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martes, 14 de diciembre de 2010

SPINETTA Y LAS BANDAS ETERNAS_ SE EDITA LA GRABACION DE LOS MAGICOS CONCIERTOS: I








Todas las bandas son del viento

Hace un año, Spinetta ofreció lo que la mayoría de sus devotos moriría sin ver: oírlo nuevamente tocando con Jade, Invisible, Pescado Rabioso o Almendra. Y como si fuera poco, no lo hizo con una banda, sino con todas. Y como si eso también fuera poco, las juntó a todas en la misma noche. Ahora, en una caja extraordinaria con libro de fotos, textos de LAS, 3 cd y 3 dvd (que anticipa una edición por separado de cd y dvd) se reúne música e imagen de esa noche increíble en Vélez.








Por Mariano del Mazo

“La idea de aceptar realizar un proyecto como el que me fue propuesto involucra una infinita responsabilidad. Ante todo porque se le ocurrió a gente que adoro. Aunque debo admitir que ya rondaba en la cabeza de otras personas que también adoro, pero que no se animaron a encararme temiendo una rotunda negativa. Responsabilidad. Palabra soberana, palabra en la potencia de bancar la reunión de varios de los músicos más talentosos y diversos en una sola alma y en una simple premisa: sonar bien.

En la irracional eternidad, he aquí a los responsables de esos sonidos que, quizá, perdurarán hasta mañana... Luego, en esa misma contemplación y armonía que se debe equilibrar en constante, vibramos un solo espacio, un solo silencio.

Algunos, ya orgullosamente abuelos, nos mandamos con el cielo ilimitado... y así también en ventanas y paredes, luego, ya sin nosotros, en carteles irreconocibles, en una terraza perfecta contra el fondo porteño.”

“Carteles irreconocibles, en una terraza perfecta contra el fondo porteño”, escribe Luis Alberto Spinetta en el final de la Intro al precioso y preciosista libro de fotos de Eduardo Martí, uno de los dos que integran la fabulosa caja sobre los acontecimientos ocurridos el 4 de diciembre de 2009. La frase refiere quizás a la fotografía de Almendra, ese mismo 2009, en una azotea: un cartel con un número de teléfono (4711-3000), siluetas de construcciones en una zona que se adivina industrial, nubes cargadas y los rostros circunspectos, la traza apocalíptica, de Spinetta, Rodolfo García, Emilio Del Guercio y Edelmiro Molinari, a cuarenta años del kilómetro cero. Los viejos amigos posan para la eternidad, eternidad diseñada en una noche larga y fría de Liniers durante cinco horas de música, eternidad que ahora tiene registro en audio e imagen para certificar que aquello no fue una ensoñación, que no hay leyenda posible: la gesta ocurrió. No hay posibilidad de construcciones míticas en base a relatos orales: no hay Tanguito en el baño de La Perla, no hay Mano Negra en Obras. Ahí está: sí, Machi cantó una parte de “Durazno sangrando”; sí, los cuatro Almendra se despidieron con una estremecedora versión coral de “Muchacha” a la manera de un “Because” beatle; sí, Javier Malosetti le pegó a la batería para que nadie extrañara pero todos se acordaran del Tuerto Wirtz, y así. Está todo, y más. Esta caja de dos libros, tres cd y tres dvd es más que un fetiche antipirata de casi quinientos mangos, más que un regalo navideño de hermanos que se juntan para hacer feliz a papá o incluso al “abu”: es la constatación de que esa noche ocurrió y, al pasar, es la confirmación de que si el rock argentino existe, tiene un aleph llamado Luis Alberto Spinetta. El exacto punto donde el prisma proyecta los colores: aquel diciembre fue la proyección de un abanico cromático alucinante y también su apropiación. En estas semanas, la versión de “Post Crucifixión” del Indio Solari vino a completar el panorama por si había alguna duda.

En ese desmesurado baldazo de música, en el gesto megalómano y (auto) celebratorio, el Flaco ordenó el juego, repartió barajas hacia el pasado, el presente y el futuro y dejó claro, tal vez inconscientemente, que en él laten todos los climas de nuestro rock, todos los estilos y tendencias, en una transversalidad que se hunde en los pioneros (aquel diciembre interpretó “Amor de primavera” de Tanguito, “Mariposas de madera” de Miguel Abuelo, “El rey lloró” de Litto Nebbia) para llegar al rapeado de su hijo Valentino en una versión funky de “Necesito un amor” de, precisamente, Manal, en un intento de condensar tradición y contemporaneidad. Spinetta es rock, es jazz, es tecno, es unplugged, es heavy, es psicodelia, es hit, es experimentación, es mensaje críptico, es conciencia social luego de la tragedia del colegio Ecos. Spinetta es un Album Blanco en sí mismo, pero sobre todas las cosas Spinetta es una matriz.










Todo esto tal vez ya fue reflexionado en aquel fin del 2009. Ahora hay otra instancia artística, la del libro de Eduardo Martí, y una periodística, la del libro de fotos del show de Hernán Dardick (un complemento del de Martí) y el dvd con situaciones de backstage y ensayos hiladas por el testimonio de Spinetta.

El libro de Martí es formidable. Con ideas claras, con hallazgos estéticos notables, bien editado, representa un viaje sinuoso por Spinettalandia y sus amigos, un país que aparece aquí premeditadamente sombrío, habitado por existencias densas que exhiben como medallas las arrugas en sus rostros (“algunos ya orgullosamente abuelos”). El lado oscuro del alma de diamante de Spinetta y un reflejo de lo que viene haciendo desde que tenía 18 años: rock maduro. Resaltan, extraordinarios, los retratos de Almendra e Invisible. Hay más carteles irreconocibles y más terrazas y la sonrisa fuera de foco de Gustavo Cerati. La lente pendula entre la precisión gélida de la producción fotográfica y la instantánea de ensayo, y orbita la previa al show con una alegría serena, añejada, que tiene su correlación en los textos siempre frescos de Spinetta. Con esa tensión prosaica tan de él, tan de sus viejos manifiestos, Luis Alberto recorre y describe cada una de las bandas y solistas que participaron de la gesta y encuentra su cenit en el delicado poema dedicado a Cerati: “Comprendemos todo / tu voz nos advierte la verdad. / Tu voz más linda que nunca”.

En cambio el dvd del backstage le deja lugar a la verba siempre pasional y resbaladiza de Luis Alberto, una manera expresiva fundacional de nuestro rock, esa afectación entrañable. Entre piropos prodigados a diestra y siniestra a las queridas “bandas eternas”, Spinetta cuenta por ejemplo que tanto Machi como Pomo se resistieron a que participara Tommy Gubitsch en la rentrée de Invisible. O dice que el sonido de Almendra es “el sonido de Rodolfo García”. Y define el toque junto a Cerati como “una instancia emocional límite”. Y cuenta por qué David Lebon se negó a volver a tocar el bajo en Pescado 09.

Cada frase del músico da pie a momentos de sala dominados por la descontractura. Resulta revelador escudriñar las canciones que llegaron a ensayarse pero que no quedaron en la lista definitiva del concierto, caso “Los libros de la buena memoria”. Es interesante comprobar el aura que despliega Spinetta en intimidad: no hay mayores diferencias con el Spinetta público. El núcleo duro de su arte está atravesado por una gracia que lo salva de la sobriedad. Toca, mete acordes que cumplen 20, 30, 40 años, esas arañas de la mano izquierda que nos vuelve a refrescar que este tipo es un genio, que alguna vez hace mucho tiempo nos partió la cabeza para siempre, que esculpió en años de ghetto una misteriosa contracultura poética fundida con una singularísima religiosidad pagana y que ahora, en la notebook, en el dvd número 3, está yendo demasiado lejos: con Leo Sujatovich al piano susurra “ademán de tocar tu piel”, canta “Vida siempre” y la eternidad diseñada el 4 de diciembre de 2009 nos consterna una vez más, otra vez, como siempre, por los siglos de los siglos, amén.

jueves, 9 de diciembre de 2010

DISCOS: LA RENGA Y ALGUN RAYO.




El trío de Mataderos produjo un trabajo de carácter conceptual, con letras que aluden a excursiones futuristas y músicas ancladas en un hard rock primitivo. No se vende en disquerías, sino que se entregará en la entrada en los próximos shows de la banda.





Por Fernando D´addario

Tan sencillos que parecen y sin embargo podrían refutar al mismísimo Tolstoi, asumiendo el reverso de la frase que se le atribuye al autor ruso: “Pinta el universo y serás barrial”. La Renga es una banda de esquina, de buseca y vino tinto, pero las resacas de Chizzo, su cantante, son cósmicas, atraviesan el firmamento y tienen boleto de ida y vuelta al Apocalipsis. Algún rayo, el flamante CD del trío de Mataderos, está atravesado por esta doble identidad. Una esquizofrenia saludable (valga el oximoron) que sólo en la superficie se ve encerrada por una aparente contradicción. De algún modo, son las cosas simples de la vida (la verdad, la mentira, la familia, el amor, el odio) las que disparan los viajes metafísicos más insospechados. A Chizzo le pega por ese lado.

