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domingo, 1 de agosto de 2010

ENTREVISTA A ERNESTO SNAJER




" Soy fana de la música"

Ernesto Snajer es, sin dudas, uno de los guitarristas más interesantes de la actualidad. Rock, Jazz, Tango, Folklore, Música Clásica: todo esto junto se escucha en sus proyectos. Su disco en dúo Con Palle Windfeldt: Guitarreros (ECM/Carmo) estuvo producido por Egberto Gismonti. Recorrió el mundo junto a Semblanza, tocó con Lito Vitale y sus Argentinos, participa del trío de Verónica Condomí, tiene a su cuarteto tocando siempre que se puede y está, en estas horas, presentando el último de sus Cds "Ernesto Snajer y Grupo". Con ustedes, Ernesto Snajer.









¿Cómo fueron tus comienzos?

Empecé a tocar en la escuela primaria; mi viejo me regaló una guitarra y enseguida me enganché con la música: primero yendo a un conservatorio de barrio “Conservatorio Grasi”, en Paternal, y después de más grande, diez u once años, empecé a estudiar con un profesor particular. Todo esto hizo que se despertara en mí un mayor interés en la música y empecé a tocar la guitarra eléctrica. Mi padre me había comprado una guitarra Kuc, que era horrible pero bueh, y a los once años aproximadamente , no sé cómo, convencí a mi vieja para que me comprara otra guitarra, ”una Telecaster”, que por cierto la uso hasta el día de hoy. Por esa época había empezado a estudiar piano, que es mi segundo instrumento. En el secundario tocaba en grupos de barrio, además de tener un dúo de guitarras españolas, que era bastante raro para la época , ya que hacíamos temas de Gismonti, de Corea, etc.
Un poco antes de terminar el colegio, formé ” Semblanza”, junto al excelente pianista Hernán Lugano y Quique Condomí en violín (hermano de Verónica). Ese fue mi primer grupo profesional, y nos fue muy bien, desde Cosquín hasta en festivales de Jazz. Fuimos a Alemania (yo con veinte años) y tocamos en festivales muy importantes como el de Copenaghe... Luego nos contrataron , nos hicieron grabar e hicimos giras por doce países en Europa, compartiendo escenarios con Stan Getz, John Scofield, etc. En uno de esos viajes conocí al guitarrista dinamarqués Palle Windfeldt, con el cual empezamos a tocar juntos. Palle me convenció de ir a vivir a Dinamarca, y todo el año 1991 viví allí...

¿Y vivías exclusivamente de la música?

Sí, tocando cosas hermosas y a veces porquerías... Como te decía, empecé a tocar en dúo con Palle, y él consiguió que la Secretaría de Cultura de Dinamarca nos banque un disco, y así fue como grabamos el primer Guitarreros, que es el que más me gusta, y con el que nos fuimos de gira por allí... En el medio tenía otros laburos; tocaba en una banda de salsa, hacía sesiones, etc. En 1992 decido volver ya que estaba un poco cansado de girar por todos lados y hasta 1993 toqué en Semblanza. En 1994 me entero que Lito Vitale estaba haciendo audiciones para armar un grupo que se llamo Los Argentinos donde tocaban, entre otros, Javier Malosetti y Marcelo Novati. Ese grupo era tremendo... Con esa banda recorrí toda la Argentina. Esto duró hasta 1996, cuando Lito decide disolver la agrupación. Después de esto, hicimos un grupo con Verónica Condomí, y Facundo Guevara con el cual grabamos un disco en vivo y tocamos en muchos lugares de Argentina y en Italia. En el ´99 grabamos otro CD de Guitarreros y lo produjo Egberto Gismonti. Aparte de todo esto, yo tengo mi propio grupo desde 1998, por el cual pasaron grandes músicos como Guillermo Romero, Oscar Giunta, Guillermo Delgado, Pipi Piazzolla, etc. El año pasado decidí darle un color más argentino y entraron Facundo Guevara y Guido Martínez.

En tu nuevo CD se nota más la integración de los músicos: todos tocan, participan de la
música...

Sí, la idea era tener un lenguaje, trabajar las canciones; no es una banda hecha para que me luzca yo, es laburar entre todos la idea y las composiciones. Que la banda se destaque por su música.

Contame un poco de la Semana de Música Argentina que se hizo en Dinamarca el año pasado.

Bueno, fue un sueño hecho realidad; mi compañero de dúo Palle se contactó con la dirección del Conservatorio de Copenaghe y pudimos hacer La Semana de Música Argentina en Dinamarca. Fuimos quince músicos argentinos, yo organicé la cosa desde acá y Palle desde allá... El Conservatorio tiene la costumbre de armar una semana extra con música de distintos países, se arman "combos" de alumnos y tocan la música de ése país. La primera inquietud que tuvieron los alumnos del Conservatorio fue la del tango... Yo les dije " Bueno, fantástico, pero también hay muchas otras músicas en Argentina, y estaría bueno que no se las pierdan..." Y los convencí. El plantel de músicos argentinos de Tango que viajó a Dinamarca estuvo buenísimo: el Quinteto de Suárez Paz, Aníbal Arias con Osvaldo Montes, un dúo alucinante... Y de la parte de Folklore fuimos con mi grupo, también el Negro Aguirre, Omar Moreno Palacios y Verónica Condomí..., estuvimos allí durante una semana dando clases en esa escuela que es increíble.

Sabemos que das clínicas de guitarra. ¿Cuál es el enfoque que le das?

El enfoque depende de la situación; en general, las clínicas son en lugares y con gente que probablemente no vea más, entonces trato de hacer algo más general; un compendio de armonía, ritmos e improvisación... Distinto es si me contratan para hacer un curso... Igualmente lo que más me importa es incentivar a los alumnos para que progresen, entusiasmarlos, y darle un enfoque más humano a la enseñanza.

¿Tus influencias?

A mí en realidad me gusta todo; no le hago asco a ningún estilo... Yo soy fana de la música. Siempre fui así, desde chico, pero los que me despertaron el interés por este asunto fueron Los Beatles, era realmente fanático de ellos... Pero por otro lado también me gustaba el folklore y el tango. Mi abuelo ponía los discos de Gardel y me encantaban... Más adelante, en la adolescencia, descubrí el jazz... Pero si me preguntas por mis mayores influencias te puedo decir que son: Los Beatles, Bach, Wes Montgomery, Bill Evans, Miles Davis, John Coltrane, Ralph Towner... y en cuanto a la música de Latinoamérica me encanta Piazzolla, Gismonti, Hermeto Pascoal, Spinetta, Yupanqui; sería una lista interminable... No tengo prejuicios para escuchar música... Si está bueno, me gusta.

¿Y Maestros?

Con los Maestros siempre tuve buena suerte; estudié con Aníbal Arias; guitarra clásica con Svetan Sarev, un músico búlgaro que vive en la Argentina; jazz e improvisación con Francisco Rivero; estudié piano clásico con una profesora que se llama Laura Abade que además me enseñó contrapunto y orquestación y esta es una de las cosas que tengo que retomar éste año para estudiar... Me encanta investigar cosas que no conozco.

¿Y con el folklore?

Con el folklore soy básicamente autodidacta.

¿Qué equipos y guitarras usás?

Bueno, en realidad tengo un montón de guitarras, pero para simplificar te cuento: para el dúo tengo una guitarra clásica hecha por un luthier holandés, y otra de diez cuerdas hecha por Tressini y que tiene la afinación diseñada por mí... Para el cuarteto tengo una Godín que le compré a Francisco Rivero, es súper cómoda, y por el diseño que tiene en vivo te despreocupas por los acoples. Desde esta disparo sonidos con el GR-1 o a veces con una computadora... A nivel eléctrico estoy tocando con una guitarra Ibanez, que tiene un selector para que suene como eléctrica o con el mic piezo. A nivel audio, para tocar en vivo llevo una pequeña consola de cuatro canales, mezclo el midi con el sonido de la viola, una reverb Lexicon y todo eso a la mesa... Trato de simplificar el asunto y llevar pocas cosas.

En cuanto a las composiciones, ¿cómo surgen?

Varía según el caso, pero generalmente empiezo todo con una melodía o una idea melódica... Después viene el laburo armónico y recién después vienen los arreglos.

Para ir cerrando, Ernesto... ¿podés darle algún consejo a los músicos que recién comienzan?

¿Consejos? No, mejor ideas... Ideas que pienso para mí: no importa lo que uno haga, lo que realmente importa es el convencimiento y el entusiasmo que uno le ponga a eso. A todo lo que hagan pónganle alegría, al estudiar, practicar, y tocar la música que realmente quieran, y haciendo lo que los emociona. Eso es lo más importante. En otro nivel les podría decir que practiquen mucho y que no se quemen la cabeza cuando las cosas no salen. En estos tiempos de inmediatez, de Internet banda ancha y fast food, la música no es un camino rápido; formarte como músico, entender de armonía, de ritmo y aprender a tocar bien un instrumento lleva mucho tiempo.
Para simplificar: tengan paciencia y vivan ese proceso con alegría.

Entrevista del año 2004

ERNESTO SNAJER Y LA VERSION DE LILIANA HERRERO DE “LA CASA DE AL LADO”, DE FERNANDO CABRERA





QUE NADIE ME MIDA EL CORAZON








Por Ernesto Snajer

Cuando era chico y escuchaba algo que me gustaba, creo que entraba en trance. Empecé a escuchar música de muy chico: es algo con lo que tuvieron mucho que ver mi mamá y mi tía, pero especialmente un abuelo muy melómano, que era colectivero y cuando él volvía de trabajar se ponía con el combinado. Yo lo miraba a escondidas, pero de ahí adquirí el hábito. Luego escuché Sgt Pepper’s y me volvió loco, y a los 11 años ya tenía la colección completa de Los Beatles. Si una canción me gustaba mucho yo entraba en un estado de beatlemanía: de pronto estaba en Liverpool tocando con ellos.

