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miércoles, 22 de septiembre de 2010

A DIEZ AÑOS DE LA MUERTE DEL CUCHI LEGUIZAMON.















Diez años sin el Cuchi Leguizamón puede parecer mucho tiempo, poco tiempo, o nada. ¿Qué importancia tiene, en todo caso, la vida física de un compositor? O, cambiando el ángulo, ¿cuánto hacía que realmente el Cuchi se había ido? Las preguntas son crueles y muchas y chocan entre sí, en un cóctel temático que va desde su vindicación por parte de músicos contemporáneos y jazzistas hasta el misterio de una vida desconcertante que él abonaba, sibilino, a la manera de un Macedonio Fernández provinciano. La cita de Macedonio no es caprichosa: el pianista extraordinario que se tensaba entre la tradición y el modernismo fue también un hechizante maestro del relato oral y un poeta consumado. Por ahí están sus pocas e inhallables grabaciones de conciertos en vivo, en los que gustaba prologar cada tema con una narración ubicada entre la picaresca de Fray Mocho y los filósofos griegos que devoraba. Ahí están sus poemas y letras de canciones, sólo eclipsadas por la dimensión de la dupla con Manuel J. Castilla.

Una mirada optimista del extraño lugar que ocupa su figura en la música argentina –entre el olvido y el destrato; pensemos simplemente que no existe ningún libro serio sobre su vida y obra– nos acercaría al pensamiento de Yupanqui de considerar al anonimato como último eslabón de la cadena virtuosa de un compositor popular. El apellido Leguizamón está disuelto en la belleza (y, en algunos casos, la vigencia) de obras como “Lloraré”, “Zamba del pañuelo”, “Carnavalito del duende”, “La arenosa”, “Balderrama”, “La pomeña” y tantas más. Trabajos puntuales como los de Juan Falú y Liliana Herrero, Lorena Astudillo o Guillermo Klein funcionan como abordaje conceptual y no como rescate. El rescate supone algún tipo de peligro y la obra del Cuchi respira con una salud asombrosa. Significativamente, la puesta en foco de la lozanía de esa obra y de sus claves musicales, por lo menos en módicas dosis mediáticas, estuvo y está en manos de pianistas, gente como Manolo Juárez, Eduardo Lagos, Gerardo Gandini, Fito Páez, en su momento el Mono Villegas. Tiros aislados sobre un artista que no fue canonizado como Piazzolla o Yupanqui y que pese a ocupar un lugar central era observado desde los márgenes, algo que tal vez no le disgustaba del todo al Cuchi.

Estudió Derecho en La Plata, formó parte del coro universitario y tomó clases de música con el director del coro, el maestro Kubik. De regreso a Salta, completó estudios con Virtú Maragno e indagó en compositores como Alban Berg, Schoenberg, Erik Satie, Bela Bartok, Stravinsky, Ravel y también Duke Ellington, Art Tatum, Oscar Peterson y Billie Holiday. Ejerció como abogado y también como profesor de historia de secundario: dictó clases legendarias que aún hoy alumnos sexagenarios evocan en Salta como “la desopilante hora del Cuchi”. La abogacía lo aburría; la docencia lo inspiraba. Se autodefinía anarquista.

Inventó el Dúo Salteño, concibiendo y haciendo ejecutar con rigor una nueva concepción del arreglo vocal. En un notable dossier publicado hace algunos años por la revista Las Ranas que dirige Guillermo Saavedra, el crítico Federico Monjeau escribió: “El Dúo Salteño fue una revolución en el canto folklórico, fuera de la tradición chalchalera y fuera también de las nuevas convenciones de los conjuntos vocales de los años ‘70, basadas en conceptos corales o en la forma de esas melodías comentadas que inspiraron el chiste maldito y certero de Yupanqui: ‘uno canta y los otros le hacen burla’. El Dúo Salteño fue una invención única y polémica en sí misma; representa uno de los momentos más vanguardistas del folklore, sin la fisonomía que los experimentos vanguardistas generalmente asumen en el folklore. La reducción de medios era su principio básico”.

Fue un pionero de los conciertos de campanas e intentó una sinfonía de locomotoras, proyecto que quedó trunco por trabas burocráticas. Así como se metió en la política –fue diputado provincial–, así, con la misma determinación, huyó despavorido. Se casó, tuvo cuatro hijos y se divorció. Detestaba Cosquín y le gustaban el vino, la gastronomía y los animales. Los últimos años, cuando ya la memoria le fallaba y lo acechaba un piano desafinado (¿hay final más triste para un pianista que un piano desafinado?), tenía como objetivo poblar su jardín de bichos: gatos, perros, cabras, chalchaleros, zorzales, sapos y ranas. Hacia mediados de la década del ‘90 estaba cansado, vencido. De Sadaic le llegaban puntuales liquidaciones trimestrales irrisorias. Sufría cataratas: decía que se miraba en el espejo y no se reconocía. En esa casa salteña tocaba zambas cuando empezaba a caer la noche. En ese ejercicio crepuscular la memoria no fallaba: los médicos no sabían explicar por qué. Los hijos se turnaban para no dejarlo solo. Murió el 27 de septiembre de 2000, dos días antes de cumplir 83 años, para hundirse mansamente en los versos que escribió ya anciano:

Me voy quedando ciego
la luz titila en mis huesos,
sólo la noche derrama
su esperanza en el silencio,
dorado, herido
por lunas que pasan cantando.

Me voy quedando solo
lejos del cielo y el tiempo,
entre huellas desoladas
sin mujeres y sin perros
que huelen los rastros
por donde transitan los sueños.

A veces no sé quién soy,
la lanza de mi silbido
va alborotando recuerdos
desenredando caminos,
mientras mi risa
cae en el abismo.

Me voy quedando huraño
embalsamando destinos.
No me arrepiento de nada
el bien y el mal son olvidos,
estuches del aire que guardan
la pena y el grito.

Me voy quedando libre
sin arribos ni regresos.
Está sobrando el alma
para cantarle a los huesos,
curiosos de rumbos
que linden sabores eternos.

Por Mariano del Mazo


CUCHI QUERIDO

Caminos que nos llevan a andar, tierra que emana olor, color y sabor de poesía. Palabras que se van enlazando y que conforman las estrofas de las inspiraciones y canciones más hermosas que pueden haberse oído jamás.
La tierra salteña, verdadero paraíso terrenal, es un lugar encantado para que esto ocurra, cuando uno desembarca no puede menos que alegrarse el corazón y cantar, cantar para expresar la enorme felicidad que siente su ser al enarbolar canciones, por más que la voz no lo acompañe, o bien sacar un pañuelo y dejarlo volar con la brisa al viento al bailar una zamba.
Y que mejor excusa para visitar este lugar encantado, que hacerlo para el cumpleaños de un salteño de pura cepa como era el “Cuchi” Gustavo Leguizamón.
El recuerdo de este gran maestro del folklore, por más que pasen los años se torna inmortal. Una de las maneras de mantener la llama encendida del recuerdo es la iniciativa llevada adelante por su hijo Luis Leguizamón. Quien cada año al acercarse el 29 de septiembre, fecha de nacimiento del “Cuchi” organiza el espectáculo “Leguizamón por Leguizamón”.
Muchos recuerdan la fecha de su muerte, pero Luis elige para recordarlo su cumpleaños, y lo celebró cantando con su voz particular el sábado 3 se octubre en la Casa de la Cultura de Salta Capital.
Esa noche se hilvanaron acompasadamente obras maestras imposibles de olvidar como: el silbador, zamba del carnaval, carnavalito del duende, el avenido, la pomeña, bajo el azote del sol (con letra de Antonio Nella Castro, tema ganador de Cosquín) y tantas otras maravillosas creaciones que caracterizan al Cuchi.
La noche comenzó con una entrevista grabada hace algunos años, donde se esboza el perfil, la profundidad y el gran humor que caracterizaba al Dr. Leguizamon.
Indudablemente el alma de este personaje entrañable estuvo presente en la velada, donde además de recordar su poesía, Luis se encargó de recrear relatos sobre la vida de su padre, como son las anécdotas que le ocurrían a la hora de dar vida a cada canción.
Un detalle para destacar es que cada una de los temas hace alusión a un hecho verídico, nada en la poesía del Cuchi es un invento ficcional, cada hecho tiene gran verosimilitud.

