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sábado, 3 de julio de 2010

CARLOS GARDEL O LA EDUCACION SENTIMENTAL




A 75 años de la muerte del Zorzal, la autora indaga en su experiencia como especialista en la obra del cantor. "Gardel no es cuestión de modas", dice mientras confiesa que, ahora, cuando lo escucha, baja el volumen.

















Por: Maria Moreno

SOY LEYENDA. El 11 de diciembre nace en Toulouse, al sur de Francia, con el nombre de Charles Romuald Gardés. El lunes 24 de junio, los diarios argentinos aparecieron con la noticia de que el cantante máximo había muerto en un accidente aéreo, yendo de Bogotá a Medellín.

Gardel me irrita. Si con esta frase se reconoce la intención de un comienzo terrorista, apuro la confesión: soy una conversa. Si pegada a la FM Tango, como suelo estar, bajo el volumen, ante los programas de rigor que se hacen en su nombre, es porque lo amé pero me le di vuelta. A los 14 años, durante una crisis que entonces se llamaba con cierta poesía surmenage, dejé el colegio para pasármela en la cama, sucia y en silencio (las razones no vienen al caso). La única y angustiosa interrupción era el desfiladero terapéutico que una madre moderna consideró necesario, no tanto para curarme como para ponerme de nuevo en la gatera de los normales. ¿Por qué en esas noches culpables en que el insomnio no traía el fantasma de una rebelión a la page –no me volví beat entonces, no mentí mi edad a la puerta de la noche bohemia para darme al alcohol– me hice acompañar por la voz de Gardel? En lugar de hacerlo con trasnoches radiales en donde campeaba Neil Sedaka o Baby Be, ¿por qué lo hice con El bronce que sonríe de Julio Jorge Nelson? Por las mañanas, tenía grabados en las mejillas los agujeritos de la funda de cuero de la Spika, por quedarme dormida antes de apagar. Poco a poco, en esos días desdichados, a riego de convertirme en la viuda de una viuda, creí hacerme experta en Gardel. Me convertí en un Lo sé todo monotemático y autómata, lata de datos irrelevantes como ¿qué dijo Azucena Maizani ante la tumba de Gardel ? o ¿de qué nacionalidad era Mona Maris? Mi bibliografía era módica: viejos ejemplares del El alma que canta, recortes de los aniversarios publicados en Antena o Radiolandia, tradición oral de vecinos del Abasto. Un día anuncié que participaría del programa Odol Pregunta. En el rostro alarmado de mi madre leía el horror a la caída de clase con la participación en un programa de televisión, a un exhibicionismo que unía el desprestigio del tema –Claudio María Domínguez contestaría más tarde y más seriamente sobre mitología– con la perspectiva de que la niña enferma deviniera la niña freak. Se me persuadió. Pero ¿por qué Gardel? Quizás, puesto que yo no era nada precoz y los meneos de pelvis y de Elvis me daban más risa que "ideas", cuando el deseo se dibujaba más con temor que con decisión, encontré en esa figura, que parecía fuera del sexo, un talismán seguro antes de la pasión del cuerpo a cuerpo que, en el futuro, me encontraría dicharachera y dispuesta.

Porque, nadie más vestido que Gardel y no es cuestión de modas o de épocas. ¿Quién no vio a un patriarca en tiradores o los pelitos en el pecho de Francisco Petrone o Floren Delbene? Entre la bordona y la sonrisa de teclado, el rostro de Gardel aspira a lo sublime, a la austeridad, al cielo: el pelo tirante, las narinas abiertas, las cejas alzadas, los ojos contra el techo de los párpados sólo puede encontrar equivalente en Garbo o la Virgen María. Bastardo, es decir, un poco al sesgo de la ley paterna, hijo soltero de madre soltera, al no tener hijos (el genio como un instante único de la sucesión, nada por arriba, nada por abajo) quedó en serie con Borges y Perón. Así los hombres anónimos se consuelan unos a otros: el prodigio surge para reparar carencias profundas, el genio no sólo no genera, sería una degeneración y si un cuerpo degenera en una voz, un poder o una pluma brillante bien puede degenerar en mujer o en asexual.

