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miércoles, 27 de noviembre de 2013

ADIOS AL GRAN GUITARRISTA Y COMPOSITOR DE BLUES J.J. CALE



Katherine Cole
Songwriter J.J. Cale was a guitarist who preferred to stay in the background and let others make hits of his songs, such as “After Midnight” and “Call Me The Breeze.”

Cale, 74, died on July 26 at a hospital in La Jolla, California. Cause of death was listed as a heart attack.

Cale was born in Oklahoma City and raised in Tulsa, Oklahoma.  He grew up in what he described as a vibrant, boom town. Oil had brought money to Tulsa, and workers from all over the world followed it. Their music came along, too.

“Tulsa is kind of in the middle of the United States and rhythm and blues and blues came out of Mississippi and kind of filtered up there and jazz coming out of the north, Kansas City was a big jazz hotbed in the ‘50s and late ‘40s, and Western swing, which is kind of a Country guy’s impression of swing music of, say, Glenn Miller and those kind of guys. So it was kind of a melting pot in there," Cale said. "Then rock & roll hit about 1956 or ’54, I guess. And I decided that was my kind of music.”

Remembering J.J. Cale

Influenced by all those different styles, Cale picked up a guitar and learned to play. After finishing high school, he performed in bands and began working as a recording engineer.  Cale was friendly with another Tulsa musician, Leon Russell, and the piano player soon convinced him to pack up his guitar and move to Los Angeles. In California, Cale continued working as a guitar player and made his first recordings, but they weren’t hits and he decided to return to Oklahoma.
      
​In those days, Cale saw himself as a guitarist first and an engineer second. Songwriting wasn’t his career. In fact, he said, it wasn’t even something he put a lot of effort into. It was just something you had to do, if you were going to make an album.

In 1970, times were tough for Cale and he was about to give up music altogether. One night he turned on the radio and heard a song he had written, “After Midnight,” being sung by Eric Clapton. And suddenly, Cale was a hit songwriter.

“When Eric Clapton cut 'After Midnight,' he sold so many records and it was so big at the time, I decided that I would pursue the songwriting thing." Cale said. "I was 34 years old at that time. I’d been down the pike and back before I had any success at all.”

Soon, Cale was in Nashville, cutting “Naturally”, his most successful solo album, and a disc that featured his hit single, “Crazy Mama.”

While he went on to record more than a dozen solo albums and one Grammy-winning duet CD with Eric Clapton, he saw himself as a songwriter first and a performer second.

“What my whole object was is not to really sell records. I was trying to sell songs," Cale said. "And instead of running around Nashville or New York or Los Angeles, knocking on people’s doors and trying to get them to cut my songs, we thought that making records would get the songs out there farther and it really did. So, my records really didn’t sell, but musicians started picking up on my sound and my songs and cutting my songs and that turned into a gold mine.”

Other artists covering Cale’s songs include Dionne Warwick, Johnny Cash, Tom Petty, Carlos Santana, and The Band.

If you’re interested in hearing Cale sing his own songs, there is a newly-released boxed set containing five early albums. “The Road To Escondido,” his Grammy-winning blues duet album with Eric Clapton is another good choice. It’s a mix of originals and covers, including their take on the classic “Sporting Life Blues.”

jueves, 21 de noviembre de 2013

JUANA MOLINA Y SU NUEVO DISCO: WED 21

Juan Molina

Hace veinte años Juana Molina dejó la televisión y su carrera de actriz en el momento en que se perfilaba como la gran comediante argentina, capaz de alcanzar la altura de Niní Marshall. Pero ella dejó Juana y sus hermanas para hacer lo que más le gustaba: componer y tocar la guitarra. Muy pocos la entendieron, y en 1996 editó su primer disco, Rara, casi como una respuesta a esa incomprensión. Poco después se fue a los Estados Unidos, donde empezaría una carrera fuera del país. De a poco, fue volviendo, la gente fue apreciando sus discos y se hizo de un grupo de fans de su música muy fiel e intenso. Ahora, después de una breve reaparición de sus personajes más recordados para una campaña publicitaria, edita Wed 21, su sexto disco. Antes de presentarlo en Buenos Aires, el 12 de diciembre, en el Teatro Vorterix, en esta entrevista habla sobre sus nuevas y bailables canciones y sobre por qué revisitar a sus personajes fue una tentación para volver a actuar, pero no tan fuerte como para dejar la música.



 Por Micaela Ortelli

Su quinta de Pacheco está contada una infinidad de veces. Técnicamente, porque Juana Molina apenas sale de ahí cuando no está de gira, pero, sobre todo, porque hablar del lugar es hacerlo de ella. Y hoy su pelo y su jardín están igualmente crecidos. Juana camina lento, acompañada de seis perros canosos, y las mismas guillerminas que usa en recitales y entrevistas por televisión se hunden en el pasto verde oscuro. Lleva su beige habitual: pollera y remera; una faja del mismo tono le presiona las costillas. Hace dos meses, en un accidente en bicicleta del que sólo dice “una estupidez”, se quebró cuatro. ¿Un obstáculo o una señal?, se preguntó, ya que justo había entregado a Crammed, un sello belga, su último disco. Juana prefiere leer todo como señales y Wed 21 tuvo que postergar los ensayos, pero llegó a bateas –acá lo editó Sony hace unas semanas–, con una premonitoria momia azul como imagen de portada.
Hace 20 años que Juana vive en esa casa que heredó de sus abuelos, donde todo, desde los cacharros de la cocina hasta la última rama que hace sombra a la pileta, parece obra del paso del tiempo. El tilo por florecer, una hilera de calas impecables, un cactus de la altura de una persona, otros en macetas, y los pájaros, tan nítidos que es como estar adentro de una canción suya. Al respecto, el estudio –de las visibles, la habitación más grande– mira todo eso a través de sus ventanales. Así es la naturaleza de Juana.
Y de repente todo parece haber pasado hace 20 años. En 1993 estaba embarazada de Francisca, su única hija, y fue entonces, durante los dos meses de reposo prescriptos, que retomó el contacto con la guitarra. No es que no la tocara más –siempre había algún personaje de Juana y sus hermanas que lo hacía, como Judit–, pero ya no componía, se dio cuenta, cuando en realidad era eso lo que le gustaba hacer. Aunque su forma de construir personajes es tan natural e intuitiva como la de hacer canciones –de chica pasaba tardes enteras jugando a imitar publicidades con sus primos–, la actuación siempre fue sólo un trabajo, no su verdadera vocación. Así, después de una carrera corta pero explosiva, con dos Martín Fierro ganados y el rótulo de “la nueva Niní Marshall” en la frente, Juana abandonó la televisión.
Por alguna razón, quizá por la decadencia actual del género, se guarda cierto vínculo afectivo con los viejos programas de humor (que Peter Capusotto y sus videos sea la única opción, o mejor, que Sin codificar sea lo que “hace reír” hoy, habla de decadencia). Y el de Juana es sin duda uno de los más extrañados; incluso quienes lo conocieron por YouTube tienen su chica favorita: Gladys, la cosmetóloga; Roxana, la concheta; Marcela, la conductora modelo –tan tonta como querible, ella–. Por eso, cuando a principios de año apareció la campaña de Claro con ellas de protagonistas fue todo un acontecimiento: madres y padres, abuelos acaso, morían de risa frente al televisor, mientras otros, los fans de su música, posteaban los spots en Facebook con algún recelo.


Juana molina en concierto


“Fue una propuesta imposible de rechazar. La tipa que me llamó era tan fan, una fan tan genuina, que me convenció ella. Y entre las dos decidimos qué personajes hacer: ella quería a la concheta y no a Marcela. Pero a mí me parecía que Marcela no podía no estar, fue el hit. Yo, por ejemplo, no quería hacer a la coreana, pero sabía que la tenía que hacer. Y de golpe había gente medio joven en el estudio, y me miraban fijo, como diciendo ‘¿es Juana Molina o es la maquilladora?’. Y a mí el impacto que generan esos personajes me causa mucha gracia.”

¿Qué se sintió volver a ponerte en esas pieles?
–Al principio empecé un poco dura, pero después de un par de horas se puso todo mejor y me divertí muchísimo. Realmente no sentí el paso del tiempo. Por eso Marcela hace ese chiste: “Gordo, mirá, un video mío de hace 20 años, ¡estoy igual!”. Yo sentía que era lo mismo, que se había congelado el tiempo. Y por eso después la tentación, cuando me ofrecieron volver a hacer el programa...

¿Te tentaste?
–Bueno, ya ves, no me tenté, pero me sedujo mucho la idea. Tuve mil reuniones, fui y vine, y después vi toda la otra parte: me iba a absorber por completo, ¡si para hacer los avisos estuvimos un mes pensando! Y dije que no.

