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lunes, 26 de diciembre de 2011

SPINETTA: LOS BUITRES DE TURNO !!!!




BUITRES

 


Por Eduardo Fabregat

Lo sucedido el viernes pasado con Luis Alberto Spinetta vuelve a poner sobre el tapete esa cuestión de las responsabilidades periodísticas. O, quizá, el delgado límite que existe entre el periodismo y el amarillismo, entre el interés periodístico y la mentira lisa y llana que busca impacto, entre la búsqueda de la noticia y la buchonería berreta.
No puede decirse que la enfermedad del Flaco fuera vox populi en el medio, pero sí que había un puñado de allegados y periodistas que conocían su estado y guardaban un respetuoso silencio. En primer lugar, porque el periodismo serio siempre consideró “noticia” aquello que refiriera a la riquísima vida artística de Spinetta. Sólo a la prensa “del corazón” –por llamarla de un modo elegante– le interesó, por ejemplo, aquel sonado romance con una actriz y modelo, interés al que Luis respondió colgándose el cartel “No lea basura, lea libros”. Para los demás, Spinetta es material de títulos y coberturas por sus discos, sus conciertos, sus canciones. Lo único extramusical a destacar, en todo caso, es su militancia en la ONG Conduciendo a Conciencia y su presencia permanente junto a los familiares de las víctimas del colegio Ecos, y en actividades que buscan paliar el drama de las muertes por incidentes viales en la Argentina.
La gran mayoría de los periodistas no tenía interés alguno en dar la “primicia” de Spinetta enfermo de cáncer. Pero siempre hay alguien capaz de vender a su madre.
El viernes, el periódico sensacionalista Muy se cagó en la paz que necesita Luis Alberto Spinetta para su recuperación, en el respeto que pedían sus familiares, incluso (para entrar en terrenos ya no del “código” sino profesionales) en el abecé periodístico de chequear la información antes de publicarla. Sabían que nadie de su entorno les iba a dar detalles de lo que atraviesa el artista, y entonces sencillamente los inventaron. Lo imaginaron y lo retrataron al borde de la muerte, “muy grave”, rodeado por un pacto de silencio para no preocupar a los fans (?). Se sintieron satisfechos con ganar protagonismo con un título de alto impacto, aunque fuera una burda e irresponsable exageración del estado de Luis y el ánimo de sus familiares. Rápidamente, el “Ultimo Momento” de La Nación dio por cierta y confiable la información de un periodicucho amarillo y la reprodujo sin más, iniciando el efecto cascada que se multiplicó con el correr de las horas. Provocaron miedo, tristeza, angustia, dolor, entre los miles y miles de personas que lo admiran y lo quieren. Provocaron arcadas entre los colegas que vemos salpicada –una vez más– la profesión por mercenarios sin el menor escrúpulo.
En un día horrendo, Spinetta se vio obligado a escribir una carta que pusiera las cosas en su lugar, y sus hijos Dante y Catarina salieron a difundirla por Twitter. En vez de continuar su proceso de recuperación y disfrutar las fiestas en tranquilidad, la familia Spinetta quedó en el ojo de un torbellino mediático, el aquelarre de lugares comunes y suposiciones que algunos disfrazan de periodismo. En vez de poner toda la atención en sobrellevar una situación de por sí complicada, debieron salir a poner paños fríos en un quilombo innecesario, a rebatir mentiras lanzadas liviana, irresponsablemente a un medio donde las redes sociales y conexiones electrónicas de toda clase multiplicaron tanta falsedad.
Para cerrar el círculo, allí comenzó la segunda parte del perverso dispositivo: una aún más detestable celebración de que el Flaco “confirmara” la primicia. Por la tarde, el “Ultimo Momento” de Clarín dio cuenta de la información con una pieza casi tan vomitiva como la de Muy: “Spinetta decidió hacer pública su enfermedad”, dice la nota, barriendo bajo la alfombra que lo que sucedió no fue decisión del músico, sino de los editores de un periódico del mismo Grupo Clarín. La hipocresía es tan flagrante que el artículo ni siquiera menciona el origen: se habla de “la publicación de un diario matutino”, de una “avalancha de versiones”, ocultando culposamente el lamentable rol jugado por un periódico hermano. Volvieron a esconderlo en la nota de su edición impresa del sábado, con la eufemística frase “La espiral de versiones luego de que un diario lanzara la información de que padece un cáncer terminal...”. Nadie levanta el guantazo que tira Spinetta cuando pide que “no tomen en cuenta las noticias que han generado los buitres de turno”. Clarín y Muy intentan disimular que los buitres a los que alude el afectado son ellos, y hasta alardean de sensibilidad por la “lucha” del músico. Agregan cinismo al daño.
Para algunos todo esto será una anécdota. Habrá quien incluso se sienta orgulloso, como parecían orgullosos los responsables de esa otra bazofia disfrazada de periodismo que botoneó a Sofía Gala fumándose un porro en un recital. Pero corren tiempos en los que el periodismo asume un rol activo y batallador, y este atropello doble, a Spinetta y al rigor periodístico, resulta especialmente significativo: sucedió en la misma semana en que el Grupo Clarín redobló sus titulares catástrofe hablando de proteger la verdad y la información. A Spinetta lo pisotearon y ofendieron, le faltaron el respeto y se cagaron en él, los mismos diarios embarcados en una supuesta cruzada por la libertad de prensa, que le faltan el respeto también al público con sus mentiras y la posterior ocultación del modo en que cocinan y aprovechan esas mentiras. Lo hicieron con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, lo hacen con la Ley que declara de interés público la producción de papel. ¿Por qué se privarían de publicar falsedades sobre un artista?
Finalmente, queda lo otro. La angustia real, sobre la que más vale no machacar. Luis Alberto Spinetta, uno de los creadores más grandes, más valiosos, más queridos de este país, está enfermo. Afortunadamente, responde bien al tratamiento, tiene médicos que saben lo que hacen y está contenido y acompañado por todos sus amores y amigos de hierro. Desde aquí sólo queda esperar y desear con el alma que salga adelante, y que algo de todo el amor, la fuerza, el cariño incondicional y la luz que miles de personas salieron a manifestar en estos días por todos lados, ayude en algo. Que la gente que ha recibido tanto a través de su arte pueda transmitir, devolver toda esa energía y ese calor. Y que los buitres de turno, tan chiquitos, tan canallas, queden aleteando en el vacío de su propia miseria.

 

 
   

SE REEDITA EL ALBUM DE U2 ACHTUNG BABY 20º ANIVERSARIO.

                                                                                        BONO como MacPhisto, su alterego del tour ZooTV



La reedición por el 20 aniversario de “Achtung Baby”, Punto de inflexión en la carrera de la banda U2, confirma Al álbum como la alegoría de una ciudad y, al mismo tiempo, una reflexión desgarrada sobre enamoramiento.


Por Luis Diego Fernandez
 
Estoy preparado para el gas hilarante, estoy listo para lo que venga”, dice Bono Vox al inicio de Achtung Baby . El líder de U2: paladín de cuero negro, guasón travestido con enormes lentes negros –The Fly–: primera y última gran rockstar posmoderna. A veinte años de su lanzamiento y ante una reedición en formato doble: ¿qué fue Achtung Baby de U2, además de su mejor y más perdurable obra? ¿Cómo leerlo? Quizá la última ópera pop que canta un amor ultrarromántico con altas dosis de perversión y locura. Otro intento: reflexión geopolítica en el Berlín pos caída del Muro: nostalgia tecno y relectura del rock industrial, escapando de un exceso de salmos y blues de redención luego de The Joshua three (1986) y la gira mundial Rattle & hum .

Un logro lascivo de Achtung Baby fue el transformar la carrera de diez años – Boy , 1980– de una banda signada por el rock épico y las baladas potentes y melancólicas, en clave irish catholic , en un artificio absolutamente perfecto. Pero lo nuevo, sabemos, debe volver al pasado de modo alegórico para reconformarse: todo misticismo sólo puede salir de sí transvalorando su religio en una ascesis estética total: dandismo, así siempre lo fue en el siglo XIX. Bono salta del papado pop a un dandi cínico y paródico que camina por Potsdamer Platz fumando habanos –panetelas pequeñas– y cantando a su musa perdida: del purpurado vaticano a un flaneur sardónico.

Bono compuso 12 canciones perfectas –incluyendo “One”, himno de la banda– enlazadas como lamento hacia la mujer que ya no está. Sinfonía de amor que no evade la perversión tan bien retratada por las fotografías de Anton Corbijn en el booklet y el arte de tapa –los U2 desnudos y travestidos, expresionismo barroco y estética de cabaret berlinés, cultura de Weimar y burlesque . Bono es mártir y vedette : su ultrarromanticismo también se profana en los pasajes benjaminianos de la centroeuropa en ruinas. En su momento, Brian Eno, músico y productor del disco, definió la obra con ciertos adjetivos gráficos: “bizarro, oscuro, sexy , industrial, dulce, decadente, caótico y optimista”. Eno y Daniel Lanois –el otro del tándem productor– hicieron catar a los irlandeses sabores poco conocidos para su paladar.

Achtung Baby dialoga con el cine de Wim Wenders –los U2 son musicalizadores habitués de sus road movies globales– y con la literatura meditativa de Peter Handke.

Achtung Baby responde, sin saberlo, a la fisiología estética vital de Nietzsche y la lectura del “Angelus novus” de Paul Klee por parte de Walter Benjamin.

Achtung Baby es la continuidad lógica de Berlin (1973) de Lou Reed y de la trilogía alemana de David Bowie – Heroes , Low y Lodger , 1977 a 1979– también producida por Brian Eno. ¿Y hoy? En gran medida, Born this way (2011) de Lady Gaga “reproduce” y se apropia del sonido dance e industrial alemán con pizcas de rock de carreteras, sólo que la pregunta ya no es: ¿qué es el amor?, sino: ¿qué es la sexualidad? –más o menos lo mismo. De Achtung pasamos a Scheisse : los términos alemanes melancolizan: atención, nena, la mierda. Es decir, todo es corruptible.

Acthung Baby también operó como una suerte de enciclopedia irónica de la historia del rock : desde Elvis y los Beatles a los Sex Pistols, desde Hendrix a Michael Jackson y Prince: algo de esto podemos ver en videoclips como “Even better than the real thing”, (obra maestra del género) pero sobre todo en ese show dantesco y mediático como fue la gira Zoo TV Tour : Bono haciendo zapping en vivo y llamando por teléfono a stars .

Compendio de la plasticidad y gestualidad: Bono, en su cúspide de lucidez, supo jugar un gran póker como místico reconvertido en petimetre satánico –recordar a McPhisto, su otro avatar de Zooropa – de cuño baudelaireano y protagonista de la canción alusiva de Batman forever (1995), el murciélago decadente de Joel Schumacher. Lo certero provoca: las líricas oscuras, densas, introspectivas, heridas, se exhibían, paradójicamente, de modo impúdico frente a lo catódico y el rock de estadios.