Anecdotario

Los caminos nos van llevando por senderos impensados, nos cruzan con amigos, tal vez hermanos que nos brindan su calidez, su palabra, nos tienden sus manos y nos abren su corazón.
Un caso particular y nos menos paradójico es el de Luis Leguizamón, dueño de un gran corazón y una enorme generosidad, quien nos diera un pasaporte a esa sorprendente aventura de adentrarnos de lleno, en el hecho de compartir poesía, historia, música.
Quien tiene un corazón puro es capáz de traducirlo en su mirada… escasas veces se producen en la vida esos asombrosos encuentros, con personas con quienes tan solo al verlas son capaces de darte su corazón sin pronunciar palabra alguna. Ese es el caso de Luis.
Es imposible compartir con este gran personaje, escapado de algún libro de relatos y que no se cuelen en la charla preguntas sobre la gran personalidad de su padre.
Al verlo a simple vista puede parecer un tipo común, pero al cruzarte con su mirada vivaz y profunda podes descubrir a un criollo, dueño de una gran voz, con una impronta bien salteña y con un matiz más que particular. En su voz se recrean una y otra vez los relatos que el paso del tiempo va callando.
Y como no hablar también de las maravillas, que como seres humanos tenemos la posibilidad de vivir; cómo no contar sobre la imagen que se recorta en aquel antiguo hogar de calle La Rioja, del piano de Cuchi. El piano, que emanara de la caricia de sus manos, notas que se grabarían por siempre en la memoria colectiva.
Cómo salido de un relato mágico e impensado, historias como estas te pueden ocurrir si pasas por Salta, donde a cada paso la vida te sorprende con aventuras insospechadas y tal vez ¿por qué no?, acompañarlas de un vino encantado y dejar así que asomen las musas de la poesía.

*** Esbozos del maestro ***
Tal vez pueda ser un mortal más en esta tierra, pero lo cierto es que el Cuchi era el protagonista principal a la hora de emanar poesía, música, composiciones, arreglos. No era una persona así no más, era el “gran personaje”, amigable, lleno de vivencias e infinidad de historias.
Nació en Salta, en la mañana del 29 de septiembre del año 1917, bajo el signo de libra.
Hijo de José María Leguizamón Todd y María Virginia Outes Tamayo.
Gustavo Leguizamón es un arquetipo al que reverenciaron los ricos y los pobres, la izquierda y la derecha, el apetito y las ganas de comer. Pero, ¿cuál fue el secreto de esta magia? La respuesta, acaso se pueda rastrear tan solo indagando en su propia historia. ¿Podrías imaginar el paisaje salteño sin hacer alusión a la música y las canciones del Cuchi? ¿Cómo transportarte imaginariamente a tierra cafayateña, sin haber escuchado La arenosa?... “Arenosa, arenosita mi tierra cafayateña, el que bebe de su vino gana sueño y pierde pena.”
“Tenía meses apenas y a su madre le preocupaba su delgadez. Fue en esa época que a Doña María Virginia le ofrecieron unos chanchos para ver si podía comprarlos. "¡Pero están flacos como este cuchi!", dijo mirando a su hijo. En ese instante Leguizamón quedó rebautizado: desde entonces y para todos sería El Cuchi, vocablo que en quechua quiere decir precisamente chancho o cerdo, pero al que en Salta se le otorga un significado no peyorativo sino simpáticamente cómplice.”
[1] (http://www.portaldesalta.gov.ar/cuchi.htm)


El Cuchi tiene cientos de anécdotas que vale la pena recordar… pero entre ellas y no por azar, el destino lo vinculó en un estrecho lazo de amistad con el “Barba Manuel J. Castilla”; fructuosa relación que nos regalara numerosas historias musicales, desde la recreación de personajes, hasta pincelar el semblante de la entrañable Eulogia Tapia, allá en la Poma, bagualeando hasta el cansancio… “La cara se le enharina, la sombra se le enarena, cantando y desencantando, se le entreveran las penas. Viene en un caballo blanco, la caja en sus manos tiembla, y cuando se hunde la noche es una dalia morena.”
Orquestador del inconfundible Dúo Salteño, además de sus propias letras, musicalizó los poemas de su entrañable amigo Manuel J. Castilla, pero también los de César Fermín Perdiguero, Luis Franco, Jaime Dávalos, Armando Tejada Gómez, Miguel Angel Pérez y tantos otros poetas.
Fue el arquetipo de músico argentino, creador de infinidad de vidalas, chacareras, zambas bellísimas de gran vuelo emocional y mucha profundidad. Es autor de más de ochocientas obras, incluyendo piezas inolvidables como Serenata del 900, Zamba del laurel, Elogio del viento, Balderrama, Lloraré, entre otras.
Es imposible hablar de Salta y no recordar al Cuchi Leguizamón, la provincia que lo vio nacer y a la cual llevaba en su corazón.
El Cuchi fue poeta, músico, compositor, abogado penalista, defensor de pobres por sentimiento, y profesor de historia, literatura y filosofía. También fue un filoso polemista.
Decía el Cuchi que el criollo tiene una relación distinta con la muerte, que el hombre de la ciudad. La muerte para él solo es pasajera, ya que el poeta no murió, sino que vive cada vez más, cuando cualquier criollo entona la estrofa de alguna canción o enarbola al viento coplas… “que pena me da la muerte pa´ que se pondrá a venir, uno la invita con vino, no tiene con quien dormir…”
El Cuchi no murió, cada día vive más en el corazón y en cada una de sus canciones. Según una copla popular recopilada por Carrizo “Cuando venga la muerte no le he` í de poner asiento, así no vuelve a venir y le sirve de escarmiento”.

Melisa Busaniche


VICTORIA MIL Y SU NUEVO DISCO, MUY LEJOS.



Migue, de Victoria Mil, no se refiere a la inseguridad sino al peyote. Al flamante disco Muy lejos lo grabaron en Circo Beat, lo mezclaron en Panda con Tom Rixton y lo cerraron en Nueva York con Dennis Blackham, que trabajó con The Who, Bee Gees, Led Zeppelin, Black Sabbath...






Por Luis Paz

Cantar despreocupado o a veces perseguido, vestir disparatado, estar mal peinado o llanamente “tocado”. En el rock, todo eso está bien. Al menos según la enumeración de sobreseimientos que Victoria Mil propone en su canción Las máximas. Y posiblemente, más allá de esa canción, también. Pero, ¿realmente todo está bien o se burlan de eso? ¿Están convencidos o simplemente parados más allá del rock y del mal? ¿O están en un mambo de buena onda padrísimo? “No tiene importancia”, declina toda hipótesis Migue Castro. ¿Cómo que no? ¡Sí! Un poquito, al menos. “No, no importa qué sentido le demos, si es que le queremos dar uno, sino que te llegue vacío de sentido. Una canción de Victoria Mil habla de lo que quieras que hable”, marca Julián Della Paolera, el otro eterno del cuarteto que completan Leonardo Santos en batería y Sebastián Velázquez en bajo.

Hay al menos un par de novedades respecto de Victoria Mil. La principal: que tienen un muy buen disco nuevo, Muy lejos, con seis o siete de esas esbeltas canciones sintéticas que suelen dar, algún experimento sónico interesante y sobre todo, se nota, mucho juego. “Es importante esto de que sea el tercer disco con esta formación: conocemos mejor el lugar de cada uno y más o menos hacia dónde vamos, que siempre es hacia donde nos pinta ir”, tira Migue. Y si pinta, pintó: en el universo Victoria Mil, los pinceles están cargados de polvo de estrellas, ambigüedad y una belleza simple, esa belleza que tiñe las cosas de la casa, como un libro o una maceta, o unos ravioles de la vieja, y las vuelve intrigantes.

Muy lejos, el título del disco, parece un deseo viajero –”Vos vas a llegar tan lejos” cantan en Lejos–, pero también un balance del movimiento de la banda en estos 13 años. Al menos en la forma, el trayecto está logrado: grabaron ocho discos, colaboraron en varios más, produjeron y ayudaron que salgan otros; tocaron en el under, en los festivales y están de vuelta de una gira por Perú y México coronada en el Vive Latino. En este caso, el de la grabación de Muy lejos, fueron de Circo Beat, donde grabaron, a mezclarlo en Panda con Tom Rixton y de ahí a dar la puntada final en Skye Mastering (Nueva York) con Dennis Blackham. ¿David Beckham? No, Dennis Blackham, que laburó con The Who, Bee Gees, Led Zeppelin, Black Sabbath... ¡Fa! “Lo que hizo está buenísimo –concede Julián–. Pero lo impecable fue el laburo de Tom”, que es Rixton, un productor británico empapado de beat, bits, pop y rock que no caza una del castellano. “Igual fue el que mejor entendió qué queríamos. Vino cuando demeamos, nos vio en vivo, se sumó y entendió dónde íbamos. El estaba en una parecida y fue productivo”, define Migue que, por cierto, toca los teclados, programa y canta en tarea compartida con Julián, además violero.

–Sobre esto del viajar, estuvieron tocando en Perú y México hace algunos meses. Y se sabe que son unos viajados. ¿Pega el peyote?

Migue: –Hay que tener mucho cuidado. No la hicimos porque es muy fácil que te caguen. Vas, te dan cualquier cosa, te dejan tirado en el campo y andá a saber... Pero la estamos organizando bien con un amigo, para hacerla entre dos volcanes.

