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lunes, 30 de julio de 2012

ROLLING STONES: A 40 AÑOS DE LA PUBLICACION DE STICKY FINGERS.

Los Stones, con Taylor en lugar de Jones, promocionan “Sticky fingers”, primer disco bajo sello   propio. 



Dedos pegajosos en el cierre del pantalón


Los 50 años de los Rolling Stones podrían culminar con una gira mundial. Mientras, el primer disco que grabaron tras la muerte de Brian Jones cumplió 40: su portada, diseñada por Warhol, es tan icónica como la lengua que identifica al grupo.



Por Gabriela Saidon

Le decíamos “el del cierre” y creíamos, ingenuos, que esa pelvis aprisionada en un par de jeans pertenecía a Mick Jagger, lo mismo que los slips blancos que surgían cuando abrías la cremallera real de la tapa del disco, y antes de encontrarte, por primera vez, con el diseño de los labios y la lengua en la cubierta del vinilo. Pero no. No era Jagger.

Sticky Fingers fue el primer disco que los Rolling Stones grabaron con su propio sello, se lanzó en marzo de 1971, y el arte de tapa era de Andy Warhol, que había usado como modelo para la foto a su actor fetiche Joe Dalessandro, ícono gay de la escena neoyorquina que orbitaba alrededor del artista plástico y su estudio, The Factory.

La confusión, como otras que a menudo persisten, no podría entrar en la categoría de mito, sino de malentendido. Mientras que la historia que revisiona, enaltece al mito al intentar derribarlo, el malentendido suele ser subdiagnosticado, y así pervive. Y el rock está lleno de malentendidos.

Hoy, la banda que mejor califica para el Guinness de las largas duraciones, sigue soplando sus cincuenta velitas: fue el 12 de julio cuando los Rolling Stones, así bautizados por Brian Jones, por un tema de Muddy Waters, tocaron en el Club Marquee, de Londres, pero ellos insisten en esperar una posible gira de despedida para 2013, porque fue en enero de 1963 cuando el baterista, Charlie Watts, se unió a la banda (Ron Wood entra en 1974). Al menos este año, tenemos que conformarnos con una exposición de fotos en el Somerset House de Londres, y con un libro, The Rolling Stones: 50 , más la promesa de un documental y el rediseño de la famosa Stone a cargo de Stephan Fairey, conocido por sus pósters que retratan al luchador libre de televisión, André el Gigante, y por usar la estética propagandística de los años 20 del siglo pasado. La lengua, ahora, aparece rodeada por el nombre de la banda, solo que la S de Stones se ha convertido en un 5, y la O en un cero.

La original, que se convirtió en símbolo de la autoproclamada “banda de rock and roll más grande del mundo”, había sido diseñada por el artista británico John Pasche, que usó la imagen deslenguada de la diosa madre india Kali, pero la traspasó a los labios carnosos y sensuales de Jagger. La idea era representar la “rebeldía y el antiautoritarismo de la banda”, dijo Pasche. (El derrotero de esa lengua debería leerse en tándem con aquel otro símbolo de las camisetas: la foto de Korda del Che).

Los Stones, Andy Warhol, un diseñador inglés, un actor porno soft gay norteamericano, un jean (¿hay una prenda más setentista que el jean?): la tapa de Sticky Fingers dice mucho acerca de una época y un universo en el que “la gente del arte, la música y la moda se reunía a menudo. Era una especie de cruza interdisciplinaria”, como dijo Jagger en una entrevista por los 40 años de la revista Rolling Stone. Y también, su contenido.

Sticky Fingers representa un corte y, al mismo tiempo, la profundización de un continuum Stone, algo así como la esencia del grupo, si es que eso existe. Un corte porque es primer disco de la banda sin Brian Jones (que muere en julio de 1969 y es reemplazado por Mick Taylor), ya liberados del hombre que les dio el espaldarazo inicial, Andrew Loog Oldham, que los había instalado en la escena del rock como los chicos malos que ningún padre querría para su hija, creándolos a des-semejanza de sus predecesores inmediatos, Los Beatles (si uno logra sortear esa incomodidad de la escritura ultra yoica, el libro Rolling Stoned , del primer manager de los Stones, que publicó Mondadori en 2011, resulta un testimonio invalorable).




Un disco que, musicalmente, reafirma su búsqueda en las fuentes profundas de la música negra norteamericana, como en “I Got the Blues”, o el único tema no compuesto por la dupla explosiva Jagger-Richards, “You Gotta Move”, del legendario “Mississippi” Fred McDowell y el Reverendo “Blind” Gary Davis. Para 1971, los chicos habían probado todas las drogas, habían saboreado todos los jugos, y lo estaban contando (“Brown Sugar”, “Sister Morphine”, con coautoría de Marianne Faithfull, “Bitch”). Pero también se afinaban como músicos, y Jagger jugueteaba con su propia voz. De la amistad de Keith Richards con el pope de la música country Gram Parsons, surgió “Wild Horses”. Todos esos antecedentes están bien contados en el libro Early Stones , que Planeta publicó en noviembre de 2011 en una cuidada edición. Los textos de Richards acompañan las fotos de Michael Cooper, responsable de dos tapas históricas, modelos de psicodelia pop : Sgt. Pepper, de los Beatles, y Theirs Satanic Majesties, Rolling Stones.

En cierto sentido, ese libro, que ilustra bien a la banda en esos locos primeros tiempos, junto a sus chicas, Anita Pellenberg y Marianne Faithfull, le hace justicia a Richards, después de los primerísimos primeros planos de Jagger en Shine a Light (2008), el documental de Martin Scorsese sobre un par de actuaciones de los Stones en el Beacon Theatre de Nueva York, en 2006.

Si Sticky Fingers abre la década del 70 (y lo hace ya desde la materialidad de la tapa), y así se convierte en disco bisagra (lo sigue Exile on Main Street , considerado el mejor de la banda), el fracasado concierto en el autódromo abandonado de Altamont, California, en diciembre de 1969, cierra trágicamente los 60. Fue después de una gira por los Estados Unidos, y quedó registrado en el documental de los hermanos Albert y David Maysles, Gimme Shelter . El intento de la reconquista de América del grupo inglés terminó mal (el primer desembarco de la banda había sido en 1964 y está narrado con gran detalle en El gran libro de los Rolling Stones , por Bill Wiman, que publica en fascículos Clarín ). El concierto estuvo mal planeado y fue caótico. Mientras los Stones tocan “Under My Thumb”, un joven negro de 18 años, Meredith Hunter, saca un revolver, una chica con un saquito de crochet intenta detenerlo, pero es inmediatamente reducido por uno de los Hells Angels, encargados de la seguridad del recital. El documental muestra a un Jagger azorado ver una y otra vez la escena en un monitor. Corte y un testigo que dice: lo tiraron al piso y lo ca+garon a patadas, delante de una camilla que se lleva al joven tapado con una sábana, y la chica del saquito de crochet que pregunta: ¿va a estar bien? Alan Passaro, el Hells Angel que mató a Hunter, fue sobreseído hace dos años, porque el joven estaba armado.





A los pocos días del recital, un grupo de Hells Angels planeó matar a Jagger: iban en una lancha hasta la casa que el Stone tenía alquilada en Long Island, pero naufragaron. Todos sobrevivieron, aunque el plan fracasó. 1969 no era, evidentemente, el año de la muerte de Jagger. Después de todo, él sigue siendo ese chico inglés de pantalones ajustados al que su mamá le enseñó a bailar jitterbug , ese ritmo negro de la era del jazz . Y Richards, ese otro chico inglés al que su madre le hacía escuchar a Billie Holliday. Las caras marcadas por los surcos del tiempo. Cincuenta años después.

martes, 17 de enero de 2012

EL FRENTE DE LIBERACION ROLLING STONES IRRUMPIO EN LA WEB CON UNA SERIE DE RECLAMOS.





“Ya dejen sus 400 toneladas de acero”

 

Un grupo de fans indignados anticipa acciones de disturbio para llamar la atención sobre el circo que ha ganado al rock en general y a los Stones en particular: “Queremos shows en lugares más chicos, entradas más baratas, renovación de la lista de temas...”


