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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Compositores Argentinos: Un magma en movimiento




Desde hace al menos tres generaciones, los compositores contemporáneos argentinos han forjado una rica trama, que persiste en tenso equilibrio.







Por: Martín Liut


El siglo XX nos dejó una buena noticia: los compositores argentinos por fin tenemos padres a quienes matar. No es que no haya habido más ancestros, pero nuestros padres prefirieron intentar discutir en la mesa de los creadores "universales" antes que con los parientes directos. Tal vez fue un problema de escala. En literatura, la dimensión de Borges fue tal que el problema para un escritor aún hoy es qué hacer con semejante herencia. En la música, en términos cronológicos, tuvimos a Alberto Ginastera (1916-1983), como mejor aunque tardío exponente de la escuela nacional, y a Juan Carlos Paz (1897-1971), como pionero del vanguardismo modernista y universal. Ellos vendrían a ser nuestros abuelos; citados como referencias, pero cuyas músicas no han sido discutidas más que tangencialmente. Luego de ellos tenemos a tres referentes que dominaron la escena local desde la época del Instituto Di Tella: Francisco Kröpfl (1931), Gerardo Gandini (1936) y Mariano Etkin (1943). Ellos serían nuestros padres, a los que se les sumó, no hace mucho, el "reargentinizado" Mauricio Kagel (1931-2008). Por presencia y por ausencia (Kagel se radicó en Alemania en 1958) ellos escribieron la historia de las últimas cuatro décadas del siglo pasado.

En verdad, aunque no se haya cometido efectivamente este parricidio artístico, la música actual está recorriendo nuevos caminos. De hecho, estamos en tiempo de reconocimiento a lo actuado por ellos, como lo prueban los merecidos conciertos-homenaje profesados en los últimos 5 años. Pero existe claramente una discusión, expresada principalmente a través de nuevas composiciones, sobre otros posibles modos en los cuales pensar la creación musical del presente. Esto no es una novedad en la historia del arte, pero sí en la de la música contemporánea argentina.

¿Qué ocurrió con los abuelos? En el caso de Paz, la paradoja es mayúscula: mientras sus libros sobre la música del siglo XX y su autobiografía fueron publicados por editoriales comerciales, sólo hay un CD con sus composiciones, editado por el Fondo Nacional de las Artes. Sus principales discípulos lo citan, pero casi no lo analizan, tocan o escuchan. Su mérito fue su discurso ético, imbuido del modernismo cosmopolita que caracterizó a buena parte de la cultura porteña a partir de la década de 1920. Y la inserción en el medio local de la línea germana de la nueva música (Paz fue el primer compositor de América del Sur en usar el método dodecafónico de Arnold Schönberg). En cuanto a Ginastera, si bien su música circula fluidamente entre intérpretes (argentinos y extranjeros) no lo hace entre los compositores, incluidos varios de sus más destacados alumnos. Probablemente hay quien se haya visto incómodo, tanto con su nacionalismo extemporáneo de los años 40 y 50, como con su vanguardismo eclecticista y tardío de los años 60, justamente en la década en la que fundó el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales (CLAEM) en el mítico Instituto Di Tella.

En el Di Tella se consolidaron o constituyeron las historias de Kröpfl, Gandini y Etkin. La diferencia generacional entre ellos se tradujo en los lugares que ocuparon en la institución de vanguardia financiada por la Rockefeller Foundation. Kröpfl, pionero de la música electroacústica en América Latina y discípulo de Paz, quedó a cargo del fantástico laboratorio electrónico del CLAEM primero y luego de la institución misma a partir de 1968 hasta su cierre en 1971. Gerardo Gandini fue ayudante de su maestro Ginastera y luego principal artífice de los Festivales de Música anuales del CLAEM y de los cursos. Por último, Mariano Etkin pasó por el Di Tella en calidad de privilegiado becario y terminó de configurar su estética a partir de su contacto directo con compositores norteamericanos como John Cage y Earle Brown. Si ubicamos a Gandini en el campo de la intertextualidad, vemos que estos tres padres representan ideas contrastantes sobre la música contemporánea.

La mirada de los otros

Como corolario exitoso de la experiencia del Di Tella, ellos fueron formadores de varias generaciones de compositores que han hecho obra propia, no sólo en el país sino en todo el mundo (la Argentina exporta tantos compositores como futbolistas). Tuvieron a su cargo instituciones centrales para el campo, como el Centro de Experimentación del Teatro Colón (Gandini), el Laboratorio Electroacústico del Centro Cultural Recoleta (Kröpfl) y la docencia universitaria (los tres, pero en mayor medida, y hasta la fecha en la UNLP, Etkin).

A la vez, y en parte debido a la problemática relación de la música contemporánea con su público hubo una especie de tutela sobredimensionada de los maestros. De este modo, el horizonte de lo posible estuvo signado por el alcance de sus respectivas miradas. Dos ejemplos, entre muchos.

Osvaldo Golijov (1960), cuya centralidad en la escena musical contemporánea estadounidense es innegable, fue discípulo de Gandini. Pero Gandini lo señala como el ejemplo de lo que no hay que hacer. Sin embargo, y mirando con algo de distancia, el eclecticismo radical y sin metáfora de la música de Golijov es fruto de las ideas del Museo imaginario de la música de Gandini. Pero, claro, poner en un mismo escenario a una cantante lírica con un cantaor flamenco, como hizo en su ópera Ainadamar, es un imposible para Gandini. A Golijov le cabe cierta idea de que es la distancia un modo de escapar a la mirada del maestro.

Otro ejemplo es la mirada restrictiva de Etkin respecto de los intérpretes de nuevas músicas. Hay en Etkin una desconfianza automática respecto del intérprete, que probablemente responda a un momento histórico hoy superado. Me refiero a la resistencia hacia lo nuevo de una generación de instrumentistas argentinos de la segunda mitad del siglo XX en la Argentina. Con honrosas excepciones (la continuada labor de los solistas de Música Contemporánea, que dirige Andrés Spiller en la Asociación Pestalozzi, o el Grupo Encuentro, de Alicia Terzián), los músicos "clásicos" solían tomar a la nueva música como un trabajo a realizar a regañadientes. En cambio, en los últimos diez años, surgió una generación de instrumentistas que comparten con los compositores el desafío de hacer música de hoy. El punto de encuentro es el común interés por explorar nuevas sonoridades en sus centenarios instrumentos. A la idea del compositor solitario, enfrentado a la dura lucha de sangrar en cada nota puesta sobre el papel, se le opone el trabajo colaborativo, material (pero no fetichista) de modelar nuevas obras a partir del encuentro de compositores con intérpretes y grupos con nombre y apellido.

La historia de estos primeros años del siglo XXI se está construyendo con un repertorio asociado directamente a los formatos de grupos como el Ensamble Süden, el quinteto Sonorama, el Trío Luminar, y, más recientemente, el Ensamble Vocal Nonsense, entre otros. A su vez, cada uno de sus integrantes ha fomentado la composición de obras para sus respectivos instrumentos. Esto, sumado a la difusión que posibilitan las redes sociales, pone a la música actual ante una perspectiva radicalmente diferente que en las tres últimas décadas del siglo XX.

La creación de ensambles por compositores, como en el caso de la Compañía Oblicua y el Ensamble Nacional del Sur, fundado por Oscar Edelstein, también marcan un cambio de rumbo. Si nuevas músicas requieren nuevos instrumentistas, la solución es crear grupos que se formen en estos nuevos caminos. Y, aunque fue una experiencia ditelliana, el resurgimiento de grupos de improvisación colectiva dan cuenta de que el contacto físico con la experiencia musical deja de lado la tesis etkiniana. Aunque no necesariamente sus ideas sobre la composición musical en sí.

La de la música argentina es una historia que tiene una problemática común con la de las demás artes de nuestro país (cómo crear desde las orillas de Occidente, la identidad nacional), pero también tiene sus particularidades. Entre otras, lo particularmente potente que ha sido el paradigma de la música pura en nuestra música de vanguardia y aquel comentario del musicólogo Omar Corrado de 1997, sobre los "pudores y recatos" de nuestra producción musical. Estas dos condiciones, han sido superadas en esta década. En el caso de la música autónoma, la superación se da por ampliación del horizonte: compositores que exploran lo que se llama "arte sonoro", y el cruce concreto con músicas populares dan cuenta de ello. Este fenómeno atraviesa a la producción de todos los compositores nacidos en la era del rock (a partir de los 50), y también a los que componen aquí o en el exterior.

Hay muchas obras nuevas, muy buenas y de una diversidad estética tal que sorprende. Y que está accesible en los mismos espacios pensados para la difusión del pop y el rock, como los sitios myspace y reverbnation o youtube (ver recuadro). En este punto, la excusa del desconocimiento argüida por algunos compositores se cae por su propio peso: si se pretende que una música "hable por si misma", sólo se trata de colgarla en la Web (ver recuadro).

Adentro/Afuera

El proceso de "reargentinización" de Mauricio Kagel –cuyo origen está en el festival que organizó Diana Theocharidis, por entonces co-directora del CETC– marcó un cambio importante en la música nacional. No se trató de una mera cuestión chauvinista. Por el contrario, señalar la argentinidad de Kagel significó incluir su música como espacio para la discusión y, por ende, abrir enormemente el campo de acción. Si el inmenso Kagel (su dimensión artística está aún por mensurarse) es argentino, la discusión se agranda, complejiza, se enriquece. En la búsqueda de Kagel, la línea del horizonte se mueve y el espacio crece.

La recuperación de Kagel mostró cuál es el escenario actual: un espacio donde parece imprescindible promover el diálogo y la confrontación entre los compositores argentinos que se quedan y los que se van. Hay ya una generación diaspórica que, a pesar de la distancia, intenta vínculos con la Argentina.

La circulación de la información pone en tensión a unos y otros. Los que componen en el país tienen la ventaja de la libertad y la contra de la falta de infraestructura. Los que están afuera se adaptan necesariamente a las condiciones locales de los lugares en los que se radican, pero disfrutan de medios que, a pesar de todo, ofrecen recursos imposibles de obtener aquí.