La misma disección podría aplicarse respecto de su ubicación temporal y de los materiales que utiliza para posicionarse. La Renga juega todo el tiempo con una idea de futuro (un futuro de tierra arrasada que es, seguramente, un diagnóstico proyectado de las iniquidades presentes) valiéndose para ello de una música anclada deliberadamente en el pasado. Un hard rock aplanador, ortodoxo en su acepción más pappista, es la herramienta que La Renga considera más idónea para dirigirse, teletransportada, a universos de ciencia ficción y pesadillas galácticas. Toda esta suerte de “anarco-peronismo-psicodélico” (con todas las salvedades y las disculpas del caso) está avalada por una ética rockera que también luce encantadoramente desfasada. Ajenos por decisión propia al sistema de megasponsoreo que monopoliza el género; liberados de multinacionales del disco que ya no asustan a nadie, a la hora de editar su material no pusieron los temas a disposición de los fans en algún sitio de descarga gratuita. Su cultura antiestablish-ment circula en otra frecuencia: Algún rayo no se vende en disquerías. Sólo se puede conseguir junto con la entrada de alguno de los shows que la banda brindará hasta junio de 2011 a manera de presentación oficial. La Renga es una banda escrupulosa en su rebeldía.

Las canciones de este disco no correrán del podio a “La nave del olvido”, “El final es donde partí” o “El revelde”. Se inscriben, sin embargo, en el proceso de radicalización sonora al que se encomendó el grupo en los últimos diez años. Una radicalización –siguiendo con la línea argumentativa de los anteriores párrafos– endógena, que se cierra en sí misma. No hay mayores matices en la docena de canciones reunidas en Algún rayo, salvo los arreglos heterodoxos (que incluyen vientos, ya una rareza en la versión renga siglo XXI) de “Cristal zirconio”. El resto es un machaque incesante de adrenalina, con buenos momentos en “Canibalismo galáctico”, “Destino ciudad futura” y “Poder”. Una guitarra que se toca todo. Una garganta que raspa y lastima. Un desliz épico-romántico (“Dioses de terciopelo”) y homenajes explícitos a Riff y Vox Dei. Como a Peter Capusotto, ese mínimo equipaje le alcanza para viajar a las estrellas. La diferencia es que lo de La Renga no es joda.

martes, 7 de diciembre de 2010

FRANCO LUCIANI Y EL TRIO DE FEDERICO LECHNER, EN EL FESTIVAL DE JAZZ DE BUENOS AIRES.





Armónica y piano en un juego sin límites

Lo que comenzó como un simple registro de lo que habían tocado en una residencia de una semana en el Café Central de Madrid se convirtió en el exquisito Falsos límites, que presentan hoy.






Por Diego Fischerman

Se trata de una dinastía con pocos nombres: Larry Adler, un posible fundador. Toots Thielemans, por supuesto. Y, en el Parnaso de la armónica, también un argentino: Hugo Díaz. Franco Luciani, rosarino y ex baterista, descubrió ese instrumento, justamente, con un disco de Thielemans comprado por el padre. Y la referencia a Díaz le resulta inevitable y, además, grata: forma parte del grupo de homenaje al gran instrumentista que comanda su hija Mavi Díaz. Y, como el santiagueño, se mueve con una curiosidad permanente. Integrante también del Proyecto SanLuCa, con Raúl Carnota y Rodolfo Sánchez, Luciani ha tocado con Mercedes Sosa, Fito Páez, Divididos y Lila Downs, entre muchos otros. Ahora, junto con la reedición de Armusa, su primer disco, Acqua acaba de publicar Falsos límites, junto al trío de Federico Lechner, que los músicos presentarán en vivo hoy, a las 20.30 y en La Trastienda, en una actuación compartida con el cuarteto del trompetista Diego Urcola, dentro del Festival de Jazz de Buenos Aires.

El título del disco, Falsos límites, remite sin duda a una apertura estilística que sus protagonistas reivindican de manera explícita. Lechner, un músico de jazz, toca habitualmente tango y folklore. Y Luciani, que entre otras cosas fue revelación en el Festival de Cosquín de 2002 y consagración el año último, se acerca sin problemas al jazz. “Este proyecto comienza, todavía sin que pensáramos en un repertorio en común ni mucho menos en un disco, la primera vez que viajé a Europa, en 2008, cuando actué en la que fue la última gira de Mercedes Sosa, y con Mavi Díaz, en homenaje a Hugo (Díaz) en la Expo Zaragoza”, cuenta Luciani. “Federico había tocado con su trío y, después del concierto, nos presentamos y empezamos a charlar. Yo lo conocía por los discos con Antonio Serrano, que es un gran armoniquista. Y allí se dio eso que es tan importante, y que tiene la música, que es la posibilidad de encontrarse con gente nueva, que nos sorprende y, al mismo tiempo, con la que sentimos como si hubiéramos tocado toda la vida. Un par de meses después, Federico vino a Buenos Aires, armando una versión con músicos locales de su trío español, y yo toqué un par de veces, unos pocos temas como invitado, en el ciclo Jazzología, del Centro Cultural San Martín, y en Jazz & Pop. Y hubo una química increíble. Yo estaba por ir a Europa de nuevo y él me propuso que hiciéramos una semana en el Café Central de Madrid, que es uno de los cafés de jazz más importantes de España y de Europa, y donde uno toca una semana seguida, de lunes a domingo. Tocamos esa semana y yo el jueves siguiente debía ir a Amsterdam. Los días que quedaban en el medio alquilamos un estudio y los usamos para grabar.”

Lechner, por su parte, aclara que “no teníamos otro objetivo que dejar un testimonio de lo que habíamos estado tocando. Fue después cuando concebimos que sería un disco”. Luciani, que liga esta edición con la nueva publicación de su primer disco, afirma: “Veo los dos discos como cierres. No observo un cambio de dirección, pero sí un recorrido. Veo todo lo que pasó. Y un disco de música argentina con este formato y con esta calidad permite mirar para atrás y sentirse satisfecho por lo hecho”.

El pianista, acostumbrado a tocar junto a un instrumento tan poco usual como la armónica, dice que, por supuesto, no es voluntario: “Es más bien casual. Pero debo ser el único pianista que toca con dos de los mejores armoniquistas del planeta. No sé, en todo caso, hasta qué punto todos los años que llevo tocando con Serrano me pueden llevar a tener un cariño especial por ese tipo de fraseo, por ese tipo de sonido. Pero, por otra parte, siendo que los dos son muy buenos, no se parecen demasiado entre sí. Tienen personalidades muy diferentes. Creo que la gran ventaja de la armónica para sumarse a un trío como el que tengo yo, es que posee ese timbre un poco cercano al bandoneón. Me costaría mucho hacer lo mismo con una trompeta o un saxo tenor. La armónica se mueve de manera fluida por el tango o el folklore y, desde ya, también por el jazz. Franco, además, frasea de una manera que es absolutamente argentina, que es lo que yo llevo buscando hace años. Poder improvisar, pero dentro de un lenguaje tanguero, por ejemplo. Que la fusión vaya más allá de los clichés”.

Luciani agrega, al respecto, que más allá de la figura tutelar de Hugo Díaz, la Argentina es un país donde la armónica tiene una presencia y una tradición muy importantes. “En Brasil, la armónica está mucho más cerca del jazz, incluso cuando en el Nordeste tocan forrós o choros. Acá hay un sonido absolutamente argentino. Y es que la armónica llega en los mismos barcos que el acordeón y el bandoneón. Está inscripta en nuestras músicas.”

ROGER WATERS: “THE WALL TOUR” (LA LEYENDA SIGUE EN PIE)




Cayó el Muro, pero la leyenda sigue en pie

Después de treinta años, el bajista de Pink Floyd está reviviendo una obra emblemática de la cultura rock. Aunque el montaje de la Pared deja ocultos a los músicos durante un buen rato, vale la pena disfrutar de un show que funciona como metáfora del aislamiento.





Por Javier Andrade


Pocos shows en el mundo rock, a esta altura, generan tanta expectativa como la presentación de The Wall. La idea de revivir a través de la tecnología ese momento clave en la historia de los megaespectáculos es tentadora porque, por sobre todas las cosas, esto pasó sólo 31 veces entre febrero y junio de 1980, y para verlo había que estar en Los Angeles, Nueva York, Dortmund o Londres. Esta vez es diferente: sin contar con la posibilidad concreta de que esta gira se extienda a Sudamérica y Australia, algo que Roger Waters ha dejado entrever, ya de por sí son 110 los shows a los que se ha comprometido en Norteamérica y Europa, amparado en el hecho de que hoy, 30 años después de aquella presentación, es mucho más fácil mover las 112 toneladas de equipamiento que lo acompañan. También ayuda que, como le dijo el diseñador Mark Fi-sher en tren de convencerlo de echar a rodar este circo por el mundo, ahora la gente está acostumbrada a gastar más dinero en espectáculos, y eso garantiza cuanto menos un empate, si no un rotundo triunfo, sólo pensando en lo recaudado en boleterías. Y a eso hay que agregarle el merchandising, con artículos que van desde los 100 pesos hasta los 400; así que, a diferencia de 1980, esta vez Waters no va a perder dinero, aunque montar este show le cueste 60 millones de dólares.