No están en condiciones económicas de invitar allí, pero darán partecitas de otros mambos sintetizadas en 15 o 16 canciones, un nuevo video y un recital en su tipo de tablado preferido: “Un show en La Trastienda es algo íntimo, pero con sonido zarpado”. Si conseguís una de las primeras 200 entradas, encima, de regalo te llevás una remera. Y si agrandás el combo con algo para ayudar al juego de los sentidos... buen viaje.

MATURANA: “Vendemos lo que somos”




Inspirados en León Gieco, los integrantes de esta banda apuestan al folk con espíritu rockero.






Por Cristian Vitale

“Vendemos lo que somos”, lanza el baterista Mariano Valado, con una seguridad que excede las palabras. ¿Qué son? ¿Qué venden? En principio, sí, Maturana se llama Maturana por la bellísima zamba que el Cuchi Leguizamón y Manuel Castilla entregaron al mundo mediando los ‘70 y León Gieco inmortalizó, con su autor al piano, en el Volumen II de De Ushuaia a La Quiaca. Pero no, no es, como pudiese preverse, un grupo de zamba, ni de zamba-rock, ni siquiera de folklore –amplio– con nervio de rock como Arbolito. Maturana es Maturana no porque el aura del salteño mágico se cuele entre sus corcheas sino porque a Tonga (Gastón Galván, guitarrista, cantante y compositor de todos los temas) se le ocurrió que el nombre sonaba más a banda de rock que a desterrado que rueda la tierra con toda la tierra adentro. “Igual, el folklore no nos es ajeno. Cuando armé el grupo, yo andaba en una tropa de sikus y hacía canto andino. Hay una influencia. Hay, de vez en cuando, algún huayno contaminado por el riachuelo”, determina el cantante.

Y entonces, vende, Maturana es un quinteto básicamente de rock, en el que el folklore corre por los lindes y –a veces– en forma de otra cosa. De huayno y carnavalito. O de cosa uruguaya, rioplatense. De candombe y murga. Encendámonos, disco debut que la banda suburbana presentará el 23 de octubre en Roxy Live, es claramente un reflejo de la intención. De llenar la botella de rock con tambores, tumbadoras, charangos, zampoñas, quenas, zankas, violines o bombos legüeros, un ensamble vital que parte de los jóvenes de hoy se están apropiando como una forma de acercar mundos. “Yo creo que la impronta del Cuchi aparece en forma de irreverencia. El fue un irreverente del folklore y nosotros lo somos en lo nuestro. En la idea de fusionar ritmos sin vergüenza, pero con respeto. Maturana puede ser alguien como el Flaco Apenitas –tema clave del disco–, alguien que no es nadie y es todos”, sigue Tonga. “Hay muchos músicos de rock que no se atreven a esto. Se quedaron en la onda rolinga o reggae, y ya. León fue muy influyente para nosotros, porque no le escapa a ningún ritmo con tal de que le sirva para decir lo que quiere decir.”

Lo que dice Maturana es también poemas de Juan Gelman musicalizados en una onda entre rock progresivo de los ‘70 y chacarera; es giros quebradeños a través de otro de los rescates emotivos del disco (Rosa y Benito); o es frases del tipo “Mateando sueños / al amanecer emergemos / Desatar bailando, cantar opinando / Tierra, amor y libertad”. “Son cosas que pensamos todos –dice Valado–. Más allá de un ritmo, una murga, un huayno o un candombe, que son pegadizos, también es importante que la gente se detenga en los mensajes, en las letras. Esto también hace a nuestra identidad, le damos la misma importancia.” La banda nació y se crió en zona sur hace un lustro y, luego de un demo que nunca llegó a salir, consolidó la formación de quinteto con tres hermanos (Tonga, más Juan Manuel en guitarra y Lelo en percusión), Valado en batería y Tuby en bajo, más el coro “inflamable” que no son más que los amigos que les aguantan cada fecha. “Esto una pyme en todo sentido. En los gastos, en la organización, en la música. Cada uno es un 20 por ciento que va atado a otro. Es la única manera de trabajar en quinteto y crecer, siendo independientes”, señala Valado, también manager.

ANITA TIJOUX: “Esta industria es un gran circo”





Es hija de militantes del MIR, que se exiliaron en Francia tras el golpe de Estado de Pinochet a Salvador Allende en 1973. Tiene sangre indígena y una puesta hip-hopera sugerente. Su disco 1977 había salido el año pasado, pero revivió hace unas semanas cuando Thom Yorke, de Radiohead, seleccionó un tema suyo. Entonces su trabajo llegó al puesto Nº 7 de la Billboard Latin Rhythm Album y explotó en iTunes. “Daniel Viglietti, Chico Buarque, Rubén Blades, Violeta Parra y Víctor Jara eran grandes raperos”, dice. Acaba de editarse acá.












Por Yumber Vera Rojas

En 1977 sucedió de todo. Murió Elvis Presley, los Sex Pistols editaron su disco debut, las Madres de Plaza de Mayo marcharon por primera vez frente a la Casa Rosada, se estrenó la miniserie Raíces, Pelé jugó su último partido como profesional y Pinochet decretó la disolución de los partidos políticos en Chile. Ese mismo año, ofrendado por los chinos en su zodíaco al símbolo de la sabiduría, la serpiente, también vio nacer a Anita Tijoux, rapera frontal e impetuosa que convirtió su flamante segundo disco en una maravillosa oda autobiográfica y en uno de los trabajos más impactantes que hayan aparecido en los últimos tiempos en el hip-hop de habla hispana. “Uno llega en la vida a un lugar de formas distintas. Mi manera de acercarme al rap fue bien entretenido, y ese camino define tu personalidad a la hora de hacer arte”, explica la exponente chilena al NO. “Yo empecé a escuchar hip-hop en Francia por el empleo de mi mamá, que era trabajadora social y me llevaba para que la acompañara. Así que decir que me interesé por el género gracias al oficio de mi madre no es la norma. En casa siempre disfrutamos de grandes cantautores a los que considero raperos, pese a que formalmente no lo sean. Y cuando digo esto pienso en Daniel Viglietti, Chico Buarque, Rubén Blades, Violeta Parra y Víctor Jara. De ellos fueron los primeros vinilos que tuve, y constituyeron mi enseñanza musical.”

Mientras la MC trasandina advierte del otro lado de la bocina que se servirá un café para amilanar el frío que tiene contra las cuerdas a los habitantes de Santiago, aprovechemos para repasar rápidamente su historial. Hija de militantes del MIR exiliados en Francia tras el golpe de Estado a Salvador Allende en 1973, Anamaría Merino Tijoux nació en la ciudad de Lille. En el hip-hop se involucró inicialmente como b-girl, y en 1993 se instaló definitivamente en Chile. A mediados de esa década incursionó en la escena del vecino país, primero integrando el combinado Los Gemelos y luego de invitada en el sencillo La medicina de la agrupación Los Tetas. Ese año se sumó a las filas de Makiza, grupo que la inmortalizó en el hip-hop. Tras publicar dos discos con este conjunto, entre ellos el indispensable Aerolíneas Makiza (1999), se tomó un ínterin en París para poner en claro sus ideas. En 2003 volvió al terruño de sus padres para iniciar su proyecto unipersonal, recibiendo al poco tiempo la invitación de Julieta Venegas para cantar el tema Lo que tú me digas, colaboración que reincidió en 2006 con Eres para mí, éxito del disco Limón y sal de la mexicana. Intentó un regreso con Makiza que no prosperó, aunque legó un álbum. Finalmente, su debut en solitario se produjo en 2007 con Kaos. Dos años más tarde llegó 1977, editado por estos días en la Argentina.

Después de disfrutar de un sorbo se pone nuevamente al teléfono y describe su reciente larga duración. “En 1977 me pude permitir realizar un álbum que me gustara. Al momento de empezar a hacerlo estaba convencida de que no le iba a interesar a nadie, salvo a mis seres cercanos. Lo realizamos con mucho cariño, y le tengo afecto”, afirma Tijoux, a pocas horas del derrumbe de la mina que tiene atrapados a 33 mineros chilenos en las cercanías de la localidad de Copiapó. “Los discos forman parte de los procesos emocionales que uno vive. Este trabajo me sirvió para reafirmarme a mí misma. La verdad es que me encanta, y me da lo mismo lo que espere la gente. Yo soy así de intensa, y no hay nada más difícil en la vida que aceptarse como uno es y no pertenecer al canon social que los demás esperan. En mi nueva producción me concentré en lo que quería decir, en las letras fundamentalmente, y me senté a escribir para volver a empaparme de lo que son las rimas, el contenido. Traté de expresar de la mejor manera lo que pensaba. Cuando lo escucho, le encuentro un montón de falencias, y es que uno piensa que podría haberlo hecho mejor. Pero igualmente considero que lo grabamos en un lapso tan corto de tiempo que está bien que haya sido así. Eso es lo bello de la imperfección.”