Ahora, por lo general, siempre estoy tratando de recuperar ese sentimiento de cuando alguna canción me transportaba a otro lugar. A mí me pasó que a medida que iba juntando más experiencia como músico, cambió mi manera de escuchar y de relacionarme con la música. Siempre existen cosas para descubrir o redescubrir, pero son pocas las cosas que me conmueven profundamente como al principio. Hoy tengo una escucha más quirúrgica de la música, aunque aquella otra experiencia de mi infancia no se perdió del todo. Sigo buscando. Y eso es lo que me sucedió con “La casa de al lado” de Fernando Cabrera, en especial con la versión de Liliana Herrero.

Conocí esta canción cuando Liliana estaba armando el repertorio de Igual a mi corazón, y me la cantó a capella. Ella arrancó con: “No hay tiempo, no hay horas, no hay reloj” y yo ya estaba otra vez en Sarandí con Pablo Ramos y los pibes, en verano y sin hacer nada. Tardes enteras en cueros, muertos de calor, en patas en la vereda, con el tocadiscos fuerte en la casa de mis abuelos. No nos aburríamos de hacer eso. Ese tema que hizo acordar de aquello. Una de las cosas sensacionales de la letra es que describe algo del barrio, pero aunque puede parecer costumbrista no lo es demasiado: el costumbrismo mucho no me gusta, tiene que tener algo psicodélico en el medio, y esto lo tiene. Es la clase de temas que uno conoce aunque no lo haya escuchado antes, parece que siempre hubiera estado ahí, como “Muchacha”, “Yesterday” o “Lately”, de Stevie Wonder. La melodía es hermosa y los acordes iban sonando en mi cabeza, a pesar de que Liliana cantaba a capella.

Creo que el mérito mayor de Fernando, es que es imposible imaginar otra melodía para esa letra (y viceversa). Son geniales las dos cosas e inseparables. Y es muy lindo cómo llega el estribillo después de las estrofas, parece un desahogo. Me gusta mucho que si bien hay un tono melancólico, no es un bajón. En general no me gustan los temas tristes, y a éste no lo siento exactamente triste. La letra parece decir que, bueno, las cosas eran así; está buenísimo que fueran así pero ya han pasado, y el mejor momento es ahora. “Se pasa el año, se pasa volando”, dice la canción, y el verso me resulta impactante: el momento es ahora, es importante, no hay que dejar que se nos escape. Al menos eso es lo que yo interpreto, lo que me llega.

La manera de Liliana de cantarla es conmovedora, muy profunda y tiene todos los matices posibles. Matías Arriazu en la guitarra y Mariano Cantero en la percusión tocan como los dioses, son dos tipos que juntos se potencian y parecen un grupo más numeroso. También tiene un rol importante en la grabación Marcelo Moguilevsky. Sus frases de clarinete parecen las voces de las personas que vivían en ese universo que pinta Cabrera en la canción, ecos de gente que uno conoció –los vecinos del barrio tal vez– y que no está más.















La casa de al lado

Letra y música de Fernando Cabrera (Versión adaptada por Liliana Herrero para su interpretación)

No hay tiempo no hay hora no hay reloj
no hay antes ni luego ni tal vez
no hay lejos ni viejos ni jamás
en esta olvidada invalidez.
Si todos se ponen a pensar
la vida es más larga cada vez
te apuesto mi vida una vez más
aquí no hay durante ni después.
Dejá no me lo repitas más
nosotros y ellos vos y yo
que nadie se ponga en mi lugar
que nadie me mida el corazón.
La calle se empieza a incomodar
el baile del año terminó
los carros se encargan de cargar
los restos del roto corazón.
Acá no hay tango
no hay tongo ni engaño
aquí no hay daño
que dure cien años
por fin buen tiempo
aunque no hay un mango
estoy llorando
toy me acostumbrando
Acá en esta cuadra viven mil
clavamos el tiempo en un cartel
somos como brujos del reloj
ninguno parece envejecer.
Mi abuelo me dijo la otra vez
me dijo mi abuelo que tal vez
su abuelo le sepa responder
si el tiempo es más largo cada vez.
Se pasa el año
se pasa volando
ya no hay más nadie
que pueda alcanzarlo
y yo mirando
sentada en el campo
como se pasa
el año volando.
No pasa el tiempo
no pasan los años
inventa cosas
con cosas de antaño
a nadie espera
la casa de al lado
se va acordando
se acuerda soñando.

Fernando Cabrera (1956, Montevideo)

Guitarrista y cantautor, docente de música y poeta. La primera agrupación musical que integró fue el trío MonTRESvideo junto a Gustavo “Pacho” Martínez y Daniel Magnone, hasta 1977. En 1982 formó el grupo Baldío junto a Andrés Recagno, Gustavo Etchenique y Andres Bedó, y luego Bernardo Aguerre; con ellos grabó un único disco. En 1984 empezó su carrera solista con el álbum El viento en la cara y ya lleva grabados quince discos. Destacado como productor, cumplió esa función para el disco Litoral, de Liliana Herrero.










Liliana Herrero (1948, Villaguay, Entre Ríos)


Intérprete de folklore y profesora universitaria de filosofía, se inició como cantante en los ‘60. En sus interpretaciones busca fusionar temas de raíz folklórica con sonidos y tratamientos contemporáneos, e influencias del rock y el jazz. Compartió escenarios y grabaciones con músicos como Juan Falú, Gerardo Gandini, Adrián Iaies, Hugo Fattoruso, Raúl Barboza, Arismar do Espirito Santo o Hermeto Pascoal. Sus tres primeros discos fueron producidos por Fito Páez, quien también la acompaña en el disco El Tiempo, Quizás, al igual que Luis Alberto Spinetta. Herrero grabó la versión de “La casa de al lado”, de Cabrera, para su disco Igual a mi corazón, en 2008.


ENTREVISTA A LA PIANISTA NORA SARMORIA



Porteña, hija de uruguayos, formada en el jazz y cultora de un folklore exquisito, en su flamante quinto disco solista –Fénix Espiral– experimentó con sonidos del NOA. Lo presentará hoy en No Avestruz. “La esencia es apuntar a la austeridad”, dice.






Por Cristian Vitale

La que entra por el portal vidriado del bar no lleva ningún mantón de colores fuertes en la espalda. No tiene faja roja en la cintura y tampoco falda tricolor alguna que le tape las piernas. Sería surrealista imaginarla con la piel resquebrajada por un clima hostil –el de la Puna– y no hay registros de sus ojos cerrándose en leve desnivel hacia la derecha. Los ojos de Nora Sarmoria, la que entra por el portal vidriado del bar, son grandes, casi verdes y bien redondos. Se viste urbana y lleva pantalones sueltos, salmón. “No importa –parece pensar, y lo pone en palabras–, hay un lugar en el que me siento una colla más. Estoy plenamente identificada con el cholismo”, dice sin dudar. Pianista formada en la escuela de jazz de Edgardo Beilín, docente de ensamble en el Sadem durante doce años, versada en clínicas y workshops por el mundo y en aplicar tangos, candombes, milongas, chacareras y zambas al piano, la Sarmoria le suma a su sangre rioplatense (padres uruguayos, cuna porteña) la impronta de una zona que no la parió, pero sí la amamantó. “El sentir del Altiplano es una cosa profunda, inexplicable y mágica que me envuelve. Busco esa sonoridad, esas escalas pentatónicas, ese clima árido... esa austeridad como modo de ser. La austeridad de un cardón, de la nada misma, lo imponente del desierto o las montañas”, sigue ella, en pleno trance NOA.

El sostén musical de esta querencia, efecto de nutridos y constantes viajes a las tierras de Uña Ramos y Tomás Lipán, fue plasmado en su flamante quinto disco solista –Fénix Espiral– que presentará hoy en No Avestruz (Humboldt 1857). “Mis viajes al Noroeste me llenan de vida y simplicidad. Me ponen en sintonía con eso de olvidarse de tanta cosa inútil que uno contrae en la ciudad”, explica, como otra aproximación posible a un disco austero, instrumentalmente primitivo –piano y voz–, y contrapuesto a los encares polifónicos que Nora propone con el grupo Amaranto o con la Orquesta de Música Sudamericana. “Es como el descanso de la oreja en función de algo que es como el comienzo, como volver a la raíz. No quiere decir que haya terminado con mis proyectos grupales, incluso con la Orquesta vamos a hacer una versión de ‘Canto Labriego’ con Liliana Herrero y Teresa Parodi –su autora– como invitadas, pero ahora estoy concentrada en esto, en Fénix Espiral, en volver a los principios para reversionar, por ejemplo, ‘Enamorada del muro’, uno de los temas que más amo de mi primer disco”, comenta.

Un tema propio que, junto a dos composiciones –unificadas– de más al norte aún (“Hojita de coca”, de Bolivia y “La flor de papa”, de Perú), “Bolivian Buey”, y la bellísima “Zamba de la sirena” de Cuchi Leguizamón conforman el cuadrilátero estético que la reviste con una imaginaria faja roja. El resto es una trascripción más despojada de los intereses rítmicos sudamericanos presentes desde Vuelo Uno, aquel debut discográfico de 1995: la pata uruguaya, en este caso mediante una muy gustosa versión de “Malísimo”, de Rubén Rada, y la propia “Milonga Cromada”; los besos jugosos con el jazz (“Barcos en nubes”) y el componente afectivo, esta vez dado a través de “Tus rulos”, una balada cantada a dúo con Catalina, su hija de seis años. “Es un poco el concepto del fénix ¿no? renacer sobre cosas hechas pero rehaciéndolas de otra manera. ‘Enamorada del muro’ la reví, la tunié –se ríe–, pero sin correrla mucho de esa esencia de vidala súper lenta del primer disco. Es un poco distinta, no más.”