Achtung Baby fue el disco más exitoso de U2: el séptimo de la banda, vendió 18 millones de placas en todo el mundo, ganó un Grammy, y se lanzó el 19 de noviembre de 1991. Música agridulce que sólo pudo salir de un zeitgeist : el Berlín reunificado finisecular. U2 leyó de modo impecable dónde posicionarse en las vísperas de la “autenticidad” grunge : el artificio de la individualidad heroica del dandismo era el territorio inmejorable.

Berlín, la ciudad. El lazo a la mujer y femme fatale amada con igual obsesión que odio, la alegoría perfecta. “Sos un accidente a punto de suceder”, dice Bono, luego, “pudimos dormir sobre piedras, ahora nos mentimos entre suspiros y jadeos”. El ultrarromanticismo exacerbado tiene su reverso en la carne más pura: el semen derrochado. La epifanía se daba de modo circular, como un eterno retorno nietzscheano : Bono dijo que todas las letras del disco estaban escritas desde “la sangre y las tripas”. ¿Acaso existe otra forma de padecer el enamoramiento que no sea con un punzante dolor de intestinos?

DANIEL MELERO EDITO SUPERNATURAL, SU NUEVO DISCO.



El músico acaba de editar “Supernatural”, un cd que grabó en tres días, pero que representó un desafío a la hora de la mezcla definitiva. Mentor de algunas de las propuestas más vanguardistas del rock local dice: “Los discos se me forman solos”.



Por Lucas Garofalo

Daniel Melero tiene cincuenta y tres años y un disco nuevo que grabó en tres días. Se llama Supernatural, es más o menos el quinceavo de su cosecha como solista (el número exacto depende, entre otras cosas, de cómo se contabilizan los discos quíntuples), y viene a suceder a Por, en el que tuvo a los Babasónicos como banda de acompañamiento. Figura clave del rock argentino como productor de un centenar de grupos de diferentes épocas –incluyendo a Soda Stereo–, Melero se mantiene constantemente en actividad, esquivando un bien merecido prestigio y trabajando de manera tangencial a la industria musical.

-Cuando salió “Por”, su disco anterior, decía que tenía listo un álbum previo que había decidido postergar. ¿Se trataba de “Supernatural”?
-No, ese es un disco doble que nunca edité. Supernatural lo hicimos muy rápidamente este año. A mí los discos se me forman solos, porque grabo todo el tiempo, soy un creyente de que hay que producir por la fuerza. De hecho, en enero ya voy a grabar uno nuevo. Y quizás dentro de algún tiempo retome aquel álbum. Es algo que me pasa habitualmente: hay canciones que dejan de interesarme, hasta que unos años después decido volver sobre ellas. No es que no me gusten esos temas, sino que hoy me representan más las composiciones de Supernatural.

-Es el segundo disco consecutivo en el que trabaja con una banda estable…
-Sí, antes era más solitario e incluso cuando llamaba músicos no había tanta interacción. En Supernatural, por el contrario, Tomás Barry (guitarra), Félix Cristiani (bajo), Silvina Costa (batería) y yo somos coautores de casi todas las canciones, y cuando nos juntamos a tocar estamos en continuo rapport. Lo que pasa es que llega un momento en que lo que más me aburren son mis propias ideas. Me interesa más la manipulación de esas ideas y hoy para mí tener esta banda es como tener un laboratorio. Hay mucha improvisación. Yo no busco simplemente instrumentistas a la hora de formar un grupo. Si hay algo que yo he logrado tanto en mi vida profesional como, digamos, artística, es saber rodearme.

-Hay una diferencia de edad de unos 20 años entre usted y los integrantes de su banda. ¿Eso puede ser una barrera?
-En ningún momento lo sentimos así. Tal vez yo sea un poco infantil o ellos muy adultos. Lo que pasa es que a mí me atraen los artistas que no tienen una idea preconcebida de cómo deberían ser las cosas, que todavía están en una etapa de flexibilidad mental, y ese tipo de personalidades tienden a ser jóvenes. Continuamente la gente me señala esa curiosidad que todavía tengo por la música, pero a mí no me sorprende, porque la vocación es tan fuerte…

-¿Cómo funcionó la dinámica del grupo a la hora de grabar?
-Fue realmente muy sencillo, en tres sesiones lo cocinamos. Restaba mezclarlo, pero el cuerpo del disco, todos sus elementos, lo resolvimos en esos tres días. Habíamos improvisado bastante alrededor de algunas ideas, pero las canciones no tenían forma, ni tampoco letra: yo escribo continuamente, pero esta vez lo hice directamente en el estudio. En los días previos a la grabación habíamos diagramado un plan, porque algunos temas eran bastante complejos, y no estaba del todo claro a qué le estábamos llamando “estribillo”, por ejemplo. Ese día, el encargado de llevar los lineamientos se los olvidó, y puedo decir que para mí fue un gran alivio.

-¿Grabar en tres días era su meta?
-No, pero al tercer día me di cuenta de que ya estaba. Yo venía de estar dos años forjando ese disco que finalmente nunca se editó y que dejó de interesarme, y luego vino Por, que se demoró otro año y me hizo temer que me sucediera exactamente lo mismo. De todos modos, la grabación de Por se demoró en el tiempo principalmente porque los Babasónicos viajaban mucho. De hecho, yo viajé con ellos (en esa época hice el mediometraje Babasónicos x Melero), pero fueron pocas sesiones. Esta vez fue mucho más simple y para el próximo disco pienso ir al estudio con la misma banda y aún menos elementos. Tengo plena confianza en que cuando estamos los cuatro juntos, la música sucede.

-Esa intención se nota en “Supernatural”. A excepción del tema que le da nombre, es un disco bastante despojado…
-Sí, la idea fue usar sonidos muy concretos, como “paquetes sonoros”. Y al momento de la mezcla, era sacar, sacar y sacar. Me costó mucho ese proceso, tal vez como nunca antes. Yo veía el potencial que tenía un tema con todo lo que habíamos grabado y se me escapaba. Atravesé momentos casi psicóticos. Me daba cuenta de que entre todos esos sonidos había una canción mucho mejor de la que yo había imaginado en un primer momento. Dar con la mezcla definitiva era un desafío muy grande.

-Con la improvisación como motor de su banda, el show en vivo parece el contexto ideal para evolucionar. Sin embargo. usted no suele tocar tanto.
-Me gustaría tocar más, pero es complejo: los shows son un poco inviables en este momento para el tipo de trabajo que yo hago. El público en general ya no va tanto a recitales y tampoco me gusta tocar en ciertos contextos, como de festivales, porque es muy fácil engañar a la gente cuando hay miles de espectadores que están lejísimos, sobre todo ahora con el campo VIP. Uno termina tocando para un grupo de criticones envidiosos y eso no me interesa ni me sirve. De todos modos, vamos a tocar más a partir del año que viene. Yo tengo el plan de instalarme en alguna sala de teatro muy pequeña, de esas que quedaron por Palermo, y empezar a presentarnos ahí todas las semanas. Me encanta la escala del show pequeño, para entre cien y trescientas personas. Se produce una linda entropía y, sin dudas, tiene un nivel mucho más grande de compromiso con el espectador.

-Este ha sido un año, además, de mucho trabajo como productor de músicos jóvenes.
-Sí, desde el 93 y 94 –un período en el que casi vivía adentro de un estudio de grabación, sobre todo cerca de las bandas de la llamada “camada sónica”– que no tenía un año tan activo. Creo, humildemente, que los discos en los que trabajé este año son muy importantes. El de Shaman y los Hombres en Llamas es tremendo, el de Maniac Mantu lo volví a escuchar el otro día y me parece superior, el de Félix ni hablar, y lo mismo el de la tucumana Luciana Tagliapietra, con quien fue muy lindo trabajar.

-¿Por qué cree que esos discos no han tenido tanta repercusión?
-Es una época diferente en cuanto a la comercialización de la música. Hoy no existe la idea de formar y desarrollar a un artista por parte de los grandes sellos: tienen tanto miedo que ya no apuestan a lo desconocido. El disco más reciente de Babasónicos, por ejemplo, fue el primero nacional en dos años que editó ese sello. Creo que no hay que prestarle atención a eso: un artista jamás tiene que adaptarse a los contextos, sino que debería generar los propios.

MUERE A LOS 61 ANOS INGRID PASTORIUS VIUDA DE JACO PASTORIUS.

domingo, 4 de dicienbre de 2011

 

  ADIÓS A INGRID PASTORIUS
 
 











 
La viuda del legendario bajista Jaco PastoriusIngrid, murió de un 
infarto fulminante a los 61 años de edad. Ingrid Pastorius deja a cuatro hijos del famoso músico , dos de ellos de un matrimonio anterior de Paco. Ingrid nació en Indonesia desde donde su familia se trasladó a Holanda cuando ella tenía 7 años. Su adolescencia la pasó en Puerto Rico; después se fue a Florida, donde trabajó para una aerolínea y como artista para una compañía que producía pinturas para hoteles. Allí comenzó una relación amorosa con Jaco Pastorius y le 


 






  
 
 



acompañó en giras musicales con Weather Report y luego con Joni Mitchell. Una vez divorciado de su primera esposa, Tracy, Jaco se casó con Ingrid en 1979. Sus dos hijos mellizos, Felix y Julius, nacieron en 1982. Con el deterioro de la salud mental de Jaco Pastorius, la relación se tornó muy difícil, culminando en el divorcio en 1985. Dos años después el legendario bajista --héroe de muchos 


 













músicos hasta el día de hoy-- fue muerto a golpes en una 
reyerta nocturna afuera de un club de jazz. Jaco tenía 35 años de edad. Pero a pesar del divorcio, fue Ingrid quien luchó y realizó campañas para mantener viva la imagen de Jaco durante más de dos décadas, entre otras cosas creando y manteniendo sitios Web sobre la vida y legado del músico. También crió a sus niños en un ambiente de estímulo musical. Félix siguió los pasos de su padre y es hoy un virtuoso del bajo y Julius se transformó en un destacado baterista. Ambos han trabajado juntos en las bandas Way Of The Groove y The Bendy Pastorius Group. Los dos hijos de Jaco iban a tocar el 5 de este mes en un acto conmemorativo del cumpleaños de su padre , quien habría cumplido 60 años de edad.

Fuente: noticiasjazz.blogspot.com



 

lunes, 19 de diciembre de 2011

REPORTAJE A GUILLERMO BERESÑAK. PUBLICO SU DISCO SIN MOVERSE.



“No compongo como oficio: espero a tener algo acá, en el pecho, para sacármelo”, dice este autor, arreglador y productor, que grabó un disco más que interesante, integrado por canciones llenas de sonoridad, emotividad y poesía.