–En 1977 regresás al hip-hop tras la experiencia de Kaos, en el que te arropaste por el lado más pop del R&B. ¿Por qué?

–Mucha gente siente que hubo un cambio de Kaos a 1977, pero el primer disco significó la ruptura con lo que venía haciendo. No tengo ningún pudor en decir que fue un álbum que grabé porque precisaba ver la manera de conseguir dinero para mantener a mi hijo. Ciertamente es popero, aunque es más fácil defender una postura musical cuando no tienes mayores necesidades económicas. Al momento de nacer Luciano me llegó la oportunidad de realizar Kaos, que lo registré en un lapso de tiempo bastante corto. O hacía eso o era mesera de vuelta. En ese sentido, lo recuerdo con mucho cariño. Me resolvió la vida. Si bien a mucha de la gente que me sigue no le gustó, me da lo mismo. Sé quién soy, y cada uno vive su propio proceso de forma personal.

–Tu nueva producción tuvo un segundo aire a partir de que Thom Yorke comentara en mayo pasado que uno de sus temas favoritos es el que le da título a este trabajo. ¿Cómo recibiste la noticia?

–Antes que nada, a mí me gusta la música. Yo hago hip-hop y el 80 por ciento de lo que escucho tiene que ver con el género, pero en casa también consumo otras cosas. A Thom Yorke siempre lo admiré porque es ese tipo de artista al que le creo sus penas y sus rabias. Le creo porque es imperfecto, me gusta hasta su cara imperfecta. Bajo este punto de vista, estoy superagradecida de que le haya gustado. Por otra parte, siempre supe que era fan del hip-hop, así que no me extraña su elección. No obstante, es triste lo que sucede con la prensa, pues el disco salió en octubre y ahora porque Thom Yorke dijo eso entonces me dan bola. Te apuesto a que si lo hubiera comentado otro, 1977 seguiría pasando desapercibido. ¡Loco, salió el año pasado, y está desde hace siete meses rotando! Eso es triste. Esta industria es un gran circo, y uno forma parte de él. Lo que pasa es que no hay que tomárselo muy en serio.

–Ya es difícil para cualquier persona describirse, pero supongo que debe ser más complicado para un artista cantar sobre sí mismo. Sin embargo, cautiva de 1977, la canción, tu aguda capacidad de síntesis descriptiva. ¿Surgió a partir de la catarsis o de la necesidad de autoafirmación?

–Desde hace tiempo que quería componer un tema autobiográfico, pero no me atrevía porque me parecía egocéntrico. Hasta que llegó el momento. Lo que me gusta de esa biografía en particular es que está llena de anécdotas que no sé si se entienden tanto. Habla de mi nacimiento, de mi infancia, de por qué uno hace lo que hace, y de una forma extremadamente resumida. Son ese tipo de letras que te salen superfluidas, porque hay cosas que te cuestan más escribir y tienes que sentarte, y te da insomnio, y te levantas a las cuatro de la mañana, luego a las siete y no sale. Si se dio así de rápido era porque lo necesitaba. Uno hace lo que hace por necesidad cuasi física y emocional. Si pierdes esa esencia, es mejor ni intentarlo. Escribir es un proceso extraño.











–Si bien este disco se distingue por su tono autobiográfico, marca distancia de ese egotrip tan usual en el rap. Incluso una canción como Crisis de un MC se ampara en la autocrítica. ¿No es muy riesgoso mostrar tanta vulnerabilidad?

–Decir lo buena que soy en mi forma de vivir y de ver el mundo no tiene ninguna relevancia al momento de hacer una canción. La gente que más me emociona en el ámbito artístico es aquella que es capaz de decir: “Soy un pelotudo”. El egotrip siempre ha sido una tónica dentro del hip-hop. Hay raperos que son unos maestros en eso. A mí me encanta porque muestra en buena medida la manera en que nació el hip-hop. Siempre fui muy amante de los dadaístas, que también son superraperos. Para mí el rap es sinónimo de libertad creativa y de emocionar al escucha, aunque éste no sepa nada acerca del género. Yo podría haber hecho salsa, pero con el hip-hop es con lo que me siento más cercana.

–En Makiza compusiste canciones brillantes con alto contenido político y social. Por eso, ¿a qué se debe tu negativa de mantener estas temáticas en tus producciones en solitario?

–Cuando tienes una postura política ante la vida, no la pierdes. A pesar de que sigo pensando lo mismo que antes, no voy a repetir fórmulas. No sé por qué esperan eso de mí. No soy dirigente, no hago discursos. Hermano, a mí siempre me gustó el rojo, así como el naranja y otros colores. La postura política es algo tan personal y es de por vida, porque uno la lleva en la sangre y en la conciencia de humanidad frente a la sensibilidad de ciertos temas o temáticas del mundo. Todos los que tuvimos una historia política familiar fuerte no nos podemos desligar de ella. Es parte de tu enseñanza, y de cómo te criaron y alimentaron. Aunque eso no implica que tenga que escribirlo en todas mis canciones.

–¿Sos consciente de que te convertiste en una figura representativa para el rap y los jóvenes chilenos?

–Eso es lo más complicado para los que estamos sobre el escenario. La gente busca liderazgo en nosotros y, para serte franca, yo tengo más preguntas que respuestas. Uno es un ser contradictorio también, supongo que forma parte de la naturaleza de todo aquel que crea. Somos seres extremadamente frágiles y eso es lo bonito, porque prefiero un líder que no sabía que lo era. El poder de un orador es gigante, y a veces ni siquiera uno lo cuantifica. Es una tremenda responsabilidad.

Sin siquiera imaginárselo, Anita Tijoux emprendió un viaje sin retorno al ingresar en 1997 en Makiza, cuarteto que, tal como lo refiere su denominación (inspirada en los maquisard, nombre de la resistencia francesa frente a la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial), se rebeló al establishment de la música pop chilena de fines de los ‘90, ofreciendo un discurso lúcido y consciente, y una exquisita propuesta sonora de bases funk y jazzeras taciturnas. Por eso no es de extrañar que su segundo álbum, Aerolíneas Makiza, sea considerado uno de los mejores trabajos en la historia de la doble hache en español y La rosa de los vientos, uno de los grandes himnos del rap latino. “Cuando empecé en Makiza, yo estaba metiéndome mucho con el freestyle. Ellos me invitaron a ser parte del proyecto, aunque luego me enteré de que no querían a una mujer”, revela la MC de sangre indígena que en junio alcanzó los 33 años. “Nunca fuimos muy amigos, sólo nos reunimos para llevar adelante este emprendimiento. El universo nos juntó, y en términos de personalidad siempre fuimos superdistintos. No me da pudor decirlo, pero la mayoría de las temáticas las puse yo sobre la mesa. Y es que en esa época tenía muchas preguntas en la cabeza, y Makiza fue el resultado de tantas dudas. Uno hace las cosas porque las necesita. No estaba preparada para que me fuera bien, y me abrumé. Me fui literalmente a la mierda. Me dio una depresión que no te la puedo ni explicar.”

–¿Qué te cuestionaste?

–Siempre fui una persona muy frágil, aunque me veo fuerte. Todavía no tengo la respuesta, pero el éxito es un lugar muy solitario, y sobre todo si no es tu objetivo. Cuando se formó el quiebre en Makiza estaba muy deprimida, no sabía si era realmente buena, si estaba perdida en el discurso. Me transformé en un icono, en la rapera que representaba a una generación. Y no hay nada más duro que eso porque uno se convierte en una estatua. La persona que más y mejor me acompañó en este proceso fue mi padre. A él le dije que iba a dejar el grupo y me iba a ir del país, pero me pidió que le explicara las razones. Lo hice, y me preguntó de qué iba a vivir. “De lo que sea”, le respondí. Me fui a Francia y allá trabajé desde conserje hasta de nana. Me las arreglé en términos económicos, y durante esos tres años también resolví las penas que uno tiene. Ahora lo llevo mejor de adulta.














–Considerando que la participación latina ha sido importante en la historia del rap galo, y para muestra están Jerónimo Saer, Sebastián Rocca y la actual estrella de la doble hache en ese país es la franco-argentina Keny Arkana, ¿por qué no decidiste emprender una trayectoria allá?

–Porque, como ya te dije, fui nada más que a resolver mis penas...

–¿Cómo te relacionás ahora con el éxito?

–Hace poco fui a Estados Unidos y todo el mundo me decía que no me hiciera expectativas porque iba a ser muy difícil. Pero a estas alturas del partido yo ya no tengo expectativas. Sólo fui a mostrar mi trabajo, y punto. Si lo acogen y lo escuchan, estupendo. Y si no, pues nada. Sin embargo, el disco fue superbién recibido, estoy agradecida. Aunque esto no podría haber pasado si no estuviera en la forma firme en la que me encuentro, porque para mí esto ya es un disfrute.