Pero hay un Borges en malla, que parece capaz de ostentar su carne al borde de la bravata –me lo mostró Nicolás Helft, que se acordó que cuando le tomaron esa foto estaba escribiendo un artículo sobre Nietzsche–. Es que en ese reparto de arquetipos que suelen hacer las parejas de amigos, casi siempre con el dolor de los dos, el donjuanismo de Bioy debe haber arrinconado a Borges en contraparte erótico, tanto como los celos de doña Leonor o su serie de calabazas sucesivas de novias robadas. Y, la carne de Perón, aunque descamisada, marcial, se intuía en su gusto por las cabareteras, las anécdotas gorilas en las que se hacía buscar caramelos en los bolsillos por las chicas de la UES, pero sobre todo a través de ese entrecasa del que fue testigo David Viñas cuando, en su condición de colimba, le tocó alcanzarle la urna a una Evita que ya estaba postrada: antes de retirarse la comitiva, Perón habría dicho "¿ te apago la luz, Negrita?"

En cambio, llamar a Gardel, "el bronce que sonríe" es olvidar que si un bronce fuera capaz de sonreír , su destino sería romperse o situarlo más allá de los hombres . Todo esto, sobre lo que insistí ya otras veces, quizás no tenga importancia. No se piensa lo adorable o es inútil pensarlo. Recordar el lugar que ocupaba Gardel en el momento en que murió, medir su fama con la de Corsini o la de Magaldi, por ejemplo, pasarle el escáner de la historia o la sociología, antes del dorado a la hoja del mito o, al contrario, argumentarlo con el neutro del académico y el experto, parece hacer que las palabras sobren o falten, es decir, nunca se consigue la justa. Como si un mito fuera, entre otras cosas, un convite a lo unánime como condición para disentir –hasta la violencia– en todo lo demás.

¿Era Gardel un parvenue, un colonizado?, ¿lo que va de Tango Bar a El tango en Broadway puede leerse como el caminito de una "canción ciudadana" que debe vaciarse de subjetividad palurda, sublimar la mirada del otro, para calzarse el frac y la galerita en el gran party del Capital? ¡Lo que Gardel no ha hecho para triunfar en Nueva York; usar el vestuario neo mariachi o neo bailaor, protagonizar los argumentos de un Migré psicótico, ser tajeado por montajes a lo Tato (por los brutos, no por la censura).

Digresión: como el público gringo solía no saber tanto el español como su variante lunfarda, nadie le exigió a Carlos Gardel como al tenor mexicano Carlos Mejía que cambiara la letra de "Mi noche triste" y entonces, en lugar de "y si vieras la catrera como se pone cabrera ..." ", tenía que cantar "y si vieras la perrita como llora y como grita...".

Gardel sería el hombre de aldea que se prueba la ropa de la aristocracia europea y descubre que es su segunda piel. Parece que, al nacer, en lugar de tener que cortarle el cordón umbilical, hubo que cortarle el reloj de oro con cadena. Tampoco tiene importancia. Para ser expropiado es preciso tener un cuerpo y Gardel, como me parece, está construido contra la carne .

La voz de Gardel sería como la de las parcas y la de las sirenas, provoca escalofríos que, cuando se está lejos del país, se asimilan al agujero de la Patria ¿Es la Patria? ¿Cómo? ¿Otra vez me estoy dando vuelta?

Una voz y nada más se llama un libro de Mladen Dolar en donde se pasea el objeto voz de la lingüística a la metafísica y de la ética a la política .En un párrafo no menor, Dolar, escribe sobre la voz acusmática, aquella cuya fuente no se ve. Escribe que su efecto oscila entre lo divino y lo siniestro como la voz de la madre de Norman Bates en Psicosis, la del Mago de Hoz –resultó la de un viejito enclenque–, la de Pitágoras que, según Diógenes Laercio, enseñaba a sus discípulos, oculto tras un telón. La voz sola es carismática, omnipotente. ¿Cuánto le deberá Gardel a la radio, el gramófono, el grabador? No en el sentido de mejorar sus inmejorables dones sino de hacerlo brillar en ausencia y esfinge. Pero Dolar termina por concluir que saber de dónde viene una voz, comprobar su dirección con sólo ver unos labios que se mueven hasta que pueda atársela a determinado cuerpo, en nada atenúa el misterio de cómo se hizo voz de uno solo y de ese modo, como si fuera una firma.

Toda voz sería acusmática. Por eso la de Gardel, como alguna vez sugirió Cortázar, hay que escucharla en un gramófono, salir de esa cosa que parece ella misma una boca abierta –cuerno o caracola– y que evoca la succión del precipicio o el fondo de la cueva, y no reanimándola a través de un cd o una imagen de cine, con la que se hace creer que se la ve-oye aparecer en la boca vallada de blancura del Maestro.