Por Luis Paz

“Por ejemplo, aquel colectivero”, señala Guillermo Beresñak sobre la avenida Juan de Garay. “Ese colectivero colabora para que todos lleguen a sus trabajos, pero a la vez es su trabajo. La música es en parte algo que uno hace para comer y en parte una tarea que cumple en la sociedad. Yo prefiero enfocarme en su función social”, explica este compositor, arreglador y productor que lleva una de sus tres décadas mostrando música. En 2002 formó el grupo Antü (luego Yenifer y su Auto Mágico), frecuente en el conurbano oeste anterior a Cromañón; en 2008 se juntó con Pablo Retamero para el experimento de electrónica, canción de rock y música clásica Le Microkosmos; y entre eso produjo discos para Coiffeur (Primer corte) y Juanito el Cantor (12 canciones de amor y una botella de vino), además de Morón City Groove, con el que El Chávez llegó a la cortina de la serie El puntero. Lo notable es que recientemente Beresñak publicó unas canciones muy buenas, llenas de sonoridad, emotividad y poesía, de costumbrismo y de expedición interna, estructuradas como composiciones para cuarteto de rock y decoradas con una ingeniería pop de sintetizadores y arreglos clásicos. Sin moverse es el título de este álbum de maravillas, que luego de pasear por escenarios porteños y de lograr dos cortes radiofónicos y un par de videoclips en rotación, seguirá presentando el viernes próximo en una fiesta para la comunidad de su barrio y aledaños, en el Club GEI de Ituzaingó (Pirán 450).
Es todo un eje que este primer disco oficial (luego de uno “no del todo pirata” llamado En busca del beso mágico y publicado como Guillermo Beresñak & Burbujas Amarillas en 2009) lleve ese nombre cuando versa tanto acerca del movimiento en sus dos direcciones, tiempo y desplazamiento, en frases como “casi todo el tiempo pierdo el tiempo sin hacer nada y todo sigue dando vueltas sin moverse del lugar” (del corte epónimo), “no quisiera perderte, pero estoy caliente, no me puedo dejar de mover” (de la deliciosa canción pop “Melancolía”) o “universo perpetuo en movimiento, vocación de ruido” (de “Vuélvete”, donde tiempo y espacio se vuelven básicamente lo mismo). “El movimiento es interno, lo genero sin moverme de mi lugar. Cuando toco el piano, emprendo un viaje: no siento que estoy en una pieza, sino en lugares imaginarios del universo. Pero también esa sensación de moverse sin moverse viene un poco de lo que es el rock under, en el que toco hace diez años. Me la paso dando vueltas en los mismos lugares, levantando siempre parlantes del barro...”

–Entonces siente que luego de una década ya debería haber ganado algún dinero...
–No, no tiene que ver con el dinero sino con no estar siempre en el mismo lugar en tu vida. Hay cosas que se enquistan en nuestras vidas, que se repiten o, peor, se estancan. Me gusta el parlante en el barro, tocar en esos bares con la gente apretada, termino tocando sin remera muchas veces. Pero también me gustan los vibráfonos, hacer una orquestación, las secciones de cuerdas y de violines. Lo puedo hacer grabando de a uno, pero me gustaría una gran banda, porque reducirte a un formato es otro tipo de quietud. Todas son amarras y que existan creo que tiene mucho que ver con cómo soy como artista: yo no soy un virtuoso ni inteligente, sino animal, trato de salirme de esas amarras.

–Se nota al inicio del disco, en ese grito que arranca “Sin moverse”, que dura 80 segundos.
–Bueno, ahí está la rabia, ¿no? Son 80 segundos, porque si te golpeás la rodilla, puteás y seguís. Venía de la crisis creativa de llevar tiempo sin hacer nada, me la pasaba yendo de la cama al living, y un día me arrodillé en la cocina, como vencido, agarré la guitarra y me salió ese grito.

–Claro, es un quejido, una puteada, como usted dice, y se entiende ahora que deba ser breve. En cambio, “Soledad” dura 2.45 minutos, algo más estándar, y repite varias veces lo mismo...
–Porque cuando estás en soledad, con la casa vacía y el silencio, todo te parece repetitivo. “Es blanca su transparente soledad”, digo en un momento, y hablo de la pared, de cómo entre la pared y uno se puede ver el vacío, sentir el silencio. Lo repito porque la soledad es una sensación sostenida.

–Eso también le da sentido a “Abrazame”, donde le explica algo a una chica y se lo repite, porque al parecer le interesa que le quede claro. Todo va de las letras a la música y las formas.
–Es que también es un modo de moverse, aunque siempre esté en el lugar de hacer canciones, el hecho de encarar diferentes formas de componer. En Le Microkosmos hago temas de siete minutos más experimentales que surgen de otra raíz compositiva, la de grabar mucho y luego decantar. Acá fue componer desde la guitarra y luego orquestar. Porque no compongo como oficio: espero a tener algo acá, en el pecho, para sacármelo. Y cuando te explota el pecho no estás con la banda entera.

–¿Su función social sería dejar explotar su pecho?
–Algo así. No hago música sólo para mí y para el público de mis recitales, sino también para mi pueblo, como todos los músicos. Tener eso presente te da una cuota de fuerza y responsabilidad. No para hablar para los otros, sino para buscar dentro tuyo. Es buscar profundamente dentro de uno para darle lo que sacaste a otro, para que encuentre algo que le sirva. No tengo una fábrica de temas, pero tengo el oficio, y si me piden un tema para publicidad, me queda la sensación de almacenero.
A diferencia de ese tipo de formas de supervivencia económica asociadas al almacén, el mercado autoservicio, el kiosco o el puesto de diarios, Beresñak apela a aquella otra de los galpones y de los talleres, incluso de los atelieres. A la movida del artesano. Hizo uso de “la herencia familiar” para armar su estudio en su casa, en su barrio. No pasó ni un mes y se lo desvalijaron (para el caso, se lo desequiparon). Se juntó con amigos, pidieron un crédito y allí está el nuevo estudio. “Es mucho lo que un músico pretende de la música: que te represente, que te dé mil sensaciones, vivir de ella. Creo que hay que darle a la música lo que esperás de ella y si buscás sensaciones, no podés ser una fábrica. Lograr algo genuino y que tenga artesanía es jodido, pero cuando lo lográs, vas a llegar a la gente, porque llegás a otro ser humano antes, a ese ser humano que sos vos”, explica sus conductas.

–Pero darle tanta artesanía y explotarse el pecho, ¿no es dañino tanto como hermoso?
–Eso me lleva a pensar en una carta que una conocida de (el poeta francés Charles) Baudelaire le escribía contándole todos los pesares que ella veía que un artista debía pasar para representar las cuestiones del espíritu humano. Su caso es muy extremo: yo no quiero morir en el intento. Pero uno se expone porque estar emocionalmente abierto es estar vulnerable. Lloro a menudo. Me emociono mucho con las películas; las veo de madrugada y no quedo bien. Pero hago menos canciones que cosas que siento, porque tengo que tener la guitarra, estar solo, visualizar la canción. La mayor parte de la música me surge y se escapa estando con mi novia o en la cancha de Boca o en una reunión.

–En los últimos dos casos también está cerca del “animal multitudinario” de Baudelaire...
–Sí, por las dos cosas: por esa fuerza animal de la multitud y por los animales que hay en ella. El otro día veía a un tipo con una bengala en la Bombonera y no entendía cómo podía seguir jodiendo con eso. Se murieron dos personas en el último año por eso. La gente se lo reclamaba y en vez de apagarla, la apuntaba hacia la gente, provocando. Y me agarró mucha bronca, porque además yo no tengo dónde tocar por un tarado como ése. En ese momento, si hubiese tenido una guitarra, habría hecho un tema. Y en la cancha ves la mafia, también: intendentes que llegan con sus ocho custodios atrás, cosas muy turbias. A esos sí les hice una canción, que se llama “La mafia”. Pero bueno, estar abierto emocionalmente es exponerse a la alegría también. Y creo que mi función es estar atento porque es parte de mi trabajo y la materia prima para mi aporte a mi pueblo. Es estar blando para recibir datos y ser su canal. Como Baudelaire en algunos cuentos, soy sólo un observador narrando.

sábado, 17 de diciembre de 2011

REPORTAJE A OSVALDO GOLIJOV. La música del futuro y de los caminos que se transitan para develarla.






RADIOGRAFIA DE LA MUSICA CONTEMPORANEA
 

La nota que viene

 

Reconocido en todo el mundo, donde le rinden homenajes, las revistas especializadas lo consideran uno de los más importantes compositores del presente, le encargan obras (como la de la Fundación Bach que abrirá la temporada 2012 en el Colón) y las grandes estrellas estrenan sus trabajos, Osvaldo Golijov es también el responsable de las bandas de sonido de las últimas películas de Francis Ford Coppola, y sin embargo en Argentina es prácticamente desconocido o directamente considerado sapo de otro pozo. De paso por Buenos Aires, Golijov habló de ese enigma permanente que es la música del futuro y de los caminos que se transitan para develarla.


