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domingo, 21 de marzo de 2010

KLAUS MEINE (Scorpions)


Los metaleros alemanes se separan Y vendrán otra vez a Sudamérica a presentar su último álbum, "Sting in the Tail". Su cantante adelanta este gran final tras 40 años juntos.



AMIGOS. KLAUS (CENTRO) DESTACA LA AMISTAD Y HABER VIVIDO "UN SUEÑO" JUNTOS.

El escorpión picará por última vez el corazón de los amantes de la buena música. Y más que nadie lo sabe Klaus Meine, al frente de los geniales Scorpions durante cuatro décadas. Pasó del susurro al grito y le demostró al mundo como se puede combinar el metal, el rock y las baladas sin disminuir la calidad artística.

Una triste noticia para muchos, para otros no. Lo cierto es que el grupo alemán lanzará el próximo martes su último disco Sting in the Tail. Y ya arrancó en Praga la gira mundial Get your Sting and Blackout que coronará la carrera del quinteto alemán que se completa con Rudolf Schenker en la viola, Matthias Jabs en la otra guitarra, el baterista James Kottak y el bajista Pawel Maciwoda. "Quisimos terminar de la mejor manera posible, es como los Juegos Olímpicos cuando ves a los que se van a su casa con una medalla dorada. Siempre volvimos a nuestro hogar con discos de oro, no queremos empezar a bajar el ritmo frente a nuestro público. Tomamos la decisión de despedirnos, pero con una gran fiesta, un álbum poderoso y una gira fenomenal", dice Klaus, al teléfono.

Meine, casado y con un hijo, antes de decir adiós a los escenarios ya comienza a extrañarlos, señal de alguien que dio su vida por y para la música. "Fue un viaje espectacular, con muchos altibajos, pero lo mejor es que los miembros de la banda somos amigos. Compartimos esta etapa y tuvimos la chance de vivir este sueño juntos", dice sin dudar mientras el calendario muestra implacable que su primer disco (Lonesome Crow) fue editado en 1972.

La distorsión de temazos como Blackout o Rock You Like a Hurricane, junto a los temás más lentos del grupo, muestran el amplio matiz vocal de Klaus, quien tiene como ejemplo al gran Freddie Mercury. "Me gusta gritar una canción como Rock Zone (del nuevo álbum) o cantar una balada como Still Loving You. Tenés que ser un buen cantante porque si no, no podés interpretar este tipo de material", dice sin tapujos este vocalista nacido en Hannover hace 61 años que se copa con grupos como Rammstein o Tokio Hotel.

¿Quién no silbó en los noventa la inolvidable Wind of change? (¡hasta la hicieron en Ritmo de la noche en su única visita al país!), un temazo con estampa de clásico y éxito arrollador. "Con este tema ganó la libertad. Fue una canción de esperanza que surgió cuando tocamos en Moscú en agosto de 1989. Vimos que el mundo cambiaba ante nuestros ojos, se podía respirar el final de la Guerra Fría, pero ni remotamente pensé que el Muro caería pocos meses después. Como banda alemana que tocaba en la Unión Soviética fue conmovedor", recuerda nostálgico.

En el nuevo disco estará el tema Sly, en referencia a la otra gema soft del grupo. "Still Loving You fue un hit en todo el mundo, especialmente en Francia donde muchos llamaron a sus hijas Sly. Y nos pareció que sería bueno escribir una canción sobre esta joven: lograr una conexión con los fans de los años 80 y los de hoy", nos confiesa Meine.

Siguiendo con el nuevo disco, su corte de difusión The Good Die Young está dedicada, según Klaus, a los que defienden la libertad y un mundo más pacífico. Y guarda una perla: colabora la finesa Tarja Turunen, ex vocalista (y hoy solista) de la banda de gothic metal Nightwish. "La vimos actuar en un festival en Brasil. Y pensé que su voz tiene una muy buena conexión con la mía. Con su estilo operístico le dio un toque extra al tema", asegura el músico.

En el último álbum tampoco falta una balada rock como Lorelei. "Es sobre una saga alemana donde Lorelei, sentada sobre una roca a la vera del río Rin, comienza a cantar y los botes chocan. Lo relacionamos en cómo nos enamoramos y muchas veces naufragamos en nuestra vida diaria", explica el cantante.

Scorpions -que tocó en Obras Sanitarias en 1994- también deja lugar para la sorpresa. Y el misterio. Para mal de muchos fans (que en YouTube y en los foros maldicen al unísono) parte del grupo alemán estuvo en el país en febrero de este año contratado por una empresa automotriz alemana que presentaba una pickup. "Nos invitaron a Rudolf y a mí a San Carlos de Bariloche para ser parte del lanzamiento. Hicimos un pequeño unplugged (en el Hotel Llao Llao) para algunos periodistas. Y en Buenos Aires visitamos el cementerio donde está la tumba de Evita. Fue fantástico. Nos prometimos volver este año y hacer un show", dice Klaus aunque (aún) no se cerró nada aquí, pero sí en Chile el 14 de septiembre.

Antes de la última pregunta, interrumpe y se muestra deslumbrado por la Patagonia y la música local: "Qué hermoso país tienen. Una banda de allá nos dio un disco. Y estoy seguro de que debe haber muy buenos músicos, muy creativos. Argentina me parece un muy buen lugar para armar una banda". Si Klaus lo dice, como para no extrañarlo.«

El martes editan su último disco Sting in the Tail. Se despiden con una gira mundial: el 14 de septiembre tocarán en Chile. ¿Argentina? Aún nada confirmado.

FITO PAEZ : "No me planteo ser original"






AUDIO: "Desaluz"


AUDIO: "La nave espacial"














TIEMPO AL TIEMPO La banda a pleno ensayando, en "Circo Beat".

En 2007 Fito Páez se convirtió en Rodolfo. A partir de entonces, se metió de lleno a pianista, grabó un disco solista en Buenos Aires, otro en Madrid con músicos invitados, salió de gira con The Killer Burritos, y terminó de escribir el postergadísimo guión de Novela.

"Fue una época exótica para mí, porque era escuchar mi música tocada por otra banda, que tiene un estilo único. Y una etapa solista muy importante para reencontrarme con el piano. Pero después de dos años de eso, sentía que quería volver a un sonido diferente", resume Páez.

La versión 2010 viene de la mano de una larga gira y con un nuevo disco bajo el brazo, grabado entre el frío cordobés, con nieve incluida, la inclemencia y colores porteños, y los calores de Brasil.

En la cocina de su estudio, Circo Beat, un Páez algo agotado después de varias horas de ensayo, habla. De Confiá, de confiar, de sus incontables yoes, de la dirigencia política, de la trilogía fundamental del rock de acá. En un orden en el que todo tiene que ver con todo.

"Fue la primera vez que hice un álbum tan al borde -dice-, en cuanto a entrar al estudio a inventar, con casi nada más que unos trozos de músicas incompletas, y muchas ganas de hacerlo"

¿Realmente creés que la canción se escribe sola, como cantás en "Tiempo al tiempo"?

Sí. Y ese fue el corazón del disco. Al margen de que a esta altura no me voy a asustar si tengo o no el tema. Yo sé que voy a ir por algo, y que no voy a abandonar hasta que ese algo tenga una forma que me atraiga.

Pero sin ir en busca de la canción.

Es que yo no sería tan soberbio. En Confiá hay músicas que esperaron más de 10 años para que les ponga texto. Ese es el trabajo del tiempo, silencioso, y que nadie ve. Y que para mí es muy gratificante. Porque de eso se trata, de dejar que la canción se haga sola, y no de hacer un disco según los tiempos de un contrato.

¿No se puede caer en el riesgo de una fórmula que garantice una buena recepción en el mercado?

No. Jamás. Ese puede ser un análisis que hagan otros, pero a mí me pone nervioso que me preguntes eso. Porque soy un tipo que labura sobre la experiencia que significa meterse adentro de la música. Y nunca me pueden acusar de no ser fiel a las cosas que he sentido que quería decir en cada momento. No soy un tipo al que lo vuelva loco vender un ticket de más, un disco de más. Al contrario, todo eso te trae presiones, quilombos, es la parte menos linda de toda mi vida. Cuando lo viví fue hermoso, pero fue mi etapa menos libre. Recuerdo momentos mucho ás divertidos, como éste, con un repertorio de no sé cuántas canciones, de las que puedo elegir las que quiera. Eso es más divertido que tener la presión de hacer el próximo disco, que tiene que vender igual o más. Te pone en un lugar en el cual no estoy cómodo. Me parece que es un pedido del otro. El otro te está pidiendo que lo dejes conforme. Yo creo que el problema es pensar que uno va a ver lo que espera ver. Ahí está lo que para los artistas más pícaros se llama el público cautivo. Pero los artstas lúcidos y locos y personales, van por otro lado, que es el que de su corazón. Ahí es donde aparece un valor que puede no ser valorado en una época, pero que con el tiempo adquiere una dimensión fabulosa.
¿Ahora bien, si se escriben solas, cuál es el objetivo de hacerlas?

Plasmar una experiencia, ese es el único fin. Yo no soy tan pretencioso. Yo vivo con las cosas, no soy un profesional de esto. Las cosas están latiendo conmigo mientras las hago. Algunas aparecen hoy, otras, mañana. Pero no me planteo ser original. Ya sé que lo soy, en un punto. No tengo ese problema. En todo caso, es una parte que podría ser objeto de la mirada del otro.

