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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Una exposición rinde tributo a Jimi Hendrix en el 40 aniversario de su muerte

CHAQUETA. Un monitor muestra un video del guitarrista junto a su distintiva chaqueta naranja, en la exposición del Museo Händel.



El objeto estrella de la exhibición londinense es la guitarra "Gibson Flying V", fabricada por encargo de Hendrix en 1969 y apodada por él "flying angel".

Cuarenta años después de su muerte en extrañas circunstancias, una exposición rinde homenaje a Jimi Hendrix en el número 23 de Brook Street, ático del barrio londinense de Mayfair, donde el músico se instaló en 1968 junto a su novia Kathy Etchingham y vivió una prolífica etapa artística.

"Este es mi hogar verdadero", dijo de este lugar uno de los mejores guitarristas de todos los tiempos, sin saber que, tres siglos antes, el edificio contiguo fue el hogar de otra leyenda de la música, el compositor alemán Friederich Händel. Ese edificio es ahora el Museo Händel y el lugar elegido para la exposición sobre Hendrix, entre el 24 de agosto y el 7 de noviembre. Hendrix descubrió enseguida que el creador de El Mesías había habitado el edificio contiguo durante 36 años, hasta su muerte en 1759, y la reacción de la leyenda del rock, convencido de que tal coincidencia no podía ser casual, fue a comprarse todas las grabaciones disponibles del maestro barroco.

Entre las piezas insólitas que se exhiben en la exposición están la chaqueta de terciopelo naranja que el músico utilizó como talismán en tantos conciertos, el manuscrito de su puño y letra del tema Love or confusion y el sombrero westerner que lució en la portada, en la filmación y en la presentación en directo del Smash Hits (1968), la recopilación de grandes éxitos del músico.

El objeto estrella de la exhibición es la guitarra Gibson Flying V, fabricada por encargo de Hendrix en 1969 -apodada por él flying angel (ángel volador)- y con la que tocó en el legendario festival de música de la Isla de Wight en agosto de 1970, apenas un mes antes de su muerte, el 18 de septiembre, ahogado en su propio vómito por mezclar alcohol y pastillas en un hotel de Notting Hill.

La historia de un mito
Nacido en 1942 en Seattle (EEUU) -la misma ciudad que vio nacer el movimiento musical grunge, surgido a principios de los noventa y auspiciado por bandas como Nirvana o Pearl Jam-, Hendrix tuvo como primer instrumento un viejo ukelele de una sola cuerda que su padre encontró en el garaje. Tras la muerte de su madre, cuando tenía 16 años, su padre le regaló su primera guitarra, una acústica, y un año después Hendrix consiguió una eléctrica que aprendió a tocar imitando a sus ídolos musicales del momento: Chuck Berry, Muddy Waters o Albert King.

En 1962, tras un breve paso por el Ejército estadounidense para eludir la cárcel, comenzó su andadura musical profesional con bandas como Upsetters, que era el soporte musical de su admirado Little Richard, Ike and Tina Turner, Curtis Knight and the Squires o Spirit, conjunto fundado por Hendrix junto a Ed Cassidy. El golpe de suerte de su carrera vino de la mano de Linda Keith, que era entonces novia del "rolling" Keith Richard, otro gran guitarrista de la historia del rock.

Fue Linda quien presentó en 1966 a Hendrix y Chas Chandler, bajista del grupo Animals que quería abandonar su grupo para trabajar como productor musical, perfecto caldo de cultivo para la gestación de The Jimi Hendrix Experience, banda que catapultó al guitarrista al estrellato. Junto con el batería Mitch Mitchel y el guitarra relegado a bajo Noel Redding, Hendrix grabó tres discos de estudio que conjugaron lo mejor del rock and roll y el blues con innovaciones del rock ácido y psicodélico que comenzaba a ponerse de moda en la escena del Swing London de la década de 1960.

Los problemas de Hendrix con Chandler, con el que no compartía su manera de concebir el proceso de grabación, y con Redding, acomplejado como guitarrista al verse obligado a tocar el bajo, acabaron con la banda, que ofreció dos últimos conciertos épicos de despedida en el Royal Albert Hall de Londres, en febrero de 1969. Épica fue también la actuación de Hendrix en el festival de Woodstock del verano del 69, convertido en símbolo del pacifismo y el movimiento hippy, donde el guitarrista deleitó con dos horas de concierto y sorprendió a los asistentes con la transfiguración guitarrística del Star-Spangled Banner, himno de Estados Unidos.


Fuente: La Vanguardia.

MURIO GEORGE DAVID WEISS COMPOSITOR DE WHAT A WONDERFUL WORLD.


El estadounidense, de 89 años, también fue el autor de canciones tan populares como "Can´t Help Falling in Love" o "Tha Lion Sleeps Tonight".




INMORTAL. Un video de "What a Wonderful World" por Louis Amstrong.



El estadounidense George David Weiss, quien compuso algunas de las canciones más famosas del siglo XX, como What a Wonderful World, inmortalizada por Louis Armstrong, o Can't Help Falling in Love, que cantó Elvis Presley, murió a los 89 años, según dijo su esposa al diario The New York Times de hoy.

Weiss murió en su casa en Oldwick, en el estado norteamericano de Nueva Jersey. Nacido en Nueva York en 1921, también compuso la música de varios musicales de Broadway. El más famoso de ellos fue Mr. Wonderful, en el que actuó Sammy Davis Jr.

Una de sus primeras canciones, Oh! What It Seemed to Be, de 1948, fue grabada por Frank Sinatra, que quedó fascinada con ella la primera vez que la escuchó. Weiss también compuso The Lion Sleeps Tonight para la banda Tokens, una versión de una canción popular sudafricana.

Como presidente de la Asociación de Compositores, Weiss luchó durante años por la defensa de los derechos de autor. En 1984 su nombre fue incorporado al Songwriters Hall of Fame (Salón de la Fama de los Compositores).


Fuente: DPA.

"A Day in the Life" es la mejor canción de los Beatles, según Rolling Stone.


A cuarenta años de la edición de "Let it be", último disco de la banda británica, la revista estadounidense organizó un ranking especial.

ELEGIDO. El video del tema, incluido en el disco "Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band" de 1967.


La revista Rolling Stone ha elegido "A Day in the Life", compuesta por John Lennon y Paul McCartney, como la mejor canción de la banda británica The Beatles entre una lista de cien temas en la que la siguen temas tan conocidos como "I Want to Hold Your Hand" y "Strawberry Fields Forever".

Esas canciones ocupan los tres primeros puestos de un ránking elaborado para una edición de coleccionista con la que esta publicación quiere celebrar el 40 aniversario de la edición del último disco del grupo, "Let It Be" (1970).

Los diez primeros puestos pueden consultarse hoy en la página web de la publicación estadounidense.

El músico británico Elvis Costello es el encargado de escribir la introducción de la revista dedicada al "mejor grupo de todos los tiempos", según Rolling Stone.

En su introducción, Costello destaca la evolución que la banda experimentó en sus diez años de existencia (1960-1970).

Lennon, McCartney y (George) Harrison tenían una sensacional calidad como compositores y entonces empezaron a crecer de verdad", señala Costello en su texto, donde asegura que la banda pasó de escribir "letras sencillas de amor a historias adultas, como
'Norwegian Wood', que hablan de la cara agridulce del amor".

El músico subraya así que los cuatro de Liverpool -Lennon, McCartney, Harrison y Ringo Starr- crearon temas que hablaban "de ideas más importantes de las que cabría esperar de un grupo de pop pegadizo", por lo que se aseguraron un lugar en la historia de la
música.

La revista define a la canción líder de la lista, "A Day in the Life", incluida en "Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band" (1967), como "la mejor colaboración" entre Lennon y McCartney, pese a que no uera reconocida "como la obra maestra de la banda hasta los años ochenta".

Tras ella, se sitúan "I Want to Hold Your Hand", la primera canción que muchos estadounidenses escucharon de la banda, y "Strawberry Fields Forever", en la que Lennon rememora su infancia, así como el conocido "Yesterday", tema que Rolling Stone asegura que es el más versionado de la historia, y el titulado "In My Life".

Completan las diez primeras posiciones del listado de la revista: "Something", "Hey Jude", "Let It Be", "Come Together" y "While MyGuitar Gently Weeps".

Pese a estar el ránking dominado por canciones firmadas por Lennon y McCartney, dos de los diez mejores temas de The Beatles -"Something" y "While My Guitar Gently Weeps"- fueron compuestos por Harrison.


Fuente: EFE.

Compositores Argentinos: Un magma en movimiento




Desde hace al menos tres generaciones, los compositores contemporáneos argentinos han forjado una rica trama, que persiste en tenso equilibrio.







Por: Martín Liut


El siglo XX nos dejó una buena noticia: los compositores argentinos por fin tenemos padres a quienes matar. No es que no haya habido más ancestros, pero nuestros padres prefirieron intentar discutir en la mesa de los creadores "universales" antes que con los parientes directos. Tal vez fue un problema de escala. En literatura, la dimensión de Borges fue tal que el problema para un escritor aún hoy es qué hacer con semejante herencia. En la música, en términos cronológicos, tuvimos a Alberto Ginastera (1916-1983), como mejor aunque tardío exponente de la escuela nacional, y a Juan Carlos Paz (1897-1971), como pionero del vanguardismo modernista y universal. Ellos vendrían a ser nuestros abuelos; citados como referencias, pero cuyas músicas no han sido discutidas más que tangencialmente. Luego de ellos tenemos a tres referentes que dominaron la escena local desde la época del Instituto Di Tella: Francisco Kröpfl (1931), Gerardo Gandini (1936) y Mariano Etkin (1943). Ellos serían nuestros padres, a los que se les sumó, no hace mucho, el "reargentinizado" Mauricio Kagel (1931-2008). Por presencia y por ausencia (Kagel se radicó en Alemania en 1958) ellos escribieron la historia de las últimas cuatro décadas del siglo pasado.

