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jueves, 29 de septiembre de 2011

TERESA PARODI Y SU NUEVO DISCO OTRO CANTAR.

 

 

TERESA PARODI PROFUNDIZA SU FACETA DE INTERPRETE EN SU DISCO OTRO CANTAR



En su flamante álbum, la cantautora correntina grabó temas de jóvenes como Lisandro Aristimuño, Ana Prada, Orozco-Barrientos y Arbolito y también de “maestros” como Ramón Ayala, Ariel Petrocelli, Daniel Toro, Damián Sánchez y Jorge Sosa.


Por Karina Micheletto

La tapa de Otro cantar, el nuevo trabajo de Teresa Parodi, la muestra de pie y sonriente, abrazada a su guitarra, a la orilla de un río dibujado que recorre todo el disco. El río tiene trazos firmes y al mismo tiempo suaves, simples y bellos. Luce fresco; joven, podría decirse. Es un paisaje que no es del todo rural ni del todo urbano. El bello arte logra anticipar, con el poder sintético de la imagen, buena parte del espíritu de este trabajo. Un disco en el que Parodi ha elegido detenerse en “los otros” que son parte de la generación que la suceden, entre los que se lucen aquí cantautores como Lisandro Aristimuño, Ana Prada, Fernando Barrientos, Raúl “Tilín” Orozco –encargado también de la producción de este trabajo–, intérpretes como María de los Angeles Ledesma y Arbolito. Y convocar también a maestros como Ramón Ayala, Ariel Petrocelli, Daniel Toro, Damián Sánchez, Jorge Sosa. En ese “transcurso” suena Parodi en este trabajo, que lo mostrará hoy, mañana y pasado en el CAFF (ver aparte).
No ha sido explicitado en la charla, pero en el relato sobre la “cocina” del disco, sobre las búsquedas que ha emprendido la cantautora para encontrar estas canciones, aparece implícito el río, con su cadencia, su ritmo, su transcurrir. Del transcurrir de la música habla Parodi, de transitar el camino que ya pisaron grandes maestros de la música popular, y abrir las miradas, al mismo tiempo, a nuevas generaciones, de las cuales también aprender. El relato es el de una travesía: “Quise indagar en esas otras miradas, tan iluminadas, y quedarme un rato ahí, bebiendo de esa luz. Y luego seguir el camino, porque esas voces que fui recorriendo abren nuevos caminos”, define. “Mientras cantaba iba transitando las melodías, las palabras que usaron esos otros. Las de Prada, por ejemplo: ‘Tuve que arrastrarme como verso de canción, entre las cositas que dejaste...’. Me deslumbra la simpleza y la belleza con la que esta muchacha joven puede hablar de una forma del adiós, a esa edad. Me detengo ahí y quiero cantar esos versos, sentir esa música, para luego seguir, con otros horizontes”.
El río, su fuerza mansa y sus habitantes, abre también el disco con una versión de “Retrato de un pescador”, que subraya musicalmente el ritmo del agua que Ramón Ayala sabe imprimir a sus canciones. “Sí, es un río que me lleva quién sabe a dónde, así me dejo llevar yo por este río de la música nacional que me va haciendo pasar por distintos puertos, por otras sonoridades, otras búsquedas, otros asombros, otras esperanzas –advierte la correntina–. A medida que voy transitándolo, me doy cuenta cada vez más de que no se puede sin los otros.”
–En su disco hasta les dedica un texto a esos “otros”. ¿Por qué se detuvo allí?
–Porque es lo que me sigue asombrando de la maravilla de la música. La idea era dejarme hacer por los otros, integrarme a ese canto colectivo que creo que siempre está en la memoria, y tiene tanto de viejo como de nuevo, sorprendente siempre, revitalizado por estas nuevas voces y miradas. Me dejé llevar, fue así.
–Los invitados no sólo participan con su presencia, también toma sus temas. ¿Por qué eligió a éstos, entre tantos nuevos cantautores?
–Son algunos de los que me han deslumbrado. Están Ana, Lisandro, Barrientos, Tilín, Arbolito, que son autores y compositores, y está también la Chiqui, una formidable intérprete con una exquisitez en su búsqueda. De Ana me interesó, desde la primera vez que la escuché, la riqueza enorme que trae, con esa mirada desde lo cotidiano, lo chiquito. Aristimuño me deslumbra, me parece que abre puertas maravillosas. No viene del folklore y, sin embargo, sí, viene del folklore. Aparece su Patagonia, aunque él no esté precisamente pensando premeditadamente “voy a abrir una puerta hacia la música de la Patagonia”. El trae a esa impronta en todo lo suyo, aparece de la forma más inesperada. Los Orozco-Barrientos también son excepcionales y me honraron dándome un tema tan hermoso como “Que baje”, que habían hecho para darle a Mercedes Sosa, porque ella les había pedido material para un próximo disco, antes de enfermar. Luego los Arbolito, con esa fuerza que tienen, han marcado el folklore actual, y con la misma fuerza llegaron, con todos sus instrumentos, proponiendo ideas, entusiasmados... Fue una fiesta.