Sin embargo, la búsqueda de la novedad para muchos artistas es una especie de mandato.

Es una idea que me parece de una pretensión y un delirio que le escucho a mucha gente. Pero las personas somos hijos de nuestros padres y ellos hijos de los suyos, y ya. Con eso vas a armar toda tu vida. Después podés jugar a los dos acordes o a la gran orquesta. Algo que me puedo dar el lujo de hacer.

En tu caso parecería que vas en camino hacia una mayor simpleza.

Yo no pienso así. Uno decide si quiere trabajar con cosas más complejas o no. Pero esa es una decisión de alguien que conoce la materia. Porque con esa base podrías armar un axioma moral de que lo simple es bueno y lo complejo malo. En algún lugar, recuerdo que me habían acusado de barroco, cuando tenía muchos arreglos, si bien el barroquismo sabemos que es otra cosa. Y los ornamentos están muy bien, también. Son parte del discurso. Yo soy amoral en ese sentido. Eso de que la simpleza es buena y lo otro no. Que la simpleza es esencial y lo que no es simple no lo es. Y yo creo que es al revés. Yo creo que no hay nada simple en la vida. Además, yo recuerdo a algunos artistas de los que se decía que eran simples. Pero lo que pasaba era que sólo sabían usar dos acordes. En cambio, Atahualpa decidía poner sólo dos acordes.

Embarcado en la cuestión de la sencillez, Páez asegura que llegar a esa sencillez formal es algo que no sabe cómo sucede. "Es que cada vez sé menos cómo hago las cosas. Cada vez sé menos de mí. Sé que manejo el lenguaje. Y que manejo cuanto más lenguaje más difícil se torna, porque son más decisiones para tomar. En ese sentido, igual, soy de los que apoyan el estudio de los lenguajes. Me gusta hacerlo, comprenderlos, y animarme a hacer cosas que no sabía hacer, como tocar sambas brasileñas, piezas de Tom Jobim, o de Eric Satie, o de Joseph Haydn. Vas aprendiendo otras cosas, y te da más recusos", explica.

No obstante, plantea que hay un límite. "Hay un momento en el que tenés que abandonar todo eso y darle lugar a tu corazón. Es un lugar común, pero al final, con los años, aprendés que es así. Ahora, en un momento tu corazón puede sonar con muchos arreglos también, y eso no quiere decir que no vuelva a suceder. Por supuesto que siempre dicen que Claude Levi Strauss terminó mirando una piedra en su casa. Bueno, pero primero escribió Tristes Trópicos. Y eso también interesa. El viaje, el camino, es muy importante. Y hay que permitirse todo. En esa línea de no saber con claridad cómo las cosas toman forma, si se le pregunta cuánto hay de autobiográfico en sus nuevas canciones de este disco, el rosarino muestra la tapa de Confiá y dispara: "Te cuenta todo."

¿A vos qué te cuenta?

Que hay mucha gente alrededor de uno. Y que uno no es dueño de su discurso. Es algo así como que yo no soy yo, soy el otro. Y el otro soy yo. Y no tengo que explicarle nada a nadie sobre eso. Yo ya estoy perdido en este mundo. Sé que tengo que ser el padre de mis hijos, y amar a la gente que amo. Pero a la hora de crear, ahí estamos en absoluta libertad. Y ahí, la idea del doble me pareció muy inquietante.

"Confiá (la canción), habla de algo muy íntimo. Y en lo personal se traduce de muchas maneras. Es una forma de sacarse la careta. Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Esta es la vida, que no te asuste. Confiá", monologa. Aunque enseguida Páez parece multiplicar sus personalidades por cien.

¿Existe posibilidad de resumirlas?

Si hubiera que buscar un idea, sería la de un tipo lleno de contradicciones, de quilombos, y también de goce. Pero me niego a explicar las cosas que surgen de la experiencia vital. A mí, la que me tocó para vivir es la de hacer música y cine. En ese sentido, soy un privilegiado. A mí me tocó animar la fiesta. Aunque no soy un entretenedor.

¿Por qué no?

Porque no lo hago para caerle bien a nadie. Yo, cuando busco los sentidos, voy más allá de eso.

Entonces, ¿qué esperás que una canción tuya le cause a quien la escucha?

No espero nada. Yo hago mi música, y la toco. A veces me interesa lo que le pasa a la gente. Pero hay muchísima gente a la que no me interesa lo que le pasa con mis canciones. Porque yo no me puedo pelear con una ciudad. Lo que sí creo es que cuando la ciudad le da 35 Luna Parks a Ricardo Arjona y a Charly García le da dos, tenés que pensar qué significan la política, los diarios, en esa ciudad, en la que hay valores que fueron aniquilados.

Páez no oculta su enojo, y lo asocia a su desencanto, a la decepción que siente. "Yo soy un tipo que ama este lugar, que defiende sus cosas más auténticas y brutales, pero nunca la aniquilación cultural y el vaciamiento de ideas".

Entonces arremete contra "lo vergonzante que es todo lo que se habla del Bicentenario", y "las estupideces a las que nos suelen someter", para enseguida rescatar "la gente hermosa, divina, que tiene este lugar, que hemos destruido". Pero en el que, igual, propone: "Confiá".

¿En quién?

No en la clase dirigente, que es estúpida. Sino en el corazón de la gente con la que uno se vincula. En entregarse a una experiencia noble, y transmitírselo a nuestros hijos.

Suena bien, pero cuesta creer.

Es cierto. Yo siento que es un momento incomodísimo para todas las personas que amamos este lugar. En otro momento alguien podría haber dicho que este es un momento interesante, porque las crisis devienen en cosas buenas. Ni a palos. No hay crisis interesantes en este país. Mientras algunos se pelean como chicos que no saben limpiarse los calzones, el país se desangra. No me puedo hacer el boludo, ni quedar bien porque Clarín lo lee mucha gente. Hay que decirlas cosas. Hay una luz que uno quiere encender, que quiere mantener encendida y atenta. Y siempre va a ser mejor estar relajados. No es lindo pelearse. No es lindo estar a las piñas todo el tiempo. Acá la crisis es profunda, y posiblemente no tenga solución. Ojalá me equivoque.

Aún así, Paéz reconoce la emergencia de señales en sentido positivo. Y rescata la celebración que Luis Alberto Spinetta hizo de sus bandas eternas en Vélez, hace cuatro meses, donde participó como invitado. Al igual que en uno de los recientes conciertos de García, y también en el regreso de Los Gatos, hace un tiempo. Un itinerario que lo une con quienes considera "personas liberadoras, que han hecho cosas bellas hablando de cosas terribles, y también de cosas hermosas".

¿Y vos, en que plano te ubicás con respecto a ellos?

Yo me siento un acompañante privilegiado, en primera fila, de tres tipos fundamentales de la época que me tocó vivir: Charly, Litto y Luis. Jamás me inscribiría dentro de la tradición. Eso lo decidirán otros. Soy un espectador de lujo. Yo sé lo que significa estar en una sala de ensayo con cada uno de los tres. Y eso me hace responsable. Ojalá el tiempo me dé un espacio en el que alguien pueda decir que estuve a la altura de los zapatos que me dieron, de la ropa que me dejaron probarme.


Por: Eduardo Slusarczuk



martes, 16 de marzo de 2010

CHOPIN Y SU AMANTE





El compositor y la famosa escritora George Sand conocieron juntos la plenitud creativa, el amor y la pasión






Aurora Armandine Lucile Dupin cocinaba
para el músico su postre favorito






Por Ernesto Schoo

Con sus propias manos le preparaba su postre favorito, el clafoutis , un rechoncho panqueque relleno con compota de manzanas. En la intimidad lo llamaba, cariñosamente, Chips o Chipette. La "buena dama de Nohant", la famosa escritora George Sand (Aurora Armandine Lucile Dupin, su verdadero nombre), y el célebre músico polaco (hijo de francés) Frédéric François Chopin compartían sus vidas en la mansión campestre de Nohant, a treinta kilómetros de Châteauroux, en el Berry. La estampa era idílica: ella escribía sus populares novelas y sus ensayos, él componía su música inmortal y ambos recibían, en veladas que serían legendarias, a los grandes artistas que hacían de Francia el centro cultural del mundo, cuando el mundo era sólo Europa. Franz Liszt, Eugène Delacroix, Gustave Flaubert, Victor Hugo, Honoré de Balzac, los dos Dumas (padre e hijo), la actriz Marie Dorval, el poeta alemán Heinrich Heine eran los habitués de Nohant. Los dos hijos que George Sand había tenido con el barón Dudevant, su marido legal, Maurice y Solange, también estaban allí.

La mansión había pertenecido a la abuela de George, madame Dupin de Francueil, hija natural del mariscal Mauricio de Sajonia, insigne militar del reinado de Luis XV. Es una típica casa de campo francesa del siglo XVIII, sólida, sencilla y elegante, hoy en día pintada de un vago color rosa viejo, con su jardín, su huerto, su granja, su monte de frutales, de todos los cuales se ocupaba y sacaba partido la hacendosa dueña de casa, a quien sus vecinos más modestos apodaban "la buena dama de Nohant", por su afán caritativo y el vigor con que los defendía en sus pleitos. Porque George Sand -nacida allí, el 1° de julio de 1804-, entre otras extravagancias (para el criterio de su tiempo), adhirió tempranamente al socialismo. Se había criado en el campo, donde madame Francueil la inició en la lectura y la equitación. Indómita amazona, de esta afición le vino la costumbre de vestir ropas masculinas; también fumaría cigarros y en pipa. Se educó formalmente en París, en el Colegio de las Agustinas Inglesas. Aprendió inglés a la perfección, dibujaba y pintaba pasablemente, y su vocación indudable eran las letras. En 1822 su abuela la casó con el barón Dudevant, quien bien pronto desaparecería de la escena.