Todos estos shows, en los que durante dos horas toca de principio a fin uno de los cinco discos más vendedores en la historia de Estados Unidos, suceden bajo techo, ante auditorios de 15 o 20 mil personas que lo esperan desde temprano porque saben que el bajista de Pink Floyd es un inglés apropiadamente puntual. La pregunta, para el fan su-damericano acostumbrado a recibir a estos grandes artistas en amplios estadios de fútbol, es si este show se puede adaptar a esas dimensiones o si, por el contrario, perdería gran parte de su encanto. La respuesta es que por supuesto esta presentación se puede adaptar a un gran estadio; apenas si se perdería uno de los efectos visuales del comienzo, el vuelo en picada hacia la pared de una réplica del bombardero Stuka que, según muestra Alan Parker en la película de 1982, acaba con la vida de su padre, el teniente Eric Waters, en febrero de 1944.

La réplica del avión se esconde estratégicamente en el techo de los estadios cerrados e impacta la pared en medio de un convencional despliegue pirotécnico, mientras Waters pone todo en marcha con “In the Flesh 1”. En un estadio argentino no tendría dónde esperar colgado sin perder sorpresa pero, por lo demás, todo funcionaría perfecto. Al fin y cabo, mucha de la acción pasa en la pared y no detrás, y eso sería visible aun desde el último rinconcito de la popular. El problema, con la mano en el bolsillo, es que aquellos que lo vieron presentar el tour The Dark Side of the Moon entre 2007 y 2008, y quieran repetir ahora, difícilmente se lleven un mejor recuerdo, aunque salgan del estadio tarareando “Run Like Hell”. ¿Por qué? Porque The Wall consiste en una aceitada maquinaria en la cual en 45 minutos nadie puede ver nada, ni los que pagaron 2400 pesos para estar frente al escenario, ni los que pagaron unos 300 pesos por los boletos más baratos (en el Staples Center, la casa de Los Angeles Lakers, se les llama nose-bleed seats, porque en la última bandeja los fans están tan alto que les puede sangrar la nariz).

La pared de 242 ladrillos de cartón y marco metálico que metódicamente una docena de asistentes va montando delante de la banda mientras los músicos tocan lado A y lado B del disco 1, se hace francamente incómoda para el fan que quiere ver cómo hacen los músicos, y el propio Waters, para reemplazar al guitarrista y cantante David Gilmour en esas canciones que están marcadas a fuego en el inconsciente colectivo de varias generaciones. Por eso la comparación con la gira de El lado oscuro de la Luna: ahí, la audiencia pudo sacarse las ganas de escuchar de buena fuente un compiladito de temas históricos de la banda, incluidos varios de The Wall, lógicamente, y luego, en la segunda parte del show, pudo apreciar, completo, el disco que cambió todas las reglas en 1973, porque mostró un Floyd comercial e inaccesible a la vez. The Wall no es Dark Side...: gira en torno de una obsesión; y si bien fue escrito casi enteramente por Waters, en vivo requiere a gritos la presencia de Gilmour.

En realidad, esta metáfora del aislamiento requiere también a gritos que alguien se muestre delante de la pared junto a Waters, como sucede con los chicos que cantan el coro de “Another Brick in the Wall 2”, o los muñecos inflables gigantes del profesor, la madre o la esposa, todos desplegados a lo alto, en once metros de maldad gomosa. En este contexto, el rumor de que Gilmour se iba a sumar por sorpresa para tocar el solo de “Comfortably Numb” en uno de los shows en Estados Unidos, funcionaba como frutillita de un postre aún por ser servido, post-intermezzo. Claro que después de “Goodbye Cruel World”, y antes de que llegue el batallón de cuarentones con sus cervezas y hot dogs a tomar sus asientos, amparado en la oscuridad, un malvado asistente puso el último ladrillo en la pared y chau, a mirar tele a lo ancho. Esa inmodificable situación de estar en, bueno, la presentación de The Wall, que consiste en construir una pared para representar esa idea de que “en lugar de estar ayudándonos estamos cada uno en su esquina, tirándonos piedras unos a otros” (Waters dixit), se hace intragable cuando empieza a sonar “Hey you”, con la banda completamente oculta detrás del muro. Es como estar frente al paredón de un barrio privado y escuchar que del otro lado la están pasando bárbaro. Poco después llega el momento de “Comfortably Numb” y para ese entonces Waters está delante de la pared, cantando y haciendo la mímica del primer solo. Arriba suyo, en lo alto del muro, se deja ver el guitarrista Dave Kilminster, pelos al viento y el 35 por ciento de la onda que le pone Gilmour a esa parte. Algo está claro: Gilmour no va a venir. No es ésta la noche que hará historia.

Pero atención: no se pretende desde aquí menospreciar lo que significa que un artista, tenga 67 años como Waters o 24 como Lady Gaga, decida hacer llegar sus mensajes de unión y optimismo a través de su puesta en escena. Lo que aquí hace Waters es genial porque aplica la tecnología para difundir una ideología de esperanza, que se ríe del poder, desconfía de los gobiernos y propone dejar de levantar muros de codicia y miedo entre la gente, entre ricos y pobres, Norte y Sur, primer y tercer mundo. Waters usa los 80 metros de ancho que tiene esta pared por sus casi 12 metros de alto para escribir mensajes anti-guerra como el que el ex presidente republicano Dwight D. Eisenhower dijo en abril de 1953: “Cada arma que se hace, cada misil que se lanza, cada cohete que se dispara significan, por sobre todas las cosas, un robo a aquellos que tienen hambre y no tienen comida, aquellos que tienen frío y no tienen abrigo”. Enhorabuena que Waters hoy esté contento y tenga ganas de seguir diciendo estas cosas. Ayudaría, siempre pensando en un estadio argentino, que invierta en pantallas adicionales y que, aunque ese día esté sin afeitar, muestre su cara y las de sus músicos, y que no se tome tan a pecho eso de aislarse de su propia gente.

La pared tiene 242 ladrillos de cartón y marco metálico.

DANIEL BINELLI, ENTRE BUENOS AIRES Y NUEVA YORK



Bandoneón todoterreno

Recientemente nombrado Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura porteña, el músico reparte su vida artística entre múltiples proyectos. Que incluyen hasta tango electrónico.






Por Cristian Vitale

Es un detalle que la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires lo haya nombrado Personalidad Destacada de la Cultura. Es a lo sumo un efecto lógico. A Daniel Binelli le sobran causas: fue, durante 14 años, bandoneonista de Osvaldo Pugliese. Fue parte de una de las últimas estocadas sonoras del gran Piazzolla –el Sexteto Nuevo Tango– y fue, en años de riesgo, nombre clave para el tango de vanguardia. Primero con el Quinteto Guardia Nueva, más tarde con el Quinteto que Hugo Baralis formó en 1973, y después con la rabiosa Generación 0; con Alas, aquella banda de fines de los setenta que intentó soldar su género madre con el jazz-rock imperante, o abrillantando la operita María de Buenos Aires, para depositarla, despejada y sutil, en la voz de la italiana Milva. Pero también es: con 64 años, el maestro reparte sus días entre Nueva York y Buenos Aires. Entre la Sinfónica de Nashville junto a la que grabó el flamante Sinfonía de Buenos Aires, y Tango Metrópolis, una compañía de 20 artistas que fundó con Pilar Alvarez y Claudio Hoffmann para recorrer el globo. Entre el trío que tiene con su mujer, la pianista Polly Ferman, y el guitarrista Eduardo Isaac, y otro riesgo a la altura de sus pergaminos: tango electrónico con Sergio Vainicoff. “Es una sorpresa que voy a develar cuando llegue el momento”, dice, enigmático, sobre la última variación.

–Sorpresa tal vez parecida a su hiperactividad actual. Para el melómano argentino medio, usted resuena más como el bandoneonista que pasó por Piazzolla y Pugliese o, en el caso de los ro-ckeros, por Alas. ¿Es causa suficiente que pase parte de su vida en el exterior?

–Es probable. Pero tomo lo que me dijo mi amigo Atilio Stampone: aunque yo no esté aquí me encuentro siempre en actividad, lo que pasa es que no lo muestro a la prensa. Recién ahora, a raíz de esta distinción, me ocupé un poco de hacer visible lo que hago: Música por la Identidad con Pablo Agri, el dúo con Cecilia Rosetto, los conciertos con la Sinfónica de Mendoza. Cada vez que vengo me siento como en casa, porque Argentina es mi casa.

–Y Nueva York, su segunda casa. ¿Vive cerca de donde Piazzolla pasó su infancia?

–No. El estaba en el Bronx y yo en Pittown, un lugar muy lindo.

–¿Visitó la casa de Astor?, ¿hay alguna placa que la distinga, que recuerde el lugar?

–Nada. En general, conocen bastante su obra, pero hay lugares como Texas, por ejemplo, en que no tienen idea quién fue él, ni qué es el tango. En el corazón de Estados Unidos no pasa nada con el tango. El otro día fui a tocar a Amarillo y es un lugar donde todavía está el sheriff (risas), aunque ya no anda a caballo sino en auto. Un lugar de campo con su universidad y un teatro cuyo techo es una especie de sombrero mexicano, donde toca la sinfónica. Es muy buena, pero no saben nada de tango y los subyugó el sonido del bandoneón, porque ellos están acostumbrados a tocar la armónica por la música country. Les llamó la atención.

–Hay partes del mundo occidental en que la conquista piazzolliana no llegó, entonces...