VOTO DE CONFIANZA

 



  

A los 30 años Juana arrancó una carrera de cero. Aun con su padre músico (Horacio Molina, reconocido cantante de tango), no sabía nada del negocio y apenas había tocado en público, nunca había dado un show propio. Además estaba su hipersensibilidad: cuando actuaba –lo contó muchas veces– no sentía que era ella, por eso nunca necesitó que le dijeran cuándo hacía bien o mal un personaje –siempre sabía, porque los miraba de afuera–. En cambio, cuando hace música está en carne viva, y eso –exponer su más honesta intimidad– la hacía sentir tan insegura que, al principio, hizo todo lo que se suponía que había que hacer: trabajó con un productor (Gustavo Santaolalla), grabó con una banda y editó con una multinacional. También puso estribillos a las canciones, ella, que nunca compuso en formato canción –que nunca compuso en ningún formato ni género para no tener que seguir sus reglas y limitarse de antemano–.

Sucedió entonces con Rara (1996), su álbum debut, que a su gusto distaba demasiado del demo, y que, además, estuvo mal comercializado. Nunca una radio argentina pasó una canción de ese disco –muy pop para ser folk y muy folk, quizá, para ser radial, pero nada raro, a decir verdad, un disco hermoso también–. Ni hablar de los shows, que resultaban tortuosos, ya que, curiosamente, el público compraba entradas para un recital y esperaba verla actuar. Unos le gritaban que hiciera la coreana, muchos directamente se iban, y así terminaron: ellos por un lado y Juana por otro, en Los Angeles más precisamente (se había enterado de que allá la pasaban por la radio), donde terminó de grabar el seminal Segundo (2000). Ahí le pone música (electrónica) al Martín Fierro, sostiene una canción de ocho minutos con tarareos y gritos de bichos feos, y otra de casi siete con la historia de un perro triste. “La gente me decía ‘¿estás segura?’ ‘¿Y si lo mezclás de otra manera?’ Tenían miedo por mí. Me vaticinaban un infortunio, me miraban con lástima.”

Varios descubrimientos intervinieron en la creación de Segundo; por empezar, el mundo de la tímbrica: “No es que tuve que sacar un velo: estaba dispuesto por todo lo que había escuchado de chica, pero no sabía que tenía que buscar por ahí”. Hasta su encuentro con el multiinstrumentista Alejandro Franov, Juana desconocía las infinitas posibilidades sonoras que admiten los teclados. Después, satori en Pacheco: hacer música de a uno se puede, grabar y producir en casa también –y por ende, hacer un disco espontáneo, casi de primeras tomas–, incluso vender uno mismo los discos. Así llegó Segundo a Japón, donde –se dice– lo compró la leyenda viva David Byrne (Talking Heads) porque le llamó la atención la tapa (una foto de ella en primerísimo primer plano que sacó su íntimo amigo, el diseñador Alejandro Ros). Y la música también le gustó tanto a David Byrne que la invitó a telonearlo en una gira. Eso allanó el camino del siguiente álbum, el delicadísimo Tres Cosas (2004), elegido entre los diez mejores del año por el The New York Times. Y ese voto de confianza internacional allanó el camino de Juana de vuelta en su país –aunque hoy sus discos se editen antes en el exterior que en Argentina, y ella toque más en el resto del mundo que acá–.

El tercer flechazo: los pedales de loop, que permiten grabar y dejar secuencias sonoras en reproducción como mantras, superponerlas, y cantar y tocar la guitarra encima. Eso terminó de cerrar la fórmula, que “fue apareciendo de a poco, cuando tuve que inventarme la forma de tocar Segundo y Tres Cosas en vivo”. Porque Juana nunca más se subió al escenario con una formación que supere las tres personas: “No soy capaz de dirigir a tanta gente, me sobrepasaría”. Con las looperas puede recrear las canciones en los shows, construirlas parte por parte sin llevar nada pregrabado. “Al tener que hacer todo eso, las canciones empezaron a sonar de otra manera porque las herramientas me sugerían ideas nuevas. Entonces me di cuenta de que estaba aplicando un montón de cosas que iba descubriendo en canciones viejas. Ahí empecé a componer rápido, que fue lo que pasó con Son (2006), que lo hice en un tris porque ya venía con todo un método que me recontracerraba y me daba una especie de motor que no podía parar”.



Y después vino Un Día (2008)

–Sí, con más elementos, más energía, menos estudio, menos control, salió Un Día, que es un disco más crudo, más visceral. Ese también lo hice rápido, pero usando el mismo método. Hasta que dije “basta de ese método, quiero buscar otra cosa; no quiero que haya capas sobre capas o cosas que van in crescendo”. No sabía qué hacer pero sabía qué no quería hacer. Como que descubrí una fórmula que funciona y ya está, esa receta ya la tengo, la torta de dulce de leche ya sé cómo se hace. Quería probar hacer un puchero vegetariano.

OTRA, DISTINTA

 

En 2011 Juana participó del proyecto Congotronics vs. Rockers, un colectivo de 20 músicos (diez del Congo, diez occidentales) con el que dio una serie de shows en Europa y Asia. La gira especial le gustó tanto como agotada la dejó. De vuelta en Pacheco, se dedicó a hacer lo que le gusta, que puede ser coser, ocuparse de la casa, o simplemente estar ahí. Finalmente presentó al esperado sucesor de Un Día. El plato se llama Wed 21 y el ingrediente principal –o el más sorprendente– es la guitarra eléctrica: “Este disco lo empecé en octubre del año pasado y lo terminé en junio. Pero tuvo mucho tiempo de gestación inerte, sin probar nada, pensando ‘bueno, ahora cuando haga un disco, ¿qué voy a hacer?’ Y lo primero que hice fue comprarme una guitarra eléctrica a ver qué onda. Y es muy divertido, qué lástima que no empecé antes”.

La personalidad del disco está muy marcada por la guitarra eléctrica.
–Es mucho más versátil que la guitarra acústica, con un par de efectos o cosas la transformás. Y te da como un power, te cebás tocando. En este disco todo es más para afuera; no me pasó como en otros que me podía quedar horas colgada del timbre de un gong. No es un viaje tan interno éste.

Es más bailable, sin duda.
–Quizás inconscientemente tendí a eso. Yo disfruto mucho cuando la gente se pone a bailar en los shows, no hay retribución mayor para mí. Ultimamente venía tocando los temas más arriba, y los que no eran tan arriba, se pusieron más arriba en los shows. Por eso esta vez dije que la presentación quería que fuera en un lugar donde la gente estuviera parada. Hacer bailar a la gente es sublime porque yo creo que no hay alegría más grande que la del baile.

“Eras todo, nada me hará feliz. Verás, poco sabrás, soy buena actriz.” La primera línea es la única parte melancólica del disco, que tiene sus momentos lentos, pero en general es más festivo que los anteriores. Un poco por eso a último momento se arrepintió de llamarlo así, “Eras”, como esa canción, la elegida como corte difusión. Aunque la música es tan hipnótica, y la aparición de la guitarra eléctrica tan notable, que es poco probable que alguien le siga el hilo a la letra. Y de hecho puede que ni ella sepa lo que dijo cuando la grabó (“Hablo sola, pienso si desvarío”, dice más adelante). Una vez Leda Valladares le dijo: “Vos decís para cantar”, a diferencia de ella –la compositora y poeta tucumana–, que cantaba para decir. Juana la cita cada vez que surge el tema, porque es cierto, la letra es siempre lo último que le sale, y la pone sólo para que la voz salga a jugar con la coreografía sonora que creó antes. Pero no por eso va a hablar estupideces, antes, balbuceos, frases sin sentido, el poema de otro, un sueño, lo primero que salga, lo que dicte la música, es lo que queda, “porque las letras aparecen así y después es imposible de cambiar”.

 


En Wed 21 hay bastante de todo eso y también temas que se repiten, como el del (ruido del) progreso, que ya había discutido en “Sálvese quien pueda” (Tres Cosas); acá lo hace en “Ferocísimo”: “El ruido de los autos y máquinas. Hay ruido de obras, camiones y, además, allá, el rugido de una sierra se oyó y cortó todos los pinos, y cuando al fin paró, una radio se prendió y siguió habiendo ruido”. El de la autocrítica: “Un día voy a ser otra distinta, voy a hacer cosas que no hice jamás. No va a importarme lo que otros me digan, ni va a importarme si resultará”, decía en “Un Día”; ahora, en la estupenda “Sin guía no”, le canta a la inmovilidad: “Siempre me digo: voy a irme de casa y no puedo. Siempre la idea de ir al campo, el oeste y un tero, pero va pasando el tiempo y no me muevo. Sigo atormentada por el yerro, erro. Sé que el día que decida partir seré libre, pero unas patas como anclas (garras) que son invisibles, agarradas con tornillos firmes, son las que hacen que no pueda irme”. Y como siempre aparecen líneas de gran lucidez, como en la diáfana “Las edades”: “Lo que no consideramos es que uno crece y las edades quedan. Los dieciséis, los demás, son las edades que la gente cuenta. Con las edades contás para entender todas las edades. Quince, veinte, treinta y seis, están en mí todas las edades”.