En 1830, el escándalo: Aurore Amandine se fuga a París con Jules Sandeau, escritor y periodista de cierto renombre, un año mayor que ella. Viven la azarosa vida de bohemia y escriben en un pequeño periódico que acaba de ser adquirido por un tal Hyacinthe Thabaud de Latouche: Le Figaro . Firman a dúo como Jules Sand; de donde, al separarse, nace George Sand con la primera novela, Indiana , de 1831. Siguen Valentine (1832) y Lélia (1833). Y en ese último año, la relación amorosa con el poeta de moda, Alfred de Musset. La liaison dura hasta 1835, cuando George inicia una ronda de amantes que resulta un catálogo de artes y oficios: el revolucionario Michel de Bourges, el botánico y poeta Charles Didier, el filósofo Pierre Leroux, el actor Bocage, el dramaturgo Félicien Mallefille. En 1837, Chopin.

El músico polaco, nacido en Varsovia el 1° de marzo de 1810, ya era célebre. En el otoño de 1836 los presenta un amigo común, Franz Liszt, durante una velada musical en el Hotel de France. Sand es seis años mayor que Frédéric, y su atuendo y los modales masculinos sorprenden al compositor, que se inclina al oído de su amigo Ferdinand Hiller: "¡Qué antipática es esta Sand! ¿Es de veras una mujer?". Simétricamente, Sand le pregunta a su amiga de toda la vida, madame Marliani: "¿Es éste un hombre? Parece una niña". Si la anécdota es verídica, la asignación de papeles ya está jugada desde el comienzo, porque George será el varón (la iniciativa sexual será de ella, tiempo después, en otra velada musical, esta vez en casa de Chopin) y Frédéric, no exactamente la mujer (su virilidad no está en duda: las mujeres caían a sus pies y él las cosechaba con entusiasmo) pero sí un hombre delicado, muy cuidadoso de los modales y las formas.

En el verano de 1838 se instalan juntos en París, en departamentos contiguos, George con sus hijos y un servidor; Chopin, solo. También separados viajan a Mallorca, supuesta Isla del Sol (llovió casi todo el tiempo que estuvieron allí), por consejo del médico que atiende la tuberculosis -junto con la sífilis, el mal de la época- del músico. Alquilan una hermosa villa, Sant Vent, de la que son desalojados al revelarse el mal que aqueja a Frédéric. Se los obliga a pagar la desinfección de la propiedad. Se mudan a la Cartuja de Valldemosa, antiguo convento, donde ni siquiera hay un piano decente para componer. Chopin le escribe a su amigo de París, el fabricante de pianos Camille Pleyel, pidiéndole que le envíe uno. De paso, le comenta: "Mi celda tiene la forma de un ataúd".

Cuando por fin llega el piano, en enero de 1839, la hostilidad de los mallorquines, temerosos del contagio y escandalizados por la índole de la relación, estalla por fin. Pretenden cobrarles un altísimo derecho de importación: George consigue, con diplomacia y gritos oportunos, una rebaja considerable. Pero la enfermedad avanza y el 13 de febrero son prácticamente expulsados de la isla. El magnífico piano es malvendido, porque nadie quiere hacerse de un instrumento donde tocó un tuberculoso. En Barcelona, paran en el Hotel de las Cuatro Estaciones, que les cobra el importe de la cama, pues deberán quemarla, según las normas sanitarias. Ya en suelo francés, en Marsella, la mejoría se acentúa: tras una quincena en Italia, en mayo, pasan el verano en Nohant. Chopin pesa 45 kilos. El 12 de octubre vuelven a París: Chopin se instala en el 16, rue Pigalle, pero no puede pagar el alquiler (gana mucho pero también gasta desproporcionadamente), Sand le consigue otro, más barato, y se hace cargo de los gastos.

La relación duró nueve años; la pasión, apenas dos, si damos crédito a esta carta de George a un amigo, del 12 de mayo de 1847: "Hace siete años que vivo como una virgen. Con él y con los otros". Bajo la apariencia idílica, en Nohant latían pulsiones tormentosas. Una noche, en el verano de 1848, en presencia de Delacroix, Heine y, por supuesto, Chopin, George les leyó su novela más reciente, Lucrezia Floriani . La historia de una famosa cantante, enamorada de un adolescente al que debe cuidar y atender como si fuera un hijo y no un amante. Chopin, impasible. Delacroix le confiaría a una amiga, poco después: "Pasé tormentos durante esa lectura. El verdugo y la víctima me asombraron por igual". Heine, a su vez, escribió a su amigo Laube: "Ella maltrató escandalosamente a mi amigo Chopin, en una novela detestable pero divinamente escrita". La ruptura definitiva ocurrió por un drama doméstico. La hija de George, Solange, insistía en casarse contra la voluntad de su madre, quien pretendía imponerle a Chopin que ni siquiera se pronunciara en Nohant el nombre de la muchacha: "Si llegas a nombrarla en mi presencia, no vuelvas más". Chopin nunca volvió.

CHOPIN: La creación de un sonido nuevo





Por Horacio Lavandera


La obra de Chopin es única en la historia de la música. Se trata de un compositor con una sensibilidad irrepetible, que hizo propios el concepto "bachiano" del intelecto, la sencillez del discurso de Mozart, el virtuosismo de Hummel y Paganini, el cantábile de Bellini o Donizetti. A estos grandes compositores, que él destacaba entre sus influencias, los amoldó en su estilo, que en gran parte proviene del de su país, Polonia.

Sus maestros ya lo consideraban un talento excepcional. Debido a la gran crisis de mediados del siglo XIX, tuvo que dejar Polonia y comenzar una carrera como pianista que nunca le agradó. La figura de concertista-virtuoso-extrovertido, como la de su contemporáneo Liszt, estaba lejos de su sensibilidad. Llevó una vida muy irregular y seguramente esto le impidió consagrar por entero sus fuerzas a todo lo que tenía en mente. Ejerció en París como profesor de música de la burguesía en ascenso. ¿Era sólo esto lo que esperaban de él en aquella Varsovia donde lo consideraban el "Mozart polaco"? Sin duda que no y no es exagerado este aspecto, ya que desde pequeño había demostrado las más altas dotes, como un compositor absolutamente original.

Como pianista, renovó absolutamente el modo de escritura y la ejecución del instrumento. Digitó pasajes de un modo que hasta entonces era imposible. Nada es igual en la ejecución pianística después de Chopin. Fue capaz de crear sonidos en el instrumento hasta ese momento impensables.

Todos estamos en deuda con Chopin. Y esto debe ser reconocido frente a los prejuicios nacionales con respecto a su arte. Son prejuicios que él mismo tenía y que aún existen. Se vislumbran en sus cartas. Era una persona con muchas contradicciones y con un temor obsesivo a la muerte. Esto se nota en su música. Llora riéndose y ríe llorando. Es un temperamento casi sin descanso. Su música no lleva a una paz ni a un heroísmo, sólo a la destrucción como epílogo fatal de una contradicción fundamental en el hombre. La autodestrucción del ser humano es visible, por fin, en cada una de sus obras.

CHOPIN: "Era severo consigo mismo"


El pianista italiano Maurizio Pollini habla de las composiciones y la personalidad de Chopin, de cuya obra es, como intérprete, una de las máximas autoridades en la actualidad

"Era severo consigo mismo"
Pollini grabará las Mazurcas

Por Valerio Cappelli

"Chopin fue un compositor aislado pero universal, inventó el arte de hacer cantar el piano." Maurizio Pollini es el máximo intérprete de Chopin de nuestro tiempo. Después del triunfal concierto romano en la Accademia de Santa Cecilia (uno de sus méritos es haber resuelto el equívoco entre sentimiento y sentimentalismo), el 21 de marzo ofrecerá un recital en la Scala y entre abril y mayo hará una larga gira por Estados Unidos.

-Chopin amaba a Bach, a Mozart y a unos pocos compositores de su época.

-Tenía también reservas sobre algunas páginas de Don Giovanni , de Mozart, que consideraba vulgares. Era un compositor de gustos difíciles. Beethoven, Schubert y Schumann no se contaban entre sus predilectos. Era severo con los otros autores y consigo mismo, publicó sólo obras que estimaba dignas.

-Schumann era generoso con sus colegas, pero no comprendió completamente los Preludios ni la sonata que contiene la "Marcha fúnebre" de Chopin.

-Eran dos mundos que, con el tiempo, tendían a alejarse. No comprendió la genialidad del final y el carácter trágico de esa sonata. "Esto no es música", dijo.

-Decía Chopin: "Odio la música que no tiene un pensamiento latente".

-Despreciaba la música superficial y sin profundidad, de la que había muchos ejemplos. En él había huellas escondidas de pensamientos no declarados. Chopin no revelaba el origen de su inspiración, que fue única, sin padres ni hijos.

-¿Los grandes intérpretes chopinianos?

