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miércoles, 21 de marzo de 2012

ROGER WATERS EN BUENOS AIRES, LO QUE DEJO EL HURACAN DE THE WALL.



Ladrillos y ladrillazos

 

 Por Eduardo Fabregat

El año pasado, cuando se realizó el anuncio oficial de los shows de The Wall en River, hubo una sensación extraña en el aire: ni en el discurso de los anfitriones ni en el clip que presentaba con lujo de detalles el asunto se mencionó el nombre de Roger Waters, mucho menos el de Pink Floyd. Esa noche de sushi regado con buen vino en el Samsung Studio alcanzó cabal significado una vez que el público argentino entró en contacto con la experiencia que anoche, en la novena cita, cerró por todo lo alto en el barrio de Núñez. Confirma que lo que fijó un nuevo record, ciertamente difícil de superar (9 fechas, 400 mil personas), no es propiamente un concierto de rock, sino la puesta más imponente posible de un clásico del rock.
Sincerémonos: podría estar Roger Waters o un casi perfecto clon y el impacto sería el mismo. De hecho, sólo los puristas extrañan de verdad a David Gilmour, ese toque, ese ataque que eriza la piel y que hace la diferencia entre uno de los mejores guitarristas de la historia del rock y un brillante instrumentista contratado por Roger Waters. O tres. Que no haya confusiones, The Wall es el espectáculo más soberbio que se haya visto en una cancha de fútbol. Una puesta de Broadway llevada a escala de estadio, utilizando recursos sonoros y técnicos al borde de la perfección (incluyendo el ocasional uso de pistas pregrabadas), nutrida por las canciones de un disco esencial. Pero también una propuesta que deja tela para cortar y aristas para analizar.

La versión 2012 de The Wall introduce variaciones con respecto al original si se quiere sutiles, pero que hacen a su esencia. A fines de los ’70, la ópera rock que venía a continuar los senderos de Tommy contaba la historia de un personaje llamado Pink, estrella de rock alienada por su contexto familiar y personal y las presiones del show business, encerrándose cada vez más ante los horrores del mundo. En el disco y en el film de Alan Parker, cargados de psicologismo, el público se identificaba a partir de sus “paredes” personales. Tirar abajo el muro para volver a ser persona y conectar con los congéneres, etcétera. Este The Wall pone el acento exclusivamente en los males del mundo, en la postura política del creador de la obra, que ya no tiene que debatir las cosas con Gilmour: en la primera parte Pink es un muñeco desdibujado, al que hay que delinear con algo más de energía en el segundo segmento para que la secuencia de “The trial” tenga algún sentido. Aquí lo que importa no es tanto qué hace el pobre Pink (originalmente, una cruza entre Syd Barrett y el propio Waters) con el horrendo mundo que le tocó, sino el horrendo mundo que nos rodea. Y lo que Waters opina de él. Pink por ahí anda, manda saludos.
Lo más discutible de esta pared es cuando el líder decide hacer caso omiso de una regla tácita de “no innovar”, y a la actualización de la puesta suma elementos nuevos. En River, esa suerte de “Another brick in the wall Pt. 4” dedicada a Jean Charles de Menezes, el brasileño asesinado por Scotland Yard en Londres y presentado como “otro ladrillo en la pared” sonó traída de los pelos, desconectada de la idea original de la obra. Pero eso pareció solo un detalle frente al brusco viraje que Waters le imprimió al Pink de “In the flesh?”, que no conforme con el uniforme del brazalete de martillos la emprendió contra el público con una ametralladora. Para la vieja guardia de Pink Floyd, esa escena de Waters a los tiros fue un momento de miradas azoradas: Pink era un alienado, un inadaptado social y algunas otras cosas, pero nunca un psicópata asesino de masas.