Trazar un listado de compositores es complejo. Estamos hablando de por lo menos un par de centenares de creadores que conforman un magma en movimiento. Un espacio que conecta con la experiencia modernista de sus padres y se proyecta hacia el futuro. Que van de los 20 a los 60. Aquí, por ejemplo, están Saitta, Edelstein, Delgado, Horst, Mastropietro, Franciosi. Allá, Matalón, Naón, Panisello, Strasnoy, Golijov, Ortiz.Son mínimos ejemplos de una campo caracterizado por el fin de las prácticas musicales "puras". Cuanto más se baja en la escala de edades, más son las experiencias multimedia, las instalaciones e intervenciones sonoras que se proponen salir de la sala de conciertos.

También, el regreso de la ópera es una puerta de salida al malentendido de la música contemporánea. Como señaló Federico Monjeau: "la ópera es el género sin duda más impuro de la música. Y hoy el ideal de pureza de los géneros o de los materiales musicales está en franca bancarrota". En el terreno de la ópera elegimos buscar algunos ejemplos de cómo la música contemporánea argentina ha sedimentado experiencias valiosas sobre las cuales se asientan los nuevos rumbos para la composición. Y en los que, sintomáticamente se establecieron notables alianzas artísticas con escritores y dramaturgos.

Hay un arco que empieza en La ciudad ausente, el encuentro de Gandini y Ricardo Piglia que llegó a la sala principal del Colón. Que conecta con el encuentro entre Edelstein y Fogwill en la ópera posmenemista Eterna Flotacion-Los Monstruitos. Y dialoga con la ópera El Matadero (un comentario), versión del texto de Echeverría llevada a cabo por Marcelo Delgado y García Wehbi en el Rojas, Gesichte, de Oscar Strasnoy sobre un texto de Gombrowicz y, este año, con El gran Teatro de Oklahoma, en el TACEC del Teatro Argentino de La Plata, sobre Kafka.

La música contemporánea argentina tiene, entonces, padres a quienes matar. Esta toma de conciencia hizo que, simplemente, no fuera necesario pasar a los hechos, sino saber que se abren nuevos caminos para una historia que apenas acaba de constituir sus orígenes.

Liut Básico
Buenos aires, 1968.
Compositor, docente e investigador


Compuso obras para diferentes formaciones de cámara, solistas, música electroacústica y de arte sonoro. Fundador y director del grupo Buenos Aires Sonora, realiza intervenciones sonoras en espacios públicos, como "Mayo, los Sonidos de La Plaza" (2003, en la Plaza de Mayo) y "El puente suena" (2004, en Puerto Madero), entre otras.

Música en las redes sociales

La revolución de Internet también llega a la música contemporánea argentina. Hay dos grandes noticias. La primera: la red permite romper el aislamiento porque se pueden escuchar las obras de compositores argentinos de todo el planeta con un solo click. Buenos Aires deja de ser el ombligo del país y hay compositores en todos lados. La segunda: una vez establecido el contacto y el interés por un compositor, es posible romper con el estigma de la audición única y la falta de contexto.

En portales como Myspace, Reverbnation o youtube, superado el shock por la jerga "pop-rock" que impone la página a todos los músicos por igual (por ejemplo las obras en myspace son siempre, indefectiblemente "songs"), se puede comenzar a navegar en las aguas de la música actual argentina.

Buenas puertas de entrada son las páginas de los grupos y solistas de música contemporánea: ofrecen un repertorio variado como para iniciar luego búsquedas más específicas. Un caso paradigmático es el de Martín Devoto, violonchelista que tiene subidas en su página 53 "canciones", muchas de las cuales son obras escritas para él por compositores argentinos. (http://www.reverbnation.com/martindevoto). Desde esta página, poniendo sus nombres en el buscador interno del sitio, se puede llegar a las del director rosarino Federico Gariglio, la flautista Patricia Da Dalt, el trompetista Valentín Garvié.

En Myspace están las páginas de la Compañía Oblicua, el Ensamble Süden, la flautista Juliana Moreno, el guitarrista Luis Oríaz Diz, entre otros.

En el caso de los compositores de la generación intermedia y los sub 40, muchos suelen tener sus propias páginas. Así, se puede pasar a escuchar varias obras de autores como el cordobés Marcos Franciosi, el rosarino Jorge Horst o el misionero Marcelo Toledo, Oscar Strasnoy (radicado en Francia) y Martín Matalón. La deriva muestra un dato relevante: hay alrededor de un centenar de compositores argentinos activos en diversos lugares del planeta. Y una cifra aún más alta en todo el país. Se trata de músicas y propuestas que salen en busca de sus oyentes.
Certifica.com Certifica.com

domingo, 18 de julio de 2010

MAHLER: A CIENTO CINCUENTA AÑOS DE SU NACIMIENTO.




Ciento cincuenta años después de su nacimiento, Viena dedica a Gustav Mahler (1860-1911) una gran exposición que refleja la ambivalente y apasionada relación que tuvo el célebre director y compositor con la capital austríaca.






LA QUINTA SINFONIA del genio vienés interpretada por la Orquesta de su ciudad.

Mahler está considerado hoy un precursor de la música moderna que revolucionó además a la célebre àpera de la entonces capital del Imperio Austro-Húngaro.
"Cuando llegue el fin del mundo quiero estar en Viena, porque allí todo llega 25 años más tarde", es una de las sentencias del conmemorado artista que se recuerdan en la muestra, con motivo de celebrarse el 7 de julio su natalicio.

Si bien cosechó un éxito enorme como director de orquesta y de la àpera vienesa, Mahler, de origen bohemio y judío, tuvo que soportar críticas, no solo debido al creciente antisemitismo, sino también por su severidad en la gestión del teatro lírico y el rechazo de gran parte del público a las composiciones propias.

"Lamentablemente sigo siendo un vienés empedernido. Gustav Mahler y Viena" es el título de la exposición, que puede verse hasta el 3 de octubre en el Museo Austríaco del Teatro, cerca de la ópera Estatal, donde siempre se le recuerda con una gran sala y un busto del músico obra de Auguste Rodin.

Mahler estaba seguro de lo que hacía: "Ya vendrá el momento para mi música", dijo. Y tuvo razón. El momento llegó, aunque tardó mucho, entre otros motivos debido a que su obra fue declarada "degenerada" por los nazis.

Hoy es interpretada por las grandes orquestas y cantantes en todo el mundo, y con más frecuencia aún en este jubileo de dos años, ya que en 2011 se cumplen cien años de su muerte.

Nueve sinfonías terminadas y una décima inconclusa, "Das Klagende Lied" ("La canción del lamento"); "Kindertotenlieder" ("Las canciones a los niños muertos"), y la sinfonía-ciclo de canciones "Das Lied von der Erde" ("La canción de la Tierra"), se cuentan entre sus obras más destacadas.

Famoso es el hermoso y triste "Adagietto" de la Quinta Sinfonía, escogido por Luchino Visconti para su película "Muerte en Venecia", protagonizada por Dirk Bogarde y basada en la novela homónima del escritor alemán Thomas Mann. El literato, según confirmó en sus memorias su esposa Katia Mann, escribió la novela en Venecia apesadumbrado por las constantes noticias sobre la precaria salud de Mahler, a quien admiraba y en quien se inspiró para crear la figura del protagonista de la obra.

Mahler se casó con una de las mujeres más bellas y admiradas de la Viena de entonces, Alma Schindler, veinte años más joven que él, con quien tuvo dos hijas, pero no fue feliz en su matrimonio y su primogénita murió a los cuatro años, en 1907, el mismo año en el que abandonó la dirección de la ópera de Viena ante una masiva campaña en su contra.

Ello no le impidió seguir cosechando éxitos como director de la Metropolitan Opera House de Nueva York, ciudad en la que enfermó gravemente en febrero de 1911. Murió poco después, el 18 de mayo del mismo año, en Viena.

La exposición refleja las distintas etapas de su vida y recuerda incluso los más mínimos detalles que introdujo como director de la ópera y que se mantienen hasta hoy.

"Por ejemplo, introdujo la señal de (el fin de) la pausa. Que suene antes de que vuelva a empezar la música. Eso no existía antes de Mahler", explicó a Efe el musicólogo Reinhold Kubik, uno de los comisarios de la muestra.

"La gente que entonces se burlaba de ello, y decían que una hora antes de la representación sonarían trompetas en toda la ciudad para avisar al público de que debía vestirse y salir a tiempo... No era habitual", pero la costumbre se impuso hasta nuestros días.

También prohibió que el público entrara o saliera de sala durante la función, cambiando para siempre la costumbre de la sociedad de usar la ópera para hacer visitas y charlar de palco en palco.

Para Kubik, Mahler fue el primer jefe del célebre teatro lírico vienés que era al mismo tiempo un famoso director de orquesta. "Con Mahler se inició una fase de tener aquí a conocidos maestros como jefes. Basta recordar a Richard Strauss o Herbert von Karajan", añadió.

Tan celebrando como polémico

Fue uno de los directores de orquesta más famosos des su tiempo, pero como compositor no se le comprendió. "Ya llegará el momento de mi música", afirmaba él convencido. Nunca supo cuánto tiempo tardaría en llegar ese momento ni qué dimensión alcanzaría este cambio triunfal, pero como muy tarde a partir de los años 60 del pasado siglo se convirtió en uno de los compositores más populares de todos los tiempos. Algo que ni siquiera él había profetizado. El propio Mahler se veía como alguien "anacrónico", mientras que Richard Strauss lo describió como un "soñador ajeno al mundo".

Mahler era al mismo tiempo un músico intransigente y un artista sabedor de sus cualidades. Junto a Arturo Toscanini, fue sobre todo Mahler quien -como dijo una vez Verdi- sustituyó la vanidad de los rondós de damas por la tiranía de los directores, las grandes desgracias. Entre 1897 y 1907 Mahler ejerció como director en Viena, apostando por el individualismo de los intérpretes. Dicho de otra manera: puso a los cantantes en primer plano, convirtiéndolos en actores con una dirección de ópera moderna.