El año pasado Parodi selló un encuentro con Liliana Herrero, Raúl Orozco y Fernando Barrientos, una serie de juntadas que no se materializaron en un disco, sino en conciertos a los que bautizaron “Final abierto”. Una posible continuación de aquel final es la cercana participación del dúo cuyano en este disco: Orozco fue productor del trabajo, Barrientos muestra otra faceta como cantante sumándose al chamamé “La fiesta grande”, de Rosendo Arias; ambos son autores de dos de los temas del disco. “Trabajamos mucho en equipo con Tilín y todos los músicos, me fui explicando, les fui pidiendo. ¡Bueno, también tenía de dónde sacar! Son unos músicos tremendos”, halaga Parodi. “Es importante cuando el productor es un artista también, hay otra comprensión. Grabamos el disco prácticamente en vivo, Tilín del otro lado del estudio y también a veces adentro, tocando la guitarra. Había una complicidad extraordinaria, se armaba una cosa única que por suerte quedaba grabada. Porque este disco fue grabado prácticamente en vivo.”
–¿Cómo es eso?
–No sé si la gente lo sabe, los discos suelen grabarse por partes, primero la base; como una casa, los instrumentos son los cimientos, y lo último que se pone es la voz. Esto se hace a solas, con el auricular y los sonidos que ya quedaron grabados en el disco. Eso propone una manera casi única de cantar, porque ya no se da el diálogo espontáneo que se puede dar en vivo. Hace dos discos que entro al estudio con mis músicos y grabo en el mismo momento. El resultado es otro. Todos sabemos lo que venimos a hacer porque lo ensayamos, lo preparamos, estamos detrás de los arreglos, los buscamos. Pero aparece la impronta, la emoción del momento, la instantánea de la canción cuando la estás produciendo. Grabábamos tres veces y las tres eran distintas. Luego teníamos que elegir una, nada más. Con la pena de perder las otras dos: en cada una había un “algo”, porque ese algo había sucedido entre nosotros.
–Desde hace un tiempo aparece destacada su faceta de intérprete, además de la de compositora. Hasta suena distinto su modo de cantar. ¿Eso fue algo buscado?
–Lo busqué, sí. Tengo una potencia natural, mucho volumen en el canto, y trabajé muchos años una técnica para cantar, para poder tener voz, que me creó un estilo que tiene mucho que ver con el engolamiento. Y también con un estilo más proferido. Cuando empecé, era como si tuviera que hacerme escuchar: era mujer, autora y compositora, escribía canciones de historias de otro país, el postergado, y había elegido para esa primera etapa mostrar la música de mi región. La tenía difícil... Todo eso estaba en mi cabeza. Sentía que tenía que romper muchas barreras y lo hacía a pura voz. Usaba la voz como una punta de lanza ¡y allá voy! ¡Me vas a escuchar! (Risas).
–¿Y qué la hizo querer cambiar?
–En mí siempre estuvo la militante por encima de todas las cosas, también la maestra. Quería decir, hacer canciones que fueran como pequeñas películas que contaran las historias que no se contaban, por eso me interesé tanto por el lenguaje de la canción. De golpe me di cuenta de que había dejado descuidada a la cantora. Pobre, la cantora me servía para poner mi canción en el tapete. Esto me lo hizo notar Mercedes, ella me dijo: “Cómo has cambiado tu canto, cómo se ve que estás dejándole un lugar a la cantora”. Hablábamos mucho de eso. Le hice caso y empecé a buscar qué de esa cantora no me terminaba de cerrar. Me lo habían dicho algunas críticas y tenían razón. Empecé a corregir sin perder la técnica, pero sin llegar al engolamiento, tarea que no fue fácil. Y sin perder la voz abierta, que es la marca del canto netamente popular.
–En este disco canta temas que podrían definirse como de amor maduro. ¿Cómo se lleva con la canción de amor?
–Es verdad, es un amor maduro, y desde qué hermoso lugar de encuentro de una pareja... No he cantado tanto a esa forma del amor, o lo he hecho muy esporádicamente, y me lo he reprochado. ¡También, nos han metido cada cosa en la cabeza! Son cuestiones que quedan, inconscientes. Como cantábamos canciones de un cierto repertorio, como nos interesábamos por la política, no cantábamos canciones de amor. Qué equivocados y qué cerrados, ¿no? Me di cuenta de lo obvio: que todas son canciones de amor y todas son canciones de testimonio. Son distintas formas del amor: la preocupación por el otro es una forma del amor, y también el amor de una pareja. Yo les cantaba a todos los amores, menos al de la pareja. Desde hace un tiempo he modificado mi postura. Por suerte, sigo aprendiendo.