–¿Y cómo liga el concepto de espiral con el de fénix?, ¿tiene alguna trascendencia?

–Se conectan. Tiene que ver con pasar por esos mismos lugares donde estuviste pero en sentido ascendente. Digo: pasar por el mismo lugar desde otra dimensión.

–Habla de evolución. ¿Existe en la música? Hay quienes jamás pueden sacar un disco mejor que el primero...

–Yo creo que sí, porque el cambio es inherente a la vida aunque es cierto que puede ser para peor.

–Ahí enfocaba la pregunta.

–Es cierto. Pero en definitiva es la evolución del tiempo lo que te va marcando la foto ¿no? Mis discos son siempre como fotos. Nunca pretendo que un disco sea algo que me obsesione o neurotice. Es más un impulso, un dar rienda suelta a plasmar eso que está pasando en tal momento.

–Remarca como eje del disco la búsqueda de simplicidad. ¿Fénix Espiral implica una contraposición con discos anteriores tal vez más elaborados?

–Elaboración hay en todos, incluso en éste. La diferencia es que por ahí ahora la elaboración tiende a la síntesis. Pienso que si la sofisticación tiene que ver con una búsqueda, con algo sutil, es lo mismo. La diferencia básica es la polifonía. Si bien en la versión de “Enamorada del muro” escribí un arreglito para tres flautas, la esencia es apuntar, insisto, a la austeridad.

–¿Esta mirada opera solamente cuando reversiona composiciones propias o también cuando toma versiones ajenas?

–En ambos casos. Respecto de “Zamba de la sirena”, del Cuchi, en principio iba a grabar “Amores de la vendimia”, pero como hice otra versión en Cuchichiando, el disco de Quique, no quise, y aproveche ésta porque me hicieron acordar Delfín, el hijo del Cuchi, y también Nadalino, un amigo que vive en Tilcara, que me lo mandó con el manuscrito hecho del Cuchi. Es un tema que sólo está grabado por el Dúo Salteño, una joya que, de no haber sido por la editorial Lagos, hubiese desaparecido. La fuente del Cuchi es tan inagotable como la magia del Altiplano.

MIGUEL MATEOS: A 25 AÑOS DE LA PRESENTACION DE ROCAS VIVAS.





A 25 años de la presentación de “Rockas Vivas” En una semana, el ex líder de Zas recreará hits como “Tirá para arriba” en el Luna Park. Recuerda cómo vivió su éxito durante la “primavera alfonsinista” y cómo sobrevivió a las críticas y la fama.






Por: Gustavo Bove.


Un cuarto de siglo más tarde, Miguel Mateos parece atesorar en sus ojos celestes cada instante de aquel lejano agosto de 1985. Sin embargo, sugiere que estaba más preocupado por no caerse del escenario que por disfrutar de ese momento, en el cual el rock argentino terminó instalándose definitivamente en la arena popular. Con la perspectiva de los años, el ex Zas aprendió a valorar lo que consiguió antes de festejar las bodas de plata de su obra cumbre, Rockas Vivas .

Equilibrado y derrochando energía, el creador de Tirá para arriba aparenta tener controlado cada detalle de su regreso al Luna Park el sábado próximo, ahí donde se recibió de artista masivo y volvió néctar de la industria discográfica. Sin gastar saliva mencionando todos los récords que batió por aquellas horas, su ardor lo pone en otro lado: intentar recuperar la alegría de los ‘80 como si se tratase de una cuestión de Estado.

¿Crees que “Rockas Vivas” envejeció bien como obra? Yo también me hacía esa pregunta. En una coyuntura política y social totalmente diferente, ¿no cantaré algo que está desfasado?... De hecho, hice una revisión de la lírica de esas canciones y me di cuenta de que hay cosas que tienen actualidad. Obviamente, una canción como Huevos fue compuesta en 1982 y con una dictadura militar arriba; Un gato en la ciudad o Extra, extra tienen la reminiscencia de aquel tiempo, de cosas más oscuras. Son canciones que quedaron atadas a un momento pero, extrañamente, sobreviven en la gente. Hay chicos de 17 o 18 años que todavía las cantan y me hablan de las letras … ¡Es increíble! ¿Y te pusiste a pensar qué ven esos jóvenes en esas canciones? Creo que esas canciones tienen una magia y un misterio que trasciende lo coyuntural. Se han convertido de dominio público y tornado en clásicos que viven en su metáfora, porque, en definitiva, no soy un cantor de protesta.

En aquel 1985, ¿pudiste disfrutar del éxito? No, sin dudas que no lo disfruté. En aquel momento, era más joven e inexperto y vivía en un vértigo terrible. Estaba metido en algo que no entendía, que fue producto de un envión tan alevoso que se parecía a estar arriba de una montaña rusa. Que en dos meses y medio un disco explote de la manera que explotó, era algo que me superaba a todo nivel. Pero eso lo podés analizar muchos años después.

¿La fama te desestabilizó? Sí, por supuesto. La fama te pega un cachetazo enorme. Con más profundidad o más frivolidad, siempre te pega. En estos veinticinco años, tuve una lucha muy fuerte, la cual gané hace ya varios años, para estabilizarme personal, espiritual, corporal, mental e intelectualmente. Me fui haciendo más amigo de mí, de mis canciones … Fui superando traumas y manías.

¿Se podría leer que hoy le darías la derecha a quienes te criticaron por ciertos comportamientos de demagogia o soberbia? No sé … Me parece que fui el único a quien han criticado por hacer cantar a la gente. Hoy, eso es más normal, pero hace treinta años el rock nacional no tenía esa impronta y yo me comí bofetadas, algunas con más gracia y otras con desgracias. Algunos de esos cachetazos fueron medios injustificados y otros no. Pero, quién no se sube, en algún momento, al carro triunfal. Aunque, si estamos en plan de sincerarnos, me subí a ese carro por inseguridad, porque, cuando estás muy arriba, tenés dos alternativas: entregarte y hacer cualquiera o protegerte. En esa barrera que pones, hay algunos que pueden pensar: “¡Este es un soberbio!”. Pero sí, en algún momento tuve actitudes que fueron mal interpretadas, pero las tuve por ingenuidad, nunca por soberbia o por creerme más que nadie … Y esto te lo juro, porque yo no soy así. La gente que me conoce, lo sabe. También, tengo en claro que no dejo pasar a mucha gente a mi casa. No soy de los que le abren la puerta a los desconocidos que tocan el timbre y preguntan: “¿Acá es la fiesta?” … No, nunca fui así y no voy a cambiar. Y eso me dejó mal parado en alguna circunstancia. Tampoco me han soportado cosas que a otros artistas les han perdonado. Además, soy un artista de bajo perfil. Es muy difícil que me veas a la salida de Pachá o de la fiesta de MTV o de los Martín Fierro o de los premios Gardel ... Y, por ahí, también no me supe hacer amigo de las personas adecuadas.

¿Allí están los motivos por los cuales no pudiste mantener un tiempo más ese éxito? Mantenerte arriba es difícil en el mundo, y más en este país. Obviamente, siempre la responsabilidad la tiene uno. Además, siempre he sido un tipo que, cuando conseguía algo, me iba para otro lado.

¿Te bancás que “Rockas Vivas” haya quedado tan pegado a un momento sociopolítico como fue la Primavera Alfonsinista? Voy en contra de que, por esos movimientos, se tilde a la música de los ochenta como pasatista … ¡Nada más lejos de la verdad! Acá, existe como una Inteligencia, una especie de Gestapo que dictaminó: “Lo ochenta fueron pasatistas” … ¡Una locura total! No voy a ponerme a defender a todos los que formamos parte de ello, pero nada más lejos de la verdad. Sí, Tirá para arriba es una canción cuyas metáforas tienen que ver con la alegría de la recuperación de la democracia, pero jamás me he sentido parte de una política. En aquel momento, me subí al escenario de Alfonsín porque, como artista representativo, me parecía importante estar aportando a la recuperación de la democracia.

La idea de festejar las bodas de plata del disco, ¿tiene que ver con recuperar aquella alegría? Por supuesto. La justificación de hacer esta movida es esa y tiene ver con eso … ¡Vamos a cantar, vamos a mover, vamos a pensar que esto puede ser mejor, que Argentina tiene un futuro!... Quiero recuperar esos parámetros que había en los ‘80 y que se perdieron.

¿Vas a volar por sobre la platea del Luna Park como lo hiciste ese fin de semana de agosto de 1985? Ese fue un hecho tan mítico … Todavía hay gente que viene y me dice: “Yo te vi volar en el Luna Park mientras revoleaba mi campera”. Lo único que puedo adelantar es que voy a darle a la gente lo que viene a buscar.

ENTREVISTA A PETER ERSKINE: EX BATERISTA DE WEATHER REPORT.






El ex baterista de Weather Report se presenta hoy con su trío. Tiene una carrera notable.











Por: Eduardo Slusarczuk


En la biografía oficial de Peter Erskine hay algo que, a primera vista, no cierra. Repasar el currículum -sin entrar en detalles- del baterista que se presenta esta noche con su New Trío, en ND Ateneo torna inverosímil la certeza documental de que el baterista recién haya superado los 55 años.

Sin embargo, no existen pruebas consistentes de que los datos que indican que ha participado en más de 500 álbumes y bandas sonoras de cine, teatro y TV -muchas de ellas, obras de su propia factoría- y tocado con una infinidad de músicos de las más variadas vertientes hayan sido falseados.

Por lo tanto, lo único que resta es rendirse ante la evidencia, y aceptar que no es un despropósito que, a su edad, Erskine cuente que entre sus planes inmediatos esté el de terminar de escribir sus memorias, que describe como “una crónica de Weather Report y el mundo musical de los ‘70, ‘80 y más allá”.