Al frente de semejante parafernalia, rayana en una megalomanía similar a la del propio Pink, Waters llevó el asunto como un profesional, sin mayores conflictos por el cambio de rumbo que le aplicó a su propia obra... precisamente porque es su obra y cada cual hace con su obra lo que quiere. Menos fluida fue su performance fuera del escenario, desde aquella declaración en Chile y la posterior desmentida sobre Malvinas. El músico no tuvo problemas en reunirse con Cristina Fernández de Kirchner y las Madres, y luego juntarse con Mauricio Macri frente a la inexplicable y onerosa gigantografía de la 9 de Julio (¿una publicidad encubierta de The Wall cubriendo a Sabato?), filmar en una de esas villas a las que Macri desatiende y unos días después hablar favorablemente de “sus iniciativas para la educación” para luego, como se ve en esta página, firmar una bandera contra el cierre de grados escolares que lleva adelante el gobierno porteño. Se entiende que el hombre tenga sus inquietudes y que estuvo varios días en la Argentina, pero el todoterrenismo se vuelve excesivo.
Lo que deja el huracán The Wall, con todo su impacto y su desfile de cifras, es la sensación de, ahora sí, haberlo visto todo en materia de grandes espectáculos. En materia de rock, por fortuna, aún queda espacio para la sorpresa, el desahogo y algo de salvajismo desajustado.
Se terminó la histórica serie de Waters en la Argentina. Muchas gracias por todo. Pero hey, Roger, leave the kids alone.

martes, 7 de diciembre de 2010

ROGER WATERS: “THE WALL TOUR” (LA LEYENDA SIGUE EN PIE)




Cayó el Muro, pero la leyenda sigue en pie

Después de treinta años, el bajista de Pink Floyd está reviviendo una obra emblemática de la cultura rock. Aunque el montaje de la Pared deja ocultos a los músicos durante un buen rato, vale la pena disfrutar de un show que funciona como metáfora del aislamiento.





Por Javier Andrade


Pocos shows en el mundo rock, a esta altura, generan tanta expectativa como la presentación de The Wall. La idea de revivir a través de la tecnología ese momento clave en la historia de los megaespectáculos es tentadora porque, por sobre todas las cosas, esto pasó sólo 31 veces entre febrero y junio de 1980, y para verlo había que estar en Los Angeles, Nueva York, Dortmund o Londres. Esta vez es diferente: sin contar con la posibilidad concreta de que esta gira se extienda a Sudamérica y Australia, algo que Roger Waters ha dejado entrever, ya de por sí son 110 los shows a los que se ha comprometido en Norteamérica y Europa, amparado en el hecho de que hoy, 30 años después de aquella presentación, es mucho más fácil mover las 112 toneladas de equipamiento que lo acompañan. También ayuda que, como le dijo el diseñador Mark Fi-sher en tren de convencerlo de echar a rodar este circo por el mundo, ahora la gente está acostumbrada a gastar más dinero en espectáculos, y eso garantiza cuanto menos un empate, si no un rotundo triunfo, sólo pensando en lo recaudado en boleterías. Y a eso hay que agregarle el merchandising, con artículos que van desde los 100 pesos hasta los 400; así que, a diferencia de 1980, esta vez Waters no va a perder dinero, aunque montar este show le cueste 60 millones de dólares.

Todos estos shows, en los que durante dos horas toca de principio a fin uno de los cinco discos más vendedores en la historia de Estados Unidos, suceden bajo techo, ante auditorios de 15 o 20 mil personas que lo esperan desde temprano porque saben que el bajista de Pink Floyd es un inglés apropiadamente puntual. La pregunta, para el fan su-damericano acostumbrado a recibir a estos grandes artistas en amplios estadios de fútbol, es si este show se puede adaptar a esas dimensiones o si, por el contrario, perdería gran parte de su encanto. La respuesta es que por supuesto esta presentación se puede adaptar a un gran estadio; apenas si se perdería uno de los efectos visuales del comienzo, el vuelo en picada hacia la pared de una réplica del bombardero Stuka que, según muestra Alan Parker en la película de 1982, acaba con la vida de su padre, el teniente Eric Waters, en febrero de 1944.

La réplica del avión se esconde estratégicamente en el techo de los estadios cerrados e impacta la pared en medio de un convencional despliegue pirotécnico, mientras Waters pone todo en marcha con “In the Flesh 1”. En un estadio argentino no tendría dónde esperar colgado sin perder sorpresa pero, por lo demás, todo funcionaría perfecto. Al fin y cabo, mucha de la acción pasa en la pared y no detrás, y eso sería visible aun desde el último rinconcito de la popular. El problema, con la mano en el bolsillo, es que aquellos que lo vieron presentar el tour The Dark Side of the Moon entre 2007 y 2008, y quieran repetir ahora, difícilmente se lleven un mejor recuerdo, aunque salgan del estadio tarareando “Run Like Hell”. ¿Por qué? Porque The Wall consiste en una aceitada maquinaria en la cual en 45 minutos nadie puede ver nada, ni los que pagaron 2400 pesos para estar frente al escenario, ni los que pagaron unos 300 pesos por los boletos más baratos (en el Staples Center, la casa de Los Angeles Lakers, se les llama nose-bleed seats, porque en la última bandeja los fans están tan alto que les puede sangrar la nariz).