Por Diego Fischerman

Los artistas argentinos no tienen una muy buena relación con sus colegas. Y mucho menos si tienen éxito en el mundo. Una retrospectiva musical en el Lincoln Center, un contrato con la editorial Gallimard o la obtención del Premio Herralde son, para cierto mundo especializado local, apenas una prueba más de la debilidad extranjera por comprar buzones. No es extraño, entonces, que al autor a quien en Nueva York, Madrid o San Pablo le han dedicado programas de más de una semana consagrados a su música, al que recibe encargos del Festival de Tanglewood, de la Metropolitan Opera House o de la Fundación Bach –para escribir una Pasión en su homenaje que, incidentalmente, abrirá la temporada 2012 del Teatro Colón–, al único de los creadores actuales cuya obra es registrada y publicada por la Deutsche Grammophon, al músico de los últimos films de Francis Ford Coppola y aquel cuyas obras son estrenadas por Yo-Yo Ma, el Kronos Quartet o la cantante Dawn Upshaw, los compositores locales no lo consideren uno de ellos. Ni siquiera uno de ellos dedicado a hacer una música que no les gusta ni interesa. Osvaldo Golijov, dicen, hace otra cosa. Y, curiosamente, tienen razón.
“No hay un lugar para el compositor contemporáneo. Es decir, nunca hubo uno solo, pero menos que menos ahora; hay muchos legítimos”, dice. De paso por Buenos Aires, donde dio una charla organizada por la Fundación OSDE en colaboración con Radio Nacional, Golijov conversó con Radar. Sabe que es discutido pero no confronta. Habla con admiración de sus maestros y, en particular, de Gerardo Gandini, con quien estudió antes de irse de la Argentina, a los 22 años. Hace una diferencia entre aquello que escucha y lo que podría componer. Habla de lo que escribía en sus comienzos, siempre con la sensación de que lo hacía para agradar a otros –o a un deber ser de la música contemporánea–, y de lo que compone ahora. Diferencia entre ciertas maneras de circulación de la música en los Estados Unidos y en Europa. A un lado del Océano Atlántico “se piensa más en el público” y al otro “se mira más al gusto de los maestros y al de quienes serán los jurados de los concursos”. Golijov apenas se permite señalar que “unos no son necesariamente más limpios o más puros que los otros”. No cree que un compositor tenga la obligación de ser de una u otra manera pero, en todo caso, a él la comunicación le interesa. “Yo, antes, estaba muy convencido de la relevancia cultural del compositor en el presente”, explica. “De ser parte de un circuito que algunos pueden considerar comercial pero yo considero sano. A mí me parece bien cuando existe una fluidez entre el panadero y el que compra el pan. Entre el compositor y las salas de concierto y entre los conciertos y el público. Cuando hay orquestas que quieren tocar tu música y salas de ópera que quieren tus composiciones. Que es lo que pasaba con Verdi, por ejemplo. Ahora me parece que hay muchos lugares legítimos para el compositor, que pueden tener que ver con el mercado, pero también con lo experimental. Se trata de qué es lo que uno es feliz haciendo, al fin y al cabo. Y, en lo personal, estoy en una búsqueda un poco más interior que antes. Quiero hacer algo un poco más oscuro que lo que venía haciendo. O tal vez no sea una cuestión de oscuridad sino de exploración de un cierto lirismo. Estoy, en este momento, muy pegado a Schubert y a Sibelius y me interesa buscar por allí. Ahora estoy trabajando en un cuarteto de cuerdas y en un concierto para violín y andan por esa zona.
La pregunta inevitable es si esos lenguajes todavía sirven para expresar cosas nuevas. –Es algo que también podría haberse preguntado Sibelius mientras escribía la Sinfonía N0 7 y tenía frente a sí a Schönberg y Stravinsky. Y la respuesta es obvia: el tipo encontró algo. No sólo ese lirismo del cual hablaba sino estructuras totalmente novedosas y que todavía perduran y están como en un presente eterno. No fueron superadas por lo que estaban haciendo Schönberg y Stravinsky. Ni ellos lo reemplazaron a él ni él a ellos. Ambos caminos fueron posibles y los dos conservan vigencia. Eventualmente, creo que a Sibelius le corresponde un lugar en la música del siglo XX. Y volviendo a lo que decíamos antes, también hay un lugar legítimo para Puccini. Sigue siendo relevante y lo seguirá siendo mientras la ópera exista. También, el otro día, un poco por casualidad, porque había ido a la biblioteca a llevarme música de Alban Berg y di con una pila de partituras que estaban devolviendo, me encontré con la Rhapsody in Blue, de Gershwin. Y es una obra genial. Va a estar presente siempre. Y no es la búsqueda de vanguardia en el sentido superficial de la palabra. Es una cosa de locos: armónicamente, rítmicamente. Y además es popular.
El ritmo, o por lo menos aquello que se asimilara con una pulsación regular, fue bastante despreciado durante gran parte del siglo XX. Se valorizaron sobre todo las experiencias que desarrollaron el ritmo hacia su astillamiento mientras que quienes trabajaron con ideas de acentuación y de pies rítmicos reconocibles como tales fueron condenados al ghetto de los localistas y los pintoresquistas. –Creo que en ese sentido hay algo interesante. Una especie de doble falacia. Por un lado esa especie de atonalización del ritmo. De astillamiento hasta el átomo. Y por otro eso que Alex Ross llama el index de disonancia. Esa idea de que cuanto más disonante es una obra, más moderna.
El contemporaneómetro. –Exacto. Pero creo que la gente puede absorber mucho más la disonancia que el astillamiento rítmico. Porque el ritmo es biológico, o genético, y no cultural. Tipos que encontraron una nueva forma de periodicidad, como Ligeti, tienen una popularidad, o, sin pensar en la popularidad, una capacidad de apelación, que la gente que disuelve la periodicidad, como Elliot Carter, tiene muchas más dificultades para lograr.
En el jazz o en algún rock más experimental, se ve con claridad cómo lo disonante está lejos de producir extrañeza, en tanto hay una pulsación evidente. –Porque hay algo periódico y nosotros somos seres periódicos. Caminamos, respiramos, dormimos de noche y estamos despiertos de día. Tenemos pulso. No sé, Boulez últimamente hizo obras que buscan una nueva periodicidad. Pero con los americanos, como Milton Babbitt, no hay interesección posible con la matriz biológica del ser humano. No se pueden comparar esos experimentos con Bach o Ligeti que tienen esa matriz. Lo mental, por supuesto, pero también los dedos. El cuerpo al tocar esa música y al escucharla.
Babbitt no escuchaba mucha música de Babbitt. –No, escuchaba obras de Broadway. Era un experto.
Los artistas suelen tener preferencias distintas a la hora de producir y a la de consumir. Uno no escribiría ciertas novelas cuya lectura, sin embargo, pueden proporcionar mucho placer. O lo contrario. Esa distancia entre el productor y el consumidor, ¿se hizo excesiva en los músicos? –Parecería que hay necesidades que cierta música no satisface, ni siquiera para sus autores. Lo que no quiere decir que esas nuevas obras no satisfagan necesidades totalmente distintas. Hay allí una pregunta básica y es si realmente las necesidades básicas fueron totalmente satisfechas por el arte del pasado y, entonces, el compositor contemporáneo está obligado a la vanguardia. Pasemos la pregunta al teatro. Shakespeare ya habló de los celos, de la venganza, del poder, del amor. ¿Eso quiere decir que las obras contemporáneas no pueden volver a hablar nunca más de eso? Entonces, en la música, ¿por qué no buscar un nuevo tipo de melodía? No sé cómo va a ser. No sé qué cosas van a quedar y qué otras nuevas van a surgir. Yo, personalmente, no puedo decir “mi música es esto, pero yo escucho esto otro”. Yo quiero que mi música dialogue con la música que yo amo.
Hace dos años, la revista inglesa Gramophone lo ubicó en la tapa, junto a Steve Reich, como uno de los compositores fundamentales del presente. Allí lo definían como un compositor “estadounidense de origen judío, nacido en la Argentina”. El lugar de nacimiento, allí, estaba en último lugar. ¿Concuerda con esa caracterización identitaria? –En mi caso, el judaísmo es importantísimo. No tanto porque haya hecho algunas obras más referencialmente judías sino porque es una actitud que se traduce en la música. Tengo, por ejemplo, grandes problemas con lo orquestal. Y es que la orquesta es un organismo tan jerárquico. Mis mejores cosas, la Pasión, o Isaac el ciego, o Ayre, o Azul –el concierto para cello y orquesta que escribió para Yo-Yo Ma–, donde logré un poco reinventar la orquesta, son medio anárquicas. Son muy sinagogales, al margen de si suenan más o menos judías. Se trata de cómo cuestionan las jerarquías, de que no hay allí un intermediario entre uno y Dios. Puede haber una multiplicidad de conductas, como en el templo, donde alguien grita, alguien medita, alguien murmura. Y todo eso se transforma en una melodía. El judaísmo, en mi música, se manifiesta en eso; en mi dificultad para adaptarme a la jerarquía. En cuanto a la argentinidad, me parece que hay muchas maneras de ser argentino, como hay muchas maneras de ser judío. ¿Qué es lo que yo rescato de mi pertenencia aquí? Las miradas de Borges y de Cortázar, que son las miradas con las que crecí. Yo me fui muy joven. Pero rescato de la Argentina, o de La Plata y Buenos Aires, que fueron mis ciudades, la avidez. Esa posibilidad, nuevamente no jerárquica, de meterse con temas de la filosofía oriental o con el malevo de la esquina. Hoy, no sé cuán importante es el tema de la identidad nacional en la Argentina. En otras partes no lo es. La identidad es algo más complejo. Y eso también está en Borges y Cortázar.
Antes hablaba de la música que escucha el compositor. ¿Cuál es la suya? –En este momento, Bach y Schubert, principalmente. Me interesa John Adams, sobre todo por su dominio de la orquesta, que es mi complejo, aunque lo sienta filosóficamente lejano a mí. Estuve escuchando, recientemente, a Reich. Pero tengo un problema, en este momento, con la música contemporánea. Estoy interesado en algo con más dimensiones. No sé, no es muy lineal. Escuché hace poco La lontananza utópica futura, una obra bellísima de Luigi Nono, que me inspiró muchísimo en mi concierto para violín, y junto a eso, el Porgy & Bess de Miles Davis, con arreglos de Gil Evans. Y encuentro tanta locura y tanta creatividad allí como en la obra de Nono. Es una obra increíble y a ese nivel, el de las obras nuevas, de una posible vanguardia. En realidad, yo quisiera hacer algo así.


Coppola, Piazzolla y chamamé



“Coppola no quería a un compositor de Hollywood, escuchó mi Pasión según San Marcos, le interesó mi trabajo y me llamó. Después nos hicimos muy amigos y trabajamos juntos con mucha comodidad”, dice Osvaldo Golijov. Sin embargo, se parece bastante a un músico de cine, por lo menos en su nueva encarnación, más parecida a Gustavo Santaolalla (que ha tocado en la grabación de su ópera Ainadamar, que tiene a García Lorca y Margarita Xirgu como personajes, y con quien trabaja habitualmente, para Café Tacuba o el Kronos) que a los viejos sinfonistas, en la tradición de Bernard Hermann y, más cerca, de Jerry Goldsmith y John Williams. Como Santaolalla, Golijov trabaja con objetos encontrados. Cita hasta el extremo. Si en su ópera hay flamenco no es la orquesta clásica la que remeda el género, sino que se incluyen un cantaor y un guitarrista. En su Pasión, que busca reflejar el cristianismo americano, aparecen músicos caribeños y bailarines de capoeira. Para Tetro y Juventud sin juventud –los films de Coppola para los que trabajó–, Golijov puede componer tanto auténtica falsa música de Piazzolla como chamamés. “Me interesa lo dramático en música”, comenta. Radicado en Boston y una estrella en el discreto mundo de la música clásica actual, asegura que “el cine y la ópera tienen mucho en común; son musculares, están vivos”.

Bob Gruen presenta en Buenos Aires sus fotos de la época dorada del rock.

                                                                     Bob Gruen.



 
   John Lennon, NYC 1974
“Fue un día típico en la terraza de su edificio. John me pidió fotos para un disco, Walls & Bridges. Tenía la idea específica en mente: quería primeros planos de su cara, todos del mismo tamaño, para poder cortar las fotos en tres tiras y mezclarlas, hacer diferentes expresiones. Sacamos media hora de fotos haciendo caras y él me dijo ‘Saquemos algunas más, para usar como publicidad’. Desde la terraza se veían los edificios, se veía el horizonte de Nueva York, y me acordé de la remera. Yo tenía una remera así, que usaba todo el tiempo. No se vendían en negocios, las vendían manteros, en la calle, las hacían ellos mismos. Siempre que veía alguna la compraba y compraba para mis amigos. El año anterior a que sacáramos la foto, le di una a John Lennon. Ese día le pregunté si todavía tenía esa remera y me dijo que sí. Sabía dónde estaba y la fue a buscar. Se la puso y eso fue todo.”