Por Luis Paz

“Demandamos que no sean interpretadas ‘(I can’t Get no) Satisfaction’, ‘Brown Sugar’, ‘Honky Tonk Woman’, ‘Start me up’ ni ‘Sympathy for the Devil’.” Las canciones, claro está, son de The Rolling Stones. El pedido, a contrapelo de todo lo imaginable, incluso para el más rodado de los fans del quinteto inglés, surgió de un grupo de stones radicales que acaba de hacer su irrupción pública en la web. El Frente de Liberación Rolling Stones, con el lenguado logo invertido como escarapela, inició el pasado miércoles 11 una campaña digital con seis puntos programáticos para la liberación de los Stones y de su público: “Queremos shows en lugares más chicos, entradas más baratas, una renovación de la lista de temas, la eliminación de las secciones de vientos y coros, la expulsión de las bandas soporte y que todos los fanáticos actúen de manera responsable”.
“Hermanas y hermanos, en el nombre de Chuck Berry, les demandamos que se levanten, se motiven y se saquen. Este es el momento: la gira es nuestra”, clausuraban su primer comunicado oficial, publicado el miércoles en el blog rollingstonesliberationfront.wordpress.com y difundido a través de Facebook y Twitter, principalmente. Se trata, según su declaración, de “una organización no violenta que busca que la banda de rock and roll más importante de todos los tiempos se libere de las cadenas de los conciertos masivos, caros y predecibles, y se reinstalen como una fuerza creíble del Mundo del Rock”. Podría pasar como otra agrupación de fans enardecidos, como una nueva turba enfurecida con la actualidad del grupo de sus amores. Pero es imposible no atender a su reclamo cuando expresan su programática.
“Nuestra insatisfacción no tiene que ver con su apagón creativo sino con sus giras grandilocuentes que no son nada más que el show banal de un circo pedorro con el nombre de un álbum adosado detrás”, argumentan, y si bien la gira que se estaría confirmando prontamente para este 2012 tendrá que ver con el 50º cumpleaños de los Rolling Stones y no con un nuevo CD, el FLRS (o RSLF, en inglés) no está dispuesto a aceptar otra gira sin magia ni misterio. “Si la banda quiere un espectáculo y no se ajusta a las demandas del FLRS, los Rolling Stones y todas las organizaciones asociadas, productores, espacios y agencias enfrentarán los disturbios que realicemos bajo la lógica de las acciones de una guerrilla no violenta. Si quieren espectáculo, les daremos espectáculo. Hemos comprado sus vinilos, casetes, CD, DVD, Blu-ray, reediciones y remasterizaciones, hemos pagado sobreprecios en nuestros asientos, pero no se trata de vengar eso sino de boicotear sus conciertos porque ya estuvo bien todo este asunto del circo stone por el circo mismo. Que no vayamos a lastimar a nadie no significa que no deban tenernos bien en cuenta”, aseguraron con el puño bajo, bien abierto sobre el mouse.
Sus exigencias y correspondientes argumentos son de una contundencia que los presenta como indiscutibles, si bien los menos románticos (o más bien les valga para este caso la categoría de “menos heroicos”) podrán dar su contraargumentación acerca de que, a esta altura, los Rolling Stones son el Cirque du Soleil del rock. El FLRS quiere shows en lugares más pequeños porque “ya nada nuevo aparece en los shows en megaestadios” y pide: “Dejen las luces, los inflables, los fuegos de artificio y las pasarelas. Mick Jagger ya no necesita demostrar que es un viejo con buen estado físico. Por favor, dejen sus 400 toneladas de acero en casa: dos guitarras, bajo, batería y un micrófono para las voces. Eso es todo lo que necesitan”.
Reclaman precios más bajos porque consideran que “es inaceptable pagar 350 dólares por una ubicación” pero, sobre todo, porque “los Stones ya no necesitan ese dinero, pero nosotros sí”. Y concluyen, con una relectura del materialismo histórico de corte gramsciano: “La experiencia ya nos ha demostrado que no hay asientos especiales para el proletariado, y no importa cuántos aros atravesemos ni cuantas vallas saltemos”. Claro, lo mismo apelan a que no hayan más promociones ni listas de invitados VIP.
Piden el cambio urgente en la lista de temas que su inmenso catálogo permite. Demandan la inmediata supresión de las secciones de viento y los coristas agregados, ya que “The Rolling Stones se han separado demasiado de la idea básica del rock and roll”. Es decir: adiós al saxofonista Bobby Keys y a las voces de Lisa Fischer, Bernard Fowler y Blondie Chaplin. Y hasta la vista bandas soporte, también: “Los Stones han dejado de tomar desafíos incluso consigo mismos. Hubo un tiempo en el que las bandas soporte eran lo suficientemente talentosas como para impulsarlos a tener que salir al escenario a superarlos. ¿Qué tan desafiante puede ser tocar luego de Third Eye Blind, Spin Doctors o Johnny Lang?”. Y apelando a la máxima de David Bowie, buen amigo de Jagger, recuerdan que “menos es más”.
Por último, pero para nada menos importante, el FLRS apela a que todos los fanáticos se comporten de una manera responsable, ya que consideran que la falla también radica en que los seguidores hacen todo (o dejan de hacerlo) por su banda favorita, sin reparar en los costos. “Somos todos unos tarados, víctimas de su cinismo y de su hambre por el dinero. Hemos comprado cualquier cosa con el logo de la lengua impreso. Ahora es tiempo de que los Rolling Stones nos lo devuelvan o se lo quitaremos nosotros.”
Luego de casi una semana de agitación, el FLRS continúa por estos días la etapa digital de su avanzada, con alborotos y acciones directas en redes sociales y un mínimo de rebote mediático en la prensa especializada de alcance mundial. Entretanto, y mientras alimentan su cuota de adherentes en Twitter (@rslf_usa) y en su página de Facebook, organizan para el fin de semana del 27 al 29 de enero su primer mitin público. Entre otras cosas, discutirán un presupuesto preliminar para todas sus acciones no violentas y desarrollarán sus críticas comunitarias a las ideas que circulan para la gira de celebración de los 50 años de los Rolling Stones. Unos Stones que hace décadas que no consiguen satisfacción y que, esta vez, mientras parecen mantenerse a unos pesos de la eternización de su propia jaula en el circo, podrían estar a un paso de su liberación. A menos que, aunque lo intenten, sus fanáticos no puedan lograr indignación.

sábado, 26 de noviembre de 2011

LIBRO DE FOTOS DE LOS STONES: EARLY STONES.













A la izquierda, Los Stones en la tapa de Sus Majestades Satánicas. A la derecha, Michael Cooper en el set armado para la sesión fotográfica

 

OJO DE PIEDRA


 Por Keith Richards

Yo sabía cuán bueno era Michael en lo que hacía, porque ya había visto trabajos suyos anteriormente; sin embargo, la mayor parte de las veces dudaba de que realmente tuviese rollo dentro de esa cámara y ni hablar de que estuviese en foco. Lo que quiero decir es que, en los estados en los que a veces nos sumergíamos, Michael estaba tan volado como todos nosotros y aun así seguía trabajando, mientras que yo ni siquiera hubiera sido capaz de levantar una guitarra y tocar. Me es difícil recordar muchas cosas sobre Michael, porque él tenía esa extraña cualidad: podía estar allí y a la vez no estar. Hasta el recuerdo de cómo fue en realidad nuestro primer encuentro es extraordinario. Tiene que haber sido en su estudio, en Kings Road. Creo que un día estábamos paseando por ahí con Anita, Brian y Robert Fraser, y ellos dijeron simplemente: “Paremos aquí y visitemos a Michael”.
Fue la primera persona que hizo que me interesara la fotografía. Solíamos decirle: “¿Qué estás haciendo? Vamos, man, debemos irnos”. Y él: “No, tengo que hacer esto, primero tengo que hacer esto”. Y aunque tratábamos de apurarlo, él era un fotógrafo y nos dejaba bien en claro a todos que se dedicaba a eso.
Siempre estaba cerca. Solía pedirle: “Quedate un minuto, voy a terminar esta canción”. Y se entusiasmaba. “¿Puedo quedarme a mirar?”, preguntaba. “Bueno, si querés...”, le decía. Siempre me resultó difícil entender que alguien pudiera estar interesado en observar el trabajo de otro. Michael estaba allí, pero nunca presumía ni se aprovechaba de ello, jamás se interponía en tu camino. Sabía cuándo mantenerse apartado, entonces lo que hacía –sacarnos fotos–, era un hecho natural en nuestra relación. Jamás te fastidiaba poniéndote una cámara en tu cara, ni haciéndote consciente de ésta. Michael sólo sacaba fotos. Hacía eso. Estar cerca de nosotros y ser además la única persona que yo soportaba allí era algo completamente natural para él. Siempre fue un tipo increíble. No era solamente porque te gustaba tanto como persona que lo dejabas hacer cosas que jamás les permitirías a otros. Michael lo hacía tan bien y tan sigilosamente que la mayor parte de las veces nadie notaba que nos estaba fotografiando.
Luego llegaron las tapas de los discos Sgt. Pepper para los Beatles y Satanic Majesties para nosotros. Casi puedo imaginar a Michael sentado un día frente a su colección de discos pensando furioso: “Mmm, yo podría haber hecho algo mejor con esas tapas, tal vez podría hacer una para los Beatles y otra para los Stones”. Sé que no fue así como pasó todo, especialmente con la portada de Sgt. Pepper, pero Michael hizo una después de la otra y ninguno le dijo: “¿Es broma? ¿Los Beatles y los Stones seguidos? No se puede, van a ser muy parecidas”. Pero nadie lo pensó siquiera, y Michael terminó con dos portadas que realmente valía la pena poner en cada punta de su colección de discos.
Había una extraña similitud entre Brian y Michael. No sólo porque ambos murieron tan jóvenes y tan cercanos uno del otro, sino por esa suerte de depresión potencialmente infinita a la cual ambos podían ser tan vulnerables. Era como una suerte de supersensibilidad que crecía y los reclamaba en cualquier momento. La muerte de Brian siempre estará bajo sospecha, mientras que la de Michael se precipitó en 1973, en una época en la cual todos sus intereses parecían haber de-
saparecido. Sé que por sobre todas las cosas él estaba sumido en una inmensa depresión por sus problemas personales. Pero la verdadera tragedia de Michael fue que si hubiese podido resistir un poco más, podría haber solucionado esos problemas y hubiese podido ver cómo las cosas volvían a su cauce.
Era imposible estar con Michael por un tiempo y no excitarse con su vida, de la misma manera que él lo hacía con la tuya. Al poco tiempo de estar con él, comenzabas a ver las cosas a través de sus ojos. Yo solía decirle: “Mirá eso, sacale una foto a aquello”, ya fuera una viejita subiendo a un taxi o un niño sentado sobre el alféizar de una ventana. Y así comenzabas a mirar realmente las cosas que te rodeaban. Michael me incitaba siempre a observar el escenario pequeño y extraño de la calle, un mundo que él capturaba con el mismo nivel de intensidad, destreza y habilidad que utilizaba cuando documentaba todo el quehacer de los Stones en sus fotos. ¿Quién no podría estar agradecido con él?

Este es parte del prólogo a Early Stones, el extraordinario libro que recopila las fotos de los Stones tomadas por Michael Cooper, y que incluye testimonios de Richards, Jagger, Anita Palemberg, Marianne Faithfull e Ian Stewart.




 

lunes, 13 de junio de 2011

Andrew Loog Oldham publica su memorias: "Rolling Stoned".