"Mahler, como Toscani, introdujo una nueva época en la ópera bajo la influencia dominante de la obra wagneriana y la concepción de la ópera como una obra total, marcando su permanencia", escribió el crítico musical J ürgen Kesting. En este sentido, Mahler consideraba a os cantantes más servidores de la obra que estrellas, y esto le provocó enfrentamientos. A ello se unieron campañas antisemitas, y Mahler acabó abandonando su puesto como director después de haberse convertido para ello al catolicismo. Los años que siguieron hasta su renacimiento, en los 60, fueron difíciles para su música. Mahler fue olvidado, silenciado o incluso prohibido. "La novena sinfonía de Mahler, como obra de un judío, queda eliminada de los programas de conciertos en Alemania", se leía en las guías de conciertos de la Alemania Nazi. Ahora, dos años Mahler (2010 y 2011) lo reivindican.


viernes, 14 de mayo de 2010

ALDO LAGRUTTA_CONCIERTO DE ARANJUEZ


VIDEO del elogiado guitarrista Aldo Lagrutta interpretando
EN VIVO el 2do. movimiento (Adagio) del "Concierto de Aranjuez"
de Joaquín Rodrigo, para guitarra y orquesta.




Fuente: "Claves Musicales"


martes, 16 de marzo de 2010

CHOPIN Y SU AMANTE





El compositor y la famosa escritora George Sand conocieron juntos la plenitud creativa, el amor y la pasión






Aurora Armandine Lucile Dupin cocinaba
para el músico su postre favorito






Por Ernesto Schoo

Con sus propias manos le preparaba su postre favorito, el clafoutis , un rechoncho panqueque relleno con compota de manzanas. En la intimidad lo llamaba, cariñosamente, Chips o Chipette. La "buena dama de Nohant", la famosa escritora George Sand (Aurora Armandine Lucile Dupin, su verdadero nombre), y el célebre músico polaco (hijo de francés) Frédéric François Chopin compartían sus vidas en la mansión campestre de Nohant, a treinta kilómetros de Châteauroux, en el Berry. La estampa era idílica: ella escribía sus populares novelas y sus ensayos, él componía su música inmortal y ambos recibían, en veladas que serían legendarias, a los grandes artistas que hacían de Francia el centro cultural del mundo, cuando el mundo era sólo Europa. Franz Liszt, Eugène Delacroix, Gustave Flaubert, Victor Hugo, Honoré de Balzac, los dos Dumas (padre e hijo), la actriz Marie Dorval, el poeta alemán Heinrich Heine eran los habitués de Nohant. Los dos hijos que George Sand había tenido con el barón Dudevant, su marido legal, Maurice y Solange, también estaban allí.

La mansión había pertenecido a la abuela de George, madame Dupin de Francueil, hija natural del mariscal Mauricio de Sajonia, insigne militar del reinado de Luis XV. Es una típica casa de campo francesa del siglo XVIII, sólida, sencilla y elegante, hoy en día pintada de un vago color rosa viejo, con su jardín, su huerto, su granja, su monte de frutales, de todos los cuales se ocupaba y sacaba partido la hacendosa dueña de casa, a quien sus vecinos más modestos apodaban "la buena dama de Nohant", por su afán caritativo y el vigor con que los defendía en sus pleitos. Porque George Sand -nacida allí, el 1° de julio de 1804-, entre otras extravagancias (para el criterio de su tiempo), adhirió tempranamente al socialismo. Se había criado en el campo, donde madame Francueil la inició en la lectura y la equitación. Indómita amazona, de esta afición le vino la costumbre de vestir ropas masculinas; también fumaría cigarros y en pipa. Se educó formalmente en París, en el Colegio de las Agustinas Inglesas. Aprendió inglés a la perfección, dibujaba y pintaba pasablemente, y su vocación indudable eran las letras. En 1822 su abuela la casó con el barón Dudevant, quien bien pronto desaparecería de la escena.

En 1830, el escándalo: Aurore Amandine se fuga a París con Jules Sandeau, escritor y periodista de cierto renombre, un año mayor que ella. Viven la azarosa vida de bohemia y escriben en un pequeño periódico que acaba de ser adquirido por un tal Hyacinthe Thabaud de Latouche: Le Figaro . Firman a dúo como Jules Sand; de donde, al separarse, nace George Sand con la primera novela, Indiana , de 1831. Siguen Valentine (1832) y Lélia (1833). Y en ese último año, la relación amorosa con el poeta de moda, Alfred de Musset. La liaison dura hasta 1835, cuando George inicia una ronda de amantes que resulta un catálogo de artes y oficios: el revolucionario Michel de Bourges, el botánico y poeta Charles Didier, el filósofo Pierre Leroux, el actor Bocage, el dramaturgo Félicien Mallefille. En 1837, Chopin.

El músico polaco, nacido en Varsovia el 1° de marzo de 1810, ya era célebre. En el otoño de 1836 los presenta un amigo común, Franz Liszt, durante una velada musical en el Hotel de France. Sand es seis años mayor que Frédéric, y su atuendo y los modales masculinos sorprenden al compositor, que se inclina al oído de su amigo Ferdinand Hiller: "¡Qué antipática es esta Sand! ¿Es de veras una mujer?". Simétricamente, Sand le pregunta a su amiga de toda la vida, madame Marliani: "¿Es éste un hombre? Parece una niña". Si la anécdota es verídica, la asignación de papeles ya está jugada desde el comienzo, porque George será el varón (la iniciativa sexual será de ella, tiempo después, en otra velada musical, esta vez en casa de Chopin) y Frédéric, no exactamente la mujer (su virilidad no está en duda: las mujeres caían a sus pies y él las cosechaba con entusiasmo) pero sí un hombre delicado, muy cuidadoso de los modales y las formas.

En el verano de 1838 se instalan juntos en París, en departamentos contiguos, George con sus hijos y un servidor; Chopin, solo. También separados viajan a Mallorca, supuesta Isla del Sol (llovió casi todo el tiempo que estuvieron allí), por consejo del médico que atiende la tuberculosis -junto con la sífilis, el mal de la época- del músico. Alquilan una hermosa villa, Sant Vent, de la que son desalojados al revelarse el mal que aqueja a Frédéric. Se los obliga a pagar la desinfección de la propiedad. Se mudan a la Cartuja de Valldemosa, antiguo convento, donde ni siquiera hay un piano decente para componer. Chopin le escribe a su amigo de París, el fabricante de pianos Camille Pleyel, pidiéndole que le envíe uno. De paso, le comenta: "Mi celda tiene la forma de un ataúd".

Cuando por fin llega el piano, en enero de 1839, la hostilidad de los mallorquines, temerosos del contagio y escandalizados por la índole de la relación, estalla por fin. Pretenden cobrarles un altísimo derecho de importación: George consigue, con diplomacia y gritos oportunos, una rebaja considerable. Pero la enfermedad avanza y el 13 de febrero son prácticamente expulsados de la isla. El magnífico piano es malvendido, porque nadie quiere hacerse de un instrumento donde tocó un tuberculoso. En Barcelona, paran en el Hotel de las Cuatro Estaciones, que les cobra el importe de la cama, pues deberán quemarla, según las normas sanitarias. Ya en suelo francés, en Marsella, la mejoría se acentúa: tras una quincena en Italia, en mayo, pasan el verano en Nohant. Chopin pesa 45 kilos. El 12 de octubre vuelven a París: Chopin se instala en el 16, rue Pigalle, pero no puede pagar el alquiler (gana mucho pero también gasta desproporcionadamente), Sand le consigue otro, más barato, y se hace cargo de los gastos.

La relación duró nueve años; la pasión, apenas dos, si damos crédito a esta carta de George a un amigo, del 12 de mayo de 1847: "Hace siete años que vivo como una virgen. Con él y con los otros". Bajo la apariencia idílica, en Nohant latían pulsiones tormentosas. Una noche, en el verano de 1848, en presencia de Delacroix, Heine y, por supuesto, Chopin, George les leyó su novela más reciente, Lucrezia Floriani . La historia de una famosa cantante, enamorada de un adolescente al que debe cuidar y atender como si fuera un hijo y no un amante. Chopin, impasible. Delacroix le confiaría a una amiga, poco después: "Pasé tormentos durante esa lectura. El verdugo y la víctima me asombraron por igual". Heine, a su vez, escribió a su amigo Laube: "Ella maltrató escandalosamente a mi amigo Chopin, en una novela detestable pero divinamente escrita". La ruptura definitiva ocurrió por un drama doméstico. La hija de George, Solange, insistía en casarse contra la voluntad de su madre, quien pretendía imponerle a Chopin que ni siquiera se pronunciara en Nohant el nombre de la muchacha: "Si llegas a nombrarla en mi presencia, no vuelvas más". Chopin nunca volvió.

CHOPIN: La creación de un sonido nuevo





Por Horacio Lavandera


La obra de Chopin es única en la historia de la música. Se trata de un compositor con una sensibilidad irrepetible, que hizo propios el concepto "bachiano" del intelecto, la sencillez del discurso de Mozart, el virtuosismo de Hummel y Paganini, el cantábile de Bellini o Donizetti. A estos grandes compositores, que él destacaba entre sus influencias, los amoldó en su estilo, que en gran parte proviene del de su país, Polonia.

Sus maestros ya lo consideraban un talento excepcional. Debido a la gran crisis de mediados del siglo XIX, tuvo que dejar Polonia y comenzar una carrera como pianista que nunca le agradó. La figura de concertista-virtuoso-extrovertido, como la de su contemporáneo Liszt, estaba lejos de su sensibilidad. Llevó una vida muy irregular y seguramente esto le impidió consagrar por entero sus fuerzas a todo lo que tenía en mente. Ejerció en París como profesor de música de la burguesía en ascenso. ¿Era sólo esto lo que esperaban de él en aquella Varsovia donde lo consideraban el "Mozart polaco"? Sin duda que no y no es exagerado este aspecto, ya que desde pequeño había demostrado las más altas dotes, como un compositor absolutamente original.