ROCK’N’ROLL CIRCUS

 

Desde que empezó, a mediados de los ’60, en la escena folk de Nueva York, estuvo siempre en el momento y en el lugar indicados: capturó la electrificación de Bob Dylan, los años de oro de John & Yoko, la naciente escena punk neoyorquina y la explosión del punk inglés, a bandas como Zeppelin y los Stones en la cima, postales que capturaban la esencia la intimidad, el poder y la gloria de una música que parecía conquistar y denunciar al mundo al mismo tiempo. Con 70 fotos de aquellas, Bob Gruen inaugura Rock Seen, una muestra en el Centro Cultural Borges que condensa más de cuarenta años de vida, muerte y sobrevida del rock. En esta entrevista, recorre sus mejores escenas, desde los baños del CBGB hasta la terraza del Dakota.

Por Mariana Enriquez

Algunas fotos tienen destino de poster, remera, postal; se convierten en la imagen más reconocible, más popular y casi congelada del personaje, del ídolo. La del Che tomada por Alberto Korda. La de Einstein sacando la lengua, de Arthur Sasse. La de Freud con cigarro de 1920, de autor desconocido. La de Julio Cortázar con cigarrillo, de Sara Facio. La de Jim Morrison con los brazos extendidos y el collar de canutillos, de Joel Brodsky. Y la de John Lennon cruzado de brazos en una terraza, con la remera blanca que dice New York City en letras negras. “No sé por qué se volvió la foto oficial de John –dice Bob Gruen, neoyorquino, 66 años, el hombre que tomó esa foto en 1974–. Es misterioso por qué ciertas imágenes acaban siendo icónicas. Cuando la sacamos ni nos imaginamos que iba a ser tan conocida en el mundo entero. Hay millones de fotos de John Lennon: que la mía haya sido singularizada es como si hubiera ganado un premio. Tuve mucha suerte.”

Iggy Pop & Debbie Harry. Toronto, Canadá, 1977
“Para hacer esta foto hoy deberíamos rogarle a un montón de publicistas y managers durante meses y además montar un estudio y cruzar los dedos. En aquel entonces, fue natural. Yo fui a Toronto con Blondie porque iban a tocar con Iggy, que en ese momento tenía nada menos que a David Bowie en el piano. Era una gran noticia, Bowie en un segundo plano, eso me llevó hasta Canadá. En el camarín, antes de salir, Iggy vino a saludar a Blondie. Y yo les pedí una foto juntos, a él y a Debbie. La hicieron en el baño. Iggy empezó a treparse a Debbie y a tocarle las tetas y yo no lo pude creer. Iggy era así: nadie más se hubiera atrevido a tocar de esa manera a Debbie. Ella reaccionó lamiéndole el pecho. Fue muy erótico, muy excitante, pero duró segundos: sacamos nada más que seis fotos. Y ésta se volvió famosa porque es casi un imposible momento íntimo entre dos íconos.”
 
Bob Gruen no lo dice, pero es probable que una parte del aura de esa foto tenga que ver con la paradoja o la premonición. John Lennon lleva sobre el pecho el nombre de la ciudad donde sería asesinado y su expresión es inescrutable, con la mirada oculta detrás de los anteojos oscuros. Además, Gruen la dio a conocer en 1980, poco después de la muerte de Lennon, para un homenaje público en Central Park. Gruen se da cuenta de que muchos, muchos de sus mejores retratados están muertos. Joe Strummer, de The Clash, muerto en 2002 de un ataque cardíaco. Sid Vicious, muerto de una sobredosis de heroína a los 21 años. Joey, Dee Dee y Johnny Ramone, que murieron uno tras otro entre 2001 y 2004, como en un contagio. Jerry Nolan, Johnny Thunders y Arthur Kane, de New York Dolls. John Lennon, asesinado en 1980. “A veces mi vida es como en Sexto sentido –dice–. Hace unos meses, en mi estudio, estaba preparando un trabajo y vi a mi alrededor las fotos de Lennon, Strummer, Joey Ramone, Sid Vicious... Me di vuelta y le dije a mi asistente: ‘I See Dead People’.”
Bob Gruen se ríe de su chiste con una carcajada seca y un brillo en los ojos azules. “¿Qué puedo hacer? Es extraño que tanta gente que conocí en mi vida esté muerta. Trato de tomármelo con humor y con cierta filosofía: no sabemos lo que es la vida, por qué estamos vivos o muertos... No me paso el día pensando en por qué sobreviví.”
¿Siente alguna responsabilidad hacia ellos? –Mucha, porque la mayoría eran mis amigos. Trato de mantener su memoria viva y mostrar sus imágenes de una manera positiva. Los retraté en su mejor momento, jóvenes, creativos, hermosos. Yo también viví una vida rockera, de excesos, una vida peligrosa. Pero por suerte sobreviví. Pude haber sido yo el muerto, pero no fue así, sigo vivo. Jim Keltner, el baterista de Plastic Ono Band, me dijo una vez que soy el testigo. Que tuve que sobrevivir para contarle al mundo lo que pasó. Y siento esa responsabilidad.

EL MEJOR LUGAR Y EL MEJOR MOMENTO

 

Mick Jagger de rodillas, Record Plant, Nueva York, 1972
 
Bob Gruen nació, creció y vive en Nueva York. A los 4 años, su madre, fotógrafa aficionada, le mostró la extraña magia de un cuarto de revelado y a los 8 años recibió su primera cámara de regalo. Pero durante años la fotografía fue algo casual. Tomaba instantáneas de su familia, de amigos, de la ciudad; como adolescente que vivía en el Greenwich Village de la explosión folk de la primera mitad de los ‘60 tenía mucho material para retratar pero poca conciencia de estar viviendo un momento histórico, así que sobre todo se dedicaba a sacarle fotos a la banda con la que vivía, The Glitterhouse. Pero Bob Gruen tenía una obsesión: ver en vivo, y retratar, a su ídolo, Bob Dylan. Se había perdido sus míticos shows en el Newport Folk Festival de 1963 y 1964, aquellos con Joan Baez, y estaba determinado a ser parte de Newport ‘65. Llegó, molestó y consiguió que le dieran un pase oficial de fotógrafo. Bob Gruen no sabía, claro, que Bob Dylan iba a tocar aquel mítico show eléctrico que sería leyenda. Su debut como fotógrafo de rock fue retratar uno de los cinco conciertos más célebres de la historia. “Eso me pasa mucho –dice ahora, con inocultable satisfacción–. Suelo estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. No sé por qué y por suerte nunca lo analicé; de haberlo hecho quizás hubiera perdido ese extraño don.” Lo cierto es que allí estuvo y se acuerda de la reacción de los atribulados folkistas: “Fue un escándalo, pero no todos lo abucheaban. Algunos sí, otros aplaudían, otros se gritaban entre ellos, fue un caos, debatían durante el show el significado de tocar enchufado, era puro miedo al cambio, a algo diferente. Lo que Bob quiso decir, creo, era que, ahora, la música folk de los Estados Unidos era el rocanrol. Y tenía razón, por supuesto, el rocanrol es mucho más popular que cualquier otro tipo de música americana, es la música de la gente”.

Keith Richards y Tina Turner, Hotel Ritz Nueva York, 1983
 
¿Dylan es fácil de fotografiar? –No. Es muy difícil. No le gusta. Pero debo admitir que a él nunca lo conocí del todo. Es una de las pocas personas con las que trabajé y con las que nunca realmente hablé. Dylan me habló solamente una vez y estaba enojado conmigo. Cuando hizo el Rolling Thunder Tour, en los ‘70, no quería fotos, incluso hacía revisar a la gente por si entraba cámaras. Yo escondí la mía, en mi saco, y tomé fotos: sentía que era mi deber como periodista hacerlo, que no era justo no permitir fotos; como un hombre de los medios sentía que era importante. Saqué muchas fotos y las vendí a revistas. Tres meses después me encontré con Bob en la calle, en Berlín. Me señaló con su bastón: creí que me iba a pegar. Y me dijo que, en efecto, hacía tiempo que pensaba en romperme la cara si me veía. “Te metiste en mi concierto y sacaste fotos sin permiso”, me dijo, rabioso. Yo estaba shockeado, primero porque me reconociera, porque supiera que era yo quien había tomado esas fotos. Y también me impactó que estuviera tan enojado. Para mí, que soy fan, fue como conocer a Dios y que quisiera matarme.
¿Quién más es complicado de fotografiar? –Los Rolling Stones tienen muchas restricciones. Es agotador. Tienen demasiados abogados y managers. Personalmente son gente muy agradable, pero conseguir fotos o pases es muy difícil, no se les puede sacar fotos sin permiso. En los conciertos sólo permiten cinco minutos en dos canciones y luego hay que irse. Los fotografié por primera vez en 1972, el 1997 hice el libro Crossfire Hurricane, 25 Years of the Rolling Stones y desde entonces acceder a ellos se ha vuelto tan restrictivo que voy a los conciertos a pasarla bien pero ya no les saco fotos.

Joe Strummer & Gaby - Kiss On Car’, NYC 1981
“Los Clash estaban en Nueva York por un mes en junio de ‘81 cuando tocaron en Times Square y Don Letts estaba haciendo una película sobre ellos. Fuimos a Battery Park, en el sur de Manhattan, para filmar. Yo los llevé en mi auto: ese auto de la foto es mío, un Buick Special de 1954, un auto viejo que conseguí casi nuevo porque alguien lo había tenido en un garage por treinta años y me lo vendió por 300 dólares. Yo paseaba a los Clash en él todo el tiempo. De repente Joe se acostó sobre el auto con Gaby, su novia, y se vio tan rocanrol, tan años ‘50, un momento casi cinematográfico, que tomé la foto. Fue un segundo.”
 
El sentido de la oportunidad –o cierto destino de oportunidad, Gruen se inclina por esto último– lo acompañó en los años ‘70. Como jefe de fotografía de Rock Scene Magazine retrataba a Led Zeppelin junto a su avión privado pero también a la escena del seminal punk neoyorquino, que con el tiempo se convertiría en la edad de oro de la rebeldía artie y juvenil. Gruen se pasaba las madrugadas en CBGB y en Max Kansas City haciéndose amigo de los New York Dolls, Patti Smith, The Ramones, Television, Talking Heads, The Heartbreakers, Blondie. Los cándidos backstage de esa era son testimonio del deslumbrante underground neoyorquino, tan precario, tóxico y fabuloso, al mismo tiempo.
“Nos parecía normal estar aislados. Nadie esperaba que esa escena fuera un éxito, no era mainstream, no era para la cultura popular. Era para artistas y para gente que quería pasarla bien. La expresión más común para las bandas que tocaban en CBGB era ‘no commercial potential’. Querían decir que podían ser divertidas pero que no iban a hacer dinero. Por eso es tan extraño que muchos de ellos se hicieran famosos mundialmente, como Blondie o Patti Smith; nadie esperaba que salieran de Nueva York. Y, además, no eran muy buenos al principio. Nadie sabía cómo tocar, la verdad. Era para expresarse y divertirse: tampoco había dinero. Si una chica te compraba una cerveza era una buena noche y si la chica se iba con vos a tu casa era una noche fantástica. Que terminaran con tanto dinero es una especie de chiste. De buen chiste.”