–Y si no llegó Piazzolla, no llegó el tango, ¿no? Yo siempre pongo el mismo ejemplo: él fue muy mundano: traía su música aquí después de mostrarla afuera y eso logró que el género se difundiera por todas partes. Por su música y por el baile, en el caso de Tango Argentino, Argentina se hizo más visible. A mí me encanta la danza. Me gusta bailar a la guardia vieja, ese tango movidito, lleno de picardía y barro. Y Argentina sigue siendo el mejor lugar para eso, porque es cierto que hay un boom de milongas a nivel mundial, pero te podés encontrar con que, por ejemplo, en Los Angeles te espera un colombiano en vez de un argentino para enseñarte a bailar.

–¿Es en general o solamente en Estados Unidos?

–En Estados Unidos se nota más, porque para ellos todos, de México para abajo, somos latinos. No tienen mucha información sobre lo que pasa en América, excepto que ocurra un desastre o una debacle. No conocen para nada la idiosincrasia de nuestro pueblo. Incluso, la política ¿no?..., para ellos, el latino es una sola cosa: un mexicano es lo mismo que un peruano o un boliviano... Y entonces da lo mismo que un colombiano enseñe tango.

–¿En la compañía Tango Metrópolis que recorre el mundo son todos argentinos?

–Todos, los bailarines y los músicos. Es un conjunto con un perfil moderno, de compañía de vanguardia, porque la música está sustentada por una matriz así, con obras de 10 o 12 minutos que intentan hacer un recorrido coreográfico y musical por los cien años de la historia del tango. Es como para que quede claro cómo y dónde nació todo.

lunes, 6 de diciembre de 2010

RECITAL DE STONE TEMPLE PILOTS EN EL LUNA PARK



La banda de Scott Weiland demostró ser amplia en lo musical, aunque el setlist haya evidenciado su perfil más rockero. Y corroboró una tendencia de varios grupos de su generación: tiene hoy más de Led Zeppelin y de Neil Young que de Nrvana o Pixies.





Por Leonardo Ferri

Hubo un día en que Stone Temple Pilots sonrió. No tanto porque los músicos de la banda no lo hayan hecho nunca –todo lo contrario, parecen ser tipos más o menos felices–, sino porque su cara principal, el cantante Scott Weiland, mostró un poco de alegría, un dejo de felicidad. Este cronista no recuerda haber visto sonreír a Weiland en mucho tiempo y, salvo alguna que otra imagen feliz que entregue Internet vaya uno a saber en qué contexto, en ninguna de sus otras dos visitas a la Argentina (con Velvet Revolver en 2007 y con STP en 2008) se lo vio tan contento y expresivo. El público argentino –el más pasional, el más demostrativo y unos cuantos supuestos más– fue el responsable, lo hizo otra vez.

Y si Weiland es la cara y la voz de la banda, el tándem formado por el baterista Eric Kretz y los hermanos Robert y Dean De Leo en bajo y guitarra, es el motor de esa máquina de rock-pop áspero y psicodélico que es STP. Con más simpleza que excesos y con mejor gusto que virtuosismo, la base de Kretz y De Leo le permite al guitarrista jugar a ser una suerte de Jimmy Page más rudimentario, pero no por eso menos vistoso y efectivo: De Leo toca al servicio de la banda, cumple con la canción, y no al revés. Tanto con los acordes poderosos de “Crackerman” y “Dead & Bloated” como con los jugueteos slide de “Big Empty” y los coqueteos con el jazz que la banda improvisa entre tema y tema, STP demostró ser una banda amplia en lo musical, aunque el setlist haya estado centrado en evidenciar su perfil más rockero (no estuvieron el lento “Creep” ni la pop “Big Bang Baby” ni la romántica “Sour Girl”).

Hay una constante en las bandas que surgieron del movimiento grunge/alternativo: todas avanzaron en dirección al rock clásico, hacia lo que hoy se considera –simplemente– rock. Tanto Pearl Jam, como Foo Fighters, Soundgarden y los mismos Stone Temple Pilots tienen más de Led Zeppelin y Neil Young que de Nirvana o Pixies (si es que alguna vez tuvieron algo de ellos, dado que el grunge más que un estilo era una bolsa de gatos en la que todas las bandas surgidas en un momento y lugar determinados iban a parar). Los riffs simples y gancheros de “Interstate Love Song” y “Sex Type Thing” causan –ya lejos de las camisasa a cuadros y de las poses de chicos traumados– esa sensación de estar escuchando una canción y varias otras a la vez. Y la teoría se confirma cuando suena “Dancing Days”, cover de la banda de Plant, Bonham, Jones y Page.

La voz de Weiland suena tan bien como siempre, e incluso bastante mejor que en sus anteriores visitas. Para muestra basta un ejemplo: canciones como “Between the Lines” o “Cinnamon” –de su último álbum– le sientan mucho mejor en la actualidad que clásicos como “Vasoline” y “Wicked Garden”, aunque esa quizás haya sido una impresión entregada por la caótica acústica del Luna Park, a la que los sonidistas tardan un poco en acostumbrarse. Sea cual fuere el motivo, el cantante mostró su amplio registro vocal, sus movimientos serpenteantes heredados de Iggy Pop y un diálogo con el público poco habitual en él. Claro, debe ser difícil escuchar “Plush” (una de las grandes canciones de los ’90) coreada por ocho mil personas y no mostrar una pizca de emoción, aun para una estrella de rock.

Si bien la banda de California no es de las más populares de su generación (fueron más veces noticia por los excesos de Weiland que por cualquier otro motivo), se las supo arreglar para vender casi 20 millones de discos a fuerza de hits como “Down”, “Heaven & Hot Rods” (ambos de Nº 4, quizá su mejor disco) y otros ya mencionados. El último disco antes de su separación, Shangri La Dee La, fue desterrado de la lista de temas, casi como un símbolo de una época que es mejor olvidar. Hoy los Stone Temple Pilots lucen más felices, y mientras esa felicidad no les quite la inspiración, no está mal que así sea.

STONE TEMPLE PILOTS

Músicos: Scott Weiland (voz), Robert De Leo (bajo y coros), Dean De Leo (guitarra), Eric Kretz (batería).

Público: 8 mil personas.

Duración: 90 minutos.

Luna Park, 4 de diciembre.

sábado, 4 de diciembre de 2010

TRIBUTO A OS MUTANTES










Por Javier Aguirre

No, nada que ver con el Mutante Ortigoza, el fiero mediocampista de Argentinos Juniors y la selección de Paraguay. Os Mutantes fueron la banda de rock psicodélico más importante de Brasil, y nada menos que en el período 1966-1976, cuando la psicodelia desovaba huevas de peces gordos, gordísimos, a ambos lados del Atlántico. Esta banda esencial del rock latinoamericano, liderada por entonces por la cantante Rita Lee (sí, esa mezcla de Marta Minujín y Charly García que supo bardear en el programa de Susana Giménez), curiosamente, nunca alcanzó gran masividad en la Argentina. Pero El Justiciero Cha Cha Cha, un tributo a Os Mutantes, un disco de homenaje, en riguroso portuñol, producido desde el under y que logró reclutar fans de alta gama (Fito Páez, Café Tacvba, Aterciopelados), además de músicos de extensa carrera (Fernando Cabrera, Rosal, Pequeña Orquesta Reincidentes, La Chicana, Liliana Herrero) y de artistas emergentes (Manzana Cromática Protoplasmática, Pablo Dacal), bien podría aportar su granito de arena –arena de praia brasileira, claro– para enmendar esta injusticia. “La convocatoria fue a pulmón, a la distancia y sin otra estructura que nuestras computadoras y nuestras ganas de activar el proyecto”, cuenta Humphrey Inzillo, periodista, DJ y uno de los productores argentinos del álbum; y señala diferencias: “Los discos tributo terminaron siendo una idea bastardeada después de que las grandes compañías los usaran para promocionar a sus artistas. En este caso, al no haber una multinacional atrás, hicimos los contactos directamente con los músicos, y la predisposición de todos fue excelente; se coparon con el proyecto, sin más motivación que la admiración por Os Mutantes”, completa.

La otra “pata argentina” del equipo que produjo el disco –junto a los brasileños Arthur De Faria y Sandro Bello– es el músico Manuel Onis, quien con su (gran) banda El Horreo conmoviera el under porteño a fuerza de fibrosa psicodelia rioplatense. Onis pasó su infancia en Brasil, tiene un notable disco solista con nombre en portugués (Bagunça, 2007), aporta una de las versiones del disco y traza paralelos entre la cultura brasileña y la música de Os Mutantes: “Desde que empecé a escuchar Os Mutantes me volví loco, me sorprendió la originalidad, la calidad de las canciones, la combinación de música clásica, folklore, psicodelia, humor, hippismo, lo tropical, los colores, los olores, el baile, la sexualidad, la negritud, la simpatía, la desdramatización de la vida y de la muerte”, afirma. Mientras los productores buscan que las agendas de tantos músicos coincidan para que, el año que viene, el disco sea presentado en San Pablo, Montevideo y Buenos Aires, el desafío de torcer la historia crece: ¿logrará El Justiciero... que Os Mutantes amplíen su plantel de fans en los países de habla castellana? En cualquier caso, muito obrigado.


GILBY CLARKE: “No creo que Axl y Slash se junten nunca más”.






El ex Guns’n’Roses asegura que la sociedad vive en un ritmo vertiginoso y que si no salen bandas como a principios de los ’90 es producto de la hiperinformación: “Ahora las bandas no tienen tiempo para desarrollarse”.