El “más allá” incluye tanto sus primeros amoríos con la batería, cuando apenas transitaba sus cuatro años, como su debut en las primeras ligas junto al consagrado Stan Kenton, con la mayoría de edad recién cumplida. Y, por supuesto, sus colaboraciones con una interminable lista de artistas que va de los Yellowjackets a Steely Dan, de Joni Mitchell a Keith Bush, y de Pat Metheny a John Abercrombie.

Pero no es casual que el músico, compositor y docente -es director del área de Estudios de Batería en la Universidad de California del Sur- tome al emblemático grupo liderado por Joe Zawinul y Wayne Shorter, al que se incorporó en 1978 e integró durante casi un lustro, como eje de su relato.

“La experiencia de Weather Report me enseñó a componer mientras toco, a ser intrépido en mi manera de tocar. Estar en la banda me enseñó la importancia, el lugar que debe ocupar la tradición, y a construir sobre el pasado sin mirar atrás demasiado. Es que, a la larga, Weather Report fue una banda rebelde de be-bop”, explica.

¿Cómo definiría el tiempo que pasó en la banda? Fue una etapa tan excitante como demandante. Liberadora, algunas veces. Y otras, my restrictiva. Fue todo lo bueno y lo malo al mismo tiempo. Y yo simplemente di lo mejor de mí, sabiendo que estaba allí por una razón. Con Jaco Pastorius hacíamos una sección de bajo y batería, que funcionaba a la perfección para Joe Zawinul y Wayne Shorter.

Durante mucho tiempo, usted ha sido parte de proyectos de otros artistas. ¿Cuándo y por qué decidió encabezar su propio emprendimiento? Esta gira es la primera vez que salgo con un grupo formado por músicos mucho menores que yo. Hasta ahora, siempre fui el más joven de la banda, o trabajaba con colegas que compartían conmigo el proceso de crecimiento. Esta nueva experiencia me genera, por un lado, la responsabilidad de transmitirles todo lo que yo sé y he aprendido a lo largo de este tiempo y, por otro, me permite proteger y proyectar mi visión musical.

A partir de esa idea, Erskine cuenta que el repertorio que el trío traerá a Buenos Aires se basa en sus propias composiciones. Aunque aclara que también hay un espacio para la música de sus nuevos socios.

¿Qué cualidades tuvo en cuenta al elegir a Vardan Ovsepian y Damian Erskine para su trío? Fundamentalmente, su habilidad como instrumentistas y su inteligencia, además de su temperamento, su personalidad musical. Vardan representa el costado clásico de mi naturaleza, mientras Damian, mi sobrino, el lado más groovero. Y yo trato de ponerle swing a esa combinación. Es el poder de tres: claridad, inspiración y groove. Mi idea es que podamos movernos entre estos tres parámetros cuando tocamos. Y ellos pueden hacerlo muy bien.

¿Cuál es el lugar que tiene la improvisación en ese contexto? Como en cada grupo que toqué, en este caso también recurro a un concepto que primaba en Weather Report: ‘Nosotros, siempre solos. Nosotros, nunca solos’. Nosotros estamos tratando de tocar música. No se trata de hacer una mera exhibición de virtuosismo. Cuando algo está bien hecho, aún cuando todo sea improvisado, suena como una composición. Es algo parecido a lo que sucede en una conversación. Nosotros invitamos a nuestra audiencia a esa charla que se establece entre los tres, y tratamos de tocar de tal modo que su imaginación pueda deambular en un espacio propicio.

Su llegada a América del Sur está enmarcada en el World Jazz Circuit. ¿Se considera a sí mismo un músico de jazz, o prefiere evitar esa rotulación? Cuando me miro en el espejo, veo a un baterista de jazz detrás de mí. Pero disfruto mucho, también, escuchando, tocando y aprendiendo acerca de diferentes tipos de música. Ese ha sido mi camino musical desde que soy pequeño. Allí fuera hay un mundo grande, tan malo como hermoso, en el que cada expresión artística nutre a la siguiente. Por lo tanto, todas mis elecciones musicales están nutridas por el jazz, lo que implica improvisar y componer sobre mi instrumento. Además, el jazz es, y siempre ha sido una world music, (desde antes de que existiera esa denominación). Pero, en todo caso, cualquiera que sea el estilo, lo que yo trato es de ponerle swing a la música.

viernes, 30 de julio de 2010

DINO SALUZZI: EL BANDONEON INCLASIFICABLE.





A esta altura, Dino Saluzzi debería ser una figura más que reconocida de la música popular argentina. Pero como no acaba de serlo, al menos en masividad, nunca está de más volver a presentarlo: siempre a cuestas con el bandoneón que aprendió a tocar en el pueblo salteño donde nació hace 75 años, no hace jazz ni tango ni folklore ni clásica, pero ha tocado con algunos de los mejores músicos del mundo de esos géneros, graba con el prestigioso sello alemán ECM y, aunque acaba de sacar El encuentro, el extraordinario registro del concierto dado en Amsterdam el año pasado, está empecinado en seguir acá, en su estudio del Once y buscando músicos argentinos, tangos olvidados y alguna música nueva que le llegue encabalgada al recuerdo de su infancia junto al río.






Por Mariano del Mazo

“Yo soy músico de acá, de la Argentina. La vida quiso que anduviera con la valijita, de hotel en hotel, buscando el mango y desarrollando mi música. Supongo que en algo me equivoqué: nunca tuve muchas luces para planear una estrategia. En eso Piazzolla fue un maestro. Necesito tocar acá: mi inserción en la Argentina a esta altura es algo vital. Pero claro: los políticos tienen prejuicios, los que manejan la música en el país –esa mafia– tienen prejuicios y dicen que soy difícil, que soy imprevisible, que soy loco. Por eso nadie me ve, por eso parezco invisible...”

Las palabras caen por su propio peso y filo a borbotones. Los conceptos chocan entre sí, caóticos. Para encontrar una idea, o, mejor, para encontrar el modo de desarrollar una idea, Dino Saluzzi sobrevuela en círculos, va, viene, lateraliza, interroga, duda, busca aprobación y sigue. Siempre sigue. Hay algo que parece indestructible en él. Por ejemplo: una madrugada de 1980 estaba parado en una estación de tren en Suiza sin saber una palabra de otro idioma que no fuera el salteño esperando a alguien que nunca llegó; era por una gira, una serie de presentaciones. Quedó solo, con su estuche y su pilotín: así comenzó su inserción europea. El siguió.

Timoteo Dino Saluzzi nació en un pueblo del interior de Salta, Camposanto, en 1935. El primer impacto musical fueron las zambas que su padre Cayetano cantaba cuando volvía de la zafra; el primer terremoto en su cabeza, la Orquesta Sinfónica de Tucumán que escuchó a los 8 años en la ciudad de Salta, la gran capital. Ahí aprendió una palabra nueva: Bach. “Fue un crack.” Decidió que iba a ser músico. Practicaba, armonizaba en la puerta de su casa... “¿Quien te pensás que sos, Negro? ¿Beethoven?”, le decían en Camposanto. “Yo creo que de chico tuve las cosas claras”, cuenta. A los 13 se fue a Salta a estudiar con los maestros José Martí Llorea y Jacobo Fisher.

En el Noroeste, el bandoneón era el instrumento de las zambas carperas; en Buenos Aires, el tango atravesaba un período de un vigor irrepetible. “Yo no sé, parecería que para hacer tango tenés que haber nacido en Avellaneda o en Barracas. A mí me gustaba y cuando pude me fui a Buenos Aires. Siempre me interesó estudiar. Aprendí mucho del gran Julio Ahumada.” Vivió en una pensión en Lanús, tocó en las orquestas de Alfredo Gobbi y de Lorenzo Barbero, en la de Radio El Mundo... “Qué importante fue el tango. Pienso en Gobbi... por Dios. En Salgán, en Troilo. Está todo ahí. Ahora yo veo un montón de muchachos con una técnica absoluta... que no tocan nada. ¿Y sabés por qué? Porque no generan mensaje, porque no tienen narrativa. Hay que saber qué se está tocando, dónde se está tocando, hay que conocer el terreno, el medio. Pichuco te tocaba la frase Sur, paredón y después y te desarmaba...”

Entonces para vos el tango no tiene sentido en la actualidad, es parte del pasado...

–Habrá que crear una nueva narrativa. Ya no depende de la técnica. Es algo... místico. Y habrá que aniquilar el egocentrismo de los músicos, el concepto de propiedad, ese “sólo yo puedo, yo soy el capo”. Ojalá. Yo soy muy desconfiado. Desconfío de mí mismo: cuando compongo y empiezo a meter demasiadas cosas y necesito recurrir a demasiados instrumentos, desconfío. Y paso la escoba.

Después de esa incursión definitiva para su futura trayectoria en la Buenos Aires de los años ‘50, regresó a Salta. Como quien da un paso atrás pero para pegar un salto, y también para reabastecerse de cariño familiar luego del formativo período porteño. Alguna vez recordó: “Mi vieja me decía cosas como: tocate una zambita, vení, comete un locrito, ¿no te pesa el bandoneón?, te vas a arruinar la espalda. Esas cosas se añoran toda la vida...”. Por ahí anda el Rosebud de este morocho afectuoso y distante al mismo tiempo, que ahora surca las calles del Once desierto del feriado del 9 de Julio tratando de explicarse en voz alta, invitando un café en una pizzería impersonal, con la tele mostrando las últimas imágenes del naufragio de Sudáfrica y Saluzzi mezclando temas con naturalidad y pareja convicción: “Un desastre los arbitrajes, un de-sas-tre; cómo escribía Le Pera, eh; el barrio es inseguro, pero el mundo es inseguro”. Por ahí, decíamos, en Salta, entre el locrito de la madre y las zambas del padre, se agazapa el Rosebud de Saluzzi.

