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martes, 18 de mayo de 2010

CIRO FOGLIATTA HABLA DE SU NUEVO ALBUM, ACORDATE DE OLVIDARME



El retorno de un pionero

Andrés Calamaro lo había invitado a tocar y algo se produjo dentro del ex tecladista de Los Gatos: esa tarde decidió volver a armar una banda de rock. El resultado ya tiene forma de disco y mañana, en Makena, será la presentación oficial.

Por Cristian Vitale

Apenas se enteró de la noticia, el primer impulso de Ciro Fogliatta fue salir disparado hacia el teclado y dejar que las sensaciones traspasaran del alma a las teclas, sin filtro. La noticia era de las malas –había muerto George Harrison–, pero el resultado fue una hermosísima canción de amor. “No hubo duelo ni maceración del dolor. El mismo día me senté y salió. Al principio era instrumental”, cuenta él, aún atravesado por la emoción. La canción, que después tuvo una letra a tono, es una eficaz manera de entrarle por la parte al todo que implica el flamante disco de Fogliatta: Acordate de olvidarme. La canción ocupa el track 11 de 12, y hay una imagen que, más allá del rol central que el tecladista cumplió en los orígenes del rock argentino (nudo Farfisa – Los Gatos Salvajes), le sube algún punto como letrista: allí define a los sonidos de la guitarra del genial Beatle como “cristales de rocas”. “Me imaginé ese sonido de la guitarra de Harrison, tan límpido, potente, claro. Quise decir que sus notas son como cristales de roca: límpidas, duras y puras”, resume.

Si se invierte la fórmula analítica (del todo a la parte), Acordate de olvidarme plasma una preocupación por contar historias de la que Fogliatta había prescindido en sus últimos trabajos, pero, sobre todo, marca un retorno incondicional al rock primal, primario, garajero. Ese que, siguiendo las estelas de Little Richard, hospedó sus intenciones cuando el movimiento estaba en pañales. “Decidí volver al género un día a la tarde, hace tres años, cuando fui a una prueba de sonido en el Club Ciudad de Buenos Aires, donde Andrés Calamaro me había invitado a tocar. No sé qué pasó, pero vi a toda esa gente preparándose para el concierto y me dije ‘voy a armar una banda de rock’”, cuenta. En ese tren, Ciro juntó a varios amigos (Gonzalo Aloras, Juan Carlos Pueblas, Alfredo y Paula Toth, y Juan Moro, entre ellos) y se tomó la patriada en serio: tres años de trabajo y un resultado de regreso a las fuentes. “Primero hicimos una preproducción. Ya tenía algunas canciones grabadas y Jorge (Pruneda) me ayudó a elegirlas. Algunas ya estaban secuenciadas con mi teclado Roland Composed”, enmarca.

–¿Por qué coló un rap entre tanto rock de fuente?

–(Risas.) “El rap de la City” era un tema que había hecho en broma en mi departamento de Madrid, con el hijo de un vecino con el cual habíamos compartido unas vacaciones en el norte de España. Estaba cantado en inglés, por lo que tuve que hacerle una letra en castellano... La decisión final de incluirlo corrió por parte de Jorge y Alfredo.

–¿Qué encierra en concreto la paradoja Acordate de olvidarme?

–Es la primera frase que canto en el disco. Pertenece a “Balada para una bala”, una poesía de Dalmiro Sáenz. Esa frase, sacada del contexto de la letra, parece una paradoja que se puede interpretar de muchas maneras: como una broma, en serio, dirigida a algún enemigo, o desesperadamente a algún amor imposible.

–¿Tiene alguna relación con el amarillo difuso que colorea su rostro en la tapa del disco?

–Ese amarillo difuso es una muestra de buen gusto, simplicidad y modernismo del diseñador de la tapa... Son todas las lamparitas prendidas, vivencias a full, muchas ideas y sobre todo, amor encendido.

Al puñado de canciones que Ciro concibió completas (“Sinfonía de amor y fantasía”, “Rap en la City”, “Abeja maya”, “Diana”, “Laberintos del pasado”, “Anonimato delirante” y la canción para Harrison) se le añaden un guiño a Nito Mestre (“Distinto tiempo”), otro a su amigo Dicky Campolongo, con quien compartió el grupo Carolina en España junto a Miguel Botafogo y Suri (“Hoy grito los blues”), y el texto de Sáenz, que el ex Gatos se encargó de musicalizar. “Dalmiro me lo obsequió una mañana, hace unos años, en Río Gallegos, y es simplemente genial, siempre me gustó. Enseguida lo puse arriba del piano y salió éste rock and roll”, describe.