Vos tenés algo muy joven. Y gran parte de tu público directamente lo es.
–Yo cuando entro a un grupo de jóvenes, que todos me ven como una vieja de mierda, no entiendo por qué de golpe siento un rechazo... Después me acuerdo cuando yo era joven y venía una mina o un tipo grande y era medio “salí de acá”. Es terrible porque yo soy tan joven como vieja. Pero en general hay un rechazo a la vejez natural, porque una cosa es “respetar al mayor” y otra sentir que es un copado. Y en este mundo de la música, que es cada vez más joven, es un poco difícil ser grande.

¿Wed 21 es miércoles 21?
–No, pero todos los nombres que se me ocurrían me parecían un bajón. Hasta que mi hija me dijo “ponele el nombre de una canción que te guste, ponele ‘Wed 21’”. Y me gustaba que no quisiera decir nada, que fuera como una nomenclatura, aunque en inglés fuera como martes 5. Además esa canción marcó el cambio que yo quería en el disco, y fue una de las primeras que hice. Mientras la hacía decía “bien, por acá, vengan, vengan que es por acá”. Por eso también me decidí.
El disco, que ya acumuló reseñas ruborizantemente elogiosas, son once canciones, y en poco tiempo, el más corto hasta ahora. Es también el más “puertas adentro” y nocturno. Esta vez no se escuchan pájaros ni calma bucólica, y hay menos sutilezas tímbricas, aunque no faltan (oír al final de “El Oso de la Guarda”), y tampoco pasajes muy serenos como en todos los otros. Después, son canciones que mutan (“Lo Decidí Yo”, “Ay No Se Ofendan”), alegres y desquiciadas (“Wed 21”, “La Rata”, “Final Feliz”), que revelan nuevos detalles con cada escucha. En general, hay menos espacios libres que en los discos anteriores, y mucha más atención a lo rítmico. Sigue siendo un trabajo de escultura, de colores que se suman al lienzo, pero esta vez es como si esas pinceladas se expandieran como una mancha de aceite a lo largo de la canción: los ecos y efectos de reverberación crean una atmósfera envolvente y acogedora. Y eso no es novedad en la música de Juana, pero sí en discos como Segundo o Son; el mundo construido era una especie de sueño campestre, diurno y delicado, Wed 21 es una fiesta íntima que arrancó en el living y terminó en el medio del monte.

Hay otra novedad en el estudio además de la guitarra eléctrica: en el lugar de su compañero de ensayos, la persona que la acompañará en los shows, no hay bajo sino otro teclado. Es que Mariano Domínguez, su “dupla perfecta”, a quien conoció antes de grabar Rara, se fue con un “monstruo del rock”, y en el afán por reemplazarlo, Juana se dio cuenta de que cometía un error: “No se trata de reemplazar a alguien sino de hacer que las cosas funcionen. Encontré a otra persona, otra personalidad, otros instrumentos, todo distinto”. Así, Odín Schwartz –especialidad: guitarra– la secundará en las teclas, porque aparentemente Wed 21 es mucho más difícil de tocar que los anteriores: “Fueron semanas de armar la logística de los ensayos. No es que podés dedicarte a tocar la guitarra y entregarte a su son; hay todo un trabajo de ensamblaje antes, son demasiados tracks para resolver entre tan pocas personas. Así que es, ‘bueno, anotá: bajo el pedal acá, subo el coso y te habilito a vos cuando digo...’. Se hace agotador cambiar tantas cosas y acordarte. Recién cuando hacemos todo eso sin pensar el show fluye...”

Mariano, flamante bajista de Andrés Calamaro, la tranquiliza por teléfono y le recuerda lo complicado que fue también sacar Un Día. Después, en conversación con Radar, dijo: “Disfruto muchísimo tocando con Juana y aprendo un montón. Es una artista que encontró su lenguaje, su música, y la hace sin ningún prejuicio ni idea acerca de los parámetros del mercado ni nada que se le parezca. Totalmente libre de esas influencias, de si el tema puede ser radial o si le va a gustar al público. Simplemente tiene que sentirse satisfecha y feliz con el resultado, y ésa es una de las cosas que más admiro de ella”.
Juana está contenta con Wed 21, “aunque todavía lo estoy observando, y me sorprende más la opinión de los demás porque no usé la fórmula habitual. Quizá por el temor al cambio y el rechazo de los demás por ese cambio. Pero no me importa porque yo quería cambiar”. El té se enfrió y Piluso, Nietzsche y los demás reclaman su cena. Otro día en la vida de Juana Molina, que cierra el candado y cruza el jardín de vuelta, caminando lento, hundiendo las viejas guillerminas en el pasto verde oscuro.

lunes, 28 de octubre de 2013

Murió el músico estadounidense Lou Reed, leyenda del rock y de Nueva York.

  

  Lewis Allen "Lou" Reed (Freeport, Long Island, Nueva York, 2 de marzo de 1942 – 27 de octubre de 2013) , fue un cantante y compositor de rock, considerado el padre del rock alternativo, primero como líder del grupo The Velvet Underground y luego en solitario.

Enormemente influyente en el arte pop desde la década de 1960, sus principales discos son Berlin, Transformer, Rock'n'Roll Animal, Take No Prisoners, New York y, para un primer acercamiento, el soberbio concierto que ofreció en el Meltdown Festival: Perfect Night Live in London. Vivía en Nueva York.

En su época de The Velvet Underground escribió canciones que han pasado a la historia de la música como "Heroin", "Rock and Roll", "I'm Waiting for the Man" y "Sweet Jane".


 


Carrera

Reed era un fan del rock and roll y el rhythm and blues que tocaba en varias bandas durante su época de estudiante y había grabado un disco sencillo de estilo doo wop como miembro de The Shades. Asistió a la Universidad de Syracuse, donde conoció al poeta Delmore Schwartz, quien le animó a convertirse en escritor. Reed también se aficionó al free jazz y a la música experimental. Más tarde afirmó que sus objetivos eran "traer la sensibilidad de la novela a la música rock" o escribir "la Gran Novela Americana" en un disco.

Se trasladó a la ciudad de Nueva York, donde trabajó como escritor de canciones para Pickwick Records y cofundó The Velvet Underground como guitarrista/vocalista/letrista, junto con John Cale, Sterling Morrison y Maureen Tucker. Aunque la banda se deshizo en 1970 y nunca tuvo éxito comercial, su reputación como uno de los grupos más influyentes en la cultura underground se ha mantenido intacta.

Después de dejar The Velvet Underground en agosto de 1970, decidió pasar un año sabático, y lo empleó en descansar y dedicarse a una de sus grandes pasiones, la pintura. Posteriormente Reed tomó un trabajo en la empresa de contabilidad de su padre como mecanógrafo, con un sueldo de 40 libras a la semana. Sin embargo, un año después, firmó un contrato discográfico con RCA y grabó su primer álbum solista en Inglaterra, con la colaboración con músicos de Yes como el tecladista Rick Wakeman y el guitarrista Steve Howe. El álbum, simplemente titulado: Lou Reed, contenía versiones alternativas de canciones con la The Velvet Underground muchas de las cuales fueron descartadas y archivadas (las cuales se pueden encontrar en el box set Peel Slowly & See). Pese a su calidad musical este primer trabajo solista pasó desapercibido por los críticos y tuvo muy pocas ventas.

Tras el fracaso con su primer álbum, a finales de 1972, Lou Reed trató de re-orientar su carrera musical lanzando Transformer, un álbum de glam rock producido por David Bowie. A continuación publicó Berlin, que cuenta una trágica historia de amor entre dos drogadictos en Berlín. Este disco incluye Caroline Says (violencia), The Kids (prostitución y adicción a las drogas), The Bed (suicidio) y Sad song ("Canción triste").

Reed se adelantó a su tiempo en la elección de estos temas. La música popular no se pondría a su altura hasta la aparición de los punks, entre mediados y finales de los años 70 del siglo XX; pero incluso entonces sus canciones eran únicas: ya fuese entre guitarras distorsionadas o suavemente melódicas, Reed cantaba sobre las cosas desasosegantes, o incluso sórdidas, que otros letristas no trataban. "Walk on the Wild Side" es un saludo irónico y gráfico a los inadaptados, chaperos y travestis en la Factoría de Andy Warhol. "Perfect Day" es una elegía a la adicción de Reed a la heroína, más tarde incluida en la banda sonora de la película Trainspotting. En el material que escogía, Reed seguía, y actualizaba, a autores tales como Allen Ginsberg y Jean Genet. La personalidad de Reed fue también avanzada, prefiriendo el cuero negro y la imaginería sadomasoquista incluso en la época hippie.