      

 

En el Abasto, sonaron temas que serán himnos



Por Karina Micheletto

Cae la nochecita en el Abasto, el domingo se está yendo y hay algo en el aire, una brisa cálida, que se percibe llegando. La cuadra de Sánchez de Bustamante a la altura del 700 no es lo que se dice la postal del espectáculo: el perro que se estira en el medio de la calle, la bombita mortecina, la señora que vuelve con la compra de apuro responden a un pulso de barrio con el que no pudieron ni el shopping cercano ni la sombra de esas torres que alguna vez fueron promesa de futuro. La entrada del Club Atlético Fernández Fierro podría ser la de un taller mecánico; de hecho eso fue hasta ser “intervenido” por esta cooperativa que arrancó para que tocara la orquesta, y terminó siendo referencia de la nueva escena. Hasta aquí apuran el paso dos señoras, coquetas ellas, bien tomadas del brazo, como para darse coraje. “Emi, ¿vos estás segura de que era acá?” La misma pregunta se hicieron muchos de los que el viernes, sábado y domingo pasados atravesaron esa entrada, ese pasillo largo y ese galpón con techo de chapa, el CAFF. Y sí, era acá donde Teresa Parodi quiso presentar su nuevo disco, Otro cantar.
Ella dice que quiso “darse ese gusto”, antes de su siguiente presentación, el 5 de noviembre en el Ateneo, un lugar que parece “natural” para el tipo de público que sigue a Parodi. O, por lo menos, para cierta idea preconcebida sobre los tipos de públicos, que en decisiones como ésta se ponen en cuestión. Porque Emi y las demás señoras coquetas que se sentaron en las sillas desfondadas del CAFF, y los señores que arrancaron muy serios y terminaron revoleando pañuelos en los bises, y las chicas y chicos que saltaron y cantaron y bailaron a los costados, y los que se emocionaron con nuevas historias como la de “Jacinta regresa a casa”, vivenciaron que de lo que se trata, finalmente, es de abrir el juego.
De eso se trata también el exquisito disco de Parodi, en el que la correntina incorpora y contiene, atravesando estéticas personales, a una cantidad de talentos de una nueva camada, autores e intérpretes: Lisandro Aristimuño, Ana Prada, Raúl Orozco, Fernando Barrientos, Arbolito, Chiqui Ledesma. Escuchar a Aristimuño cantar junto a Parodi “Con la cara del amanecer”, que es de autoría de Orozco y Barrientos, es una revelación: hay algo nuevo de cada uno que está sonando allí. Escuchar el talento de Ledesma acompañándola en la zamba “Ramón Maciel” es una confirmación: hay mucho talento en estos “nuevos maestros”, tal como los definió la anfitriona. Junto con las de ellos suenan obras de maestros reconocidos como Ramón Ayala, Ariel Petrocelli, Daniel Toro, Damián Sánchez, Jorge Sosa; toda una cosmogonía.
Hay un río que suena, implícita o explícitamente, atravesando todas estas canciones. Hay una avidez latente por encontrar nuevos brillos, corroborada en los arreglos. Hay una talentosa banda: Jorge Giuliano, Lucas Homer, Facundo Guevara, Fernando Correa. Hay un homenaje implícito a Mercedes Sosa, en temas emblemáticos como “Cuando tenga la tierra”, y también en la búsqueda por beber de nuevas aguas. En las instalaciones del CAFF hay una bola de espejos gigante, cortinas de plástico, un stencil de Pugliese del que sale un globito con un pensamiento: ¡... putos! Todo eso es anecdótico. En este lugar del Abasto sonaron temas que serán himnos, se vivieron encuentros que serán comienzos. También de públicos, que ahora saben que sí, que era acá donde Teresa los quiso traer a cantar.