Como pianista, renovó absolutamente el modo de escritura y la ejecución del instrumento. Digitó pasajes de un modo que hasta entonces era imposible. Nada es igual en la ejecución pianística después de Chopin. Fue capaz de crear sonidos en el instrumento hasta ese momento impensables.

Todos estamos en deuda con Chopin. Y esto debe ser reconocido frente a los prejuicios nacionales con respecto a su arte. Son prejuicios que él mismo tenía y que aún existen. Se vislumbran en sus cartas. Era una persona con muchas contradicciones y con un temor obsesivo a la muerte. Esto se nota en su música. Llora riéndose y ríe llorando. Es un temperamento casi sin descanso. Su música no lleva a una paz ni a un heroísmo, sólo a la destrucción como epílogo fatal de una contradicción fundamental en el hombre. La autodestrucción del ser humano es visible, por fin, en cada una de sus obras.

CHOPIN: "Era severo consigo mismo"


El pianista italiano Maurizio Pollini habla de las composiciones y la personalidad de Chopin, de cuya obra es, como intérprete, una de las máximas autoridades en la actualidad

"Era severo consigo mismo"
Pollini grabará las Mazurcas

Por Valerio Cappelli

"Chopin fue un compositor aislado pero universal, inventó el arte de hacer cantar el piano." Maurizio Pollini es el máximo intérprete de Chopin de nuestro tiempo. Después del triunfal concierto romano en la Accademia de Santa Cecilia (uno de sus méritos es haber resuelto el equívoco entre sentimiento y sentimentalismo), el 21 de marzo ofrecerá un recital en la Scala y entre abril y mayo hará una larga gira por Estados Unidos.

-Chopin amaba a Bach, a Mozart y a unos pocos compositores de su época.

-Tenía también reservas sobre algunas páginas de Don Giovanni , de Mozart, que consideraba vulgares. Era un compositor de gustos difíciles. Beethoven, Schubert y Schumann no se contaban entre sus predilectos. Era severo con los otros autores y consigo mismo, publicó sólo obras que estimaba dignas.

-Schumann era generoso con sus colegas, pero no comprendió completamente los Preludios ni la sonata que contiene la "Marcha fúnebre" de Chopin.

-Eran dos mundos que, con el tiempo, tendían a alejarse. No comprendió la genialidad del final y el carácter trágico de esa sonata. "Esto no es música", dijo.

-Decía Chopin: "Odio la música que no tiene un pensamiento latente".

-Despreciaba la música superficial y sin profundidad, de la que había muchos ejemplos. En él había huellas escondidas de pensamientos no declarados. Chopin no revelaba el origen de su inspiración, que fue única, sin padres ni hijos.

-¿Los grandes intérpretes chopinianos?

-Recuerdo un concierto memorable de Cortot en Milán: los veinticuatro Preludios y los veinticuatro Estudios . Era un anciano, ya no era el de los primeros años. Fue un hito en la interpretación. Rubinstein, más moderno, quitó aspectos del siglo XIX que formaban parte del mundo espiritual de Cortot y nos presentó un Chopin inédito, viril, distinto de los clisés fáciles. Michelangeli era la perfección: tenía una capacidad de control del sonido que no se logra olvidar, esto no significa que careciera de elementos emotivos evidentes en su enfoque. Horowitz era extremadamente libre, tenía una visión personal, una vez tocó para mí en su casa de Nueva York: en su Mazurca había una especie de melancolía eslava que impregnaba todo el cuarto. Hoy diría que Zimerman es uno de los más notables y entre los más jóvenes, Kissin. ¿Lang Lang? Lo escuché sólo en disco. Está provisto de una enorme técnica.

-¿Alguna vez tuvo una crisis de saturación de Chopin?

-En algunos períodos lo toqué menos; nunca lo abandoné. "Es un privilegio -decía Furtwängler-, es el autor que les envidio a los pianistas."

-Pasaron cincuenta años desde que usted se impuso, cuando tenía 18, en el Concurso Chopin. ¿Es cierto que Rubinstein le dijo: "Toca demasiado rápido, pero lo importante es que tenga este talento"?

-Dijo: "Toca técnicamente mejor que cualquier integrante del jurado". Sonrió: "Era una manera de tomarles el pelo".

-Está por aparecer una antología chopiniana de sus interpretaciones: ¿qué le falta al catálogo discográfico para Deutsche Grammophon?

-La mina de las Mazurcas . De a poco las grabaré.

-¿Chopin era hábil en las grandes formas?

-Tenemos los dos conciertos de juventud y las sonatas, muy desligadas de la academia. Tomemos dos obras maestras completamente distintas. La Gran polonesa en la bemol tiene una intuición genial, pero el autor sólo tiene que repetir unos elementos y establecer los enlaces. La Polonesa fantasía , en cambio, es una gran elaboración sobre un tema no particularmente vistoso, y la repetición del primer tiempo, contra la tradición, es cortada. Chopin es grande en la medida en que traiciona la forma clásica con soluciones absolutamente personales.

-¿Existe un "sonido Chopin"?

-A él le pertenecen las más hermosas sonoridades que se puedan obtener del piano. Además de la originalidad de la invención, de los acompañamientos que sostienen la línea melódica, la escritura generosa de la mano izquierda es un milagro.

-¿Qué nos traerá el aniversario?

-Sería maravilloso tener una edición crítica. Hay varias, la última aprobada por Chopin es la francesa, pero tener un comentario que aclare el trabajo escrupuloso, las pequeñas modificaciones, sería una manera de entender el método de perfeccionamiento de la escritura que, como notó George Sand, nacía de un proceso atormentado. Chopin nunca estaba contento, destrozaba las plumas y los lápices. Soñó con la edición perfecta de su música.

[Traducción: Hugo Beccacece]

© Corriere della Sera

Chopin está vivo



El mundo celebra el bicentenario de su nacimiento con más de 2000 conciertos y actos. Nuevas grabaciones, paseos turísticos, films, videojuegos y un merchandising que incluye estampillas, vodka y chocolates completan los festejos. Los críticos lo rescatan como gran compositor más que como emblema de un romanticismo desaforado. El músico detrás del mito. Informe especial



Por Paola Suárez Urtubey


Witold Malcuzynski, nacido en Varsovia y alumno de Paderewski, establecido en París en 1939, era un visitante asiduo tanto de Buenos Aires como de otras ciudades argentinas. Se lo acogía como a un celebrado pianista, moldeado en el estilo francés del savoir-vivre, hombre de mundo, de tacto en la vida social, de respetable altura física y bastante atractivo. Según se desprende de los registros del Teatro Colón, brilló como estrella durante las décadas de 1940 a 1960, años en que despertaba oleadas de admiración entre la elegantísima platea femenina (y también masculina) que asistía los sábados por la tarde a los conciertos de grandes figuras internacionales. Además, era un artista de refinada cultura. Hay una foto muy difundida de Malcuzynski con el compositor y director de orquesta Juan José Castro, en la casa de este último, donde conversan sin duda sobre literatura, pintura y, claro, sobre música, diálogos a los que la mujer de Castro, la inolvidable Raka Aguirre, aportaba su inteligencia y humor. Pero Malcuzynski también debía soportar los embates de la crítica periodística, que le señalaba duramente, al lado de una que otra galantería por su sensibilidad como intérprete dilecto de Chopin, sus indiscretas pifias técnicas sobre el teclado.

Video: «Maratón chopiniana» en Varsovia (BBC)

En cierta ocasión, y ante un grupo reducido de asistentes a una comida, el pianista polaco contó una emocionante experiencia: en un hotel, no sé bien de qué ciudad, se le arrimó un señor para pedirle un autógrafo. El hombre, joven, tenía una deuda de gratitud y necesitaba hacerle esta confesión: llevaba tiempo de tratamiento psiquiátrico por dificultades que había sufrido en los últimos tiempos para mantener relaciones sexuales con las mujeres. Como vivía en constantes viajes -era comandante de Aerolíneas Argentinas-, una noche, en una de esas situaciones de riesgo (no con el avión, sino con una dama en la pieza del hotel), tuvo la idea de poner como música de fondo una serie de obras de Chopin grabadas por Malcuzynski. Y entonces se produjo el milagro. Nuestro hombre logró superar su drama gracias a los dos polacos, de modo que, impedido de agradecérselo al autor de la música, lo hacía al intérprete, con una fascinación conmovedora.

Chopin está vivo

Durante décadas, ocurrió que el genial polaco-francés (Fryderyk Franciszek o Frédéric François Chopin), autor entonces de aquella música y destinatario ahora de nuestro homenaje, fue objeto de una devoción desinteresada, pero sin duda malentendida. Se veía en él al tuberculoso genial, refinado en extremo, que vomitaba sangre sobre el teclado (según una versión de Charles Vidor para Hollywood, con Merle Oberon y el buen mozo de Cornel Wilde, que más que pianista tísico parecía un boxeador) y que mantenía extrañas relaciones con una literata marimacho (George Sand) hasta que la muerte se lo llevó en 1849.



Es que era demasiado tentadora aquella versión que nos hablaba de un joven que en 1831, apenas pasada la veintena, había llegado a París y se había adueñado de la ciudad, tocando en las reuniones de la más encumbrada aristocracia o de la más adinerada burguesía, entre los Rotschild, los Radziwill y los Potocki, o dando clases a las muchachas más selectas del faubourg Saint-Germain. Con esa vida, el tierno inmigrante polaco llegaba a ganar por las lecciones algo más de tres mil francos mensuales, lo cual era en la época toda una hazaña.