En 1975, produjo el doble álbum de estudio Metal Machine Music, lleno de pura distorsión y sonidos de sintetizadores electrónicos. Su discográfica lo estaba presionando para que grabara otro álbum comercial al estilo de Transformer, y Lou decidió cortar con ellos grabando intencionadamente uno de los discos más insoportables de la historia. El periodista de rock Lester Bangs lo declaró genial. Aunque admitiendo que las notas internas de los instrumentos usados es ficticia y paródica, Reed mantiene que MMM era y es un álbum serio. Sus discos de finales de los 70 son frecuentemente recordados con reservas por los críticos de rock, debido al menos en parte a las adicciones de Reed en aquellos años.
Lou Reed junto al actor Steve Buscemi y el músico Moby en la proyección del documental Iraq for Sale (octubre de 2006; Nueva York).

Al principio de los años 80, Reed dejó las drogas y comenzó, tanto en su trabajo como en su vida privada, a intentar asuntos más serios, notablemente en su aclamado disco de regreso The Blue Mask. Se casó con Sylvia Morales (más tarde, se divorciaron). En su exitoso álbum New York lanzó una enfadada salva contra los problemas políticos de su ciudad, denunciando el crimen, los caros alquileres, a Jesse Jackson e incluso al Papa Juan Pablo II y Kurt Waldheim. Cuando Andy Warhol, que fue anfitrión y productor de The Velvet Underground, murió tras una operación rutinaria, Reed cerró una brecha de 25 años para colaborar con su compañero de The Velvet Underground, John Cale, en Songs for Drella, una biografía de Warhol en música pop minimalista. Emocionante y dolorosamente confesional, a menudo ingeniosa, la voz de Reed produce ampollas cuando canta sobre presuntos errores médicos y sobre el intento de asesinato de Warhol llevado a cabo por Valerie Solanas en 1968.

Reed continuó en esos tonos oscuros con Magic and Loss, un disco sobre la mortalidad. En 1997 más de 30 artistas hicieron una versión de Perfect Day para un especial de la BBC en favor de los niños. En 2001 fue víctima de un bulo que afirmaba que había muerto de sobredosis de heroína.

En 2002, realiza una gira con el espectáculo Words and Music junto a Laurie Anderson, el espectáculo era un recital de poesía mezclado con algo de música,luz y color. Actuaron en ciudades como Turín, Venecia y Barcelona. En 2003, publicó un doble álbum, The Raven, basado en la obra de Edgar Allan Poe. En 2004, se publicó una remezcla de su canción "Satellite of Love" que alcanzó el número 8 en las listas inglesas.En 2007 lanzó su hasta ahora último álbum Hudson River Wind Meditations, influido por sus prácticas de yoga y cantó en la canción Tranquilize de The Killers. El disco que Gorillaz editó en el año 2010 lo encuentra en el track número 9, una canción llamada "Some Kind Of Nature", en la cual canta junto a Damon Albarn, líder de la mencionada banda.

En 2011 la banda de Thrash Metal, Metallica, a través de su página oficial, confirmó se encontraba trabajando en un álbum de estudio en colaboración con Lou Reed. 2 El disco Lulu, de 10 temas, fue lanzado el 31 de octubre del mismo año generando tanto aceptación como crítica desfavorable por igual. El álbum está inspirado en la obra de teatro Lulú de 1937 del dramaturgo alemán Frank Wedekind sobre la vida de una bailarina que fue víctima de abusos sexuales.





Discografía

Álbumes de estudio

    Lou Reed (1972)
    Transformer (1972)
    Berlin (1973)
    Sally can't dance (1974)
    Metal Machine Music (1975)
    Coney Island baby (1976)
    Rock 'n' roll heart (1976)
    Street Hassle (1978)
    The bells (1979)
    Growing up in public (1980)
    Suck me! Live at CBS-FM (1981)
    The blue mask (1982)
    Legendary hearts (1983)
    New sensations (1984)
    Mistrial (1986)
    New York (1989)
    Songs for Drella (1990) (con John Cale)
    Magic and loss (1992)
    Set the twilight reeling (1996)
    Ecstasy (2000)
    The Raven (2003)
    Hudson river wind meditations (2007)
    Lulu (2011) (con Metallica)





Murió el músico estadounidense Lou Reed, leyenda del rock y de Nueva York


El cantante y compositor americano Lou Reed asiste a la inauguración de su show de arte, la exposición fotográfica, "romanticismo", en el Centro de Congresos de Estoril durante el Estoril Film Festival 2010 en Estoril, afueras de Lisboa, en este 05 de noviembre 2010 foto de archivo. Los medios de comunicación estadounidenses han informado 27 de octubre 2013 que Reed, cuya banda The Velvet Underground se convirtió en uno de los más influyentes en el rock de fusionar el arte y la música en la década de 1960 "Nueva York ha muerto a la edad de 71 años. PATRICIA DE MELO MOREIRA / AFP/Getty Images

Por Mariano Andrade
AFP

NUEVA YORK -- El cantante y músico estadounidense Lou Reed, leyenda del rock y líder de la banda The Velvet Underground en la década del 1960, murió el domingo a los 71 años en Nueva York, indicó su agente literario.

“Murió este domingo a las once de la mañana en Long Island por complicaciones de su trasplante de hígado”, dijo su agente literario Andrew Wylie, contactado por teléfono, luego de que la revista especializada Rolling Stone diese la noticia.

Lou Reed había sufrido graves problemas de salud en los últimos tiempos que motivaron un trasplante de ese órgano meses atrás en una clínica de Cleveland (Ohio, norte de Estados Unidos).

Considerado una de las figuras emblemáticas de la cultura rock, Lou Reed fue el fundador de la banda The Velvet Underground a finales de los años 60 y luego llevó a cabo una brillante carrera solista.

El músico estaba casado desde 2008 con la artista Laurie Anderson, su pareja durante muchos años.

Había nacido en 1942 en Brooklyn (sureste de Nueva York), donde vivía actualmente. Junto con el cineasta Woody Allen o la cantante Patti Smith, entre otros, formaba parte del selecto club de leyendas vivientes de la Gran Manzana.

Poeta urbano y guitarrista, Lou Reed mostró como pocos la crudeza, tristeza y al mismo tiempo el romanticismo de la vida en las grandes ciudades, dando la voz hasta sus personajes marginados, como los homosexuales o los adictos a las drogas.

Producido en 1967 por el artista Andy Warhol, el primer álbum de The Velvet Underground -que formó junto con John Cale y en el que cantó en un principio la modelo Nico- es considerado una de las obras maestras del rock.

El disco incluye canciones como “I’m Waiting for the Man” (un joven que espera por su dealer de droga), “Sunday Morning” (que evoca la desolación de la mañana tras los excesos de la noche) y por supuesto “Heroin”, himno a esa droga dura cuya adicción aniquilaría a muchos de su generación.

Tras la separación de la banda a inicios de los 70, Lou Reed comenzó una carrera solista y dio a conocer en 1972 su disco quizás más célebre, “Transformer”, en el que sobresale “Walk On the Wild Side”, una invitación a vivir la vida en todos sus excesos y en la que celebra a travestis y homosexuales.

“Satellite of Love” y “Perfect day” son otras dos grandes composiciones de ese álbum, reinterpretadas por muchas bandas y la última de ellas utilizada en la película de culto Trainspotting (1996), del director escocés Danny Boyle.




A “Transformer” le siguieron dos discos muy reconocidos como “Berlín” (1973) y “Coney Island Baby” (1976).

En los últimos años Lou Reed se había dedicado a varios proyectos eclécticos, como una colaboración con la banda Metallica y un libro de poesías inspirado en “The Raven” del escritor estadounidense Edgar Allan Poe.

A fines del año pasado había publicado otro libro, “Rimes Rhymes”, con 300 fotografías de su autoría y textos Bernard Comment.

Sus problemas de salud habían limitado sus presentaciones en vivo, obligándolo a anular una serie de conciertos en abrilm entre ellos dos shows en el festival de Coachella en California (oeste de EEUU).

Lou Reed “se estaba muriendo”, había dicho Laurie Anderson al referirse a su trasplante de hígado, admitiendo que no sabía si su marido se recuperaría por completo.

Entre los primeros en reaccionar a su muerte estuvo el grupo británico The Who, que le deseó ir por el “lado pacífico”, en una alusión a su hit que propone tomar el “lado salvaje” de la vida.

También la cantante estadounidense Miley Cirus manifestó su tristeza en las redes sociales: “noooooooooo no LOU REED”, tuiteó la joven de 20 años que provocó un escándalo en la última entrega de los premios MTV.



jueves, 10 de octubre de 2013

Diez cosas que quizás no sabías sobre John Lennon



Curiosidades, anécdotas y misterios sobre el ícono que cumpliría 73 años



1. Primer instrumento

Lo primero que aprendió a tocar no fue una guitarra, sino una armónica que le regaló su tío. Luego, su madre Julia, lo introdujo en el banjo.