Paria de género (ni tanguero, ni folklorista, ni jazzero), en los ‘70 se mezcló tal vez a su pesar en la escena que como guiño a una intelectualidad que resistía la dictadura y se preparaba para leer Humor definía palabras que hoy suenan bien feas: fusión, proyección, jazz rock. Trabajó con Litto Nebbia, con Rodolfo Alchourrón, Manolo Juárez, Néstor Astarita, grabó el bandoneón de la versión original de “Sólo le pido a Dios”, se convirtió en referente de la cofradía de rockeros con discurso (Spinetta, por caso, lo adoraba; a él y a Piazzolla) y cuando pudo le dio un besito a su amada familia en Salta, un abrazo a sus queridos colegas de Buenos Aires y se tomó el olivo.

Europa esperaba de él el new tango, el after Piazzolla, el Tango Jazz. No fue fácil. Lo de Saluzzi no es nada de eso, es mucho más... o menos. Saluzzi es Saluzzi: economía de elementos, minimalismo, implosión, un lenguaje en sí mismo. Una banda de sonido en busca de una película. “Me fui a Europa con un dialecto... y pude lograr un lenguaje”, dijo. Se metió en los festivales de verano, hizo base en Munich, Alemania (cuna de su instrumento), se forró de hambre y prestigio y chocó con Manfred Eicher, el hombre que le cambió la vida. Eicher es el capo de ECM, el sello discográfico alemán que tiene fichados, entre otros, a Keith Jarrett y Tomasz Stanko y por el que pasaron desde Pat Metheny hasta Egberto Gismonti. “Sí, ECM me cambió la cabeza. Me enseñó a no tener miedo de actuar con libertad.”

Con ECM sacó, entre otros, Mojotoro, Andina, Cité de la Musique, Dino Saluzzi-Rosamunde Quartett, Ojos negros (con la cellista Anja Lechner, a la sazón, mujer de Eicher) y, ahora, El encuentro, con Lechner y con The Metrople Orchestra dirigida por Jules Buckley. El encuentro se compone de cuatro movimientos (Vals de los días, Plegaria andina, El encuentro y Miserere), es el registro del concierto dado en el Muziekgebouw aan ‘t IJ de Amsterdam el 13 de febrero de 2009 y tiene, como casi todos los últimos registros del salteño, la imposibilidad de presentarlo en vivo en la Argentina. Conspira, dice, con el anhelo no tan solapado de volver a sentir que la Argentina reconoce su música. “Estoy replanteando algunas cosas. Aunque hay caminos que no tienen salida. Yo apunto hacia lo artístico, no hacia lo masivo. Pero para hacer lo que querés necesitás plata, y la plata la conseguís con algo masivo... ¿Entonces?”

¿Entonces?

–Escuchame... yo tuve que rajar porque si no me moría de hambre. No se come con el bandoneón... Piazzolla, está bien, sólo con su temperamento logró lo que logró. Creo que de algún modo a Piazzolla lo ayudamos entre todos. Yo no sé si por pedantería o si es una simple banalidad, pero a veces siento que yo hubiera sido más útil acá que en Europa. Pero bueno, la vida es así, se va dando. Estoy tranquilo: siempre fui serio, siempre toqué mi música con suma responsabilidad. Y exijo lo mismo. A veces pienso... ¿y si hago canciones? No sé. A mí me marcó el folklore, pero el folklore de Yupanqui. Siento que si hago canciones voy a quedar con el carro a contramano. La otra vez estuve pensando en la palabra resentimiento... Porque hay quienes dicen que soy un resentido... Y puede ser, en la acepción del que siente doble. El doble de sentimiento.

Por Azcuénaga asoman los primeros cartoneros del crepúsculo. Saluzzi pide una medialuna de manteca. Como su música, la entrevista destaca por los silencios. Y en ese silencio, uno sospecha un deseo que el músico no se anima a confesar. Un deseo o una necesidad. Sin afanes psicoanalíticos, digamos que esa mole morena siente un cansancio antiguo. A los 75 años deja entrever rasgos de vulnerabilidad. Por eso, ante una pregunta, se altera como un niño.

¿No creés que hay un sitio vacante en la Argentina para tu música..? En una arco de público entre 40 y 60...

–Ojalá, ojalá... Tal vez le tenga que hacer caso a mi representante Daniel Randazzo y grabar acá... Porque, ¿sabés qué pasa? Los discos de ECM acá cuestan cien mangos..., ¿quién puede pagar eso? Lo mío tiene que valer 25, 30 pesos... Tengo la ilusión de empezar de nuevo, tocar aquí, con mis hermanos. Hace poco di unos conciertos con Luis Salinas. Es un buen músico, me gustaría poder repetir... Ahora él está muy ocupado con cosas de su cosecha. Ojalá, ojalá.

El tango y el folklore están siempre presentes en tu música, aun en tus obras pertenecientes a la llamada música culta... ¿Es premeditado?

–Está, siempre está. Yo no divido nada, es un todo. Se supone que el lado emotivo tiene que ver con mi infancia, con el folklore, y que lo otro es lo aprehendido... No sé, para mí es un todo. Mi música.

En el notable documental Saluzzi – Ensayo para bandoneón y tres hermanos, que muestra el proceso de composición de una obra –casi un via crucis– desde Venecia hasta Camposanto, su director Daniel Rosenfeld eligió el blanco y negro para las escenas grabadas en Europa y color para las grabadas en Salta.

“Es cierto –completa el bandoneonista– que me asaltan flashes. Recuerdos. Me veo en mi pueblo, en el río, con la gomera, en medio de los cañaverales.” Yo sé que esos recuerdos encajan en mi música. Son momentos muy gratos. Todo lo contrario al momento de la composición. Ahora mismo estoy en plena etapa compositiva. Y es terrible. Componer me genera un gran sufrimiento... Me cambia el carácter, casi no veo a nadie. Ahí no existe mi esposa, mis amigos. Después pasa y vuelvo a ser alguien normal. Bah...”

¿Te sentís más compositor que intérprete?

–La dos cosas. Me gusta la composición porque le veo posibilidad de crecimiento. Es extraño: tengo un mundo abstracto ahí, en mi cabeza, que no lo conoce nadie. Componer es poder meterme en ese mundo y separar, elegir, dejar de lado. Una vez que pesqué la idea, tengo que pensar en el desarrollo y ahí viene el crecimiento. Me resulta apasionante. El mundo del intérprete es diferente, es menos puro, lo relaciono más con esos administradores de la cultura, los secretarios, las orquestas, los que apoyan en serio la cultura, los que no. Hoy recibí una invitación para ir al Centro Amijail, donde hay un concurso de violín. Eso me parece importantísimo. Tiene que haber concursos por todos lados. Escuchame: yo hace un tiempo quise conseguir un cuarteto de cuerdas como la gente en la Argentina y fue imposible...

Cuando un alemán, un suizo o un italiano te escucha... ¿qué pensás que escucha?

–Creo que escucha a un músico argentino que tiene la aspiración de ser original.

Este sería el cierre de la nota, pero caminando por Once salen más temas como un bonus track melancólico: Jorge Luis Borges, el club Central Norte de Salta y el tango. Se revela, al final, casi sobre la cortada San Luis, el trineo de El ciudadano. De Borges dice que lo ama, que lo adora, que no para de releerlo; cita algunas ideas. De Central Norte, que es hincha desde pequeño. Y del tango, que está obsesionado con “Boedo”, de Julio De Caro. “Lo estoy sacando, estoy preparando mi propia versión, lo imagino con dos guitarras y un contrabajo... Qué tangazo...”

Finalmente siempre girás alrededor del tango y el folklore...

–Siempre. No me puedo olvidar de un montón de canciones que escuché de chico. Yo sufro las canciones, por eso les tengo tanto respeto. Siempre vuelvo a mi viejo, tocando un tango de Juan de Dios Filiberto en casa. En Camposanto, sobre una piedra. El tango se llama “Botines viejos”, ¿lo conocés? Me acuerdo de mi papá tocando “Botines viejos” y se me pone la piel de gallina. Ahí está mi verdad... No sé si en mi viejo o en el recuerdo.

RUFUS WAINWRIGHT: ALL DAYS ARE NIGHTS: SONG FOR LULU.




El cantante y compositor cuenta sobre sus canciones y All days are nights: songs for Lulu, su último y sombrío álbum, el primero que se distribuye en la Argentina.

















Por: JORGE FONDEBRIDER

ALL DAYS ARE NIGHTS: SONG FOR LULU es el primer álbum de Rufus Wainwrigth editado y distribuido en la Argentina.

Soy una persona absolutamente feliz", dice con voz risueña del otro lado del teléfono Rufus Wainwright. "Acabo de terminar de almorzar con amigos, el vino estaba muy bueno, por la ventana se ve el sol de Umbria." Cuando el cronista le hace notar que, a un día de la eliminación de la escuadra italiana del Mundial de Fúbtol, debe ser el único contento en Italia, responde: "Ah, sí.

Acá todos están muy tristes, pero lo van a superar. Los italianos son gente civilizada." Hijo de Loudon Wainwright III ­con Tim Hardin, Tim Buckley y Townes Van Zandt, uno de los más destacados singers-songwriters del folk estadounidense de los años setenta y, para sus hijos, un padre ausente­ y de Kate McGarrigle ­integrante, con su hermana Anna, de un famoso dúo canadiense dedicado a la música tradicional­, Rufus nació en Nueva York en 1973, tres años antes que su hermana Martha, también cantante y compositora. Luego de la separación de sus padres, ambos hermanos se mudaron con la madre a Montreal. Muy pronto, Rufus aprendió a tocar el piano y a cantar. A los 13 ya integraba The McGarrigle Sisters and Family, junto a su madre, su hermana y su tía. Entonces llegó a la absoluta certeza de que iba a ser músico y de que era gai. Un año después, en 1987, en Londres, fue atacado, violado y robado en Hyde Park por alguien a quien acababa de conocer en un bar. Ante la perspectiva de haber contraído vih, se mantuvo célibe por siete años, al cabo de los cuales, justo en el momento en que empezaba a despuntar su reputación de cantante y compositor, se entregó a todo tipo de abusos y adicciones.