Imaginar a Chopin respirando el aire del Sena no parece difícil. Su recuerdo sigue vivo para el que camine, tanto por el boulevard Poissonnière, a la altura del n° 27, donde habitó a poco de llegar, como por la muy chic y parisina Place Vendôme, donde un bello edificio con el número 12, situado frente al Ritz, indica que allí murió Chopin, ciento sesenta y un años atrás. Pero también es posible fantasear con su recuerdo cuando se está en la Sala Pleyel, en cuyos salones ofreció conciertos desde su llegada, o en la iglesia de la Madeleine, donde pocos días después de su muerte, el 17 de octubre de 1849, se realizarían los funerales, en los que se tocó la "Marcha fúnebre" de su Sonata para piano en si bemol menor, en versión orquestada por Napoleón-Henri Reber, y la Misa de réquiem de Mozart.

Video: backstage de The Flying Machine (YouTube)

Pero la imagen de Chopin, todo lo estereotipada que se quiera, no impedía que los oyentes de décadas pasadas gozaran con sus melodías y ritmos fascinantes. Pero al mismo tiempo, una legión de excelentes pianistas, un público de mayor formación y sobre todo un núcleo de estudiosos y compositores sabían también que la música de Chopin encerraba una mina de diamantes, accesible para quienes estuvieran en condiciones de reconocerla. Y esta corriente no se ha detenido nunca, pese a la cantidad de libros y artículos de oportunistas escritores (y versiones pianísticas, dicho sea de paso) que durante años se empeñaron en mostrar a un Chopin ridículamente edulcorado.

Más cerca del ideal

¿En qué estamos hoy, cuando se conmemora el bicentenario de su nacimiento? Mucho más cerca del momento ideal de evaluación y reconocimiento total de su arte, entre otras razones porque todo aquel grupo de bien pertrechados intérpretes y estudiosos de la música, desde la década de 1940, se propusieron echar por tierra la idea de Chopin como estandarte de un romanticismo desmelenado. Hay que aceptar que este persistente y gratuito añadido no ha sido aún derrotado por completo, pese a que choca, literalmente, con la actitud del polaco, hostil a toda música "literaria", confesional, a toda efusión no controlada, y a sus esfuerzos por transmitir sentido lógico, claridad y una percepción aguda de las proporciones.

Es cierto que en alguna ocasión Chopin dijo: "Prefiero escribir todas mis sensaciones antes que ser devorado por ellas". Lo que en cambio se advierte hoy es que, al transformar en música esas sensaciones, las despojaba de su carácter individual. Dorel Handman, en un inteligente estudio publicado en 1963 en la Encyclopédie de la Pléiade (Histoire de la musique, vol. II), reconocía que en esa transposición residía para Chopin su liberación, pues sus tormentos perdían en el tránsito un sentido destructor y contribuían a reconstruir su personalidad entera, su verdadera densidad específica.

No es errado aceptar que la lógica, la claridad y la necesidad profunda del músico de alcanzar un arte suprapersonal lo ubican en una línea que viene directamente del Barroco y del clasicismo. El conocimiento de Bach y de Mozart, dispensado por sus maestros en Polonia (el violinista Adalbert Zywny y el compositor Kozef Elsner, director además del Conservatorio de Varsovia), lo guió hacia el logro de un equilibrio de su natural sensualidad, que lo llevaría a adquirir una considerable seguridad de trazo en sus líneas melódicas. Sin embargo, los renovados aires de su propia época llevaban a Chopin hacia nuevos territorios, en los que su sensibilidad y formación francesas, orientadas por el padre, lo convertirían en un puente entre el arte de los clavecinistas de Francia del Setecientos y las fantásticas armonías de Claude Debussy, que empezarían a emerger ya casi en el siglo XX, es decir, más de cuarenta años después de la muerte de Chopin.

Fue la gran clavecinista polaca Wanda Landowska, generadora de un fecundísimo revival de su instrumento a partir de 1910, quien advirtió que la consustancialidad de la melodía con la armonía en Chopin trae el recuerdo de François Couperin, al igual que el contorno y el balanceo de la frase, y aun la manera de comprender la ornamentación. Pero al mismo tiempo y aquí -con la arrolladora complicidad de Franz Liszt- pone al descubierto el gusto por tornar difuso un sonido, mientras que la tendencia a dejarse guiar por las posibilidades sonoras del piano anticipaba las sutilezas del modernismo francés.

También Italia puso lo suyo. No sólo porque la música de ese país desempeñó un papel importante en la vida musical polaca, sino porque el jovencísimo Chopin amaba las obras de Rossini, como más tarde, viviendo en París, amó las de Bellini. Gracias a estos influjos, el autor de los nocturnos dio un especial sentido al término "cantábile" en los dominios del teclado. Allí cobra impensada dimensión esa melodía, con sus escorzos melódicos de pura esencia vocal, tan novedosa en el repertorio pianístico, como que ella emana de la expansión del arabesco lineal, que se enriquece con la ornamentación, el melisma y la variación, a la manera del estilo bel canto de aquéllos.

Con la patria a cuestas

Pero más allá de todo, está la presencia de Polonia, que provoca en él una íntima correspondencia entre su sensibilidad y la expresión popular de su tierra. Esa música intensamente amada y, según se sabe, apasionadamente estudiada desde sus tempranos años, dirige no sólo sus polonesas y mazurcas sino también, en diversos grados, su obra entera.

Los estudiosos chopinianos, teóricos o pianistas, saben bien que las irregularidades métricas, los compases inesperados vienen de aquella misma fuente, además de las sucesiones de intervalos de quintas, el empleo de la cuarta aumentada lidia, de la segunda frigia, entre otros recursos técnicos de la música tradicional folklórica. Todo ello se puede apreciar en sus cincuenta y cinco mazurcas, que inauguran, en suma, la era de las músicas nacionales. "Cañones ocultos entre las flores", fue la definición de Schumann, deslumbrado con la fuerza y originalidad de estas creaciones.

También la polonesa, como especie tradicional, tiene una larga historia. Pero llevada por sus antecesores a un terreno de mayor especulación compositiva, debieron parecerle a Chopin vacías de contenido, escuálidas y carentes de un estrecho vínculo con la sensibilidad social. Varios creadores lo habían intentado, dentro de Polonia y fuera de ella. Sin embargo, es Chopin el que les insufló una vida nueva, fuerte, provocativa, aun sin modificar sus exigencias formales como danza.

Sus valses están más cerca del Occidente europeo, porque los destellos patrióticos se atenúan frente a esta música de salón. Un territorio que para Chopin significaba gran parte del sentido de su vida. En esa atmósfera de seres refinados, el hijo de un francés de Lorena y una aristócrata polaca, pobre y huérfana, podía sin esfuerzo imponer su aspecto y sus maneras tan nobles como los de la más alta nobleza que lo halagó, mientras tenía el camino abierto para dar rienda suelta a su imaginación, a sus dotes de improvisador. Su fantasía se exaltaba y era una de las fases más auténticas de su personalidad la que allí cobraba forma a través de su ingenio musical. Preludios, estudios, sonatas, fantasías, baladas, scherzos, impromptus, conciertos para piano y orquesta completan la obra de este personaje que ningún biógrafo ha podido hasta el momento descifrar con absoluta certeza. Ni siquiera su carácter alcanzó a ser desmenuzado, entre otras razones porque las referencias de George Sand no parecen demasiado creíbles o, al menos, lo suficientemente coherentes para pisar terreno firme. Aunque es probable que la personalidad de Chopin haya sido resbaladiza como pocas en el panorama de la música. Se dice que sus opiniones políticas eran las de un conservador intransigente, razón por la cual el clima ideológico que se respiraba en la mansión de su amante, en Nohant, con provocativas vocaciones democráticas, lo exacerbaba. Tampoco quedan en claro sus sentimientos religiosos. En muchos casos, al parecer, ingresaba en los templos católicos sólo para admirar su belleza y sus grandiosas dimensiones.

Algunos de sus biógrafos opinan que existió en él una mentalidad de tuberculoso, aunque un buen analista de su técnica de composición puede asegurar que la organización interna de esa música no refleja las debilidades del enfermo. Hay una salud que estalla por todos lados. Claro, si se la sabe reconocer.

El análisis de la obra

El desafío para algunos buenos maestros, hoy, tanto de composición como de piano, reside en primera instancia en ubicar al alumno frente a una realidad indiscutible, es decir, aquella que emana del análisis de la obra.

En tren de palpar más de cerca este escenario, se me ocurrió consultar a uno de nuestros ejecutantes, y a su vez maestro, del teclado. A José Luis Juri lo primero que le viene a la mente, en relación con la interpretación y la enseñanza de Chopin, es su reivindicación como autor de música pura. Por ahí vamos bien, sin duda. "Durante generaciones -dice-, Chopin ejerció una fuerte seducción extramusical, de música de salón, de emblema del kitsch romántico. Sin embargo, haciendo un análisis serio de su obra, comprendemos lo alejada que se encuentra (sobre todo en su cotejo con la de muchos de sus contemporáneos) de motivaciones extramusicales." Para este maestro, los valores melódicos, la transposición al piano de la cantabilidad lírica, las exigencias de la respiración de la frase y de la flexibilidad rítmica que conlleva han provocado la creación de un lenguaje armónico inexistente hasta entonces y la de una técnica del instrumento que aún hoy sirve de modelo. "Observo -añade- en los jóvenes que, desconociendo la fascinación 'salonista' que ejerció Chopin durante años, reciben en forma inmediata y pura la belleza y los valores de su música, y van al encuentro de los valses y mazurcas, sin las asociaciones e imágenes que, en algunos casos, nos han contaminado a las generaciones anteriores."

Por cierto, es lo que queríamos escuchar. A su vez, para algunos maestros de armonía y composición la tarea hoy es develarles a esos mismos jóvenes todas las razones que conducen a hacer del polaco un faro dentro de la música del siglo XIX. Es que parece estar más próximo el momento en que todos los músicos, sin excepción, reconozcan hasta qué punto Chopin ha provocado un avance impresionante en el terreno de la fantasía armónica, que es uno de los rasgos profundos de la creación sonora.

Seguramente con esa misma convicción la pianista argentina Martha Noguera viene trabajando desde hace años en la difusión de la obra de Chopin, a través de ciclos que lleva adelante en colaboración con la embajada de Polonia.