2. Debut

Lennon, Paul McCartney y el primer baterista de The Beatles, Pete Best, estaban en la misma habitación que George Harrison cuando este perdió su virginidad en un hotel de Hamburgo, Alemania, ciudad donde la banda comenzó a forjar su carrera (y, al parecer, su hombría). La leyenda dice que los muchachos alentaban y vitoreaban a George, el gurrumín del grupo, durante su "performance". Una de las tantas locuras de aquellos primeros fab four durante su "residencia" germana.

3. Peligro al volante

Fue el último Beatle en aprender a manejar, obtuvo su registro recién a los 24 años y, dicen, era un terrible conductor. A tal extremo que en 1969 tuvo un accidente que lo dejó con 17 puntos en la cabeza y su Aston Martin hecho chatarra. Desde ese momento, se trasladaba con chofer.

4. Aislado

Lennon compró una pequeña isla, ubicada en las costas de Irlanda, llamada Dorinish, por 1.700 libras en 1967. Se la llamó popularmente la "Isla Beatle" y Lennon dejó vivir allí a una pequeña comunidad de hippies. Después de la muerte del músico, Yoko Ono la vendió en 30.000 libras y donó ese dinero a un orfanato de aquel país.

5. Polémico

El guitarrista quería incluir a Jesús y Adolf Hitler en la portada de Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, pero el resto de los integrantes no lo dejaron.

6. Faaasooo

Se cree que Lennon fue el que introdujo a los Beatles al consumo de marihuana, pero, en realidad, ese honor pertenece a Bob Dylan. El 28 de Agosto 1964, el cuarteto y el joven Zimmerman se conocieron en un hotel de Nueva York. En la habitación, el músico estadounidense pidió unas copas y les propuso a los fab four fumar un fasito. Lennon le dijo que nunca había probado la hierba, a lo que Dylan, sorprendido, le preguntó: "Si nunca fumaste, ¿cómo escribiste esa canción que dice "and when I touch you I get high, I get high..."? (en referencia al tema "I Wanna Hold your Hand" y la expresión "colocarse" en inglés).
Lennon le respondió: "No, Bob: la letra dice 'I can't hide, I can't hide'...".
Esta desopilante anécdota, que puede encontrarse en el libro The Love You Make, de Peter Brown (asistente de Brian Epstein, manager de la banda), no termina ahí. Cuando Dylan le dio el porro a Lennon, este se lo pasó a Ringo argumentando que era "su probador oficial". El baterista lo encendió y, como no estaba al tanto de la costumbre de dar una pitada y circularlo al resto, se lo fumó todo.
¿Ven por qué los Beatles son Ringo y tres más?

7. Peleador

En 1970, la relación entre John y Paul pasaba por su peor momento, luego de que el bajista anunciara por su cuenta la disolución de The Beatles durante la campaña de promoción de su primer disco solista, autotitulado McCartney.
Por entonces, comenzaron a tirarse "indirectas" desde sus canciones. Se pueden interpretar dardos de Macca hacia sus ex compañeros en "3 Legs", "Dear Boy", "The Back Seat Of My Car" y "Too Many People" (todas de su álbum RAM). La respuesta de Lennon se puede escuchar en "How Do You Sleep?", incluida en Imagine, con frases como "esos freaks tenían razón cuando dijeron que estabas muerto" o "lo único que hiciste fue Yesterday".

8. Come together

Lennon fue el único Beatle que nunca asistió a un concierto de McCartney. George estuvo presente en un show de la gira de 1993, mientras que Ringo coincidió con Macca abajo y arriba del escenario en varias oportunidades. Según una entrevista que Lennon le concedió a Playboy, el bajista lo visitó en su departamento de Nueva York el 24 de abril de 1976. Vieron en TV Saturday Night Live y bromearon con tomarse un taxi para ir al estudio del programa, ya que su productor, Lorne Michaels, les ofrecía 3.200 dólares si aparecían en el show. "Casi vamos, pero estábamos muy cansados", dijo. Fue la última vez que estuvieron juntos.

9. Popero

Durante sus últimos años, su álbum favorito fue el debut de The B-52's. Cuenta la leyenda que Lennon escuchó por primera vez el single "Rock Lobster" en una disco, en 1979, y se enamoró de la banda. Junto con Yoko, se la pasaban escuchando aquel LP durante las grabaciones de Double Fantasy, su último trabajo.

10. Leyenda

Hay interrogantes y mitos alrededor de su muerte. Muchos dudan del verdadero paradero de sus cenizas. Lennon fue cremado y sus restos entregados a Yoko Ono, quien nunca aseguró públicamente qué destino les dio. Se supone que todavía conserva sus cenizas, pero hay versiones que afirman que las esparció en el Central Park de Nueva York.

El otro misterio tiene que ver con el último audio de Lennon. La noche en que fue asesinado, volvía a su domicilio junto con Ono desde su estudio, luego de trabajar en la canción "Walking On Thin Ice". Se dice que todo lo que pasaba en las sesiones está grabado, todo: el día a día del proceso del disco Double Fantasy iba siendo registrado. Jack Douglas, productor del disco, comentó en una entrevista que, en la fatídica noche, pasaron cosas raras en el estudio y que, tras enterarse del fallecimiento del artista, fue y borró la última cinta porque contenía "cosas muy dolorosas". El tema nunca fue aclarado por Douglas y solo él sabría qué decía el registro final de Lennon.

Por Maximiliano Poter

jueves, 3 de octubre de 2013

JAZZ: CIEN TÍTULOS Y MUCHAS JOYAS.




WARNER IMPORTO LOS VOLUMENES DE JAZZ BEST COLLECTION
 

La mayor parte de este centenar de CD editados en Japón son fundamentales y varios, figuritas difíciles desde hace décadas. Ahora se consiguen a buen precio en varias disquerías porteñas. Hay discos del Modern Jazz Quartet, Corea, Ellington, Mingus y Brubeck, entre otros.

 Por Diego Fischerman

No hay por qué elegir un solo momento. Aparece, por supuesto, la tentación de referirse a la manera en que Art Farmer frasea la melodía en el flugelhorn, su exquisito contrapunto con la guitarra de Jim Hall y el posterior solo de Steve Swallow en contrabajo (en 1968 todavía tocaba ese instrumento) en “Sometime Ago”, el bello vals compuesto por Sergio Mihanovich, incluido en un disco con nombre exacto: Interaction. Pero inmediatamente surge “Plastic Dreams”, esa especie de tango que John Lewis toca en clave, con el Modern Jazz Quartet, en el álbum del mismo nombre. O los formidables arreglos de Quincy Jones para Plenty, Plenty Soul, de Milt Jackson. O el extraordinario Tones for Joan’s Bones, de Chick Corea. Por no nombrar las grabaciones en vivo del cuarteto del saxofonista Charles Lloyd, con un brillante pianista de 22 años llamado Keith Jarrett.
Son cien discos, la mayoría fundamentales y muchos de ellos verdaderas figuritas difíciles desde hace décadas. Y no hay ninguna necesidad de optar entre unos y otros, salvo por el hecho de que difícilmente se pueda comprarlos todos. El hecho, en todo caso, es que la filial europea de la compañía Warner hizo un convenio con su par japonesa, que durante años mantuvo una gran autonomía en sus catálogos, para publicar en ese continente una selección de los títulos de Atlantic y Reprise (además de algún otro sello subsidiario) que ellos habían editado. Las ediciones japonesas, todo un capítulo para los discófilos, habían tenido, desde siempre, dos grandes atractivos: su sonido y una variedad de títulos mucho mayor que los que habitualmente se conseguían en Europa y los Estados Unidos (y ni hablar en los satélites más alejados del sistema solar, como la Argentina). Y, también, dos poderosas contras: su precio y su inaccesibilidad.

La selección de cien títulos, a la que bautizaron Jazz Best Collection, puso en circulación clásicos como The Modern Jazz Quartet, el primer álbum que ese grupo grabó para Atlantic, en 1957; Ornette!, de Ornette Coleman; The Avant-Garde, de John Coltrane y Don Cherry; o Bud Powell in Paris, con una calidad sonora inédita (todos los volúmenes están remasterizados con 24 bits). Pero, también, hizo accesible (y barato) aquello que hasta el momento había sido patrimonio exclusivo del tesoro del sol naciente: los discos de la genial cantante Chris Connor, la big band del compositor y pianista Clare Fischer, el cuarteto de Art Farmer con Jim Hall, el notable primer disco solista de Joe Zawinul o el excelente debut del contrabajista Miroslav Vitous, Infinite Search, registrado en 1970 por un súper grupo que incluía a John McLaughlin en guitarra, Joe Henderson en saxo, Herbie Hancock en piano y Jack De Johnette en batería.