Por Mario Yannoulas

Apogeo y caída. Cual observador participante de lujo, Gilby Clarke vivió exactamente eso con la última banda joven de rock and roll capaz de llenar estadios por casi todo el mundo, causando cierto espanto en la gente mayor. Desde el comienzo de la gira presentación del doble Use Your Illusion –que los paseó por el planeta hasta terminar en la Argentina– hasta la grabación de un irregular disco de covers (The Spaghetti Incident?) y la posterior disolución de su dupla más exitosa, protagonizada por Axl Rose y Slash. Desde aquel entonces, el segundo guitarrista de Guns’n’Roses entre 1991 y 1994 quedó ligado al universo del glam rock, las bandanas y las alfombras rojas del rock. Hasta hoy, Gilby convivió con el subtítulo de “Ex Guns’n’Roses” sin irritarse. Es más, prefirió capitalizarlo: los afiches que promocionan su presentación en la fiesta Glamnation prometen un set “Gunner” en la lista de temas.

“Apreció mucho todo lo leales que han sido conmigo en la Argentina, y creo que es porque siempre llevé mi música con honestidad e integridad. Esta vez no sé si van a escuchar todas las canciones que quieran, pero estén seguros de que va a ser un buen show de rock and roll”, adelanta desde Los Angeles, sin perder la oportunidad de elogiar a la monada local: “Siempre digo que la Argentina tiene los fanáticos más apasionados del mundo. Fui por primera vez con Guns’n’Roses, y quedé muy sorprendido ante la efusividad que la gente ponía en la música”.

A los 48 años, ya padre de una adolescente, Gilby ha recorrido diferentes alineaciones que hallaron en él un tipo versátil. “Soy un guitarrista de rock and roll, toco lo que siento y busco la mejor manera de aportar. Uno de mis guitarristas favoritos es George Harrison, siempre me fascinó la forma en que contribuía y trataba de hacer mejor a la canción. Nunca toqué para mostrarme, trato de tocar con honestidad para con la música”, define. Paralelamente a su carrera solista, que comenzó en 1994 y cuya última producción fue hace tres años, formó parte de Slash’s Snakepit –el proyecto solista del guitarrista de los rulos inmediatamente posterior a GNR–, tocó para Nancy Sinatra y, en 2006, se sometió a un reality show televisivo llamado Rock Star: Supernova, donde buscaba cantante junto al baterista Tommy Lee de Mötley Crüe y Jason Newsteed, entonces ex Metallica. El grupo, sin embargo, no pasó de la grabación de un primer disco y se derritió sin pena ni gloria: “Yo quería tener una nueva banda, grabar un disco, hacer giras, no me interesaba salir en televisión. Quedé muy decepcionado por la forma en que terminó todo. No estaba tan seguro de involucrarme en eso porque no me parece que la tele represente a una banda de rock de la mejor manera; pero cuando me senté a charlar sobre el proyecto, me di cuenta de que era una oportunidad para formar una banda y tocar con grandes músicos. Antes de que todo terminara, la experiencia fue muy buena”, retrocede.

–¿En qué tipo de banda preferís tocar?

–Creo que la formación que más me gusta es el trío, porque te conectás más como banda, te escuchás más con los otros, mientras que en un cuarteto la cosa es más individual. No digo que sea mejor o peor, pero el trío es la forma que más me gusta, y así probablemente sea mi próximo disco. Una sola guitarra, algo un poco más directo.

–¿Por qué no surgieron más bandas jóvenes de rock crudo como fueron los Guns’n’Roses a principios de los ‘90, capaces de llenar canchas donde sea?

–Yo sé por qué: ahora las bandas no tienen tiempo para desarrollarse. En esta época, cuando aparece una banda nueva enseguida sale todo sobre ellos en Internet. Yo creo que los grupos necesitan tiempo para construir una identidad, lleva tiempo formar una banda de verdad. Pero ahora, si sos un buen cantante, más que una banda vas a querer volverte un solista al estilo American Idol, porque así te quedás vos con todo. Para formar una banda se necesita mucha gente poniéndose de acuerdo y trabajando juntos para algo. Es triste, pero es la realidad: la gente no se junta como antes.

–¿Ves posible una reunión de Guns’n’Roses?

–No. No creo que Slash y Axl se junten nunca más, y no se trata de una cuestión de plata. Creo que a los dos les está yendo bien y necesitarían sentarse a charlar, pero no veo que eso sea posible. Igual, a Slash no lo veo desde enero, y a Axl desde hace diez años. Con Duff (McKagan) sí hablo todo el tiempo, y Matt (Sorum) tocó con mi banda hace tres semanas.

Antes de arribar a Sudamérica, Gilby le sacaba punta a su otra profesión: la de productor musical, que lo ha arrimado a grupos como LA Guns y Vains of Jenna. Por estos días trabaja con una “banda nueva” californiana llamada Archer. Pero más allá de su gira solista y las producciones que le toquen en suerte, no proyecta demasiado a futuro: “No tengo ni idea de qué voy a hacer. El negocio de la música cambió mucho en los últimos 5 o 7 años, se volvió más duro. No es tan simple como levantarse un día y decir: ‘Bueno, voy a grabar un nuevo disco’. Financieramente, los riesgos son grandes. Hay que hacer videos, promoción, necesitás marketing, gente detrás tuyo, todo eso parece sobrepasar al hecho artístico, cuando se supone que tendría que ser lo principal, algo que conecte a la gente”.

–¿Por qué decís que cambió tanto en estos años?

–Creo que la música no es tan importante en la vida de la gente como era en otra época. Antes la gente daba su vida por la música, ahora hay demasiadas distracciones. La gente está con los videojuegos, no quiere comprar un disco sino apenas una canción, y para un artista esto es, naturalmente, muy duro. Los que estamos en esto no ganamos la misma plata por una canción que por diez; así se hace mucho más difícil poder dedicarse como se debe.

ENTREVISTA DE MARIO PERGOLINI AL INDIO SOLARI EN CUAL ES?








“La estampita de la banda era yo”

Después de dos años de silencio, el Indio Solari salió el martes pasado a contar en la Rock & Pop cómo será su próximo disco El perfume de la tempestad: habló de la muerte de Néstor Kirchner y se refirió a su legado (“por fin tenemos un gobierno con cojones”), reflexionó sobre la situación de Gustavo Cerati y denunció la “traición” de la Negra Poli y Skay. Aqui publicamos casi toda la jugosa y profunda conversación que tuvo Solari con Pergolini, en la casa del conductor radial.









Por Mario Pergolini

–Siento que voy a hablar con alguien que excede la importancia que yo le voy a dar, es como ver a un soberano, viste que los soberanos generan cierta cosa. Es como ver a un soberano (...).

–Depende mucho de la inaccesibilidad, tiene que ver con eso.

–¿Te sentís inaccesible? ¿Sos inaccesible?

–Soy fóbico, que son dos cosas diferentes. Inaccesible es alguien que voluntariamente se oculta a estar expuesto al cariño de la gente, al odio de la gente, a todas las emociones. La fobia es otra cosa, es algo más poderoso que uno. Uno hace lo que buenamente puede.

–¿Pero hiciste algo? ¿Fuiste a un especialista de fobias?

–No, no creo en esas cosas. Para mí la psicología es como a lo que me dedico yo, tiene las mismas razones científicas.

–¿Entonces creés que tu fobia no la puede curar nadie más que vos, si es que hay que curarla?

–La curo evitando las situaciones que me ponen desagradablemente fóbico. Por ejemplo tengo claustrofobia, me he tenido que bajar de aviones para ir a tocar, o yendo a las afueras de Londres tuve que bajarme de un colectivo con una lluvia terrible, abandonar a mi mujer. Fue terrible. Me miraban por la ventanilla porque la lluvia seguía cayendo, y de pedo conseguí un taxi que me llevara a Londres.

–No era una cuestión de espacio...

–No, era cerrado. Viste que allá en Londres los autobuses son herméticos, viste que a mí me gustan los que abrís la ventanilla y escupís para afuera (...)

–Lo otro que siento es que el Indio pone distancia todo el tiempo, pero hay un momento en que no pone más distancia.

–No soy muy prolífico, hace dos años que no hago nada. Entonces hace dos años que no hablo. De la única manera que se justifica que alguien que hace canciones, que se supone que expresan sus emociones a través de ese vehículo, me parece que no tiene mucho más que decir. Quiero decir tanto a través de las canciones que me cuesta después ampliar el campo posible de lo que ya está dicho, y lo hago simplemente para confirmar y avisar que tengo un trabajo nuevo rotando por ahí. Pero en definitiva no soy muy amigo..., no soy un tipo de silencio cuando estoy con gente. Me los guardo para cuando estoy solo. Creo que los silencios incomodan un poco a los demás, pueden dar un poco de miedo; la gente termina creyendo que estás pensando en cosas profundas y en realidad está picándote el culo. Lo único que pasa es que cuando uno está callado no sabe qué decir. Hablo cuando hay un trabajo para hacerlo, y como decís vos, hace dos años que...

–Es raro. Hay un montón de gente que lo toma como palabra a escuchar, no en vano uno mete 80 mil personas, no en vano las remeras hablan, no en vano hay grafittis con frases que escribiste a lo mejor rascándote el culo, y pasó a ser una prioridad para la vida de otro. Qué loco escuchar que el tipo que yo escucho, dice que no tiene cosas para decir.