¿Cómo se llamará la voz de la que sólo se ve la fuente? ¿No es acaso tan inquietante o más que la acusmática? Dolar no habla de esa voz, la del Comandante Marcos y El Fantasma de la Opera.
Un rumor corrió optimista en tiempos más inocentes: que Gardel había sobrevivido al accidente de avión y andaba de gira por Latinoamérica cantando con una máscara que ocultaba la deformación de su rostro. Algo de ese rumor quiso recuperar el diputado Elvio Vitali, cuando, poco antes de morir, y para hablar y reir al mismo tiempo de la muerte, bautizó a un lugar de tangos El Gardel de Medellín.

En Una voz y nada más, Dolar no se detuvo en el género más que para ubicar la voz del lado de la madre –"¿no es la voz de la madre la primera conexión problemática con el otro"? Entonces, ¿sería Gardel no el que canta a La Vieja, sino la Vieja misma más allá de los géneros y las generaciones?
Esa voz tan clara, tan cristalina, que ensancha las vocales, hace pausas bruscas en la mitad de una palabra, manda erres de suplente aunque se trate de cualquier otra consonante, llega a enrarecer el idioma hasta que el sentido deja de comprenderse para que nada nos distraiga de su efecto. Dolar coteja la asociación entre la voz sin sentido y la femineidad y entre el texto, la significación y la masculinidad, ¿de qué lado estaba la voz de Gardel?
Lo que es yo, cuando era joven y estaba un poco loca, lo que hacía era escuchar lo que Gardel decía. Y decía "aunque busques en tu verba pintores contraflores" o "cuando ve la carta amarillenta,/llena de pasajes de su vida,/ siente que la pena se le aumenta /al ver tan destruida la esperanza que abrigó". Con el sebo de la voz bruja yo entraba en el gusto por la metáfora, puesto que, por añadidura, me marcaba un maestro al que la familiaridad de Cadícamo le quitaba el apellido (Darío): "Al raro conjuro de noche y reseda/temblaban las hojas/del parque también/y tú me pedías/que te recitara/esa sonatina/que soñó Rubén". Y hasta hacía de cuenta que Gardel-Darío me recitaban a mí "¡la princesa está triste! ¿qué tendrá la princesa?"Siguiendo las líneas de Gardel con los oídos y agarrada al tango canción fui a parar a la poesía modernista y a la literatura abarcable.
Ya no soy muy sensible a la música, sino como un fondo de palabras que fueron escritas en español antes de mi nacimiento. Pero mientras me voy volviendo sorda, en un sentido profundo, para hacer el encomio de Gardel –si su voz es intransferible, él transmitía algo más allá de su don– podría decir que con Gardel aprendí a leer.

CARLOS GARDEL: El fantasma en Medellín



La ciudad donde murió Gardel parece homenajearlo en cada rincón, a tal punto que el tango se convirtió en su banda sonora.










Por: Juan Carlos Garay

Gardel en llamas, de la artista plástica Dora Ramírez, la muestra más representativa del pop-art de Medellín, telón de boca del Teatro Pablo Tobón Uribe.

En Medellín se encuentra la silla de barbero donde a Carlos Gardel le hicieron su último corte de pelo. Y también la llave de su casa, ésa que abría originalmente el portón sobre Jean Jaurés, en el Abasto, donde su madre se quedó esperándolo. Pero más allá de estos curiosos souvenirs, Gardel dejó en el ambiente de la ciudad el gusto arrebatado por sus canciones y, en extensión, por todo el lenguaje tanguero. Leonardo Nieto, el fundador de la Casa Gardeliana de Medellín, resume su legado en dos ítems: "Un gran amor y muchas fotos". Está siendo modesto, pues gracias a él la ciudad tuvo la primera de dos estatuas del Zorzal Criollo que hoy adornan la ciudad.

Más expresivo fue el bandoneonista Rodolfo Mederos en su reciente paso por Colombia. Grabó, con la orquesta sinfónica colombiana, unos arreglos de tangos clásicos como "El porteñito" de Angel Villoldo (para un disco que saldrá a finales de este año) y aprovechó para confiarle a este periodista sus remembranzas de Medellín: "Están muy bien ubicados, creo que conocen más de tango que nosotros. Me subo a un taxi y me sacan un repertorio nombrando intérpretes y compositores; hablan de tango con conocimiento verdadero".