La representante local de Warner, sorpresivamente –una maravillosa sorpresa, en todo caso–, decidió importar la colección entera. Y varias disquerías de Buenos Aires (Minton’s, RGS, Zival’s) la ofrecen a muy buen precio. Entre las joyas que no deberían pasar inadvertidas, además de las ya nombradas, están Concert in the Virgin Islands, de Duke Ellington; Three or Four Shades of Blues, donde Charles Mingus toca con Larry Coryell, John Scofield y Philipp Catherine en guitarras; The Wonderful World of Jazz, un disco genial del pianista John Lewis; Soul Brothers, el encuentro entre el vibrafonista Milt Jackson y Ray Charles, que aquí toca saxo además de piano; All The Things You Are, el álbum de Dave Brubeck en el que tocan saxo Lee Konitz y Anthony Braxton; los dos volúmenes del arreglador Marty Paich, con una auténtica selección de músicos de la Costa Oeste (I Get a Boot Out of You y The Broadway Bit); el magnífico Hear Ye!!! Hear Ye!!! Hear Ye!!! del quinteto de Harold Land y Red Mitchell; y West Coast Wailers, del trompetista Conte Candoli y el pianista Lou Levy.
Los hipotéticos compradores sólo deberán huirle a un título, Vibrations, de Milt Jackson. Y no por razones musicales sino porque toda la partida llegó mal impresa y el disco que figura con ese nombre (y en esa cajita) es otro: Trav’lin’ Light, del Trío de Jimmy Giuffre. El álbum es extraordinario pero, desde ya, conviene comprarlo en su propio envase que, afortunadamente, contiene lo que se anuncia.

viernes, 13 de septiembre de 2013

THE ROLLING STONES: La historia de Brenda Jagger.





Julián Ruiz

A primeros de marzo de 1984, Michael Jackson tiene decidido no utilizar la voz de Freddie Mercury en 'State of shock'. Simplemente, Michael había visto como Freddie sacaba una aguja hipodérmica y se inyectaba heroína delante de sus narices. En el baño de su casa en Encino, donde habían grabado las maquetas. Por aquel tiempo, Walter Yetnikof, presidente de CBS/Sony, le sugiere a Michael que puede convencer a Mick Jagger para que cante con él, ya que los Rolling Stones han firmado un contrato de 28 millones de dólares con la compañía. Mick Jagger era mejor nombre publicitario que el de Freddie Mercury. Mick Jagger, harto de Keith Richards, pretende despegarse de los Rolling Stones e iniciar la construcción de su propia escalera hacia el paraíso de las estrellas. Está terminando su primer álbum en solitario, 'She's the boss'. Keith Richards se había pasado dos años llamando a Mick: Brenda, Brenda Jagger. El cantante ya no aguanta a su guitarrista. No lo puede ni ver. No lo quiere ver más.



Mick Jagger se cita con Michael Jackson por la tarde del 16 de abril de 1984 en un hotel de Nueva York. Jagger había tenido un día horrible. Por la mañana había estado en el juzgado para acabar los negocios con su viejo mánager Allan Klein. Pero tenía que cumplir su palabra: le había dicho que sí cantaría ese tema a Michael.

El 8 de mayo Jagger y Jackson se vuelven a encontrar en un estudio de Nueva York. Según la versión del ingeniero Bruce Swedien, la relación entre ellos fue distante, bastante fría. Pero a Swedien le impresionó que Jagger obedeciera sin rechistar a Michael y estuviera un par de horas haciendo escalas hasta calentar la voz. La participación de Mick no terminó hasta el día siguiente. En realidad, Michael se había cansado e irritado con la voz de Jagger, sabiendo que no había sido una buena elección. Meses más tarde, Michael le contaba a Quincy Jones que le había sorprendido muchísimo cómo desafinaba Mick Jagger. No podía entender como había llegado a poder ser una gran estrella.

El 28 de junio aparece el disco de The Jacksons con el dueto de Mick Jagger, 'State of shock'. Pasó bastante inadvertido. Mick y Michael no se volvieron a ver nunca.

Mick lo intenta

A continuación, 'She's the boss', el primer álbum en solitario de Jagger apareció y no, no fue un éxito, a pesar de los cinco millones de dólares que se gastó en promoción la CBS.

"Que se joda Brenda", dijo Keith Richards, que acababa de ser padre con Patti Hansen. Mick Jagger trató de provocar una cortina de humo con su actuación en el Live Aid, en Filadelfia, en 1985. Tocó con un grupo de músicos nuevos e hizo una interpretación del famoso 'State of shock' de Michael Jackson, pero con Tina Turner. Michael ni quiso aparecer con Mick, aunque se lo pidió personalmente Jagger. De aquello, lo más espectacular fue ver a bailar a Mick con Tina Turner en un par de interpretaciones geniales.

Keith Richards y Ronnie Wood, que también estaban allí, en Filadelfia, ni saludaron a 'Brenda'. Patéticamente, emborracharon a Bob Dylan y los tres hicieron el ridículo en el Live Aid.

Fue en Boston, en la penúltima gira de los Stones, donde Keith Richards me contó de donde había salido lo de Brenda. Me dijo que cuando pasaban mucho tiempo en París, a comienzos de los años 80, él vivía muy cerca de los estudio Pathe-Marconi. Al lado de su casa había una librería inglesa. En su escaparate había un libro donde ponía en grandes letras doradas: 'Brenda Jagger'. Desde ese preciso momento, Keith siempre se refería a Jagger como Brenda. Creo que Keith nunca supo ni siquiera quien era la auténtica Brenda Jagger, en realidad, una escritora inglesa de novelas románticas, al estilo de Corín Tellado.

Pero el Brenda Jagger 'stoniano' se convirtió en la burla provocativa, sustancial y publicitaria para vender más ejemplares de 'Life', la autobiografía de Keith Richards. Que si Brenda tenía un pene pequeño, que si Brenda era un insoportable, que si Brenda era un roñoso.


 


Querida bestia

Mick Jagger nunca se lo perdonará a Keith Richards. Jamás. Incluso se sabe que le escribió a Keith una carta terrible hace poco más de un año. Franca, directa al corazón de su amigo desde los cuatro años. Una carta que parcialmente ha caído en manos de los 'amigos' de Mick Jagger. Según Mick, para Keith los gays son 'maricones' y las mujeres, 'putas". Se ha quedado en la ideología reaccionaria de los viejos tiempos. Jagger les decía a sus amigos que era absurdamente injusto y patético que en 'Life' su personalidad fuera presentada como un despojo de la humanidad. Un tipo pobremente dotado, con un pene muy pequeño. Sin saber cantar. Un déspota que ni le dejaba hablar a Keith en la reuniones.

En definitiva, un tipo insoportable con nombre de mujer. Pero es que Mick consideraba a Keith un bocazas impertinente. Un tipo violento al que nadie se atreve ni siquiera a despertarle, porque tiene una pistola debajo de la almohada. Un tipo que se comportaba como un canalla, un desastre que se drogaba delante de desconocidos y que presumía de que la policía lo persiguiera y junto a ella, media docena de chicas de las que se reía.

Mick recordaba que todas aquellas sórdidas historias de Richards sólo le llegaban a través de un asistente, un abogado o un 'tour manager'. Jagger siempre se temía lo peor y sufría cuando alguien llegaba diciéndole: "Keith ha desaparecido". "Keith se ha dormido en el camerino y nadie se atreve a despertarle y el concierto tiene que empezar".


Jagger sentenciaba que era imposible convivir con un ser catatónico. Y condenaba: "¿Te puedes imaginar lo que es ir de gira con un alcohólico, un yonqui, un adicto al crack?". O quizá escuchar: "Keith ha sido arrestado con un tarro lleno de heroína y una bolsa llena de otras drogas y parafernalia. Y le han acusado de tráfico de drogas. Era su maleta para un fin de semana en Toronto". Mick concluía: "Es difícil dar un concierto con un guitarrista loco y pervertido, pero más aún cuando está en la cárcel durante 10 días". Finalmente, Mick no tuvo más remedio que recordar el apelativo que le había puesto Elton John: "Keith es un mono artrítico".

Pasta para los abuelos


Los 50 años del grupo y los intereses de todos sus miembros volvieron a unir hace un año a Brenda y al pervertido. Sólo el dinero ha amansado a Brenda, según la versión de Keith Richards, que no se ha atrevido a usar el apodo desde que recibió aquella carta. Pero el pasado viernes, los Rolling Stones iniciaron la segunda parte de su gira con una pésima noticia. En su primera cita, en el Staples Center de Los Ángeles, el aforo no se ha completado. Sobre todo, hubo claros en las gradas en las que las entradas costaban 600 dólares o 400 dólares, las más caras de la historia del rock. Así comenzaba la gira de los 50 Años o de "repelar dinero para nuestra vejez", como la llama.

Tras conocer el fracaso de las ventas de entradas, Keith volvió a las andadas y a montarla antes de salir al escenario. "Ya la ha jodido otra vez Brenda". "Es un gilipollas, un torpe y un usurero con la pasta.

lunes, 12 de agosto de 2013

Eydie Gormé: Una voz que brilló con el Trío Los Panchos.

La cantante estadounidense murió a los 84 años, en Las Vegas. En los ‘60, durante su 
apogeo, se alió a Los Panchos y así, con su voz de terciopelo, conquistó al público
argentino.