En verdad, aunque no se haya cometido efectivamente este parricidio artístico, la música actual está recorriendo nuevos caminos. De hecho, estamos en tiempo de reconocimiento a lo actuado por ellos, como lo prueban los merecidos conciertos-homenaje profesados en los últimos 5 años. Pero existe claramente una discusión, expresada principalmente a través de nuevas composiciones, sobre otros posibles modos en los cuales pensar la creación musical del presente. Esto no es una novedad en la historia del arte, pero sí en la de la música contemporánea argentina.

¿Qué ocurrió con los abuelos? En el caso de Paz, la paradoja es mayúscula: mientras sus libros sobre la música del siglo XX y su autobiografía fueron publicados por editoriales comerciales, sólo hay un CD con sus composiciones, editado por el Fondo Nacional de las Artes. Sus principales discípulos lo citan, pero casi no lo analizan, tocan o escuchan. Su mérito fue su discurso ético, imbuido del modernismo cosmopolita que caracterizó a buena parte de la cultura porteña a partir de la década de 1920. Y la inserción en el medio local de la línea germana de la nueva música (Paz fue el primer compositor de América del Sur en usar el método dodecafónico de Arnold Schönberg). En cuanto a Ginastera, si bien su música circula fluidamente entre intérpretes (argentinos y extranjeros) no lo hace entre los compositores, incluidos varios de sus más destacados alumnos. Probablemente hay quien se haya visto incómodo, tanto con su nacionalismo extemporáneo de los años 40 y 50, como con su vanguardismo eclecticista y tardío de los años 60, justamente en la década en la que fundó el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales (CLAEM) en el mítico Instituto Di Tella.

En el Di Tella se consolidaron o constituyeron las historias de Kröpfl, Gandini y Etkin. La diferencia generacional entre ellos se tradujo en los lugares que ocuparon en la institución de vanguardia financiada por la Rockefeller Foundation. Kröpfl, pionero de la música electroacústica en América Latina y discípulo de Paz, quedó a cargo del fantástico laboratorio electrónico del CLAEM primero y luego de la institución misma a partir de 1968 hasta su cierre en 1971. Gerardo Gandini fue ayudante de su maestro Ginastera y luego principal artífice de los Festivales de Música anuales del CLAEM y de los cursos. Por último, Mariano Etkin pasó por el Di Tella en calidad de privilegiado becario y terminó de configurar su estética a partir de su contacto directo con compositores norteamericanos como John Cage y Earle Brown. Si ubicamos a Gandini en el campo de la intertextualidad, vemos que estos tres padres representan ideas contrastantes sobre la música contemporánea.

La mirada de los otros

Como corolario exitoso de la experiencia del Di Tella, ellos fueron formadores de varias generaciones de compositores que han hecho obra propia, no sólo en el país sino en todo el mundo (la Argentina exporta tantos compositores como futbolistas). Tuvieron a su cargo instituciones centrales para el campo, como el Centro de Experimentación del Teatro Colón (Gandini), el Laboratorio Electroacústico del Centro Cultural Recoleta (Kröpfl) y la docencia universitaria (los tres, pero en mayor medida, y hasta la fecha en la UNLP, Etkin).

A la vez, y en parte debido a la problemática relación de la música contemporánea con su público hubo una especie de tutela sobredimensionada de los maestros. De este modo, el horizonte de lo posible estuvo signado por el alcance de sus respectivas miradas. Dos ejemplos, entre muchos.

Osvaldo Golijov (1960), cuya centralidad en la escena musical contemporánea estadounidense es innegable, fue discípulo de Gandini. Pero Gandini lo señala como el ejemplo de lo que no hay que hacer. Sin embargo, y mirando con algo de distancia, el eclecticismo radical y sin metáfora de la música de Golijov es fruto de las ideas del Museo imaginario de la música de Gandini. Pero, claro, poner en un mismo escenario a una cantante lírica con un cantaor flamenco, como hizo en su ópera Ainadamar, es un imposible para Gandini. A Golijov le cabe cierta idea de que es la distancia un modo de escapar a la mirada del maestro.

Otro ejemplo es la mirada restrictiva de Etkin respecto de los intérpretes de nuevas músicas. Hay en Etkin una desconfianza automática respecto del intérprete, que probablemente responda a un momento histórico hoy superado. Me refiero a la resistencia hacia lo nuevo de una generación de instrumentistas argentinos de la segunda mitad del siglo XX en la Argentina. Con honrosas excepciones (la continuada labor de los solistas de Música Contemporánea, que dirige Andrés Spiller en la Asociación Pestalozzi, o el Grupo Encuentro, de Alicia Terzián), los músicos "clásicos" solían tomar a la nueva música como un trabajo a realizar a regañadientes. En cambio, en los últimos diez años, surgió una generación de instrumentistas que comparten con los compositores el desafío de hacer música de hoy. El punto de encuentro es el común interés por explorar nuevas sonoridades en sus centenarios instrumentos. A la idea del compositor solitario, enfrentado a la dura lucha de sangrar en cada nota puesta sobre el papel, se le opone el trabajo colaborativo, material (pero no fetichista) de modelar nuevas obras a partir del encuentro de compositores con intérpretes y grupos con nombre y apellido.

La historia de estos primeros años del siglo XXI se está construyendo con un repertorio asociado directamente a los formatos de grupos como el Ensamble Süden, el quinteto Sonorama, el Trío Luminar, y, más recientemente, el Ensamble Vocal Nonsense, entre otros. A su vez, cada uno de sus integrantes ha fomentado la composición de obras para sus respectivos instrumentos. Esto, sumado a la difusión que posibilitan las redes sociales, pone a la música actual ante una perspectiva radicalmente diferente que en las tres últimas décadas del siglo XX.

La creación de ensambles por compositores, como en el caso de la Compañía Oblicua y el Ensamble Nacional del Sur, fundado por Oscar Edelstein, también marcan un cambio de rumbo. Si nuevas músicas requieren nuevos instrumentistas, la solución es crear grupos que se formen en estos nuevos caminos. Y, aunque fue una experiencia ditelliana, el resurgimiento de grupos de improvisación colectiva dan cuenta de que el contacto físico con la experiencia musical deja de lado la tesis etkiniana. Aunque no necesariamente sus ideas sobre la composición musical en sí.

La de la música argentina es una historia que tiene una problemática común con la de las demás artes de nuestro país (cómo crear desde las orillas de Occidente, la identidad nacional), pero también tiene sus particularidades. Entre otras, lo particularmente potente que ha sido el paradigma de la música pura en nuestra música de vanguardia y aquel comentario del musicólogo Omar Corrado de 1997, sobre los "pudores y recatos" de nuestra producción musical. Estas dos condiciones, han sido superadas en esta década. En el caso de la música autónoma, la superación se da por ampliación del horizonte: compositores que exploran lo que se llama "arte sonoro", y el cruce concreto con músicas populares dan cuenta de ello. Este fenómeno atraviesa a la producción de todos los compositores nacidos en la era del rock (a partir de los 50), y también a los que componen aquí o en el exterior.

Hay muchas obras nuevas, muy buenas y de una diversidad estética tal que sorprende. Y que está accesible en los mismos espacios pensados para la difusión del pop y el rock, como los sitios myspace y reverbnation o youtube (ver recuadro). En este punto, la excusa del desconocimiento argüida por algunos compositores se cae por su propio peso: si se pretende que una música "hable por si misma", sólo se trata de colgarla en la Web (ver recuadro).

Adentro/Afuera

El proceso de "reargentinización" de Mauricio Kagel –cuyo origen está en el festival que organizó Diana Theocharidis, por entonces co-directora del CETC– marcó un cambio importante en la música nacional. No se trató de una mera cuestión chauvinista. Por el contrario, señalar la argentinidad de Kagel significó incluir su música como espacio para la discusión y, por ende, abrir enormemente el campo de acción. Si el inmenso Kagel (su dimensión artística está aún por mensurarse) es argentino, la discusión se agranda, complejiza, se enriquece. En la búsqueda de Kagel, la línea del horizonte se mueve y el espacio crece.

La recuperación de Kagel mostró cuál es el escenario actual: un espacio donde parece imprescindible promover el diálogo y la confrontación entre los compositores argentinos que se quedan y los que se van. Hay ya una generación diaspórica que, a pesar de la distancia, intenta vínculos con la Argentina.

La circulación de la información pone en tensión a unos y otros. Los que componen en el país tienen la ventaja de la libertad y la contra de la falta de infraestructura. Los que están afuera se adaptan necesariamente a las condiciones locales de los lugares en los que se radican, pero disfrutan de medios que, a pesar de todo, ofrecen recursos imposibles de obtener aquí.

Trazar un listado de compositores es complejo. Estamos hablando de por lo menos un par de centenares de creadores que conforman un magma en movimiento. Un espacio que conecta con la experiencia modernista de sus padres y se proyecta hacia el futuro. Que van de los 20 a los 60. Aquí, por ejemplo, están Saitta, Edelstein, Delgado, Horst, Mastropietro, Franciosi. Allá, Matalón, Naón, Panisello, Strasnoy, Golijov, Ortiz.Son mínimos ejemplos de una campo caracterizado por el fin de las prácticas musicales "puras". Cuanto más se baja en la escala de edades, más son las experiencias multimedia, las instalaciones e intervenciones sonoras que se proponen salir de la sala de conciertos.