Hijo pillo y pródigo de la educación aristocrática, fascinado por la revolución cultural inglesa que empezó por la moda y deseoso de inventar lo mismo en el mundo de la música, conoció a unos chicos que tocaban rhythm & blues y durante seis años se dedicó a ellos: encerró a Jagger y a Richards para que compusieran sus propias canciones, les cambió el look, los apuntó hacia el pop y les inventó la leyenda. Después de cincuenta años, toneladas de drogas, infinidad de fiestas e instalado en Colombia, Andrew Loog Oldham publica sus memorias en castellano (Rolling Stoned, Mondadori) y lo cuenta todo: desde el primer minuto con los Stones hasta el último con Charly García.



Por Mariana Enriquez

Andrew Loog Oldham era un adolescente extraño. En poco tiempo habría muchos como él, pero en 1963 su visión era la de un pionero, sobre todo porque apenas tenía 17 años. Hijo de una enfermera madre soltera que se encargó de darle una educación aristocrática y cara, Andrew había crecido entre veranos en la Costa Azul –pagados por el novio de su mamá–, escuelas exigentes recargadas de homoerotismo –tal como cuenta la leyenda sobre los internados británicos– y una tempranísima obsesión por el mundo del espectáculo y la moda. La parte más extraña de la obsesión era que los personajes que Andrew más amaba no solían ser las estrellas: le llamaban profundamente la atención los productores, los managers, los compositores, los hombres que hacían andar ese mundo. “No tengo idea de por qué los productores y los managers me llamaban tanto la atención como las estrellas”, dice, desde su casa en Bogotá: hace tiempo que dejó Inglaterra. “No tenía mucha idea de qué hacía un productor o un manager; sabía que no eran los que cantaban ni los que actuaban, eso sí. Todo lo que sabía cuando era joven era que cada vez que veía la foto de un artista o un manager o un productor, todos se veían increíblemente bien y totalmente diferentes a los trabajadores ingleses entre los que yo crecía. Cuando tenía unos 9 años, vi una foto de Elizabeth Taylor, el productor Mike Todd, el cantante Eddie Fisher y la actriz Debbie Reynolds caminando orgullosamente por Ascot, la carrera de caballos tradicional de la clase alta. Hoy en día cualquiera con un sombrero extravagante y dinero puede ser invitado... ¿Pero entonces? ¿Actores, cantantes, productores? Y los dos hombres eran judíos, algo muy inusual. Yo quería entrar a ese mundo y no quería perder tiempo en la escuela para hacerlo.”

Andrew Loog Oldham y Mick Jagger, fotografiados por el legendario Terry O’Neill.

No lo perdió: a los 17 estaba en el corazón del Londres que cambiaría la historia, trabajando en Bazaar, la boutique de Mary Quant en King’s Road. “Bastante antes de que 1963 cambiara la cara de la música tal como la conocemos, Gran Bretaña ya tenía un motivo pop: la moda. Yo tomé esas libertades establecidas y las apliqué dentro de los límites del seguro mundo de la música, donde resultaban innovadoras”, escribe Andrew Loog Oldham en Rolling Stoned, su autobiografía recién editada en castellano, que compila en un solo volumen sus dos libros de memorias que fueron un éxito no bien despuntado el siglo, Stoned (1998) y 2Stoned (2001). ALO elige ese título porque, claro, poco después de dejar la boutique de Quant para convertirse en agente de prensa conoció al grupo que cambiaría su vida y la del mundo: los Rolling Stones. ALO sería productor, manager, amigo, cómplice y devoto de la banda hasta su traumática partida, en 1967, cuando tenía apenas 23 años. Esos seis años de los Rolling Stones son conocidos como la primera época dorada, la que dio canciones como “Paint it, Black”, “Let’s Spend the Night Together”, “The Last Time”, “Ruby Tuesday”, “Under my Thumb”, “Mother’s Little Helper”, “As Tears Go By”, “I’m Free” y, por supuesto, “(I Can’t Get No) Satisfaction”. ALO fue el hombre que, famosamente, encerró a Jagger y Richards en una habitación durante casi todo un día para que compusieran su primera canción: con su inefable olfato, entendía que el grupo no iría a ninguna parte sin composiciones propias, que estaban muy bien el blues de Chicago y Chuck Berry, pero que el mundo iba hacia Lennon-McCartney y ellos debían moverse en esa dirección.

Rolling Stoned es un gran libro porque no es solamente la biografía del genial manager adolescente con sus chicos de clase trabajadora que se hicieron estrellas forajidas; es el retrato de un cambio de época y de esos años ’60 dorados. Y la mirada de ALO es bastante diferente a las habituales crónicas de época. En primer lugar, le da su lugar a la moda de una manera que pocos protagonistas lo hacen, entre otras cosas porque los rockers suelen negar la influencia de la moda por miedo a ser acusados de frívolos, de faltos de autenticidad. Una tara bastante reciente y asombrosamente traicionera: después de todo, hasta los Sex Pistols contaron con el diseño de Malcolm McLaren y Vivianne Westwood, y hoy mismo Keith Richards hace publicidades para Louis Vuitton. (El pop, en ese sentido, siempre ha sido mucho más honesto, desde Diana Ross hasta Lady Gaga.) En segundo lugar, y en el mismo sentido, rescata la crucial importancia de los artistas gays cuando todavía Stonewall quedaba muy lejos. “La homosexualidad era ilegal en Inglaterra”, recuerda ALO. “El show business y la marina eran las casas seguras naturales para ser gay, y nosotros no estábamos en la marina.” Si bien él mismo limita sus aventuras a los descubrimientos de la sexualidad adolescente en el internado, pone en primer plano a todo el resto de los homosexuales que construyeron la sociedad de los ’60: Joe Orton como el dramaturgo fuera de la ley que murió atacado por su amante con un martillo; los hermanos Reggie y Ronnie Kray, capos del crimen organizado en el East End durante toda la década; el compositor Lionel Bart, que escribió “Living Doll” para Cliff Richard y el tema de Desde Rusia con amor para James Bond; Brian Epstein, el atribulado manager de Los Beatles; Tony Richardson, uno de los pilares del Free Cinema; Francis Bacon y su amante, el ladronzuelo George Dyer; y desde Estados Unidos, Bob Crewe, el autor de “Can’t Get my Eyes off you” y “Lady Marmalade”. Todos ellos le enseñaron la importancia de construir una imagen ambigua, para sí mismo y para sus muchachos. “Para los otros era difícil, pero Mick entiende perfectamente la ambigüedad. Como lo hace David Bowie. O James Dean. Es una ventaja. No tienen que vivir así, pero aumentan la capacidad de significar más cosas para más gente.” Y en tercer lugar, Oldham pone en primer plano la Nouvelle Vague y la cultura pop francesa como centrales para la construcción de la imagen de los británicos. “Yo iba seguido a Francia, Saint Tropez era mi lugar de escape. Y no me iba como rico, ¿eh? En aquellos años todavía era posible rebuscárselas por allí.” Escribe en Rolling Stoned: “Mendigar era parte de la acción: la mayoría dibujaba sus Picassos sobre el pavimento por el pan de cada día. Mi arte era el don de la charla, de modo que ensayaba una buena historia y luego comenzaba a mendigar”.

Fue ese arte de charlar el que le consiguió su siguiente trabajo en Inglaterra y lo llevó a los Stones.

En el estudio con los Stones.

LOS AÑOS DORADOS

A principios de 1963, ALO trabajaba como agente de prensa independiente. Básicamente se ocupaba de conseguirles notas a artistas sin que ninguno fuera un cliente fijo, y así trabajó para Bob Dylan, Sam Cooke, Los Beatles y Phil Spector. Pero en un show de TV vio a Los Beatles y conoció a Epstein; y ese mismo año asistió a la química entre Albert Grossman y Bob Dylan. ALO decidió que él también quería tener un artista, pero había muchos hombres de la industria discográfica y jóvenes ambiciosos a la caza de otros Beatles por Londres.

ALO tuvo suerte un domingo a la tardecita, a principios de abril de 1963. Fue hasta una sala detrás del Station Hotel, en Richmond, a ver una banda recomendada, que entonces se llamaban The Rollin’ Stones. Quedó shockeado. El grupo tocaba rhythm & blues, estilo que ALO apenas conocía, pero no importó. “Nunca había visto algo como eso”, escribe en Rolling Stoned. “El grupo se me vino encima. Todas mis preparaciones, ambiciones y deseos habían encontrado su propósito. Estaba enamorado. Vi y escuché aquello para lo cual mi vida había sido hecha. No puedo ser inteligente y experimentado, sutil u oblicuo acerca de esto. Estamos hablando de Mick Jagger, uno de los tres artistas del espectáculo más competentes del siglo XX y del grupo que desafió al tiempo, a todas las apuestas y a la mayoría de las drogas, cerrando el siglo como la banda de rock & roll más grande del mundo.” Claro que entonces ninguno sabía qué le deparaba el futuro. Lo más importante era que el grupo consiguiera un contrato.

ALO hizo eso por ellos, y bastante más. Les explicó que no debían vestirse uniformados, que bastaba con despeinarse un poco y usar la ropa que usaban: su estilo era innato. El grupo era demasiado blusero, demasiado purista: ALO les hizo entender el pop, sumarlo a su sensibilidad. “La verdad es que todos eran fans del pop en el closet –cuenta en charla con Radar–. Salvo Charlie. No entendían bien qué canción podía ser un hit. Pero aprendieron rápido.” Otra decisión, que lo hizo pasar a la historia como un jovencito cruel y frívolo, fue “echar” al pianista Ian Stewart de la banda. “Stu” era mayor, no era atractivo, y ALO no creía en los grupos de seis personas. Pero hoy insiste en que si bien él sugirió separar a Stu de la banda, ninguno de sus compañeros saltó para defenderlo. “Era conveniente en el momento culpar a Andrew. Es natural. Por un lado éramos muy jóvenes y por el otro, eso es lo que los managers hacen. Estoy seguro de que se sintieron culpables. Pero Stu se quedó con ellos y siguió tocando con los Stones hasta el día en que murió. Yo sigo siendo muy amigo de su mujer. Ella trabajaba conmigo. Y Ian sabía cómo habían sido las cosas.”