–El encare musical del tema es muy Gatos Salvajes. ¿Influyó el retorno del grupo al momento de concebirlo?

–No. Ni la vuelta de Los Gatos ni la de Los Gatos Salvajes influyeron en este disco. Lo que sí está es mi manera de componer, producir, arreglar e interpretar. Se pueden hacer paralelismos con esos grupos, claro. La manera de encarar los arreglos en “Balada para una bala” es muy Gatos Salvajes y “Distinto tiempo” es muy Gatos. Es mi estilo de tocar y producir música de rock.

–¿Qué balance podría hacer, a cierta distancia del hecho, de la reaparición de ambos grupos?

–El de Los Gatos Salvajes fue muy lindo para mí, siempre fue mi grupo favorito, mi mejor época, y tocar de nuevo esas canciones, más lo bien que salió todo, con DVD en directo incluido, me dejó muy satisfecho. El de Los Gatos fue bueno también. Tocamos canciones que tuvieron mucho éxito, pero falló la organización: apenas hicimos dos conciertos.

–¿Hay algún tinte de nostalgia por ese pasado, o que se relacione de alguna manera, a través de las participaciones del hijo de Moro, de la hija de Toth, de Pueblas o del mismo Alfredo?

–No creo que haya nostalgia en eso. Igual, en todo caso, uno tiene derecho a la nostalgia. Simplemente fue un regalo hermoso poder compartir la música del disco con músicos con los que me une un afecto especial.

–¿Litto Nebbia no participa por alguna razón puntual?

–Ninguna. Simplemente se dio así.

viernes, 14 de mayo de 2010

CIRO FOGLIATTA y Long Tall Sally, de LITTLE RICHARD




VINTAGE



Por Ciro Fogliatta

Hoy escucho poca música por placer, ya que generalmente estoy trabajando sobre proyectos o trabajos propios de mi profesión y ello me lleva todo el tiempo. Pero cuando empezaba a relacionarme con este arte, en una época en que no había tantas posibilidades para escuchar música como ahora, sí dediqué mucho tiempo a escuchar música. Es ese momento en la vida en que uno recibe de todo, y en el que entonces aparece un disco que te marca. Y yo puedo decir que los discos que me marcaron han sido todos de rock and roll, de rhythm and blues, y de blues, que es el padre del rock’n’roll, y hasta me atrevo a afirmar, de toda la música pop actual: aunque el sonido haya cambiado, las melodías son las mismas que las que tocaban los músicos negros de los años ‘20.

En esos años en que empezaba a estudiar piano me llegaron algunos vinilos, simples, de 78 revoluciones, de los cuales uno fue especialmente importante para mí y fue ese single de Little Richard que tenía “Tutti Frutti”, y del otro lado “Long Tall Sally”, un tema que después grabaron Los Beatles y que acá llegó traducido como “Sally la lunga”. Ahí, en ese simple, en esas dos canciones, está condensado todo. El rhythm and blues, la música que vino de Nueva Orleans, que fue la ciudad en la que se cocinó casi todo.

Por ese entonces yo tocaba jazz en una banda de aficionados, la Eagle Dixieland Band. Eramos un grupo de muchachos del secundario y universitarios, todos mayores que yo, y me enseñaron mucho sobre el jazz. En los ‘50 hubo un revival de jazz muy importante en todo el mundo, que impulsó a muchos músicos, también acá, en Buenos Aires y en Rosario, que es donde yo vivía. El revival empezó en Estados Unidos, donde a fines de los ‘40 empezaron a reeditar todo lo que se estaba perdiendo. Estaba el periodista Alan Lomax, que era un diputado al que mandaron a recorrer todo Estados Unidos en busca de toda esa gente, esos músicos que estaban perdidos, para grabarles reportajes y algunas canciones. Se reeditaron grandes como Eddie Condon, King Oliver y Bix Biderbeke. Las ediciones en vinilo de todo eso rebotaron en el mundo entero, y acá nos llegaron incluso algunas cosas europeas de grupos nuevos armados bajo la sombra del fabuloso revival norteamericano, como Los Estudiantes Holandeses. Pero lo cierto es que los movimientos que llegan de otros países tardan en conocerse aquí y cuando te querés acordar afuera ya se terminaron. A mí me pasó cuando fui a Inglaterra en el ‘71 a buscar el swinging London; creí que me iba encontrar con las radios piratas y la glamorosa Carnaby Street y pasó que ya no había nada de eso; ya estaban Génesis y otros empezando la aventura de los ‘70. Con el revival del jazz pasó algo así: cuando empezamos a tocar con nuestra banda, a los clubes de barrio ya había llegado el rock. Nosotros tocábamos en los clubes del centro de Rosario. Aunque el primer grupo de rock en Rosario, Dany Alfaro y los Rockets, comenzó tocando en bailes del suburbio rosarino.