También, el regreso de la ópera es una puerta de salida al malentendido de la música contemporánea. Como señaló Federico Monjeau: "la ópera es el género sin duda más impuro de la música. Y hoy el ideal de pureza de los géneros o de los materiales musicales está en franca bancarrota". En el terreno de la ópera elegimos buscar algunos ejemplos de cómo la música contemporánea argentina ha sedimentado experiencias valiosas sobre las cuales se asientan los nuevos rumbos para la composición. Y en los que, sintomáticamente se establecieron notables alianzas artísticas con escritores y dramaturgos.

Hay un arco que empieza en La ciudad ausente, el encuentro de Gandini y Ricardo Piglia que llegó a la sala principal del Colón. Que conecta con el encuentro entre Edelstein y Fogwill en la ópera posmenemista Eterna Flotacion-Los Monstruitos. Y dialoga con la ópera El Matadero (un comentario), versión del texto de Echeverría llevada a cabo por Marcelo Delgado y García Wehbi en el Rojas, Gesichte, de Oscar Strasnoy sobre un texto de Gombrowicz y, este año, con El gran Teatro de Oklahoma, en el TACEC del Teatro Argentino de La Plata, sobre Kafka.

La música contemporánea argentina tiene, entonces, padres a quienes matar. Esta toma de conciencia hizo que, simplemente, no fuera necesario pasar a los hechos, sino saber que se abren nuevos caminos para una historia que apenas acaba de constituir sus orígenes.

Liut Básico
Buenos aires, 1968.
Compositor, docente e investigador


Compuso obras para diferentes formaciones de cámara, solistas, música electroacústica y de arte sonoro. Fundador y director del grupo Buenos Aires Sonora, realiza intervenciones sonoras en espacios públicos, como "Mayo, los Sonidos de La Plaza" (2003, en la Plaza de Mayo) y "El puente suena" (2004, en Puerto Madero), entre otras.

Música en las redes sociales

La revolución de Internet también llega a la música contemporánea argentina. Hay dos grandes noticias. La primera: la red permite romper el aislamiento porque se pueden escuchar las obras de compositores argentinos de todo el planeta con un solo click. Buenos Aires deja de ser el ombligo del país y hay compositores en todos lados. La segunda: una vez establecido el contacto y el interés por un compositor, es posible romper con el estigma de la audición única y la falta de contexto.

En portales como Myspace, Reverbnation o youtube, superado el shock por la jerga "pop-rock" que impone la página a todos los músicos por igual (por ejemplo las obras en myspace son siempre, indefectiblemente "songs"), se puede comenzar a navegar en las aguas de la música actual argentina.

Buenas puertas de entrada son las páginas de los grupos y solistas de música contemporánea: ofrecen un repertorio variado como para iniciar luego búsquedas más específicas. Un caso paradigmático es el de Martín Devoto, violonchelista que tiene subidas en su página 53 "canciones", muchas de las cuales son obras escritas para él por compositores argentinos. (http://www.reverbnation.com/martindevoto). Desde esta página, poniendo sus nombres en el buscador interno del sitio, se puede llegar a las del director rosarino Federico Gariglio, la flautista Patricia Da Dalt, el trompetista Valentín Garvié.

En Myspace están las páginas de la Compañía Oblicua, el Ensamble Süden, la flautista Juliana Moreno, el guitarrista Luis Oríaz Diz, entre otros.

En el caso de los compositores de la generación intermedia y los sub 40, muchos suelen tener sus propias páginas. Así, se puede pasar a escuchar varias obras de autores como el cordobés Marcos Franciosi, el rosarino Jorge Horst o el misionero Marcelo Toledo, Oscar Strasnoy (radicado en Francia) y Martín Matalón. La deriva muestra un dato relevante: hay alrededor de un centenar de compositores argentinos activos en diversos lugares del planeta. Y una cifra aún más alta en todo el país. Se trata de músicas y propuestas que salen en busca de sus oyentes.
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Tomás Gubitsch: ¿Qué música hay que hacer hoy?



Con una brutalidad inusitada, la pregunta se les plantea a muchos compositores contemporáneos actuales, luego de que los paradigmas que rigieron la composición musical hasta la mitad del siglo pasado entraron en crisis. Después de revisar la historia reciente de la música de tradición escrita, el autor del presente artículo propone su personal respuesta al problema.





Por: Tomás Gubitsch



PIERRE BOULEZ dictaminó desde el IRCAM lo que estaba bien y lo que no.


Todo empezó el mismo día, cuando, muy angustiado por el atraso que había acumulado con una composición, decidí que me era absolutamente indispensable poner orden en mi pieza de trabajo. Empecé por la parte más recóndita de la biblioteca, donde se fueron acumulando el polvo y las partituras archivadas. Fue así como caí sobre el manuscrito de la primera pieza que escribí para orquesta y constaté, leyendo las fechas que en esa época anotaba, que hacía exactamente treinta años que practico esta actividad.

Un par de horas más tarde, escuché por la radio la lectura de un texto de presentación que Pierre Boulez escribió para una de sus obras. Brillante el texto, como de costumbre. Acto seguido, empezó a sonar Pli selon pli. No sabría decir exactamente por qué, pero al volver a escuchar la pieza después de tantos años, me acometió un tremendo ataque de risa.

Esa misma noche, recibí un mail de confirmación de otro encargo para la Orquesta Filarmónica de Lieja, en Bélgica. A la alegría por la buena noticia se le sumaron ipso facto las dos eternas cuestiones: ¿qué esperarán de mí? y ¿qué espero yo de mí? O, dicho de otro modo: ¿qué música hay que hacer hoy? Con estas preguntas, que podrían bifurcarse o ser precedidas por otra –¿por qué cuernos un compositor debería ocuparse de estas cuestiones en vez de hacer lo que se le ocurre?–, comenzó una reflexión que sigue ocupándome.

A partir del principio del siglo XX, la música elaboró una nueva manera de pensarse: una lectura peculiar de su propia historia. La piedra fundadora y fundamental sobre la que comenzaron a superponerse los ladrillos del atonalismo, del dodecafonismo, del serialismo, del postserialismo, en resumen, de toda la música culta del siglo XX, lleva nombre y apellido: Arnold Schönberg. El tomó conciencia, no ya de su música, sino del papel que su música debería ocupar dentro de la Historia de la Música. Así, con mayúsculas y todo. Se sintió impregnado de una misión prometeico-beethoveniana: compondría la música que debería componer. Comprobando que, mientras extendía sus límites, la música tonal estaba engendrando su propia destrucción, propuso una relectura de la historia donde el sistema dodecafónico y sus descendencias se convertían en el resultado/logro lógico e ineluctable de la evolución de la música occidental. Previendo la inminente implosión del sistema, Schönberg –que nunca negó su amor por sus predecesores: "soy un conservador que fue forzado a ser revolucionario", afirmaba– prefirió ocuparse de matar el sistema tonal por anticipado, un poco como se acaba con un caballo querido, pero condenado por alguna fractura.

El largo linaje que parte de las primeras polifonías y que, pasando por Monteverdi, Bach, Mozart, Beethoven, Brahms y Wagner –para citar algunos mojones significativos– llega a Mahler, sólo podía desembocar en la Escuela de Viena y sus apóstoles de la posguerra (Stockhausen, Boulez, Berio, Nono, etc.). Con semejante pedigrí, ¿cómo resistir a la tentación de desarrollar un pensamiento autorreferencial? "La Historia soy yo", parece clamar cada compositor del siglo XX.

Lo curioso es que su manera extraordinariamente unívoca de leer la historia quedó absoluta y definitivamente homologada ... por los mismísimos compositores que la fueron practicando. Cuidadoso y precavido, el amigo Arnold se ocupó de "hacer escuela". Y si Dios, según Cioran, tuvo la suerte de encontrarse con Bach y el dodecafonismo, según Glenn Gould, con el genio de su inventor, su escuela tuvo la suerte de encontrarse con los inmensos talentos de Webern y Berg. Y todos, incluyéndome –durante años los escritos de René Leibowitz fueron mis libros de cabecera–, adherimos a esta visión desde hace más de medio siglo sin chistar.

Autorreferencialidad

Paralelamente a la toma del poder de Boulez en Francia (con su victoria por knock-out en la pelea contra Marcel Landowski y la subsiguiente creación del IRCAM), el canon autorreferencial se transforma en mandamiento. De no obedecer, el compositor del siglo XX se transformaba, en el mejor de los casos, en anacrónico, cuando no en reaccionario o revisionista.

Pero volvamos brevemente a la "R" del IRCAM. Viene de recherche (búsqueda o investigación). Siempre hubo Mecenas. Pagaban por obras. Con la creación del IRCAM, por primera vez, un Mecenas (el Estado, nada menos) no financia lo que los artistas encuentran, sino lo que buscan ... Una problemática que nos remite directamente a Le chef d'oeuvre inconnu, de Balzac. Y si la búsqueda cobra tal importancia en sí, es porque la Weltanschauung de la música post-shönberguiana exige –a todo precio y como criterio sine qua non– la novedad.

Si cada sistema conlleva el germen que engendra su propia destrucción, en el caso de la música "contemporánea", probablemente sea esta exigencia la que acabe con ella. Su autodenominación de "vanguardia" la obliga a estar "antes" de algo que luego se generalizará. Si existe una vanguardia es porque subsiste obligatoriamente una retaguardia. (Para ser estrictos, nadie nunca estuvo "delante" de su propia época; lo que sí suele ocurrir es que muchos otros –la mayoría– atrasen considerablemente.)