A quien Stu en serio no quería era a Brian Jones. Y nadie lo quería. El retrato que hace ALO en Rolling Stoned es espeluznante. Un joven tanático, cruel, viejo antes de tiempo; el primer manager no cree que tuviera talento alguno para componer, además. “En carne y hueso, Brian fue una de las primeras personas que conocí que estaba realmente muerta en vida. Puedo recordar sus ojos, buscaban algo que no le deseo a nadie, algo que ni siquiera Anne Rice imaginó... Era como si hubiera tenido nueve vidas, como un gato, y hubiera sido enviado por error de vuelta a la número diez.” ALO ya había visto algo de esto cuando tomó la otra célebre decisión: la de encerrar a los Stones en una habitación para que escribieran un tema. Poco antes, gracias a su anterior relación con ellos, había conseguido que Lennon y McCartney escribieran para los Stones “I Wanna Be your Man”, uno de los primeros hits de la banda. Pero nadie quería ese destino de cantar canciones ajenas. En Rolling Stoned cuenta ese legendario momento: “Una noche les dije a Mick y a Keith que me iba a comer a lo de mamá, que los dejaba encerrados en el departamento. Vivíamos los tres juntos. Y les dije que a mi regreso esperaba que tuvieran una canción, y que era mejor que la tuvieran si esperaban algo de comida”. Lo hicieron. Aquella no fue una gran canción –ALO ni siquiera la menciona–, pero desde entonces Jagger-Richards no se detuvieron. “La gente dice que yo hice a los Stones”, dice. “No es cierto. Ya estaban allí. Me limité a sacar lo peor de ellos.” En Rolling Stoned, ALO reconoce que como productor musical no hacía demasiado: daba opiniones que eran respetadas, intuía el mejor material, pero los responsables de los discos eran los propios Stones y Jack Nitzsche. “Nunca fui director o maestro de voz de Mick. El se encontró a sí mismo, se metió en el personaje. Yo le recordaba las posibilidades. Keith era el conductor, el recaudador; era una maravilla verlo... Tiempo después, Allen Klein me preguntó: ‘Andrew, ¿quién hace los discos?’. Sin dudar le contesté: ‘Los hace Keith’.” ¿Y qué hacía ALO? El pensaba en la banda como estilo de vida, él promovía la idea de “el grupo que a los padres les encanta odiar”, él llamaba a los diarios y sugería “¿Dejaría que su hija se fuera con un Rolling Stone?”; él los cuidaba y hasta les pegaba a los periodistas que hablaban mal de sus muchachos, acompañado de Reg, su chofer, un matón gay apodado “El Carnicero”. Conseguía las fechas, peleaba los shows, intentaba los mejores contratos, les presentaba a Sinatra y a Spector. El, en fin, les escribía la leyenda.

Dirigiendo una sesión de fotos para la prensa.

Hacia 1964, además, tenía su propia orquesta: la Andrew Loog Oldham Orchestra. El disco que editó en 1966 incluía una versión de “The Last Time” de los Stones, cuyas cuerdas usaría The Verve en los años ’90 para la canción “Bittersweet Symphony”, préstamo inocente que acabó en juicio y créditos para los implacables Stones y Allen Klein. En el invierno de 1967 se desató el lado oscuro: Mick y Keith fueron detenidos después de una redada en la casa de Keith, en Redlands; poco después cayó Brian y la caza de brujas se extendió. Inglaterra reaccionaba contra los jóvenes forajidos. ALO tenía 23 años. Tuvo miedo, supo que estaba en la mira de las autoridades y se fue a Estados Unidos. Los Stones se sintieron abandonados, sin el amigo y manager que hablara por ellos para la prensa, mientras esperaban el juicio y eran filmados esposados antes de ir al calabozo. No se lo perdonaron y durante la grabación de Their Satanic Majesties Request lo ignoraron, se burlaron de él, le dieron a entender que estaba fuera. ALO renunció por teléfono.

¿Hoy pensás que hubieras hecho algo diferente? Quedarte en Inglaterra, con ellos, durante la persecución...

–No, no me arrepiento de nada. Para nada. Tenía 23 años. Si me hubiera quedado, me habría muerto. Y era el momento de irme, después lo vi claro. No estaba preparado para continuar con la banda, no tenía la experiencia que era necesaria para arreglar su situación financiera, ni lo que hacía falta para transformarlos de una banda instigadora e inspiradora en una marca de entretenimiento de larga duración.

En el libro reconocés que tuviste una crisis después de dejar a la banda, y que te costó mucho tiempo superarlo. ¿Por qué es tan traumático salir de la órbita de los Stones?

–Yo estuve ahí desde el principio. Me costó mucho reponerme, sí. No fue como las otras bajas de la banda: fue como un primer matrimonio con todo el dolor que implica que deje de funcionar. Los otros, Jimmy Miller, Marshall Chess, Mick Taylor... vinieron cuando los Stones eran celebridades y querían esa vida mágica. Muchos fueron eyectados; yo no. Keith es muy hábil para saber quiénes son los débiles y ni él ni Mick soportan a los estúpidos. Salvo cuando ellos mismos se comportan como estúpidos.

STONES Y DESPUES

ALO fue productor de Small Faces, de The Poets, de Donovan; fue uno de los organizadores de Monterrey Pop, el gran festival anterior a Woodstock y Altamont. Produjo varios otros éxitos. Pero, ¿cómo superarse cuando uno ha sido el que descubrió a los Stones? Además, durante años, arrastró depresiones y adicciones, todas gráfica y brutalmente expuestas en su autobiografía: las tóxicas fiestas en casa de John Philips de The Mamas & The Papas, las sobredosis, los tratamientos de electroshock, las noches cuidando a Marianne Faithfull, golpeada por alguno de sus violentos novios. La reinvención costó mucho, pero llegó. En los años ’80 se casó con una modelo colombiana y se mudó a Bogotá. La leyenda de que el hombre que descubrió a los Stones estaba en América latina llegó al país más stone del continente, y Los Ratones Paranoicos contrataron a ALO para los discos Fieras lunáticas (1991) y Hecho en Memphis (1993). Ahí hay canciones como “Cowboy”, “Ya morí”, “Rock del pedazo” o “Vicio”; el sonido que ALO les ayudó a encontrar era el soñado. Por esa misma época, ALO comenzó a pensar en su libro: “Empecé a llevar diarios en 1993. Diarios sobre el pasado. Cuando me limpié, ya tenía la base para los libros. Todo lo que tenía que hacer era sacar la retórica drogona y toda la basura que la acompañaba. Mandé a alguien a hacer las entrevistas. La verdad es que era alguien que pensaba que podía escribir un libro sobre mí, y yo pensé que no. Después escribí de 1997 a 2000 cada día”. Fue complicado: ALO sufre recaídas. Este año acaba de salir de una clínica de rehabilitación en Inglaterra, otra vez: “Cuando me limpié, elegí métodos alternativos. Me resistí a alcohólicos y narcóticos anónimos; yo quería ser más ‘inteligente’ que eso. Al final, todo ese camino me equipó para ser un budista o un cientólogo, no un adicto o un alcohólico. Me hice cargo de todo en enero de este año. Me interné en una clínica en Londres. Me ha tomado un tiempo larguísimo, es una enfermedad muy severa, pero la manera en que lo pensé en la clínica fue ‘Inglaterra me hizo, ahora puede rehacerme’. Estoy bromeando y siendo mortalmente serio al mismo tiempo. Es lo mejor que pude haber hecho. Lo recomiendo”. No es su única enfermedad: hace años que lidia con depresiones, que en Rolling Stoned denomina un trastorno bipolar, aunque ahora mismo la etiqueta lo sulfura: “Es sólo bipolar cuando mi vida no está en orden. En general, ‘bipolar’ es una gran excusa para la profesión médica, ganan un montón de dinero prescribiendo drogas que nublan la mente, pero no hacen nada con la causa del problema. Por supuesto, yo me diagnostiqué a mí mismo. Pero cuando supe que muchos médicos estaban de acuerdo, decidí que no quería comprar todo lo que implicaba la bipolaridad. Miralo así: cuando estaba drogado, podía estar deprimido y en posición fetal por cuatro días; cuando estoy limpio, es una tarde cuanto mucho. No digo que no exista la bipolaridad, pero es sospechoso que últimamente se haya multiplicado”.

Hace tres años, también, ALO se encontró con otro artista genial y otro adicto de fuste: Charly García. Le produjo el muy accidentado Kill Gil. Y fue complicado.

¿Estás satisfecho con el disco?

ROLLING STONED. ANDREW LOOG OLDHAM MONDADORI 432 PAGINAS

–No. Tuve que lidiar con toda la mierda de su compañía discográfica (EMI) y que él quisiera que echaran a su hijo, que estaba grabando un disco con ellos. Y con la estupidez de su ingeniero, que puso la grabación en Internet. Un juego de niños demente. Decir que era comportamiento de retardados es ofender a los retardados. El resultado fue que no me pagaban aunque, bueno, al final tuve el depósito... pero me lo busqué. No pude resistir la oportunidad de trabajar con un genio, yo fui el tonto porque pensé que podía parar su antinatural perversión, su deseo de autodestruirse. Pero me alegro de los momentos que tuvimos juntos cuando funcionó. Valió la pena el precio de admisión.

¿Sabés que está en rehabilitación?

–Sí. Desconfío mucho sobre esa rehabilitación. No lo vi en persona, pero para mi gusto está bastante vegetal. Una recuperación tipo Brian Wilson. Las drogas matan; también puede matar la medicación que se supone debe recuperarte. Pero yo sólo puedo hablar por mí mismo. El era un talento increíble. Tan grande como al menos dos de Los Beatles. No está mal para un solo tipo. Sólo espero que cada día esté diciendo: “Soy Charly, soy un adicto y un alcohólico”. Por supuesto le deseo lo mejor, pero no parece que esté listo para hacer stand up todavía.