-Recuerdo un concierto memorable de Cortot en Milán: los veinticuatro Preludios y los veinticuatro Estudios . Era un anciano, ya no era el de los primeros años. Fue un hito en la interpretación. Rubinstein, más moderno, quitó aspectos del siglo XIX que formaban parte del mundo espiritual de Cortot y nos presentó un Chopin inédito, viril, distinto de los clisés fáciles. Michelangeli era la perfección: tenía una capacidad de control del sonido que no se logra olvidar, esto no significa que careciera de elementos emotivos evidentes en su enfoque. Horowitz era extremadamente libre, tenía una visión personal, una vez tocó para mí en su casa de Nueva York: en su Mazurca había una especie de melancolía eslava que impregnaba todo el cuarto. Hoy diría que Zimerman es uno de los más notables y entre los más jóvenes, Kissin. ¿Lang Lang? Lo escuché sólo en disco. Está provisto de una enorme técnica.

-¿Alguna vez tuvo una crisis de saturación de Chopin?

-En algunos períodos lo toqué menos; nunca lo abandoné. "Es un privilegio -decía Furtwängler-, es el autor que les envidio a los pianistas."

-Pasaron cincuenta años desde que usted se impuso, cuando tenía 18, en el Concurso Chopin. ¿Es cierto que Rubinstein le dijo: "Toca demasiado rápido, pero lo importante es que tenga este talento"?

-Dijo: "Toca técnicamente mejor que cualquier integrante del jurado". Sonrió: "Era una manera de tomarles el pelo".

-Está por aparecer una antología chopiniana de sus interpretaciones: ¿qué le falta al catálogo discográfico para Deutsche Grammophon?

-La mina de las Mazurcas . De a poco las grabaré.

-¿Chopin era hábil en las grandes formas?

-Tenemos los dos conciertos de juventud y las sonatas, muy desligadas de la academia. Tomemos dos obras maestras completamente distintas. La Gran polonesa en la bemol tiene una intuición genial, pero el autor sólo tiene que repetir unos elementos y establecer los enlaces. La Polonesa fantasía , en cambio, es una gran elaboración sobre un tema no particularmente vistoso, y la repetición del primer tiempo, contra la tradición, es cortada. Chopin es grande en la medida en que traiciona la forma clásica con soluciones absolutamente personales.

-¿Existe un "sonido Chopin"?

-A él le pertenecen las más hermosas sonoridades que se puedan obtener del piano. Además de la originalidad de la invención, de los acompañamientos que sostienen la línea melódica, la escritura generosa de la mano izquierda es un milagro.

-¿Qué nos traerá el aniversario?

-Sería maravilloso tener una edición crítica. Hay varias, la última aprobada por Chopin es la francesa, pero tener un comentario que aclare el trabajo escrupuloso, las pequeñas modificaciones, sería una manera de entender el método de perfeccionamiento de la escritura que, como notó George Sand, nacía de un proceso atormentado. Chopin nunca estaba contento, destrozaba las plumas y los lápices. Soñó con la edición perfecta de su música.

[Traducción: Hugo Beccacece]

© Corriere della Sera

Chopin está vivo



El mundo celebra el bicentenario de su nacimiento con más de 2000 conciertos y actos. Nuevas grabaciones, paseos turísticos, films, videojuegos y un merchandising que incluye estampillas, vodka y chocolates completan los festejos. Los críticos lo rescatan como gran compositor más que como emblema de un romanticismo desaforado. El músico detrás del mito. Informe especial



Por Paola Suárez Urtubey


Witold Malcuzynski, nacido en Varsovia y alumno de Paderewski, establecido en París en 1939, era un visitante asiduo tanto de Buenos Aires como de otras ciudades argentinas. Se lo acogía como a un celebrado pianista, moldeado en el estilo francés del savoir-vivre, hombre de mundo, de tacto en la vida social, de respetable altura física y bastante atractivo. Según se desprende de los registros del Teatro Colón, brilló como estrella durante las décadas de 1940 a 1960, años en que despertaba oleadas de admiración entre la elegantísima platea femenina (y también masculina) que asistía los sábados por la tarde a los conciertos de grandes figuras internacionales. Además, era un artista de refinada cultura. Hay una foto muy difundida de Malcuzynski con el compositor y director de orquesta Juan José Castro, en la casa de este último, donde conversan sin duda sobre literatura, pintura y, claro, sobre música, diálogos a los que la mujer de Castro, la inolvidable Raka Aguirre, aportaba su inteligencia y humor. Pero Malcuzynski también debía soportar los embates de la crítica periodística, que le señalaba duramente, al lado de una que otra galantería por su sensibilidad como intérprete dilecto de Chopin, sus indiscretas pifias técnicas sobre el teclado.

Video: «Maratón chopiniana» en Varsovia (BBC)

En cierta ocasión, y ante un grupo reducido de asistentes a una comida, el pianista polaco contó una emocionante experiencia: en un hotel, no sé bien de qué ciudad, se le arrimó un señor para pedirle un autógrafo. El hombre, joven, tenía una deuda de gratitud y necesitaba hacerle esta confesión: llevaba tiempo de tratamiento psiquiátrico por dificultades que había sufrido en los últimos tiempos para mantener relaciones sexuales con las mujeres. Como vivía en constantes viajes -era comandante de Aerolíneas Argentinas-, una noche, en una de esas situaciones de riesgo (no con el avión, sino con una dama en la pieza del hotel), tuvo la idea de poner como música de fondo una serie de obras de Chopin grabadas por Malcuzynski. Y entonces se produjo el milagro. Nuestro hombre logró superar su drama gracias a los dos polacos, de modo que, impedido de agradecérselo al autor de la música, lo hacía al intérprete, con una fascinación conmovedora.

Chopin está vivo

Durante décadas, ocurrió que el genial polaco-francés (Fryderyk Franciszek o Frédéric François Chopin), autor entonces de aquella música y destinatario ahora de nuestro homenaje, fue objeto de una devoción desinteresada, pero sin duda malentendida. Se veía en él al tuberculoso genial, refinado en extremo, que vomitaba sangre sobre el teclado (según una versión de Charles Vidor para Hollywood, con Merle Oberon y el buen mozo de Cornel Wilde, que más que pianista tísico parecía un boxeador) y que mantenía extrañas relaciones con una literata marimacho (George Sand) hasta que la muerte se lo llevó en 1849.



Es que era demasiado tentadora aquella versión que nos hablaba de un joven que en 1831, apenas pasada la veintena, había llegado a París y se había adueñado de la ciudad, tocando en las reuniones de la más encumbrada aristocracia o de la más adinerada burguesía, entre los Rotschild, los Radziwill y los Potocki, o dando clases a las muchachas más selectas del faubourg Saint-Germain. Con esa vida, el tierno inmigrante polaco llegaba a ganar por las lecciones algo más de tres mil francos mensuales, lo cual era en la época toda una hazaña.

Imaginar a Chopin respirando el aire del Sena no parece difícil. Su recuerdo sigue vivo para el que camine, tanto por el boulevard Poissonnière, a la altura del n° 27, donde habitó a poco de llegar, como por la muy chic y parisina Place Vendôme, donde un bello edificio con el número 12, situado frente al Ritz, indica que allí murió Chopin, ciento sesenta y un años atrás. Pero también es posible fantasear con su recuerdo cuando se está en la Sala Pleyel, en cuyos salones ofreció conciertos desde su llegada, o en la iglesia de la Madeleine, donde pocos días después de su muerte, el 17 de octubre de 1849, se realizarían los funerales, en los que se tocó la "Marcha fúnebre" de su Sonata para piano en si bemol menor, en versión orquestada por Napoleón-Henri Reber, y la Misa de réquiem de Mozart.

Video: backstage de The Flying Machine (YouTube)

Pero la imagen de Chopin, todo lo estereotipada que se quiera, no impedía que los oyentes de décadas pasadas gozaran con sus melodías y ritmos fascinantes. Pero al mismo tiempo, una legión de excelentes pianistas, un público de mayor formación y sobre todo un núcleo de estudiosos y compositores sabían también que la música de Chopin encerraba una mina de diamantes, accesible para quienes estuvieran en condiciones de reconocerla. Y esta corriente no se ha detenido nunca, pese a la cantidad de libros y artículos de oportunistas escritores (y versiones pianísticas, dicho sea de paso) que durante años se empeñaron en mostrar a un Chopin ridículamente edulcorado.

Más cerca del ideal

¿En qué estamos hoy, cuando se conmemora el bicentenario de su nacimiento? Mucho más cerca del momento ideal de evaluación y reconocimiento total de su arte, entre otras razones porque todo aquel grupo de bien pertrechados intérpretes y estudiosos de la música, desde la década de 1940, se propusieron echar por tierra la idea de Chopin como estandarte de un romanticismo desmelenado. Hay que aceptar que este persistente y gratuito añadido no ha sido aún derrotado por completo, pese a que choca, literalmente, con la actitud del polaco, hostil a toda música "literaria", confesional, a toda efusión no controlada, y a sus esfuerzos por transmitir sentido lógico, claridad y una percepción aguda de las proporciones.

Es cierto que en alguna ocasión Chopin dijo: "Prefiero escribir todas mis sensaciones antes que ser devorado por ellas". Lo que en cambio se advierte hoy es que, al transformar en música esas sensaciones, las despojaba de su carácter individual. Dorel Handman, en un inteligente estudio publicado en 1963 en la Encyclopédie de la Pléiade (Histoire de la musique, vol. II), reconocía que en esa transposición residía para Chopin su liberación, pues sus tormentos perdían en el tránsito un sentido destructor y contribuían a reconstruir su personalidad entera, su verdadera densidad específica.