La música para piano, la música toda, tuvo un antes y un después de Chopin. Porque ni el derroche de aquella vida social ni las mujeres a las que amó, aunque a su manera, le impidieron crear obras en las que no se sabe si admirar más la perfección del orfebre o la pródiga fantasía del genio. Por eso no extraña cuando hoy, en los concursos para piano, parece difícil medir en su real estatura a un intérprete si antes no demuestra que es idóneo para traducir la maestría formal de una polonesa, un vals o una mazurca, su planteo armónico, rítmico o melódico, pero también capaz de transmitir ese mundo expresivo chopiniano, donde pulsa todas las cuerdas entre los extremos de lo lírico y lo heroico.

Estamos lejos ya de Malcuzynski y de nuestro comandante de Aerolíneas Argentinas. Sin embargo, más allá de todo, Chopin sigue siendo una fuente que cura cualquier clase de males. Hasta los de la mala política que nos acosa.

martes, 24 de noviembre de 2009

Susan Boyle sigue haciendo historia



El disco más pedido de la historia a través de Amazon



Susan Boyle - 47-letnia śpiewaczka z brytyjskiej wersji "Mam por luloczek

¿Te acordás de Susan Boyle? (si no, mirá el video y tené un recuerdo emocionante). Bueno, la señora que sorprendió al jurado del reality Britain´s Got Talent y, YouTube mediante, a medio mundo, ahora tiene su lugar en la historia de la música.

Su CD debut, I Dreamed a Dream, lanzado ayer, se ha convertido en el álbum con la mayor cantidad de pedidos anticipados mundiales en la historia de Amazon.com.

Los capos de la tienda online ya se sorprendieron cuando Boyle había alcanzado el mayor número de pre-orders en Estados Unidos (más tratándose de una artista británica), pero se quedaron mudos cuando la casi cincuentona alcanzó ese récord en todo el globo.

Miren el top 5 de los CD pre-orders de Amazon:

1. Susan Boyle, I Dreamed a Dream (2009, Estados Unidos)

2. Mr. Children, Supermarket Fantasy (2008, Japón)

3. Ken Hirai, Ken Hirai 10th Anniversary Complete Single Collection, 95-05 (2005, Japón)

4. Norah Jones, Not Too Late (2007, Estados Unidos)

5. Take That, Never Forget: The Ultimate Collection (2008, Reino Unido)

Menos Boyle, son todos artistas fuertes en sus respectivos mercados, con lo cual esta solterona ama de casa con voz de ángel tiene, también, el orgullo de haber superado cualquier frontera. ¿Y esto qué demuestra?

A) Que los adultos siguen comprando discos.

B) Que al talento hay que agregarle la viralidad de Internet para crear artistas globales.

C) Que, como reza el nuevo disco de Robbie Williams, Reality Killed The Video Star.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Entregaron los premios Konex a figuras de la música clásica





ES LA 30° EDICION DE LA TRADICIONAL DISTINCION CULTURAL

El de Brillante fue para Daniel Barenboim, que agradeció en video desde Berlín.

El extraordinario músico argentino-israelí Daniel Barenboim fue galardonado anoche con el premio Konex de Brillante como la figura más destacada de la música clásica argentina de la última década. Desde Berlín, donde celebra el 20° aniversario de la caída del Muro, agradeció el premio –que recibió su primo Leonardo– a través de un video. Allí dijo que se sentía "muy honrado" y que sentía mucho no estar presente "sobre todo cuando me entré que era en la Facultad de Derecho, donde di mi primer concierto con orquesta en 1951".

Los premios Konex se entregaron ayer en un colmado salón de actos de Derecho de la UBA. Esta vez, como se ha dicho, las distinciones fueron para las figuras de la música clásica argentina.
Los Konex de Platino se entregaro este año a los mejores exponentes de las 20 disciplinas en la que se divide esta actividad musical.

Daniel Barenboim (director de orquesta).

Gerardo Gandini (compositor).

Carlos López Puccio (director de coro).

Orquesta Filarmónica de Buenos Aires (orquesta).

Estudio Coral de Bs As. (coro).

Camerata Bariloche (conjunto de cámara).

Bernarda Fink (cantante femenina).

Marcelo Alvarez (cantante masculino).

Nelson Goerner (pianista).

Pablo Saraví (instrumentista de cuerda).

Claudio Barile (instrumentista de viento).

Juan Manuel Quintana (instrumentistas diversos).

Ana María Stekelman (coreógrafa).

Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín y Ballet Estable del Teatro Colón (compañía de danza).

Marianela Núñez (bailarina).

Luis Ortigoza (bailarín).

Alfredo Arias (régisseur).

Malena Kuss (musicóloga).

Antonio De Raco (pedagogo).

Mozarteum Argentino (entidades musicales).

Además, el Konex de Honor, premio que se otorga a una figura destacada que haya muerto en la última década, fue para los compositores Carlos Guastavino y Mauricio Kagel. Y las menciones especiales recayeron en el Collegium Musicum de Buenos Aires; la Facultad de Derecho de la UBA, por el Ciclo de Grandes Conciertos; el Instituto de Investigación Musicológica "Carlos Vega" de la Universidad Católica Argentina; el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón; Radio Amadeus; Radio Nacional Clásica; y Temporada Allegretto.

El Konex de Brillante había sido otorgado en las anteriores entregas en el rubro Música Clásica a Ljerko Spiller (1989) y Martha Argerich (1999).

miércoles, 28 de octubre de 2009

EL PIANISTA HORACIO LAVANDERA ESTRENA UN NUEVO SELLO



Argentina en un mapa sonoro

El joven intérprete, que se caracteriza por la apertura de sus elecciones, dedica un álbum, que incluye un CD y un DVD y que cuenta con producción de Lito Vitale, a clásicos como Aguirre y Ginastera y a estrenos de autores como Golijov y Senanes.

Por Diego Fischerman

El título, mínimo, es Compositores argentinos. Debajo, el nombre del intérprete y el instrumento que toca: “Horacio Lavandera. Piano”. La presentación, bella y cuidada, es tan inusual como lo que se encuentra dentro del disco. Y, aunque nadie tendría por qué saberlo, como las propias circunstancias que rodean su publicación, el estreno de un nuevo subsello de la Sony, dedicado a la música clásica argentina y producido artísticamente por Lito Vitale. El nombre de la aventura es Calle Angosta y en esta luminosa inauguración, Lavandera, también un pianista atípico. Interpreta composiciones de Julián Aguirre, Alberto Williams, Alberto Ginastera, Carlos Gardel y Astor Piazzolla junto a obras nunca antes grabadas y dedicadas a él por Osvaldo Golijov, Fabián Panisello, Gabriel Senanes y Esteban Benzecry.

“Hay tantos pianismos como compositores”, decía el intérprete en una entrevista publicada por Revista Teatro Colón. “Por otra parte, en mi opinión, si de épocas se trata, a cada compositor debemos enmarcarlo en su momento histórico y así veremos que, más allá de una cierta comunidad de estilo, no sólo existe un pianismo para los siglos XX o XXI, sino muchos, y lo mismo sucederá con la época comprendida entre los siglos XVI y XIX.” Lavandera se caracteriza por ubicarse en un panorama mucho más amplio que el que suelen mirar los jóvenes virtuosos del piano. Es más, en su caso el virtuosismo, aun cuando interpreta repertorios más cercanos a la corriente central del mercado clásico, como Chopin, queda siempre en un segundo lugar. Apenas el punto de partida para construir miradas siempre ricas y enriquecedoras de aquello que para otros es casi una rutina. Si la palabra no estuviera tan devaluada y si no fuera una suerte de pecado utilizarla en relación con la música, tan ligada en el imaginario colectivo al sentimiento, habría que decir que Lavandera es, siempre, un intérprete inteligente.

En este álbum que incluye además un DVD, el paisaje se divide entre la revalorización de piezas bastardizadas por la costumbre, como los notables “Huella” y “Gato” de Aguirre, donde la sutileza de ataques y el color armónico van mucho más allá de la simple postal pintoresca, hasta los estrenos en que, más allá de su diversidad estética, pueden leerse las relecturas y las polémicas contemporáneas acerca del tema de la identidad nacional en el campo de la habitualmente impoluta música clásica. En ese aspecto, las obras que resultan más interesantes son las de Senanes, con una aparente sencillez que no hace otra cosa que poner en escena un afán comunicativo que no necesita renunciar a la creatividad, y “Levante”, de Golijov, donde, con su habitual estilo omnívoro trabaja, como si se tratara de objetos encontrados, con materiales folklóricos judíos. El abordaje de Lavandera es tan riguroso como emotivo. Para él el filologismo y el respeto extremo a la partitura son, sencillamente, maneras de hacer que la música viva. Formado inicialmente en Buenos Aires con Antonio de Raco, con un apabullante control técnico y un marcado interés por el repertorio más actual, para él Beethoven, Debussy o Chopin siempre pertenecieron al mismo universo que Alban Berg, Luigi Nono o Stockhausen, con quien trabajó codo a codo alrededor de la interpretación de sus obras. Un universo que ahora, además, incluye un variado mapa argentino y que, para mejor, ha quedado fijado en un disco ejemplar.

domingo, 25 de octubre de 2009

Un musicólogo cree que Beethoven no compuso la célebre ´Para Elisa´


Un investigador italiano defiende en una tesis que presentará en Barcelona que el autor de la famosa pieza es un tal Ludwig Nohl.

PARA ELISA. El pianista ruso Ivo Pogorelich interpretando el famoso tema ¿de Beethoven? en la capilla de los Medici, en Florencia, Italia.


Beethoven no es el autor de Para Elisa. El verdadero creador de esta pequeña pero famosísima pieza tal y como se conoce hoy en día es un tal Ludwig Nohl, un musicólogo que utilizó unos manuscritos del sordo genial para "componer" la obra, según una teoría del investigador italiano Luca Chiantore.