Hay un par de diferencias con el entorno porteño, que no son pequeñas. En Medellín el tango no se acompaña con vino tinto sino con aguardiente; la ebriedad es otra. Y el paisaje cambia, también: la ciudad está rodeada de verdes montañas, lo que produce una agradable resolana durante todo el año que le ha valido el mote de "ciudad de la eterna primavera". Esa condición topográfica pareció obligar a que la pista de aterrizaje fuera relativamente corta. Al menos, eso es lo que uno siente cuando desciende en gradual descolgada al Aeropuerto Olaya Herrera, en lugar de utilizar la pista de Rionegro, que permite un aterrizaje más cómodo porque no está enclavada en el valle. Imposible no pensar en Gardel y el miedo que endosa a sus músicos en la última carta que le escribiera a Armando Defino, con fecha 20 de junio de 1935: "Ahora la vamos viajando en avión y ya te imaginarás el fierrito de los guitarristas... elogian la comodidad y la rapidez del avión pero no ven la hora de largar".

Lo que pasó en el Olaya Herrera, hace 75 años, cambió para siempre la banda sonora de toda una ciudad. El abogado Jaime Jaramillo Panesso, presidente honorario de la Academia Colombia del Tango, ha reconstruido ese proceso apoyándose en documentos históricos: "Los tangos de Gardel venían a Medellín más por las películas de la Paramount que por la realidad musical", explica, "pero el tango sí se había promovido mucho por medio de las revistas musicales de España. Por eso el tango que se escuchaba aquí tenía más que ver con el cuplé: Juan Pulido, Imperio Argentina. Pero entonces vino la muerte de Gardel, creó un impacto emocional en la ciudad y ésa es la razón por la que el tango se quedó".

El abogado Jaramillo Panesso es una enciclopedia generosa de referencias tangueras, no todas ligadas a un pasado nostálgico: en su discoteca personal se mezclan desde Aníbal Troilo hasta Andrés Calamaro. Pero, tal vez, los documentos más llamativos son los 466 folios, empastados en dos tomos, que registran la investigación de la Prefectura Judicial de Medellín sobre el accidente. El dictamen, firmado por dos peritos en ingeniería y un aviador militar, es concluyente y no deja lugar a otras hipótesis: "El accidente se debió, única y exclusivamente, a dos causas, íntimamente ligadas entre sí, pero de distinta naturaleza. La primera es de carácter permanente y se debe a las deficiencias topográficas y aerológicas propias del Aeródromo Olaya Herrera de la ciudad de Medellín. La segunda es de carácter ocasional y se debe a un fenómeno aerológico, propio del mencionado Aeródromo, y que consiste en la aparición súbita de una corriente de aire precedida de vientos débiles, corriente que se ha registrado generalmente durante las horas de la tarde y que dura apenas unos pocos minutos, pero cuya dirección no guarda relación con la de los vientos que la preceden o siguen, y cuya intensidad es muy superior a la de éstos. El 24 de junio ese fenómeno se presentó unos diez segundos antes de ocurrir el choque".

La estatua de
"Cuesta abajo"


Pero el impacto emocional fue de ida y vuelta: también Medellín llegó a fraguarse en el inconsciente colectivo de los melómanos del mundo. El compositor puertorriqueño Rafael Hernández tiene unos versos bastante ingenuos que imaginan a Medellín como si fuera un pueblito. Evidentemente no la conocía:

"Entonces voló a Colombia
y allí fue que tuvo fin.
El cantor de bella historia
murió en el pueblo de Medellín"

Medellín se volvió La Meca para afiebrados del tango como Leonardo Nieto, quien llegó a finales de 1959 "por veintiún días, a conocer el lugar donde había muerto Carlos Gardel". Nieto es nacido en Vedia (provincia de Buenos Aires) y tiene sueños tan poderosos que los convierte en realidad. Uno fue quedarse en Medellín y fundar la Casa Gardeliana y otro regalarle a la ciudad la primera estatua del cantor. Se propuso buscar un buen escultor y consiguió a un artista que había conocido a Gardel en el Circo Teatro España, en su presentación del 12 de junio de 1935. La estatua sería fiel a como él lo recordaba: "Bajo y muy en silueta". En cuanto a la sede para su Casa Gardeliana, Nieto la encontró en el barrio Manrique, cerca de una calle a la que llaman, con mucho acierto, Cuesta Abajo.