Mientras tanto, ALO prepara el que, cree, será su último disco, The Andrew Loog Oldham Orchestra & Friends Play The Rolling Stones Songbook Vol. 2. El Vol. 1 se editó en 1966 y recién ahora el productor se siente capaz de volver al estudio. “Esta segunda parte fue inspirada por una película. Vi Children of Men y había una gran versión de Franco Battiato de ‘Ruby Tuesday’. No sé por qué, pero ese uso de la canción me inspiró a hacer el Vol. 2.” Pablo Memi de los Ratones Paranoicos estará en el disco; también Gruff Rhys de Super Furry Animals y el guitarrista de jazz fusion Gary Lucas. Y todos los días, desde la oficina de su casa en Bogotá, pasa música en la radio. Trabaja para Steve van Zandt, el legendario guitarrista de la E Street Band de Bruce Springsteen. Tres horas cada día de semana y cuatro los sábados y domingos elige canciones para el show Little Steven’s Underground Garage, en Sirius XM21. Su trabajo ideal, que además lo mantiene asombrosamente actualizado. “Ojalá mi madre hubiera vivido lo suficiente para verme hacer esto. Hubiera suspirado de alivio y dicho: ‘Al fin un trabajo de verdad’.”

¿Alguno de los Stones leyó tu libro?

–Keith. Me llamó para decírmelo. Nunca voy a dejar de estar en contacto con Keith. Ni siquiera necesitamos palabras: nuestra relación no ha cambiado.

¿Y vos leíste su libro de memorias, Vida?

–La verdad es que leí partes. ¡Son 950 páginas! Quizá la próxima Navidad.




El mundo (de hoy) según ALO











Por Mariana Enriquez

¿Qué es tener estilo, y quién lo tiene?

–Creo que el estilo es saber exactamente quién es uno y cómo mostrarse. Debe ser una cuestión interna, debe ser una pasión o, una vez que los dones de la juventud se desvanecen, se vuelve muy vacío. Es más que la ropa: es la energía, el vocabulario, la disposición, pero al principio es la ropa y las palabras. Una vez que se lo tiene, con suerte se convierte en un modo de vida. En los ’60 tenían estilo Jean Claude Brialy, Juliette Greco, Alain Delon, Romy Schneider, Jean Seberg, Elvis, Miles Davis, Laurence Harvey, Terence Stamp, el duque de Edimburgo, Pierre Cardin. Ahora... es difícil. George Clooney lo tiene pero sólo en las publicidades; Jack White; Sting, cuando quiere; Lady Gaga.

¿A qué managers admira o respeta?

–Me gusta Kim Fowley, ex manager de The Runaways. Y obviamente Brian Epstein. Pero no los admiro. Siento mucha pena por lo que le pasó a Epstein y respeto su total devoción por Los Beatles. Pero eran un salvavidas, y eventualmente él no pudo mantenerse aferrado y se ahogó: era judío y gay, dos estigmas entonces, a menos que estuvieras muy seguro de vos mismo y tuvieras una gran autoestima. Pero fue tan tan bueno para Los Beatles. Si no les hubiera conseguido ese contrato, no estaríamos hablando ahora. Estuve en una habitación con Albert Grossman y Bob Dylan durante veinte minutos en 1963. Fue intoxicante, me enamoré del aire de conspiración. Tres meses después conocí a Los Rolling Stones. De los managers de hoy tengo una gran opinión de James Sandom. El y sus socios son managers de The Cribs y Kaiser Chiefs. Hacen un gran trabajo. También le tengo aprecio a Lawrence Bell y sus logros con Domino Records, el sello que tiene y maneja a Artic Monkeys, Franz Ferdinand, Lou Barlow y que edita en Inglaterra a artistas como Will Oldham, The Magnetic Fields, Royal Trux, Smog o Juana Molina.

Phil Spector fue tu ídolo y tu amigo. ¿Por qué lo considerás un genio? ¿Lo viste últimamente?

–Escuchaba el sexo en su cabeza y era capaz de traducirlo en música a pesar de alucinantes contratiempos técnicos y musicales. Hizo los mejores discos del mundo, cambió nuestras vidas. Hoy lamentablemente cualquiera puede hacer “grandes temas”. Es la naturaleza de la tecnología. El estándar de “normalidad” es demasiado alto. Pero la locura le ganó; la locura sobrepasó su talento. La última vez que lo vi fue entre juicios, creo que en 2009. Todavía lo amo. Todos tenemos demonios; a algunos de nosotros nos domina el dolor y el dinero y nos suicidamos. En su caso, alguien más fue asesinado. Una tragedia americana.

¿La crisis de las compañías discográficas es terminal o se pueden salvar?

–Las compañías discográficas están terminadas. Son un cáncer y encontraron la manera de no pagarles a los artistas viejos solamente para no cerrar la persiana. Hay muchos discos viejos por los que no se me paga. Tengo suerte de no necesitar ese dinero para parar la olla. Me compadezco por los artistas que tuvieron su momento y ahora ven revivir ese momento en compilaciones por las que no cobran. El principio del fin fue el éxito del compact disc. Todo ganancia y nada de costo: les dio a las compañías años dorados. La gente encargada de las compañías se volvió inalcanzable, era gente con la que no se podía contar, casi más loca que los artistas. Antes, la música cambiaba el juego, ahora es la tecnología. Un ejecutivo de sesenta años puede conocer las palabras pero no puede entender de verdad la tecnología. Eso es asunto de una persona joven. Hay pocas excepciones. Necesariamente el negocio de la música cambiará de forma y de manos.

¿Te gusta algún productor actual?

–Los productores hoy son ingenieros. Tienen que serlo, es la naturaleza de la bestia. Es su manera de ser útil al artista pero no es necesariamente algo bueno. Los ingenieros no siempre hacen que el artista evolucione o lo llevan a otra parte. Todo sigue siendo acerca de la canción. Una canción todavía puede transportar una vida a un lugar hermoso que lo explica todo. El productor que me gusta es Jack White: admiro su habilidad, su pasión y su ética de trabajo. Debería producir a los Stones, pero eso no va a pasar por muchas razones. Si tuviera 17 años y quisiera ingresar al mundo de la música, él sería mi ídolo.

En el libro decís que hay demasiados artistas viejos haciendo música vieja: los Stones, Dylan, McCartney, los Who... ¿Hay artistas jóvenes que te gusten?

–Sí. Adele, Amy Winehouse..., pero son todos fenómenos de circo. Tienen que dar todo lo que tienen la primera vez, de una, y después ya fueron usados y son descartables. No hay camino, no hay crecimiento. Alex de Franz Ferdinand lo dijo muy bien: “No tenemos que tener un disco de grandes éxitos, todo lo que tenemos que hacer es tocar nuestro primer disco”. Al segundo disco el artista suele estar terminado. Las cosas cambian, pero eso no es importante. Si sos joven y querés llegar, tampoco es tan grave. Siempre hubo precios.



sábado, 26 de marzo de 2011

SYMPATHY FOR THE DEVIL, EL REGISTRO DE UNA GRABACION HISTORICA







Los Rolling Stones según Godard

El director francés filmó el proceso entero de creación de una de las canciones emblemáticas de la banda de Jagger y Richards. Las cámaras de Godard se pasearon por el estudio en una época particularmente fértil y caótica de los Stones.









Por Horacio Bernades

Que Godard filme a los Stones tal vez suene raro hoy en día, pero en los ’60 no lo era tanto. En plena etapa de cine político, recién lanzadas La chinoise y Week End, hacia fines de esa década el realizador de Sin aliento aterrizó en Londres, con la intención de hacer una película sobre el aborto. Abortada esa idea, Godard cambió bruscamente de ángulo y se puso en contacto con Los Beatles, que no manifestaron el menor interés en ponerse a sus órdenes. Alentados por la modelo y actriz Anita Pallenberg, miembro de su círculo más íntimo, los que dieron el sí a mediados del ’68 fueron los Stones. Jagger y los suyos pulían por entonces un tema nuevo, que iría a parar a Banquete de pordioseros y cuyo entero proceso de creación permitieron filmar a Godard. Se trataba, créase o no, de “Sympathy for the Devil”. La película resultante conoció dos títulos: el que le puso Godard, típicamente matemático (1 + 1 o One Plus One), y el del productor, ligeramente más marketinero: Sympathy for the Devil. Exhibida por primera vez en noviembre de 1968, un mes antes del lanzamiento de Beggar’s Banquet, con el título del mítico temazo circula ahora por aquí –donde la película jamás se estrenó– una impecable copia en DVD, lanzada por el sello Emerald un par de meses atrás.

Como quien talla un bloque de historia, Godard planta sus cámaras en el estudio y filma todo lo que ve. La estructura de bloques por paneles que divide el estudio de la Decca, por ejemplo. Estructura que, llamativamente, tiende a mantener a Charlie Watts, Bill Wyman y Brian Jones dentro de sus respectivas burbujas. Recuérdese: a sus problemas con las drogas, en ese último año de vida Jones le sumaba el hecho de que su flamante ex novia (Pallenberg) era ahora la novia de un compañero de grupo (Richards). Estado de fragilidad que seguramente explica que no siempre se lo vea participando de las sesiones. Apretando los labios, Watts se concentra en sus palillos, mientras a Wyman –pulóver rosa, pantalones rojos, botas al tono– se lo ve tan ausente o aburrido como siempre. Las cámaras de Godard se pasean por el estudio en travellings acompasados y majestuosos (parece como si fuera Max Ophuls el que filmara), captando los más mínimos detalles. Richards toca en patas, las cuerdas de la guitarra española de Jones sobresalen como pelos mal cortados, Jagger mira a cámara y pregunta: “Ça va?”.