Esta extraordinaria argumentación forma parte de los resultados de una largo trabajo de ocho años sobre Beethoven y su relación con el piano, e incluye otras chocantes pruebas que demuestran que el Beethoven que hoy se escucha es profundamente distinto del que sonó en su día, en los años posteriores a la Revolución Francesa.

Chiantore, musicólogo y pianista especializado en la historia de la interpretación, propone esta sorprendente relectura acerca de la creación de Para Elisa en su tesis doctoral, que mañana mismo defenderá en la Sala de Grados de la Universidad Autónoma de Barcelona, han informado hoy fuentes de este centro.

El autor de la investigación señala que Para Elisa no se dio a conocer hasta 1867, justo 40 años después de la muerte del compositor, y de ella sobrevive únicamente un esbozo manuscrito que no presenta la obra en el formato que actualmente se conoce.

Según los datos históricos y musicológicos aportados por Chiantore, fue "casi con toda seguridad" Ludwig Nohl, un entonces joven musicólogo alemán, quien aprovechó esos apuntes autógrafos para "componer" la pieza atribuida hoy a Beethoven.

Una amplia serie de evidencias avalan esta suposición, datos que Chiantore ha sintetizado también en uno de los capítulos de su próximo libro, dedicado precisamente al autor del Claro de Luna ("Beethoven y sus ejercicios técnicos, entre composición, improvisación e investigación sonora") que será publicado próximamente por la editorial Nortesur.

Chiantore, italiano residente en España, dirige desde 2003 Musikeon, el centro de servicios musicológicos y formación musical especializada, con sede en Barcelona y en Valencia, que ha subvencionado esta investigación. Es además autor de una Historia de la técnica pianística, publicada en España (Alianza Editorial 2001), libro de lectura obligatoria en Conservatorios, Universidades y Escuelas Superiores de Música de muchos países.

A pesar de su juventud, Chiantore (Milán, 1966) es una figura muy conocida en el mundo de la educación musical en lengua castellana, informa la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Gran comunicador, "investigador infatigable y apasionado por la docencia" -explican desde la UAB- Chiantore imparte Teoría de la Interpretación e Historia de la música del siglo XIX en la Escola Superior de Música de Catalunya y es profesor de piano en la Escuela Internacional de Música de la Fundación "Príncipe de Asturias".

En Valencia, su actividad pedagógica se concentra en los Cursos anuales de análisis e interpretación pianística de Musikeon, que dirige desde 1992.

viernes, 9 de octubre de 2009

"ORQUESTA SINFONICA BOLIVIANA HOMBRES NUEVOS"


Desde Bolivia, una orquesta que hace música para desafiar el olvido

Tocan las únicas óperas encontradas del repertorio barroco americano.

EL DIRECTOR. Rubén Darío Suárez Arana. Su orquesta es referente musical en Santa Cruz de la Sierra.

Nos hemos apropiado de algo que teníamos guardado. Nosotros decimos que este tipo de música, compuesta o ejecutada en las misiones, sobrevivió en Chiquitos y en Moxo; no sobrevivió en el resto de las misiones porque fueron saqueadas. Esta música es nuestra, es única y nos sentimos dueños de ella. Es lo único que tenemos que no tienen otros", dice Rubén Darío Suárez Arana, músico y director de la Orquesta Sinfónica Boliviana Hombres Nuevos, una de las que participaron del 4to. Festival de Música Antigua que terminó hace unos días en Buenos Aires.

La orquesta que dirige Suárez Arana es uno de los referentes musicales más importantes de Santa Cruz de la Sierra. Gran parte del repertorio que tocan estos jóvenes integra el Archivo Musical de Chiquitos, con partituras del siglo XVII. Entre ellas, las únicas óperas encontradas en el repertorio del barroco americano.

La orquesta, además, forma parte del Sistema de Coros y Orquestas de Bolivia (SICOR), una red de diez conjuntos y escuelas de música de distintas ciudades y pueblos de la Amazonia boliviana: cientos de niños, niñas y adolescentes que no sólo se adueñaron de ese patrimonio único sino que también aprendieron a confeccionar sus propios instrumentos. La primera orquesta se formó en 1998 y la iniciativa no sólo trajo música y músicos. También, oportunidades de trabajo para los más jóvenes.

Una leyenda originada en Chiquitos dice que para atravesar el río del olvido, y reunirse con los antepasados, hay que ser capaz de tocar buena música sobre el lomo de un yacaré, porque sólo los yacarés y un violín desafían el olvido. Ahora, durante un ensayo, una niña apoya su mentón sobre el violín, tensa las cuerdas y comienza a tocar. Pura elegancia y sutileza, como la música que se escucha y sí, desafía al olvido.

¿Qué pasó con las óperas?

Esta música fue compuesta en la época de las reducciones de los misioneros jesuitas en América (1682/1767). En cada pueblo había un coro y una orquesta e inclusive construyeron órganos. La primera misión que se funda en Chiquitos es de 1691, la de San Francisco Javier. En 1970 se empieza a trabajar en estas iglesias, que estaban casi destruidas, y los restauradores van encontrando papeles con música escrita. Buscan por todos los pueblos, los ordenan y así se empieza a armar esta historia. Se catalogaron más de 5.500 páginas de música, aunque sin saber de qué se trataba. Un proceso de restauración largo, que consolida el Archivo Musical de Chiquitos. Ese archivo se organizó en misas, salmos... música para la ceremonia religiosa. Hay obras instrumentales y así "aparecen" dos óperas: San Ignacio y San Francisco Javier. La ópera de San Ignacio está en castellano, algo insólito porque no era el lenguaje oficial de las misiones.

La música también era un instrumento para evangelizar.

Era una herramienta importantísima. Porque además las tribus tocaban sus flautas de huesos y sus tambores en las ceremonias, para adorar a sus dioses.

¿Cómo es esa música?

Simple. Es un acompañamiento de la ceremonia religiosa: canciones cortitas, ágiles, compuestas para que los indígenas asistieran y se quedaran en la misa. Estas óperas, tanto San Ignacio como San Francisco Javier, y otras obras instrumentales, se ejecutaban fuera de la iglesia, porque no formaban parte del calendario litúrgico. Eran obras de distracción para la comunidad.

¿Se sabe cómo eran las puestas que hacían los jesuitas?

Hay supuestos. En la representación aparecen ángeles, demonios y santos. Seguramente había vestuario y hacían estas óperas en los atrios de las iglesias para que la gente viera la lucha del bien contra el mal.

¿Los jesuitas eran los directores musicales?

Eran arquitectos, orfebres, ebanistas. Y músicos. No se conocen obras de compositores indígenas en la región. Digo no se conoce porque es la información que tengo. Sí hay obras que tienen muchos errores musicales, errores de construcción en las formas o en las armonías. Obras en las que no se respeta la armonía tradicional de la época. Pero eso no quiere decir que suene mal; suena bellísimo, distinto, y si se le cambia la armonía ya no es misional, deja de ser una música inocente.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Murió la pianista Alicia de Larrocha





Fue una de las grandes intérpretes del siglo XX

BARCELONA (DPA).- Alicia de Larrocha, la pianista española más importante del siglo XX, murió -a los 86 años- en Barcelona, su ciudad natal, a causa de dolencias cardíacas y pulmonares.

Alicia de Larrocha fue una niña prodigio, que a los cinco años ofreció su primer recital y a los doce fue solista con orquesta, e inició en 1947 una carrera brillante. Acaso la magia de su arte esté centrada en sus manos, pequeñas, pero tan flexibles, que le permitían abarcar sin mácula las páginas más endemoniadas escritas para piano. Cuando actuó por primera vez en el Colón, en 1961, había recibido hacía pocos días el codiciado galardón Medalla Paderewski. Memorable fue aquel recital con obras de Scarlatti, Beethoven, Chopin que incluyó un ramillete brillante de Albeniz, así como la presentación junto con la Filarmónica de Buenos Aires en la que interpretó el Concierto Nº 2, de Rachmaninov. De Larrocha recibió de inmediato el calor del público que la ubicó en el sitial de los grandes de España, junto con los nombres ilustres de Casals, Zabaleta, Segovia y Victoria de los Angeles, entre otros, mérito ratificado en varias visitas posteriores con eclécticos programas que se caracterizaron por miradas interpretativas de indudable originalidad.

De Larrocha fue la única concertista española incluida en las memorables grabaciones con recopilaciones de los 74 mejores pianistas del siglo XX promovidas por diversas compañías discográficas. Cuando en cierta ocasión se le consultó sobre el orgullo que seguramente sentía, dijo de un modo muy espontáneo: "¡Qué va, Jusú!, ¡qué horror...! ¡Si hay pianistas mujeres fenomenales...!" y su gesto -imposible de olvidar- estuvo acompañado de una mirada pícara y encendida. Un recuerdo acaso inadvertido por quienes tanto la admiraban se refiere a su rechazo a las adulaciones, a las reuniones sociales en su honor que le provocaban una actitud de silencio y de quietud. Otro recuerdo imborrable es su opinión sobre la condición acústica del Colón: "¿Qué es esto? ¡Un milagro!... Si escucho como mis trinos más pianos llegan al paraíso...".


sábado, 19 de septiembre de 2009

Alex Ross: "La música clásica es el nuevo underground"

El prestigioso crítico musical del New Yorker publica El ruido eterno, una monumental historia del influjo de los estilos musicales en la historia del siglo XX y advierte: "El dance de las discotecas no se entiende sin el vanguardismo".

Por: Xavi Ayén- Bogotá

EL CRÍTICO. "A veces hay que tener el valor de entrar en conflicto con los lectores", dice Ross.

La música clásica contiene en sus notas toda la historia del siglo XX. Para ayudarnos a leerla, y para contagiarnos su entusiasmo por ella, Alex Ross, crítico musical de la revista The New Yorker, ha escrito las casi 800 páginas de El ruido eterno, ensayo que Seix Barral publicará próximamente en España. Ross, 41 años, licenciado en Historia, residente en Manhattan y casado - en Canadá- con el actor y cineasta Jonathan Lisecki, fue la estrella invitada del festival El Malpensante, celebrado a fines de junio en Bogotá, donde conversó con este diario.