Sex Pistols, noviembre de 1977, en un bar cerca de Bruselas, camino a una entrevista con Radio Luxemburgo
 
¿Por qué los Ramones nunca lograron el éxito comercial en Estados Unidos? –Fue difícil para ellos en mi país porque eran demasiado excitantes para que los pasaran en la radio. Eran más excitantes que las publicidades y que los DJ... daban miedo. Así que nunca los pasaron mucho por la radio y estar en la radio es esencial en Estados Unidos para que la gente te conozca. Aún no los pasan mucho. Además, cuando empezaron eran muy punk y nadie pensaba que irían a ningún lado, tocaban tan rápido que no se entendía lo que decían. En los discos eran muy pop pero en vivo eran un poder total, una velocidad que te dejaba sin aliento, dando vueltas en el aire. Un amigo mío, Legs McNeil, me dijo, la primera vez que vio a los Ramones: “No sé que pasó, pero me gustó”. Yo también me sentía así. Solamente sabía que quería volver a verlos. Tuve suerte de ser amigo de todos y de sacarles esa foto en el subte, en la que tienen los instrumentos sin fundas porque no tenían plata para pagarlas. Una foto que define esos años, ese entusiasmo, creo.
Es increíble que la mayoría de los Ramones hayan muerto.... –Bueno, Tommy y Marky siguen vivos. Yo siento mucha satisfacción y gratitud con Argentina, porque ellos pudieron conocer el éxito y la adoración en este país, cosa que los sorprendía sobremanera. La semana pasada comí con Linda, la mujer de Johnny; ella y el hermano de Joey son los dueños de The Ramones. Y conservo en casa una pintura de Dee Dee, donde él se retrató con su doble personalidad. Porque, bueno, había un Dee Dee bueno y un Dee Dee malo. Podía ser dulcísismo o podía darte muchísimo miedo. Tenía mucha calle. Y era fuerte. Uno no quería verlo de malhumor. Yo, por lo menos, no quería.

Elton John, sobre el escenario y con las piernas en el aire, Fillmore East, 1970
 
También retrató la escena punk de Londres, heredera de la neoyorquina... ¿Fue a buscarla? –No fui a buscar nada. No sabía que había una escena punk en Inglaterra. Conocí a Malcolm McLaren porque le había vendido ropa a los New York Dolls. En realidad fui a Europa porque mi hijo de dos años estaba ahí con mi suegra francesa, que vivía en París, y yo lo extrañaba y lo quería ver. Había hecho un poco de dinero con los Bay City Rollers, había vendido algunas fotos de Kiss a una revista japonesa y tenía plata, la suficiente para un avión. Vi a mi hijo, la pasé bien, fui a Alemania a visitar a los editores de una revista para la que había trabajado y fui a Inglaterra porque estaba en el camino de vuelta a casa. Llamé a Malcolm porque era la única persona que conocía y me consiguió una habitación donde estar. Pero antes me llevó a un lugar llamado Club Louise, donde conocí a los Sex Pistols, The Clash, Billy Idol, Siouxsie, a todos. En una semana conocí a todos los que serían la base del punk en Inglaterra.
¿Y qué banda le gustó más? –The Clash. Me parecieron fantásticos. Después de un show en Edimburgo empecé a hablar con Joe Strummer y nos hicimos amigos. En 1978 vinieron a Nueva York y yo era una de las pocas personas que conocían en la ciudad, así que estuve con ellos, los fotografié, los llevaba para todos lados con mi auto. Strummer era terriblemente cálido y sumamente inteligente. Un tipo fuera de serie.
¿Y los Sex Pistols? –Con los Pistols me llevaba bien, eran graciosos. Johnny Rotten, eso sí, era desagradable: yo no podía creer que alguien fuera tan desagradable a propósito y disfrutarlo. Pero los demás eran muy decentes y agradables. En uno de los ensayos, recuerdo, me ofrecieron una taza de té, como abuelitas británicas.
Sid Vicious fue uno de sus retratados favoritos...

Ramones en el subte, 1977, camino a un show en CBGB. Los instrumentos no tienen fundas porque no tenían dinero para pagarlas
 
 
–Sid era un gran modelo y un mal bajista. También era un chico muy agradable. Lo llamaban Vicious por oposición, como si a un flaco desnutrido le dijeran El Gordo. En realidad era un dulce. Era un nenito cuando murió, tenía 21 años, no tuvo tiempo de experimentar la vida, no estaba completo, no sabía nada. Cuando empezó a tomar heroína se fue del mundo. Yo lo conocí bastante limpio, porque cuando estaba de gira en el bus no tomaba drogas: mantenían a su novia Nancy lejos y por ende las drogas estaban lejos. El la amaba, hablaba de Nancy constantemente.
¿Se encontró con él después del asesinato de Nancy? –Poco después del crimen, cuando salió de la cárcel, donde estuvo dos meses, Sid vino a un concierto de Blondie y yo lo hice pasar al backstage. Estaba limpio, feliz, tan agradable. Pero en ese backstage estaban todos aterrorizados porque no sabían si Sid era un asesino o no. Todos conocían a Nancy de Nueva York, era parte del entorno de los New York Dolls y de la escena en general. Yo no creo que él haya matado a Nancy. No sé quién lo hizo: mi teoría, y la de muchos, es que alguien entró a robarles, porque la puerta de su habitación en el hotel Chelsea estaba siempre abierta, tenían mucho dinero ahí dentro y estaban siempre dados vuelta. Le pregunté personalmente qué había sucedido y Sid me dijo que él se había quedado dormido y, cuando despertó, Nancy estaba muerta, asesinada. Yo le creí, le creo. Nunca la hubiera lastimado. La amaba.

EL AMIGO AMERICANO

 

La primera vez que Bob Gruen vio a John Lennon y Yoko Ono fuera de un escenario fue en el Apollo Theatre en 1972. La pareja más famosa del mundo estaba esperando un auto para irse y Gruen les tomaba fotos. Lennon le dijo, medio en chiste medio en queja, “la gente siempre nos está sacando fotos y nunca las vemos”. Gruen le dijo que él se las mostraba, se las llevaba a su casa si quería. Que se las pasaba por debajo de la puerta, porque vivían muy cerca. “No se las pasé por debajo de la puerta, les toqué timbre –cuenta–. Me abrió Jerry Rubin, el activista, cosa que me sorprendió: esperaba a un secretario. Jerry me preguntó si John y Yoko me estaban esperando y le dije que no. Y dejé las fotos y me fui. Años después Yoko me dijo que eso los impresionó: todos los que venían a su casa querían conocerlos, todos querían algo de John y Yoko. Yo también quería conocerlos, claro, pero no forcé la situación, traté de no ser molesto. Les di algo y me fui. No necesitaban mis fotos, obviamente, pero se las quería dar.”

Led Zeppelin frente a su avión privado, 1973
 
Poco después, Gruen volvió a verlos durante una entrevista con la Elephant’s Memory Band. La nota era en un hotel, pero Gruen pidió hacer las fotos en el estudio, para tener imágenes de John y Yoko con la banda. Yoko le dijo que podía acompañarlos al estudio, pero que debía esperar hasta el final de la noche, porque no iban a posar. Gruen esperó: estar toda la noche en un estudio con John y Yoko no era exactamente un mal programa. “Al final sacamos fotos de la banda y tres semanas después me encontré con el baterista: me dijo que estaban tratando de encontrarme porque yo era el único que tenía fotos de la banda completa, y que las querían ver. Fue él quien me llevó a la casa de John y Yoko el día siguiente. A ellos les gustaron las fotos y querían usarlas para el disco Sometime in New York City. Les mostré otras fotos y nos quedamos charlando y tomando, normalmente, como hace la gente, y después de unas horas me dijeron que la habían pasado bien conmigo. Yoko dijo: ‘Queremos que seas nuestro amigo, que estés en contacto con nosotros. Tenemos guardias cuyo trabajo es mantener a la gente lejos, pero no te dejes intimidar por ellos’. Me dijo que si alguien me decía que no podía verlos, yo tenía que volver a llamarlos más tarde. Quedé contento y sorprendido. Así me transformé en el fotógrafo personal de John y Yoko, y en su amigo.”
¿Sigue en contacto con Yoko? –Claro. Hablamos una vez por semana. También tengo una relación increíble con Sean, que es un chico muy cool. Siempre compartí música con él y con mi hijo, les pasaba discos de Serge Gainsbourg, de hip hop... El me presenta como su tío, cosa que me emociona mucho.
¿Era fácil fotografiar a Lennon? –Muy fácil. Cuando lo conocí ya había sido un Beatle y era una de las personas más fotografiadas del mundo. Se sentía muy cómodo ante la cámara, no estaba harto de ser fotografiado para nada, como puede pasarle a otra gente. Era un modelo natural, sabía cómo iba a verse, tenía ideas, y era un tipo muy lindo, muy atractivo. Yo no tenía que trabajar mucho.
Bob Gruen se enteró del asesinato de Lennon por teléfono. Cuando recibió el llamado, estaba revelando fotos de John y Yoko en su laboratorio. Esa noche debía encontrarse con ellos, pero estaba llegando tarde. “Estaba destrozado. Pero enseguida me di cuenta de que el mundo estaba mirando y de que no se trataba de un amigo mío: era John Lennon. Y mi trabajo era encontrar la mejor de sus fotos para que los diarios publicaran la noticia de su muerte. Así que me puse a buscar entre mis negativos.”
Así apareció la foto con la remera de New York City.