12.08.2013

La cantante estadounidense Eydie Gormé, que alguna vez grabó éxitos del bolero con el
Trío Los Panchos, murió el sábado a los 84 años en Las Vegas, producto de una “breve
enfermedad” no especificada, según informó su representante de relaciones públicas,
Howard Bragman.

Edith Gomerzano, tal su verdadero nombre, había nacido el 16 de agosto de 1928 en el Bronx de Nueva York. Era la menor de tres hijos de un matrimonio de judíos sefaradíes inmigrantes -su padre era siciliano y su madre, turca- y muy temprano mostró el talento de su voz: a los tres años ya había cantado en un programa radial infantil. En su hogar se hablaba en ladino, idioma también conocido como judeoespañol: de ahí su capacidad
para hablar (y cantar) tanto en inglés como en español. Por eso, después de terminar el colegio secundario trabajó como intérprete de español en una empresa de exportaciones y como traductora en las Naciones Unidas.

Pero su ambición era convertirse en cantante profesional. En 1950 fue contratada para formar parte de la banda de Tommy Tucker, y luego integró el grupo de Tex Beneke.
Después emprendió el camino solista, y en 1953 ingresó en un lugar que sería decisivo para su vida y su carrera: el famoso programa de televisión The Tonight Show, en ese entonces conducido por Steve Allen. Ahí conoció al cantante Steve Lawrence, con quien se casaría cuatro años más tarde y con quien formaría un dúo célebre: Steve and Eydie.

Para el momento de su matrimonio, tanto amoroso como artístico, Eydie ya había grabado
un par de LP (Eydie Gormé y Eydie Swings the Blues; ver Su gran carrera...) que habían figurado en los ránkings de la época. Pero su unión con lawrence potenció su carrera: en 1958, ambos tuvieron su primer segmento de televisión juntos, The Steve Lawrence- Eydie Gormé Show. Luego hicieron un paréntesis de unos años para criar a sus dos hijos (uno de ellos, David Lawrence, se convirtió en compositor de bandas de sonido de películas; el otro, Michael, sufrió una muerte temprana en 1986).

En los ‘60 relanzaron su carrera con su primer álbum a dúo, We Got Us: la canción homónima les valió un Grammy. Al mismo tiempo, en un vaivén que siempre mantuvo, siguió trabajando como solista. En 1963 grabó el álbum Blame It on the Bossa Nova, que le valió una nominación al Grammy y cuya canción  omónima sería uno de los máximos éxitos de su vida.

En 1964, Los Beatles mediante, se produjo la llamada invasión británica a los Estados Unidos, con lo que la mayoría de los cantantes estadounidenses tradicionales se vieron opacados. Entonces, en una brillante movida artístico-comercial, Eydie desempolvó su español y se alió al trío Los Panchos. Con Amor (también conocido como Eydie Gorme
canta en español), su primer disco juntos,  permanecieron 22 semanas en los ránkings. Se trataba de un LP grabado íntegramente en español: así, a Gormé se le abrieron las puertas del mercado hispanoamericano.

De ese modo la conocimos los argentinos: ella era la dueña de la voz de terciopelo que terminó de convertir en clásicos inoxidables a Nosotros, Piel canela, Sabor a mí, Noche de ronda, La última noche e, incluso, el tango Caminito. El éxito fue tan grande que la alianza siguió con More Amor (Más amor), también conocido como Cuatro vidas, donde su potente voz, de ligero acento extranjero, hacía brillar a canciones como Vereda tropical, Flores negras o Nochecita. De este modo, Eydie se ganó, con todas las de la ley, un lugar en el paraíso del bolero.

Su última colaboración con Los Panchos fue un álbum navideño llamado Navidad means Christmas o Blanca Navidad. Otros de sus trabajos en español incluyen una versión de Blame It on the Bossa Nova llamada Culpa de la bossa nova y los discos I Feel So Spanish, Otra vez, La Gormé, Muy amigos, De corazón a corazón y Eso es el amo r. Los dos últimos incluyeron duetos junto a su marido, Roberto Carlos y Armando Manzanero, y producción de los argentinos Roberto Livi y Bebu Silvetti, respectivamente.


Su sociedad con su marido siguió funcionando paralelamente. Actuaron juntos en Broadway, el musical Golden Rainbow. Su último disco en figurar en los ránkings fue The World of Steve & Eydie. Y siempre mantuvieron presencia en la televisión y los clubes
nocturnos, con actuaciones en las que hacían toda clase de bromas irónicas sobre su matrimonio. En 1975 hicieron un especial en homenaje a George Gershwin que les valió un premio Emmy y se convirtió en un álbum.

Con los años, la carrera del dúo se fue diluyendo, pero se mantuvieron activos con shows en hoteles de Las Vegas y, cada tanto, templos de la música como el Carnegie Hall. Pero no fueron olvidados: tienen su propia estrella en el paseo de la fama de Hollywood.


sábado, 10 de agosto de 2013

ADIOS AL GRAN GUITARRISTA Y COMPOSITOR DE BLUES J.J. CALE


Katherine Cole

Songwriter J.J. Cale was a guitarist who preferred to stay in the background and let others make hits of his songs, such as “After Midnight” and “Call Me The Breeze.”

Cale, 74, died on July 26 at a hospital in La Jolla, California. Cause of death was listed as a heart attack.

Cale was born in Oklahoma City and raised in Tulsa, Oklahoma.  He grew up in what he described as a vibrant, boom town. Oil had brought money to Tulsa, and workers from all over the world followed it. Their music came along, too.

“Tulsa is kind of in the middle of the United States and rhythm and blues and blues came out of Mississippi and kind of filtered up there and jazz coming out of the north, Kansas City was a big jazz hotbed in the ‘50s and late ‘40s, and Western swing, which is kind of a Country guy’s impression of swing music of, say, Glenn Miller and those kind of guys. So it was kind of a melting pot in there," Cale said. "Then rock & roll hit about 1956 or ’54, I guess. And I decided that was my kind of music.”




  Remembering J.J. Cale

Influenced by all those different styles, Cale picked up a guitar and learned to play. After finishing high school, he performed in bands and began working as a recording engineer.  Cale was friendly with another Tulsa musician, Leon Russell, and the piano player soon convinced him to pack up his guitar and move to Los Angeles. In California, Cale continued working as a guitar player and made his first recordings, but they weren’t hits and he decided to return to Oklahoma.
      
​In those days, Cale saw himself as a guitarist first and an engineer second. Songwriting wasn’t his career. In fact, he said, it wasn’t even something he put a lot of effort into. It was just something you had to do, if you were going to make an album.

In 1970, times were tough for Cale and he was about to give up music altogether. One night he turned on the radio and heard a song he had written, “After Midnight,” being sung by Eric Clapton. And suddenly, Cale was a hit songwriter.

“When Eric Clapton cut 'After Midnight,' he sold so many records and it was so big at the time, I decided that I would pursue the songwriting thing." Cale said. "I was 34 years old at that time. I’d been down the pike and back before I had any success at all.”

Soon, Cale was in Nashville, cutting “Naturally”, his most successful solo album, and a disc that featured his hit single, “Crazy Mama.”

While he went on to record more than a dozen solo albums and one Grammy-winning duet CD with Eric Clapton, he saw himself as a songwriter first and a performer second.

“What my whole object was is not to really sell records. I was trying to sell songs," Cale said. "And instead of running around Nashville or New York or Los Angeles, knocking on people’s doors and trying to get them to cut my songs, we thought that making records would get the songs out there farther and it really did. So, my records really didn’t sell, but musicians started picking up on my sound and my songs and cutting my songs and that turned into a gold mine.”

Other artists covering Cale’s songs include Dionne Warwick, Johnny Cash, Tom Petty, Carlos Santana, and The Band.

If you’re interested in hearing Cale sing his own songs, there is a newly-released boxed set containing five early albums. “The Road To Escondido,” his Grammy-winning blues duet album with Eric Clapton is another good choice. It’s a mix of originals and covers, including their take on the classic “Sporting Life Blues.”




 


ADIOS A J.J. CALE


J.J. Cale (Oklahoma City, 5 de diciembre de 1938 - La Jolla, 26 de julio de 2013) fue un músico y compositor estadounidense nacido en Oklahoma City, Oklahoma en 1938. Su verdadero nombre era John Weldon Cale, aunque muchas fuentes dan incorrectamente el nombre de Jean Jacques Cale. Fue conocido por escribir dos canciones que popularizó
Eric Clapton, "After Midnight" y "Cocaine", así como los éxitos de Lynyrd Skynyrd "Call Me The Breeze" y "I Got the Same Old Blues".

Cale fue uno de los pioneros del "Tulsa Sound", mezcla de blues, rockabilly, country y jazz. El estilo personal de Cale fue definido como "relajado", y se caracterizaba por ritmos shuffle, cambios de acordes sencillos, voces dobladas y letras incisivas e inteligentes. Cale también fue un guitarrista muy particular, caracterizado por su forma de puntear y sus solos moderados y ligeros. Sus grabaciones reflejaban la sencillez y la falta de artificios de sus composiciones, que eran normalmente grabadas enteramente por Cale, ayudándose de una caja de ritmos para el acompañamiento.