–Aparte de 1977, que especulo le gustó a Thom Yorke por su evocación a Scott Walker, de quien es gran fan, tu nuevo disco se caracteriza por la usanza de texturas oscuras que acompañan el ensimismamiento lírico. ¿Cómo elegiste las bases?

–Tengo un lado bien oscuro que no me da temor explorarlo, y muchos artistas se abocan a él en términos de tonos. Dos referentes para mí son José James y Flying Lotus (N. del. R: altamente recomendable su más reciente álbum, Cosmo-gramma). Y a mí me encanta porque es un universo donde afloran las emociones. Siempre me sentí cautivada por la tristeza, por eso me gusta tanto Violeta Parra. Es la gran princesa de la pena. Todo tiene que ver con lo que uno es y ha vivido.

Pese a que conceptualmente apuntan hacia lugares diferentes, si en algo coinciden Anita Tijoux y la española Mala Rodríguez, las dos raperas más importantes de habla hispana hoy por hoy, es en la manera de encarar el hip-hop como herramienta de expresión que hace uso privilegiado de la métrica para contar los mismos problemas que padecen los hombres. De tú a tú y sin tabúes. “Eso de la misoginia nunca me tocó”, asegura esta artesana del ritmo, proveniente de una tierra henchida de poetas y poetisas, y que suspendió el primer intento para hacer esta nota porque tuvo que ir a último momento a recoger a su hijo al colegio. “He tratado muchas veces de no poner mayor atención a lo que se merece. Lo que me interesa es seguir adelante con mi música, pues al final de cuentas eso es lo que va a dar de que hablar. Me da lo mismo si es un pene o una vagina, lo que aquí concierne es el contenido, las ganas y el amor. Obviamente, cada uno tiene su sensibilidad. En el momento en que empecé a hacer música, trabajé con puros hombres y fueron ellos los que me incitaron a dedicarme a esto. Así que no podría hablar mal del género porque mi mejor amigo es mi padre, tengo un hijo varón y mi pareja es un hombre. Creo que siempre va haber hombres y mujeres limitados. Dentro de setenta años veremos quién hizo más ruido.”

–Chile tiene la mejor escena de hip-hop de América latina, y en la Argentina están muy atentos a ella y se la respeta. No obstante, te has preocupado por conocerla. ¿Cuándo nació ese interés?

–Junto con mi padre amamos Argentina. Tenemos grandes amigos allá, y conocimos a otros argentinos en Francia, que también eran exiliados. Así que, antes que nada, hay mucho cariño involucrado. Por otra parte, mi relación con el hip-hop argentino se remonta a mucho antes de que Mustafá Yoda formara el colectivo Sudamétrica. Fue cuando tenía el grupo La Organización, con Apolo Novax. Hace 10 años viajamos un colectivo de cinco personas para conocerlos. Y es que me decía: “Tiene que haber hip-hop en la Argentina”. Hablaba con Apolo por mail, y nos gustaba la misma música. Y empezó una amistad a partir de la curiosidad por saber qué sucedía detrás de la Cordillera con nuestros hermanos argentinos. Pasó lo que pasó, nos juntamos y nos hicimos superamigos.

–Desde que asumió Piñera la presidencia, a Chile le pasó de todo. ¿Cómo está el país en este momento?

–Lo que pasa es que Chile es muy extraño. Tengo teorías raras. Siempre pensé que Estados Unidos y la dictadura lograron el objetivo, pues nos convertimos en una nación que consume una tele que no dice nada. Nos tienen embobados para que no pensemos, y el no pensar implica no luchar. Es parte de este cambio político que vivimos con Piñera. Creo que este terremoto que padecimos es también un sismo social. Chile es un país desigualitario en el cual, a partir de Pinochet, se estableció un sistema capitalista en el que estudiar y tener acceso a la salud es un lujo. Y se pretende que seamos aún más capitalistas, y obviamente eso crea una gran brecha social. Aquí sobra fuerza y gente increíble, por eso es triste vivir con esta cosa de sabor a nada. Ahora hay un revuelo mediático por un par de exiliados políticos que llegaron de Cuba, y los llevan a todos los programas de televisión. Pero en la tele nadie habla de lo que sucede en el sur con los mapuches. Así que está esa imagen de “Chile Libertador”, aunque en tu misma tierra están matando la identidad indígena. Si un país como el nuestro no está orgulloso de sus raíces, ¿qué nos espera?

Fuente: http://www.pagina12.com.ar

viernes, 17 de septiembre de 2010

ALFREDO ABALOS: REPORTAJE.






















Exponente fundamental del folklore argentino,Alfredo Ábalos cumple 50 años de trayectoria como músico y cantor.

Si bien nació en San Fernando, provincia de Buenos Aires, ha elegido a Santiago del Estero como lugar de residencia y motor de su arte, buscando expresar con su canto y su bombo legüero fidelidad a las tradiciones musicales de la provincia.

Ha grabado más de una docena de discos, en ellos se destacan canciones como No hay hombre sin muerte, Te digo, chacarera y Entre a mi pago sin golpear, entre muchísimas otras.

Como lo han descripto: "Una catarata de canto sólido, hondo y fecundo. Su voz, con los años, parece más sabia y fecunda. El canto se le escapa por los labios casi como una respiración."

En los últimos años ha llevado a las Universidades del interior su convicciones sobre la identidad y el cancionero popular argentino a través de conferencias y encuentros.

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Por Laura Melis

ARIEL PETROCELLI: Su muerte.



Toda Salta está triste y lo lloran los campesinos que aún no tienen la tierra
Murió Ariel Petrocelli, poeta y músico salteño







Una complicación intestinal apagó la vida de Ariel Petrocelli este viernes.
No fueron pocos los Salteños, que entre medio millón de personas se congregaron el último miércoles para celebrar la Fiesta del Milagro, y en una conmovedora expresión de fe, elevaron una oración para que uno de los grandes exponentes del cancionero folklórico se recuperara de la angioplastia a la que había sido sometido en esas horas. Sin embargo, una inesperada complicación intestinal apagó la vida de Ariel Petrocelli en el amanecer de este viernes.

Por Manuel Lazo


El poeta y músico salteño, había nacido en Campo Santo, una ciudad Bicentenaria de la provincia de Salta, donde se destaca el Templo de Nuestra Señora de la Candelaria y en la que todos los años se celebra el milagrito. Como maestro rural, la docencia lo llevó a Cachi y al pueblo vallisto de Seclantás, donde compuso la baguala El Seclanteño, que le abrió el camino para proyectarse al universo nacional del canto popular argentino.

Ariel Petrocelli fue un poeta comprometido por sangre y espíritu a la canción de raíz folklórica desde la que asumió con coraje una decidida militancia social poniendo en su pluma el grito de rebeldía de los obreros.

Campesino, cuando tenga la tierra, sucederá en el mundo el corazón de mi mundo. Desde atrás de todo el olvido secaré con mis lágrimas todo el horror de la lástima y por fin te veré, campesino, dueño de mirar la noche en que nos acostamos para hacer los hijos….

Cuando tenga la tierra, es una obra de Petrocelli que grabaron varios intérpretes de la música folklórica, pero que sin embargo se hizo bandera de lucha en la voz universal de Mercedes Sosa.

En los primeros versos de ese poema épico, Ariel Petrocelli declaraba implícitamente la influencia que tuvo en sus letras José Hernández: Cuando tenga la tierra, sembraré las palabras que mi padre “Martín Fierro” puso al viento…. No fue casual entonces que en la década del sesenta junto a los hermanos Gerardo y Pepe Núñez compusiera Zafra, en homenaje a los trabajadores de los cañaverales, desmitificando aquello del dulce trabajo del zafrero planteando la dura realidad de esos obreros explotados, aún hoy, por los patrones de los Ingenios azucareros: Con la estatura en el surco y con la sangre de a pié, alza su fuerza en machete, el brazo zafrero y el hombre con él….

Autor, junto a Daniel Toro de la bellísima zamba Para ir a buscarte, Ariel Petrocelli fue además una referencia fundamental para los intérpretes de la nueva generación de músicos populares. Precisamente en su último disco Radio A.M, el santiagueño Raly Barrionuevo grabó de él la Zamba del ángel.

Con la muerte de Ariel Petrocelli a los setenta y tres años de edad, el folklore argentino ha perdido a otro integrante de una generación que fundó las bases de un movimiento cuyas canciones cantó todo el país y que se extendió por el mundo.

En Salta, entre vidalas, bagualas y zamba, las guitarras y las cajas sonarán a pena por la muerte del gran compositor. Y en Campo Santo, la misma comarca del gran bandoneonísta Dino Saluzzi, en las gargantas copleras treparán sus versos premonitorios para recordarlo: Soy familiar de la muerte, tanto la cruzo en mi afán, que cuando quieran mi nombre, tendrán que buscarlo en la trama del pan….

lunes, 6 de septiembre de 2010

LUCCIANO PIZZICHINI: NIÑO PRODIGIO.