Los documentos fotográficos de la apertura de la Casa Gardeliana sobre la carrera 45 (hoy Avenida Carlos Gardel) muestran una estatua ligeramente distinta a la que se exhibe hoy. La figura es la misma, pero el monumento de la foto es en granito blanco, no en bronce. Nieto me cuenta que la primera versión fue destruida por accidente en mayo de 1973, en un episodio que, de no ser por la prudencia, hubiese desatado perfectamente un conflicto entre países: "Una noche cualquiera, dos borrachitos se abrazaron a la estatua y la tumbaron y la destruyeron. A las once de la noche recibo yo la llamada en casa de que han destruido la estatua. Cuando llegué, habría pasado una media hora, no había quedado nada: todo el mundo se llevó los pedacitos. Al otro día empiezan las llamadas de Puerto Rico, de Venezuela, todo el mundo preguntando si había sido un atentado. Al siguiente día me llama Lanusse de la Casa de Gobierno, que quería hablar personalmente conmigo: 'Quiero que me diga con toda franqueza qué fue lo que pasó. ¿Fue un atentado?' Y yo: 'No, no pasó nada, simplemente que acá hay pasión por Gardel'. ¡Figurate el lío que yo pude haber armado si fuera fantasioso!".

Cantándole al Mudo

La noche cae y hace un frío incipiente: todo llama a sumar tango con aguardiente. En el centro hay varios lugares para vivir la experiencia, que abarcan todos los estratos. Jaime Jaramillo Panesso afirma que la afición tanguera tiene en Medellín "una variedad social, de conocimiento intelectual pero también pragmático". La cosa puede herir susceptibilidades: un turista se frunció al descubrir que en el sitio al que había ido estaban esas muñecas nocturnas que localmente se conocen como "prepago". ¡Pero el tango que se escucha es bueno! Hay coleccionistas que ponen a sonar sus tesoros discográficos, hay bailarines y cantores y jóvenes bandoneonistas de mucho talento.

El salón Málaga, ubicado en la carrera 51, es uno de los lugares más interesantes porque ha sabido llevar una estética de nostalgia hacia el futuro. Las paredes están repletas de fotos y el aficionado puede quedarse horas reconociendo a sus ídolos: Osvaldo Fresedo, Lucio Demare, Juan de Dios Filiberto..., los mismos que suenan a través de los parlantes para el público local y de Internet para el resto del mundo. El salón ha abierto una página web conectada a la barra, una especie de emisora virtual [www.salonmalaga.com] con programaciones tan arrabaleras como imaginativas. Los lunes, por ejemplo, sólo se oyen discos de 78 revoluciones.

En el subsuelo del Málaga se reúnen semanalmente los cantores de tango de Medellín, que se han asociado para recibir beneficios como clases de perfeccionamiento vocal. Tengo la fortuna de llegar en plena clase y me siento en uno de los pupitres, rodeado por un coro de lo más heterodoxo: voces líricas, voces nasales, voces roncas, voces dramáticas. Cada uno va pasando al lado del piano y tiene que cantar un tango completo. A mi lado, el cantante Hugo Sosa va recitando en voz baja las fichas técnicas de todas las canciones: "Esa es 'Lágrimas de sangre', que cantaba Oscar Larroca con la orquesta de Alfredo De Angelis... Esa es 'Tu corazón', que grabó Carlos Dante, también con la orquesta de Alfredo De Angelis... Esa es 'Las cuarenta'... Esa es 'Mala suerte', que cantaba Ernesto Famá con la orquesta de Francisco Canaro".

Es claro ahora a qué se refería Rodolfo Mederos cuando hablaba del "conocimiento verdadero" de los medellinenses. El 24 de junio de 1935, como sugiere el periodista e historiador Horacio Vázquez-Rial en su libro Las dos muertes de Gardel (2001), el hombre murió para nacer como mito en Medellín. De paso, dejó para los citadinos una marca de fuego que hoy es parte importante de su identidad. Con una radio que pasa al menos tres programas diarios y dos semanales dedicados a la música porteña, el valle cafetero se arrulla en ondas de tango, lo canta como propio, recibe a sus cultores con una generosidad provinciana y sincera, y se preocupa por preservarlo a través de festividades oficiales y constantes conciertos. Sabemos que Aníbal Troilo llenó la Plaza de Toros bajo la lluvia en 1968. Hay otras músicas, claro; de día atacan los parlantes con las canciones de moda, pero en las noches el corazón vuelve a mirar al Sur.

En el subsuelo del salón Málaga continúa la clase de perfeccionamiento vocal. Un alumno pasa, se ubica al lado del piano y se arriesga con "Sus ojos se cerraron". Desde lo alto de una radiola Philips, una foto del Troesma enfundado en su frac pareciera aprobar sonriente la interpretación.