Pero volviendo a ese simple de Little Richard, todo estaba condensado ahí. Sólo hace falta poner esos discos ahora, subiendo bien el volumen, para ver que es impresionante: el swing, la dinámica que tienen. Ahora es mucho sonido y mucha pegada pero la grandeza que tiene esa música ya no la tiene nadie en el rock actual; es un grito que sale del corazón y una potencia que ya fueron transmitidos a los siguientes estilos, porque hasta los grupos de hard rock serían imposibles de no haber existido aquella música. En ese blues está todo lo que me importa. La letra en la música ahora es muy importante, pero para mí, lo que importó siempre fue la música. Lo digo porque tengo ahora la certeza, como la tuvo Schopenhauer hace 200 años, de que la música es un arte “excelso” que está por encima de todas las otras artes. La letra en el blues puede ser importante cuando respeta la música, y los músicos negros la han respetado muy bien. En el blues no se usan todas las palabras, sino sólo las que suenan bien. En inglés por eso se aceptan muchas arbitrariedades, y acá lo hizo Pappo con sus canciones y encajaba las palabras con sumo respeto por la melodía.

Un single como “Long Tall Sally” fue determinante para mí, para enrolarme en un género. Cuando empecé a dedicarme al rock todos decían que yo era “el blusero”, aunque lo cierto es que no me dediqué de lleno al blues hasta mucho tiempo después. El blues no es una música para progresar, para evolucionar: es siempre el mismo. Hay un tema de Albert King que dice “Blues no change”. Botafogo me contó que, cuando en Estados Unidos subía a tocar con un músico negro de blues, éste le decía “Vintage”, indicándole “no metas nada moderno”. El blues es una música bastante desconocida para muchos, pero para mí es exactamente un mensaje que viene del corazón. Yo no quiero que la música me haga explotar la cabeza. Con el blues no te va a explotar nada, con el blues vas a aprender a amar sin condiciones.

Tutti Frutti - Long Tall Sally (1956)

Little Richard (Richard Penniman, nacido en Georgia, 1935) ganó un concurso en 1951, y fue invitado por RCA Records para grabar ocho simples que no tuvieron demasiado éxito. Durante los siguientes años se mantuvo como pudo con diversos trabajos mientras seguía tocando. En 1955 envió un demo al sello Specialty, que seis meses después lo aceptó para una sesión de grabación en Nueva Orleáns, en la que no impresionó tanto por las canciones que grabó como por la melodía que improvisaba entre sesiones, al ritmo de “Tutti Frutti”. Ese fue el comienzo: debió modificar la letra (considerada obscena en su momento) del tema para grabarlo, pero fue su primer gran éxito, y el modelo de muchas canciones siguientes. Pronto le seguirían éxitos como “Slippin’ and Slidin’”, “Jenny, Jenny”, “Good Golly, Miss Molly” y “Long Tall Sally”. Esta canción, que Richard ensayó hasta la perfección, fue escrita por él junto a Robert Blackwell y Enotris Johnson y lanzada por Specialty en marzo de 1956. Al principio fue plagiada, con cierto éxito, por radios “para público blanco”, especialmente por Pat Boone.

El lado B del single fue “Slippin’ and Slidin’”, y ambas canciones aparecieron después en el LP Here’s Little Richard (marzo de 1957). El simple llegó al número uno en las listas de rhythm and blues, y ahí se quedó por 19 semanas. Unos años atrás, la versión grabada por Little Richard quedó en el puesto 56 de las 500 mejores canciones de todos los tiempos según la revista Rolling Stone. Muchos músicos hicieron sus propias versiones, pero una de las más famosas es la que grabaron Los Beatles (que la tocaban en vivo desde 1957) en 1964. “La primera vez que escuché de Little Richard –contó John Lennon– fue por un amigo que había traído de Holanda un 78 con ‘Long Tall Sally’ de un lado. Nos voló las cabezas, nunca habíamos escuchado a nadie cantar de esa manera en nuestras vidas, y esos saxos tocando como locos.”