Ahora bien, ¿quién representó la retaguardia enfrentada a los "progresistas" del IRCAM (tomado aquí casi como símbolo)? Fuera del muy débil y efímero Landowski, nadie pudo con la inteligencia ni con el talento boulezianos. Inteligencia que lo llevó a saber incluir a los "distintos" como Cage, al Penderecki de ciertos períodos, o a mi muy querido Györgi Ligeti, dentro de los más difundidos. Y a no cerrarles del todo las puertas a los discípulos de Schaeffer, Xenakis o de Pierre Henry quienes venían de la música concreta o electroacústica. Se trató, entonces, durante la segunda mitad del siglo XX, de una vanguardia sin verdaderos contrincantes.

Como decía el célebre humorista francés Pierre Desproges, uno se puede reír de todo, pero no con cualquiera. Así que antes de azotarla, reconozcamos lo que la música elaborada del siglo XX nos aportó. El atonalismo (sistemático o libre), el serialismo (más o menos integral, que desembocaría en la música electrónica), la Klangfarbenmelodie (la "melodía de los timbres", de la cual, en un sentido muy amplio, puede que descienda la música concreta), el Sprechgesang (el canto-hablado, stricto sensu, el tatarabuelo ignorado del rap ...), y mucho más: una nueva manera de pensar la música. Con todas estas sensacionales invenciones, la música elaborada del siglo pasado engendró un enriquecimiento extraordinario y literalmente inaudito de la paleta sonora puesta a la disposición de los compositores actuales.

No obstante, observamos que, aunque cierto tiempo sea necesario (en general entre diez y veinte años), finalmente los atrevimientos de las vanguardias "entran" en el lenguaje común. Por caso, ciertas formas de contrapunto simple, como el canon, se encuentran desde hace siglos en la música popular, los acordes o "complejos sonoros" a significación múltiple posrománticos abundan en las bandas sonoras de películas taquilleras, y aquéllos con novenas y oncenas agregadas pululan en el jazz o la bossa nova. Hasta podríamos suponer que la expresividad dramática de los contrastes stravinskyanos sin transiciones dejó su marca en el rock y no nos cabe duda de que un Piazzolla tuvo la suerte de encontrarse con Bartok.

Es oportuno recordar que Schönberg, al mismo tiempo que "releía" la historia de la música haciendo de la suya el "devenir ineluctable", afirmaba que sus obras serían tocadas "por todos lados" cien años más tarde. A lo que alguien le habría contestado "entonces, ¿para qué empezar a tocarlas hoy?" Ni hará falta aclarar que, como casi todos los que vaticinan en materias artísticas, en este punto Schönberg la pifió fulero.

¿Cuál es la modernidad?

Toda vanguardia implica una retaguardia, decíamos. Ya que en el territorio de la música "seria" esta retaguardia no existió, la única "otra" música que sí existió simultáneamente fue la llamada "música popular".

Dentro del campo del jazz, casi todos los músicos son lectores desde hace décadas. Gil Evans –gran orquestador– colabora con Miles Davis y, por sólo citar a otro Evans, el pianista Bill, conoce de taquito toda la obra de Debussy o de Ravel (ni que hablar de George Russell). El mismo fenómeno puede ser constatado en el tango, donde todo bandoneonista que se precie estudió en algún momento, por parte baja, algunos de los "Preludios y fugas" de Bach. Por su parte, el rock, por curiosidad, irrespeto o desenfado, supo abrirse a "todo lo que pasaba" alrededor. Tanto es así, que los Beatles difunden masivamente el sonido de cítaras indias como de diversas técnicas de tratamientos sonoros (inversiones de bandas, transformaciones electrónicas) hasta llegar a una obra-collage definitivamente "concreta", "Revolution 9". Mientras tanto, Jimi Hendrix y Pink Floyd, o poco más tarde Emerson, Lake & Palmer realizan experimentos sonoros que empalidecen a los muy posteriores (e ingenuos, para los oídos de cualquier amateur del rock) logros de Boulez con su hoy vetustísimo megasintetizador "4X" para su obra Répons. Frank Zappa escuchaba a Varese; Robert Fripp está al tanto de todas las novedades. Y como probablemente se habrá notado, no me refiero aquí a las grasadas pseudoclásicas de Deep Purple con orquesta sinfónica ni a Rick Wakeman dándoselas de pianista clásico, sino a una real compenetración entre diversas "maneras de pensar" la música, que es lo que realmente diferencia a la música "popular" de la "elaborada". Algo más tarde, Laurie Anderson o Brian Eno continuaron este camino. Para ser claros: muchos de los músicos populares actuales son gente culta. Ya no podemos considerar sistemáticamente que la ausencia de elaboración (ya sea temática, formal o tímbrica) sea el producto de la ignorancia, sino de una renuncia consciente. Y alguien dijo que se reconoce la calidad de un artista por la calidad de sus renuncias. Para ser más claros aún, es muy probable que las investigaciones más radicales que haya producido la música occidental en estos últimos años no provengan únicamente del IRCAM, sino de músicos para quienes –gracias al desarrollo de la informática, en gran parte– el trabajo sobre el "sonido en sí" (la materia musical, en última instancia) ha reemplazado en cierta medida a las notas. Aphex Twin, Autechre, Amon Tobin o Björk constituyen apenas algunos ejemplos.

Menudo problema el del compositor "contemporáneo" actual: si sigue los preceptos heredados del postserialismo o de la música electrónica "culta", ya no puede reivindicar del todo su posición de vanguardia. Y si quiere, como es natural en el permanente movimiento estético pendular de la historia del arte occidental, oponerse a lo que hubo antes, ¿qué debe escribir?, ¿qué es lo contrario de la música atonal? O, como cuestiona Jérôme Ducros en un reciente artículo, "¿qué hacer cuando lo moderno se transformó en norma? Si mi profesor (de composición) me ordena ser moderno explicándome al mismo tiempo que ser moderno es desobedecer a sus profesores, ¿qué debo hacer?". El mismo artículo concluye diciendo que no se trata de desestimar el valor de la música contemporánea, ni de disminuir el rol que supo tener, sino, oponiéndose a ella, reconocer que ya cumplió su ciclo, y que tuvo el mérito de haber existido.

Si consideramos que la "cultura" es lo que nos permite la apertura al otro, o a lo que nos es ajeno, yo estaría dispuesto a apostar que una cantante popular como Björk sabe qué se está haciendo en el territorio de la música "seria" en tiempo real. Ahora bien, es bastante menos probable que los músicos que trabajan actualmente en el IRCAM sepan quién es Autechre, a imagen de Boulez, que, me consta, despreciaba profundamente al jazz. Entonces, si se trata de apertura, ¿quién es más culto?

Por mi parte, y aunque esto importe poco, tanto para el encargo de la orquesta belga, como para el próximo, para la Musica Vitae Chamber Orchestra de Suecia, creo que lo único sensato que me queda por hacer, es escribir exactamente lo que se me ocurra. En el peor de los casos, en algo me pareceré a mi admirado, queridísimo y fustigado Schönberg: me habré equivocado.

Gubitsch Básico
Buenos aires, 1955.
Compositor, director orquestal y guitarrista


Fue guitarrista de Rodolfo Mederos, Luis Alberto Spinetta (Invisible) y Astor Piazzolla. En 1977 se instaló en París, donde continuó sus estudios de composición y dirección orquestal, al tiempo que trabajaba como guitarrista. Esta última faceta de su trabajo es acaso la más conocida en la Argentina. Sin embargo, en Europa se destacó como compositor y arreglador, alternando la hoy llamada world music (trabajos con Nana Vasconcelos y Georges Moustaki, entre otros), con el jazz (Steve Lacy, Stéphane Grapelli, Michel Portal, Glenn Ferris, Jean-François Jenny-Clark y André Ceccarelli), la dirección orquestal y la composición (Orchestre de Bretagne, Orchestre de Rouen, Orchestre National de Sofia, New Japan Philarmonic Orchestra, etc). En la actualidad, mantiene un quinteto, con el que ya visitó el país en tres ocasiones, y compone para orquestas así como para el cine y la televisión.


JULIA ZENKO Y “CON LAS ALAS DEL ALMA”, DE ELADIA BLAZQUEZ Y DANIEL GARCIA


















Por Julia Zenko

Leí la letra de “Con las alas del alma” por primera vez en la misma época en que colocaron la bomba en la embajada de Israel, y al leerla sentí que expresaba todo lo que me estaba pasando a mí en ese momento. Yo no soy compositora, no tengo ese talento ni tampoco, por ahora, la necesidad de escribir. Pero cada vez que elijo una canción trato de que represente mi pensamiento y mi sentimiento. Precisamente por eso siento que encontrar “Con las alas del alma” fue casi mágico.

Yo estaba buscando repertorio para grabar, y cuando le pedí a Eladia Blázquez una canción tenía ésta, que no sé si la había escrito inspirada en la historia trágica del atentado del ‘92. Estoy casi segura de que no. Pero lo que sí supe desde el primer momento era lo mucho que me gustaba; sentí que era como si la hubiera escrito yo. Desde la angustia hasta la emoción final del epílogo, se asemeja mucho a la manera en que yo sentí esa realidad que estábamos viviendo todos en ese momento.

Hay un momento en que la letra dice: “Más allá del asombro me levanto entre escombros / sin perder el aliento / y me voy de las sombras por algún filamento / y me subo a la alfombra con la magia de un cuento”. Esa estrofa me transporta a la imagen televisada de la gente ayudando a levantar los escombros para rescatar a los heridos, para ver si quedaba alguien con vida allá abajo. A pesar de todo el dolor, con vuelo, con amor, con la vida, se sigue adelante. Ese cuento es, también, ese espacio único que el arte puede crear para uno, y en el que uno puede encontrar un refugio.