No es errado aceptar que la lógica, la claridad y la necesidad profunda del músico de alcanzar un arte suprapersonal lo ubican en una línea que viene directamente del Barroco y del clasicismo. El conocimiento de Bach y de Mozart, dispensado por sus maestros en Polonia (el violinista Adalbert Zywny y el compositor Kozef Elsner, director además del Conservatorio de Varsovia), lo guió hacia el logro de un equilibrio de su natural sensualidad, que lo llevaría a adquirir una considerable seguridad de trazo en sus líneas melódicas. Sin embargo, los renovados aires de su propia época llevaban a Chopin hacia nuevos territorios, en los que su sensibilidad y formación francesas, orientadas por el padre, lo convertirían en un puente entre el arte de los clavecinistas de Francia del Setecientos y las fantásticas armonías de Claude Debussy, que empezarían a emerger ya casi en el siglo XX, es decir, más de cuarenta años después de la muerte de Chopin.

Fue la gran clavecinista polaca Wanda Landowska, generadora de un fecundísimo revival de su instrumento a partir de 1910, quien advirtió que la consustancialidad de la melodía con la armonía en Chopin trae el recuerdo de François Couperin, al igual que el contorno y el balanceo de la frase, y aun la manera de comprender la ornamentación. Pero al mismo tiempo y aquí -con la arrolladora complicidad de Franz Liszt- pone al descubierto el gusto por tornar difuso un sonido, mientras que la tendencia a dejarse guiar por las posibilidades sonoras del piano anticipaba las sutilezas del modernismo francés.

También Italia puso lo suyo. No sólo porque la música de ese país desempeñó un papel importante en la vida musical polaca, sino porque el jovencísimo Chopin amaba las obras de Rossini, como más tarde, viviendo en París, amó las de Bellini. Gracias a estos influjos, el autor de los nocturnos dio un especial sentido al término "cantábile" en los dominios del teclado. Allí cobra impensada dimensión esa melodía, con sus escorzos melódicos de pura esencia vocal, tan novedosa en el repertorio pianístico, como que ella emana de la expansión del arabesco lineal, que se enriquece con la ornamentación, el melisma y la variación, a la manera del estilo bel canto de aquéllos.

Con la patria a cuestas

Pero más allá de todo, está la presencia de Polonia, que provoca en él una íntima correspondencia entre su sensibilidad y la expresión popular de su tierra. Esa música intensamente amada y, según se sabe, apasionadamente estudiada desde sus tempranos años, dirige no sólo sus polonesas y mazurcas sino también, en diversos grados, su obra entera.

Los estudiosos chopinianos, teóricos o pianistas, saben bien que las irregularidades métricas, los compases inesperados vienen de aquella misma fuente, además de las sucesiones de intervalos de quintas, el empleo de la cuarta aumentada lidia, de la segunda frigia, entre otros recursos técnicos de la música tradicional folklórica. Todo ello se puede apreciar en sus cincuenta y cinco mazurcas, que inauguran, en suma, la era de las músicas nacionales. "Cañones ocultos entre las flores", fue la definición de Schumann, deslumbrado con la fuerza y originalidad de estas creaciones.

También la polonesa, como especie tradicional, tiene una larga historia. Pero llevada por sus antecesores a un terreno de mayor especulación compositiva, debieron parecerle a Chopin vacías de contenido, escuálidas y carentes de un estrecho vínculo con la sensibilidad social. Varios creadores lo habían intentado, dentro de Polonia y fuera de ella. Sin embargo, es Chopin el que les insufló una vida nueva, fuerte, provocativa, aun sin modificar sus exigencias formales como danza.

Sus valses están más cerca del Occidente europeo, porque los destellos patrióticos se atenúan frente a esta música de salón. Un territorio que para Chopin significaba gran parte del sentido de su vida. En esa atmósfera de seres refinados, el hijo de un francés de Lorena y una aristócrata polaca, pobre y huérfana, podía sin esfuerzo imponer su aspecto y sus maneras tan nobles como los de la más alta nobleza que lo halagó, mientras tenía el camino abierto para dar rienda suelta a su imaginación, a sus dotes de improvisador. Su fantasía se exaltaba y era una de las fases más auténticas de su personalidad la que allí cobraba forma a través de su ingenio musical. Preludios, estudios, sonatas, fantasías, baladas, scherzos, impromptus, conciertos para piano y orquesta completan la obra de este personaje que ningún biógrafo ha podido hasta el momento descifrar con absoluta certeza. Ni siquiera su carácter alcanzó a ser desmenuzado, entre otras razones porque las referencias de George Sand no parecen demasiado creíbles o, al menos, lo suficientemente coherentes para pisar terreno firme. Aunque es probable que la personalidad de Chopin haya sido resbaladiza como pocas en el panorama de la música. Se dice que sus opiniones políticas eran las de un conservador intransigente, razón por la cual el clima ideológico que se respiraba en la mansión de su amante, en Nohant, con provocativas vocaciones democráticas, lo exacerbaba. Tampoco quedan en claro sus sentimientos religiosos. En muchos casos, al parecer, ingresaba en los templos católicos sólo para admirar su belleza y sus grandiosas dimensiones.

Algunos de sus biógrafos opinan que existió en él una mentalidad de tuberculoso, aunque un buen analista de su técnica de composición puede asegurar que la organización interna de esa música no refleja las debilidades del enfermo. Hay una salud que estalla por todos lados. Claro, si se la sabe reconocer.

El análisis de la obra

El desafío para algunos buenos maestros, hoy, tanto de composición como de piano, reside en primera instancia en ubicar al alumno frente a una realidad indiscutible, es decir, aquella que emana del análisis de la obra.

En tren de palpar más de cerca este escenario, se me ocurrió consultar a uno de nuestros ejecutantes, y a su vez maestro, del teclado. A José Luis Juri lo primero que le viene a la mente, en relación con la interpretación y la enseñanza de Chopin, es su reivindicación como autor de música pura. Por ahí vamos bien, sin duda. "Durante generaciones -dice-, Chopin ejerció una fuerte seducción extramusical, de música de salón, de emblema del kitsch romántico. Sin embargo, haciendo un análisis serio de su obra, comprendemos lo alejada que se encuentra (sobre todo en su cotejo con la de muchos de sus contemporáneos) de motivaciones extramusicales." Para este maestro, los valores melódicos, la transposición al piano de la cantabilidad lírica, las exigencias de la respiración de la frase y de la flexibilidad rítmica que conlleva han provocado la creación de un lenguaje armónico inexistente hasta entonces y la de una técnica del instrumento que aún hoy sirve de modelo. "Observo -añade- en los jóvenes que, desconociendo la fascinación 'salonista' que ejerció Chopin durante años, reciben en forma inmediata y pura la belleza y los valores de su música, y van al encuentro de los valses y mazurcas, sin las asociaciones e imágenes que, en algunos casos, nos han contaminado a las generaciones anteriores."

Por cierto, es lo que queríamos escuchar. A su vez, para algunos maestros de armonía y composición la tarea hoy es develarles a esos mismos jóvenes todas las razones que conducen a hacer del polaco un faro dentro de la música del siglo XIX. Es que parece estar más próximo el momento en que todos los músicos, sin excepción, reconozcan hasta qué punto Chopin ha provocado un avance impresionante en el terreno de la fantasía armónica, que es uno de los rasgos profundos de la creación sonora.

Seguramente con esa misma convicción la pianista argentina Martha Noguera viene trabajando desde hace años en la difusión de la obra de Chopin, a través de ciclos que lleva adelante en colaboración con la embajada de Polonia.

La música para piano, la música toda, tuvo un antes y un después de Chopin. Porque ni el derroche de aquella vida social ni las mujeres a las que amó, aunque a su manera, le impidieron crear obras en las que no se sabe si admirar más la perfección del orfebre o la pródiga fantasía del genio. Por eso no extraña cuando hoy, en los concursos para piano, parece difícil medir en su real estatura a un intérprete si antes no demuestra que es idóneo para traducir la maestría formal de una polonesa, un vals o una mazurca, su planteo armónico, rítmico o melódico, pero también capaz de transmitir ese mundo expresivo chopiniano, donde pulsa todas las cuerdas entre los extremos de lo lírico y lo heroico.

Estamos lejos ya de Malcuzynski y de nuestro comandante de Aerolíneas Argentinas. Sin embargo, más allá de todo, Chopin sigue siendo una fuente que cura cualquier clase de males. Hasta los de la mala política que nos acosa.

sábado, 13 de marzo de 2010

ADIOS A LOS PADRES DE “SUSIE-Q” Y “MY SHARONA”



Dos muertes han sacudido a la música norteamericana, las de dos músicos sin apenas repercusión mediática pero compositores sobresalientes, creadores de temas imperecederos, ajenos al paso del tiempo y siempre presentes en las emisoras de música rock o en los repertorios de todo tipo de bandas. Hablo de Doug Fieger y Dale Hawkins.


El domingo 14 de Febrero, Doug Fieger, cantante de la banda The Knack, fallecía a los 57 años a causa de un cáncer en su casa de Woodland Hills (California), según informó su banda en un comunicado. Fieger era, junto con el guitarrista Berton Averre, el autor de <>>, una de las composiciones más radiadas y más características del pop californiano de los setenta. Averre puso la música, Fieger la letra, y ambos dieron forma a una canción eterna, que sigue sonando en cualquier emisora y logra despertar en el oyente los mejores propósitos. El truco: una letra de las de toda la vida, universal, que habla del amor deseado a un joven chica y, por supuesto, un solo de guitarra como un Ferrari en línea recta, trepidante y efectivo, marca del mejor power-pop de la historia.