Rescatado por Elton John ­quien lo convenció de que se internase en una clínica de rehabilitación­, superó en parte lo que él llama sus "demonios" y se dedicó de lleno a la música. El resultado fue Rufus Wainwright, un primer álbum, editado en 1998, al que la revista Rolling Stone juzgó como uno de los mejores del año, considerándolo, asimismo, como cantante revelación. Desde entonces, ha editado otros siete álbumes, entre los que se incluyen Release the stars (2007), Rufus does Judy at Carnegie Hall (2007, grabación de un show en vivo que reproduce íntegramente, vestuario incluido, la actuación que Judy Garland brindó en el mismo lugar en 1961) y el flamante All days are nights: songs for Lulu (2010), primer álbum de Wainwright editado y distribuido en la Argentina.

Tanto sus padres y hermana, como él mismo, constituyen una suerte de dinastía de grandes compositores de canciones. Sobre todos pesa el estigma de la disfuncionalidad, pero a diferencia de otras familias, la han hecho pública a través de sus composiciones, que se ocupan tanto del amor como del desamor, de la posibilidad de comunicación como de su absoluta imposibilidad, de peleas y de reproches, como si se trataran de unos Pimpinela con talento y buen gusto, pero igualmente grotescos. Los cinco años de estabilidad emocional que le ofrece su novio, la muerte de Kate McGarrigle en enero último y el nacimiento del primer hijo de Martha agregan nuevas perspectivas a la saga de los Wainwright y especialmente a la carrera de Rufus, cuyo último álbum, de voz transida de dolor, apenas acompañada por un piano y letras más bien sombrías, está presentando en estos días en Europa.

- Entiendo que las letras son una parte muy importante de sus canciones. ¿Cómo se siente cantando para un público cuya lengua no es el inglés?

­-Bueno, yo, desde chico, fui un fanático de la ópera italiana ­Verdi y Puccini, sobre todo­, y no necesariamente entendía lo que decían los textos sobre los que estructuraban sus óperas.
Tal vez venir a Italia y cantar en inglés constituya algo así como mi pequeña venganza... Se me ocurre que el público extranjero tiene varias formas de acercarse a lo que uno hace. Está la voz, está la música y entre ambas cosas hay muchas posibilidades de texturas. Para aquellos que hagan un esfuerzo mayor están también las letras. Pero mi impresión, al menos por las reacciones que observo, es que cuando canto nadie se queda afuera.

-¿Cómo empieza a componer una canción? ¿A partir de una idea, una frase, la música? ¿Tiene alguna fórmula?

-No hay una fórmula. Al menos, en mi caso, jamás la hubo. Lo único que puedo decir es que parto de un negro profundo, una sensación de vacío total. Luego, uno camina por la calle y ve cosas, o se está acá sentado mirando cómo pasa la tarde italiana después de un almuerzo fantástico. O a veces aparece una frase, o es la música que se impone...

-Supongamos ahora que ya tiene la canción. ¿Cuándo sabe que está terminada?
­
-
Eso es distinto. En general, sé que la canción está terminada cuando lloro. No es chiste, es algo que me pasa a menudo. Sé que terminé cuando lo que escribí me hace llorar, como si no fuera mía la emoción que me llevó a escribir.

­-En ese caso, ¿incorpora de inmediato la canción a su repertorio? ¿La prueba antes de hacerla pública?

­-Las canciones se prueban mejor a medida que uno las va cantando. Entonces, cuando las canto ante un público, descubro qué tan bien están.

-Hay canciones que el público siempre pide, aunque pasen los años. En ese transcurso, ¿se van modificando?
­
-
Sí, el tiempo hace que la canción se modifique. Difícilmente al cabo de diez años la canción que uno canta sea la misma que escribió originalmente, aunque aparentemente se haya mantenido igual. Es que uno también cambia, ¿no?

­-Hablando de cambios, ¿cómo se siente cuando escucha las versiones que de sus canciones hacen otros intérpretes?

-El sueño de todo compositor de canciones es que los otros se adueñen de lo que uno compuso.
En ese momento se tiene la clara sensación de haber logrado algo.
Es impagable.

-¿Aunque las versiones que hagan los demás estén muy lejos del original?

­-Justamente. Ahí, en la lectura ajena de una canción propia, hay una posibilidad clara de descubrir aspectos insospechados que uno pasó por alto o que, sencillamente, no vislumbró. Nunca puedo dejar de sorprenderme por lo que los demás hacen con las canciones que escribí. Hace poco, en Londres, en un homenaje a mi madre, hubo versiones muy increíbles de canciones mías ­como, por ejemplo, una de los Pet Shop Boys­ y debo decir que me encantó.

-Hasta ahora hablamos de sus propias canciones; vale decir, las que tienen letra y música c ompue s tas por us ted . Sin embargo, en "All days are nights: songs for Lulu", usted trabajó sobre varios sonetos de Shakespeare. ¿Cómo llevó a cabo esa tarea?
­
-Tengo la sensación de que, cuando trabajé sobre textos ajenos, procedí más como un compositor clásico que como uno abiertamente popular. Los sonetos de Shakespeare, por ejemplo, me exigieron escuchar muy atentamente lo que cada verso iba diciendo. De ahí salió la música.
No fue una mera adaptación.
Esos poemas pedían una música determinada. No cualquier música.

-"Prima Donna", su primera ópera, escrita por encargo de la Metropolitan Opera de Nueva York, finalmente fue desestimada para su estreno allí porque su libretto estaba escrito en francés.

-Sí, finalmente se estrenó en el Festival de Manchester. Escribí el libretto en francés porque el inglés me pareció demasiado duro para la ópera. De hecho, no me gustan las óperas escritas en inglés. Yo entiendo y hablo el francés desde chico, así que me resultó de lo más natural.

-La crítica, por lo general, no sabe muy bien dónde ubicarlo. Usted es hijo de dos importantes músicos de folk, tiene algunos elementos de cantante pop, no deja de expresar su pasión por la ópera, incluye en sus conciertos elementos de music-hall y, por más de una razón, puede emparentárselo con esas famosas duplas de compositores que, por ejemplo, integraron Joseph Kosma y Jacques Prevert o Kurt Weill y Bertold Brecht...

-Entiendo a dónde va. No se trata de dónde me ubica la crítica o de dónde me gustaría ubicarme, sino de donde estoy. Quiero decir que la dificultad que otros tienen para encasillarme poco tiene que ver con la felicidad que a mí me da hacer todo lo que hago. Y, por cierto me halaga su comparación con tan ilustres compositores y letristas.

-Ahora bien, ¿no hay cierto anacronismo en el tipo de compositor que decide ser? Lo pregunto, sobre todo, porque, en sus letras, se expone en un muy primer plano. Si es así, ¿no está alimentando el mito romántico de la identidad entre la vida y la obra?
­
-Mi sensación es que el público probablemente esté rezagado respecto de la ruptura que las vanguardias pretendieron entre vida y obra. Usted tiene razón al considerar que la identificación de una y otra es parte del legado de la época romántica. Para mí, eso no está ni bien ni mal, simplemente es así. Soy consciente de que exponerme tan literalmente como lo he hecho en muchas de mis canciones me ubica ante la opinión pública claramente de uno de los dos lados, pero eso no implica que no pueda disfrutar el otro. Cuando en algún teatro ponen Aída o Tosca, la sala está llena. Cuando ponen alguna ópera contemporánea, la sala está semivacía. Yo soy de los que pagan su entrada para ver ambos tipos de espectáculo.

-Son muchos los críticos que sostienen que usted es un artista al que el público europeo encuentra más afín que el público estadounidense. ¿Lo siente realmente así?
­
-En los EE.UU. el público es más duro, le presta la atención a lo que está de moda esa temporada, a lo que debe consumirse esa temporada y después pasa a otra cosa. En Europa es diferente: la atención, el respeto y la curiosidad son constantes. Con todo, debo decir que tengo muchos seguidores en casa, lo que, por supuesto, me halaga.

sábado, 24 de julio de 2010

LISTA DE MUSICOS MEJOR PAGADOS DEL AÑO 2010




La revista Forbes ha anunciado la lista de los músicos mejor pagados del año 2010, la cual se puede ver a continuación. AC/DC, probablemente gracias a su gran gira mundial se sitúa en el 2º puesto con una cifra de 114 millones de dólares.












1. U2 ($130 millones)
2. AC/DC ($114 millones)
3. Beyonce ($87 millones)
4. Bruce Springsteen ($70 millones)
5. Britney Spears ($64 millones)
6. Jay-Z ($63 millones)
7. Lady Ga-Ga ($62 millones)
8. Madonna ($58 millones)
9. Kenny Chesney ($50 millones)
10. Black Eyed Peas, Toby Keith and Coldplay ($48 millones)

domingo, 18 de julio de 2010

PALO PANDOLFO Y LAURA VA DE LUIS ALBERTO SPINETTA





Por Palo Pandolfo



“Laura va”, del primer disco de Almendra, es una de las obras maestras del rock nacional, una de esas canciones que te muestran un mundo diferente. Yo empecé a escuchar música desde chiquito, y lo primero que conocí de Almendra lo escuché por la radio, en la década del ‘70. Cuando tenía 6 o 7 años, en el ‘71, ‘72, escuchaba radio todo el día. No teníamos televisión y en los momentos en que mi viejo y mi vieja estaban en otra cosa, yo me acaparaba la radio un rato, una hora, y de vuelta después a la noche, cuando me iba a dormir. Para los 11, 12 años, que es cuando empecé a componer mis propias canciones, empecé también a darme cuenta de que “Canción para mi muerte” y “Muchacha ojos de papel” eran algo diferente a todo lo que daban por ahí. Y la cuestión era Almendra, que me enloqueció desde tan temprano, desde antes incluso de tener el disco, al que escuché completo recién cuando me lo prestó un amigo, a los 15.