Muchos artistas, como por ejemplo Eric Clapton, Mark Knopfler, Neil Young o Bryan Ferry, han sido influenciados por la música de Cale; muchos otros han incluido versiones de Cale en sus álbumes, siendo las canciones más utilizadas "Cocaine", "After Midnight", "Call Me the Breeze", "Travelling Light" y "Sensitive Kind", versionada por Carlos Santana.


 

Cale también fue conocido por su rechazo y aversión al estrellato, a las giras largas, y a las grabaciones periódicas. Fue un artista de culto para los músicos, y relativamente desconocido para el público durante los últimos 35 años.

El lanzamiento de su álbum "To Tulsa and Back" en 2004, así como la aparición en el Festival Crossroads de Eric Clapton en el 2006 y el estreno del documental "To Tulsa and Back: On Tour with J.J. Cale", acercaron su discografía a un nuevo público, más joven y más amplio. Además, esta publicidad siguió hasta finales de 2006, cuando publicó un álbum en colaboración con Clapton, The Road to Escondido, que ganó el "Mejor Álbum Contemporáneo de Blues" en la 50 Edición de los Premios Grammy en 2008.



El 26 de julio de 2013, Cale falleció en el Scripps Hospital de La Jolla, California a consecuencia de un ataque al corazón.


EL ADIOS A EDUARDO FALÚ QUE MURIÓ A LOS 90 AÑOS.





    
El folklore pierde a un icono

Fue uno de los más grandes compositores y guitarristas de la música popular argentina. Autor de “Zamba de la Candelaria” y “Tonada del viejo amor”, entre muchos otros éxitos, supo rodearse de los más grandes poetas y dejó una marca para futuras generaciones.

 Por Cristian Vitale

Eduardo Falú (El Galpón, provincia de Salta, 7 de julio de 1923 - 9 de agosto de 2013 ) fue un guitarrista y compositor argentino.

Hacía tiempo, tal vez mucho en términos cronológicos, que Eduardo Falú estaba alejado del ruido mundano, de la cosa profesional, de las tablas y las guitarras de cara al público. De los aplausos. Apenas un detalle, al cabo, porque tal ausencia era sólo una cuestión de silueta. O de mirada. Una mirada sagaz, brillosa, que, en los últimos años sólo activaba su luz frente a los muy suyos. O de voz. Una voz grave, reflexiva, lejana en años. Apenas un ínfimo detalle íntimo que no alcanza a diluir un nombre. Un trayecto fuerte. Un rayo folklórico que cruzó con sus estelas buena parte de la historia de la música popular argentina del siglo XX, y la seguirá cruzando en tanto faro, musa y referencia de las generaciones que renuevan su legado. Murió ayer en Córdoba, donde vivía desde hacía años.

Eduardo Yamil Falú había nacido en El Galpón, un pueblo de Salta distante 150 kilómetros de la ciudad, hace 90 años casi redondos (el 7 de julio de 1923). Se había criado en Metán –también Salta– bajo el pulso arábigo de sus padres sirios: Juan y Fada. Había comenzado a tocar la guitarra a los once años y cuatro años después ya estaba viviendo en Salta capital.



En cincuenta discos y, durante sesenta años de carrera, Falú le imaginó una música apropiada, inevitable, a los arrebatos poéticos de dos vates que parecían haber nacido a su medida: don Jaime Dávalos y don Manuel J. Castilla. Al primero le contorneó con sus fraseos delicados “temazos” atemporales como “Trago de sombra”, la imperecedera “Tonada del viejo amor”, la “Milonga del alucinado” o la fundamental y frecuentemente visitada, “Zamba de la Candelaria”. Al segundo, lo sustentó en bellezas más crudas. En “Minero potosino” o “Puna sola”, por caso. O en la bellísima “Celos del viento”. Y tampoco se privaron de sus climas León Benarós, César Perdiguero o Alberico Mansilla, con un repertorio que enriqueció el de por sí rico folklore de la década del sesenta, e irradió sus magias hacia Japón, España, Alemania y Francia, países que visitó varias veces durante sus períodos más activos. En uno de sus últimos discos (El sueño de mi guitarra) Falú recrea piezas como “Canción de amor en zapatillas”, “Río de tigres”, “Tonada del viejo amor”, “El jangadero” y “Las golondrinas” y se deja acompañar, en un interesante cruce generacional, por el tecladista Lito Vitale.



Pero fue en la épica de dos obras conceptuales donde el guitarrista se mostró en verdadera dimensión. Quién podrá olvidar, después de haberla escuchado, el favor reparador que le hizo a Juan Lavalle cuando, mediando los sesenta, el romance de su muerte intentó curar con música lo que un texto, por más lúcido que fuera, no podía (el fusilamiento de Dorrego). Quién, si no, el sonido de campo adentro que muy pocos podían lograr como él, que le imprimió al José Hernández.



Falú fue también, muy a su manera, un académico. Un “culto”, que poco podría envidiarle, tal vez, a su musa Carlos Guastavino. Para contarlo lejos, está su Suite Argentina, grabada por la Camerata Bariloche, en la que las cuerdas populares y clásicas (fue una obra para guitarra, cuerdas, clavecín y corno) fueron casi una, o sus conciertos “serios” con la Orquesta Sinfónica Nacional. También un defensor tenaz de los derechos de los músicos. En 1950, cinco años después de mudarse a Buenos Aires para ingresar directo en Radio El Mundo, el tío del también eximio guitarrista Juan ingresó a Sadaic, donde ejerció durante varios años la vicepresidencia.



Pese a sus “resistencias” al bronce, Falú fue varias veces reconocido por las instituciones. Recibió el título Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba, la Cámara de Diputados lo homenajeó y diversas ciudades (Salta, Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires y Rosario) lo distinguieron como Ciudadano Ilustre. El gobernador de Salta decretó dos días de duelo y Sadaic lo saludó de esta manera: “Don Eduardo Falú, querido maestro, qué difícil resulta despedirlo”.

Tanto el duelo como el saludo final se hacen extensivos, emocionalmente, a todo el país.


 

El universo en tres minutos

 Por Diego Fischerman

Sus canciones se cantaron en las escuelas. Estuvieron ligadas, como toda la música compuesta a partir de tradiciones folklóricas sudamericanas, a una cierta idea de patria. Y, claro, de patriotismo. Ya se sabe, la banda de sonido de los actos escolares siempre tuvo más que ver con el campo, aunque acompañara las sagas de personajes tan inevitablemente urbanos como Manuel Belgrano, por ejemplo. Las canciones de Eduardo Falú, que tantas veces hablaron del paisaje, se incorporaron al paisaje. Y, en muchos aspectos, fue una lástima. Es cierto que su arte estuvo en boca de todos y que pocas cosas pueden ser tan gratificantes para un compositor. Pero la contrapartida fue que la costumbre, la bastardización, las versiones gritadas, impostadas, fuera de foco o, simplemente, de afinación, terminaron haciendo a esas canciones maravillosas casi invisibles. Acabaron haciendo olvidar –o haciendo que fuera difícil no perder de vista– que se trataba de algunas de las piezas más extraordinarias del siglo. “Tonada del viejo amor” o “Zamba de la Candelaria”, por sólo nombrar dos, son tan absolutamente perfectas, tan naturales y al mismo tiempo sorprendentes, como sólo unas pocas otras canciones de tradición popular lograrían serlo.

 

   
 Compartió con los grandes melodistas del tango (Dames, Mores), con Paul McCartney, John Lennon, Chico Buarque, Luis Alberto Spinetta, ese delicado secreto con el que se logra crear un universo y dejarlo en el recuerdo para siempre, en apenas tres minutos. Y además, como intérprete, tuvo una autoridad –y una originalidad– extremas. Su voz de barítono profundo no se pareció a nada; su manera de frasear en la guitarra tenía una elegancia exacta. Nunca hubo excesos. Falú cantaba y tocaba sus canciones sofrenando la emoción, como quien sabe que tiene demasiado entre sus manos y que debe, más bien, contrarrestar todo ese poderío. Una contención expresiva que resultaba, paradójicamente, conmovedora. Aunque incursionó en algunas obras con orquesta y en formas extendidas como la suite, fue en la miniatura precisa, en la fragilidad de la acuarela, donde resultó único. Está, por ejemplo, su monumental Romance de la muerte de Juan Lavalle, con textos de Ernesto Sabato, que grabó en 1965, y donde hay más de un momento notable, empezando por las piezas en que toca su guitarra a solas. Pero es en esa vidalita cristalina que canta Mercedes Sosa, “Palomita del valle”, donde aparece esa rara y paralizante belleza que hace de Eduardo Falú un artista incomparable.