En 1979, en pleno desarrollo del punk pero también con el dolor de cabeza de la música disco, The Knack surgieron como estrellas fugaces y protagonizaron uno de los debuts más exitosos de la historia con su álbum Get The Knack. Grabado en 11 días, con un presupuesto de 18.000 dólares, el álbum llegó a disco de oro antes de dos semanas, vendiendo millones de copias. Previamente, la lucha fue feroz por hacerse con sus servicios. Varias discográficas querían contar con una banda que había bebido de la fuente inagotable del rock más poderoso de Detroit y que había recorrido todo el circuito de salas de California haciéndose un nombre destacado.

Tras el éxito, los medios de comunicación pronto empezaron a compararlos con los Beatles, lo que trajo una campaña contra ellos desde sectores independientes llamada “Nuke the Knack” (Bombardear a the Knack). La comparación llegó en parte por su pop absorbente de magníficas melodías pero también porque en el interior del plástico los chicos de Los Ángeles imitaban a los Fab Four en el disco A Hard Day’s Night.

Sin embargo, The Knack quedaron lejos de ser los nuevos Beatles. Sus siguientes entregas decayeron y en 1981 ya estaban separándose aunque hubo una posterior reunificación que no tuvo nada que ver con los días dorados, cuando con <>> y el resto de píldoras pop de su álbum de debut representaron el más claro ejemplo de inocente pop de California de la generación de finales de los setenta.



También se ha ido Dale Hawkins, que moría a los 73 años el sabado 13 en su casa de Arkansas. Nacido en Goldmine, Lousiana, Hawkins, cantante y guitarrista, fue un pionero del género rockabilly. Influenció a grandes artistas como John Fogerty y de ahí que su composición más importante, <>, pasó a ser uno de los grandes himnos de la Creedence Clearwater Revival, que lo incluyó en su álbum de debut en 1968. El tema de la CCR parecía sacado más de un pantano, era más blues, pero el original de Hawkins era más cortante, guardaba un rasgueo de guitarra seco, propio del mejor rockabilly y contaba con la inestimable colaboración del guitarrista James Burton.

Chess Records, a través de su filial Checker, retrasó mucho el lanzamiento de la canción en 1957 y no fue hasta que Jerry Wexler, vicepresidente del sello Atlantic, se interesó por el trabajo de Hawkins que vio la luz. <> se convirtió en una de las primeras canciones de un artista blanco lanzada por Chess Records, casa del mejor blues negro de Chicago. Luego, sería versionada por la Creedence Clearwater Revival y Rolling Stones, entre otros.

Pese a su influencia directa en esos años en músicos como Elvis Presley y Buddy Holly y posterior en gente de otra generación como Fogerty, Hawkins nunca alcanzó una fama destacada. Aún así nunca paró de sacar discos de rockabilly y girar por Estados Unidos. Se rodeó de buenos músicos como el propio Burton o Scotty Moore, miembro de la banda de Elvis Presley. Durante años, sólo se volvería hablar de él en los círculos del rock con cada nueva recuperación de su tema <>.



Adiós, amigos, adiós

Hace quince días, el rock perdió a los compositores de dos de las canciones más importantes de su historia: Dale Hawkins y Doug Fieger, los padres de “Susie-Q” y “My Sharona”. Una, versionada por los Stones, Creedence, Gene Vincent, los Everly Brothers y hasta Luis Miguel, fue uno de los puentes entre el rock y la popularidad. La otra resucitó al rock cuando parecía morir asfixiado por la música disco. Mientras miles de personas las siguen bailando sin saber de dónde salieron, Radar despide a los dos compositores recordando sus historias, las de sus canciones y las de las dos chicas que los inspiraron para cambiar la historia del rock.

Por Alfredo Garcia











Hace dos semanas, con un día de diferencia, murieron Dale Hawkins (el sábado 13) y Doug Fieger (el domingo 14), dos músicos de rock vencidos por el cáncer, cuyos nombres, por sí solos, no dicen mucho –salvo que uno sea un fan obsesivo de los géneros que cultivaron, el rockabilly, la new wave–. Sin embargo ambos compusieron dos de las canciones más famosas de la historia del rock, “Susie-Q” y “My Sharona”.

Ambas canciones tuvieron una influencia importante en la historia de la música popular. “Susie-Q”, grabada en 1957, tuvo centenares de covers, incluyendo versiones de Los Rolling Stones y sobre todo la extensa interpretación que grabó Creedence Clearwater Revival en su primer disco (el tema, de más de 8 minutos, fue dividido en dos partes para el single, ocupando ambos lados del sencillo de 45 rpm). Los musicólogos aseguran que el tema de Dale Hawkins marca el inicio del swamp pop boogie, que podríamos llamar rock & roll sureño –de hecho, varios temas posteriores de Creedence compuestos por John Foggerty parecen variaciones sobre la base rítmica y el riff de “Susie-Q”–.

“My Sharona” vendió millones, igual que el primer LP del grupo The Knack. En 1979, fue el hit new wave que logró algo que el punk no había conseguido: destronar a la disco music de los charts. Doug Fieger, cantante y guitarrista de The Knack, conoció a una chica de 17 años (él tenía diez años más) y algo en ella llenó su cabeza de música... o al menos de cinco minutos de música, que es lo que dura el tema “My Sharona”, coescrito por el guitarrista líder de la banda, Berton Averre, que le dio al tema pop, casi beat, un ángulo hiper-rockero con el riff de su guitarra y un largo y memorable solo. “My Sharona” desplazó a los discotequeros chic de los rankings, apareciendo en el primer puesto casi de la nada... El rock había vuelto, y cuando un disco reemplazó a los Knack en la lista de los más vendidos, ya no tenía nada que ver con la disco music: ¡era Led Zeppelin!

Como sucede con tantos “one hit wonders”, “Susie-Q” y “My Sharona” superaron cualquier otra cosa que sus autores hayan intentado hacer a lo largo del resto de sus vidas. Pero a diferencia de casi cualquier otro “one hit wonder”, ambas canciones fueron inspiradas por musas de carne y hueso, la misteriosa, casi desconocida y tal vez inexistente Susie Lewis, y la totalmente pública y semifamosa Sharona Alperin, la chica de 17 años que aparecía en la foto del sobre interno del disco Get The Knack, y que al día de hoy sigue disfrutando de la rara fama que le dio la canción mientras trabaja en bienes raíces y vende mansiones a celebridades hollywoodenses como Nicolas Cage y Leonardo DiCaprio.

Pero para llegar a estas dos chicas, Susie y Sharona, hay que empezar por la historia de sus respectivas canciones; hay que contar la historia de estos dos músicos que las inmortalizaron con letra y música.

Dale Hawkins nació en Louisiana, USA, en agosto de 1936. Su nombre real era Dellmar Allen Hawkins, y el pueblo donde creció se llamaba Gold Mine, pero no había ninguna mina de oro, sólo el típico campo de algodón sureño. Casi todos sus familiares tocaban algún instrumento –su primo, Ronnie Hawkins, logró bastante fama, pero es una historia aparte– pero lo que apartó a Dale del típico “old cotton field back home” de la canción fue la guerra de Corea (mintió con la edad para poder enrolarse de la Armada, ya que sólo tenía 16 años). De vuelta en paisajes sureños, consiguió trabajo en una pequeña radio de pueblo y en una pequeña disquería especializada en rhythm & blues o “race music”, regenteada por un tal Stan Lewis, más tarde conocido como Stan “The Record Man” Lewis, que grabó varios artistas de blues para su sello Jewel. Hawkins tocaba en cuanto antro dejara entrar a sus blanquiñejos amigos adolescentes, entre los que figuraban nombres como su primo Ronnie (que luego les dio su primer trabajo a los integrantes de The Band, eterno grupo de apoyo de Bob Dylan) y futuros astros de la guitarra como Roy Buchanan y James Burton. Stan Lewis distribuía discos de Chess Records, la casa de blues de Chicago, y tenía una amistad con el dueño del sello, Leonard Chess, lo que lo animó a intentar grabar discos de cualquier artista local que se le pusiera a mano. Uno de los hits del momento era “See you later, Alligator” de Bill Haley, y a Hawkins se le ocurrió copiarlo cambiando el cocodrilo por un simio para “See you soon, baboon”, que salió por el subsidiario de Chess, Checker Records, sin el menor asomo de éxito, por lo que Leonard Chess prefirió archivar lo que sería el segundo single de Dake Hawkins. No lo archivó mucho tiempo, dado que el tema en cuestión era el legendario “Susie-Q”, recordado por Rock & Roll Hall of Fame como una de “las 500 canciones que le dieron forma al rock”.










En los días posteriores a la muerte de Dale Hawkins, un musicólogo explicó sintéticamente la importancia de “Susie-Q”: “El próximo viernes a la noche, igual que todos los viernes a la noche, en algún antro de alguna ciudad o suburbio ¡alguna banda de covers va a estar tocando ‘Susie-Q’!”. A Dale Hawkins le fascinaba Elvis y sobre todo Howlin’ Wolf, pero también había algo del sonido pantanoso del sur en la música que tocaba rabiosamente en cualquier escenario donde lo dejaran subir –el guitarrista James Burton dice que era tan chico que iba a sus shows en bicicleta–. Hay muchas versiones de cómo surgió “Susie-Q”. De hecho, el título del tema aparece deletreado de manera distinta a lo largo del tiempo, incluso en distintas ediciones de single y LP de Chess.