Tina Turner en vivo, Nueva York, 1970
 

EL FIN DE UNA ERA

 

Bob Gruen fotografió a tantos rockers que la lista podría ser interminable; él mismo asegura que no le falta ninguno, salvo Otis Redding, que murió en 1967, cuando él recién empezaba a trabajar profesionalmente. Ni entonces ni ahora es un entusiasta de la técnica. Sin ningún apego por los viejos equipos, usa cámara digital sin nostalgia: “Es más fácil, sabés lo que pasa, es automática, no tenés que revelar... En fin, no soy un romántico. Hace treinta años había que saber cualquier cantidad de matemática para encontrar la exposición necesaria o ideal, para hacer foco, y yo no era muy bueno para eso, así que no extraño esos días. Mis fotos no son técnicamente perfectas, muchas no son siquiera buenas. Lo que yo siempre traté de captar es la actitud, el sentimiento, la emoción, la atmósfera. Eso suele estar reñido con la perfección técnica”.
Sin embargo, aunque encuentra las cámaras digitales más amigables, Gruen saca muchas menos fotos por estos días. Por muchos motivos. Pero, sobre todo, por saturación. “Yo solía sentir que tenía un deber, que con este oficio tenía la responsabilidad de llevar un archivo histórico, pero ahora lo hace cualquiera. Todo el mundo tienen una cámara en el bolsillo. Hay demasiadas fotos en el mundo hoy.”
¿Y hay demasiadas bandas? –Sí, pero sobre todo, no hay íconos. Cualquier chico en su habitación tiene acceso a grabar y a la distribución. Estoy seguro de que hay buenos grupos, pero es como encontrar una aguja en un pajar. Hay cientos de miles de músicos haciendo pública su música, y mucha de esa música es mediocre. En aquellos días tenías que ser muy cabeza dura, muy determinado, para conseguir el dinero para una guitarra y un amplificador. Tenías que desearlo de verdad, tenías que tener realmente algo urgente para decir y tocar y tocar hasta que alguien te descubriera y te pagara un disco. Era muy difícil y muy poca gente lo hacía.
¿Quién es interesante hoy? –Estuve de gira con Green Day y me gustan mucho, me gusta su actitud, su mensaje. Además, son divertidísimos. Ryan Adams es muy cool, muy talentoso, está totalmente loco, puede retener la atención durante medio segundo nada más. Estaba muy orgulloso de ser incluido en mi libro Rock Seen, parecía un chico. Le dije que se lo merecía y se emocionó, fue muy conmovedor. Courtney Love tiene algo especial. No sé de mucho más.
¿Ya no busca nueva música, nuevos grupos? –No. Pero no solamente porque es tan difícil hoy en día. En realidad, nunca lo hice. Yo siempre busqué pasarla bien. Y todavía ando buscando diversión.

PATRICIA VLIEG LA CANTANTE CIEGA GRABO A UNA CANTORA. HOMENAJE A MERCEDES SOSA.





La cantante panameña, que nació sin ver y que pasó ocho años estudiando en Berklee, asegura que tiene “gran pasión por la música argentina” y que el tributo a La Negra fue “por su sentimiento, por su compromiso con el arte y las gentes”.




Por Cristian Vitale

No ve. Y apenas un ligero desliz en la “y” delata su origen panameño. Patricia Vlieg se acomoda en una silla giratoria y reorienta su atención, con la mirada imperturbable, hacia allí donde escucha una voz. En este caso –puntual, de “rutina”– hacia las preguntas de un cronista. Responde rápido, sin pausas, concentrada, como si supiera lo que va a decir bastante antes de decirlo. Asertiva, cuenta que nació sin ver, pero que eso no fue un obstáculo para cumplir con su sino: cantar, componer, tocar todos los instrumentos posibles y hacer las inferiores (ocho años) en Berklee. “Me ayudó la época –dice–, los adelantos tecnológicos que te permiten escribir música y leerla en una computadora.” El plafón suficiente para que ella pudiera plasmar, poner en acto, lo que había mamado de una familia musicalmente abierta: el amor por los ritmos populares de América latina, el jazz o la música clásica, y una tendencia genética a la mezcla, al encuentro. Y así apareció la voz a la que el tacto interno de la panameña orientó toda su atención: la de Mercedes Sosa. “Quise agradecerle a una cantora por todo lo que significa cantar en esencia”, resume ella y abre el tema.
El tema es el disco que acaba de grabar, editar y mostrar en la Argentina con piezas que alguna vez pasaron por la voz de la Negra. Se llama A una cantora y, además de operar como una aceptable carta de presentación de Vlieg por este lado del mundo, resalta la persistencia de una tucumana sin fronteras. A través de una voz fina, matizada, llena de colores, Mercedes Sosa vuelve nacer en esas canciones que la mantuvieron viva en vida: “Piedra y Camino”, “Duerme, Negrito”, “El corazón mirando al sur”, “María va”, “Como pájaros en el aire”, “La cigarra”, “Yo vengo a ofrecer mi corazón” o “Si se calla el cantor”, entre otras. “La verdad es que quise hacer un proyecto en el que pudiera compartir estas canciones con personas con las que pudiera encontrar una sensibilidad común. Fue una necesidad de cantarlas con personas que las hayan vivido de una manera particular y que, pese a tener una estética musical con técnica, armonías y ritmos trabajados, hubiese una conciencia sobre lo que se estaba diciendo, porque si tú cantas desde un lugar y los músicos la viven de otra, la experiencia no es integral. Hablo no sólo de compartir una estética personal, sino también una vivencia personal”, comenta ella con el ancla puesta en los músicos que la secundaron: la pianista Lilián Saba en especial, que se encargó de los arreglos, del “toque argentino” en el grueso de las versiones, y también las participaciones puntuales de Roberto Calvo y Susana Ratcliff, entre otras.
–¿Por qué Mercedes y no Violeta Parra o Chabuca Granda?
–No hay un porque sí y un porque no, no hay excluyentes. Tiene que ver con darme cuenta de varias cosas: siento que una de las misiones del cantor es ese aprendizaje que tiene que ver con incluir, y en ese sentido Mercedes funciona como una voz que toma otras, que las acuna, las entiende, las interpreta desde aquí, y las comparte desde donde tú las entendiste. Entonces, el trabajo sobre Mercedes no es un trabajo sobre ella en sí, sino de lo que representa para mí todo un trabajo de mirar a muchos más, de conocer la esencia de trabajo, recogerlo, tomarlo y entregarlo, y eso es lo que celebro de ella: no sólo una voz y una historia, sino una manera de entender la música, para cantarla desde mi lugar.
–La idea de exponer no sólo a la Mercedes intérprete sino también a la catalizadora: mostrar, a través de ella, a Yupanqui, Peteco Carabajal, Tarragó Ros.
–Es que tengo una gran pasión por la música argentina en particular, no sólo por la poesía popular sino también por los estilos, los compositores... Las canciones no son un punto sino una historia, que te van llevando a otras gentes y otras historias, y creo que Mercedes fue una gran impulsora de eso, ¿no? Ella te da un panorama acabado de la música latinoamericana, no dividida por países sino como una unidad, como todo lo que nosotros podemos decir y contar. Quería homenajearla por su sentimiento, por su compromiso con el arte y las gentes.

viernes, 16 de diciembre de 2011

REPORTAJE A CAETANO VELOSO.


“Es importante que tengamos mujeres en posiciones de poder” 

 

Las políticas de derechos humanos, las diferentes maneras de afrontar la historia reciente, su fascinación con Verdades verdaderas, la música: el artista brasileño no esquiva temas.


Por Karina Micheletto

Vino sólo por tres días a la Argentina, en una visita que describe como sumamente emocionante, del orden del descubrimiento, pero a la vez por fuera de la exposición pública. Se pensó que podría sumarse a los festejos por la asunción presidencial en Plaza de Mayo; él agradeció el convite, pero explicó que había venido por un motivo puntual, y a eso quería abocarse exclusivamente. Caetano Veloso llegó a Buenos Aires invitado por el Parque de la Memoria, el espacio que emplaza un punto de arte y reflexión alrededor de los derechos humanos en Costanera Norte (ver aparte). “Un verdadero grito lanzado al mundo”, lo describe Veloso en diálogo con Página/12, todavía empapado por las sensaciones que le dejó el recorrido por el lugar, junto a Abuelas y Madres de Plaza de Mayo.
El bahiano recibe a este diario en el elegante hotel de Recoleta con que lo ha agasajado la organización, dispuesto a una charla distendida a la que le impone ritmo propio: el de su hablar bajito y pausado, que tiene mucho de musical, con el que impone una infranqueable distancia gentil, que sólo parecerá acortarse sobre el final de la entrevista, cuando recomiende enfáticamente Verdades verdaderas, la película sobre Estela de Carlotto que fue a ver al cine de un shopping, en su única salida. Su figura, en esta charla que excede lo estrictamente musical, sigue siendo la de ese caballero de fina estampa que se despliega también sobre el escenario.
La estadía local de Veloso fue tan corta como intensa: el cantautor participó de un homenaje a Francisco Tenorio Cerqueria Júnior, Tenorinho, un pianista de jazz secuestrado en Buenos Aires tres días antes del golpe del ’76, que había llegado acompañando a Vinicius de Moraes y Toquinho. Por lo que se pudo reconstruir de su historia, un grupo de tareas de la ESMA lo confundió por su aspecto físico (barba y anteojos), fue torturado durante nueve días y finalmente asesinado. Permanece desaparecido. Caetano, que fue su amigo, lo recordó en una charla que fue grabada para un futuro documental y que se completó al día siguiente con un recorrido junto a Abuelas y Madres de Plaza de Mayo por el Parque de la Memoria. “Me dio una sensación de estar en un polo importante, a nivel mundial, de concentración de atención a la cuestión de los derechos humanos”, aprecia Caetano sobre este lugar. “Es tal la belleza del sitio, las obras que están allí, las esculturas, la arquitectura, la presencia del río, todo concurre para que sea un punto especial en el mundo. Es muy fuerte: como un grito mundial, lanzado desde este punto.”

–Vino también convocado por la figura especial de Tenorinho. Su caso pone de manifiesto el desprecio por la vida humana, la brutalidad de los asesinos, pero no es tan conocido aquí. ¿En Brasil lo es?

–Bueno, hay que tener en cuenta que ustedes tienen 30 mil desaparecidos, las cosas se van conociendo de a poco. Cuando me hablaron para venir aquí, el caso de Tenorio vino de inmediato a mi corazón y a mi cabeza, y debo agradecer especialmente a la actriz, bailarina y coreógrafa Natalia Méndez Arguindegui: conversando con ella creció la posibilidad de que yo viniera. El caso de Tenorio sonó mucho en Brasil, mucho tiempo, pero no se sabía que su desaparición estaba ligada con la situación política de la Argentina de entonces. Desapareció, no se sabía si estaba vivo, si había enloquecido, si quería escapar de la familia... Cuando volvió la democracia en Argentina comenzó a saberse lo esencial. Fue torturado y lo mataron. Era un músico. Y era mi amigo. A él sólo le importaba la música, era un apasionado de las armonías, ésa era su vida. Bajó del hotel para comprar cigarrillos y algo en la farmacia, según la nota que dejó, y no volvió nunca más. Dicen que lo confundieron o que directamente lo tomaron por un activista político por su facha, de barba y pelo largo.

–En Brasil se le otorgó el estatuto de desaparecido político, con resarcimiento a la familia, hace muy poco. ¿En qué estado están, en general, las causas de desaparecidos allí?