–No tengo cosas para decir en otros términos. No es que esté a disgusto con lo que hago, creo que hago buenas canciones, creo eso sí.

–¿Trabajás a la hora de componer?

–En realidad me despierto temprano para jugar. Luzbulo es un playroom y Luzbola es el lugar donde se materializa lo que pasa en el juego de todas las mañanas. He cambiado de hábitos hace unos años, me despierto muy temprano...

–¿Cómo eran los hábitos de antes?

–Eran todos a la noche. Era esa especie de inercia de la bohemia. Me fui a vivir a Leloir, nos despertábamos a las 5 de la tarde, con Virginia, nos pasábamos toda la noche jugando al pool y bebiendo. Pero era ridículo: un día le dije “nos vinimos acá para disfrutar y los pajaritos nos joden”. Y bueno, un buen día, la llegada de Bruno emprolija la vida. Hay otros horarios que respetar y de pronto también aparece la edad: soy un artista añoso, estás más sujeto a la biología, hay caravanas que cuestan mucho.

–¿Te sentís añoso en el escenario?

–No me doy cuenta, pero los demás se pueden dar cuenta.

–Creo que no. Tenés una imagen muy idílica, aunque ahora hay grandes pantallas en HD.

–Los acercamientos siempre ayudan...

–Pero la gente tiene esa imagen idílica.

–Es la única imagen que hay, pero circulan más imágenes de las que quisiera. Hay algunas muy íntimas que son reveladas, hay recitales enteros de Racing dando vueltas por ahí...

–Adonde me lleves yo voy...

–No tengo ningún tabú a priori, en todo caso cuando no quiero hablar de algo, te diré.

–¿Quién abrió la puerta?

–(...) Yo salgo a contestar dos años más tarde cosas que escucho. No tengo mucho interés en seguir vinculado a eso. En definitiva termino contestando las cosas que se dicen mientras uno está callado. Estamos hablando de los videos, de lo que quedó atrapado y salió a la luz y se terminaron viendo.

–Hubo gran discusión y salió.

–Yo creo que Poli no tiene mucha idea de lo que es Internet, porque ella dice que hace siete años estaban los videos en el Parque Rivadavia. Si hubieran estado hace siete años en el Parque Rivadavia ya estarían desde antes en Internet. Dicen que estaban guardados en una caja de seguridad. Por supuesto, en una caja de seguridad de ellos...

–¿Es así: ellos y nosotros?

–Hay algo que no se terminó de entender: hubo una jauría de críticas que vinieron a decir que estábamos peleados por intereses económicos, independientemente de que yo no reniego de ellos. Yo no reniego de mis intereses económicos, pero yo estoy atrás de la custodia artística de eso. Como no hemos quedado en buenos términos, vos sabés lo que es la edición. Sabés que si hago una secuencia de muchos partidos y pongo todas las chilenas tuyas y los túneles que me hacen a mí, a mí trajes de luces no. Entonces a mí me va bien, gano bien, más allá de los anhelos, que salgan gratuitamente, es lo que menos me jode. Pero que salga como yo quiero.













–¿Cómo vos querés, entonces, no es como “queremos todos”?

–Que salgan como yo quiero, claro... Se hubieran dedicado antes a la producción.

–¿Es tan importante, hay tantos caños?

–Son todos los recuerdos de los shows de los Redondos más importantes, y de pronto lo que hay detrás de todo eso es una cosa que se puede decir, que se puede denominar con una palabra muy seria que es traición. Entonces estamos hablando de una palabra que te arruina todo el pasado, porque la traición tiene el poder de arruinar el pasado, porque no sabés cuándo dejaron de ser tus amigos, cuándo empezaron a pensar en vos de otra manera. Yo esto que estoy diciendo ahora lo digo para no alentar expectativas de que hay reuniones posibles. Y aclarar algunas cosas que escucho por ahí, que han sido dichas cuando yo estaba en silencio, que fue lo mismo que pasó la vez pasada cuando publiqué la carta abierta, cuando alguien dijo que yo me quería apropiar de la banda, y yo no tenía ninguna necesidad, porque la estampita de la banda era yo. También quiero aclarar otra cosa, el que dijo el cierre más claro de todo esto fue Semilla en un reportaje. Él dijo que si nos agarraba a Skay y a mí, Patricio Rey nos cagaba a patadas en el culo. Creo que es el que acertó con la frase indicada sobre cómo terminó todo (...).

–Creo que vos no pensás en el espacio donde van los compacts.

–El álbum lo sacan y lo dejan arriba del equipo... De todos modos, la sabiduría de la multitud es espantosa. El maoísmo digital que hay en este momento es medio raro, de cualquier manera ayuda para saber que todo es una convención y todas las verdades son transitorias, están más dadas a entender esas verdades.

–Las cosas que escuchabas sobre el disco, que decían que iba a ser doble, o que había un disco con Andrés Calamaro, ¿se iban acercando a la realidad?

–No, no en absoluto. Lo que hay es una charla que tuvimos con Andrés en un momento, que tenía ganas de hacer un show para recorrer con él en una bandita en lugares con otra magnitud.

–¿Dos tipos que convocan 80 mil personas...?

–Pensábamos en tocar The replacements, Rain de The Beatles, quería tomarme el trabajo de traducirlos al castellano, pero creo que no me iban a dar los derechos para Argentina. Rain iba bien con el resto de las canciones que había elegido, había temas de The Who. Eran todos rocks bastante crudos, bajo y dos violas, una rítmica, y otra para que juegue. Yo juego con las texturas, pero tiene que haber un corazón de guitarra. (...)

–¿Cuánto tiempo demoró el disco?

–Las maquetas las hago solo. Después ya lo tenemos con Hernán en el estudio, quedan como las bases, sobre lo cual se va a ir construyendo el disco. Después se cambian las baterías, y a partir de ahí, el mismo tempo, algunas cosas que quedan hasta el final, alguna guitarra también siempre queda, por esa maravilla que tienen algunos guitarristas de reconocer que vos sos el único capaz de hacer ese chasquido o ese rasguido, que ellos por más que son más que excelentes guitarristas no pueden tocar. No soy de anotar, no sé cómo llegué a este sonido, y después una vez todos los leit motifs arpegiados básicos. Los guitarristas tienen varios tracks libres para improvisar, son todos arreglos.

–¿Por qué el primer tema es el primer tema?

–Uno está buscando siempre la emoción que emana, para este disco arrancamos de 40 maquetas. Siempre quedan un montón de temas que no progresan de la misma manera, y son escupidos rápidamente. Hay varios temas de este álbum que fueron en algún momento, corrieron con esa suerte. Son maquetas abandonadas que de pronto cuando les volvés a poner el ojo ves algo que no está bueno, o algo que no era la mejor, o que había una textura que no pudiste reproducir y tal vez más adelante sí la podés hacer. La cultura rock le acercó a esto no sólo la parte compositiva de acordes o melodías, sino de textura, sobre todo hoy en día suenan in the face o la textura a la banda más básica. Hay un montón de tropiezos que le dan un carácter diferente, creo que le llaman electrorrock o algo así. No soy muy seguidor de las corrientes.

–¿Cómo se llama el primer tema?

–¡Todos a los botes!

–El disco tiene 12 temas, el arte de tapa viene con relieve, El perfume de la tempestad es lo primero que se lee, es la letra cursiva de un diario, de una bitácora.




















–Es un viaje de Porco Rex a la tormenta.

(...)

–Alguien me dijo haces muy buenos discos teniendo en cuenta la gente que lo escucha.

–No creo que sea así. Lo que creo es que uno abreva para un show de Estadio, por llamarlo de alguna manera. Cuando me sirvo de alguno de los temas de Los Redondos, que no hay un puto tema que no sea mío, hay dos o tres o cuatro temas para estadio por disco, y los demás temas son mid tempo, slow tempo. Uno se sirve de una discografía larga. Hay dos o tres, Flight..., o ahora qué sé yo, y otros donde uno quiere jugar más musicalmente. Quizá son un poco más complejos, pero en realidad da para el meloneo. Creo que funcionan todos de la misma manera.

–¿Cinco shows son muchos?

–Son cinco. No puedo agregar más porque es una producción independiente.

–Vos sos independiente como..

–Te voy a explicar por qué no es así. De movida yo hago una inversión de dinero en la puesta. Si en vez de la gente que creemos que va ir, va otra yo estoy en la quiebra.

–Vos apostás a lo grande.

–Yo... Bueno, me olvidé... estoy sin dormir. Es que en realidad no sé, los temas que son movilizantes.

–Pero este disco no suena a Oktubre, es como tener dos bandas diferentes en el escenario.

–Cuando tocamos temas de Los Redondos son temas más llanos, bajo, guitarra, batería.

–¿Te gusta cantarlos?

–Sí, sí, a mí hay palabras que me suenan para la mierda, como trayectoria o qué sé yo. ... como hacen McCartney o los Stones, que hacen un disco y presentan cinco temas del disco. No voy a presentar El tesoro... El perfume de la tempestad completo. Entiendo que hay una dinámica en los estadios que precisan no tanto slow tempo o mid tempo, sino estar al taco.

–Alguien me contó que llegó hasta adelante en el show de Tandil y te gritó: “¡Indio estás más contento! ¿Qué te pasa?”.