Lucciano Pizzichini, un niño de 8 años que es un genio con la guitarra.



Toca rock, blues y jazz, giró por Estados Unidos y Japón y deslumbró a capos como Santana y Scofield. Y Como buen nene, ama los dibujitos.






VÍDEO: Pizzichini y Carlos Santana

Tiene ocho añitos, pero ya toca la guitarra como muchos músicos adultos jamás lo harán. Hizo giras por Estados Unidos, actuó en Japón, deslumbró a estrellas como Carlos Santana, John Scofield y Juanes y, como no podía ser de otra manera, se convirtió en un fenómeno de visitas en la web (más de 200 mil usuarios vieron su My Space). Se llama Lucciano Pizzichini, y además de todo eso, mantiene intacto el niño que en realidad es, con un carisma y un “ángel” que sólo se consigue si viene de fábrica.

Lucciano (así con dos cc) nació en Buenos Aires, el 14 de marzo de 2000, pero su contacto con la música se remonta varios meses antes, cuando su papá Adrián le ponía música a través de la panza de su mamá. “Sobre todo le ponía Pat Metheny, un disco acústico bien tranquilo, y era un momento de relax que teníamos con la mamá”, explica Adrián. Antes de que cumpliera un año, la familia se mudó a vivir a Miami (el año pasado regresaron a Argentina).

“La primera vez que toqué una guitarra fue a los dos años y medio. Me acuerdo que mi papá me hacía estudiar con la guitarra con una cinta con seis números, y tenía que ir tocando melodías con una cuerda”, dice Lucciano en referencia al método que desarrolló especialmente su padre para que Lucchy aprenda. Claro, Adrián es músico y profesor de guitarra, específicamente.

Lucciano, obviamente, habla como un niño de 8 años que tiene que atender el teléfono para conversar con un señor que no conoce. Sin embargo, su cándida timidez al momento de responder consultas genéricas sobre sus gustos personales, contrasta con su madurez cuando habla sobre música. Y lo mismo pasa cuando se ve un video suyo: su idioma “natural” es el de la viola. Cuando improvisa con el instrumento, habla. De hecho, su padre cuenta que aprendió a leer música mucho tiempo antes que a leer palabras.

A los tres años leía piezas clásicas con el método Carcassi; a los seis años completó el primer libro de la prestigiosa y exigente escuela de música de Berklee (actualmente va por el tercer tomo) ; y ya maneja de modo natural e instintivo las teorías de armonización y las distintas escalas. “Sus libros, a mí me cuestan horrores”, confiesa su papá.

La primera canción. “La primera que aprendí fue La pantera rosa. Y después pasó un tiempo, empezamos a tocar en vivo y también aprendimos a tocar algunos covers, hasta que salió una canción original mía”, comenta relajado con la misma vocecita con la cual canta temas de Creedence o los Beatles.

“Empecé tocando con una guitarra clásica hasta que pasaron los años y ahora tengo bastantes”. A muchas les puso un calcomanía de Bob Esponja.

–Te vi tocar con una eléctrica y también con una electroacústica. ¿Con cuál te gusta más?
–Con la eléctrica, porque tiene más sonido, mucho swing.

–¿Y cuál es el estilo que más te gusta tocar?
–Me gusta mucho tocar blues, es lo más divertido.

–¿Y tus ídolos en la guitarra?
–Me gusta mucho John Scofield, los Beatles y me encantan los cuatro como solistas, Creedence, Stevie Ray Vaughan, Pat Metheny, también estoy escuchando un poco de Steve Vai. En español, lo que más me gusta es Spinetta.

–A algunos de esos los pudiste conocer personalmente...
–A Scofield lo conocí. Tocamos un blues... el ni lo sabía y igual lo tocó re bien, metía muchos acordes que sonaron recontra bien.

–También lo dejaste helado a Carlos Santana cuanto tocaste para él.
–Ah, sí... me dio una bendición, me dijo que Dios está a través de mis manos.

Disco propio. El desafío de Lucchy hoy es terminar su primer disco. “Lo estoy haciendo con temas míos en estudios de amigos y en mi casa. Tengo un tema llamado The Lady”.

–¿Y cómo se te ocurren las canciones?
–A veces cuando juego con los juguetes o ¡por la vida! je.

Adrián explicar que su hijo siempre está tarareando melodías que inventa, y que él lo graba mientras juega y después se las hace escuchar para ponerle música con su guitarra. “Todo de modo natural, de la forma en que él se toma todo esto”, dice Adrián, y afirma que Lucciano toca una o dos horas por día, “cuando tiene ganas, aunque no pasa un día sin que agarre la guitarra”.

Ahora, incluso, tiene muchas violas para elegir: la reconocida marca de instrumentos Gibson (junto con Fender, la marca de guitarras más famosa del mundo) lo esponsorea y está desarrollando un modelo especial para él.

Antes de cortar, Lucchy cuenta que le gusta jugar a la pelota, al tenis, que es buen nadador –“es verdad, je”, asiente– y que sus compañeros de colegio “sienten algo lindo” por la forma en que toca la guitarra. A veces también juega a la Play Station: “Tengo el Guitar Hero, terminé el nivel ‘easy’ (fácil) pero después no paso más porque es muy difícil. No es como tocar la guitarra en verdad”.

–Seguro que ya sabés qué querés ser cuando seas grande...


–Sí, cuándo sea grande quiero ser un gigante súper guitar hero.

LUCCIANO PIZZICHINI

Por: Sandra Palacios

En el cuerpo de su preciada guitarra Gibson, Lucciano Pizzichini tiene adherido un gracioso sticker de Bob Esponja, su caricatura favorita; además de dormir la siesta todos los días al mediodía, jugar fútbol con sus amigos y hacer las cosas normales de un pequeño, Lucci, con tan solo 8 años, ya interpreta con propiedad temas de leyendas del rock como Jimi Hendrix, Carlos Santana o George Benson, y estudia muy aplicadamente el método de música de Berklee.

Este pequeño gran talento argentino llegó a Miami con sólo 11 meses de nacido; su padre Adrián, guitarrista, y su mamá, Sandra, soñaban, desde que Lucci estaba en el vientre, con verlo tocar la guitarra, pero tal vez nunca imaginaron el virtuosismo y el talento con el que su hijo los iba a sorprender, a ellos y a todo el mundo.

Para muchos en Miami, Lucciano es ese niñito que sale con su guitarra y su amplificador a animar las calles de Lincoln Rd. y Ocean Dr.; para otros, es el niño prodigio de la guitarra que ha conmocionado la internet con sus páginas en My Space y Facebook, con miles de fans que desde ya le siguen los pasos.

Lo cierto es que Lucciano, quien ya ha aparecido en decenas de programas de televisión, como cuando tocó para Carlos Santana, o cuando interpretó con Juanes uno de sus éxitos en vivo para una cadena internacional, asegura que no hay otra cosa en el mundo que quiera ser cuando grande, sino un guitarrista profesional.

''Empecé a tocar a los 2 años y medio'', dice el pequeño. ``Mi papá me regaló la primera guitarra y me comenzó a enseñar a interpretarla con una sola cuerda; luego dos y así sucesivamente; ya sé leer música y practico todos los días. Cuando crezca no me imagino haciendo otra cosa que no sea tocar la guitarra; me encanta interpretar canciones de los Beatles o los Rolling Stones''.

''De tocar para Santana lo que más me emocionó fue cuando al final se acercó en privado, puso su mano sobre mi hombro y me dio su bendición'', agrega Lucciano.

Su padre, un profesor de música consagrado, se ha dedicado a tiempo completo a cultivar el gran talento de Lucci.

''Lo más importante es enseñarle con mucho amor y buena onda'', explica. ``Para nosotros la música es un juego y lo disfrutamos mucho. Así mismo, el día que está cansado y no quiere tocar nosotros se lo respetamos; él maneja su espacio y su tiempo, pero eso sí, le gusta mucho estudiar''.

De los tres libros que se requiere para cursar el método de aprendizaje de Berklee, Lucciano ya va por el segundo leído, y de esa manera ya interpreta partituras que muchos adultos todavía no logran leer.

Actualmente, Pizzichini es el talento más joven patrocinado alguna vez por las legendarias guitarras Gibson, los que desde ya aguardan pendientes cada uno de los pasos del pequeño, quien este verano emprendió su primera gira por América.

''Vamos a irnos de tour en nuestro Luccimóvil, por todo Estados Unidos'', dice Lucciano con la propiedad de un profesional de la música, pero con la ternura propia de un niño.

''¡Pero primero voy a ir a conocer a Mickey Mouse en Disney!'', agrega emocionado el argentino. La gira que tomará todo el verano, llevará a Lucci por ciudades como Los Angeles, en donde planea grabar algunos temas con el cantante Beto Cuevas, además de Nueva York, en donde se presentará en vivo en diferentes lugares, y también Washington, en donde tiene programadas una serie de presentaciones en la embajada argentina.