–A partir del gobierno de Fernando Henrique Cardoso se empezó a hacer algo como respuesta a esta demanda. Hay que tener en cuenta que, comparado con Argentina, ha sido un pequeño número, unos 400, aunque, claro, es siempre terrible. La actuación de la Iglesia Católica en la dictadura fue muy importante, mayoritariamente favorable a las víctimas y contra los opresores. En Argentina no pasó lo mismo, eso da una cara distinta a las cosas. En los primeros años, la dictadura brasileña no era demasiado dura; después, en el ’68, la cosa empeoró, pero aun así nunca fue como en Argentina o Chile. De todas maneras, hay casos como el de Tenorio, que entró en el marco del Plan Cóndor: por lo que se sabe, la embajada brasileña no informó sobre su destino, pero estuvieron al tanto, las autoridades argentinas habían mandado un documento dando cuenta de que estaba preso, ilegalmente. Entonces, hoy en Brasil hay resarcimiento a los familiares de desaparecidos y a los que sufrieron torturas. Pero lo que no hay es la más remota idea de punición a quienes puedan ser responsables de esas torturas y asesinatos. Eso no hay.

–¿Y el reclamo está instalado socialmente?

–Bueno, está el reclamo de algunos familiares y de sectores de la sociedad brasileña, de grupos de izquierda y otros, pero es difícil decidir en el caso de Brasil. Hay mucha gente que piensa que para seguir la tradición brasileña de acuerdos está bien seguir indultando a los responsables. No sé, es una manera bien brasileña de hacer las cosas: Brasil es un país con una tradición de acuerdos, es una característica nacional. Y yo soy brasileño, no puedo decir que estoy del todo fuera de este marco de pensamiento. Mi corazón y mi cabeza oscilan en esta cuestión.

–¿No tiene una posición tomada?

–No muy clara en cuanto a la punición. Mi tendencia natural sería que los torturadores y los responsables por las torturas y los asesinatos fueran castigados. Esta es mi tendencia personal. Pero entiendo y comparto espontáneamente el clima de acuerdo y conciliación que es tradicional en Brasil, por eso digo que soy muy brasileño: soy brasileño como los otros. Cito unos versos muy bonitos de Carlos Drummond de Andrade: “Yo también soy brasilero, moreno, como ustedes”.

–Es curioso esto que cuenta, teniendo en cuenta lo que representa la figura de la presidenta Dilma Rousseff, una mujer que ha estado presa y ha sido torturada.

–¿Ha visto aquella fotografía bellísima que le tomaron en aquel momento? Ella tiene una cara límpida, con una expresión muy entera, y los militares que la juzgan se tapan la cara. Es una fotografía conmovedora.

–Cristina Fernández hizo alusión exactamente a esa foto en su discurso de asunción, en el Congreso.

–No la escuché, qué bueno. La fotografía es impresionante. En la política de derechos humanos los Kirchner han sido muy importantes, muy claros. Eso es muy bueno.

–¿Y dice que aun representando lo que representa la presidenta, la posibilidad de juicio y castigo queda afuera de la agenda?

–No digo fuera de la agenda, pero no es algo que pueda ser tan claro como en Argentina. Dilma propuso una Comisión de la Verdad, pero hasta el día en que salí de Brasil no había dicho quiénes serán las personas que compondrán esa comisión. Es ella la que tiene que elegir, y hay presiones de izquierda, de derecha, de militares, de todos.

–¿Qué relación de cercanía tiene con Dilma Rousseff?

–No la conozco personalmente. Hace poco ella dijo que le gustaría conversar conmigo algún día. Espero que eso pase. Dilma es la candidata que Lula eligió, fue una elección solo suya, y sigue muy bien, muy digna. La verdad es que en la suma total los resultados de estos dos gobiernos de izquierda fueron mucho mejores de lo que había imaginado que serían.

–¿Lo sorprendieron?

–Sí. Voté a Fernando Henrique y a Lula en sus primeros mandatos. En ningún caso los voté para sus reelecciones. Reelección, no. Los elijo, pero no quiero reelección. Pero al fin quedé contento con los dos.

–¿Qué importancia le da a que Brasil tenga una mujer presidenta por primera vez?

–Mucha. Con la tradición machista, latina, que cargamos, es importante que tengamos mujeres en posiciones de poder, de mando. La importancia es simbólica, pero es más que eso... me suena bien que la presidente de Brasil sea una mujer.

–Con respecto a esa tradición machista, aquí hay un tipo especial de crítica a la Presidenta que apareció, sobre todo al principio de su gestión, de parte de las mujeres. ¿En Brasil también se da?

–¡Ese es un problema de mujeres, prefiero no meterme! (risas). No, una cosa puedo decir a favor de Brasil: contra Dilma, no.

–La actual ministra de Cultura del Brasil es también una artista, música, compositora, Ana de Hollanda. Antes estuvo Gilberto Gil...

–Sí, él no es mujer, ¡pero al menos es músico! (risas)

–¿Esa condición le imprime una dirección especial en cuanto a la música a la gestión de gobierno?

–Sí, el caso de Gil fue muy notable, porque él es un artista muy reconocido, entonces como ministro le dio al Ministerio de Cultura un nivel de visibilidad que nunca había tenido antes. Esto fue muy importante. Y también tomó posturas, por ejemplo, con relación a la idea tradicional de derechos autorales, de software libre. Es curioso, la actual ministra tiene una posición diferente, diría que opuesta, más inclinada al control. Pero es importante que haya un equilibrio. Para eso también sirve la alternancia entre hombres y mujeres, ¿no?

 La diferencia de Joao Gilberto

“Cuando yo era un niño, la música tradicional argentina era muy conocida en Brasil, estaba muy presente. Y la música brasileña no era conocida en la Argentina, muy poco. Esto comenzó a cambiar recién en los ’70”, compara Caetano Veloso. “Cuando yo vengo a Buenos Aires, para mí es el mejor público del mundo: es la gente más informada, más inteligente, la que hace más silencio, y a la vez tiene más calor.”

–¿No estará siendo un poco demagógico?

–Le aseguro que no. Le digo lo mismo que le digo a un francés, a un alemán o a un brasileño: la mejor platea del mundo es la argentina.

–Desde la Argentina siempre miramos con cierta envidia a los brasileños: logran que músicas muy sofisticadas sean realmente populares a la vez. ¿Por qué cree que han logrado esto?

–No sé, en medio de tantas cosas malas de la sociedad brasileña, esto aparece como un síntoma de alguna salud, ¿no? Esto empezó sobre todo con Joao Gilberto, que era lo más exquisito y también lo más raro, y a la vez fue lo más popular. Los primeros discos de bossa nova fueron como un escándalo de rareza, pero al mismo tiempo calaron en el gusto de público. Y así como la música argentina de los ’30, ’40, ’50 estuvo muy presente en Brasil, o mejor dicho en el mundo, la música brasileña logró ese nivel de expansión décadas después, sólo después de Joao Gilberto y Tom Jobim. Antes tuvimos a Carmen Miranda, una presencia muy fuerte, desde luego. Pero el que marcó la diferencia fue Joao Gilberto.

 La canción y la palabra

“Arte y política es una relación que puede llevar a muchos equívocos”, define el cantautor, invitado a reflexionar sobre esta temática. “Una canción no es sólo un medio para expresar una idea, puede tener un significado político que no puede controlar conscientemente el autor. No se puede reducir la importancia política de una obra a la intención deliberada de quien la hace.”

–Se entiende esa diferenciación teórica, pero es inevitable que la gente espere que los artistas populares, sobre todo si son autores, digan. ¿Cómo lo maneja?

–De mi parte, digo. Claro que digo. Pero esto no puede valer como un criterio para juzgar el valor artístico de una canción, una película, un libro, una obra de teatro, un ballet, un cuadro: eso es lo que intento decir. Hubo un tiempo en que si uno decía cosas que sonaran como palabras de orden de izquierda era como un pasaporte para la aprobación: esto es un equívoco. Por eso recordé aquella entrevista que me hizo la hija de Sartre, cuando yo estaba exiliado en Europa. Ella insistía e insistía sobre el mensaje de las canciones, quería ponerme en un lugar, una etiqueta. “Sos de izquierda, ah, entonces tu música nos importa, comenzamos a escucharte.”

–En Brasil es famoso porque opina siempre de temas muy diversos, hasta lo critican por hablar demasiado. ¿Cuál cree que debe ser el rol del artista con relación a la coyuntura?

–En Brasil hablo como ahora, que estamos conversando, me gusta cantar y conversar, esas cosas me gustan. Me preguntan de todo, y cuando tengo algo que decir, digo. Ya ve: es lo mismo que con las canciones.

 La charla y el Parque

En la charla que dio en el Parque de la Memoria habló de los meses que pasó preso, en la dictadura brasileña. No suele contarlo públicamente, ¿verdad?
–No. Lo escribí en mi libro (Verdad tropical), y ya está, no lo cuento, no es agradable. Además, es desproporcionado, porque la mayoría de las personas que conozco que tuvieron una participación política importante han sufrido mucho más. Entonces, yo soy un cantor famoso, llevo una vida dulce, no me parece justo repetir que estuve dos meses en una celda, y tal. Fue una marca en mi vida, puedo imaginar la marca que llevan los que han sufrido mucho más. Lo conté en esta ocasión sólo porque era el tema de mi viaje y me hicieron una pregunta al respecto.

–¿Qué otro recuerdo se lleva de esta visita?

–Me gustó mucho conversar con Estela (de Carlotto) y con las Madres, con las otras Abuelas, fue una maravilla, muy conmovedor, pero muy dulce también, muy alegre... Después fui al cine a ver la película sobre Estela. Me hizo llorar.

–¿La película?

–La película un poco, las personas reales más todavía. Me dieron mucha alegría también. Y esto está en el Parque de la Memoria: no es mórbido, para nada. Es muy serio, grave, pesado: aquellos nombres con esas placas de piedra, como sobrepuestas, pero para nada mórbido. Es vital. Y hay esculturas muy bonitas: una de un berimbao que hace sonido con el viento, otra que forma la cara del padre desaparecido del artista, la otra del chico que está en el río, de espaldas a nosotros... es muy conmovedor. Recomiendo fervientemente visitar ese lugar. Del mismo modo recomiendo la película Verdades verdaderas. ¿Ha visto lo que son las actuaciones de Susú Pecoraro y de Rita Cortese? Magistrales.


 Por la libertad de pensamiento

El proyecto Parque de la Memoria-Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado surgió como una iniciativa de diez organismos de derechos humanos, presentada a los legisladores de la ciudad de Buenos Aires en 1997 y convertida en ley al año siguiente. Este espacio público de 14 hectáreas, ubicado en la franja costera del Río de la Plata adyacente a la Ciudad Universitaria, alberga el Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado, un conjunto de obras escultóricas como las que describe Caetano Veloso en la entrevista, y la sala PAyS (Presentes Ahora y Siempre), centro de información sobre las víctimas y sala de actividades artísticas y culturales. “La iniciativa de acompañar el monumento con un conjunto de obras de arte contemporáneo conlleva la afirmación de que el arte, en las antípodas del autoritarismo, genera libertad de pensamiento y promueve la reflexión y la elaboración del trauma social provocado por el terrorismo de Estado en la Argentina”, se advierte en la presentación de la página web del parque, www.parquedelamemoria.org.ar