A “Laura va” se la puede encarar por millones de lugares, pero creo que lo más importante es la forma de cantar de Spinetta, la intimidad que genera con el oyente. El arreglo de Alchourron para arpa y bandoneón es totalmente anticipatorio, y de alguna manera abre el juego para la creación desde la música eléctrica, que es lo que había en los ‘60 y ‘70, haciendo una fusión tremenda de lo global con lo argentino. El bandoneón lo grabó Rodolfo Mederos, que había sido llamado por Alchourron. Y el resultado es increíble: si una banda sacara hoy un tema como “Laura va”, sería totalmente de vanguardia, por moderna y progresista, y eso que es un tema que ya tiene cuarenta años. Hay una parte de la letra que me impacta mucho, que es cuando dice: “La cubre de besos / y el sol también”. Spinetta tiene ese lado femenino muy a flor de piel, esa dulzura y esa feminidad al cantar, pero al mismo tiempo es tremendamente varonil. Es un tema yin yang: él es el sol que cubre de besos a esa criatura, a Laura, cuando decide irse.

Yo me crié escuchando a Los Beatles, y Almendra es la banda beatlesca argentina. Es fundacional: si le afanás a Almendra, vas a hacer algo buenísimo. Por otro lado es muy interesante el año en que sale el disco: ‘69, ‘70. Todavía latía el sueño de un país mejor, más sano, con una historia en la cultura de la música argentina en la letra; todavía estaba presente la vida de un país posible más justo. No habían pasado la Triple A, ni la dictadura militar, ni toda la masacre, y creo que todo lo que se producía en la época era revolucionario en el mejor de los sentidos, porque generaba un cambio hacia adelante, hacia el bien, hacia la elevación del espíritu humano. Me parece muy profunda la época, la manera en que se vivía la sociedad; todo el mundo veía que el de al lado era un hermano. Después de todo lo que pasó entre los ‘70 y los ‘90, creo que sólo pasamos a sentir más aversión los unos por los otros. Y “Laura va” habla de una fe en nosotros, en un público que quiere escuchar algo elevado, profundo, original, que no se escuchó antes. Una banda como Almendra se permitía un experimento así, y además lo editaba y le iba bien tocándolo en los recitales.

Cuando empecé a escribir canciones, yo estaba bajo el aura de “Canción para mi muerte”, “Muchacha”, y de Sgt. Pepper, Revolver y algún que otro disco de Los Beatles. Cuando armé mi primera banda en el ‘78 y debutamos en el ‘79, estaba muy influenciado por Aquelarre, Pescado Rabioso y Color Humano, que es un poco la diáspora de Almendra. Y cuando hice Don Cornelio, que éramos modernos y punk y dark y qué sé yo, en el ‘84, al grabar nuestro primer disco, me escuché grabado y me dije: “Soy re–spinettiano, canto como Spinetta”. Esa fue mi influencia, el aura de Spinetta, desde los 12 hasta los 23 años; después ya me volcaría a Sumo, a la influencia tremenda de Joy Division y haría ese clic, generando ese personaje más oscuro. Desde entonces, y hasta ahora, sigo teniendo mis dos caras, una más luminosa y otra más oscura; y Spinetta sigue estando ahí, en el principio de todo, con ese don, con esa ley armónica que inventó él en su guitarra, con esa capacidad para conectarse con mundos elevados, con el cielo.

Después de decidir que iba a hablar de “Laura va”, me puse a buscar versiones y videos en YouTube y la saqué por primera vez en la guitarra. No lo había hecho nunca hasta ahora, pero la voy a seguir tocando... ¡Y ahora la puedo empezar a tocar en los fogones!

Laura va

Laura va,
lentamente guarda en su valija gris
el final de toda una vida de penas.
Laura va,
unos pasos la alejan del pueblo aquel,
donde ayer jugaba al salir de la escuela.
Laura, pobre tu dolor
se cayó de una oración.
Por eso te vas con él.
Por eso te vas
y hay algo de bueno en tus ojos
sin querer.
Laura ve,
los años le han dado la resignación
y el dolor.
Se fue con sus pocas tibiezas.
Laura ve,
aunque es grande su vida comienza aquí
y a la vez termina la sed de su espera.
La valija pesa y él la ayuda a entrar en el tren.
La cubre de besos
y el sol también.


Fue compuesta por Spinetta y editada el 5 de enero de 1970 como último tema del lado B del álbum Almendra I, con arreglos orquestales de Ricardo Alchourron. La canción fue inspirada por “She’s Leaving Home”, de Los Beatles (Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band). En ambas se cuenta la partida del hogar de una mujer joven. La canción tiene una cadencia tanguera y se la considera la primera del rock que incorpora un bandoneón.

Como todas las canciones del álbum, “Laura va” estaba identificada con un símbolo, en su caso una sopapa, que según la definición que se daba en los créditos del disco significaba “tema que le cantan esos hombres a esa lágrima del hombre de la tapa, atados a sus destinos”.

Spinetta ejecutó otra versión de esta canción junto a Los Socios del Desierto en un recital unplugged realizado para MTV en 1997, con una orquesta de cuerdas dirigida por Carlos Franzetti y piano del Mono Fontana.

HERBIE HANCOCK Y THE IMAGINE PROJECT




Ya hace unos cuantos años que el pianista que ayudó a inventar el jazz (y ayudó a otros como Miles Davis a inventarlo también) muestra un interés impenitente por cruzar la vereda y darse una vuelta por otros barrios musicales. Ya lo hizo con el videoclip, con Nirvana, Los Beatles, Gabriel, Prince, Paul Simon, Sting, Annie Lennox y Christina Aguilera entre muchos otros. Ahora, el reciente The Imagine Project lo encuentra al piano frente a un puñado de canciones (empezando por la de Lennon, e incluyendo a Dylan, Marley, Los Beatles y hasta un poema de Rilke) rindiendo homenaje no sólo a esa música, sino al pacifismo y el budismo que abrazó hace más de 30 años.



Por Diego Fischerman

Había unos muñequitos bailando. No. Eran, en realidad, partes de muñecos: unas piernas con pantalones, una cabeza de pelícano, o algo así, las caderas de un maniquí, blancas, caminando y girando alrededor de una especie de noria tecnificada. Y una música que, en 1983, daba entrada al giradiscos como instrumento de percusión, de la mano de un pionero, el DJ GrandMixer D.ST. De paso, allí, en ese tema llamado “Rockit”, donde los típicos ostinatos de Herbie Hancock se imprimían sobre una matriz funk –el bajista era el luego famoso Bill Laswell–, uno de los músicos más importantes del jazz se apropiaba del videoclip, el formato que el pop había inventado para sí, y lo llevaba a su standard más alto.

Ese es un principio posible. Hay otros: dos de los temas del disco Headhunters, de 1973, y, también, dos de los temas fundamentales del jazz-rock: “Chamaleon” y “Watermellon Man” (que ya había grabado en su primer disco solista, Takin’ Off, en 1962). O dos de los temas con los que, en los ‘60, había dibujado el rostro del nuevo jazz, “Maiden Voyage” y “Cantaloupe Island”. Y eso sólo para entender que Herbie Hancock no fue el pianista de Miles Davis sino el pianista del que Davis se valió para dar un nuevo giro a su carrera y fundar uno de los grupos más extraordinarios de todos los tiempos, el quinteto que incluyó además a Wayne Shorter en saxo tenor, a Ron Carter en contrabajo y a Tony Williams en batería. Y para entender, también, que reclamar estilismo y pureza a quien es uno de los estilistas más puros del jazz es ignorar, por lo menos, la mitad de la historia de Herbert Jeffrey Hancock, estudiante de piano desde los siete años, temprano concertista junto a la Sinfónica de Chicago a los 11 (en un movimiento de un concierto de Mozart), graduado en el Grimell College y, a los 21, pianista del trompetista Donald Byrd –con quien grabó Free Form, en 1961–. Una mitad de la historia que incluye al sorprendente The Imagine Project que, grabado en varios países, cantado en varios idiomas, con voces como las de Pink, Seal, Chaka Khan o Juanes, junto a grupos tan diversos como Los Lobos, The Chieftains o Konono No 1 y con instrumentistas como el saxofonista Wayne Shorter o el guitarrista Jeff Beck, acaba de ser editado por su propio sello y publicado localmente por Sony Music.

Influido por Clare Fischer y, desde ya, por Debussy, Hancock fue uno de los pianistas más influyentes del jazz. También fue uno de los compositores más importantes del género y su estilo, con el retorno cíclico de unos acordes ambiguos y una melodía modal sobre ellos, se trasladó en gran parte al quinteto de Davis, entre 1964 y 1968. Ese estilo volvió, además, en proyectos como VSOP (el quinteto de Davis pero con Freddie Hubbard en la trompeta o, más adelante, con un jovencísimo descubrimiento, Wynton Marsalis). No se trataba de homenajes a Davis, ni siquiera cuando el quinteto incluyó a Wallace Roney y grabó A Tribute to Miles, sino, más bien, de recordatorios de lo que Miles había tomado de él y de aquellos discos en el sello Blue Note que, entre 1962 y 1969, habían sido tan importantes como los de Miles: Takin’ off, My Point of View, Inventions and Dimentions, Empyrean Isles, Maiden Voyage, Speak Like a Child y The Prisioner. Pero, además de haber sido uno de los creadores del lado funk del jazz, son varios los proyectos en los que mostró su interés por las infinitas posibilidades de los cruces e impurezas: The New Standard, un disco de 1995 donde un irreprochable grupo de jazz (Dave Holland, Jack De Johnette, John Scofield y Michael Brecker) hacía temas de Nirvana, Stevie Wonder, The Beatles, Peter Gabriel y Prince; Gershwin’s World, de 1998, donde el obvio homenaje a Gershwin –que incluía el segundo movimiento del Concierto en Sol de Maurice Ravel– tenía entre sus invitados a Joni Mitchell y a Stevie Wonder; Possibilities, de 2005, un disco de dúos con Paul Simon, Annie Lennox, Carlos Santana, Sting y Christina Aguilera, entre otros; River. The Joni Letters, de 2007, un tributo a Joni Mitchell con Norah Jones y Tina Turner entre las voces convocadas y Leonard Cohen como recitante.

