en la primera etapa de Jade, para dos clásicos del debut de aquella agrupación: “Sombras en los álamos” y “Alma de diamante”. Entre la gente podía palparse el mismo clima que imperó en aquel minishow para la prensa en Café Molière: incredulidad, la piel erizada, el gesto de mirarse entre sí con las cejas arqueadas del “¿Viste lo que está tocando?”, los ojos enrojecidos.

Los músicos subían y bajaban del escenario, enriqueciendo la notable banda estable del Flaco, integrada por Nerina Nicotra en bajo, Sergio Verdinelli en batería, Guillermo Vadalá en guitarra y Claudio Cardone en teclados. Presentó a Fito Páez, con quien se lució en “Asilo en tu corazón”, del disco La la la. Y fue bellísimo el encuentro vocal que se dio con Gustavo Cerati en “Té para tres” y “Bajan”, temas que despertaron la ovación del público. Una de las perlas de esa primera parte del concierto fue “Cementerio Club”, canción perteneciente al álbum Artaud, que el Flaco casi nunca había tocado en vivo. Su hermano Gustavo Spinetta subió al escenario para la interpretación de este clásico, que los fans supieron festejar y agradecer.

Pero la noche prometía nuevas y renovadas emociones. Tras la impecable interpretación de 25 canciones hubo un intervalo que potenció la expectativa para lo que se venía, al cierre de esta edición: el regreso, en una misma e inolvidable noche spinetteana, de “aquellas” bandas eternas: Invisible, Pescado Rabioso y Almendra. Unos 37 mil fans fueron testigos privilegiados del encuentro. Con el tiempo, muchos más jurarán haber estado allí.