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jueves, 2 de septiembre de 2010

McCoy Tyner en Buenos Aires: “El jazz siempre debe evolucionar”


02/09/10





El pianista es uno de los más influyentes en el último medio siglo del género y fue parte esencial del fabuloso cuarteto de John Coltrane que grabó A Love Supreme.



Por Diego Fischerman

La frase publicitaria parece casi inevitable: “El pianista de John Coltrane”. Y pocas veces el trazo grueso y la apelación a lo más visible resultan tan injustos como en el caso de McCoy Tyner, junto a Bill Evans el pianista más influyente del último medio siglo del jazz. Y es que si bien es cierto que integró el cuarteto de Coltrane entre 1960 y 1965, también lo es que ese grupo fue lo que fue en gran medida gracias a él. “Tocar con John (Coltrane) fue una de las grandes experiencias de mi vida”, dice el pianista, nacido en Filadelfia en diciembre de 1938. Juega, claro, entre Trane, el apelativo del saxofonista, y el parecido fonético con “train”. Y habla de un viaje. “Sabíamos de dónde partíamos y, a veces, adónde deberíamos llegar. Lo demás era una aventura.”

Su manera de formar y encadenar acordes fue seguida por cada pianista nuevo que surgía en el jazz. Varios de sus discos están entre los mejores del jazz de todos los tiempos y una lista muy breve no podría dejar de incluir The Real McCoy, de 1967, con Joe Henderson, Ron Carter y Elvin Jones; Together, de 1978, con Freddie Hubbard, Hubert Laws, Bennie Maupin, Bobby Hutcherson, Stanley Clarke y Bill Summers; el exquisito Supertios, de un año antes, con Ron Carter y Tony Wiliams y con Eddie Gomez y Jack De Johnette; o, más cerca, It’s About Time, con Jackie McLean, de 1996; o el notable Guitars, de 2008, con guitarristas invitados como Carlos Santana, John Scofield y John Abercrombie. Y, es claro, discos en los que toca con Coltrane, como Transition, A Love Supreme o Quartet Plays, que ocupan un lugar en la historia por derecho propio. El estilo de Tyner, como el de Evans o el de Thelonious Monk, no ha cambiado demasiado: sigue teniendo la misma originalidad que cuando era un adolescente y empezó a tocar con el fantástico Jazztet de Benny Golson y Art Farmer.

Hoy, Tyner volverá a actuar en Buenos Aires, después de dieciséis años, y lo hará con un grupo excepcional: Eric Gravatt en batería, Gerald Cannon en contrabajo y, como invitado, Gary Bartz en saxo. El concierto será en el Gran Rex y contará con la actuación, también, de la excelente pianista y compositora argentina Paula Schocrón, que junto al saxofonista Pablo Puntoriero presentarán parte de su nuevo disco, El enigma. “El jazz es una forma de arte progresiva”, reflexiona el músico norteamericano. “Por su propia naturaleza, debe cambiar y progresar o dejará de ser jazz. Creo que mi personalidad cuadra bien con este género, porque no me gusta quedarme sentado mucho tiempo en el mismo lugar. Siempre estoy pensando en lo que viene después de mañana y en qué nuevo proyecto será el próximo. Para ser relevante, el jazz debe evolucionar, como siempre lo ha hecho. Y para que lo que uno hace dentro del jazz sea relevante sucede exactamente lo mismo.”

Tyner, en efecto, hizo desde discos con big band –entre ellos The Turning Point, de 1991, con arreglos suyos, de Slide Hampton, Howard Johnson y Steve Turre–, grabaciones solistas –Revelations y Soliloquy– y fue uno de los que motorizó una suerte de reafricanización del jazz, entre fines de los ’60 y comienzos de los ’70, con varios álbumes extraordinarios, en los que tocaban músicos como Woody Shaw, Wayne Shorter y Bartz, el saxofonista que lo acompaña en esta visita: Expansions, Cosmos, Extensions y Asante. También grabó en cuarteto con Sonny Rollins, dúos con Stéphane Grappelli o Jackie McLean, o en quinteto con David Murray y Arthur Blythe. En 2007 grabó McCoy Tyner Quartet, junto a Joe Lovano, Christian McBride y Jeff Tain Watts, y el año pasado publicó Solo: Live from San Francisco.

“Se habla de Coltrane como saxofonista, e indudablemente fue un grande en ese instrumento”, comenta el pianista. “Pero no se tiene en cuenta su importancia como compositor y como verdadero maestro de la armonía. Su concepto armónico puede escucharse en grabaciones como A Love Supreme, por ejemplo. Para mí fue siempre como un hermano mayor, que me cuidó muchísimo cuando entré al grupo. La conexión entre la sección rítmica era sumamente fuerte y había una gran comunicación entre todos nosotros mientras tocábamos. John era un gran líder y realmente lograba sacar lo mejor de cada uno de nosotros.” Para Tyner, un grupo es, necesariamente, más que un conjunto de individualidades. Y se siente orgulloso de los compañeros con los que llega a Buenos Aires. “Tuve la fortuna de tocar con grandes músicos. Con grandes artistas. Y eso a uno le enseña, porque el piano es como una orquesta, uno siente que puede hacer todo con él. Pero cuando se toca con creadores, se percibe que lo que uno hace se completa, se enriquece con lo que hacen los demás. Y este grupo, con el agregado de un viejo compañero como Bartz, es de esos en que todo se transforma y toma otra vida cuando transita entre uno y otro músico. Nada sería igual si no estuvieran ellos.”





"Me gusta tocar para públicos distintos"



Entrevista El ex pianista de John Coltrane Hoy toca en el Gran Rex. Cómo vive uno de los más grandes músicos de jazz vivos a los 71 años.









Por Sandra De La Fuente



Esta noche, después de 16 años, McCoy Tyner vuelve a tocar en Buenos Aires. El legendario pianista, definido como el león rugiente del jazz por su gran sonido y su fuerza percusiva, se presentará en el Gran Rex, con su trío que completan Gerald Cannon en contrabajo y Eric Kamau Gravat en batería y al que, en una suerte de evocación coltraneana, se sumará el saxo solista de Gary Bartz.

McCoy Tyner fue el gran pianista de John Coltrane. Se conocieron cuando Tyner tenía 17 años y todavía vivía en Filadelfia, donde había aprendido el instrumento gracias al incentivo de una madre apasionada por la música y la buena influencia de sus vecinos Bud y Richie Powell.

La noche de ese histórico encuentro, Tyner tocaba en el Red Rooster y Coltrane disfrutaba de unos días de descanso entre sus extenuantes sesiones con Miles. El sonido de McCoy no le pasó inadvertido. Coltrane no era todavía una gran referencia para el mundo del jazz, y McCoy fue el estímulo que necesitaba para dar su primer gran paso con una formación propia. En ese tiempo, McCoy tocaba con Art Farmer, pero apenas Coltrane abandonó el grupo de Miles, entendió que una nueva historia podía comenzar también para él. Todavía hoy Tyner habla de Coltrane como “su hermano mayor” y considera su música como “algo transformador y único que aún tiene mucho que mostrar, que merece seguir sonando” y sobre la que, por esa misma razón, improvisa una y otra vez.

Y lo mejor de Coltrane vino acompañado por el piano de Tyner: Africa Brass , Impressions , My Favorite Things y su exquisito A Love Supreme (65). Las innovaciones rítmicas de Tyner –muchas veces se denominó a sí mismo “percusionista frustrado”- y sus nuevos colores armónicos marcaron un punto de inflexión en la historia del jazz. Tyner no entiende el instrumento como un campo de pruebas sino más bien como la extensión de la propia personalidad. “Al principio, el piano es algo ajeno. Cuesta hacer una relación con él. Con el tiempo, se vuelve una extensión del propio cuerpo, y ya no puedes hacer con él nada muy diferente de lo que realmente sos”.

La revolución de McCoy fue progresiva: la serena comprensión y asimilación de un mundo nuevo o exploración de su propia tradición –el movimiento africanista lo tuvo de epicentro-. Ese modo de entender los cambios, marca un notable contrapunto con las fugas hacia el futuro y líneas plagadas de aristas que trazó la historia del impetuoso e inconformista Miles Davis.

Los tiempos en que McCoy ganaba presencia coincidieron con aquellos en los que Miles comenzaba a sentirse incómodo con ese papel de animador al que creía que los intelectuales blancos habían relegado a los músicos de la comunidad negra. La música de Miles aceleraba su salida del puro divertimento de salón, se volvía áspera mientras se apartaba de la tradición. Tal vez por eso, no era fácil para Miles encuadrar el estilo de Tyner. En su libro Miles y yo , Quincy Troupe, punzante -y seguramente conociendo por anticipado el juicio de Miles-, le exige una valoración pública sobre el sonido de McCoy Tyner. “Lo único que hace es aporrear el piano”, demuele Miles después de algunas reticencias. “Nunca ha tocado y nunca lo hará. Es un buen tipo, pero aunque le fuera la vida en ello, nunca podría tocar el piano”.