La pared de 242 ladrillos de cartón y marco metálico que metódicamente una docena de asistentes va montando delante de la banda mientras los músicos tocan lado A y lado B del disco 1, se hace francamente incómoda para el fan que quiere ver cómo hacen los músicos, y el propio Waters, para reemplazar al guitarrista y cantante David Gilmour en esas canciones que están marcadas a fuego en el inconsciente colectivo de varias generaciones. Por eso la comparación con la gira de El lado oscuro de la Luna: ahí, la audiencia pudo sacarse las ganas de escuchar de buena fuente un compiladito de temas históricos de la banda, incluidos varios de The Wall, lógicamente, y luego, en la segunda parte del show, pudo apreciar, completo, el disco que cambió todas las reglas en 1973, porque mostró un Floyd comercial e inaccesible a la vez. The Wall no es Dark Side...: gira en torno de una obsesión; y si bien fue escrito casi enteramente por Waters, en vivo requiere a gritos la presencia de Gilmour.

En realidad, esta metáfora del aislamiento requiere también a gritos que alguien se muestre delante de la pared junto a Waters, como sucede con los chicos que cantan el coro de “Another Brick in the Wall 2”, o los muñecos inflables gigantes del profesor, la madre o la esposa, todos desplegados a lo alto, en once metros de maldad gomosa. En este contexto, el rumor de que Gilmour se iba a sumar por sorpresa para tocar el solo de “Comfortably Numb” en uno de los shows en Estados Unidos, funcionaba como frutillita de un postre aún por ser servido, post-intermezzo. Claro que después de “Goodbye Cruel World”, y antes de que llegue el batallón de cuarentones con sus cervezas y hot dogs a tomar sus asientos, amparado en la oscuridad, un malvado asistente puso el último ladrillo en la pared y chau, a mirar tele a lo ancho. Esa inmodificable situación de estar en, bueno, la presentación de The Wall, que consiste en construir una pared para representar esa idea de que “en lugar de estar ayudándonos estamos cada uno en su esquina, tirándonos piedras unos a otros” (Waters dixit), se hace intragable cuando empieza a sonar “Hey you”, con la banda completamente oculta detrás del muro. Es como estar frente al paredón de un barrio privado y escuchar que del otro lado la están pasando bárbaro. Poco después llega el momento de “Comfortably Numb” y para ese entonces Waters está delante de la pared, cantando y haciendo la mímica del primer solo. Arriba suyo, en lo alto del muro, se deja ver el guitarrista Dave Kilminster, pelos al viento y el 35 por ciento de la onda que le pone Gilmour a esa parte. Algo está claro: Gilmour no va a venir. No es ésta la noche que hará historia.

Pero atención: no se pretende desde aquí menospreciar lo que significa que un artista, tenga 67 años como Waters o 24 como Lady Gaga, decida hacer llegar sus mensajes de unión y optimismo a través de su puesta en escena. Lo que aquí hace Waters es genial porque aplica la tecnología para difundir una ideología de esperanza, que se ríe del poder, desconfía de los gobiernos y propone dejar de levantar muros de codicia y miedo entre la gente, entre ricos y pobres, Norte y Sur, primer y tercer mundo. Waters usa los 80 metros de ancho que tiene esta pared por sus casi 12 metros de alto para escribir mensajes anti-guerra como el que el ex presidente republicano Dwight D. Eisenhower dijo en abril de 1953: “Cada arma que se hace, cada misil que se lanza, cada cohete que se dispara significan, por sobre todas las cosas, un robo a aquellos que tienen hambre y no tienen comida, aquellos que tienen frío y no tienen abrigo”. Enhorabuena que Waters hoy esté contento y tenga ganas de seguir diciendo estas cosas. Ayudaría, siempre pensando en un estadio argentino, que invierta en pantallas adicionales y que, aunque ese día esté sin afeitar, muestre su cara y las de sus músicos, y que no se tome tan a pecho eso de aislarse de su propia gente.

La pared tiene 242 ladrillos de cartón y marco metálico.