lunes, 14 de junio de 2010

TERESA PARODI: PINTA PAISAJES HUMANOS








TERESA PARODI EN LA TRASTIENDA
















Por Karina Micheletto

Con “Pedro canoero”, o “Apurate José”, o más acá en el tiempo, con nuevos himnos como “La canción es urgente” o “Esa musiquita”, Teresa Parodi hubiese cumplido –si de cumplir se trata– con un lugar propio, singular, dentro de la música popular argentina. El lugar de una gran pintora de paisajes humanos, y también de una cronista de los tiempos, con éxitos inicialmente ligados a la región del Litoral. El camino elegido en su nuevo disco, Corazón de pájaro, editado a fines del año pasado, la sitúa como una intérprete de espesor diferencial. Ese paso dado hacia su faceta de cantora –en comunión con la de compositora, porque sería imposible desdoblarlas– es el que conmueve especialmente en este nuevo trabajo. En la presentación en vivo, el efecto es exponencial.

Las posibilidades de Atahualpa Yupanqui, tan aludido como escasamente interpretado últimamente. La profundidad de María Elena Walsh. El aire de vidala de un tema de Jorge Drexler, o las nuevas formas de una camada de artistas como Ana Prada. La soledad del niño que fue Armando Tejada Gómez. Y también los paisajes humanos que quedan prendidos con esas canciones que dejan huella a la primera escucha, como quedó demostrado en “Tarumba”, “Paloma, palomita” o “Para toda la vida”, canciones nuevas que ya tuvieron su coro de acompañamiento entre el público. Eso es lo que se pudo escuchar el sábado pasado en la presentación oficial de Corazón de pájaro en La Trastienda, en una noche tan lluviosa y fría afuera como fervorosa puertas adentro de la sala.

No estuvo sola Teresa Parodi a la hora de mostrar lo propio: la acompañaron invitados como María de los Angeles Ledesma, Ana Prada, Marián Farías Gómez y el dúo Tilín Orozco y Fernando Barrientos. Los invitados mostraron temas propios, con y sin Parodi. Una forma de abrir espacios, ceder protagonismos, y también de pasar la posta, que habla de una concepción de la música y del trabajo del músico. Tampoco estuvo sola la correntina en los temas en que cantó sin invitados: una banda integrada por el guitarrista Ramón Córdoba, Lucas Homer en bajo, Fernando Correa en acordeón y Facundo Guevara en percusión creó y reforzó todos los climas propuestos por el repertorio.

Y si, en comparación con trabajos inmediatamente anteriores como Pequeñas revoluciones y Soy feliz, toma un rumbo más rico en su austeridad, en ciertos momentos del vivo Parodi y esta banda profundizan esa austera exquisitez. Así suena en la belleza de la zamba “Me gusta Jujuy cuando llueve” o de la “Oración del remanso”, de Jorge Fandermole. Y en la voz y la profundidad interpretativa de Parodi se expande su universo: Suena un Yupanqui que es posible redescubrir en “Tú que puedes, vuélvete”, que la cantautora dedica a su padre. Suena Armando Tejada Gómez y una tristeza infinita de su poema “Primera soledad”, matizada en la presentación por la ternura de una anécdota doméstica.

Con María de los Angeles Ledesma, Parodi presenta “Flor de mburucuyá”; con Ana Prada dos temas de autoría de la uruguaya (“Adiós” y “Tierra adentro”), con Orozco-Barrientos otros dos temas de los mendocinos (“Caminito” y “Celador de sueños”). Con Marián Farías Gómez el clima se eleva en ese dúo de mujeres que ponen una fuerza especial a Yupanqui: “La añera” y “Piedra y camino”, y al final Farías Gómez se despacha –“como no podía ser de otra manera”, según aclara– con una chacarera, “La carbonera”, de Los Hermanos Abalos.