Tal vez ese juicio no haya influido en músicos y melómanos. De todas formas, tras su salida del cuarteto de Coltrane, en 1965, y la formación de su propio trío, Tyner tuvo que poner a prueba su tenacidad para tolerar las críticas.Recién con Sahara , su disco de 1972, apareció la llave que le abrió las puertas del mundo, que todavía quiere escucharlo en vivo y al que hoy, con 71 años, se entrega generosamente.

Sus giras son agotadoras y numerosas. Sin embargo, en un impasse que le deja un Festival de Jazz en la tórrida Mallorca, consigue responder algunas preguntas.

No es fácil encontrar un momento para entrevistarlo. Vive en Nueva York, pero viaja mucho. ¿No es así?

Sí, toco todo lo que puedo. Me gusta conocer lugares, tocar para distintos públicos, conocer gente, culturas, conversar…

¿Y consigue alguna vez estar en su casa, disfrutar de hacer nada, escuchar música o ir al cine?

A veces voy al cine. Eso ya es mucho para mí. Me gusta el cine y disfruto cuando actúa Danny Glover. Es un gran tipo, lo conozco personalmente, y le encanta la música.

¿Hay diferencias entre esas actuaciones tan libres, por los diferentes teatros del mundo, y un álbum pautado en el estudio? ¿Cómo se siente cuando finalmente entra en un estudio a grabar?

Sí, claro que hay diferencias. Cuando grabo quiero que las cosas queden muy bien, que el trabajo quede bien acabado. Pero también me gusta tocar en un club hasta cualquier hora, sin preocuparme demasiado por el paso del tiempo.

¿Toca en su casa?

Hace tiempo que no tengo piano en casa. Antes, cuando vivía en una casa más grande y criaba hijos, había espacio para un piano grande. Pero ahora no necesito tanto espacio, así que vivo en un lugar más pequeño. Tengo un teclado eléctrico, pero lo uso para componer. Cuando quiero tocar me voy hasta la casa Steinway, allí me prestan un piano. Después de todo, también venden pianos gracias a mí.

Entre los mas influyentes


Por Ernesto Jodos. Pianista Argentino

McCoy Tyner es uno de los grandes pianistas de jazz de la historia. Definitivamente está entre los mas influyentes surgidos en la década del ’60.

Es increíble escuchar cómo su concepción de lo que puede hacer el instrumento dentro de un grupo de jazz es a la vez tan única, tan personal, y al mismo tiempo tan flexible.

Cuando pienso en él (y es muy a menudo), se me vienen a la cabeza esos discos hermosos de principios de los sesenta: sus tríos para el sello Impulse!. Increíbles grabaciones muy cercanas al lenguaje del be-bop, pero con muchas muestras de un vocabulario personal e innovador.

Escuchando estas grabaciones, mas de una persona puede no creer que en el mismo momento Tyner era miembro de una de las mejores secciones rítmicas de todos los tiempos, la del cuarteto clásico de John Coltrane. Obviamente, con una escucha más profunda, es clarísimo que estamos ante la misma persona. Toda la energía que está desplegada en ese cuarteto lleno de intensidad rítmica está también presente en sus tríos.

Su gran capacidad para liderar una banda tanto desde los solos como desde el acompañamiento son algunos de los rasgos sorprendentes de él: siempre dentro del mas profundo “groove”, siempre haciendo que la música fluya tanto armónicamente como rítmicamente, y siempre escuchando a los demás músicos frase a frase.

Esto sumado a las innovaciones rítmicas y armónicas que trajo al jazz son las principales razones por las que podemos escucharlo en los mejores discos de solistas tan diferentes como Wayne Shorter, Joe Henderson y Bobby Hutcherson.

Seguramente será un placer escucharlo en nuestra ciudad, y poder vivir de cerca toda esa energía y esa música que aparece cada vez que él toca.

No sólo un pianista percusivo

Por Pablo Schanton


Hay una sección insoslayable en “Sahara” (1972) de McCoy Tyner: el paso de “A Prayer for My Family” a “Valley of Life”, que parecen piezas menores, pero no lo son. El tintineo impresionista de la primera, que en su máximo de martilleo salpica de tan móvil y acuática, le da lugar a la otra, donde Tyner elige el koto para una complejidad caleidoscópica que recuerda a Alice Coltrane. Las críticas de Davis a este pianista “percusivo” dejan de lado esa sensibilidad tímbrica y étnica, también aprendida de Coltrane.



miércoles, 1 de septiembre de 2010

Yuri Shevchuk: La estrella de rock que no le teme al Kremlin.





"La única forma de avanzar es hacer que todos sean iguales ante la ley" dice , que pasó los últimos treinta años cantando en contra de los regímenes rusos.











El artista, hoy, denuncia al gobierno de Vladimir Putin en recitales multitudinarios y critica abiertamente a otros músicos, a los que acusa de vendidos.

Por: Por Michael Schwirtz

Yuri Shevchuk nunca se sintió muy inclinado a reverenciar a los gobernantes rusos, ya se tratara de zares, secretarios generales o presidentes. Shevchuk, una estrella de rock de anteojos y con algunas canas, pasó buena parte de los últimos treinta años gritando ante un micrófono en un intento, dice, de despertar en sus compatriotas la pasión por alejarse de una larga historia de doblegarse ante autoridades con mano de hierro.

En estos días, Shevchuk, que tiene cincuenta y tres años, sigue siendo una voz gutural de desafío, tal como lo era cuando empezó a enfrentar a los censores soviéticos al organizar conciertos secretos en departamentos de toda Rusia a principios de los años 80.

Pero ahora denuncia al gobierno de Vladimir Putin en recitales multitudinarios y critica abiertamente a otros músicos, a los que acusa de vendidos.

En junio, llevó su prédica a la práctica y asombró a los rusos al pronunciar un discurso improvisado contra los abusos oficiales durante una reunión con Putin.

Condenó el abuso de poder, las restricciones a la libertad de expresión y a los "ricos privilegiados".

"La única forma de avanzar es hacer que todos sean iguales ante la ley", dijo.

Putin respondió defendiendo a la policía, pero también el derecho de la gente a manifestarse contra el gobierno.

La confrontación se transmitió en la televisión que controla el gobierno y el video se subió al sitio web de Putin.

En su estudio de grabación de San Petersburgo, Shevchuk habló de una separación de mil años entre la elite rusa y todos los demás.

Putin, el líder de Rusia, y el presidente del país, Dmitri A. Medvédev, no son más que la última encarnación de la autoridad distante y desarticulada que paraliza al país, dijo Shevchuk.

En un primer momento, el rock le resultó atractivo como forma de escapar de la ciénaga que era la Rusia soviética de los años 70, la era del estancamiento de Brezhnev.

"El sonido de la guitarra eléctrica liberó a nuestra generación de la oscuridad y la esclavitud", afirmó. "Buscábamos a los Beatles, los Rolling Stones, Jethro Tull, Led Zeppelin y Van Morrison, y nos sentíamos agradecidos por cada tema porque era algo nuevo.

Era la energía de los tiempos modernos." En 1980 fundó DDT, una banda que se convirtió en el pilar del rock de la era de la perestroika en San Petersburgo, si bien no realizó su primer recital público hasta 1987, cuando Mijail S. Gorbachov empezó a flexibilizar las absurdas restricciones soviéticas.

Junto con las nuevas libertades, a los rusos les llegaron el derrumbe económico, una corrupción generalizada y la delincuencia, dos guerras en la región separatista de Chechenia, en el sur, y una serie de atentados terroristas producto de esos conflictos. El caos llevó al ascenso de Putin.

Shevchuk y otros músicos describen una suerte de censura suave a los intérpretes que acompañó el ascenso de Putin al poder, algo que continúa durante la gestión del presidente Medvédev. Shevchuk señaló que su inconformismo le resulta caro. Si bien sigue teniendo muchos fans, sus recitales rara vez se televisan. Acusa a las radios de censurar sus temas: un tema reciente que dice "Cuando se acabe el petróleo, el presidente morirá" casi nunca se pasa.

Shevchuk podrá ser muy popular, pero Putin es la mayor celebridad de Rusia y las críticas no parecen desgastar el apoyo del que goza.

Shevchuk admitió que su influencia y la de otros músicos ha disminuido desde los días de la perestroika. Su último proyecto, que será el primer disco importante de DDT en cinco años, plasmará parte de esa frustración. En cuanto al título, lo determinará lo que pase en Rusia.

"El título tentativo es 'Antes de la inundación'", dijo. "Pero ahora estoy considerando otro: 'Mañana va a ser diferente'. Son iguales, pero en el segundo hay más esperanza."