La fantasía y la música ocuparon ese lugar en mi vida desde muy chica. Cuando era una nena, mi vida familiar podía ser a veces muy difícil. No quiero exagerar: nadie mató a nadie y yo tuve a mi mamá y a mi papá a mi lado, pero había ciertos secretos, cosas que nadie me contaba pero que yo intuía. Y desde siempre supe que podía encerrarme en mi cuarto a escuchar música y a cantar, y de esa manera alegrarme y ponerme un poco, por un rato, a resguardo de todo aquello, de toda esa angustia y esa tristeza. Eran también momentos muy difíciles para vivir en el país, y mi hermano seis años mayor que yo –que fue en parte uno de los responsables de que se escuchara música en mi casa desde que yo era muy chica; él fue el que llevaba los discos de Mercedes Sosa, Daniel Viglietti, de Víctor Heredia, o de música brasilera– tuvo mucha militancia política. Entonces, a aquellos secretos y discordias de mi vida familiar, en un momento se sumó eso, la persecución política de gente muy cercana, lo que hizo nuestra vida todavía más dura. La música llenó un espacio entonces.

Y sin embargo, en mis primeros discos no siempre busqué decir algo importante a través de mis canciones; creo que fue recién después de al menos tres discos que tomé conciencia de la necesidad de encontrar y hacer mías canciones que me permitieran ir más allá de la simple conexión emocional y me permitieran decir algunas cosas. Eso es justamente lo que encontré al leer y cantar “Con las alas del alma”.

Poco después del atentado a la embajada fue el de la AMIA, y hoy los familiares de las víctimas me llaman para cantar esta canción en los aniversarios y homenajes. Yo sé que Eladia no la escribió pensando en aquellas desgracias, pero no han sido muchas las canciones que me pegaron de esa manera, y creo que fue algo un poco intuitivo de mi parte, porque hoy, tantos años después, expresan una emoción parecida para mucha gente.















Eladia Blázquez

(1931-2005) Fue compositora, autora y cantante. Fue una de las más exitosas y prolíficas creadoras de tangos desde fines de los ‘60, cuando la popularidad del género ya había menguado. Resistida por los tradicionalistas por su estilo de letrista moderno, se la llamó la “Discépolo con faldas”. Formada en el repertorio popular español que cantaba de chica –cuando Buenos Aires era la mayor ciudad gallega del mundo–, luego abordó el folklore argentino, el bolero, el tango y la balada. Grabó su primer LP tanguero en 1970; en él incluyó el celebrado “Sueño de barrilete”, además de algunos de sus mejores temas (“Contame una historia”, “Sin piel”, “Mi ciudad y mi gente”). Su tango más popular fue “El corazón al sur” (1976).

Daniel García

Es hoy el director musical y arreglador del quinteto Tangoloco. Productor con un estudio de grabación propio, García cuenta con una trayectoria internacional. Grabó diez CD para Julia Zenko, y trabajos junto a Mercedes Sosa, Víctor Manuel, Pedro Aznar, Alejandro Lerner, Lito Vitale, Rubén Rada, León Gieco y el cellista Yo Yo Ma, entre otros. En 1994 ganó el Martín Fierro por la canción “Con las alas del alma”, cuya melodía compuso sobre los textos de Blázquez.


ENTREVISTA: MARIANA BARAJ PRESENTA SU PRIMER DISCO COMO COMPOSITORA.





Hace años que Mariana Baraj viene mezclando y metabolizando jazz, folklore, percusión, rock y canción. Pero con su quinto disco, Churita, da un salto mortal y cae mejor parada que nunca: presenta por primera vez sus canciones como solista. Antes de irse a Japón (y tener que volver para presentarse en Buenos Aires) habló en el empedrado de Palermo del pedregal que lleva adentro, del extraño y fabuloso camino que está haciendo y de los encuentros y propuestas que le van haciendo (incluido Arjona).











Por Mariano del Mazo

El primer registro que tiene de la música es un acto escolar: patio en damero, gradas de madera, el piano vertical y la profesora cantando a viva voce la zamba de Ramón Navarro “Coplas del valle”: “Vengo desde Aimogasta, pa’ Las Pirquitas / traigo una flor del aire de las lomitas / pa’ mi tinogasteña, niña churita”. “El recuerdo es vago, pero tiene que ver con la felicidad que me dio cantar ese tema. La primera felicidad con el canto”, dice Mariana Baraj y arroja –si se pudiera– pistas del funcionamiento de su inconsciente: esa “niña churita” de la zambita andariega de Navarro quedó latente por casi cuatro décadas y ahora, 2010, la Baraj decide titular Churita su cuarto disco, el primero de composiciones propias. “Es una palabra hermosa, bien del Noroeste. Se usa para hombre y mujer, es alguien lindo, agradable, como buena onda.”

No pasa inadvertida Mariana Baraj: toda su fisonomía es de rasgos contundentes. Viene caminando por Uriarte y parecería que primero llegan sus ojos y después el resto del cuerpo. Tiene una sofisticación muy Palermo Soho, es cierto: una morocha argentina que de algún modo neutraliza, o mejor dicho domestica, su belleza silvestre a pura pilcha. Una morocha que también podría ser azteca o turca, con perfiles delineados a la manera de las princesas de Disney (entre Jasmin y la de La Princesa y el sapo) y que desde el atalaya de la singularidad de su talento se debate entre lo rural y lo urbano, la Quebrada de Humahuaca y el club de jazz, el pedregal y el empedrado de esta zona de la ciudad. Tensiones sorteadas a través de decisiones artísticas que, disco a disco, peldaño a peldaño, suenan sinceras. Aquí está, frente a un té, a horas de una gira por Japón y Corea del Sur. “De sólo pensarlo, de contar las horas de avión que me esperan, me angustio. Voy sola, allá me espera un productor francés. Pero al mismo tiempo estoy recontenta. Ese modo de vida tiene que ver con mis deseos más profundos. Y no hay nada peor que boicotear los deseos.”

Los deseos, parece, se van cumpliendo. El notable Churita es además el primer disco que produce íntegramente. Solita bancó los músicos, el arte de tapa, los atajos de la distribución, todo. Y, a la luz del nivel tanto de lo puramente musical como del envoltorio, la tarea debe haber sido titánica. El costo de la independencia. “Sí, fue desgastante. Pero al final te da un placer infinito.” La desmarcación, el blanco móvil, es otra de las habilidades que despliega en su música. Lumbre (02), Deslumbre (05), Margarita y Azucena (08) y ahora Churita exhiben los meandros estéticos de Mariana: percusión, jazz, jazz avant garde, folklore, canción. “Ahora ando más metida con los instrumentos armónicos, estoy tocando el piano y el charango, metí acordeones. Llegó la armonía a mi vida”, ríe apenas. ¿Alta ironía? La declarante se deja desmentir por muchas de sus letras: “Ese desierto que tiene tu corazón / se parece a la única flor que dio mi cardón” (“Churita”); “Nadie me espera, nadie me espera / Voy persiguiendo sin sentido tu querer” (“Nadie”); “Limpiá mi alma de toda maleza” (“Mismomar”), “A la orilla de tu río yo busco consuelo / y hasta el sauce se ha secado / se cansó de llorar” (“Orilla”).

“Haber cantado mis propios temas fue un cambio radical. La voz me salió diferente porque la exposición era otra. Fue un proceso, creo que bastante extraño. Porque generalmente si uno es intérprete es intérprete para toda la vida; o si uno compone, compone siempre. Es raro cruzar de bando. Para mí fue importante conversar sobre este tema con Teresa Parodi. Ella justo estaba haciendo Corazón de pájaro y también estaba incursionando en tierra desconocida, pero en sentido contrario: ella, terrible compositora, iba a ser intérprete de canciones ajenas. Teresa me ayudó, me dijo unas palabras muy lindas, me dijo que me mandara, que no tuviera miedo.” Y así salió Churita, quiebre en su carrera, con algunos temas bellísimos como el mismo “Churita”, disco atravesado por el seductor 6 x 8, alguna vidalita, alguna zamba y una instrumentación acústica con un criterio muy acotado, concentrado; hay mezcla pero sin hibridez; es –se nota– un disco pensado al detalle. Y corto: 30 minutos, 27 segundos. “Es el tiempo de estos tiempos. ¿Quién aguanta una hora, setenta minutos?”, razona.

PASADO Y PRESENTE

En “Nadie” y en “Mismomar” mete su voz de aguardiente Fernando Ruiz Díaz. ¿Crossover? ¿Mohín moderno? ¿Estrategia? Nada que ver. “A Fernando lo conozco desde hace muchísimo. Ocurre que el padre de mi hija Alma, de quien me separé hace un siglo, es el manager de Catupecu Machu. Siempre tuve un vínculo fuerte con la banda; también mi hermano Marcelo, el baterista. Fernando escuchó mi disco, que ya estaba medio cerrado, listo para editar, y quiso participar. Bueno, así fue. Siempre nos cruzábamos en los caminos y decíamos: ‘Tenemos que hacer algo’. Lo hicimos. Le dio un color particular al disco. Y además lo de Gaby (Gabriel Ruiz Díaz, hermano de Fernando y parte de la banda, que tuvo un accidente en 2006 y desde entonces está prácticamente inconsciente), que fue impresionante. Hay una historia en los pliegues de este álbum, que es muy fuerte. Hay mucho pasado con Catupecu. Si bien ni yo ni mi hermano llegamos a grabar en ningún disco, en la primera etapa de la banda estuvimos muy presentes. Yo compuse el primer tema de mi vida en el estudio de Catupecu, y lo grabé a solas con Gaby. Ahora me encontré en la misma situación y en el mismo exacto lugar, pero con Fernando. El asunto es que una vez terminado Churita se lo llevé a Gaby y se lo puse. Hay unas voces que metió Fernando que para mí tienen el alma de Gaby... En el instante en que se escuchan esas voces, Gaby me apretó la mano e hizo un movimiento como que quería incorporarse. Al rato llegó Fernando, hecho un torbellino como siempre, y le dice: ‘Gaby, vamos a escuchar el tema que grabé con la Negra’. Yo no dije nada. Gaby me volvió a apretar la mano, en el mismo lugar de la canción...”