Aportando a la documentación de la música del siglo XX uno de sus archivos más preciosos, la composición de “Sympathy for the Devil” pasa, con el espectador como testigo, de una primitiva versión acústica y sin percusión hasta (casi) la definitiva. Incluyendo los solos de Keith Richards y Nicky Hopkins, las congas, los grititos de Jagger y el uh-uh del coro, integrado por Stones & Friends (se divisa, entre otros, a Pallenberg y el productor musical Jimmy Miller). Unico y doloroso manchón, obra del productor (por algo Godard lo fajó y abandonó la sala, el día en que la película se presentó en el Festival de Londres), la idea de dejar oír, completo y en off, el corte final del tema, levantado del disco y sonando como paradójicamente incrustado. En manos de los hermanos Maysles o D. A. Pennebaker, 1 + 1 habría sido una sola: el registro directo de la grabación de un pedazo de historia musical. Para Godard, en cambio, nada nunca es sólo 1.

Además de una novela erótico-política que se lee en off (novela en la que el Papa desvirga a una chica y Marilyn va del brazo con el Che), el otro 1 son aquí varias series de fragmentos intersectados. Cuestión de inscribir lo que sucede en el estudio de la Decca en un marco de época, haciendo chocar, de paso, el documental con la representación y la alegoría política. En esos fragmentos Anne Wiazemsky (protagonista favorita de JLG en esa época) hace de Eva Democracia, unas chicas pintan consignas godardianas en las paredes (“Sovietnam”, “Cinemarxismo” y así), alguien lee Mi lucha en voz alta, Panteras Negras también leen en voz alta a LeRoi Jones (sin lectura en voz alta no habría Godard, ya se sabe), mientras acopian fusiles y ejecutan a chicas blancas. Parafraseando tal vez el final de El desprecio, lo último que se ve es la grúa que se levanta y se va, llevando el cuerpo asesinado de Eva Democracia, entre una bandera roja y una negra. Si Godard nunca sería el que es sin el factor metalingüístico, el Godard de esa época no existiría sin el gusto por la alegoría.

jueves, 10 de marzo de 2011

EN UN DISCO HOMENAJE A IAN STEWART,BILL WYMAN VOLVIO A TOCAR CON LOS ROLLING STONES









Por cariño al “sexto Stone”







Boogie 4 Stu, que aparecerá en abril, incluye la participación del ex bajista junto a la banda en un cover de Bob Dylan. El álbum es en homenaje al pianista Ian Stewart, que fue fundador del grupo pero dejado afuera por Andrew Loog Oldham.

Por John Walsh *


A Stewart no le importó el segundo plano: aquí se lo ve junto a Richards y Jones.

Ian Stewart era un escocés gigantesco con una pera enorme y dedos mágicos. Prodigio musical desde los 6 años, fue el mejor pianista de boogie-woogie de su época, y uno de los más grandes segundones de la historia del rock and roll. El tenía 23 cuando vio un aviso en Jazz News el 2 de mayo de 1962, en el que se invitaba a músicos a unirse a un grupo de rhythm and blues. Stewart hizo una audición con un guitarrista rubio llamado Brian Jones. Enseguida se entendieron y decidieron formar una banda. Unos días después se les unió un cantante, Mick Jagger, y un guitarrista de rostro enjuto llamado Keith. Con Dick Taylor y Mick Avory en bajo y batería, se llamaron a sí mismos The Rollin’ Stones (sic), y debutaron en el Marquee Club de Londres el 12 de julio de 1962.

Stewart obtuvo su inspiración de los maestros norteamericanos de boogie-woogie de los años ’30 y ’40, especialmente de Albert Ammons. La técnica requería una mano derecha torrencialmente ágil, veloz y arpegiada, y una “mano izquierda como la de Dios” para sostener las notas graves rockeando. Stewart aporreaba las teclas del piano como un maestro. “Me voló la cabeza cuando empezó a tocar”, dijo Keith Richards. “Nunca había escuchado a un blanco tocar así el piano”. Cuando Bill Wyman y Charlie Watts reemplazaron a Chapman y Avory, la alineación de la banda estuvo completa. Pero para mayo del año siguiente, Stewart había sido despedido de la formación que salía a escena. El manager de la banda, Andrew Loog Oldham, decidió que su aspecto no encajaba. Ninguno de los Stones era exactamente un Adonis, pero el espíritu de rebelión adolescente no era demasiado bien representado por Stewart.

Cualquier otro se hubiera ido furioso y con el amor propio golpeado. En cambio, Stewart decidió quedarse, trabajar como tour manager de la banda y tocar el piano en los discos. Se convirtió en el “sexto Stone”, una presencia constante que nunca se veía sobre el escenario, un hombre que afinaba guitarras y llevaba a los chicos a los conciertos por toda Inglaterra. Su piano puede escucharse en clásicos de los Stones como “Honky Tonk Women”, “Brown Sugar”, “Let It Bleed”, “It’s Only Rock’n’Roll (But I Like It)” y “Dead Flowers”. Excepto por un caso, estuvo en todos los álbumes de los Stones entre 1964 y 1986. Nunca escuchó Dirty Work, el último álbum en el que tocó, porque murió de problemas respiratorios en diciembre de 1985, antes del lanzamiento del disco.

Un cuarto de siglo más tarde, un disco de homenaje a Stewart llegará a las bateas en abril. Boogie 4 Stu (el título está inspirado en un tema de Physical Graffiti, de Led Zeppelin, en el que tocó Stewart) tendrá a Bill Wyman nuevamente con los Stones en homenaje a su viejo amigo (en un cover de “Watching the River Flow”, de Bob Dylan). El CD fue ideado por Ben Waters, de 35 años, una estrella moderna del boogie-woogie (y tío de la cantante PJ Harvey) que actualmente gira por Europa junto a Charlie Watts bajo el nombre The ABC&D of Boogie-Woogie (Ben es la B, Charlie es la C, la A es Axel Zwingenberger y la D es Dave Green).

Ian Stewart era demasiado recto para adoptar el mundo de excesos de las estrellas de rock. Cuando se unió a los Stones, trabajaba para Imperial Chemical Industries; de hecho, él manejó las primeras fechas de la banda desde las oficinas de la compañía química. Como una gallina con sus pollitos, él cuidó a los díscolos Stones, criticó su comportamiento y eligió hoteles con campos de golf, mientras que la banda prefería los que quedaban en las ciudades, con mayor acceso a las groupies y las drogas. El era, en un sentido, el súper ego de la banda, su conciencia, la figura que la mantenía en línea. Y era un purista del blues y el rock and roll: se rehusaba a tocar temas de boogie-woogie con acordes menores porque sabía que la banda no iba a funcionar en eso. Cuando los Stones entraron al Salón de la Fama del Rock and Roll en 1989, ellos pidieron que se incluyera el nombre de Stewart. “Stu era el único tipo al que tratábamos de agradarle”, dijo Mick Jagger después de la muerte del pianista. “Queríamos su aprobación cuando escribíamos o ensayábamos una canción.” La última palabra es de la autobiografía de Richards, Life: “Ian Stewart, todavía trabajo para él. Para mí, Los Rolling Stones son su banda”.

* The Independent de Gran Bretaña.






lunes, 31 de mayo de 2010

ROLLING STONES: Se reedita su mejor disco EXILE ON MAIN STREET.


Un lugar soleado para gente sombría

Treinta y ocho años después de su edición original, los Rolling Stones por fin se decidieron a remasterizar el disco considerado unánimemente como el mejor de su carrera, Exile on Main St. El nuevo lanzamiento viene además con un puñado de canciones nuevas y un documental en DVD. Pero sobre todo revive las discusiones sobre este excesivo trabajo que Keith Richards considera su favorito y Mick Jagger desprecia. Y sirve para recordar esos meses en la Costa Azul en que los Stones se metieron en el sótano de una mansión y salieron con una obra maestra.

Por Mariana Enriquez

La casa era hermosa. Blanca, del siglo XIX, con 16 habitaciones y techos de 9 metros de altura. La había construido un almirante inglés, sobre una colina desde la que se veía el Mediterráneo, frente al puerto de Villefranche-sur-Mer, la Costa Azul, el sur de Francia. El almirante no había sido feliz en su magnífico hogar: en algún momento sintió que su vida no valía la pena y se suicidó arrojándose desde los tejados. En los años ’40 había sido ocupada por la Gestapo y dice la leyenda que la policía nazi llevó a cabo interrogatorios en el sótano. Pero sobre esa oscuridad subterránea se elevaban palmeras y cipreses, una larga escalera que llevaba a la playa privada, arañas impactantes, terrazas amplísimas, jardines colgantes. A Keith Richards le encantó la casa: decidió que sería su guarida y se instaló allí en junio de 1971 con su hijo Marlon, su mujer Anita Pallenberg y sus perros. Enseguida llegó Gram Parsons, uno de sus mejores amigos, de visita por tres meses junto a su esposa Gretchen. El alquiler costaba 10 mil libras al mes; se escuchaba música country día y noche –Merle Haggard, George Jones– y el chef francés contratado para cocinarles, el gordo Jacques, también era dealer de heroína. Era un refugio perfecto, una estampa de dolce vita para el joven guitarrista mitad forajido, mitad millonario. Cuando el periodista Robert Greenfield visitó Nellcôte –el nombre de la casa–, escribió que le recordaba a la Costa Azul de Suave es la noche, la novela de F. Scott Fitzgerald.