Según Stan “The Record Man” Lewis –que figura en los papeles como uno de los tres autores de la canción– la “Susie-Q” no es otra que su hija Susan Lewis, que por entonces tenía dos añitos. “Aparecí en mi tienda de discos, donde trabajaba Dale, con mi nena, y se la presenté. ‘Esta es mi Susie-Q’, le dije, y él se quedó balbuceando y repitiendo la frase. De ahí salió la canción.”

Entendiendo que la letra de “Susie-Q” parece propia de una declaración de amor o una oda de tipo romántico-erótico (“Me gusta cómo hablas, me gusta cómo caminas/ Vas a ser mía, Oh, mi Susie-Q, baby, te amo”) la idea de que pueda aplicarse a una nena de tan corta edad, y para colmo hija del jefe del compositor en cuestión, parece un poco dudosa. En distintas oportunidades Hawkins explicó que si bien él escribió el tema, en parte fue como si el tema se hubiera escrito solo, y que la referencia a Susie-Q surgió de un baile del jazz de los años ‘30 “Doing the Susie Q”, y que en alguna ocasión había visto una actuación de Howlin’ Wolf, de rodillas en el piso del escenario gritando como loco que “Susie Q hacía esto, Susie Q hacía aquello”, y que el nombre se le pegó. James Burton, una de las más notables guitarras sureñas, luego convertido en el guitarrista de Elvis desde fines de los ‘60 hasta la muerte del rey, en 1977, también cree recordar que la chica no existía y sólo era una referencia al baile que solía anunciarse en el legendario Cotton Club de Harlem –y que estaría nombrado en honor a una tal Susie Quantrill, cuya historia se nos escapa en el tiempo–. En todo caso, James Burton también asegura que él mismo compuso el tema sobre la letra de Hawkins, y más allá de que no hay coincidencia en esta aseveración, lo cierto es que la guitarra, tanto en el riff como en el solo, tiene una presencia salvaje que nunca antes se había escuchado en ningún tema de rock and roll –lo mismo se aplica a la percusión, ya que el tema comienza con una mezcla de batería y cencerro sumamente original–.









Chess se resistía a lanzar el single luego del fracaso anterior, pero Stan Lewis le dio un demo a un dj que se lo hizo escuchar a Jerry Wexler de Atlantic, quien convenció a su colega de Chicago para que lo editara. Esto provocó que el dj (usando un seudónimo) también figure como compositor del tema junto a Stan Lewis y Hawkins, que en los últimos años contó que nunca vio dinero de regalías, al menos hasta que MCA compró el catálogo de Chess. “Susie-Q” llegó al número 1 del chart de Rhythmn & Blues y al 27 de Billboard, pero no vendió acorde con su potencial debido a que los dj suponían que el cantante era negro, lo que en ese momento no ayudaba a la difusión. La suposición acerca del origen racial de Hawkins era entendible, ya que el autor de “Susie-Q” fue uno de los primeros músicos blancos en ser contratado por Chess, además de ser el primero en tocar en el famoso teatro Apollo ante una audiencia afroamericana.

Convertido en un ícono del rockabilly, Hawkins tuvo otros hits menores como “My Babe”, y un LP que los fans aseguran que está entre lo mejor del género, Rock Tornado, produjo grupos sixties como los Five American y siguió grabando discos memorables hasta el 2007. Pero obviamente nunca logro nada similar a “Susie-Q”, un tema que cobró vida propia y se hizo más y más conocido al ser grabado por Gene Vincent, los Everly Brothers, Los Rolling Stones (versión que decepcionó especialmente a Hawkins, que aseguró que Jagger y Richards no entendieron el estilo), Quicksilver y hasta Luis Miguel. Pero la versión que convirtió en hit al tema fue la de Creedence, que llegó a los primeros puestos de Billboard y que consolidó el estilo de rock sureño no sólo de grupo de John Foggerty sino de bandas de los ‘70 como los Allman Brothers y Lynyrd Skynyrd.

El caso de “My Sharona” es totalmente distinto. La canción que llegó al número 1 de los charts en el verano norteamericano de 1979 tenía como musa a una chica de carne y hueso, y en edad de merecer, aunque ligeramente menor de edad, lo que explica perfectamente la ansiedad del cantante Doug Fieger para que ella le entregue su amor, expresada contundentemente en el repetitivo, casi tartamudo “Ma ma ma ma My Sharona/ cuándo te vas a dar por vencida/ es sólo cuestión de tiempo/ nunca me voy a detener/ hasta que te entregues/ es el destino/ ma ma my Sharona”.






En una era donde la música disco, que hoy puede parecernos simpática con el paso del tiempo, pero que a fines de la década de 1970 era vista como un producto prefabricado –algo bastante cierto– que bastardeaba el soul en manos de productores y no de músicos, el punk seguía siendo un fenómeno demasiado marginal como para equilibrar la escena. The Knack venía recorriendo los clubes de Los Angeles tocando covers rockeros, a veces en compañía de músicos famosos de los buenos viejos tiempos como el tecladista de los Doors, Ray Manzarek. La idea de ser una banda famosa parecía un sueño imposible para los músicos de The Knack. El grupo estaba compuesto por Fieger en voz y guitarra, Berton Averre en guitarra, Bruce Gary en batería y Prescott Niles en bajo. Fieger había editado dos discos con una banda previa, Sky, que pasó sin pena ni gloria y lo dejó empezando de nuevo desde cero con The Knack, una banda del montón de la escena de LA. Pero en 1979 entró en un negocio de ropa y conoció a una vendedora de 17 años que literalmente lo volvió loco. Sharona Alperin rechazaba sus avances y así surgió la canción que llevó a la banda a la fama automática, fenómeno muchas veces vinculado con los “one hit wonders” pero que pocas veces se desarrolló en tan poco tiempo y con semejante contundencia. La influencia de The Kinks y Buddy Holly (cuyos temas tocaban en vivo cuando no eran famosos) fue importante tanto en “My Sharona” como en los demás temas del primer álbum Get The Knack, que devolvió el bajo, guitarra y batería a las radios en un momento en el que el rock & roll casi estaba siendo dado por muerto. El disco se grabó en once días con un presupuesto de 17 mil dólares, en unas pocas semanas se estaba vendiendo por millones. La imagen de los músicos, con camisas blancas y corbatas sesentistas en un videoclip en el que hasta imitaban escenas de A Hard Day’s Night de Los Beatles ayudó a remontar el fenómeno hasta sus últimas consecuencias.

Junto con el éxito, la canción también le valió a Fieger el amor de la chica deseada. Sharona aparecía en el sobre interno del disco, y pronto estaba saliendo con el cantante, y acompañando a la banda en giras. “Eran épocas de camperas de cuero, gafas oscuras, dormir de día y no llevar un estilo de vida precisamente sano”, recuerda actualmente esta agente inmobiliaria de residencias para celebridades que cuenta, entre otras cosas, haberle conseguido a Daniel Waters (guionista de films como Batman) la mansión donde había vivido Orson Welles, o una casona de estilo español para Nicolas Cage. La relación entre Sharona y Fieger duró tres años y medio, casi más de lo que duró el fenómeno de The Knack, que sucumbió ante la presión del público, la industria y los medios para que saquen otro hit que tuviera al menos la mitad de la contundencia de “My Sharona”.

“El acoso por que hiciéramos otro hit similar nos liquidó artísticamente, y también provocó en algunos miembros de la banda la atracción por todo lo malo que hay en este negocio”, explicó el guitarrista Averre en obvia referencia al mal comportamiento de Fieger, que en las largas giras de la banda para tocar su hit en vivo solía aparecer totalmente desencajado. Apurado por la discográfica, el grupo sacó otro disco en 1979, ...But the little girls understand, apenas una copia del anterior sin ningún tema pegadizo como el número 1 que todos esperaban. Ya en 1981, cuando editaron otro LP, la banda estaba olvidada, aunque nunca dejó de seguir grabando ni ofreciendo shows donde el público sólo quería escuchar un tema, “My Sharona”. Fieger murió a los 57 años, feliz de ser una estrella de rock pero traumado por el hecho de no haber logrado nada parecido a su único hit. Averre recordó en un reportaje reciente que más allá del dinero y al fama, los buenos viejos tiempos era cuando podían tocar rock & roll en cualquier club sin preocuparse por tener que sacar de la galera otro hit que vendiera millones.

Como sucede casi siempre con los “one hit wonders”, ambos temas aparecen en muchas películas. Pero hay un gran momento de celuloide para cada uno de ellos.

En Apocalypse Now de Coppola, unas chicas Playboy bailan al son de “Susie- Q” (interpretada por Flash Cadillac, la misma banda del film American Graffiti) y deben huir en helicóptero para no ser atrapadas por la horda de soldados cachondos.

Y en Generación X (Reality Bites) de Ben Stiller, Winona Ryder y Jeaneane Garofalo escuchan “My Sharona” en la radio de una estación de servicio, le piden al empleado que suba el volumen y convierten el lugar en una pista de baile recordando el hit de su niñez.

Franz Ferdinand llega a Bs. As.