Con los coros de “Tarumba” –“ningún niño nace feo, ni nace malo”–, o de “Para toda la vida” –“No te olvides de mí, no me olvides”–, el clima queda instalado, con esa forma de la alegría del canto compartido. Todo está dado para que los bises sean muchos, pero no es posible: en la trasnoche está programado otro show, de Viticus. La sala es desalojada y afuera, bajo una lluvia finita y persistente, los públicos se encuentran, se cotejan, se pisp

domingo, 6 de junio de 2010

TERESA PARODI Y “EL ARRIERO”, DE ATAHUALPA YUPANQUI













EL ARRIERO

Por Atahualpa Yupanqui/Pablo del Cerro

En las arenas bailan los remolinos,
el sol juega en el brillo del pedregal,
y prendido a la magia de los caminos,
el arriero va, el arriero va.
Es bandera de niebla su poncho al viento,
lo saludan las flautas del pajonal,
y animando a la tropa por esos cerros,
el arriero va, el arriero va.
Las penas y las vaquitas
se van por la misma senda.
Las penas son de nosotros,
las vaquitas son ajenas.
Un degüello de soles muestra la tarde,
se han dormido las luces del pedregal,
y animando la tropa, dale que dale,
el arriero va, el arriero va.
Amalaya la noche traiga un recuerdo
que haga menos pesada la soledad.
Como sombra en la sombra por esos cerros,
el arriero va, el arriero va.

El arriero” de Yupanqui es una de las canciones que más me han conmovido desde siempre. Creo que fue la primera con la que sentí un nudo en la garganta, siendo muy pequeña, cuando la letra me resonaba en el alma repitiendo: “Las penas y las vaquitas, se van por la misma senda / las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas...”

Por Teresa Parodi

La descripción de aquel oficio de tanta soledad, caminos infinitos, cerrazones, invierno, lejanías, me parecía tan nítida y hermosa entonces como ahora mismo.

Recuerdo la primera vez que la canté a “voz en cuello” fue en la escuela, un 25 de mayo y mi profesora de música me abrazó muy fuerte cuando bajé. Me sentía asustada cuando la cantaba pero aquellos versos poderosos me hicieron poner de pie tan erguida, con la responsabilidad de tener que contar algo que le sucedía a otros. Esos otros que Yupanqui traía a nuestros ojos y nuestro corazón en su bellísima pluma.

Conozco de niña aquellos oficios del campo. Tal vez por eso podía contar la historia con esa certeza.

En los veranos siempre íbamos al campo que tenía mi abuela en el medio de la provincia. Me gustaba oír a la peonada hablando en la cocina grande de la casa. Contaban sus idas y venidas, los pormenores de sus tareas.

Más de una vez, a caballo paseando con mi padre, los veía arreando la tropa, el ganado, en sus caballos briosos. Papá sabía explicarme que aquél era un trabajo duro. Que llevaban días de andar por los caminos bajo el sol o la lluvia, en los veranos calcinantes de Corrientes o en los inviernos de ventolera y llovizna, que no veían a su familia quién sabe por cuánto tiempo, que esto los hacía ser solitarios y silenciosos.

Las penas son de nosotros, pensaba y pienso, las vaquitas son ajenas...

Yupanqui me parecía y me parece un señor que decía las cosas muy claramente, tanto que hasta me dolían y me duelen.

No grabé, sin embargo, nunca “El arriero”. Tal vez porque tiene tantísimas versiones. Tal vez porque en ninguna voz puede sonar tan verdadera como en la de él. Tal vez porque no podía encontrar una manera de hacerla que me resultara a la altura.

Me gustó, en su momento, sobremanera, la versión apasionada y novedosa que hizo Divididos. Le agradecí en el alma que acercaran a Yupanqui a las nuevas generaciones que, estoy segura, no lo conocían.

Mi generación estuvo muy marcada por su música y su poesía. En mi casa esa música, como la de otros tan importantes, fue parte de lo que aprendí con amor. Me lo enseñaron mis padres.

Hoy no sé si Yupanqui y por supuesto aquellos tantos otros son moneda corriente en los medios y en las escuchas cotidianas de los argentinos.

Si alguna vez junto coraje y encuentro un lenguaje sonoro y expresivo que me arrime a lo que siento por esta emblemática canción, no sé pero ojalá suceda, tal vez, digo, me anime y la grabe. Por qué no.