Pero había problemas bajo la fachada de mármol, sol y mar. A Keith Richards le gustaba estar allí, pero no había alquilado una casa en la Costa Azul por placer. El y el resto de los Rolling Stones habían tenido que dejar Inglaterra porque no podían cumplir con la estricta ley fiscal británica. Debían impuestos. Debían más de lo que tenían, y más de lo que podían ganar. Richards, que entonces estaba en un estado de dócil paranoia, creía que les habían lanzado los sabuesos para perseguirlos. Es posible que así fuera: en lo cierto o no, Richards y los Stones tenían motivos para estar con los nervios de punta. Allen Klein, su ex manager, era el responsable de no haber pagado los impuestos; pero, además, no podían separarse de él. ABCKO, la compañía de Klein, era dueña de todas las canciones de los Stones hasta 1969, de las cintas master del catálogo original hasta Get Yer Ya Ya’s Out y de los discos recopilatorios posteriores. Esto significaba que el dinero que les quedaba a los verdaderos autores era poco, aunque ellos vivían como aristócratas. Estaban en pleno juicio con Klein, un hombre extremadamente astuto. Hacia 1970 ya habían fundado sello propio, Rolling Stones Records –Jagger, siempre inteligente para los negocios, le había encargado el diseño del logo, la famosa lengua, a Andy Warhol– y tenían contrato de distribución con el sello Atlantic de Ahmet Ertegun, pero aquella nueva etapa recién empezaba. ¿Y si salía mal? ¿Y si no podían sobrevivir? Marshall Chess, el primer presidente de Rolling Stones Records, un decidido hombre de Chicago, no tenía dudas. Pero los Stones sí. Gran parte de la inseguridad provenía del no superado trauma de Altamont: el concierto gratuito en California, con su saldo de un joven asesinado frente al escenario –el cierre negro de los años ’60–, había ocurrido apenas un año y medio antes, en diciembre de 1969. Los Stones, especialmente Jagger, todavía recibían amenazas de muerte de los Angeles del Infierno. Y luego estaba la adicción de Keith y Anita. Ambos se inyectaban heroína tres veces por día; Keith además gustaba de los speedballs, una mezcla de heroína y cocaína que, decía, lo ayudaba a componer. Antes de partir hacia Francia, Keith se había sometido a una cura con una integrante del equipo que había ayudado a dejar la heroína a William Burroughs; pero se mantuvo limpio tan sólo tres días, hasta que llegaron a su casa de visita Gram Parsons y Michael Cooper, sus compañeros de correrías. Cuando llegó a Nellcôte, sabía que no iba a volver a intentar desintoxicarse, y que iba a grabar el disco que debían entregarle a Atlantic en menos de un año completamente sumergido en la adicción.

Y finalmente estaba el problema Bianca. En mayo de 1971, Mick Jagger se casó con la exquisita heredera nicaragüense Bianca Pérez Moreno. A la ceremonia no acudió ningún Rolling Stone salvo Keith Richards, que se la pasó roncando y se negó a tocar para los novios. Bianca luego se negó a pisar Nellcôte y alquiló, ya embarazada, un departamento en París. Y entonces empezó la histeria. A Jagger no le gustaba que Richards pasara tanto tiempo con Gram Parsons (“Quería protegerme; pero también, y sobre todo, estaba celoso”, le dijo Richards a la revista Classic Rock hace menos de un mes). Bianca odiaba a Anita y no soportaba a Keith. Anita odiaba a Bianca con pasión: dicen que intentó hacerle brujería. Jagger no sabía qué hacer, ni cómo mediar entre su mejor amigo y su esposa. Nada bueno podía salir de todo este drama, pensaban todos.

Pero salió Exile on Main St.


Los subterraneos

El productor Jimmy Miller y el ingeniero de sonido Andy Johns –que sólo tenía 21 años en ese verano de 1971– pasaron meses buscando un estudio en el sur de Francia para poder grabar el sucesor de Sticky Fingers, pero no encontraron nada que fuera adecuado. Además, poco a poco iba quedando claro que la mansión de Keith Richards funcionaba como imán, especialmente porque su dueño no quería salir de allí. Así que tomaron una decisión: instalar el equipo de grabación móvil de los Stones en la puerta de la casa –un camión enorme que albergaba la tecnología más avanzada de la época–, y tirar cables hacia el oscuro y húmedo sótano de Nellcôte, donde el grupo iba a componer el disco, el lugar que funcionaría como sala. Hicieron falta más cables, sin embargo: la endeble instalación eléctrica de la mansión no podía aguantar las nuevas exigencias energéticas, por lo que el equipo se conectó ilegalmente a las líneas eléctricas de los ferrocarriles franceses, que pasaban cerca. Esos cables robados pasaban a través de la ventana de la cocina. Era ciertamente incómodo: los Stones ya eran un grupo aburguesado, acostumbrado a grabar en situaciones principescas. Mick Jagger odiaba particularmente todo el asunto. “Todos estaban drogados con algo. Así que no era agradable. Era una cosa comunitaria, no sabías si estabas grabando o viviendo o cenando. Yo no la pasaba bien. No sabía cuándo iba a tocar, cuándo tenía que cantar. Era muy difícil, había demasiados parásitos. Me dejé llevar por la corriente y el disco se empezó, pero fue casi imposible. Todos tenían la cabeza en otra parte. Y los productores, los ingenieros, toda la gente que se suponía debía ser la más organizada, eran los más desorganizados de todos.” Del sótano tampoco guarda buenos recuerdos; cuenta en el libro Keith Richards: The Biography de Victor Bockris: “Grabábamos en el desagradable sótano de Keith, que parecía una cárcel. A mí me gusta grabar en salas muy grandes. Había una humedad increíble. No podía soportarlo. En cuanto abría la boca para cantar, me quedaba sin voz. Era tan húmedo que todas las guitarras se desafinaban antes de llegar al final de la canción”. Las guitarras se grababan en la cocina, donde había azulejos que proveían una mejor acústica. Bill Wyman tenía un cuartito para tocar su bajo, pero era tan chico que debía dejar el amplificador del otro lado de la puerta. Toda la rutina se acomodaba a los horarios del dueño de casa: si se despertaba a medianoche, entonces se tocaba hasta el amanecer; si se despertaba al mediodía, entonces se tocaba hasta la hora de cenar. Los técnicos alquilaron casas en los alrededores. Los Stones solían quedarse en Nellcôte (Jagger vivía en París, Charlie Watts en Cervennes), pero cuando se iban, no volvían en unos cuantos días. Jagger desaparecía con mucha frecuencia, cosa que enfurecía a Keith. Así fue que algunas canciones emblemáticas, como “Happy”, se grabaron casi sin los Stones: Richards en guitarra y voz, Jimmy Miller en batería y bajo, saxo a cargo de Bobby Keys. “Rocks Off” se registró a las nueve de la mañana, en dos tomas: Richards despertó a los gritos a los ingenieros para que grabaran lo que recién había sacado, esa canción sobre la decadencia y la pereza y la adicción que parecía resumir el fatal verano francés: “Siempre escucho voces por la calle / Quiero gritar, pero apenas puedo hablar... / Pateame como lo hiciste antes, ya ni siquiera puedo sentir dolor”. Jamás faltaba droga, porque Marsella estaba muy cerca y era la capital europea de la heroína, el hogar de la mafia corsa. Los dealers iban a Nellcôte con heroína tailandesa, llamada “algodón de azúcar” por su tono rosa y su calidad. Otros pasaban cocaína dentro de regalos para Marlon, el primogénito Richards (dentro de un piano de juguete, por ejemplo). Keith se compró un yate, al que llamó Mandrax, y trataba de acercarse a otros buques en el puerto de aguas profundas, convencido de que debían contar con cargamentos de hachís y opio de gran calidad. En general no conseguía nada, chocaba el yate contra otros barcos y contra el muelle, y en ocasiones se quedaba sin combustible. Anita Pallenberg recuerda esa época de combustión creativa en la biografía de Bockris: “Fue un maratón musical increíble, pero también fue una pesadilla. Creativamente era genial, todo el mundo en su sitio, y entonces llegaba Mick y se ponía a cantar ‘Sweet Black Angel’, y eso podía continuar dos días seguidos; pero durante todo el tiempo que pasamos en la casa nunca estuvimos solos. Día tras día éramos diez personas para comer, veinticinco para cenar. Creo que nadie durmió en todo el verano. Yo tenía que ocuparme de todo. Era la única persona que hablaba bien el francés. Y luego estaban los delincuentes del lugar, que en cierto modo se mudaron con nosotros. Decían: ‘Vamos a venir aquí y vamos a destrozar la casa, vamos a hacer esto y aquello’. Y yo pensé: mejor que los contratemos y los hagamos trabajar para nosotros. De modo que teníamos a un montón de lugareños, peligrosos, trabajando en la cocina. Al final nos encontramos a traficantes de drogas en la puerta de casa haciendo todo tipo de negocios, y así fue como todo se fue al carajo. Habíamos abierto las puertas; estaban abiertas porque todo el mundo entraba y salía (los músicos, todo el mundo). Un día entré en el salón y vi a esos tipejos que llevaban medio kilo de heroína cada uno en las botas, y los eché a patadas. Era una locura”.

Hoy, Keith Richards insiste en que no era para tanto, que mucho es leyenda, que un disco doble como acabó siendo Exile on Main St. no habría podido lograrse sin cierta ética de trabajo y alguna disciplina particular. Pero reconoce que fue la primera vez que trabajó como quería, sin horarios, con los músicos más o menos en el mismo lugar todo el tiempo, con tiempo, dejando que las cosas ocurrieran, capturando los accidentes. “A esta banda se le saca lo mejor cuando cree que no está trabajando. Hice un disco doble cuando más metido estaba en la heroína. Puedo asegurar que no afectó en absoluto mi capacidad como músico. Y creo que también influyó que yo viviera sobre la fábrica. A lo mejor debería intentarlo de nuevo, a lo mejor debería meter a los Stones en el sótano otra vez.”


El lento despertar



Se terminaba el verano, y el nuevo disco iba tomando forma. En el sótano, algunas noches la temperatura subía hasta los 40, y así se escribieron canciones como “Ventilator Blues”, de Mick Taylor, un homenaje al único ventilador de la sala. La música se escuchaba todo el día desde la calle. Los vecinos no se quejaban, pero la policía estaba atenta. Y se pusieron mucho más en alerta cuando una tarde Keith, en una pelea con un guardia costero porque quería ver el yate de Errol Flynn, sacó el arma de juguete de Marlon para amenazar al efectivo. Agentes de la policía visitaron Nellcôte tras el incidente, y se fueron con la promesa de buena conducta y algunos discos autografiados. Pero ahora estaban sobre aviso.