–Hay una tormenta acechando en todas las imágenes. Para mí es ominosa, a mí me sorprenden en estas cosas. Incluso en los directos, porque tuve una noche de mierda en el show, el monitoreo no estaba presente. Fue una de esas noches en que de pronto le hacés una seña al monitorista...

–¿...al ex monitorista?

–Sí, al ex monitorista... y te sube otro canal que no es el que querés que te suba, entonces la gente presupone de vos cosas...

–¿Te gusta el personaje que la gente tiene representado, la imagen que terminó representando la masa colectiva?

–Me gusta mientras esté en esa dimensión que no llega a mi intimidad. Cuando tenés que hacerte cargo del cariño de miles, aparecen estas fobias, que en realidad son en defensa propia. Se me hace difícil entender que uno tenga que hacerse cargo del cariño de miles. Es así, entonces. Es tan variopinta la imagen que hay de uno, por más que hay como un núcleo descripto. De pronto viste cómo es la jauría de Internet, que siempre hay alguno que te dice “puto, puto”.

–Fontanarrosa dice que se dio cuenta de que era famoso cuando le gritaron “puto” en Rosario.

–No me jode porque es bastante respetuosa la imagen, la que sobrenada, la tratan con mucho respeto. (...)

–¿Seguís no creyendo en Dios?

–(...) Creo que creer implica ese temor, ese miedo a la muerte, a no ser, a no ser nunca más. El yo que somos y que nos habita quiere seguir siendo. No creo que haya una conciencia personal después de la muerte. Una conciencia individual después de la muerte no creo que haya. Sigo sin creer porque es un amparo tener un dogma que te resuelva la vida, pero yo creo en lo que creo, y no creo en lo que no creo. (...)










–Me decías que te gustaba experimentar con todos los géneros, y que el rock es un género muy chiquito...

–...dicho así parece que uno tuviera una mirada despreciativa sobre el rock. Lo que digo es que en el blues te salís de tres acordes y te sacás del género. El rock and roll es un poco más abierto pero después está la cultura rock, que son los David Bowie, los Peter Gabriel. Hay infinidad de tipos que han ampliado el campo posible del rock and roll haciendo intervenir texturas que son de la música hindú, electrónica...

–Pero el rock del país sos vos... El género en el cuál se basa una larga generación, es un género que todo lo que se escucha por debajo de lo que hacés parece que fuera una copia.

–No sé si es así, porque nunca me reconozco en los que me dicen. Me hablaban de Pier y no me reconozco en eso. La mirada de los demás es mucho más esclarecedora que la mía, porque estoy inmerso en lo que hago. La cultura rock permitió que uno incorporara texturas y sonidos a la base de rock que me sigue interesando, que el dominio esté en las guitarras, batería y bajo. Pero hay incluidos en esa textura sonidos de cuerdas, de brass, simplemente como apoyaturas o landscapes. Son escenografías musicales, es lo que me gusta hacer. No sé hacer otra cosa que lo que me gusta. (...)

–Como están los medios, como está la discusión en un momento en que volvieron a tocarse temas que habían dejado de plantearse, estoy hablando concretamente de la movilización que produce el gobierno, de los que los odian y una generación reivindicada en cosas que tendrían que haberse hecho antes, muchos programas que manipulan demasiado a través de la repetición y las cosas, me sorprendió cuando le mandaste la carta a la Presidenta. No creo que vos comas vidrio. Sabes que cuando decís semejante cosa llega...

–Dejame que te explique desde dónde voy a opinar. Voy a hablar desde el “artista”, que como “trayectoria” son palabras que a mí me quedan grandes a veces. Yo no creo que haya una ideología que solucione los problemas políticos para siempre. De ahí que mi motor básico es político pero de ideales, no de ideologías, no soy iísta de nadie. Soy un individualista impenitente que ha sido defraudado más de una vez. Desde ahí puedo decir cosas de este gobierno, que por primera vez encuentro un gobierno que tiene los cojones de disputarles a todas las corporaciones al mismo tiempo, donde me gusta ver a una Presidenta que puede hablar en las Naciones Unidas o en la Organización de Estados Americanos sin leer un discurso, que no dice disparates, es una sensación de ciudadano.

–No comés vidrio, sabés que lo que decís repercute.

–Yo creo ser parte de una especie de fantasma que anda dando vuelta, que tiene que ver con el hecho de que en el ambiente político creen que uno puede arrastrar a las 90 mil personas -que van a verlo a Tandil-, caprichosamente hacia una ideología. De todos los reportajes que tengo que hacer ahora hay tres interviews que están pedidas por políticos o gente de actividad política, yo creo que viene de esa sensación.

–¿Te molesta?

–No me doy cuenta porque yo miro a Beto Casella a las 8, después veo una película...

–Vas a tener un mal referente de lo que está pasando.

–Veo esa fauna monstruosa, y lo veo mientras pico algo, y me tomo un martini. Es muy loco lo que pasa, lo que hace la gente. Es para tomarse un martini, picando unos quesitos, y a las 10 veo una película.

–Entonces no te afecta demasiado.

–No estoy muy pendiente de eso. Me doy cuenta cuando pasan estos eventos y recibo los mails de distintos sectores políticos que quieren ver si hay alguna cercanía. No en todos los casos tienen la misma intención, pero no sé manejarme. Mirá, vine hablando con Aníbal Fernández, y yo (...) le explicaba a Aníbal que cuando uno no tiene acceso a la intimidad de alguien vos no te podés emocionar por la simple pérdida de esa persona. Lo que vi es esa magnitud de jóvenes otra vez involucrados en no dejar el poder en manos de los corruptos, o aquellas corporaciones que vienen manteniendo el estado de las cosas desde siempre y me conmovió realmente. Fue bastante escueto, una sincera tristeza. Es lo único que podíamos manifestar, pero siempre me gusta hablar desde un lugar para que no se crea que uno es oficialista, o antioficialista. No tengo ese motor porque he sido defraudado desde muy joven, como ciudadano. Veo lo que pasa, lo que ha pasado con los derechos humanos y todo eso es favorable a mi opinión. No creo que haya una ideología que resuelva los problemas políticos para siempre, respeto al artista que es militante, pero no es mi caso. Mi caso pasa por otro lado, yo soy un hombre de izquierdas, la nueva izquierda, de la política del éxtasis del turn on, tune in and drop out, no de la política gerontocrática de la izquierda. Fuera de la nueva izquierda de los Estados Unidos de los ‘60, la izquierda es de la época de la máquina de vapor. Creo que un artista tiene que mudar de dogma permanentemente y tener ideales. La política del éxtasis trataba de transformar la especie, no la sociedad, de cambiar el ser humano que es diáfano, honesto (...). Hablo desde ahí, que hay ciertas noticias de lo que está pasando que me son gratas.

(...)

–Cuando diseñas el arte del disco, pensás que todavía existe el que se sienta a escuchar el disco, lo pone, lo abre...

–En realidad en el caso mío la gente lee las letras y observa las ilustraciones. Los he convencido de que hay una unidad en lo que hago que es extraña en esta época de digitalización donde el hit es lo que se baja. Yo me quedé en la etapa donde había una idea general, una emoción general que representar desde distintos lugares, desde la música, desde la lírica (...). Soy un tradicionalista de la molécula. Todavía estoy en la molécula y no en los bits. Creo que las bandas independientes que se autofinancian tendrían que pensar en lo que hacen. Uno invierte mucho dinero, mucho de su tiempo en hacer una producción que de pronto alegremente alguien baja. No estoy muy de acuerdo con este maoísmo digital. Hay esta especie de sabiduría pública, sobre todo porque no ha tocado a otros, a los músicos ha jodido, pero los dentistas, los abogados, viven de lo que invierten su dinero. (...) Soy muy tradicionalista. Tengo un vínculo de muchos años con la distribuidora que me interesa mantener. Porque yo también podría hacer lo mismo, venderlo por teléfono o a través de los shows, porque el disco está vendido. Pero me gusta respetar los contratos emotivos que tengo con la gente a través del tiempo. Mientras pueda hacerlo, mientras sea interesante seguir manteniendo la molécula, lo haré. El bit me interesa pero no sé cómo abarcarlo, no me gusta la atomización. Tengo la inercia del artista añoso, del concepto,

–El artista añoso hace siempre lo mismo.

–Pero tengo la edad que tengo. También el jovato coquetea con la modernidad y de pronto le sale para la mierda. No pasa por ahí, pasa por el hecho de que creo todavía que hay una unidad emotiva que me parece que es más importante que simplemente sacar el hit, que es lo que te gusta rítmicamente o que está en circulación dirigida o rotación intensiva. (...)

–Aunque sos de izquierda no sos latinoamericanizado, musicalmente parecés más un capitalista.

–Tiene que ver en lo que uno se formó. Me formé en la cultura rock cuando acá prácticamente no existía. Mis héroes son Los Beatles, Stones, Frank Zappa, Jethro Tull. Puedo hablar de Arcade Fire, de Blonde Readhead, de todas las épocas, pero no soy del rock nacional. (...) La gente cree que disfruto mucho al componer las letras. Pero yo disfruto mucho de la música que apretás el acorde y te lleva por ese lado. Yo hago una sanata de la melodía de la canción y después tengo adecuar cosas que quiero decir al fraseo. (...)

–¿Cómo te pegó lo de Cerati?