¿Ya no hay genios?
En el siglo XX es más difícil, a causa de las nuevas tecnologías, el marketing y el auge de la música popular. Es un siglo de aparente declive, que ha alumbrado algunas obras poderosas, pero menos que antes. ¿Hay algún compositor a la altura de Beethoven o Mahler? No lo sé, el criterio de los contemporáneos nunca es el bueno.

¿Preferiría, musicalmente, vivir en el siglo XIX?
¡Nooo! El cambio de lenguaje fue necesario, no se podía repetir la música del XIX. Cuando, en la pintura, aparecieron Picasso, Matisse o Duchamp, se creyó que asistíamos al colapso del arte. Las primeras obras abstractas de Pollock fueron denostadas, pero con el tiempo han sido canonizadas. ¿Por qué no mirar a la música con los mismos ojos? Hay muchas obras maestras del XX que la gente todavía rechaza.

¿Y por qué será?
Porque la experiencia musical es muy física, es imposible huir de ella, te posee totalmente, no puedes reposar para reflexionar ni huir de una sala de conciertos, como cuando miras un cuadro. La música es una vibración del aire que penetra tu cuerpo. Pero yo soy un optimista musical, ya en el siglo XVI se decía que el género había muerto, que lo mejor ya estaba escrito. Y luego llegó Beethoven, y tras Beethoven otros...

Pero la música clásica no ocupa hoy el centro del debate cultural, ni siquiera un buen lugar. Hoy no existe un único género musical dominante, lo que gusta a un público a otro le provoca dolores de cabeza, como el hip-hop, que divide violentamente a padres e hijos. La música clásica es el nuevo underground, su impacto en el mundo exterior es apenas perceptible,y eso le da una potencialidad creativa enorme. Los jóvenes autores tienen unas posibilidades y libertad tremendas. Mucha gente cree que el género empezó con Bach y acabó con Mahler y Puccini, y hasta se sorprenden al enterarse de que todavía existen compositores.

De Schönberg se dice que hacía música muy cerebral...
Existe una fuerte resistencia contra él y contra todo el lenguaje atonal que le siguió. Pero el problema con Schönberg, para mí, es el contrario: su música es muy oscura, intensa y visceral. Carecía de cualquier idea de racionalización, su escritura era casi automática, realizada en un estado psicológico extremadamente violento, por ejemplo, mientras su señora se acostaba con el pintor Richard Gerstl, que se ahorcó desnudo ante un espejo al poner ella fin a sus amoríos. Schönberg tenía tentaciones suicidas y eso se refleja en su obra. Esa es la razón de que nos la encontremos tanto en las obras de terror y ciencia ficción. No podemos imaginarnos el 2001 de Kubrick sin la atonalidad. La misma música dance que bailan los jóvenes en las discotecas no se entiende sin el vanguardismo y el minimalismo. El problema fue que Schönberg y sus apóstoles se pusieron a proclamar que la tonalidad había muerto y que la atonalidad era el único futuro. Y las audiencias reaccionaron contra aquel intento de borrar del mapa toda aquella música anterior que tanto adoraban. Pero el problema con Schönberg, para mí, es el contrario: su música es muy oscura, intensa y visceral. Carecía de cualquier idea de racionalización, su escritura era casi automática, realizada en un estado psicológico extremadamente violento, por ejemplo, mientras su señora se acostaba con el pintor Richard Gerstl, que se ahorcó desnudo ante un espejo al poner ella fin a sus amoríos. Schönberg tenía tentaciones suicidas y eso se refleja en su obra. Esa es la razón de que nos la encontremos tanto en las obras de terror y ciencia ficción. No podemos imaginarnos el 2001 de Kubrick sin la atonalidad. La misma música dance que bailan los jóvenes en las discotecas no se entiende sin el vanguardismo y el minimalismo. El problema fue que Schönberg y sus apóstoles se pusieron a proclamar que la tonalidad había muerto y que la atonalidad era el único futuro. Y las audiencias reaccionaron contra aquel intento de borrar del mapa toda aquella música anterior que tanto adoraban.

Usted se detiene bastante en la figura de Jean Sibelius...
Yo les digo a mis lectores: "Amigos, ustedes ya han escuchado la historia de la música moderna, narrada como una línea de progreso en la que cada compositor consigue un hito más. Aquí, en cambio, me voy a detener también en autores que no crearon un nuevo lenguaje pero que valen mucho la pena". Sibelius es extraordinario, fue romántico de un modo muy personal, veía la orquesta como un jardín de texturas, repleto de flores coloridas. También lo fue Benjamin Britten, que no abandonó nunca la tonalidad pero fue totalmente original. Todos los caminos son válidos, todos enamoran y forman parte del mismo tejido de la música moderna, también el jazz o el folk. En mi libro aparecen Duke Ellington, Coltrane, los Beatles, grupos underground, de rock... Me interesan las intersecciones.

¿Cree que la música popular es de poca calidad?
No. Si se trabaja bien, es un material vibrante. Lo popular ha nutrido a compositores como Leonard Bernstein, a los minimalistas o a Laurie Anderson, por ejemplo. Es una lástima que el talento afroamericano sobresalga en el jazz pero esté ausente de la música clásica, por una cuestión de racismo: les impedían cursar los estudios necesarios. Esa fue una gran oportunidad perdida, deja un vacío muy grande. Ya el mismo Mozart fue un maestro de la fusión.

No hay muchos españoles...
Algunos sí. Falla, uno de los compositores importantes del siglo XX, que, junto a Bartók, el joven Stravinski o Ravel, supo integrar la tradición folk en la clásica, sin pedir disculpas a nadie por ello.

¿Y Bob Dylan?
Yo antes lo veía como un hippy decrépito y poco interesante. Pero, hace años, un amigo, en Berlín, me lo hizo escuchar bien y enloquecí: me compré todos sus discos y asistí a todos sus conciertos. Aquella fiebre ya se ha apaciguado, pero me sigue interesando, sobre todo, cómo en él toda la estructura musical está vinculada a una realidad literaria, de tal modo que resulta difícil separar al poeta del músico. Yo lo comparo con Wagner, que escribió todos sus libretos junto a la música. En ambos, sin la letra, la música es mucho menos interesante.

Usted ejerce la crítica en The New Yorker. ¿Cuál es el papel de los medios de comunicación?
Los críticos deben apoyar a los compositores con talento, especialmente a los jóvenes y ala nueva música. A veces hay que tener el valor de entrar en conflicto con los propios lectores.

¿Qué tiene en su iPod?
El 75 por ciento, música clásica. El resto: Radiohead, Pavement, Dylan, Björk, Timberlake, Sonic Youth...

Melomanía política

"Antes la música clásica estaba cerrada a la sociedad, pero en el siglo XX - explica Ross-la política ha sido tan poderosa, y totalitaria, que ha impregnado casi toda la música, esa es la tesis central de mi libro. Esto ha cambiado en las últimas décadas: los minimalistas de EE. UU. son de izquierdas pero eso es secundario, les consideramos artísticamente.
Stockhausen y los vanguardistas de los 50 se alejaron de los horrores de su juventud reaccionando con un lenguaje musical puro, que les permitiera ser libres".

MAHLER Y EL EMPERADOR FRANCISCO JOSÉ
Y llegó el silencio

"Mahler - explica Ross-consiguió en 1897 la dirección de la Hofoper de Viena, el puesto más alto de la música centroeuropea, para lo cual se vio obligado a convertirse al catolicismo. Allí creó las normas del concierto moderno, tal como hoy lo entendemos, con su carácter venerable y pseudorreligioso. Los teatros del XIX eran bulliciosos y él expulsó a los clubs de admiradores, acotó los aplausos entre números y obligó a los que llegaban tarde a esperar en el vestíbulo. El emperador Francisco José, la encarnación de la vieja Viena, exclamó, ante tales modificaciones: ´¿Acaso es la música un asunto tan serio?´".

WAGNER Y HITLER
El retorno de lo clásico

"La música clásica, con los niños y los perros, era lo único que despertaba ternura en Hitler, especialmente la de Wagner (usada en las cámaras de gas), mientras que mantuvo relaciones conflictivas con Strauss. Identificó el capitalismo con el jazz y a sí mismo como un caballero con armadura que restituía a los grandes compositores en su trono. Tenía mal oído, pero eso no le impedía disfrutar. Cuando escuchaba música, escapaba de sus sombras, como si volara". Tras la guerra, "los alemanes buscaron una música lo más alejada posible de Hitler. Fue una lástima que no recuperaran a Kurt Weill. Se impuso la vanguardia".


SHOSTAKOVICH Y STALIN
En el pedestal

"Desde mediados del XIX el gobierno ruso subió a un pedestal a los compositores, estableciéndose un vínculo potentísimo entre estos y las autoridades políticas, eso es algo que ya venía de Stravinski. Stalin reforzó esta ligadura, y mientras los escritores eran enviados a los campos o asesinados, los músicos seguían en lo suyo, Shostakovich podía componer a pesar de que había sido crítico. Si se hubiera ido de la URSS a mediados de los años treinta, no hubiera escrito esa música tan oscura e intensa, a través de la cual expresaba sus dificultades. Políticamente, resulta simplista etiquetarlo tanto como propagandista como opositor".

COPLAND Y ROOSEVELT
Al ritmo del ´new deal´

"Aaron Copland sintetiza la imbricación de la música con la política en un entorno democrático, como los EE. UU. que acogieron a una legión de creadores huidos de la Europa nazi. Copland expresó el new deal en música. Roosevelt fue un hombre muy poco interesado por la música pero cuyo programa de subvenciones disparó el número de orquestas. Copland era de izquierdas y en los años 50 fue considerado comunista, por lo que llegó a declarar ante el senador McCarthy y sufrió represalias profesionales por ello". En los 60, "Kennedy - influenciado por su esposa-apostó por la música dodecafónica y los musicales".