Mick Jagger, que acababa de ser padre de su segunda hija, Jade, anunció que él daba por terminadas las sesiones de Nellcôte, cosa que enfureció a Keith. No hubo vuelta atrás. El paraíso artificial se ensombreció más cuando una noche, y a pesar de que había más de diez personas durmiendo en la casa, alguien entró y se llevó las atesoradas once guitarras de Keith Richards (además de un bajo y un saxo de Bobby Keys). ¿Una deuda de droga no saldada? Probablemente. Días antes, Keith y Anita habían incendiado accidentalmente su cama; ella estaba embarazada de tres meses, y no podía dejar la heroína. Bill Wyman ya había dejado de ir a Nellcôte: odiaba el ambiente. Gram Parsons también se había marchado, entre otras cosas por presión de Jagger, y porque no había conseguido grabar el planeado disco de country con Richards –¡y qué disco hubiera sido!–: su adicción era demasiado profunda. Moriría dos años después, en 1973. Richards no volvió a verlo. Un segundo robo dejó a los inquilinos de Nellcôte sin ropa ni dinero. La policía ya estaba lista para acusarlos de tenencia de drogas, y de posible tráfico (o de permitir que se traficara bajo su techo). Escaparon por un pelo: el primer intento de salir del país casi les fue negado, pero los poderosos abogados de los Stones convencieron a las autoridades judiciales francesas de que Keith y Anita volverían, presentando como garantía algunos meses más de contrato de alquiler en Nellcôte.

Richards y Gram Parsons en un balcón de Nellcote.

Para noviembre, todos estaban en Los Angeles, en el Sunset Studio, terminando el disco con colaboradores como Billy Preston y Dr. John. A nadie le gustaba mucho cómo sonaba lo obtenido en el sótano francés, pero coincidían en que el disco tenía algo, cierto filo, una suciedad espectral, una mezcla de pereza y oscuridad con iluminaciones creativas. Exile on Main St. se editó en mayo de 1972. Fue el último gran álbum de los Rolling Stones, el final del gran período iniciado con Beggar’s Banquet en 1968, “los cimientos en donde todavía descansa su carrera”, como escribe el biógrafo Stephen Davies en Old Gods Almost Dead. El mejor disco de los Rolling Stones, para muchos; ciertamente el gran testamento de una era, la puerta de entrada, hermosa y desenfrenada, a los terribles años ’70.

Los Rolling Stones nunca volvieron a sacar un disco que estuviera a la altura de Exile on Main St. O cerca siquiera. Fue, también para ellos, el inexorable final de la magia negra.

Exile on main street la reedición

Cuando los Rolling Stones se decidieron a reeditar Exile on Main St., hicieron cosas arriesgadas, sobre todo teniendo en cuenta que son, como grupo, increíblemente reacios a entregar material de archivo e insólitamente pudorosos acerca de sus años más legendarios. En primer lugar se permitieron revolver el pasado, cosa que no les gusta, especialmente a Mick Jagger, que ha hecho un culto del mirar para adelante para evitar –dentro de lo posible: su margen de maniobra es mínimo– el exceso de autoparodia, convertirse en un grupo de covers de sí mismos. En segundo lugar manosearon un álbum legendario cuya leyenda consiste, en parte, en que suena sucio, en que suena mal. “La voz está tan enterrada en la mezcla de ‘Tumbling Dice’, por ejemplo –dice el productor Don Was–, que es ridículo. Ridículo. No hay ningún estándar de grabación que permita una cosa así. Y sin embargo funciona. Y cómo.” Y en tercer lugar incluyeron diez temas nuevos, outtakes y canciones descartadas que completaron cuando hizo falta. Eso incluyó grabar la voz en la mayoría de los nuevos temas, es decir, grabar a Mick Jagger treinta y ocho años después de la edición original. “Intentamos –cuenta Jagger– no usar ningún músico nuevo, usar en lo posible a los que estuvieron entonces. Así que en ‘Plundered my Soul’ le hice grabar la guitarra a Mick Taylor, en Londres.” En esa canción, que es muy buena, muy sensual, con la inconfundible guitarra rítmica de Keith Richards definiendo el sonido stone, Jagger logró parte de su objetivo, logró un empate: suena limpia, con la voz muy clara, ya no más hundida en la mezcla, todos los instrumentos perfectamente diferenciables y con esos extraños ecos ausentes. ¿Es mejor? No. Y eso que Bob Clearmountain “afinó” la voz de Jagger para hacerla parecer más joven (y Jagger sigue siendo un cantante excelente cuando tiene ganas). Pero podría haber sido peor. Incluso hay canciones “nuevas” como “I’m not Signifying” –muy conocida en ediciones pirata– que es tan buena como cualquier tema del disco original. El resto, como las versiones alternativas de “Loving Cup” –más lenta y más country– o “Soul Survivor” –cantada por Richards–, son interesantes, pero definitivamente inferiores a las que terminaron en el disco. Hay que puntualizar algo para no ser injustos: son muy buenas las canciones nuevas. Pero no pueden hacerle frente a “Sweet Virginia”, los maravillosos aires gospel de “Shine a Light”, la efervescencia de “Rip this Joint”, el blues clásico de “Shake your Hips”, la delicia de “Let it Loose” o la versión de Robert Johnson, “Stop Breakin’ Down”. O “Torn and Frayed”, una de las mejores canciones de la historia del rock. ¿O era “Sweet Black Angel”, ese hermoso calipso dedicado a Angela Davis? No hay muchas canciones que puedan compararse a éstas. De modo que a las “nuevas” y a las versiones alternativas no les alcanza. La remezcla del original, por suerte, es elegante, cuida la mística del álbum, es sutil. Algo le quita algo de esa aura, pero no tanto. Exile on Main St. sigue sucio. No gana nada escuchándose mejor. A pesar de que Jagger no entienda por qué tanto escándalo con la obra maestra que él se niega a reconocer como tal. “No comprendo por qué fans y críticos son tan unánimes. Les gusta la amplitud, los diferentes estilos, dicen que ninguna banda pudo jamás abarcar con tanta maestría todos los géneros de la música norteamericana... Les gustan los detalles raros, el sonido crudo... Yo no sé qué es...” Pero su amigo Keith, que lo conoce mejor que nadie, duda de esta ambigüedad. “El es así. Evasivo hasta la locura. Mick nunca va a decirle a nadie la verdad. No considera que nadie merezca conocer lo que él piensa realmente. Duda de que algo sea ‘la verdad’. Yo creo que ya no sabe cuál es la verdad.”

La edición deluxe de Exile on Main St. incluye los 18 temas originales remasterizados, diez canciones nuevas entre outtakes e inéditos –todo producido por Don Was, Jimmy Miller y Jagger-Richards–, un booklet de 64 páginas y un DVD documental, Stones in Exile. En la Argentina se editó el 27 de mayo. También hay una reedición remasterizada en vinilo, pero no será tan fácil de encontrar en las bateas locales.

Stones in Exile, el documental

Ahora que los discos se venden menos, una de las estrategias de la industria es agregar valor a las ediciones. Eso, generalmente, significa sumar un DVD documental o un show en vivo a los lanzamientos. Con frecuencia son un acompañamiento discreto; a veces son producciones originales que valen la pena. Es el caso de Stones in Exile, la película, que se estrenó en Cannes hace apenas una semana. Arranca con las clásicas cabezas parlantes que opinan –algunas diciendo pavadas, como la de Caleb Folowill de Kings of Leon–, entre las que se cuentan Jack White, Martin Scorsese, ¡Benicio del Toro! Es Don Was el primero en decir algo interesante: “Exile... atrapa el espíritu de la época, la sensación de que los ’60 no funcionaban. Coppola estaba filmando Apocalypse Now! al mismo tiempo. Había algo en el aire”. Y entonces se entra al documental propiamente dicho, que recuenta la leyenda y recupera las voces de Jimmy Miller, Andy Johns, Bobby Keys –que suena tan desquiciado como siempre– y hasta Jake Weber, uno de los niños presentes en Nellcôte, hijo del dealer y playboy Tony Weber, un habitué. Jake recuerda las noches llenas de música, las ganas y el miedo que les daba a los muchos chicos que correteaban por allí bajar al sótano de los grandes, y los porros que él armaba con mayor habilidad que cualquiera de los adultos presentes. Están, claro, las fotos de Dominique Tarlé, el fotógrafo que convivió con los Stones durante seis meses y que los fotografió bajo la fantástica luz del sur de Francia (muchas de esas fotos están en la tapa de este suplemento). Apenas se ve a los Stones de hoy: el director Stephen Kijack prefiere dejar a los viejos de hoy en apariciones espasmódicas en blanco y negro, como fantasmas del futuro; prefiere dejarle la pantalla a esa juvenil realeza en el exilio, en el Súper 8 y las fotos de Robert Frank, el fotógrafo legendario por su libro The Americans, que diseñó la tapa de Exile... y luego los seguiría en la gira de 1972 para filmar el documental Cocksucker Blues, que hasta el día de hoy los Stones no permiten exhibir, salvo que Frank esté presente en la proyección. Fue Charlie Watts, claro, el que sugirió a Frank para el arte del disco; Watts siempre fue el stone con mejor gusto. Hay imágenes de la boda de Mick Jagger; hay un protovideo de “Loving Cup”. Jagger cuenta que las letras se hicieron con la técnica del cut-up de William Burroughs, otro de los visitantes asiduos de Nellcôte. No se menciona a Gram Parsons, se menciona poco a la heroína; y esa otra heroína, Anita Pallenberg, aparece apenas sugerida, envuelta como siempre en un tapado de leopardo, con crueles arrugas sobre ese rostro que supo ser el de la chica más linda del mundo. Probablemente no sea un gran documental, pero es un enorme regalo para todos los que quieran asomarse a esa época en que los Stones eran hermosos y malditos.