–Yo nunca vi esa especie de rivalidad que cantaban. Para mí no existió, porque en definitiva él tenía un carácter más glamoroso, más fashion y yo más crítico, más ácido y eso quizás haya separado los públicos, probablemente. De pronto no sentí nunca esa rivalidad y lo que decía en la Rolling Stone es que esa rivalidad, de haber existido, me enaltece porque es uno de los músicos más importantes que ha habido acá. A mí me gusta mucho más la etapa de solista de Gustavo Cerati que la etapa de Soda, que fue muy exitosa, por más que no llenara estadios solo y con Soda hizo siete. Me parecía más aventurero el Cerati de las últimas etapas. (...)









viernes, 3 de diciembre de 2010

LES CLAYPOOL, BAJISTA Y CANTANTE DE PRIMUS, ANTES DE SU PRIMERA PRESENTACION EN LA ARGENTINA.





“En la música puedo ser una prostituta”

El músico estadounidense se refiere a su amplio abanico de bandas paralelas, pero la que se presenta esta noche en el estadio Malvinas Argentinas es el trío que marcó una era en el indie estadounidense y que regresa tras una pausa de diez años.






Por Mario Yannoulas



“Me encanta la idea de que la música sea gratis, pero a mí no me regalan el café ni el colegio de mis hijos.”

“No suelo saber qué está pasando. De hecho, no sé qué está pasando esta mañana”, cavila Les Claypool sobre sí mismo, como jugando al ingenuo y apostando al desconcierto que catapultó a Primus a la fama mundial. Si algo tuvieron los ’90 fue la convivencia de una amplia gama de estilos, donde las propuestas del mainstream etiquetadas como “alternativas” llegaron a sobrepasar a las demás. Así fue creciendo el nombre de este trío californiano de rock inclasificable, pero al que se puede llegar pensando en el funk en modo ro-ckero, las formas delirantes de Frank Zappa, el virtuosismo, las historias relatadas al estilo folk americano y demás elementos provenientes de mentes ardorosas.

En este marco, Primus se hizo dueño de su propia paradoja: hacer discos de culto que terminaban consumiéndose en masa. El trío no sólo era ya un experimento de Claypool & Cía, sino también de la industria discográfica, que descubrió un tanque de ventas detrás de un grupo poco comercial y artísticamente huidizo. “Nunca esperamos estar en MTV, ni siquiera en la radio. Es más, en los comienzos nos ofrecieron un contrato con la idea de vender al menos cien mil discos. Lo rechazamos porque en ese momento veíamos imposible que una banda underground llegara a esas cifras. Veíamos a gente como The Residents o Tom Waits (que hoy es enorme), con un nivel de publicación muy limitado. Pero terminamos vendiendo millones de discos. Nunca esperamos ser parte del mainstream, y así y todo tanto Primus como mis trabajos solistas siguen teniendo esa cosa de culto”, estudia el bajista y cantante, a punto de sorber una taza gigante de capuchino en la confitería del hotel que lo aloja en Buenos Aires.

Luego de diez años de inactividad como banda que dejarían como recuerdo siete discos, Primus –que se presenta hoy a las 21.40 en el estadio Malvinas Argentinas, Gutemberg 350, en el marco del festival Tribulaciones, que abrirá sus puertas a las 18.40– regresó en marzo de este año, y ahora llega por primera vez a la Argentina. Arribaron directo desde los Estados Unidos, por lo que Claypool, el baterista Jay Lane y el guitarrista Larry Lalonde tienen los horarios cambiados. “Hasta ahora sólo tuve tiempo de probar muchos Malbec”, se ríe el bajista, recién amanecido.

Claypool es un personaje excéntrico del mundo de la música, tanto por su imagen entre formal y burlona, como por su música indefinible. También por sus participaciones en cine y la autoría de una novela en 2006, como por la composición de la cortina de la serie animada South Park. Tras la dolorosa disolución de Primus, en 2001, este ex carpintero y compañero de colegio del guitarrista de Metallica Kirk Hammett se abocó completamente a sus proyectos paralelos, por donde desfilaron bandas circunstanciales repletas de músicos de alta talla como Tom Waits, Stewart Copeland, de The Police, y Adrian Belew. Porque además de delirante, Claypool es virtuoso, aunque poco le interese serlo y diga que toca como le sale.

Diez años después de la separación, y tras la grabación de otro de sus trabajos solistas (Of Fungi and Foe, de 2009), se reunió con su manager y ambos se preguntaron qué hacer... ¿Por qué no volver con Primus? Luego de que el baterista original y el guitarrista más representativo de la época dorada dieran el sí, no sólo resolvieron programar una gira, sino regrabar algunos temas (registrados en el EP titulado June 2010 Rehearsal y disponible gratis en la web) y encarar un nuevo disco, el primero después de Antipop (1999), que saldría el año que viene y está siendo grabado en el estudio de la casa del bajista y cantante, llamado “Rancho Relaxo”, en honor a un capítulo de Los Simpsons.

–¿Cómo hace convivir tantos proyectos musicales?

–Son identidades diferentes, es como hacer snowboard y después ir a pescar. Además, desde hace muchos años que soy un tipo casado, y a diferencia de la vida que tengo con mi mujer, la música es mi oportunidad de ser promiscuo, soy una prostituta musical: estuve tocando con Tom Waits, Bernie Worrell, Adrian Belew, Tray Anastasio, Stewart Copeland... conocí mucha gente en este tiempo, pero diferencio perfectamente Primus de Oysterhead, otra de mis bandas paralelas.

–¿Y qué se siente estar en Primus de nuevo, después de diez años?

–Se siente bien. Estuve haciendo muchísimas otras cosas en este tiempo: pude tocar con otros músicos, hacer películas, escribir libros, hice experiencia de vida por otro lado. Como cualquier ser humano, cuanto más uno crece, más está posibilitado de integrarse a actividades creativas. Había muchas ideas frescas dando vueltas, así que les pedí a mis compañeros que trajeran su propio material, algo que antes nunca había sido así. Que Jay Lane esté de nuevo en la banda es impresionante, es mi compañero espiritual y uno de mis bateristas favoritos en el mundo.










–¿Cuál es la principal diferencia entre este disco y Antipop?

–Este disco es divertido de hacer. Antipop fue un disco muy difícil, estábamos en el final de Primus y no nos gustábamos entre no-sotros. Ahí se detuvo el tiempo.

–¿Por qué subieron el EP June 2010 Rehearsal para descarga gratuita desde su web oficial?

–Fue algo espontáneo, casual. Empezamos con esas grabaciones antes de la gira y nos dimos cuenta de que sonaban espectaculares, así que por qué no compartir con el mundo la forma en que Primus está sonando ahora. La energía que tiene Jay para tocar es increíble, es un genio.

–¿Tiene alguna filosofía explícita respecto de Internet como fuente de descarga gratuita de música?

–No necesariamente. La del EP fue más una idea promocional como algo interesante para los fans. Pero si vamos un poco más allá, eso de hacer música gratis no va a pasar con nosotros. Ahora me acuerdo de Lars (Ulrich, de Metallica) demandando a Napster y toda esa historia. Me encanta la idea de que la música sea gratis, y sería más que feliz regalando mi música. Todo eso, si yo pudiera venir hasta acá, a la puerta del hotel, mostrar mi tarjeta de músico y decir: “Soy un músico y vengo a dar mi música gratis”. Si me dieran una habitación gratis, una taza de café, pudiera ir a Starbucks a buscar mi sandwich sin cargo y mis hijos pudieran ir al colegio sin pagar, todo con la misma tarjeta, yo estaría completamente de acuerdo. Pero hasta que eso pase, mi trabajo tiene que ser remunerado.

–¿Por qué cree que tantas bandas se están juntando de nuevo?

–No estoy muy al tanto. Tal vez se estén quedando sin plata.

–¿Y ustedes?

–En realidad, nunca tuve plata (risas). Estuve tocando mucho y me fue bien por ese lado. Hago esto porque quiero, no tengo que ser Primus para pagar mis cuentas.

–¿Se siente cómodo en el negocio del rock?

–A veces. Por eso en su momento le pusimos a un disco Sailing The Seas of Cheese (“Navegando los mares de queso”). En los Estados Unidos el queso refiere a algo genérico, estéril, y por eso pusimos ese título, porque estábamos en una situación ridícula: una banda extraña como la nuestra era promocionada al mismo tiempo que Bon Jovi, Guns N’ Roses, ese tipo de gente con la que no encajábamos.

–Muchas veces recurre al ridículo como estética, al estilo Za-ppa. ¿Qué papel juega el humor en su música?

–Muchos de los temas de las letras y sus personajes son muy trágicos. Eso probablemente tenga un origen en la rama materna de mi familia, donde hubo abusos de sustancias, de alcohol, excesos de velocidad, gente presa por años y cosas como esas. Es mucho dolor para una sola familia, y la única forma que teníamos para abordar esos temas era a través del humor. Por eso personajes como el de “Jerry Was a Race Car Driver” pertenecen a temáticas tan densas. Satirizar es parte de mi existencia, y esa es la forma en que entiendo la música. A veces veo a muchos músicos tomarse a sí mismos demasiado en serio, algo que, aunque seguramente sean grandes personas y artistas, para mí es ridículo. Por eso mi cuerpo está en South Park, porque ellos satirizan los temas más pesados.