Hija de Bernardo Baraj –ninguneado pionero de La Cueva, integrante de Alma y Vida y uno de los protagonistas del trío más mentado junto con Lito Vitale y Lucho González–, Mariana creció escuchando a –dice– “Coltrane, Steve Wonder, Beatles, más tango que folklore”. Sus padres se separaron cuando ella era adolescente, y hay algo que deja entrever que no cerró. Baraj vuelve a reír: “Años de diván... Hay causas que prescriben”.

En pareja con un salteño (así lo menta), tiene planeada una existencia más relajada y abandonar su covacha palermitana para vivir al menos la mitad del año en Salta, la linda. Después de un período sombrío y no muy lejano en el tiempo de enfermedades densas y tragedias que no vienen al caso, está asomando. Se la ve entera. Sedimentada, a años luz de la percusionista arrebatada de años ha. Gusta contar historias, como la de los Ruiz Díaz, en las que a la manera de Paul Auster el azar opera sobre el destino. “Hace un tiempo me llegó por mail una crítica de Lumbre publicada ¡en una revista de Eslovenia! Me comuniqué con la embajada, y conseguí que me la tradujeran. El periodista me elogiaba y me comparaba con Lila Downs. Al toque me salieron unos shows en Nueva York y di una serie de conciertos con una banda que me puso el productor: eran los músicos de Lila Downs. Me llamaron para hacer una gira con ella, pero no pudo ser...”

Musa inspiradora o algo así del diseñador Martín Churba, Mariana Baraj sabe lo que significa ese dato en el pasillito de los chismes y los prejuicios. ¿Quién no tiene derecho al discreto encanto de la frivolidad, en todo caso? “No sé si me critican porque trabajo con él, yo no me lo critico. Nadie menos frívolo que Martín. Es un artista muy contundente, que no da lugar a discusión. Soy una afortunada.” Cómo se conocieron enhebra, en el relato de Baraj, otra de sus tramas azarosas: “Fue en la etapa de Deslumbre. Yo estaba buscando vestuarista para la puesta de presentación del disco. Tenía una chica, pero poco antes del debut se fue a Ibiza. Quedamos en bolas. Le dije a María, mi manager de entonces: ‘Qué lindo sería trabajar con Martín Churba’, como quien dice ‘qué bueno sería cantar con Sting...’. Al otro día se comunicó por mail Martín, con un proyecto para viajar a Japón. Increíble”.

ESPIRITU INTACTO

Para el arte de Churita, Baraj pensó en ekekos. “El ekeko es una imagen que me viene de la niñez. Y además siempre me sentí un poco ekeko, muy cargada de cosas, andando de aquí para allá.” Churba le comentó que el fotógrafo Marcos López estaba trabajando con ekekos y hacia él fue ella. “A Marcos lo conozco hace tiempo. Discutimos la imagen del disco, los colores, la composición. El compone mucho. Me gusta cómo quedó.”

¿No te cansa la exposición, estar tan al frente, ser independiente?

–Sí, cansa. Pero se me va la vida en esto. Mirá: yo estuve audicionando frente a Youssou N’Dour y también canté con Julia Vilte, la coplera de la película Esa cajita que toco tiene boca y sabe hablar, de Lorena García. En los dos casos fue tocar el cielo con las manos. Fui parte de la banda de Julieta Venegas y acabo de tener un ofrecimiento de Ricardo Arjona. Y me doy cuenta de que ahora quiero estar sola.

¿En serio te llamó Arjona?

–Sí.

¿Y?

–Yo no tengo problemas en trabajar como sesionista, pero ahora me cuesta involucrarme en proyectos de otros.

Pero estamos hablando de Arjona...

–Es cierto. Puse la balanza. Y me dije: aceptar sería poner la energía en cosas importantes como lo económico, pero por otra parte me puede hacer daño al espíritu. Y dije no, gracias, paso.

Esa elegancia –en este caso para justificar la negativa al guatemalteco inefable– es la que debe haber advertido Martín Churba. Mariana Baraj sigue siendo “la niña churita” de la zamba, en la que se espejó en la escuela primaria como quien vislumbra la línea de la vida en la palma de la mano. Le agregó un vigoroso trazo citadino, ese que transforma lo folklórico en étnico. Por estos días debe estar embelesando a japoneses ávidos de exotismo; el 16 de septiembre actúa en el ND/Ateneo. Y después sigue. A girar por Brasil, a grabar un disco de música infantil en la Patagonia. No se advierte su techo. Ahora se va como vino: caminando por Uriarte. Ya lo dijo Alejandro del Prado: cuidado con esta gente, no se sabe qué pretende.

ROCK URUGUAYO: LA HERMANA MENOR.




Palabras mayores





En tiempos de rock uruguayo masivo y for export, con bandas como La Vela Puerca y No Te Va Gustar, La Hermana Menor está a la cabeza de la escena montevideana que mantiene el espíritu del rock como lenguaje secreto. Su primer disco, Ex (2002), pasó casi desapercibido, pero a partir de su segundo disco, Todos estos cables rojos (2007), consiguieron el reconocimiento bajo forma de Graffiti, el Grammy uruguayo. Tres años después de ese éxito, vienen a presentar Canarios, su nuevo álbum, que todavía no se editó pero se conocerá por aquí en vivo el próximo fin de semana.


Por Martín Pérez

Como Woody Allen en Manhattan, tirado en el sillón y micrófono en mano, haciendo su lista de cosas por las que vale la pena estar vivo. Así es como puede sonar el Tüssi cuando avisa “estoy listo para enumerar/ las cosas que me hacen bien”, casi a manera de prólogo de “Parque Rodó”, el primer tema que se dejó escuchar del inminente Canarios, el esperado –en ciertos ámbitos, al menos– tercer opus discográfico de La Hermana Menor. Y también el que mejor define un trabajo llamado a ser candidato a disco del año, aunque falte mucho para llegar a diciembre y, aún más, todavía haya que esperar un mes para que el álbum vea la luz en Uruguay. Y, por estos pagos, vaya uno a saber si habrá iluminación alguna. Porque, a pesar de que tranquilamente se podría decir que la banda del Tüssi empezó a ser tomada en serio por la prensa rocker porteña –aun sin que sus discos hayan sido editados localmente– antes que en su ciudad, La Hermana Menor es uno de esos grupos todavía por descubrir de este lado del charco. Y eso que, desde su álbum debut, el claustrofóbico, efervescente y obsesivo Ex (2002), venga demostrado con creces, disco a disco, y sobre las tablas, que es una de las mejores bandas dedicadas al rock hoy en día en el Río de la Plata.

“Bajar la calle del hotel, sentir el sol y hablar con los perros”, es como el Tüssi-Woody comienza su enumeración cuando ya decididamente arranca el tema más emblemático de un disco al que, siguiendo los paralelismos, podría rebautizarse tranquilamente como Montevideo. Su autor explica que “canarios” es un término ligeramente despectivo con el que los montevideanos se refieren a la gente del interior. Pero cuando se le comenta que Canarios –al recorrerlo tema por tema– tiene letras tan montevideanas que en realidad parecen señalar, en su conjunto, que no hay nada más canario (o provinciano) que un capitalino, se le adivina al Tüssi una sonrisa. “Como decía Ortega y Gasset: uno no puede saltar afuera de su propia sombra”, reflexiona. Y revela que justamente el tema que bautiza el disco, basado en los viajes del grupo junto a bandas amigas –como Guachass– a tocar en Buenos Aires, juega con esa paradoja. “Porque yo pienso que los montevideanos, que le dicen canario a cualquiera no nacido en Montevideo, son los canarios de los porteños.”

SACAR PECHO Y PONER CABEZA

Pero, para no propiciar equívocos, hay que dejar en claro cuanto antes que no hay nadie menos Woody Allen que Tüssi Dematteis, también conocido como Gonzalo Curbelo, que supo ser crítico de cine y actualmente es editor de las páginas de cultura de ese milagro editorial que es el diario independiente La Diaria. Si Allen es todo neurosis y titubeos, Tüssi encarna la parquedad y la arremetida más rocker, aunque se trate en gran medida de una máscara. Como la de Benito, el nombre con el que el Tüssi se hizo conocido como blogger enojado contra el mundo. O la de Curbelo, que es el nombre que consta en su documento de identidad. “Pero ésos son mi hobby y mi trabajo –aclara–. Hace décadas que me dicen Tüssi, y Dematteis es otro de mis apellidos.” El Tüssi, por si aún hace falta aclararlo, es un auténtico personaje de la noche montevideana, que atiende en el bar La Ronda, y cuando sube a un escenario berrea, murmura y aúlla los versos de las mejores letras de rock que cualquier fanático del género haya escuchado en castellano en los últimos tiempos. Letras que no tienen nada de pretenciosas, y revelan una poética cotidiana, que puede golpear fuerte tanto en la frente como en el alma. Cuando el Tüssi canta un día feo como el Conrad, la sensación de realidad es tan contundente, que completa con perfección de relojería –o de balística– esa ametralladora rocker que suele ser La Hermana Menor, una banda de recorrido sinuoso y muy particular, que encarna desde el rock lo mejor que siempre ha tenido para dar la música popular uruguaya: una mirada propia, un pintar la aldea que la hace algo único y universal.