The Imagine Project está producido por Larry Klein, ex marido y productor de gran parte de las grabaciones de Joni Mitchell y actual esposo de Luciana Souza, la cantante brasileña que cantaba exquisitamente “Amelia”, en el homenaje a Mitchell, y que Osvaldo Golijov eligió para Oceana. Y The Imagine Poroject, concebido a partir de la canción de John Lennon como un recorrido por piezas acerca de la paz y atravesado por el budismo que el pianista abrazó hace unos treinta años, es un excelente disco del lado impuro de Hancock. Un poco a la manera de los emprendimientos de Quincy Jones en los ‘70 y ‘80, el rhythm & blues ofrece el caldo en que se cuece una suerte de panafricanismo que, en este caso, se amplía a las herencias de la copla paisa del colombiano Juanes, o a las fantásticas intervenciones de la extraordinaria sitarista Anoushka Shankar (hija de Ravi, con quien ha tocado música tradicional de la India, hermanastra de Norah Jones, con quien también ha grabado, y compañera musical del violinista Joshua Bell, con quien reeditó el dúo de su padre con Yehudi Menuhin) y a la voz de la brasileña Céu, que canta magníficamente “Tempo de amor”, de Baden Powell y Vinicius de Moraes. Aquí y allá aparecen los solos de Hancock, siempre reveladores y exactos pero, en este caso, breves y ceñidos a la autoimposición del formato de la canción. También, el siempre agradecible sonido de Shorter en el saxo soprano: esas notas largas y esas ráfagas que ocupan los intersticios entre melodías que, en particular, diseñó en sus numerosos trabajos junto a Joni Mitchell (en este caso, toda una protagonista en ausencia). Hancock dice no estar interesado especialmente en el jazz. Dice, también, que el jazz, la manera de pensar en la música que el jazz enseña, es lo que le permite hacer un disco como éste. Y es cierto: como aquel Gula Matari que Quincy Jones grabó en 1970, donde una genial Valerie Simpson cantaba “Bridge Over Troubled Waters”, éste es un disco pop realizado por alguien que mira el pop como fuente, que puede abrevar en él y es capaz de sumergirse en sus leyes pero cuya mirada no es la del pop. Alguien que, entre otras cosas, inventó una de las lenguas del siglo XX y, aunque no lo haga conscientemente, no puede dejar de usarla.

FLORENCE + THE MACHINE



Esta banda liderada por una misteriosa pelirroja de la que habla media isla británica va en ascenso vertiginoso. “Todavía me tomo el autobús, no uso tarjetas de crédito, me cortaron el celular y estoy bastante quebrada, pero tengo el trabajo ideal”, dice Florence.








Por Daniel Jimenez

La escena femenina inglesa no se había sacudido tanto desde la irrupción desfachatada de Joss Stone, allá por 2003. Rubia y de ojos claros, la jovencita blanca de Dover con el diablo de Aretha en el cuerpo se llevó puestos todos los rankings a fuerza de un retro neo soul con orientación FM (especialmente a partir de su segundo corte) y una voz poderosa y cautivadora para los 16 tiernos añitos que cargaba al momento del debut. Poco menos de una década después, una colorada indie, nacida en el sur de Londres en 1987 y de nombre Florence Welsh, parece ser la nueva reina: endiosada por la BBC, invitada en 2008 a los prestigiosos festivales de Glastonbury, Reading, Leeds y T in the Park (hoy es figura en los británicos Isle of Wight y Latitude Festival y el australiano Splendour in the Grass junto a Pixies, The Strokes y Richard Ashcroft, entre otros), su ópera prima Lungs de 2009 fue editada por un mainstream como Island Records y fue número uno en enero de este año en su país. Así es la actualidad de Florence + The Machine, la banda liderada por una pelirroja misteriosa de la que habla media isla.

Hija mayor de tres hermanos, Flo (así le dicen) es la nieta de Colin Welsh, viejo editor del Daily Telegraph y sobrina del comediante Craig Brown. De ese mix heredó la facilidad para contar historias con sutil ironía y su amor por las performances teatrales: por eso aparece sobremaquillada. “Siempre me gustó cantar, desde chiquita. Recuerdo que le solía cantar a mi abuela, que fue quien me llevó al coro de la escuela. A los 7 años cantaba en bodas familiares y hasta en algunos funerales, hasta que les pedí a mis padres que me pagaran lecciones de canto”, dice Welsh. Curiosa y extrovertida, entre lección y lección la pequeña Florencia tomaba clases de italiano y francés. “Al final del día, mi profesora me pedía que eligiera una canción, y siempre elegía Spooky de Dusty Springfield. Creo que ahí están las diferencias de mi rango vocal”, explica. Y es válida la aclaración.

Tanto su estilo como sus modulaciones –intrincadas, incómodas, distintivas– pueden tomar la forma beatífica de un ángel o la sensualidad primal del blues. Un encuentro de ensoñación con una joven Kate Bush con el aura de Patti Smith y el brillo de Aretha Franklin.

En escena, Florence habla del miedo y el terror como juguetes en la habitación de un adolescente: universo que ella abandonó hace apenas unos años, aunque asegura tener aún actitudes infantiles. “Como cuando bailé imitando a Beyoncé en un backstage de los premios de la New Musical Express frente a un espejo. Era una tontería... y al otro día todos los vieron en YouTube. Fue muy vergonzoso.” En sus shows abundan los payasos, las jaulas de pájaros, pompones gigantes y su clásica pintura dorada, omnipresente. Todo tiene una explicación: “En las fiestas de la secundaria, los proyectos de arte y los conciertos eran una sola cosa, por eso me gusta sentirme así sobre el escenario; trasladar ese espíritu. Es todo parte de un ritual y cantar puede ser extenuante. Amo la sensación de liberación que da el escenario. Es como tirarse sobre cientos de brazos y dejar que ellos te lleven por todo el lugar”, comenta Flo, quien a inicios de este año en medio de The Cosmic Love Tour se lanzó sobre la audiencia con un deforme vestido de red y se dio la trompa contra el piso. “No necesito que haya alguien para tirarme: necesito liberarme, nada más”, reconoce intacta.

Para entender el fenómeno de Lungs y de la propia Florencia hay que viajar hasta su adolescencia. Allí, con 17 años, Welsh comenzó a mostrar sus dotes en Florence Robot was a Machine, un espectáculo que consistía básicamente en su voz y... una máquina de ritmos. Y, como toda historia feliz, tiene un detalle azaroso que la hace invencible: en un show en un pub se cruzó con Mairead Nash, miembro del colectivo de DJs urbanos Queens of Noize, que paró allí a beber algo de casualidad. Enterada de su presencia y notablemente borracha, lo arrinconó en el baño y se encargó de hacerle saber a Nash que las casualidades no existen. Una semana más tarde, Flo fue invitada por QON para abrir las noches de su propio club. Su actuación convincente y su voz mágica no dejaron lugar a la duda: quince días después, Maired Nash era el flamante manager de Florence Welsh.
















El pasaje de la soledad entre su amateur drum machine y su actual banda de siete músicos decantó para Florence + The Machine en una única obra producida por James Ford (Arctic Monkeys, Klaxons) y grabada en una sinagoga abandonada. En Lungs (“Pulmones”) conviven orquestaciones, cuerdas, sonidos espectrales, pianos, arpas, lamento gospel, percusión tribal y ruidos de metales que chocan entre sí con la mitología griega, literatura victoriana, patéticos ex novios y un concepto artístico que lo envuelve todo desde la cuna. “Mi mamá quería que vaya a la universidad porque siempre pensó que la vida es muy difícil y uno debe estudiar para poder enfrentarla. Ella tenía miedo de que yo pudiera sufrir por no aprender, así que me preparé para que algo sucediera. Y si algo iba a suceder, sucedería en Londres”, cuenta.

Como estudiante, la inquieta Florence armó distintos proyectos, como muestras e instalaciones, donde actuaba para acompañar su obra, hasta que se cruzó con Nash, y al año y medio largó las clases en el colegio de arte. Glastonbury la estaba esperando. “Amaría volver a la universidad”, dice Flo. “Recuerdo que solía sentarme en una esquina del aula con mi radio y dibujar en mi pequeño diario de caricaturas como si estuviera en la biblioteca. Aún no sé cómo no me expulsaron.” De Lungs, Florence + The Machine cortó seis canciones, siendo Hurricane Drunk el nuevo éxito en el Reino Unido. Algo inédito para una artista nueva.

Mientras sigue de gira por los festivales europeos, Florencia ya está preparando su segundo álbum con la ayuda del productor Paul Epworth, trabajo al que describió prematuramente como “más duro” y “más orientado a la ciencia” que su debut, aunque siga compartiendo su tiempo junto a su grupo de viejos amigos, que son los integrantes de The Machine. “Es una parte importante del trabajo saber que estamos llegando todos los amigos juntos a estas instancias de un sueño artístico, así que sólo tenemos que seguir haciendo lo que hicimos hasta ahora. Mi vida no cambió: todavía me tomo el autobús, no uso tarjetas de crédito, me cortaron el celular y estoy bastante quebrada en cuanto a plata, pero tengo el trabajo ideal. Me gusta cantar, me gusta bailar, aporrear los parches cada tanto y vestirme como quiero. Si encima alguien me paga por hacerlo, lo considero increíble.”