“En Franz Ferdinand nunca hubo reglas”

El escocés Paul Thompson es la mente detrás del concepto estético de Franz Ferdinand, junto con el cantante Alex Kapranos. De hecho diseñó las tapas de los primeros discos. Además de montar sus propios DJ sets, en el pasado estudió arte, fue modelo de desnudos e hizo de coreógrafo profesional.

Por Luis Paz

El caso de Paul Thompson, baterista de Franz Ferdinand, debe ser uno de los pocos que da crédito a la numerología. Tu pregunta seguramente sea: ¿qué tiene que ver la banda que mañana volverá al Luna Park para presentar Tonight: Franz Ferdinand con las definiciones esotéricas? A priori, absolutamente nada. Pero resulta que, como nadie lo invitó a jugar a la Ouija este verano, este cronista andaba corto de experiencias paranormales, abrió un buscador y rastreó el significado del nombre del batero: Paul ¡Robert Nester! Thomson (¿a sus viejos les habrá gustado Bob Marley?)

Gentil, vivaz y amigable, asegura el test numerológico del foro Misabueso.com, que por ahora puede parecer el sitio menos confiable de la red, pero fue el primero que surgió de la búsqueda. El teléfono ya está sonando. “Hey, hola, ¿cómo estás? Disculpá la voz, me levanté muy temprano hoy”, aclara el gentil, vivaz y amigable Paul desde la pecera de un estudio de grabación, fortaleciendo lo dicho por el test. La tormenta salvaje de la tarde en la que ocurre la entrevista le suma tono místico a su saludo. “Acá andamos, pasándola bien y pensando en hacer una visita por Australia para comprar zapatos”, responde él, súper coqueto. El test dice que le gusta sentirse mirado y admirado.

–¿Qué recordás de las anteriores visitas de Franz Ferdinand a la Argentina? (telonearon a U2 en River y se cortaron solos en el Luna Park)

–¡Oh, fue absolutamente genial y loco! La gente estaba emocionada y mostraba tanto amor por nuestra música que fue muy impactante. El sonido fue increíble en el Luna Park, hace tiempo que queremos volver.

Claro, quiere volver porque le gusta sentirse admirado. No, no puede ser, habría que seguir chequeando. Podría destacar en profesiones como orador, escritor, actor, pintor, músico, humorista o estilista. Paul es la mente detrás del concepto estético de la banda, junto con el cantante Alex Kapranos, y de hecho diseñó las tapas de los primeros discos del cuarteto. “El diseñador hizo casi todo y todos opinamos, pero sí, podríamos decir que el concepto original del aspecto de los discos y los shows surge de mí.” Tal vez sea el ideólogo de que ésta, su primera gira latinoamericana, tenga una puesta en escena modesta para poder así ofrecer tickets más baratos. “Es un lugar muy común, pero sin público no somos nada y no habría sentido en ser músico. Y sin dinero, todavía podemos ser músicos. La decisión fue fácil.”

No siempre hubo dinero suficiente en Franz Ferdinand como para ir a comprar zapatos. Paul cuenta que, cada tanto, se hace el rato para seguir dándoles a los pinceles que esgrimió en sus primeros años de estudios en arte, cuando se las arreglaba para pasar gratis a los shows que ocurrían en los bares de Glasgow por falta de guita. “Más que nada soy un ilustrador que a veces tiene buenas ideas, pero lo arruino cuando intento pintar. Soy desastroso, sólo hago manchones.”

–Y, Paul, ¿por casualidad alguna vez actuaste?

–Bueno, sacando los videos de la banda, nada muy importante: cuando era más chico y estaba en la universidad fui modelo de desnudos para compañeros, si eso sirve. ¡Artísticos, eh! Necesitaba el dinero.

Muestra facilidad para dar forma a las creaciones, como propone el test, en este caso significaría que “tiene el desnudo fácil”. Thomson mostró sus tarlipes suecas para compañeros de la Glasglow School of Art. No puede ser que la numerología efectivamente funcione, pero ¿no sería mucha casualidad que un usuario del foro haya llegado a saber que Thompson estudió Bellas Artes, que es multiinstrumentista, que es un dibujante aficionado, DJ y coreógrafo (es el autor de los pasos que la banda intenta en Dark Of The Matinee y Do You Want To)? Sí, modelo de desnudos, coreógrafo y piensa en ir a comprarse zapatos.

Mientras aparece algo más, Thompson justifica aquello de ser músico y DJ a la vez, tal vez buscando el perdón de Pappo por la herejía: “Lo hago simplemente por diversión, para fiestas sponsoreadas o de amigos. Soy un fanático del buen beat, de los ritmos bailables. Pero, de todos modos, prefiero el estudio de grabación a la cabina de DJ. Aunque si me ponés la pista de baile, la verdad es que no sé cuál elegir”.

Paul entró a Franz Ferdinand como guitarrista, originalmente, pero enseguida cambió de instrumento con Nick McCarthy, que le pasó los palillos y agarró la rítmica. El test dice que es adaptable. “Lo soy, me gusta hacer cosas diferentes y disfruto de las novedades. En aquel momento, cambiamos de lugar con Nick para tratar algo nuevo, en Franz Ferdinand nunca hubo reglas y menos las había entonces. O la única regla es ¡divertirnos!”

–Acá hubo casos de violeros que pasaron a la batería y ¡siguieron siendo bateros! Parece que percutieran la viola en vez de tocarla.

–En mi caso, siempre me sentí más un baterista que un guitarrista. Pasa que me encantan los ritmos bailables, el clima de boliche, la locura de la gente bailando. ¡Es una experiencia social asombrosa!

Ama lo que está más allá de la superficie de los seres y de las cosas. Lo único que sale volando de los seres es el sudor y en los boliches hay mucho de eso. OK, tal vez sea una similitud rebuscada, pero, ¿podrías explicar esto?: Recibe aumento en las empresas que requieren de gusto artístico y destreza en la coordinación, dicen en Misabueso, y el tipo pasó de hacer bailes de tap en la piel de Artful Dodger para una recreación de Oliver! cuando era un pebete, a hacer bailar cientos de miles de chicas (¡el objetivo ulterior de Franz Ferdinand!) de todo el mundo. Si eso no es un aumento, ¿entonces qué?

Hay que seguir chequeando: Se expresa como pensador liberal.

–Paul, ¿qué decís de la actualidad política y económica de Escocia?

–(Duda)(Silencio)(Más dudas)(Más silencio) Qué pregunta curiosa...

–Solo contestá, ¿sí? Y no te preocupes. ¿Te definís como liberal?

–Mirá, la verdad es que soy un contribuyente devoto a mi país. Creo que Escocia es un gran país: las cosas están bien, la sociedad es muy ordenada y hay trabajo. Y siempre se siente como estar en casa al fin de una gira, aunque me haya mudado a Londres para estar cerca de todo.

Sí, es liberal. Y eso, por si elegir el nombre de un archiduque para tu banda no fuera algo de por sí bastante liberal. Para relajar de esta experiencia mística, mejor preguntarle cómo fueron esos años en los que cruzó a Kapranos, que según se supo esta semana querría escribir un musical sobre una fantástica idea que estuvo escondiendo todos estos años. “Es inglés, pero vivió cinco años en Escocia y ahí lo conocí”, retoma Paul. La familia Kapranos-Huntley se mudó a Glasgow en el ‘84. Para cuando Alex llegó a la universidad, ya era figurita conocida en los pubs escoceses. Allí conoció a un joven Paul, que usaba un look mucho más emo que el jopo Morrissey que adoptó últimamente. Terminaron tocando juntos en The Yummy Fur, que fue el germen de Franz Ferdinand.

En 2007, Kapranos y Thompson se reencontraron con aquella banda: The Yummy Fur se reformaba y tocaba en Nice N’ Sleasy para celebrar sus diez años de carrera, ya sin Alex en bajo ni Thompson en los parches. Aunque el buen Paul no se aguantó y subió a tocar un par de temas con ellos. Ama el honor y la familia, dice el maldito test, que ya asusta.

Paul Robert Nester Thompson tiene una naturaleza clarividente.

–¿Qué ves para el futuro de la banda?

–Dejame concentrarme. Veo un “12 de marzo” y un “Buenos Aires”.

–No, en serio, eso ya lo sabemos.

–(Risas) Ok, veo momentos de mucha felicidad para Franz Ferdinand. Estamos pasándola muy bien y como no nos vemos tan seguido en la sala, porque casi ni ensayamos, la convivencia está en el mejor punto.

–Mmm... ¿Algo más sustancioso? ¿No ves algo como un disco nuevo?

–Bueno, sí, aunque veo que primero deberíamos sentarnos y ponernos a bajar todas estas buenas ideas que tenemos en la cabeza al papel. Lo que estamos tocando es bailable, también, pero como más futurista.

–¿Te gusta lo desconocido?

–¡Qué clase de entrevista es ésta!

–Lo que pasa es que hay un sitio acá que dice que te gusta lo desconocido. Dice exactamente: Ama lo oculto, lo que es y puede ser.

–Estoy desconcertado, pero sí, me gusta conocer cosas nuevas. Por eso pienso pasar en Buenos Aires más que los tres días que estuvimos la última vez. Me quedé con ganas de pasear por la capital y, si hay tiempo, conocer un poco más del resto de la Argentina, los pueblitos.

“Hey, se nos acabó el tiempo. Fue una entrevista divertida”, agradece Paul. Recibe con humor los resultados, establece el Test.