EL LENGUAJE SECRETO DE MONTEVIDEO

Cualquier intento de seguir todos los cabildeos de la extraña y particular cronología de La Hermana Menor bien puede funcionar como nota al pie de la historia del rock en Uruguay después de la dictadura. Porque, aunque el rock de la vecina orilla tuvo su capítulo setentista, el primer coqueteo con la masividad le llegó a comienzos de los ’80. Justo al final de esa ola es que asomó un grupo llamado Guerrilla Urbana, que con su tema “Razzia” retrató de manera contundente el estado de cosas que ayudó a terminar con aquella primavera rocker. “Para mí eso fue un flash, porque tenía 16 años y Guerrilla Urbana no llegó a durar un año”, recuerda el Tüssi, cantante de aquella banda, sólo porque –confiesa– sabía escribir y tenía los dos discos de Joy Division. “Eramos mucho más chicos que el rock posdictadura de Los Traidores o Los Estómagos y realmente no entendimos nada, porque nos fue muy bien durante esos meses de existencia. Pero nos disolvimos antes de llegar a frustrarnos: teníamos que terminar el colegio, qué lo parió.”

Con la abogacía en el horizonte, el rock nunca fue una ambición para el Tüssi. Pero junto a otro integrante de Guerrilla Urbana volvió al ruedo al subirse a la escena que a comienzos de los ’90 mantuvo viva la llama del rock como lenguaje secreto en Montevideo. Aquella primera encarnación de La Hermana Menor se formó para tocar en antros como Juntacadáveres con bandas como los míticos Chicos Eléctricos, Los Buenos Muchachos o Los Supersónicos. Aunque la leyenda cuenta que aquella formación llegó a grabar un disco que quedó inédito, apenas un par de temas sobrevivieron en el compilado –¡editado sólo en casete!– Las Criaturas del Pantano (1994), que alcanzó a retratar aquella escena justo antes de desaparecer.

El mito del grupo en realidad comienza cuando, al volver a formar Tussi –-por entonces estudiante de letras, free lance de publicidad y barman– a su alrededor una suerte de proyecto paralelo de integrantes de Los Supersónicos, El Cuarteto de Nos y Los Buenos Muchachos, nunca lograron imaginar un nombre. Así que terminaron presentándose como ex La Hermana Menor. Y así quedó. Sin el ex, claro. “Por eso es que cuando la gente imagina al grupo casi como un proyecto solista mío, porque soy el único integrante que ha sobrevivido en cada una de sus encarnaciones, yo lo veo más como una condena antes que un nombre”, exagera Tüssi, que asegura que cada uno de los grupos “condenados” a llamarse La Hermana Menor son sumamente democráticos, ya que él es incapaz de hacer nada sin estar rodeados de músicos mejores que él.

Con uno de esos grupos –la tercera encarnación, digamos– grabó el ninguneado Ex (producido por Riki Musso, y que conservaba algunas canciones de la formación anterior) antes de que se disolvieran justo cuando salió a la calle el disco. Con el siguiente dio clase de rock en cada escenario al que se subió y grabó el tan premiado Todos esos cables rojos, que acumuló Graffitis –el Grammy uruguayo– y elogios. Y también es otro el grupo que ahora grabó Canarios. “Uno es un resumen, otro un estallido de búsqueda en todas direcciones, y el nuevo es una unidad”, enumera Tüssi, el único que siempre se queda. “Aunque yo soy el peor para juzgar eso”, asegura.

PALABRA DE EXTRATERRESTRE

A pesar del lustre que finalmente ganó La Hermana Menor en su aldea, el Tüssi asegura que siguen siendo una banda marginal dentro de la música uruguaya. Sin embargo, el hecho de que Canarios parezca hecho a medida del tema más exitoso del disco anterior –el melodioso “La casa de Margarita”– preanuncia otros recorridos para el grupo. “Lo compuse porque quería hacer un tema simple y de cuatro acordes, como los de Graham Nash o The Byrds”, explica el autor de ahora todo un disco explorando esa senda, la de las letras que se entienden y las canciones más simples pero también adultas. “Es que después de la dispersión del Cables, queríamos hacer algo más focalizado. Ya volveremos al caos y la misantropía”, casi se disculpa el Hermano Mayor, que se confiesa tímido en escena, pero asegura que con el paso del tiempo, como los de abajo son cada vez más jóvenes, el trabajo se le hace cada vez más fácil. “Hay quienes se quejan de que en vivo no se entienden las letras, pero sobre el escenario me interesa cómo suena la voz, no lo que dicen exactamente las palabras. No es un problema mío, para eso están los librillos de letras en los discos. Después de todo, casi todos mis cantantes favoritos –como Shane McGowan, Joe Strummer, Mark Smith, David Yow o Nick Drake– son bastante inentendibles en sus grabaciones”, avisa antes de los dos shows que realizará con el grupo en Buenos Aires, presentando un disco que aún no se ha editado de ningún lado del río. “Siempre tuve una relación emocional muy fuerte con Buenos Aires, siempre la sentí como la capital de un mismo país y cultura, aunque estén formalmente divididos. Pero tengo que confesar que siempre me gustó más la música uruguaya que la argentina. Salvo Piazzolla, pero es un extraterrestre.” Palabra de Tüssi, palabra de otro extraterrestre, claro que hermano y menor. Con el rock como moneda de cambio, apuesta, y perdición. Y a mucha honra.

SE EDITO EN LA ARGENTINA LA BANDA DE SONIDO DE ZABRISKIE POINT, DE PINK FLOYD




Viaje olvidado





En 1970, Michelangelo Antonioni quiso abordar el movimiento hippy en una película, a la que llamó Zabriskie Point. Y para la banda de sonido convocó al grupo psicodélico que, creyó, mejor interpretaría su visión: Pink Floyd. La reciente edición de una versión extendida de dos discos con la música ya conocida de la película, más un segundo CD con outtakes, grabaciones nunca escuchadas previamente, sirve para volver a ese punto de inflexión en el choque entre la cultura del flower power, la vanguardia intelectual de la generación anterior y el establishment hollywoodense.



Por Alfredo García

Durante mucho tiempo, varios LPs con soundtracks originales con música de Pink Floyd de films fueron totalmente desconocidos por los fans argentinos de la banda fundada por Syd Barrett. En especial More, de 1969, con los temas del film de Barbet Schroeder sobre las andanzas drogonas de Mimsy Farmer en Ibiza, y también Obscured by Clouds, que incluía las canciones del soundtrack de otro film de Schroeder, el extraño viaje hippy–antropológico Le Valée. Dado que ambos films estuvieron prohibidos en la Argentina de los ‘70 (y aún son difíciles de encontrar en DVD, mucho menos en ediciones subtituladas al castellano), el disco más conocido con música para cine de los Floyd era el LP con la banda de sonido original de Zabriskie Point, de Michelangelo Antonioni.

Sólo que a diferencia de los otros dos álbumes citados, Zabriskie Point formó parte de la discografía oficial del grupo de Waters, Gilmour, Mason y Wright, ya que el LP incluye temas de otras bandas como Grateful Dead y The Youngbloods, a pesar de que originalmente fueron los Floyd los músicos convocados por el cineasta italiano famoso por La aventura y El eclipse.

La reciente edición de una versión extendida de dos discos con la música ya conocida de Zabriskie Point, más un segundo CD con outtakes, grabaciones nunca escuchadas previamente, sirve para volver a ese punto de inflexión en el choque entre la cultura del flower power, la vanguardia intelectual de la generación anterior y el establishment hollywoodense.

En realidad, el cineasta de vanguardia en cuestión no tenía mucho que ver con el rock o la estética psicodélica, y eso a pesar de que su reciente y muy exitosa Blow Up era un retrato perfecto del Swinging London, incluyendo una mítica performance de The Yardbirds justo en el breve momento en que dos de los grandes violeros de todos los tiempos, Jimmy Page y Jeff Beck, convivían en la banda.

Que Antonioni era de otro palo quedó claro en su siguiente proyecto, un desastre memorable que logró casi aniquilar por completo la carrera internacional de su director.

El proyecto flower power de la MGM Zabriskie Point (1970) tenía un argumento imposible de seguir sobre la relación entre una antropóloga, un fugitivo hippy acusado de matar a alguien durante una protesta antiestablishment y un ejecutivo straight insertado bastante a la fuerza en la trama, encarnado por Rod Taylor.

Los miembros de Pink Floyd nunca quedaron conformes con su colaboración con Antonioni para Zabriskie Point. Pocos saben que el director italiano convocó originalmente a los Doors, que llegaron a proveer su tema “L’America”, pero que Michelangelo Antonioni dejó afuera del film. Esto daría la razón a los Pink Floyd, que contaban que no había modo de satisfacer al cineasta italiano, quien incluso dejó fuera del score un tema que luego aparecería en The Dark Side of the Moon como “Us and Them”. “El decía siempre cosas como ‘este tema es demasiado lento, ¿no lo pueden volver un poco mas movido?’”, contaron los músicos tiempo después.

En cambio, el director explicó alguna vez que los Pink Floyd no parecían muy dispuestos a trabajar demasiado en el soundtrack, y se pasaban prometiendo más material musical que nunca terminaban de grabar (algo parecido a lo que contó Stanley Kubrick cuando, luego de pedirle a Pink Floyd música para 2001, tuvo que terminar usando valses vieneses).

Finalmente en el film hay música de Jerry Garcia y sus Grateful Dead mezclada con los Youngbloods, los Rolling Stones y The Kaleidoscope, y el único tema de Floyd al que realmente se le da importancia en relación con las imágenes es una tema preexistente, al que sólo le cambiaron el nombre: “Come in Number 51, your Time is Up”, utilizado en la escena en la que todo explota como en un mal ácido; no es otra cosa que el viejo instrumental “Careful with that Axe Eugene”, uno de los puntos culminantes del Pink Floyd inmediatamente anterior a la salida del líder y fundador de la banda, Syd Barrett. La única canción realmente nueva es la excelente “Crumbling Land”.

En los créditos originales, la música de Zabriskie Point figura a cargo de Pink Floyd y Jerry Garcia. La insistencia de Antonioni por tener temas menos lentos tiene una buena evidencia en el muy interesante doble CD con outtakes recién editado por Sony en la Argentina (el mismo material circula desde hace años en distintas ediciones extranjeras, incluyendo una muy recomendable de Rhino Records). Como todo el segundo CD con material inédito está sólo a cargo de piezas de Pink Floyd y algunas variaciones en guitarra de Jerry Garcia, es una experiencia sonora mucho más coherente que el disco con los temas ya conocidos del film. Por otro lado, en defensa de Pink Floyd aparecen dos o tres temas realmente contundentes, como “Red Queen” y “Rain in the Country”, que perfectamente podrían haber dejado por satisfecho al director italiano.

A diferencia de Blow Up, Zabriskie Point fue un estrepitoso fracaso comercial. Costó 7 millones de dólares y apenas llegó a recaudar menos de un millón, eliminando todo interés posterior de Antonioni en nada que tuviera algo que ver con el rock o el flower power. De hecho no pudo volver a filmar hasta la excelente El pasajero, con Jack Nicholson, de 1975.

Como síntesis general del intento fallido de Antonioni de intelectualizar el hippismo, basta este fragmento de la crítica de la época publicada en Chicago Sun Times por Roger Ebert: “Esta es una película tan estúpida, llena de referencias a una ideología que no comprende, que directamente da pena. Antonioni intentó hacer una obra seria, pero el resultado no llega a tener la profundidad de una película de fiesta playera”.

RAUL GARELLO Y SU NUEVO DISCO, TIEMPO FUERTE



"LA PROFUNDIDAD DEL TANGO NO TERMINA"

El notable bandoneonista tiende puentes entre su valioso futuro y lo que vendrá y resalta la presencia de varias figuras jóvenes que producen una renovación necesaria: “Se ven músicos muy talentosos con un futuro grande, pero se necesita más difusión”.



Por Cristian Vitale

“No jodamos, nosotros no vamos a salvar al tango... El tango se salva solo.” Raúl Garello desactiva de entrada cualquier sospecha de epopeya misional, redentora. Es lo contrario: el arreglador, compositor y ex bandoneonista de Aníbal Troilo se sumerge en un todo absoluto que lo envuelve. Lo redime a él, más bien. De ahí que Tiempo fuerte, disco que acaba de salir por Acqua Records, sea definido como una rama más para un fuego inextinguible. “Un algo más para que esto siga ardiendo”, subraya, a punto de mostrarlo este viernes y sábado en el Centro Cultural Torquato Tasso (Defensa 1535). Se trata de una obra cuyo eje ubica a este músico de 74 años, empapado por un pasado de batallas contra la decadencia del género, como faro de las nuevas generaciones. Un conglomerado de diez piezas bañadas por temáticas actuales: el desencanto y la hipocresía de una época sin fantasías (“Todo es un berretín de tome y traiga”), los estragos del paco en los pibes pobres (“Paco a Paco”) o la vida errante de una potencial chica Almodóvar (“Danza invisible”).

“Fue brotando natural, ¿vio? De la observación. Yo lo que hice fue ponerles música a los textos de mi hermano Rubén, de Raimundo Rosales y José Tcherkaski, trabajar sobre ellos. Los pibes que mata el paco me dieron una mirada de franqueza, una crónica de hoy, igual que ‘Todo es un berretín’, que no es precisamente una belleza en el sentido social. Estas letras le fueron dando espíritu al contenido”, define. Un contenido hermanado con un enfoque musical intenso, duro en su belleza, que se manifiesta no solamente en los temas cantados, sino también –tal vez más nítidamente– en las piezas instrumentales: el homónimo que abre el CD, “Radicheta y Ajo” o “Mico”. “Para poner un faro y que no nos perdamos está ‘Che Bandoneón’”, puntualiza Garello sobre la versión de Troilo y Manzi, que lo enlaza con el pasado.

El primer zarpazo importante del bandoneonista fue, precisamente, en la Orquesta de Pichuco. Corría 1963, y Troilo lo convocó para su primer “for export”. Y se quedó hasta el final, en 1975. Doce años en los que pasó de ser peón de fila a ser segundo arreglador de la Orquesta, detrás de Julián Plaza. “Tuve la distinción de alguien que reconozco como uno de los puntales de la música argentina. Decir Troilo es como decir Mercedes Sosa o Carlos Gardel... No soy muy original afirmando esto, pero es así. Fue el músico bisagra del siglo XX, un catalizador de todo lo que lo antecedió y también promotor de la segunda mitad: el que dio a conocer la obra de Astor Piazzolla, nada menos.”

–Astor aparece como personaje de “Danza Invisible”, donde Rosa sueña con bailar sus tangos primaverales...

–Siempre digo medio ampulosamente que él abrió la puerta de las salas de concierto para el mundo. Con su bandoneón, y toda esa insolencia artística que tenía, también hizo al tango. Por su frontalidad y sinceridad, ¿no? Es algo que también siento de Osvaldo Pugliese, Osvaldo Fresedo, Horacio Salgán o Alfredo Gobbi. Son músicos que los jóvenes de hoy adoran. Por mi condición de director de la Orquesta del Tango de Buenos Aires tengo mucho trato con pibes, y esas figuras son parte de las charlas cotidianas.

–¿Cómo mira desde sus siete décadas a las generaciones que abrazan al tango hoy?

–Las veo venir de una forma positiva, que hace veinte años no existía. Hace veinte años nos mirábamos y nos decíamos “somos los últimos”. Por eso, da una gran esperanza al género que los jóvenes, por suerte, hayan adoptado la posición de hacerse cargo de algo que tarde o temprano tenía que suceder. Se ven músicos muy talentosos con un futuro grande, lo que sí necesitamos es más difusión. No la reclamo para mí, sino para las obras nuevas. Si la gente que le gusta el tango no conoce los nuevos autores estamos complicados.

Garello, que acumula en su haber artístico la composición de una obra para Gary Burton (La Danza del Fueye), además de constantes giras por el globo, trabajos junto al Polaco Goyeneche, discos eje como Tangos en homenaje a Woody Allen (1992), Arlequín porteño (2003) y Diálogos de poeta y bandoneón, junto a Horacio Ferrer (2004), repasa una serie de valores jóvenes que, en su visión y en diferentes instrumentos, están “haciendo roncha”: Carlos Corrales, Leonardo Ferreyra, Andrés Linetzky o Victoria Morán, cantante en la que se detiene puntualmente. “Ella no es tan conocida, pero uno dice ‘ahí están el canto, la melodía, la afinación...’ Hay muchos cantantes buenos: Marcelo Tomasi, Jesús Hidalgo, tipos que se suman a los Ardit, a los Guillermo Fernández”, enumera.

–Guillermo ya es como el eslabón perdido entre una generación y otra.

–Está bien eso (risas). El es extraordinario. Lo importante es que están ahí y lo hacen con ganas. Y tienen que seguir, porque el tango tiene una profundidad que no se acaba. Es cierto que la notoriedad que el género tiene en el mundo puede ser acechada por intereses de negocios y esas cosas, pero el tango ya está atravesando su tercer siglo –si tomamos los finales del XIX–, y tiene experiencia para bancar las bajas y las altas.

–¿De dónde viene el nexo de su música con la pintura? La referencia es por dos piezas del disco: “Mico”, el pintor argentino, y el muralista revolucionario mexicano al que Virginia Lago canta en Siqueiros en México.

–No soy un gran conocedor, pero es un mundo que me atrae. Yo estuve seis meses en México en 1972, y conocí la casa de Frida Kahlo, el mundo de Diego Rivera y el movimiento de los muralistas mexicanos. Lo conocí allá, y tuve curiosidad por ese mundo, tanto como el de los plásticos argentinos: Castagnino, Spilimbergo y Berni y, claro, Ricardo Mico, que tiene como 80 años y todavía vive. Le escribí un instrumental para estar a la altura del honor que significó que me invitara a pintar una serie de óleos con él.

–¿Cómo recuerda la experiencia con Gary Burton? ¿Fue la más jugada de su vida?

–Es probable. Eso fue en 1990. Vino a hacer unas clínicas al Paseo La Plaza y me convocó con el Sexteto. Fueron dos conciertos que me sirvieron para encontrarme con un músico portentoso, impresionante. Uno no sabe si tiene cuatro manos... parece que tuviera dos banquetas en cada mano. Es un animal, una cosa de locos.

–Y el cruce de géneros a lo Piazzolla...

–El decía que el tango tenía una profundidad tremenda como el jazz. Que, aunque viniesen de vertientes distintas, reflejaban la música de la calle, la popular... Y ésa es la seducción que tienen, en definitiva, los géneros universales y populares. Por eso lo son. Y por eso Burton y Piazzolla se cruzaron genialmente aquella vez.